Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 9

Me quedé quieto, completamente rígido en mi lugar. 

¿En serio? ¿Ahora venía con eso? No, no, no. No iba a permitir que se echara para atrás. No después de que me había seguido el beso, de que sus manos se habían clavado en mi cintura como si no quisiera soltarme nunca. Me incliné hacia él, apoyando una mano en la cama, justo al lado de su cuerpo, y lo miré con una sonrisa.

— ¿No estuvo bien? —repetí, dejando que mi voz sonara baja, mientras me subía a la cama, gateando hasta quedar encima de él, con una pierna a cada lado de sus caderas. Mi peso lo atrapó contra el colchón, y vi cómo sus ojos se abrieron un poco más, como si no supiera si empujarme o rendirse— Vamos, Tom, no me vengas con esas. ¿Crees que no sé lo que quieres? —mis manos se deslizaron por debajo de su camisa, tocando su pecho de forma lenta, sintiendo el calor que emanaba— Esto no es por el alcohol. Esto es por mi querida tía, ¿No? Por Heidi. Olvídate de ella esta noche. Olvídate de todos, menos de mí.

Él intentó hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sus manos se alzaron, como si quisiera empujarme, pero en lugar de eso, sus dedos se detuvieron en mis muslos, apretando apenas, y joder, eso fue como echarle gasolina a mi ego. Sabía que lo tenía. Sabía que no iba a resistirse. No a mí, ni ahora, ni nunca… Y eso me hacía sonreír por dentro, gozando cada segundo.

— Bill, joder, es tu tía, es mi esposa y… —empezó, pero su voz era débil y yo no iba a darle chance de terminar. Me incliné más, hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo, mi cabello cayendo a un lado como una cortina mientras mis labios rozaban los suyos, no del todo un beso, sino una promesa de uno.

— Shh —susurré contra su boca, dejando que mi aliento le quemara la piel— No digas nada. Solo déjate llevar, Tom… Eso no importa ahora —mis labios bajaron, rozando la curva de su mandíbula, sintiendo el roce áspero de su barba contra mi piel. Deslicé un beso lento por su cuello, justo donde su pulso latía como loco y el gruñido que soltó me hizo sonreír contra su piel— Te prometo que te haré sentir tan… jodidamente… bien.

Mis palabras eran puro fuego, cada una calculada para derretirlo, para hacer que olvidara cualquier excusa estúpida que tuviera en la cabeza. Mis manos se siguieron deslizaron por su pecho, acariciando su piel de manera tortuosa. Lo sentí tensarse, pero no me detuvo. Sus ojos se cerraron, y un gemido bajo escapó de su garganta, mientras mis labios seguían explorando su cuello, chupando suavemente.

— Bill… —intentó de nuevo, pero su voz era un desastre, y yo no iba a dejarlo hablar. Subí de nuevo a sus labios, esta vez besándolo lento, dejando que mi lengua jugara con ese maldito piercing suyo que hacía que miles de cargas se pasaran por mi cuerpo. 

Lo mordí suavemente, tirando de el, y el sonido que salió de Tom fue suficiente para hacerme querer arrancarle la ropa ahí mismo. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con justo la fuerza necesaria para que sintiera quién tenía el control.

— Para —murmuró contra mi boca, pero sus manos decían otra cosa, deslizándose por mi espalda, apretándome contra él como si no quisiera que me fuera nunca. Y yo no iba a irme. 

— ¿Quieres que pare? —susurré, separándome apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Mi voz era un desafío, mis dedos trazando círculos lentos en su piel, bajando peligrosamente cerca de sus pantalones— Dímelo, Tom. Dime que pare, y me voy ahora mismo. Pero dímelo mirándome a los ojos y con convicción en la voz.

Él no dijo nada. Sus ojos estaban oscuros, nublados por algo más que el alcohol, y su respiración era tan rápida que podía sentirla contra mi piel. Y entonces, como si algo dentro de él se rompiera, me agarró por las caderas y me giró con una fuerza que no esperaba, haciéndome caer de espaldas contra la cama. Solté un suave jadeó por la acción rápida que tuvo, mis manos fueron a mi cara, quitándome el cabello que se me había desparramado en ella, alcé la vista poco a poco: ahora él estaba encima, su cuerpo presionando contra el mío, y joder, la forma en que me miraba era como si quisiera devorarme entero.

— Demasiado tarde —gruñó, y antes de que pudiera responder, su boca estaba sobre la mía, besándome con una hambre que me dejó sin aire, con los ojos abiertos de par en par. Aún así, me deje llevar también, cerré los ojos, siguiéndole el ritmo de manera violenta. Sus manos se deslizaron por mi cintura, quitando mi chaqueta en el proceso, y el roce de sus dedos contra mi piel fue como un incendio que no podía apagar. El piercing en su labio rozaba contra mis labios, frío y afilado, mientras su barba raspaba mi barbilla, mi cuello, cada roce enviando chispas por todo mi cuerpo. Mis manos tampoco se quedaron atrás, las lleve por su pecho, luego por su nuca. Mis uñas acariciaron su cuero cabelludo, jalando su cabello cada vez que me mordía el labio o metía su lengua por mi garganta, como una jodida penetración, jugueteaba con mi propio piercing en la lengua, dándole vueltitas lentas que me hacían sonreír en medio de los húmedos besos.

Me arqueé contra él, dejando que mis uñas se clavaran en su espalda otra vez, no lo suficiente para lastimar, pero sí para que lo sintiera. Mis piernas se enredaron en las suyas, atrayéndolo más cerca, y cuando su mano encontró el borde de mis jeans, tirando con impaciencia, solté una risa baja contra su boca, agarre sus manos y no le permitir seguir con su trabajo, por ahora…

— ¿Ves? —susurré, mordiendo su labio inferior— Sabía que querías esto.

Tom gruñó, un sonido crudo que me hizo estremecer, sus manos se volvieron más audaces, deslizándose por mi piel, explorando cada rincón como si quisiera memorizarme. Mi cuerpo reaccionaba como si estuviera en llamas, cada toque suyo era una descarga, y mierda, no iba a mentir: esto era más intenso de lo que esperaba. La forma en que su boca bajaba por mi cuello, chupando con fuerza, dejando marcas que sabía que tendría que ocultar después, me tenía al borde de perder el control.

Mis manos encontraron su cabello otra vez, tirando con fuerza para traerlo de vuelta a mi boca, y lo besé con todo lo que tenía, dejando que mi lengua se enredara con la suya en una batalla de control. Cada roce, cada jadeó suyo, era una victoria. Heidi estaba a miles de kilómetros, y Tom estaba aquí, conmigo, cayendo más profundo en mi red con cada segundo.

— Joder, Bill… —murmuró contra mi piel, su voz rota, y sus manos apretaron mis caderas con tanta fuerza que seguro ya había dejado marcas. Y yo quería esas marcas.

— Dime que no quieres esto —lo desafié, deslizando una mano por su pecho, bajando y subiendo— Dime que no quieres sentir esto, Tom.

No respondió. No con palabras. En cambio, su boca volvió a la mía, besándome con una desesperación que me hizo arquearme contra él, mis uñas rastrillando la tela mientras trataba de controlar mi respiración. Todo era calor, fricción, el peso de su cuerpo, el olor de su colonia mezclado con el sudor y el whisky. Sus manos eran un desastre, torpes por el alcohol, pero joder, la forma en que se clavaban en mis caderas, tirando de mí como si quisiera fundirme con él, era suficiente para hacerme olvidar por un segundo que esto era un juego. Pero no. Esto era por Heidi. Por la venganza, punto. 

— Mierda… —gruñó contra mi piel, su voz rota, mientras sus labios bajaban por mi cuello, chupando de manera lenta y jodidamente tortuosa, dejando un rastro de saliva a su paso.

— No hagas ruido —susurré, con una sonrisa, mientras deslizaba una mano por su pecho, bajando hasta el botón de sus pantalones. Mis dedos jugaron con él, provocándolo, dejando que la anticipación lo quemara— No querrás que los vecinos sepan lo mal que te estás portando, ¿Verdad?

Tom rió, un sonido bajo y desordenado que se mezcló con un gruñido mientras sus manos tiraban de mi polera, arrancándola por encima de mi cabeza con una impaciencia que me hizo arquear una ceja. Borracho o no, este hombre sabía lo que quería. Y yo iba a dárselo, pero a mi manera, no era un santo y eso estaba más que claro. Le daría todo el placer que la bruja de mi tía nunca le dió en dos años, yo lo haría en una maldita noche, solo para tenerlo en mis manos, saborear la dulce venganza… que arda. Y aunque estaba jugando con fuego, yo mismo echaría más gasolina.

Lentamente, me incliné hacia él, dejando que mis labios rozaran su oreja, mis uñas clavándose en su espalda, dándole suaves majes que lo hacían suspirar entrecortadamente cada vez que arañaba.

— Quítatela —le ordené, mi voz baja, mientras mis ojos se clavaban en su camiseta, arrugada y pegada a su pecho por el calor. Quería verlo mejor, quería cada centímetro de él expuesto, quería alimentar esta hambre del momento.

Tom alzó una ceja, con esa sonrisa torcida que siempre me hacía rodar los ojos. Sin decir nada, se incorporó un poco, todavía con una pierna entre las mías, el roce de su muslo contra mi entrepierna enviando una corriente eléctrica que me hizo morder mi labio para no gemir. Se llevó las manos al borde de la camiseta, y joder, lo hizo lento, como si supiera exactamente cómo torturarme. La tela se deslizó por su espalda, dejando más al descubierto su piel bronceada, los músculos definidos que se tensaban con cada movimiento. Tiró la camiseta al suelo con un gesto descuidado, y cuando sus ojos volvieron a los míos, había algo salvaje en ellos, algo que me hizo tragar saliva.

Antes de que pudiera decir algo, se inclinó y estrelló su boca contra la mía, un beso hambriento, desordenado, sus dientes rozando mi labio inferior antes de que su lengua se hundiera en mi boca, reclamándome. 

Mis dedos bajaron por su pecho, sintiendo cada músculo tensarse bajo mi toque. Bajé hasta el botón de sus pantalones, mis uñas rozando la piel justo por encima, provocándolo, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía. Pero Tom no era de los que se quedaban atrás. Sus manos fueron más rápidas, más desesperadas, desabrochando mis jeans con un tirón que casi me arranca un jadeo. No me dio tiempo a reaccionar antes de que sus dedos se deslizaran dentro, rozando la tela de mi ropa interior, y mierda, la presión fue suficiente para hacerme arquear contra él, mi respiración volviéndose un desastre.

— Bill… —gruñó contra mi cuello, sus labios chupando con fuerza, dejando un rastro de calor húmedo que me hacía temblar. Sus manos eran un caos, tirando de mis jeans hacia abajo, liberándome lo suficiente para que el aire frío golpeara mi piel, contrastando con el calor de su cuerpo. 

Pero no se detuvo ahí. Sus dedos encontraron mi erección, apretando con una presión justa, y un gemido se me escapó antes de que pudiera detenerlo. Me miró, sus ojos oscuros brillando con algo entre desafío y lujuria pura, luego sus labios volvieron a los míos, besándome con una intensidad que me dejó sin aire.

— Dime que no quieres esto —me desafió, usando mis propias palabras contra mí, su mano moviéndose con lentitud, apretando lo justo, cada roce enviando descargas por mi columna. Pero no iba a ceder tan fácil. Mis manos volaron a sus pantalones, desabrochándolos con dedos temblorosos, y cuando mi mano encontró su miembro, duro y caliente bajo la tela, lo apreté con fuerza, arrancándole un gruñido que vibró contra mi piel.

— No te hagas el valiente —susurré, mi voz entrecortada, mientras mi mano se movía, provocándolo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía irregular. Pero Tom no estaba para juegos. Con un movimiento rápido, me hundió más contra el colchón, su peso aplastándome de la mejor manera posible. Sus manos levantaron mis muñecas por encima de mi cabeza, inmovilizándome. 

— No te muevas —ordenó, con voz baja, mientras sus labios bajaban por mi pecho, mordiendo y chupando todo a su paso, dejando un rastro de marcas que quemaban. Su lengua trazó círculos en mi piel, bajando por mi abdomen, y cuando llegó al borde de mi ropa interior, tiró de ella con los dientes, el roce de su aliento caliente contra mi piel haciéndome estremecer era doloroso. Estaba perdiendo el control, lo sabía, pero no podía parar. No quería parar.

Tom liberó mis muñecas, solo para deslizar sus manos por mis muslos, separándolos con una fuerza que me hizo jadear. Me quedé allí, completamente expuesto, mi corazón latiendo como un tambor en el pecho que no podía frenar por más respiraciones profundas que tomará. 

Él se arrodilló entre mis piernas. Sus ojos oscuros recorrían cada centímetro de todo mi cuerpo, y yo no podía apartar la mirada de él, viendo los puntos exactos de dónde dirigía su mirada: mi cuello, mi pecho, mis caderas y luego mi entrepierna. Se enderezó un poco, sus rodillas hundiéndose en el colchón, y con un movimiento suave, se bajó los pantalones que ya estaban desabrochados gracias a mí.

Los dejó caer a un lado, y luego vino lo que me dejó sin aliento: se enganchó los pulgares en la cintura de sus boxers negros, tensos contra su piel, y los deslizó hacia abajo lentamente, como si supiera exactamente el efecto que tenía en mí.

Dios, su miembro saltó libre, dura como una roca, venosa y palpitante, apuntando directo hacia mí como si tuviera vida propia. Era enorme, mucho más de lo que había podido tocar hace varios minutos. El grosor me dejó boquiabierto: era ancho, con venas gruesas serpenteando por los lados, hinchadas y pulsantes, la piel suave pero tensa estirada al límite. La cabeza era roja, hinchada, brillante con una gota de presemen que perlaba la punta, goteando ligeramente como un recuerdo de lo que vendría. Medía al menos veinte centímetros, quizás más, curvándose ligeramente hacia arriba, pesada en su mano cuando la envolvió con los dedos para darle una caricia casual, como si estuviera presumiendo. El vello púbico oscuro y recortado enmarcaba la base, y sus bolas colgaban pesadas debajo, tensas y listas. 

Joder, ¿Cómo carajos iba a entrar eso en mí? Había tenido sexo antes con Rodrigo. Y sí, había sido intenso, pero él era… normal. Esto era diferente, mucho más grande, más grueso, más todo. 

Me lo imaginé partiéndome en dos, el estiramiento quemando, y un escalofrío de puro deseo me recorrió la espalda. Mi propio miembro palpitaba en respuesta, dura y goteando contra mi abdomen, pero esto… esto era otro nivel.

Tom me miró fijamente, una sonrisa juguetona curvando sus labios, mientras se lo acariciaba lentamente, la mano subiendo y bajando por ese monstruo, haciendo que las venas se hincharan aún más. 

— ¿Quieres todo esto dentro de ti, Bill? ¿Mi polla entera follándote hasta que grites? —dijo con voz ronca, juguetona pero cargada de lujuria, sus ojos clavados en los míos como un reto.

Me quedé mudo por primera vez en mi vida. Mi boca se abrió, pero no salió nada. Mi cerebro gritaba SÍ, SÍ, SÍ, JODER SÍ, quiero que me destroces, que me llenes hasta que no pueda caminar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. Solo lo miré, jadeando despacito, mis mejillas ardiendo, mi cuerpo traicionándome con un gemido ahogado.

Tom rio bajito, satisfecho con mi silencio, y se inclinó hacia adelante. Yo ya estaba medio desnudo, mis pantalones y boxers enredados en mis tobillos, así que usé los pies para quitármelos del todo, pateándolos al suelo con urgencia, quedando completamente expuesto para él. Mi miembro duro rozaba mi vientre, mis muslos temblaban abiertos, invitándolo.

Sin más preámbulos, Tom escupió en su mano, paso las yemas por mi muslo, subiendo cada vez más hasta que llegó a mi entrada, untando saliva caliente y resbaladiza alrededor de mi agujero, sus dedos gruesos presionando, probando. Gemí fuerte cuando uno entró, estirándome, girando dentro de mí, preparándome. 

— Relájate —murmuró, agregando un segundo dedo, tijereteando, abriéndome más. Sentí el ardor, el estiramiento delicioso, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él, pero era nada comparado con lo que venía.

Se posicionó, la cabeza de su miembro presionando contra mí, caliente y resbaladiza ahora con más saliva que escupió. Empujó lento al principio, la punta ancha forzando entrada, y joder, quemaba. Grité sin poder evitarlo, mis manos aferrándose a las sábanas con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos, derramé un par de lágrimas, el estiramiento era intenso, como si me estuviera rompiendo abierto. Centímetro a centímetro, entró más, el grosor llenándome por completo, mis paredes internas cediendo, envolviéndolo y apretado. Sentí cada vena rozando, pulsando dentro de mí, la curva golpeando justo en ese punto que me hizo ver las malditas estrellas.

— Estás tan jodidamente apretado —gruñó él, sus caderas avanzando hasta que estuvo enterrado hasta la base, sus bolas pegadas a mi culo, su miembro latiendo dentro de mí como un corazón segundo.

No se movió al principio, dejándome ajustar, pero yo ya estaba perdido. Empujé contra él, gimiendo.

— Muévete, por favor —le roge, y me arrepentí por parecer tan desesperado ante sus ojos, pero cuando el deseo te toma por la garganta, no puedes controlar ni tu cuerpo, ni tu mente, ni tu boca. 

Y entonces empezó. Se retiró casi todo, el vacío quemando, y volvió a embestir fuerte, profundo, me arqueé por reflejo, dejando que mis manos se cerrarán en puños, mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos, pero no era el dolor lo que me importaba en ese momento, solo el placer, el slap de piel contra piel llenando la habitación. Cada choque era feroz, su grosor frotaba dentro de mí, golpeando ese punto dulce una y otra vez, enviando ondas de placer eléctrico por mi cuerpo. Sudor goteaba de su frente sobre mi pecho, sus manos sujetando mis caderas, clavándose en la carne mientras me follaba sin piedad. Sentí todo: el calor abrasador, el llenado total, cómo me llevaba al límite. Mi miembro rebotaba entre nosotros, goteando presemen. Tom la agarró, acariciándola al ritmo de sus embestidas, haciendo que el placer creciera como una tormenta, acumulándose en mi vientre, caliente y urgente, pero no estaba listo para correrme aún. No, quería más, quería que esto durara hasta que no pudiera más.

Mis caderas se alzaron instintivamente para encontrarse con las suyas, y cuando Tom embistió más fuerte, más rápido, el dolor mezclado con el placer me atravesó como un rayo. Mis uñas se clavaron en su espalda, arañándolo con fuerza, dejando surcos rojos en su piel mientras gritaba su nombre. Sentí cómo se tensaba bajo mis dedos, su músculos contrayéndose, pero en lugar de quejarse, gruñó de aprobación, follándome con más violencia, el choque de sus caderas contra mi culo resonando como un eco obsceno en la habitación.

— Te gusta así, ¿Verdad, Bill? Duro y profundo —murmuró contra mi oreja, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina. Me sorprendió escuchar eso de sus labios, pero sin duda todos los créditos iban a que aún estaba borracho y no media sus palabras, o eso creía…

Él soltó mi erección por un segundo, haciéndome gemir de frustración, y agarró mis piernas, levantándolas con facilidad. Las dobló hacia mi pecho y las colocó sobre sus hombros anchos, abriéndome completamente, exponiéndome de una forma que me hizo sonrojar incluso en medio de la lujuria. Sabía exactamente lo que era esta posición: penetración profunda, joder, la mejor para golpear ese punto dulce dentro de mí que hacía que las piernas me temblaran. Rodrigo me la había hecho un par de veces, pero con Tom… dios, era como si estuviera diseñado para esto. Su entrepierna se hundió aún más, el ángulo cambiando todo, llegando a lugares que no sabía que existían, tan profundos que sentía como si llegara hasta mi garganta, presionando contra mi interior con cada embestida bestial. El placer era cegador, ondas de éxtasis irradiando desde mi interior hasta la punta de los dedos, viendo todo borroso y blanco. 

En ese momento, un pensamiento fugaz cruzó mi mente nublada por el deseo: Heidi. Mi «querida» tía Heidi, ¿Cuántas veces la había follado así? ¿En esta misma posición, con sus piernas sobre sus hombros, gritando su nombre mientras él la destrozaba? No eran celos exactamente, sino envidia pura, cruda. Me había perdido de esto durante años, de este hombre que era un dios en la cama. Heidi lo había gozado, lo había tenido para ella sola, pero ahora… ahora era mío. Cambiaría todo de hoy en adelante. Lo reclamaría una y otra vez, hasta que olvidara su nombre en mis sábanas.

Tom debió notar mi distracción, o quizás solo quería devorarme más, porque se inclinó hacia adelante, su peso presionándome. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, hambriento, su lengua invadiendo mi boca al mismo ritmo que sus caderas empezaban a moverse de nuevo. Mierda, besarlo mientras me fornicaba era intoxicante. Mordió mi labio inferior, tirando suavemente, y luego bajó por mi cuello, chupando fuerte, dejando moretones que mañana me recordarían esto.

Sin salirse de mí, sus labios bajaron por mi pecho. Tomó uno de mis pezones entre dientes, mordisqueando la punta endurecida, su lengua girando alrededor mientras succionaba con fuerza, enviando chispas directas a mi entrepierna que ahora rozaba contra su abdomen con cada movimiento sutil. Gemí en su boca cuando volvió a besarme, su mano libre pellizcando el otro pezón, rodándolo entre sus dedos.

Entonces retomó el ritmo, embistiendo de nuevo con esa posición que lo hacía llegar imposiblemente profundo. Cada empujé golpeaba ese lugar secreto dentro de mí, tan hondo que sentía náuseas de placer, como si su entrepierna me estuviera reordenando las entrañas y, posiblemente, así era. Mis piernas sobre sus hombros temblaban, mis talones clavándose en su espalda mientras él me cogía sin piedad, el sonido húmedo de nuestros cuerpos llenando el aire. Arañé su espalda otra vez, más fuerte, y él respondió acelerando sus movimientos. Besó mi clavícula, mi hombro, bajando a lamer el sudor de mi pecho, sus dientes rozando mi piel mientras murmuraba cosas sucias que me ponían aún más caliente.

El éxtasi se construía como una tormenta, mi miembro atrapado entre nosotros, frotándose contra sus abdominales duros, goteando más y más. Quería correrme, joder, lo necesitaba, pero Tom parecía saberlo, ralentizando justo cuando estaba al borde, torturándome con estocadas lentas y profundas que me hacían suplicar. 

— Tom… Uhg, voy a…

— No aún —susurró, besándome de nuevo, su lengua follándome la boca como su miembro lo hacía con mi culo. Sus manos bajaron a mis caderas, sujetándome inmóvil mientras me penetraba hasta el fondo, girando las caderas para rozar nuevos ángulos, haciendo que gritara en su hombro.

Aceleró de nuevo, sentía su erección hincharse más dentro de mí, golpeando mi punto débil. Mis piernas sobre sus hombros temblaban incontrolablemente, mis talones clavándose en su piel sudorosa mientras él gruñía contra mi cuello, mordiendo el lóbulo de mi oreja. 

— Joder, Bill, vas a hacer que me corra —jadeó, nuestros labios volvieron a encontrarse con desesperó, lenguas enredadas, saliva mezclándose con gemidos.

Arañé su espalda una vez más, mis uñas hundiéndose profundo, dejando marcas que sangraban ligeramente, y eso lo empujó al borde.

El orgasmo me golpeó primero, como un tsunami de placer puro.

— ¡Tom, joder! —mi miembro explotó en su mano, chorros calientes y espesos de semen salpicando su abdomen, mi pecho, incluso llegando a mi barbilla en arcos descontrolados. Me contraje alrededor de él, cada centímetro mientras ondas de éxtasis me sacudían el cuerpo entero. Sentí todo: el calor irradiaba desde mi cabello hasta los dedos de mis pies, el vacío placentero después de cada espasmo, mi visión borrándose en blanco.

Tom rugió en respuesta, embistiendo tres veces más profundo que nunca, su miembro latiendo salvajemente dentro de mí. 

— Mmhg… —gruñó, y entonces se corrió, inundándome con chorros calientes y potentes que sentía golpear mis entrañas, llenándome hasta que rebosaba, goteando fuera de mí, estirado alrededor de su base. Sus caderas se sacudieron erráticamente, empujando más adentro, el calor de su semen mezclándose con el mío en un desastre pegajoso entre nosotros. Siguió moviéndose a través de su clímax, prolongando el mío, hasta que los dos estábamos temblando, exhaustos, sudorosos y jadeantes.

Finalmente, se derrumbó sobre mí, su peso aplastándome. Bajó mis piernas de sus hombros con cuidado, masajeando mis muslos adoloridos, y me besó suave esta vez, lento y posesivo, su lengua lamiendo el sudor de mis labios. 

Yo solo pude suspirar entre sus labios, mi cuerpo se sentía como una gelatina, sintiendo su semen resbalando fuera de mí, el ardor placentero en mi trasero recordándome cada segundo. Heidi podía tenerlo en papel, pero esto… esto era real. Y sabía que no sería la última vez. Mañana, o cuando quisiera, lo reclamaría de nuevo. Por ahora, me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón latir tan fuerte como el mío,  cerré los ojos lentamente, dejándome caer a los brazos de Morfeo.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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