Administración: Aquí otro de los one-shots de Tollscene. Disfruten la lectura y no olviden dejar un comentario, eso anima a los autores 😉

«Sólo mío»

(One-Shot de Tollscene)

Desde que decidimos que esto entre nosotros no era un error temporal, sino algo que iba a quedarse, aprendimos a mentir con el cuerpo.  
Tenemos que tocar a otras. Tenemos que dejar que nos toquen. Tenemos que sonreír cuando alguna chica se nos cuelga del cuello en las after y actúan como si fuéramos trofeos. Es el precio de mantener lo nuestro en secreto. Yo siempre lo he llevado mejor. Sé dónde poner las manos, hasta dónde dejar que llegue una boca ajena, cuándo dar un paso atrás y decir “mañana, nena” con esa media sonrisa que parece promesa y en realidad es una puerta cerrada.  
Tom… no.  
Esta noche en la fiesta de Georg se le fue la mano. Literalmente.  
Estaba en el sofá del salón principal, con una rubia de pelo largo sentada a horcajadas sobre su regazo. Yo los veía desde la barra, tomando un vaso de lo que fuera para no parecer que los vigilaba. La chica se reía, inclinada hacia él, y de repente la mano de Tom subió por debajo de la camiseta corta que llevaba. No fue un roce accidental. Fue deliberado. Los dedos se hundieron en la curva del pecho, apretaron, se quedaron ahí un segundo de más. Ella jadeó, sorprendida y claramente excitada. Él solo sonrió, esa sonrisa ladeada y peligrosa que yo conozco demasiado bien.  
El estómago se me cerró.  
No por celos tontos. Por algo más primitivo. Esa mano que estaba tocando a una desconocida es la misma que anoche me sujetó la cadera mientras me follaba contra la pared del baño del hotel. Es la misma que me deja marcas en los muslos cuando se pone intenso. Verla sobre el pecho de otra me hizo sentir algo sucio y posesivo al mismo tiempo.  
Me acerqué.  
—Tom —dije, con la voz lo bastante baja para que solo él la oyera—. ¿Podemos hablar un segundo?  
La chica ni siquiera se molestó en bajarse. Él levantó la vista, todavía con la mano debajo de la tela.  
—Ahora no, Bill.  
—Sí. Ahora.  
Algo en mi tono debió de llegarle, porque al final soltó a la rubia con una disculpa perezosa y se levantó. La seguí hasta el pasillo que daba a las habitaciones de arriba. En cuanto estuvimos fuera del alcance de las luces y la música, lo empujé contra la pared.  
—¿Qué cojones fue eso?  
Él arqueó una ceja, todavía sonriendo un poco.  
—Estábamos actuando. Como siempre.  
—No. Tú no tocas así a nadie. No tocas senos ajenos como si fueran tuyos. Esa mano es mía.  
Tom soltó una risa baja, oscura.  
—¿Celoso, hermanito?  
—No me llames así aquí.  
—¿Y dónde quieres que te llame así? ¿En la cama? ¿Mientras te abro las piernas y te recuerdo que eres mío aunque tengamos que fingir con las demás?  
Me agarró de la cintura y me giró, empujándome ahora a mí contra la pared. Su aliento olía a alcohol y a ella. Odié ese olor.  
—Te pasaste —susurré—. Y ahora voy a tener que olerla en ti toda la noche.  
Tom inclinó la cabeza, rozándome la mandíbula con la nariz.  
—Entonces limpia.  
Su mano bajó hasta la cremallera de mis pantalones.  
—Aquí. Ahora. Antes de que volvamos ahí fuera y sigamos fingiendo. Quiero que sepas a quién le pertenece esta boca y estas manos de verdad.  
El corazón me latía tan fuerte que casi no oía la música lejana.  
—Eres un hijo de puta —murmuré.  
—Y tú me dejas. Siempre.  
Sus dedos se metieron dentro de mi ropa interior, encontrándome ya duro, traicionado por el cuerpo. Yo cerré los ojos un segundo, dejando que la rabia y el deseo se mezclaran como siempre.  
—Si vuelves a tocarla así —dije contra su boca—, la próxima vez no te saco de la fiesta. Te la chupo delante de todos y que se joda el secreto.  
Tom sonrió contra mis labios.  
—Promesas, promesas…  
Y me besó como si no hubiera nadie más en el mundo, como si la chica del sofá nunca hubiera existido, como si la única persona a la que tenía derecho a tocar de verdad fuera yo.  
La mano de Tom ya estaba dentro de mi ropa interior, apretándome con esa fuerza que siempre me deja sin aire. Pero esta vez no iba a dejar que él llevara el control.
Le agarré la muñeca y la saqué.
—No —susurré contra su boca—. Esta vez me toca a mí.
Lo empujé un poco más contra la pared del pasillo. La música de la fiesta seguía retumbando a lo lejos, pero aquí arriba solo se oía nuestra respiración. Me arrodillé delante de él sin perderle la mirada. Sus ojos se oscurecieron al instante.
Desabroché su cinturón con dedos rápidos, bajé la cremallera y saqué su polla. Ya estaba dura, caliente, pesada en mi mano. Olía a él… y un poco a la puta del sofá. Eso me enfureció todavía más.
—Vas a oler solo a mí cuando salgamos de aquí —dije, y sin más preámbulos lo metí en mi boca.
Tom soltó un gemido bajo, ronco, y su cabeza golpeó la pared. Una de sus manos se enredó de inmediato en mi pelo, tirando justo como a mí me gusta. Empecé a chuparlo profundo, mojándolo bien, dejando que la saliva bajara por el tallo. Moví la lengua alrededor de la cabeza, chupando fuerte, y después me tragué casi todo, hasta que la punta me golpeó la garganta.
—Joder, Bill… —su voz salió entrecortada—. Así… justo así…
Aceleré el ritmo. Una mano le apretaba los huevos, la otra se agarraba a su cadera para controlarlo. Cada vez que bajaba, hacía un sonido obsceno, húmedo, que se escuchaba demasiado claro en el pasillo. Me daba igual. Que alguien pasara. Que nos vieran. En ese momento solo quería borrarle el sabor de esa chica, marcarlo, reclamármelo.
Tom empezó a empujar las caderas, follándome la boca con movimientos cortos y precisos. Su agarre en mi pelo se volvió más fuerte.
—Mírame —ordenó, con esa voz grave que solo usa cuando está al límite—. Quiero verte mientras me chupas la polla, hermanito.
Le obedecí. Levanté la vista. Sus labios estaban entreabiertos, las mejillas sonrojadas, los ojos casi negros. Esa expresión solo la tiene cuando soy yo el que está de rodillas.
Chupé más fuerte, más rápido. Dejé que se deslizara hasta el fondo otra vez y me quedé ahí, tragando alrededor de él, apretando la garganta. Tom maldijo entre dientes y su cadera dio un tirón involuntario.
—Me voy a correr… —advirtió, von la voz rota—. Si no quieres tragártelo, sacalo ahora.
No me moví. Al contrario: agarré su cadera con las dos manos y lo empujé más profundo, mirándolo fijamente. Él se corrió con un gemido ahogado, llenándome la boca a chorros calientes. Tragué todo, sin soltarlo, chupando hasta que se quedó temblando y sensible.
Solo entonces lo solté, pasando la lengua por la cabeza una última vez para limpiarlo. Me levanté despacio. Tom seguía apoyado contra la pared, respirando agitado, con la polla todavía semi dura y brillante de saliva.
Me limpié una esquina de la boca con el pulgar y sonreí, todavía con el sabor de él en la lengua.
—Ahora sí hueles a mí —susurré—. La próxima vez que toques a otra, acuérdate de esto.
Tom me agarró del cuello de la camisa y me atrajo hacia él, besándome profundo, saboreándose a sí mismo en mi boca.
—Eres un hijo de puta posesivo —murmuró contra mis labios, pero estaba sonriendo.
—Y tú me dejas —contesté, devolviéndole el beso—. Siempre.
Abajo seguía la fiesta. La música, las risas, las chicas. Pero por unos minutos más nos quedamos ahí, en el pasillo oscuro, respirando el mismo aire, con el sabor de él todavía en mi garganta y la certeza de que, pase lo que pase delante de la gente, esto solo nos pertenecía a nosotros dos.
Seguía con el sabor de Tom en la boca cuando volvimos al salón. Él se fue directo a la barra como si nada hubiera pasado, como si no me hubiera follado la garganta hacía menos de diez minutos. Yo, en cambio, todavía tenía la rabia caliente bajo la piel.
No había terminado.
Vi a un chico cerca de los parlantes. Alto, pelo oscuro, sonrisa fácil. Perfecto. Me acerqué, le dije algo cualquiera sobre la música y empecé a bailar con él. Cerca. Demasiado cerca. Sus manos bajaron hasta mi cintura y yo dejé que se quedaran ahí. Me giré de espaldas contra su pecho, moviendo las caderas con calma, sabiendo exactamente dónde estaba mirando Tom.
No tardó.
A los pocos segundos sentí esa mirada quemándome la nuca. Levanté la vista y lo encontré de pie junto a la barra, el vaso apretado en la mano, la mandíbula tensa. Sus ojos estaban casi negros. Me sostuvo la mirada un segundo y yo sonreí, lento, provocador, mientras el chico me pegaba más contra su cuerpo.
Tom dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco.
Cruzó el salón en tres zancadas. Agarró al chico por el hombro y lo apartó sin siquiera mirarlo.
—Fuera —me dijo, con voz baja y peligrosa.
El chico levantó las manos y se alejó sin discutir. Tom me agarró de la muñeca con fuerza y me arrastró hacia la salida. No dije nada. No me resistí. Dejé que me sacara de la casa entre miradas curiosas, bajando los escalones del porche de un tirón.
Afuera el aire frío de la noche nos golpeó la cara. Tom no se detuvo. Me empujó contra el lateral de su auto, todavía apretándome la muñeca.
—¿Qué mierda fue eso? —escupió, la respiración agitada.
Yo sonreí, todavía con la adrenalina de haberlo hecho hervir.
—Solo estaba bailando.
—No. Estabas dejándote tocar. Estabas buscándome.
Lo miré a los ojos, sin bajar la voz.
—Y funcionó.
Tom apretó los dientes. Por un segundo pareció que iba a gritarme o a besarme… o a las dos cosas. Al final solo soltó un bufido frustrado, abrió la puerta del auto y me empujó adentro.
—Sube. Nos vamos.
Cerró la puerta de un golpe y dio la vuelta al vehículo. En cuanto se sentó al volante, arrancó sin mirar atrás.
  
Ninguno de los dos habló mientras la casa de la fiesta se quedaba atrás, con su música y sus luces. Solo el ruido del motor y la tensión espesa entre nosotros, pesada como siempre.
Tom no dijo ni una palabra durante todo el camino. Solo apretaba el volante con fuerza, la mandíbula tensa, el perfil iluminado de vez en cuando por las luces de la calle. Yo me quedé callado también, mirando por la ventana, todavía con esa sonrisa pequeña y peligrosa en la cara.
Hasta que, de pronto, frenó en seco.
Habíamos entrado a un estacionamiento vacío detrás de un centro comercial cerrado. Las luces de los faroles parpadeaban débiles. El auto quedó en silencio absoluto cuando apagó el motor.
Tom se giró hacia mí.
—Bájate.
—¿Qué?
—Que te bajes del puto auto, Bill.
Abrí la puerta y salí. Él hizo lo mismo, rodeando el vehículo con pasos pesados. En cuanto estuve de pie, me empujó contra la puerta del copiloto.
—¿Te creés muy inteligente no? —escupió—. ¿Bailando con ese tipo? ¿Dejándote tocar la cintura como si fueras una cualquiera?
—Estaba celoso —contesté, calmado—. Y te lo merecías.
Tom soltó una risa amarga, casi fea.
—¿Me lo merecía? ¿Por tocarle las tetas a una puta en una fiesta? ¿Y tu qué? ¿Te conviertes en puta de un desconocido para “enseñarme una lección”?
—No soy tu puta.
—Claro que lo eres. Eres mío. Y te comportás como una zorra celosa cada vez que alguien me toca.
Me empujó de nuevo, más fuerte. Yo lo empujé de vuelta.
—No me hables así.
—¿O qué? —se acercó más, la voz baja y venenosa—. ¿Me vas a chupar la polla otra vez para callarme? ¿Como hiciste hace una hora, de rodillas en ese pasillo, tragándotela toda como la putita que eres?
Algo dentro de mí se rompió.
Le di un empujón fuerte en el pecho. Él tropezó un paso atrás y, enseguida, me agarró de la camisa y me estrelló otra vez contra el auto. El metal frío me golpeó la espalda. Yo le agarré el cuello de la remera y lo jalé hacia mí.
—Dí eso otra vez —gruñí.
—Putita. Celosa. Poseída. Mi hermano que no soporta que nadie más me toque… pero se deja manosear por el primero que encuentra para provocarme—.
Le di un golpe en el hombro. No muy fuerte. Solo para que se callara. Él respondió con otro empujón, más violento, y de pronto estábamos forcejeando de verdad. Manos agarrando ropa, codos, respiración agitada. Su frente chocó contra la mía. Yo le retorcí la remera. Él me agarró del pelo y tiró hacia atrás, exponiéndome el cuello.
—Te odio cuando hacés estas cosas —dijo entre dientes, casi contra mi boca.
—Mentira —contesté, forcejeando—. Te encanta. Te pone duro que te ponga celoso.
Tom me empujó otra vez contra el auto, respirando pesado, los ojos brillantes de rabia y algo más oscuro.
—Cállate.
—Cállame.
Y ahí estábamos: pecho contra pecho, agarrados del uno al otro como si quisiéramos lastimarnos y follarnos al mismo tiempo, en medio de un estacionamiento vacío, con la noche como único testigo.
Tom no me dio tiempo a decir nada más.
Me giró de golpe y me empujó contra el capó del auto. El metal todavía estaba tibio por el motor. Sentí cómo me bajaba los pantalones y el boxer de un tirón, dejándome expuesto al aire frío de la noche. Su mano se cerró en mi nuca y me aplastó la mejilla contra el capó.
—Abre las piernas —ordenó, voz ronca, casi irreconocible.
Obedecí. Escuché el ruido del cinturón al salir de las trabillas. Un segundo después el cuero me azotó la nalga derecha con un chasquido seco y brutal. El ardor me recorrió la espalda entera. Grité contra el metal. Tom no esperó. Me dio otro latigazo, y otro, hasta que mis nalgas ardiendo y las marcas empezaron a hincharse.
—Cuéntale —escupió—. Cuéntale al mundo cómo te pones cuando te pego. Cómo se te para la polla mientras tu hermano te azota el culo en un estacionamiento.
Otro golpe. Más fuerte. Solté un gemido ahogado. Él se rio, bajo y cruel.
Escuché el ruido de su cremallera. No hubo preparación. Solo saliva. La sentí caer caliente sobre mi entrada y enseguida la cabeza de su polla empujando, gruesa, insistente. Me abrió de un embate seco. El dolor me arrancó el aire. Tom gruñó y se enterró hasta el fondo de una sola embestida.
—Tan apretado… siempre tan putamente apretado para mí.
Empezó a follarme sin piedad. Estocadas profundas, brutales, que me hacían resbalar sobre el capó. Cada embestida me sacaba un sonido obsceno. Él me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Abre la boca.
Escupió. La saliva me cayó en la lengua y en la mejilla. Me obligó a tragar. Después escupió otra vez, esta vez sobre mi espalda, y usó su mano para untármela mientras seguía embistiéndome como un animal.
—Mirá cómo te dejo. Todo baboso. Todo mío. Mi hermano puto que se deja coger en un estacionamiento porque no soporta que nadie más me toque.
Me nalgueó fuerte con la mano libre, el sonido húmedo y obsceno resonando en el silencio. Después volvió el cinturón. El cuero me azotó la nalga mientras su polla me destrozaba por dentro. El contraste de dolor y placer me hizo ver estrellas.
—Dílo —exigió, jadeando—. Dí que eres mi puta.
—Soy… tu puta —logré articular entre embestidas.
—Más alto.
—¡Soy tu maldita puta Tom!
Tom gruñó, satisfecho, y aceleró. Me follaba tan fuerte que el auto se movía. Escupió una vez más, esta vez sobre mi agujero, y empujó la saliva adentro con el pulgar mientras su polla seguía entrando y saliendo a un ritmo salvaje.
—Te voy a llenar. Te voy a dejar chorreando mi leche para que mañana todavía me sientas cuando camines.
Se corrió con un gemido animal, enterrándose hasta el fondo y disparando dentro de mí a chorros calientes. No se detuvo. Siguió empujando, follándome a través de su propio orgasmo, hasta que se quedó temblando sobre mi espalda.
Cuando por fin se retiró, sentí cómo su semen empezaba a resbalar por mis muslos. Tom me dio una última nalgada, más suave, casi cariñosa en comparación, y después me giró. Me miró con los ojos todavía oscuros, la respiración agitada, el pelo pegado a la frente.
Escupió una última vez, esta vez en mi boca abierta, y me besó profundo, sucio, compartiendo el sabor.
—Nunca más vuelvas a tocar a otro —susurró contra mis labios—. O la próxima vez no te voy a dejar caminar.
Me subió los pantalones a la fuerza, me empujó de vuelta al auto y arrancó sin decir nada más.
F I N
¿Qué les pareció?

por admin

Traductora del fandom

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