Administración: Ya por el título se nota que viene con parafilias, lean con responsabilidad 😉
«Pégame» 
(One-Shot de Tollscene)
La luz del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta entreabierta. Yo estaba en la cocina, con el vaso de agua a medio camino de la boca, cuando el brillo de la pantalla de Tom me llamó la atención. No fue el brillo en sí. Fue el icono. Ese naranja chillón, casi fosforescente, que conocía demasiado bien aunque nunca lo había tenido instalado en mi propio teléfono.
Grindr.
El vaso tembló en mi mano. El agua se derramó un poco sobre la encimera de mármol negro. No me importó. Caminé despacio hacia el sofá donde él estaba sentado, con las piernas cruzadas, el cabello largo cayéndole sobre un hombro, concentrado en esa maldita aplicación como si estuviera resolviendo un problema de física y no destrozando lo que éramos.
—¿Qué es eso?
Tom levantó la vista. Sus ojos, siempre tan vivos, se abrieron de golpe. Intentó bloquear la pantalla, pero ya era tarde. Yo había visto el perfil a medio completar, la foto borrosa de su torso, la descripción corta que todavía no había terminado de escribir.
—Bill… no es lo que…
No lo dejé terminar. El vaso cayó al suelo y se hizo añicos. El sonido del cristal fue lo único que llenó el silencio durante un segundo eterno.
—¿No es lo que parece? —mi voz salió baja, peligrosa—. ¿Entonces qué coño es, Tom? ¿Una broma? ¿Una puta investigación de mercado?
Él se levantó. Intentó acercarse. Yo retrocedí un paso y después avancé dos. El pecho me ardía. No era solo celos. Era algo más profundo, más antiguo: la sensación de que la única persona del mundo que se suponía que era mía estaba buscando otra cosa. Otra persona. Otro cuerpo. Otra vida en la que yo no existía.
—Solo… solo estaba mirando —dijo él, y la mentira le tembló en la boca—. No iba a usarlo de verdad.
Mi mano se cerró sola. El primer golpe fue un empujón fuerte contra el pecho. Tom retrocedió, tropezó con la mesa baja y cayó de culo sobre el sofá. El segundo fue un puñetazo que le dio en el hombro, no en la cara. Todavía no. Todavía no quería ver sangre.
—¡Mentiroso! —grité—. ¡Mentiroso de mierda!
Él levantó los brazos para protegerse, pero no se defendió de verdad. Nunca lo hacía cuando yo explotaba. Y eso me enfureció todavía más. Le agarré de la camiseta y lo levanté a la fuerza. El tejido se rasgó un poco. Le di una bofetada abierta, fuerte, que le hizo girar la cabeza. El sonido seco resonó en el loft vacío.
—¿Quieres que te vean otros? ¿Quieres que te toquen otros? ¿Que te follen en un baño de un puto bar mientras yo estoy aquí esperándote como un idiota?
Tom tenía los ojos húmedos. No lloraba todavía, pero estaba cerca. Su labio inferior temblaba.
—Bill, por favor… te quiero a ti. Solo a ti.
—Entonces ¿por qué? —le di otro empujón, más fuerte. Esta vez contra la pared. Su espalda golpeó el yeso y un cuadro se movió—. ¿Por qué tenías esa mierda en el teléfono?
Él no respondió. Solo me miró. Y en esa mirada vi todo: el miedo, la culpa, y algo más que no logre descifrar. Porque incluso mientras le sujetaba por el cuello de la camiseta y le daba otro golpe en el costado, él no me odiaba. Seguía siendo mi Tom. El mismo que había compartido conmigo casi todo desde que salimos del útero.
Mi respiración era un jadeo irregular. Los nudillos me dolían. El pecho me dolía más. Solté la camiseta y me alejé dos pasos, temblando.
Tom se quedó apoyado contra la pared, una mano en el costado, la mejilla marcada de rojo. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos que siempre habían sido mi debilidad.
Me giré hacia la ventana. La ciudad de Los Ángeles brillaba afuera, indiferente. Dentro de mí solo había un silencio ensordecedor y la certeza de que algo se había roto esa noche. Algo que no se iba a arreglar con un “lo siento” ni con un abrazo.
Y lo peor era que, a pesar del dolor en mis manos y del asco que sentía por mí mismo, una parte de mí todavía quería volver a agarrarlo. Solo para sentir que seguía siendo mío.
La puerta se cerró con un golpe seco. No gritó. No tiró nada. Solo se puso los zapatos, agarró las llaves y se fue. El sonido de sus pasos bajando las escaleras se fue apagando hasta que solo quedó el silencio del loft.
Me quedé de pie en medio de la sala, mirando los restos del vaso roto y el cuadro torcido. El pecho me dolía como si me hubieran abierto en canal. Me dejé caer en el sofá, en el mismo lugar donde lo había empujado, y me hundí en él. Las lágrimas llegaron sin permiso. Primero calientes, después amargas. Me cubrí la cara con las manos y lloré como no lo hacía desde que éramos adolescentes. Hasta que el agotamiento me ganó.
Me dormí ahí mismo, vestido, con la mejilla pegada al respaldo del sofá y el rastro de las lágrimas seco en la piel.
&
Desperté de golpe a las 3:07 de la mañana.
El ruido de la puerta. Llaves. Pasos torpes. El olor a alcohol y a calle que entró con él.
Tom apareció en el umbral del dormitorio. La luz de la luna que entraba por la ventana grande lo iluminaba a medias: el cabello revuelto, la camiseta que le había rasgado todavía puesta, los ojos vidriosos. Estaba borracho. Muy borracho.
Se acercó a la cama donde yo ya me había metido sin darme cuenta. Se inclinó hacia mí, los brazos abiertos, buscando el abrazo como si nada hubiera pasado.
—Bill… —susurró, la voz pastosa—. Perdón… solo… necesito…
No lo dejé terminar. Empujé su pecho con ambas manos, con toda la fuerza que me quedaba. Tom perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el colchón, a mi lado. El impacto fue sordo. Su cabeza rebotó ligeramente contra la almohada.
Se quedó quieto. Respirando pesado. En menos de un minuto ya estaba dormido. La boca entreabierta, un brazo colgando al borde de la cama, el olor a whisky y a humo impregnándolo todo. Ni siquiera se movió cuando me incorporé.
Me senté en el borde del colchón, mirándolo. El corazón me latía tan fuerte que me dolían las sienes. Extendí la mano y le saqué el teléfono del bolsillo trasero del pantalón. La pantalla se iluminó con mi propio reflejo.
Desbloqueé. Conocía su contraseña desde siempre.
Abrí Grindr.
El perfil seguía ahí. Vacío.
Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad, con el sonido de su respiración borracha a mi lado y el peso de su teléfono en la mano.
El corazón me latía tan fuerte que casi no escuchaba la respiración de Tom a mi lado. Cerré Grindr.
Abrí WhatsApp.
El chat con George estaba arriba del todo. Último mensaje recibido a las 2:41 a.m. Deslicé el dedo y empecé a leer hacia atrás.
Tom: Ya me fui, creo que se enojó de verdad esta vez
George: ¿y? ¿funcionó?
Tom:sí , me empujó contra la pared, me pegó en el costado y me dio una bofetada
George:joder, ¿te excitó?
Tom: demasiado, me dolió. Pero se me puso dura en cuanto me agarró de la camiseta , odio cuando se controla, odio cuando me habla suave, necesito que me odie un poco, necesito que me golpee
George:eres un enfermo, Tom
Tom: Lo sé, pero no puedo parar, instalé Grindr a propósito, sabía que iba a mirar, sabía que iba a explotar, quería que me pegara, quería verlo perder el control otra vez
Seguí bajando. Había más mensajes de otras noches. Otras provocaciones. Otras veces en las que Tom había buscado deliberadamente mi ira porque le excitaba el dolor, la fuerza, la pérdida de control.
El teléfono se me resbaló un segundo entre los dedos. Lo agarré con más fuerza. Miré a Tom, dormido, borracho, con la marca de mi mano todavía visible en la mejilla y el costado.
Todo había sido un plan.
La aplicación.
La pelea.
Incluso el haber vuelto a las tres de la mañana, borracho y pidiendo un abrazo, sabiendo que yo lo iba a empujar.
Se había acostado a mi lado sabiendo exactamente lo que había hecho.
Me quedé sentado en la oscuridad, con el chat abierto, escuchando cómo respiraba. El asco, la furia y algo mucho más oscuro se mezclaban en el pecho hasta que ya no sabía cuál de las tres cosas era más fuerte.
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, seguía mirando la pantalla.
Todavía tenía el teléfono en la mano cuando Tom abrió los ojos.
No fue un despertar lento. Fue un tirón.
 Su mano se enredó de golpe en mi cabello, agarró un puñado cerca de la nuca y me jaló hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un quejido. El móvil cayó sobre las sábanas.
En un segundo ya estaba encima de mí, las rodillas a ambos lados de mi cadera, el peso de su cuerpo borracho pero decidido aplastándome contra el colchón.
—Sabía que ibas a mirar —escupió, la voz ronca y cargada de alcohol—. Sabía exactamente cómo ibas a explotar, Bill. Como siempre. Como un puto animal.
Me escupió en la cara. La saliva me golpeó la mejilla y resbaló hasta la comisura de los labios. Antes de que pudiera reaccionar, su mano abierta me dio una bofetada seca, fuerte, que me hizo girar la cabeza hacia un lado. El ardor me subió de inmediato.
—¿Te sientes traicionado? —siguió, tirando otra vez de mi cabello para obligarme a mirarlo—. ¿Te duele, hermanito? Porque a mí me pone duro. Me pone duro verte perder el control. Me pone duro cuando me pegas. Cuando me empujas. Cuando me odias un poco—.
Otra bofetada. Esta vez más fuerte. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca. Tom se inclinó más cerca, el aliento a whisky rozándome la piel.
—Instalé Grindr a propósito. Dejé el teléfono a la vista a propósito. Te provocé a propósito. Porque sé lo que eres cuando te rompes. Y me encanta—.
Su mano seguía enredada en mi cabello, tirando con fuerza, manteniéndome inmóvil debajo de él. Los ojos le brillaban con una mezcla de borrachera, excitación y algo casi cruel.
Yo solo lo miraba.
Con el ardor de la bofetada todavía quemándome la mejilla.
Y con su saliva secándose lentamente sobre mi piel.
El agarre de Tom en mi cabello no aflojó. Intenté empujarlo, pero él era más pesado en ese momento, más decidido. Forcejeamos. Mis manos buscaron su muñeca, intentando soltar el tirón que me mantenía clavado contra el colchón. Él se rió, un sonido bajo y oscuro, y usó su otra mano para sujetarme la garganta con fuerza suficiente para recordarme quién mandaba ahora.
—Forcejeá todo lo que quieras —siseó cerca de mi oído—. Me gusta cuando te resistes. Me gusta cuando intentás recuperar el control y fallás—.
Logré girarme un poco. Mi rodilla se clavó en su costado. Él gruñó, pero no se apartó. Al contrario: me tiró más fuerte del cabello y me dio otra bofetada, esta vez de revés, que me hizo ver estrellas un segundo. El dolor me subió por la nuca y se convirtió en calor. Exactamente el tipo de calor que los dos conocíamos demasiado bien.
Somos iguales en eso.
Los dos somos enfermos.
Los dos necesitamos el dolor para sentir que estamos vivos.
Usé esa misma necesidad. Levanté las caderas de golpe y logré voltearlo. Por un instante estuve encima. Mis manos le sujetaron las muñecas contra la almohada. Él me miró con los ojos brillantes, la boca entreabierta, y sonrió.
—Eso es… —jadeó—. Pegame. Hazlo. Sé que quierés.
No pude contenerme. Le di un golpe abierto en la mejilla. El sonido fue seco. Su cabeza se giró. Cuando volvió a mirarme, tenía una expresión de puro placer. Se arqueó debajo de mí y, con un movimiento brusco, logró liberar una mano. Me agarró del cuello de la camiseta y me tiró hacia abajo, invirtiendo otra vez las posiciones.
Ahora él estaba otra vez encima. Me escupió de nuevo, esta vez en la boca, y me besó con violencia, mordiéndome el labio inferior hasta que sentí el sabor a sangre. Sus caderas se movían contra las mías, duras, exigentes.
—Eres mío cuando te rompés —murmuró contra mis labios—. Y yo soy tuyo cuando dejo que me rompas a mí. Pero esta noche… mando yo.
Me sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra me dio una cachetada más suave, casi de juego, y después otra más fuerte. El ardor se mezclaba con la excitación de una forma que ya no sabía separar. Forcejeé otra vez, no para escapar de verdad, sino porque los dos necesitábamos esa lucha. Esa resistencia. Ese intercambio de poder que siempre terminaba igual: con uno de los dos sangrando un poco y los dos duros como piedras.
Tom se inclinó y me mordió el hombro, fuerte, dejando marca. Yo jadeé y empujé las caderas hacia arriba, buscando fricción. Él se rió contra mi piel.
—Mirá cómo te ponés… —dijo con voz ronca—. Al final siempre terminamos igual, Bill. Los dos necesitamos esto. Los dos somos unos putos sadomasoquistas.
Y tenía razón.
Mientras forcejeábamos en la cama, intercambiando golpes, tirones de cabello y empujones, ninguno de los dos estaba intentando ganar de verdad.
Solo estábamos alimentando esa necesidad oscura que compartíamos desde siempre.
Tom no aflojó el agarre de mis muñecas ni un segundo. Con la otra mano bajó bruscamente y me abrió el pantalón a la fuerza, sin molestarse en desabrochar el botón. El tejido se rasgó con un sonido seco. Me sacó la polla de un tirón, apretándola con rudeza, casi con rabia, y me dio un golpe seco en la cara con el dorso de la mano al mismo tiempo.
—Mirá cómo te late —escupió, la voz ronca y cargada de alcohol y excitación—. Te pone duro que te trate como una puta. Te pone duro que te domine—.
Me masturbó con violencia, apretando demasiado, subiendo y bajando la mano con movimientos bruscos que rozaban el dolor. Cada vez que yo intentaba forcejear, él apretaba más fuerte mi muñeca contra la almohada y me daba otra cachetada. El ardor en la mejilla se mezclaba con el calor que me subía por la ingle. Odiaba lo mucho que me gustaba. Odiaba lo mucho que lo necesitaba.
Con un movimiento brusco se bajó los pantalones lo suficiente para sacar su polla. Estaba dura, gruesa, con la cabeza ya brillante de semen. Escupió en su mano, se pasó la saliva por el miembro de forma tosca y después me levantó las caderas de un tirón, casi sacándome del colchón. No hubo preparación. No hubo caricias. Solo el empuje brutal de su polla entrando en mí de un solo embiste profundo.
El ardor fue inmediato y agudo. Me arrancó un grito que él silenció mordiéndome el hombro con fuerza, hasta que sentí los dientes romper la piel. Empezó a follarme sin piedad: embestidas largas, secas, profundas, que hacían crujir el cabezal de la cama contra la pared. Cada vez que entraba hasta el fondo me daba una cachetada o me tiraba del cabello con violencia.
—Aguantá, Bill —gruñó contra mi oído, el aliento caliente y a whisky—. Esto es lo que querías cuando me provocaste por esa mierda de Grindr. Esto es lo que necesitamos los dos. Dolor. Control. Sangre—.
Logré liberar una mano y le clavé las uñas en la espalda, arrastrándolas con toda la fuerza que tenía hasta que sentí la piel abrirse bajo mis dedos. Él soltó un gemido gutural de puro placer y me folló todavía más duro, más rápido, casi salvaje. Me dio una bofetada tan fuerte que me hizo ver blanco un segundo. La sangre de mi labio inferior se mezcló con su saliva cuando me besó a mordiscos, chupando y mordiendo hasta que el sabor metálico llenó ambos.
Nos movíamos como animales. Él me sujetaba el cuello con una mano, apretando lo justo para que me costara respirar, mientras me embestía sin ningún control. Yo le devolvía cada golpe: le di un puñetazo en el costado que lo hizo jadear, le arañé el pecho, le mordí el hombro izquierdo hasta dejar una marca roja y profunda. Cada vez que yo le hacía daño, él respondía con más fuerza, más violencia, más excitación.
—Más fuerte —exigí entre dientes, la voz rota y entrecortada—. Pegame más fuerte, Tom. Quiero sentirte—.
Él sonrió con los labios manchados de mi sangre y me dio exactamente lo que pedí. Me volteó de golpe, me puso de rodillas contra el colchón y me agarró del cabello con ambas manos para tirarme la cabeza hacia atrás mientras me follaba por detrás con embestidas salvajes. Cada golpe de sus caderas iba acompañado de una cachetada fuerte en el culo, tan dura que el ardor se extendía por toda la piel. Después me dio otra en la cara, y otra, hasta que sentí la mejilla hinchada y caliente.
Yo gemía, maldecía, le devolvía insultos y le pedía más. Forcejeaba no para escapar, sino para que él tuviera que sujetarme con más fuerza. Le arañé los muslos, le di codazos hacia atrás, le mordí la muñeca cuando se acercó demasiado. Él respondió tirándome del cabello hasta que me dolió el cuero cabelludo y empujando todavía más profundo, más brutal.
El dolor era constante. El placer también. Eran la misma cosa. Cada embestida me sacaba el aire. Cada cachetada me hacía más duro. Cada vez que él gemía de placer por el dolor que yo le causaba, yo sentía que me corría un poco más cerca.
Cuando sentí que estaba al borde, Tom me agarró la polla por detrás y me masturbó con la misma rudeza, apretando demasiado, casi doliendo, el ritmo sincronizado con sus embestidas. Me corrí con un grito ahogado, manchando las sábanas y su mano, el orgasmo tan intenso que me temblaron las piernas. Él no se detuvo. Siguió follándome a través de mi orgasmo, más rápido, más desesperado, hasta que se corrió dentro de mí con un gemido gutural y profundo, clavándome las uñas en las caderas hasta dejar moretones oscuros.
Nos quedamos así varios segundos: él todavía enterrado hasta el fondo, jadeando contra mi espalda sudada, la mano todavía enredada en mi cabello, mi propio semen seco en sus dedos. El cuarto olía a sexo, a sangre, a alcohol y a sudor. Mi mejilla ardía. Mi culo ardía. Mi hombro sangraba levemente donde él me había mordido.
Ninguno de los dos se movió de inmediato.
Porque los dos sabíamos que esto no había terminado.
Solo era el primer round.
Y ninguno de los dos estaba satisfecho todavía.
F I N
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por admin

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