
(One-Shot de Tollscene)
«Hard»

Llevo casi tres años viviendo con Tom y todavía no me acostumbro a decir que es mi hermanastro.
Mi madre se casó con su padre cuando yo tenía dieciocho y él diecinueve. De un día para otro pasamos de ser dos desconocidos que se miraban con desconfianza en la misma mesa a compartir casa, baño y, lo peor de todo, apellido.
Nunca nos llevamos bien. Desde el primer día hubo algo en la forma en que Tom me miraba que me sacaba de quicio: como si me estuviera midiendo, como si ya hubiera decidido que yo no merecía estar ahí.
En la universidad la situación solo empeoró. Estudiamos en la misma facultad. Música y producción. Él es el genio intocable, el que entra a clase cinco minutos tarde con la cara de haber dormido tres horas y aun así saca las mejores notas. Yo tengo que currármelo el doble para no quedar en ridículo a su lado. Los profesores lo adoran. Los compañeros lo siguen como si fuera un puto dios. Y a mí me miran como el hermano que nunca va a llegar a su nivel.
Nos odiamos en silencio la mayor parte del tiempo.
Cuando hablamos, es para clavarnos frases con una precisión quirúrgica.
—Otra vez segundo —me dijo una vez en el pasillo, después de que publicaran las notas de composición—. Qué sorpresa.
Yo le sonreí con toda la rabia que pude juntar.
—Al menos yo no necesito que mi padre llame al decano para que me aprueben los trabajos.
Esa fue la primera vez que vi algo oscuro cruzar su mirada. No gritó. No me empujó. Solo se acercó un poco más de lo necesario y me dijo, bajito:
—Cuidado con lo que dices, hermanito.
Desde entonces la tensión es constante. En los ensayos de grupo evitamos mirarnos.
En las fiestas de la facultad nos ignoramos hasta que alguien menciona que somos «hermanos» y entonces los dos ponemos la misma cara de asco. Hay días en los que paso por delante de su habitación y escucho música a todo volumen, esa misma música que sé que está componiendo mejor que yo.
Hay noches en las que regreso tarde y lo encuentro en la cocina, en boxer y camiseta, bebiendo agua como si la casa fuera solo suya. No nos saludamos. Solo nos miramos. Y esa mirada siempre termina con alguien bajando la vista primero. Casi siempre soy yo.
La gente piensa que es rivalidad de hermanos. Que es normal. Que con el tiempo se nos pasará.
No se les pasa por la cabeza que cada vez que Tom me gana en algo, algo dentro de mí se tensa de una forma que no tiene nada que ver con la envidia. Ni que cuando me supera en una presentación, cuando me mira desde el escenario con esa sonrisa de superioridad, siento algo mucho más peligroso que odio.
Pero eso no se lo cuento a nadie.
Ni siquiera a mí mismo.
Porque odiarlo es fácil.
Admitir cualquier otra cosa… eso ya sería un problema.
&
Punto de vista de Tom
La gente cree que lo odio.
Que me molesta tenerlo en casa, que me saca de quicio que estudie lo mismo que yo, que me enfurece cada vez que alguien nos presenta como «hermanastros». Y en parte tienen razón. Bill me saca de quicio. Me saca de quicio su forma de mirarme cuando cree que no lo estoy viendo. Me saca de quicio lo mucho que se esfuerza. Me saca de quicio que, aunque se esfuerce el doble, a veces todavía no me alcanza… y otras veces casi lo hace.
Pero lo que nadie sabe, ni siquiera él, es que cada vez que lo veo así, con esa expresión de concentración absurda, con el ceño fruncido y los auriculares puestos, se me pone duro.
No es una exageración. Me pasa cuando lo veo en la biblioteca, rodeado de apuntes, mordiéndose el labio inferior mientras intenta resolver algo que yo ya resolví hace dos días. Se me pone duro. Cuando está en el estudio de grabación, inclinándose sobre la consola, con la camiseta subida un poco y mostrando la piel de la espalda baja… se me pone duro.
Cuando discutimos en el pasillo y me mira con esa rabia contenida, como si quisiera pegarme o comerme entero, se me pone tan duro que tengo que apretar los dientes y fingir que me importa una mierda.
Lo admiro. Eso es lo peor.
Admiro lo mucho que se niega a rendirse. Admiro que, aunque yo sea «el talentoso», él sigue intentándolo como si su vida dependiera de ello. Admiro la forma en que se mueve cuando está enfadado, esa tensión en los hombros, esa forma de respirar por la nariz cuando está a punto de decirme algo hiriente. Admiro que sea el único que no se traga mi mierda. El único que me contesta. El único que me mira como si realmente me viera y no solo al hijo del nuevo marido de su madre.
A veces, cuando llego tarde a casa y lo encuentro, todavía medio dormido, con el pelo hecho un desastre y los ojos entrecerrados, tengo que agarrarme al marco de la puerta para no hacer algo estúpido. Porque en esos momentos no quiero pelear con él. Quiero empujarlo contra la nevera, agarrarlo del cuello y preguntarle en voz baja si también se le pone duro cuando discutimos.
Quiero saber si alguna vez, solo una vez, ha mirado mi boca mientras me insultaba. Pero no lo hago.
En cambio, le paso por al lado, le rozo el hombro a propósito y le digo algo cortante solo para ver cómo se le tensa la mandíbula. Porque odiarnos es seguro. Odiarnos es fácil. Odiarnos es lo único que nos permite seguir viviendo bajo el mismo techo sin que todo se rompa.
Aunque cada noche, cuando cierro la puerta de mi habitación, me masturbó pensando en él.
En su voz cuando está cabreado.
En la forma en que me mira cuando cree que nadie lo ve.
En lo mucho que me gustaría que dejara de odiarme… solo el tiempo suficiente para que le enseñe lo que realmente siento cada vez que está cerca.
Y entonces me corro en silencio, con los dientes apretados, odiándome un poco más a mí mismo.
Porque Bill es mi hermanastro.
Y yo estoy jodidamente perdido.
&
Punto de vista de Bill
Al principio pensé que era odio.
Ese nudo en el estómago cada vez que Tom entraba a una habitación. Esa rabia que me subía por el pecho cuando lo veía reírse con alguien o cuando un profesor lo elogiaba delante de todos. Esa necesidad absurda de mirarlo incluso cuando fingía que no existía. Durante meses me lo repetí: lo odio. Es un prepotente. Un hijo de puta con talento fácil. Mi hermanastro insoportable.
Pero una noche, después de una discusión especialmente fea en la cocina, me encerré en mi habitación con el corazón todavía acelerado… y me di cuenta de que estaba duro.
Completamente duro.
Me quedé mirando hacia abajo, confundido y asustado. No tenía sentido. Acabábamos de insultarnos. Me había llamado mediocre. Yo le había dicho que sin el apellido de su padre no sería nadie. Y aun así, mi polla latía contra la tela del bóxer como si esas palabras me hubieran excitado.
Esa noche me toqué pensando en él.
En su voz baja y cortante.
En la forma en que me miraba cuando estaba enfadado.
En lo cerca que se había puesto de mí en el pasillo, lo suficiente para que sintiera su aliento.
Me corrí callado, mordiéndome el labio, odiándome.
A partir de ahí todo cambió.
Empecé a notar las cosas que antes ignoraba. La forma en que se le marcaban los antebrazos cuando apoyaba las manos en la mesa. El sonido de su risa cuando realmente algo le hacía gracia. El olor de su colonia cuando pasaba cerca. Cada discusión se volvía más peligrosa. Cada vez que me ganaba en algo, la rabia se mezclaba con algo caliente y vergonzoso que se me instalaba entre las piernas.
Y entonces nació la idea.
Si perder contra él me calentaba…
¿qué pasaría si alguna vez le ganaba?
La sola posibilidad me dejó sin aire.
Empecé a prepararme en secreto. Me levantaba más temprano. Me quedaba en el estudio de grabación hasta que el personal de limpieza me echaba. Revisaba una y otra vez la composición que íbamos a presentar. Escuchaba sus trabajos anteriores no para admirarlo, sino para encontrar cualquier debilidad, cualquier detalle que pudiera superar. Me obsesioné. No solo quería ganarle. Quería ver su cara cuando lo hiciera. Quería ver esa mandíbula tensa, esa mirada oscura, esa rabia contenida que siempre me ponía duro.
Porque la satisfacción de vencerlo…
me prendía.
Me imaginaba su expresión al escuchar mi nombre primero. Me imaginaba el silencio del aula. Me imaginaba el camino a casa en ese silencio cargado. Y cada vez que lo hacía, se me ponía tan duro que tenía que meterme la mano dentro del pantalón para aliviarme un poco.
No era solo querer ganar.
Era querer provocarlo.
Era querer empujarlo hasta el límite.
Era querer ver qué pasaría si alguna vez dejaba de controlarse.
Y el día de la presentación, mientras esperaba mi turno con el corazón latiéndome en la garganta, solo podía pensar una cosa:
Hoy voy a ganar.
Y cuando lo haga…
quiero ver qué cara pone cuando se dé cuenta de que ya no puede fingir que no le importo.
Gané.
Por primera vez en casi tres años, gané.
La presentación de composición avanzada. El profesor lo anunció delante de todos. Mi nombre primero. El de Tom, segundo. Escuché el silencio que se hizo en el aula como si alguien hubiera apagado el volumen del mundo. Cuando miré hacia él, Tom tenía la mandíbula tan tensa que creí que se le iba a romper. No me felicitó. No dijo nada. Solo recogió sus cosas y salió del aula sin mirarme.
El camino a casa fue un infierno en silencio.
Entramos al departamento. Apenas cerré la puerta, Tom me empujó contra ella. El golpe me sacó el aire.
—¿Te sientes orgulloso, hermanito? — escupió contra mi cara— ¿Te gusta haber ganado?
Intenté responder, pero me agarró del cuello de la camiseta y me giró, empujándome hacia el pasillo. Tropecé. Él no se detuvo. Me arrastró hasta su habitación y me tiró sobre la cama de un empujón.
—Quítate la ropa.
—Tom…
—Ahora.
Me quité la camiseta con las manos temblando. Cuando intenté hablar otra vez, él ya se estaba desabrochando el cinturón. Me agarró de las caderas, me bajó los pantalones y la ropa interior de un tirón y me puso de rodillas sobre el colchón. Escuché el sonido de la cremallera. Luego sentí sus dedos, secos y bruscos, abriéndome.
—Mírate —gruñó mientras metía dos dedos de golpe—. Te la pasas todo el día mirándome como si me odiaras… y ahora estás empapado.
—No…
—Mentiroso. —Me dio una palmada fuerte en una nalga— Me calientas cada vez que peleo contigo. Me calientas cuando te gano. Y hoy, cuando me ganaste tú… me has puesto aún más duro.
Sacó los dedos y sin más preámbulos se alineó y empujó. Entró de una sola embestida. El dolor y el placer se mezclaron tan rápido que solté un gemido ahogado contra la almohada. Tom no fue amable. Empezó a follarme con embestidas profundas y rápidas, agarrándome de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.
—Joder… —escupió entre dientes—. Cómo se te pone de duro cuando te trato así. ¿Lo sientes? ¿Lo sientes cómo te aprietas alrededor de mí?
Cada embestida era más dura que la anterior. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba la habitación. Tom se inclinó sobre mi espalda, me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Te odio por hacerme esto —susurró contra mi oído, embistiéndome con más fuerza—. Te odio por calentarme tanto. Por mirarme de esa forma. Por ganar hoy y tener esa puta cara de victoria…
—Tom… joder…
—Cállate. —Me dio otra palmada, más fuerte-. Solo te callas y aguantas. Porque esto es lo que pasa cuando me ganas. Me descargo contigo. Te follo hasta que no puedas ni pensar en lo orgulloso que estabas.
Me folló sin piedad. Cada embestida iba acompañada de insultos bajos, casi desesperados. Me decía que era un maldito provocador. Que me odiaba por ponerlo así. Que no debería estar tan duro solo de mirarme. Que no debería gemir de esa forma cuando me penetraba.
Me corrí primero, manchando las sábanas, con el cuerpo temblando. Tom no se detuvo. Siguió embistiéndome, usando mi cuerpo todavía sensible, hasta que se corrió dentro de mí con un gruñido largo y frustrado, clavándome los dedos en las caderas.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando. Él todavía dentro de mí. Su frente apoyada entre mis omóplatos.
Luego se separó de golpe, se levantó y empezó a vestirse en silencio. Yo seguía de rodillas sobre la cama, abierto, marcado, con su semen resbalándome por el muslo.
Antes de salir de la habitación, se detuvo en la puerta sin mirarme.
—La próxima vez que me ganes… —dijo con voz ronca—, no esperes que sea tan amable.
Y cerró la puerta detrás de él.
Yo me quedé ahí, respirando agitadamente, con el corazón todavía desbocado.
Y lo peor de todo… era que ya estaba esperando la próxima vez.
F I N
¿Y qué les ha parecido?
