
Advertencia: Esta historia contiene escenas sexuales explícitas, incluyendo personaje con identidad de género y características sexuales no convencionales.
Fue publicado originalmente en Halloween del 2025

«¿Te gusta mi lindo rostro?»
(One—Shot de ZenTortugaHua)
Existe una leyenda que pocos se atreven a contar. Habla de una belleza perfecta, tan sublime que provocaba guerras entre hombres y envidia mortal entre mujeres.
Su nombre era Bill.
Nacido con la gracia de un cuerpo que los dioses dibujaron a su antojo.
Poseía una belleza andrógina que enloquecía a cualquiera que lo contemplara. Sus labios eran como pétalos de rosa, su cabello azabache como la noche, sus ojos avellana hipnotizantes y su cuerpo delgado, voluptuoso.
Pero la belleza de Bill, desde siempre, fue su maldición.
Sus padres, cegados por la ambición, lo entregaron al rey como tributo. Un matrimonio que no era más que esclavitud. El rey lo deseaba, lo poseía, lo consumía noche tras noche como un objeto precioso.
Bill, prisionero en un palacio de oro, solo anhelaba una cosa: ser libre.
Las mujeres, consumidas por los celos, no podían soportar que esa criatura «imperfecta», como ellas lo llamaban, hubiera conquistado lo que ellas jamás podrían obtener.
Y entonces, una maldición se extendió por las venas de Bill. Sus huesos se alargaron, su boca perfecta se desgarró en dientes afilados. De su espalda brotaron huesos filosos y ágiles que se retorcían como tentáculos hambrientos. Su cabello se alargó y su cuerpo carecía de carne, tal como un esqueleto.
Pero su rostro… ah, su rostro mantuvo la capacidad de mostrar esa belleza sobrenatural que una vez tuvo. Una máscara perfecta que ocultaba la palidez de su piel, lo amarillento brillante como fuego podrido de sus ojos y la negrura infinita de sus pupilas dilatadas. Y entre esa sonrisa de burla, se deslizaba una lengua larga, negra y húmeda, que parecía saborear el miedo antes de devorarlo.
Más de mil años han pasado. Pero Bill permanece.
Y su hambre… su hambre nunca termina.
&
Alemania, 31 de octubre del 2016, Berlín.
Tom Kaulitz no era, de ninguna manera, un hombre bueno.
Nacido en cuna de oro. Millonario gracias a una herencia manchada de sangre y negocios sucios.
A sus treinta años, había desarrollado una filosofía simple y brutal: el amor no existía. Solo existía el interés y el deseo momentáneo.
Tom usaba a las mujeres como usaba todo lo demás en su vida: sin sentimientos y sin remordimientos. Una noche, una semana si tenía suerte, y después las descartaba antes que pudieran siquiera soñar con algo más. Era más honesto que la mayoría de los hombres, al menos. Él no prometía eternidades que no pensaba cumplir.
El amor era para los débiles, para los ingenuos que creían en cuentos de hadas.
Era, en pocas palabras, exactamente el tipo de hombre que el universo tenía en su lista negra.
El bar estaba repleto de gente disfrazada. Vampiros, brujas, zombies y demonios bailaban en la pista. Georg llevaba un disfraz de Drácula y Gustav iba completamente encapuchado con unos cuernos negros sobresaliendo de la capucha. Todo su rostro maquillado de negro de una manera tan elaborada que Tom ni siquiera sabía qué era.
Tom, por supuesto, no llevaba disfraz. Se había negado rotundamente, argumentando que Halloween era una estupidez.
Un dolor punzante le atravesaba las sienes como agujas calientes, y la música que normalmente disfrutaba ahora le resultaba insoportable.
—Voy a tomar aire— Murmuró levantándose de la mesa.
—¡Está bien!— Gritó Georg ya perdido en su borrachera.— ¡No te vayas con ninguna puta sin avisarnos!
Gustav que estaba sobrio, negó riendo.
Tom no respondió. Solo necesitaba silencio.
Afuera, el aire frío de medianoche le golpeó el rostro como una bendición. La música del bar ya no mucho se escuchaba.
Se sentó en una banca de madera a uno de los lados del establecimiento. Sacó un cigarrillo del bolsillo interno de su chaqueta de cuero y lo encendió.
La primera calada fue un alivio. Cerró los ojos, dejando que el tabaco lo calmara. Y por fin, un momento de paz.
Pero la paz duró poco.
Un viento repentino se levantó de la nada, pero no era como cualquier aire nocturno. Este viento traía consigo un sonido extraño.
El sonido era tan sutil que Tom casi creyó imaginarlo. Casi.
Y entonces, su cigarrillo se apagó.
No fue un apagado normal. La brasa no se desvaneció gradualmente; simplemente murió, como si algo hubiera absorbido su calor de un solo.
Tom frunció el ceño, molesto. Volvió a encender el cigarrillo, maldiciendo en voz baja. Lo llevó a sus labios e inhaló profundamente.
Y una mano se posó sobre su hombro.
Incluso a través de la manga de cuero de su chaqueta cara, sintió el frío.
No era simplemente una mano fría. Era como si hubieran puesto un trozo de hielo directo a su piel. Un frío que traspasaba la tela, que se extendía por su brazo como agua exageradamente congelada.
Tom se tensó inmediatamente. Su primer instinto fue de molestia.
¿Quién se atrevía a tocarlo?
Pero algo en su cerebro le gritaba que no mirara, que se levantara y corriera sin voltear atrás.
Pero Tom Kaulitz nunca había corrido de nada en su vida.
Y esa arrogancia iba a costarle todo.
Lentamente, muy lentamente, giró la cabeza hacia donde sabía que encontraría a quien quiera que lo hubiera tocado.
Y lo que vio le cambió la vida para siempre. Literalmente.
Frente a él estaba la criatura más hermosa que había contemplado jamás.
Una joven delgada y pequeña, envuelta en un camisón blanco de mangas largas que le llegaba hasta los tobillos, adornado de encajes que la hacían ver delicada y femenina. Todo en un blanco pristino que casi brillaba en la oscuridad. Iba descalza sobre el pavimento frío, pero parecía no sentir el dolor del asfalto áspero contra su piel.
Al menos eso fue lo que pensó al principio. Una chica. Tenía que ser una chica.
Era extraño. ¿Quién andaba por las calles a medianoche vestido así?
Pero Tom apenas prestó atención a esos detalles. Estaba demasiado hipnotizado con su rostro.
Cabello azabache que le caía como seda hasta la mitad de la espalda, brillando bajo la luz parpadeante de la farola. Las cejas, gruesas y perfectamente arqueadas, le daban una expresión que era a la vez inocente y peligrosa. Sus pestañas eran ridículamente largas, enmarcando esos ojos hipnóticos como cortinas de seda negra. Ojos color avellana que parecían ver más allá de lo visto. Una pequeña nariz respingada. Labios delgados de un color rosa y un pequeño lunar que adornaba el espacio justo debajo de sus labios, como una marca perfecta puesta ahí por un artista obsesivo. Su piel era tan pálida que casi parecía translúcida, como si hubiera sido tallada por manos divinas.
Sus manos, delgadas y elegantes, con uñas largas perfectamente cuidadas que brillaban como si hubieran sido barnizadas. Luego sus pies descalzos, pequeños y blancos como la nieve.
Era el tipo de persona que Tom normalmente habría usado para su diversión cruel.
Pero algo en esa joven lo tenía completamente paralizado.
Cuando la criatura sonrió, Tom se quedó sin aliento.
Era una sonrisa extraña. Y cuando sus labios se separaron, Tom pudo ver unos colmillos ligeramente pronunciados que, en lugar de asustarlo, le parecieron adorables. Como pequeños detalles que hacían su belleza aún más única.
Tom se quedó completamente pasmado, con el cigarrillo colgando, olvidado en sus labios, mientras contemplaba la aparición que había surgido de la nada en medio de la madrugada.
Tal vez era una chica con algún tipo de condición especial. Eso explicaría su comportamiento tan extraño, su ropa, la forma en la que había aparecido de la nada. Una chica inocente, posiblemente perdida. Su instinto depredador se activó ligeramente, pero también de una forma diferente: protectora, casi tierna.
Era tan hermosa, tan frágil…
La figura se movió ligeramente, y su voz cortó el silencio nocturno como una melodía:
—¿Estás solo?
Su voz era suave, casi infantil, con una inocencia que contrastaba extrañamente con la intensidad de su mirada. Tom sintió que su corazón se aceleraba.
—No— Respondió con una sonrisa encantadora.— Estoy contigo, preciosa.
La criatura ladeó la cabeza, como si estuviera procesando sus palabras con curiosidad genuina. Una sonrisa pequeña y dulce se dibujó en sus labios.
—¿Preciosa?— Repitió, como si la palabra fuera nueva para ella.— Me gusta como suena.
Tom sintió una ternura extraña en el pecho. Definitivamente tenía algo especial, algo inocente que lo hacía querer protegerla.
—¿Cómo te llamas, linda?— Preguntó, con un tono más suave del que usualmente empleaba.
—Bill— Respondió simplemente. Tom parpadeó. Un nombre un poco extraño para una chica, pero había conocido mujeres con nombres más raros.
—Bill…— Repitió, como probando el nombre.— Es diferente, pero me gusta.
Bill lo miró con esos ojos avellana que parecían esconder secretos, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Oye, gracias por lo de «linda» y «preciosa»— Dijo con esa voz dulce e inocente.— Pero soy chico.
Tom se quedó completamente congelado. Su cerebro necesitó varios segundos para procesar esas palabras.
—¿Cómo?— Fue todo lo que logró articular, con cara de total confusión.
Bill se rió suavemente, un sonido como campanitas que hizo que el corazón de Tom se acelerara aún más.
—Soy un chico— Repitió, como si estuviera explicándole algo obvio a un niño.— ¿Eso… cambia algo?
Tom lo miró de arriba abajo otra vez. El camisón blanco con encajes, la delicadeza de sus fracciones, su cuerpo pequeño y delgado. Pero ahora que lo decía, podía ver ciertos rasgos más andróginos. No completamente femeninos, sino algo intermedio. Algo único.
Y extrañamente… eso lo atraía aún más.
—No, no cambia nada.
De hecho, cambiaba todo. Pero de una forma que no esperaba. En lugar de sentirse engañado o molesto, se sintió más… intrigado. Como si acabara de descubrir algo completamente nuevo y fascinante.
—¿Te gustaría sentarte conmigo, Bill?— Ofreció, terminando su cigarro y tirándolo lejos.— Está haciendo frío para andar descalzo por ahí.
Bill se sentó. Se pegó completamente a Tom. Su pequeño cuerpo se presionó contra su costado como si buscara calor. Tom se sorprendió por lo fría que estaba su piel, incluso a través del camisón, pero asumió que era por andar descalzo en la madrugada.
—Estás muy frío… ¿Cuánto tiempo has estado caminando?
Bill se acurrucó aún más contra él, y su cabeza se apoyó en el hombro de Tom de una manera que era tanto seductora como infantil.
—Mucho tiempo— Susurró— Mucho, mucho tiempo…
Había algo en su tono que hizo que Tom sintiera un escalofrío, pero lo ignoró. Estaba demasiado concentrado en la forma en la que lo miraba.
—¿Dónde vives?— Preguntó el castaño.— Puedo llevarte a casa.
Por un momento, Tom juraría que sus ojos habían brillado con una luz propia bajo la farola parpadeante. Pero cuando volvió a mirar, eran solo esos hermosos ojos avellana.
—No tengo casa— Dijo Bill con una inocencia que partía el corazón.— Solo… camino.
—¿Caminas? ¿Solo?— Tom frunció el ceño, y su instinto protector se activó.— Eso es peligroso, pequeño. Hay hombres malos por ahí.
Bill sonrió con esa sonrisa extraña otra vez, y Tom notó que sus colmillos parecían un poco más pronunciados a la luz. Pero se veían tan adorables…
—¿Hombres malos?— Repitió Bill, como si la idea le resultara curiosa.— ¿Cómo tú?
El hombre se rió.
—Yo no soy malo— Mintió Tom, aunque por primera vez en años deseó que fuera cierto.— Al menos no contigo.
Bill lo estudió con esos ojos que parecían ver demasiado, demasiado profundo.
—Eres diferente a los otros— Murmuró, acercando su rostro al de Tom.— Hueles diferente.
Tom se quedó inmóvil. ¿»Hueles diferente»? Qué forma más extraña de expresarse. Pero cuando Bill se acercó aún más, cuando sintió su aliento frío contra su mejilla, todos los pensamientos racionales se desvanecieron.
Estaba completamente hechizado.
Bill deslizó una mano firme por el muslo de Tom. Él se dejó tocar, disfrutando el toque. Y cada segundo que pasaba lo alejaba más de la cordura.
Entonces, sin aviso, Bill lo besó.
Tom atrapó su mentón con la mano, firme pero cuidadoso. Su boca era un veneno dulce: lengua ágil, labios expertos, una técnica que parecía ensayada para romper hombres.
Cuando se separaron, un hilo húmedo los unía. Tom jadeó, sediento.
No tardó en atraerlo hacia su regazo, en bajar a su cuello, lamiéndolo con hambre, succionando como si fuera una droga. Bill soltaba gemidos suaves, provocadores, cada uno más adictivo que el anterior.
Las manos de Tom bajaron hasta su camisón y desataron el cordón para revelar unos pequeños senos. El hombre jugó con sus pezones rosa, como si fueran su obsesión.
Los chupaba con intensidad.
Mordía, lamía, atrapando uno y luego el otro. Bill gemía con fuerza, y Tom no quería parar. Estaba intoxicado.
Bill, juguetón, lo hundía más en su pecho.
Tom gruñó contra su piel antes de volver a devorarlo con la boca.
Entonces, Bill descendió. Se arrodilló sin vergüenza frente a él, deshizo el cinturón de un tirón y bajó el cierre. Sacó la erección de Tom con manos expertas, y sin perder tiempo, se la metió hasta el fondo de su garganta.
El castaño soltó un suspiro entrecortado y cerró los ojos. La lengua de Bill lo envolvía, lo acariciaba con precisión brutal.
Tom le sujetó el cabello con una mano, empujando su cadera hacia adelante con fuerza. Bill abrió más la boca y dejó que lo embistiera, tragando cada centímetro a gusto.
El ritmo se volvió agresivo. Tom se movía sin piedad, golpeando su garganta una y otra vez. Los testículos golpeaban su barbilla. Bill gemía con la boca llena, mirándolo desde abajo.
Tom explotó.
Se vino dentro de su boca con un gruñido grave, apretando los dientes. Bill tragó sin titubear, sin dejar escapar ni una gota. Luego se limpió los labios con su misma lengua ligosa y lo miró con deseo puro.
De pie, frente a él, comenzó a desnudarse lentamente.
Tom lo observaba, hechizado.
Y entonces vio algo absolutamente inimaginable.
Abajo, en vez de lo que esperaba, había un sexo suave, húmedo y provocador.
Un coño perfecto, rosita entre sus piernas pálidas y suaves.
Por un instante se quedó en silencio. No por rechazo, sino por asombro.
Eso le gustaba aún más.
—¿Te gusta lo que ves?— Susurró Bill, con voz sensual.
—Me encanta… ven aquí— Respondió Tom, lamiéndose los labios.
Bill se montó sobre él sin decir nada más.
Se besaron otra vez.
Lenguas calientes, labios necesitados, respiración entrecortada.
Tom le agarró las nalgas, las apretó fuerte, y empezó a frotarse contra su centro, sintiendo sus fluidos mojar su entrepierna.
Una de sus manos buscó algo más. Bajó lentamente, acarició los labios húmedos del coño de Bill, y encontró su clítoris, donde comenzó a frotar en círculos lentos, calculados. Bill gimió contra su boca.
Luego, dos dedos hacia adentro. Puro calor y humedad.
Bill tembló encima de él, sus gemidos se hicieron más altos y Tom lo agarró de la cintura y lo colocó justo encima de su erección.
—Prepárate— Susurró con voz ronca contra su cuello.
Empujó con fuerza y entró. Bill arqueó la espalda, gimiendo como si lo hubieran poseído.
Empezó a cabalgarlo con desesperación, apoyando sus manos sobre los hombros de Tom. Este lo sujetaba por las caderas, ayudándolo a moverse con violencia.
—Ah… Qué delicioso… Mhg…— Jadeaba Bill, con los ojos llorosos de excitación.
—Eres una puta deliciosa— Le susurró Tom al oído mientras le daba palmadas firmes en el trasero.— Tu coño se siente tan jodidamente bien.
Bill chilló de placer cuando Tom lo apretó aún más fuerte de las caderas y lo besó con rabia. El ritmo se volvió descontrolado. Tom se dejó ir otra vez, gimiendo contra su oreja mientras se venía dentro de él sin avisar.
Bill se estremeció, sus piernas temblaron, pero aún con ganas de más.
No habían terminado.
Tom lo tumbó sobre la banca, abrió sus piernas y se colocó entre ellas.
Contempló el coño húmedo, rojo, lleno de lo que acababa de derramar.
La vista era adictiva: ese coño húmedo, enrojecido, latiendo todavía por la intensidad de lo que acababan de hacer.
—Mírate…— Murmuró— Todo lleno de mi semen.
Sin romper contacto visual, se inclinó lentamente. Pasó la lengua por el interior de sus muslos, saboreándolo con calma el sabor de su piel. Luego bajó hasta su centro. Y lo lamió.
Su lengua se deslizó por los pliegues con hambre y devoción. Bill se arqueó, jadeando, con una mano aferrada al borde de la banca y la otra en el cabello de Tom.
—Aaah… así…
Tom no hablaba. Solo chupaba.
Su lengua saboreaba y sus labios rodeaban el clítoris, succionando con ternura sucia.
Bill se retorcía, gemía, temblaba. Y Tom estaba completamente concentrado.
Hundía el rostro, empapándose de él, adorando cada rincón de su cuerpo.
Bill gritó, su espalda se arqueó como un arco tensado, y todo su cuerpo vibró en un orgasmo profundo, lento y ruidoso.
Tom se mantuvo ahí, lamiendo cada gota, como si no quisiera perderse ni una pizca de su sabor. Solo entonces levantó la mirada y sonrió.
Cuando ambos terminaron de vestirse nuevamente, Bill parecía completamente transformado. Su energía era pura alegría infantil, como si acabara de vivir la experiencia más maravillosa del mundo. Sus ojos brillaban con una felicidad genuina que hizo que el corazón de Tom se derritiera completamente.
—¡Vamos a pasear!— Exclamó Bill con la emoción de un niño en Navidad.
Antes que Tom pudiera responder, Bill tomó su mano con sus dedos fríos pero delicados y comenzó a jalarlo.
Corrieron por las calles vacías de la madrugada como dos enamorados escapando del mundo.
Bill reía con una pureza que Tom nunca había escuchado antes.
Era contagioso, liberador. Por primera vez en su vida, Tom se sentía genuinamente feliz. No la satisfacción vacía de sus conquistas habituales, sino algo real, algo que llenaba el vacío en su pecho.
Corrieron hasta llegar a un pequeño bosque en las afueras de Berlín.
Bill lo guió con la seguridad de alguien que conocía cada sendero, cada árbol, como si hubiera caminado por ahí durante décadas.
Se detuvieron en el centro de un claro perfecto, donde los árboles se apartaban como cortinas, dejando que la luz de la luna llena los bañara con su resplandor plateado. Era un lugar mágico.
Tom lo miró moverse libre bajo la luz lunar, y sintió que se enamoraba profundamente. Los ojos de Bill contenían toda la belleza del universo.
—Eres increíble— Susurró Tom, acercándose lentamente.
Sin poder contenerse más, lo tomó del rostro con ambas manos y lo besó. Pero este no fue un beso de pasión descontrolada como antes. Este fue un beso de amor puro, tierno, lleno de todo lo que Tom nunca había sabido que podía sentir.
Pero cuando se separaron minutos después, algo había cambiado en Bill.
Su expresión radiante se había desvanecido, reemplazada por una tristeza profunda que parecía venir desde el fondo de su alma maldita.
Se apartó de Tom, sus ojos se llenaron de lágrimas que brillaban como diamantes líquidos en la oscuridad.
—N-no… no me siento bonito— Murmuró con su voz quebrándose.— ¿Crees que soy bonito?
—¿Qué?— Tom frunció el ceño confundido.— Bill, eres más que bonito. Eres perfecto. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida. Eres…
—¡No!— Gritó dándole la espalda bruscamente.— ¡No soy perfecto! ¡Soy un monstruo! ¡Soy feo! ¡Nadie me quiere ver realmente!
Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.
No era un llanto silencioso; era un sollozo desgarrador que hacía que todo su cuerpo temblara. Sus hombros se sacudían violentamente con cada respiración entrecortada, y sus dedos se clavaban en su propia cara como si quisiera arrancarse la piel.
—Bill, escúchame…— Tom comenzó a acercarse con cautela.— Eres hermoso. Eres increíblemente hermoso. Cada parte de ti es perfecta.
—¡Mientes!— El grito de Bill resonó en el lugar.— ¡Todos mienten! ¡Todos dicen que soy bello pero nadie me ve realmente por lo que soy! ¡Nadie!
—Yo te veo— Insistió Tom, extendiendo la mano para tocarlo.— Y lo que veo es perfección. Por favor, déjame…
Pero antes que pudiera llegar hasta él, el viento regresó.
Era el mismo viento extraño de antes, pero esta vez más fuerte, más violento que hasta lo hizo retroceder.
Trajo consigo un aire de polvo y hojas secas que se arremolinaron alrededor de ellos como un tornado en miniatura. El aire se volvió denso, pesado, difícil de respirar.
Tom cerró los ojos instintivamente cuando el polvo le golpeó los ojos. Y entonces escuchó algo que hizo que se le helara la sangre.
El sonido de huesos crujiendo.
El sonido de carne desgarrándose.
El sonido de algo… transformándose.
Cuando abrió los ojos, lo primero que notó fue que Bill se había vuelto más alto. Mucho más alto. Su silueta se había estirado de manera antinatural, y sus extremidades se habían alargado como ramas de árbol retorcidas. Su espalda se arqueaba de formas imposibles, y de ella brotaban dos extremidades afiladas que desgarraban su prenda. Su cabello creció aún más, incluso parecía tener vida propia.
Tom intentó moverse, correr, pero su cuerpo no respondía. Estaba paralizado. Sus piernas se negaron a obedecerle. Era como si el miedo mismo lo hubiera convertido en piedra.
—¿Bill?— Susurró con voz temblorosa.
Bill se giró lentamente.
Pero ahora su piel era de una palidez cadavérica. Sus ojos ya no eran dorados; eran amarillos como un fuego podrido, con pupilas dilatadas del negro más fuerte.
Y la boca perfecta se abrió en una sonrisa imposiblemente amplia, revelando filas de dientes afilados como navajas. Una lengua larga, negra y húmeda se deslizó entre ellos, lamiendo los bordes de su hocico.
Su cuerpo era un esqueleto alargado, casi sin carne, con huesos expuestos. Las dos extremidades de su espalda se movían con agilidad y flexibilidad.
—¿Qué?— La voz era la misma, suave, pero ahora tenía un eco sobrenatural que hacía pensar a Tom que no era real.— ¿No te gusta mi lindo rostro?
Las extremidades de la criatura se lanzaron hacia él con velocidad inhumana.
Lo último que vio Tom fue una sonrisa de burla.
Y todo se volvió negro.
&
Tom Kaulitz fue probado aquella última noche de octubre. No solo físicamente, sino en lo más profundo de su alma cínica y corrupta.
Porque Bill no solo caza por hambre. Bill busca algo específico.
Bill caza a los hombres malos, mujeres envidiosas; personas malas.
Aquellos que juegan con los corazones ajenos como si fueran basura desechable. Los que usan a las personas y las descartan sin remordimiento. Los que creen que su dinero, su poder, su atractivo les da derecho a destrozar vidas ajenas.
Bill los encuentra. Los seduce. Les muestra lo que es ser el objeto de deseo de alguien más poderoso.
Y luego los devora.
Porque Bill conoce el dolor de ser usado, de ser poseído, de ser reducido a nada mas que un objeto hermoso.
Y ahora, por toda la eternidad, se asegura que aquellos que causan ese mismo dolor… paguen el precio.
La belleza de Bill sigue siendo su maldición.
Pero ahora, también es su venganza.
F I N
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LA FOTO DEL FINAL asdghdas.
Bueno, no lloré, porque fue cruel, pero justo(?
No soy fan de Bill con «otra entrada» ahre pero me copó la historia jalowinezca(? 😌