Fic TOLL de Lett_kltz

Capítulo 8

No fue fácil abrir la puerta mientras sostenía a Tom medio arrastrado. Él decidió desplomarse en el sillón apenas cruzamos el umbral, jalándome con él y casi tirándome encima suyo.

— ¡Joder, Tom! —bufé, acomodándome la chaqueta que me había arrugado con su peso— Si vas a desmayarte no me aplastes, ¿Sí?

Él solo río con esa risa floja de borracho, dejándose caer a sus anchas como si el sillón fuera su trono. Tenía el cabello completamente desordenado, apenas podía abrir un ojo sin parecer que caería rendido ante los brazos de Morfeo. 

Yo, en cambio, ya sabía lo que estaba haciendo aquí. Desde que lo encontré en la disco tuve clara la idea.

— Voy al baño un segundo, no te mueras —le dije, y él apenas levantó una mano, haciéndome un gesto de «anda ya» sin abrir los ojos.

Me encerré en el baño, cerrando la puerta despacio. Saqué el celular del bolsillo y marqué.

— ¿Bill? —la voz de mi madre sonó preocupada al instante— ¿Dónde estás? Ya pasó más de una hora, la cena está lista.

Tragué saliva. Vale, modo actor activado al máximo.

— Mamá… sí, perdón. Se me pasó el tiempo —mentí sin pestañear, bajando la voz como si de verdad estuviera en otra casa— Quería pedirte permiso para quedarme a dormir en casa de Sasha.

— ¿Qué? —su tono se endureció— No, Bill. Tú sabes que no.

— Mamá, por favor —repliqué rápido, apretando el teléfono contra la oreja— Sus papás viajaron y ella se queda sola. No quiero dejarla así, ¿Vale? No es justo. Yo puedo hacerle compañía, no pasa nada.

Hubo un silencio al otro lado. Mi madre suspiró, y pude imaginarla mirando a papá, calculando si él se daría cuenta o no.

— No estoy convencida, hijo.

— Mamá… por favor. Solo hoy. Te prometo que mañana vuelvo temprano.

Otro silencio más largo. Y al fin cedió.

— Está bien. Pero pásame con Sasha. Hace mucho que no hablo con ella, quiero saludarla.

Me congelé.

— Ah… es que… justo salió a comprar comida para los dos —improvisé al instante— Pero te manda saludos, seguro.

Mi madre murmuró algo, cansada, y al fin colgó. Solté el aire en un suspiro y, sin pensarlo, abrí la otra conversación. Toqué rápido el nombre de Sasha.

— ¿Bill? —contestó medio sorprendida.

— Escucha —corté de golpe— No preguntes. Esto es importante. Estoy en el departamento de Tom— hubo un silencio incómodo, pero no le di tiempo— Si mi mamá te llama, le dices que estoy en tu casa, ¿Si? Que estoy durmiendo ya, que está todo bien. Voy a apagar el celular, así que cúbreme.

— Pero…

— Gracias, te debo una —y colgué sin más, sin dejarle réplica.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Una sonrisa se me escapó sola. Todo estaba arreglado. Nadie me molestaría esta noche. Nadie.

Era como si el universo entero se hubiera alineado para darme esta noche en bandeja de plata. Heidi en Italia, mi mamá convencida de mi mentira, Sasha cubriéndome las espaldas, y Tom… Tom tirado en un sillón, borracho hasta las cejas y completamente a mi merced. Si esto no era una señal divina, entonces no sé qué lo era. 

Apagué el celular y lo guardé en el bolsillo trasero de mis jeans. No necesitaba distracciones. No esta noche. Tomé aire, me pasé las manos por el cabello para darle un toque desordenado pero sexy, y abrí la puerta del baño.

Pero cuando salí al living, la escena me hizo soltar una risa seca. Tom estaba completamente desparramado en el sillón, con un brazo colgando como si fuera un muñeco de trapo y la cabeza echada hacia atrás. Roncaba. RONCABA. ¿En serio? ¿Este era el tipo que hace unos minutos casi me besa en una discoteca llena de gente? Joder, qué desastre. 

— Tom —dije, acercándome con pasos lentos, como si estuviera tratando de no espantar a un gato callejero— Ey, Tom, despierta.

Nada. Ni un movimiento. Solo un ronquido más fuerte que me hizo rodar los ojos. Me agaché frente a él, apoyando los codos en las rodillas, y lo miré de cerca. Incluso así, todo desaliñado y con olor a whisky, seguía teniendo ese algo. No sé si era la forma en que el cabello le caía sobre la frente, o esos labios entreabiertos que parecían gritar que lo besara, aunque estuviera inconsciente.

Ugh, Bill, concéntrate. Esto es por venganza, no por… lo que sea que esté pensando ahora mismo. 

— Tom, vamos, no me hagas esto —insistí, dándole un empujoncito suave en el hombro. Él gruñó algo ininteligible, algo que sonó como «mmm… pizza…» o alguna tontería por el estilo. ¿Pizza? ¿De verdad? Solté una carcajada corta, negando con la cabeza. Este hombre era un desastre, pero uno adorable. Me acerqué más, inclinándome hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo. Podía oler la mezcla de alcohol y esa colonia cara que siempre usaba— Tom, despierta de una maldita vez o te juro que te dejo aquí tirado y me voy a mi casa —mentí, alzando la voz. No iba a irme a ningún lado, obvio. No después de todo el circo que armé para estar aquí.

Por fin, sus ojos se entreabrieron, apenas una rendija, y me miró como si estuviera intentando descifrar si yo era real o parte de un sueño lúcido. Luego, una sonrisa torpe se le dibujó en la cara.

— Biiill… —arrastró mi nombre, como si fuera la cosa más graciosa del mundo— ¿Qué… qué haces aquí?

— Salvándote —repliqué, cruzándome de brazos y fingiendo estar molesto, aunque por dentro me estaba riendo de lo ridículo que era todo esto— Vamos, arriba. No vas a dormir en el sillón como un vagabundo. Te llevo a tu habitación.

Él soltó una risa floja, pero no se movió. En cambio, murmuró algo más, algo que sonó como «eres tan… tan…» y luego se quedó en silencio, con los ojos cerrados otra vez. ¿Tan qué, Tom? ¿Tan qué? Quise zarandearlo para que terminara la frase, pero me contuve. No iba a caer en su juego de borracho.

— Está bien, vamos a tu cama antes de que te rompas el cuello durmiendo así— dije, poniéndome de pie y extendiéndole una mano. Pero antes de que pudiera tomarla, él levantó una mano con un gesto dramático.

— Espera, espera… —balbuceó, intentando sentarse derecho pero fallando miserablemente— Baño… Necesito… mojarme la cara… Despertar.

Lo miré con una ceja arqueada, conteniendo una risa. ¿Mojarse la cara? Este hombre estaba en un nivel de borrachera que ya era casi bestial. Pero cuando intentó levantarse, se tambaleó tanto que por un segundo pensé que iba a estrellarse contra la mesa de centro.

— Joder, Tom, vas a matarte —murmuré, corriendo a sostenerlo por el brazo. Su peso cayó sobre mí, y por un momento estuvimos tan cerca que sentí su respiración caliente contra mi mejilla.

— Puedo solo… —murmuró, empujándome suavemente pero con la coordinación de un bebé— No necesito… niñera.

— Claro, porque estás súper estable ahora mismo —repliqué con sarcasmo, sin soltarlo— Vamos, te acompaño al baño antes de que te rompas algo.

— No, no, no… —insistió, levantando una mano para detenerme mientras se tambaleaba hacia el pasillo— Quédate… Yo puedo… Solo… agua en la cara. Ya vuelvo.

Lo miré alejarse, o más bien, arrastrarse hacia el baño, chocando contra una pared en el proceso. Solté un bufido, cruzándome de brazos y dejándome caer en el sillón donde él había estado. ¿Cuánto tiempo iba a tardar en «mojarse la cara»? ¿Media hora? ¿Una hora? ¿Iba a dormirse en el baño? Porque, honestamente, no me sorprendería.

Me quedé ahí, mirando el departamento. No había fotos, ni recuerdos, ni nada que dijera «Heidi vive aquí». Y eso me gustaba. Me gustaba imaginar que este lugar era solo de Tom, que ella no tenía espacio aquí, ni en su vida, ni en su cabeza. Al menos no esta noche.

El sonido de la puerta del baño abriéndose me sacó de mi trance. Tom salió, secándose la cara con una toalla blanca, el cabello húmedo pegado a la frente y la camisa aún más desabrochada que antes. Joder, ¿Por qué tenía que verse así de bien incluso estando hecho un desastre? 

— Listo… —dijo, con una voz un poco más clara, aunque todavía arrastraba las palabras— Creo que… sobreviví.

— Felicidades —respondí, poniéndome de pie con una sonrisa sarcástica— Ahora, a la cama antes de que te desmayes otra vez.

Él río, pasándose la toalla por el cuello, y me miró con esos ojos que parecían querer decir algo más. Pero no dijo nada, solo asintió y empezó a caminar hacia el pasillo, tambaleándose un poco menos esta vez. Lo seguí de cerca, por si acaso decidía hacer un nuevo espectáculo de caídas.

Me quedé parado en la puerta, observándolo mientras se dejaba caer en el borde de la cama, soltando un suspiro largo.

— Gracias, Bill… —murmuró, mirándome desde el borde de la cama con una expresión que no supe descifrar. ¿Era gratitud? ¿Era algo más?— No sé qué haría sin ti.

Ahí estaba otra vez. Esa frase. Esa maldita frase que me hacía sentir como si estuviera ganando y perdiendo al mismo tiempo.

— Vamos —dije, soltando una risita sarcástica mientras me despegaba del marco y caminaba hacia él con pasos lentos y deliberados, como un gato acechando— No puedes quedarte sentado como estatua toda la noche. Vamos a meterte en esa cama antes de que te desmayes otra vez.

Tom levantó la mirada, y juro que, aunque sus ojos estaban nublados por el alcohol, había un brillo travieso en ellos. Como si supiera que yo estaba tramando algo, pero estuviera demasiado ido para descifrarlo. O tal vez no le importaba. Rió, una risa baja y desordenada que resonó en la habitación.

— ¿Qué? —dijo, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida que me hizo apretar los dientes para no reír— ¿Ahora eres mi enfermero personal o qué?

— Algo así —respondí, encogiéndome de hombros mientras me agachaba frente a él, quedando a su altura. Le lancé una mirada burlona, pero mis manos ya estaban moviéndose, alcanzando uno de sus pies para quitarle los zapatos. Era la excusa perfecta para acercarme, para meterme en su espacio sin que pareciera intencional. Oh, Tom, no tienes idea de con quién estás jugando. 

— Puedo solo… —murmuró, pero no hizo nada para detenerme. Sus palabras eran más un reflejo que una protesta real, y su cuerpo se quedó quieto, dejando que mis dedos desataran los cordones de sus zapatillas con lentitud. Cada movimiento era parte del plan: mantenerlo relajado, bajar sus defensas, hacer que se acostumbrara a tenerme cerca. Porque si en la discoteca estuvo a punto de besarme, aquí, en la intimidad de su propia habitación, no tendría escapatoria. O eso quería creer.

Terminé con un zapato y pasé al otro, sintiendo su mirada clavada en mí. No levanté la vista, no todavía. Quería que él sintiera el peso de mi presencia, que se preguntara qué estaba pasando, que se quedara atrapado en esa incertidumbre que yo estaba tejiendo a propósito. El aire en la habitación se sentía tan cargado, como si cada segundo estuviera a punto de romperse en mil pedazos.

— Ya está —dije al fin, dejando el segundo zapato en el suelo con un movimiento lento. Me enderecé, pero en lugar de alejarme, me incliné hacia él, apoyando una mano en el borde de la cama, justo al lado de su pierna. Nuestros rostros quedaron a centímetros, y por un instante, el mundo entero se redujo a esa distancia. Sus ojos, todavía vidriosos pero más despiertos ahora, se engancharon a los míos, y juro que sentí un zumbido en la piel, como si la electricidad entre nosotros pudiera encender un incendio.

— ¿Qué haces? —preguntó, con esa voz ronca. Pero no se movió. No retrocedió. Y esa fue mi señal.

— Ayudarte, ¿No? —respondí, con un tono suave, mientras ladeaba la cabeza y dejaba que una sonrisa lenta se dibujara en mis labios. Me acerqué un milímetro más, lo suficiente para que él sintiera mi respiración, para que el espacio entre nosotros se volviera insoportable. Porque esto era un juego, y yo estaba ganando.

Tom me miró, con esos ojos todavía nublados por el alcohol pero encendidos con algo más, algo que me hacía querer empujar los límites solo para ver cuánto podía soportar. Me enderecé un poco, rompiendo el momento por un segundo, solo para mantenerlo en vilo. Luego, con un movimiento lento, puse una mano en su brazo, fingiendo que era solo para ayudarlo a levantarse.

— Ven, levanté —dije, dejando que las palabras se deslizaran como agua— No querrás quedarte aquí sentado toda la noche, ¿Verdad? Aunque… —hice una pausa, dejando que mis ojos recorrieran su rostro, deteniéndome en su boca por un instante— … no te culparía si quieres disfrutar un poco más de la vista.

— Eres un descarado —murmuró, pero había un filo en su voz, como si estuviera luchando por no ceder. Perfecto. Que luche. Eso solo hace que el juego sea más divertido.

— ¿Descarado? —repetí, fingiendo ofensa mientras lo tomaba de los brazos y tiraba de él para ponerlo de pie. Mis manos se cerraron alrededor de sus brazos, firmes, y lo sostuve más cerca de lo necesario, dejando que nuestros cuerpos se rozaran apenas, lo suficiente para que él lo notara— Solo estoy siendo… servicial. Alguien tiene que cuidar de ti, ¿No? Aunque… —bajé la voz, inclinándome un poco más, hasta que mi boca quedó peligrosamente cerca de su oído— …Parece que te gusta que te cuiden, ¿O me equivoco?

Tom se tambaleó un poco, no sé si por el alcohol o por la forma en que mis palabras lo golpearon. Sus ojos se encontraron con los míos, y joder, era como mirar un incendio a punto de descontrolarse. Había confusión en su mirada, pero también algo más crudo, más hambriento. Y yo, como el experto que era, sabía exactamente cómo avivar ese fuego.

— Bill… —dijo mi nombre como si fuera una advertencia, pero su voz flaqueó, y eso fue todo lo que necesitaba. Mi sonrisa se volvió más afilada, mientras lo sostenía todavía, mis dedos apretando un poco más sus brazos, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa.

— ¿Qué? —susurré, ladeando la cabeza con una inocencia fingida que sabía que lo volvería loco— Solo estoy asegurándome de que no te caigas. Aunque… —dejé que mis ojos bajaran a su boca otra vez, deteniéndome en ese maldito piercing que brillaba como una esfera— Si te caes, no me importaría atraparte.

El aire se volvió eléctrico, como si alguien hubiera encendido un cable pelado entre nosotros. Tom no dijo nada, pero sus ojos se oscurecieron, y vi cómo su mirada se deslizó de nuevo a mis labios, como si estuviera imaginando lo mismo que yo. Y eso fue todo. La señal que esperaba. En la discoteca había querido besarme, y ahora, aquí, en esta habitación, con las luces de la ciudad parpadeando como testigos, no había nada que lo detuviera. Ni a mí.

Me lancé.

Mis labios chocaron contra los suyos con una fuerza que no esperaba, como si todo el juego, toda la tensión, hubiera explotado en un solo instante. Tom se quedó quieto por una fracción de segundo, como si su cerebro borracho estuviera intentando procesar qué demonios estaba pasando, pero luego me siguió. Sus manos encontraron mi cintura, torpes pero firmes, y me atrajo más cerca, profundizando el beso con una urgencia que me tomó por sorpresa. Joder, sabía besar exquisito. 

El frío del piercing en su labio inferior me rozó, y cada vez que lo sentía, un escalofrío me recorría la espalda. Su barba me hacía cosquillas, raspando contra mi piel de una manera que era a la vez áspera y adictiva, como si cada roce fuera una provocación más. Incliné la cabeza, jugando con él, dejando que mis dientes atraparan su labio inferior por un instante, tirando suavemente del piercing solo para ver cuánto podía empujarlo antes de que perdiera el control. Un gruñido bajo escapó de su garganta, y eso fue como echar gasolina al fuego. 

Mis manos subieron por sus brazos, deslizándose hasta su nuca, enredándose en su cabello mientras lo besaba con más hambre. Cada movimiento era calculado, cada roce era una forma de bajarle las defensas, de hacer que se olvidara de todo menos de mí. Y funcionaba. Lo sentía en la forma en que sus dedos se clavaban en mi cintura, en cómo su respiración se volvía más rápida, más desordenada. Esto era lo que quería. Hacer que cayera, hacer que Heidi fuera solo un eco lejano en su cabeza.

Pero entonces, justo cuando el mundo parecía desvanecerse en el calor de su boca, un sonido cortó el aire como un cuchillo. Un zumbido agudo e insistente: el maldito teléfono de Tom.

Me separé de golpe, con la respiración agitada, y lo miré mientras él maldecía por lo bajo, buscando torpemente el celular en el bolsillo de su chaqueta tirada en la cama. La pantalla iluminó su rostro, y vi cómo sus ojos se entrecerraron al leer el nombre. 

— ¿Qué? —espetó al contestar, su voz cargada de fastidio. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y yo me quedé ahí, apoyado contra el borde de la cama, intentando recuperar el aliento mientras lo observaba. No podía escuchar lo que la persona decía, pero el tono de Tom cambió, volviéndose más cortante— ¿En serio? ¿Dinero? ¿Para eso me llamas?

El silencio al otro lado debió ser ensordecedor, porque Tom soltó una risa amarga, una que no tenía nada de humor.

— No, Heidi. No. Resuélvelo tú sola esta vez —y colgó, tirando el celular al otro lado de la cama como si quemara. Heidi. Por supuesto. La bruja tenía que meterse justo ahora, cuando todo estaba a punto de incendiarse.

Me quedé mirándolo, con una mezcla de satisfacción y algo más que no quería nombrar. Cada palabra que Tom había escupido al teléfono era una grieta más y yo estaba más que feliz de agrandar esa grieta hasta que se rompiera del todo.

Él se dejó caer hacia atrás en la cama, con un suspiro pesado, y sus ojos encontraron los míos. Por un segundo, no supe qué hacer. El beso todavía quemaba en mis labios, él me miraba como si yo fuera la única cosa real en esa habitación. Y yo… joder, yo me sentía como un gatito atrapado bajo su mirada, indefenso, expuesto, como si todo mi plan se tambaleara por un instante.

— ¿Todo bien? —pregunté, forzando una sonrisa despreocupada, aunque mi voz salió más temblorosa de lo que quería. Me crucé de brazos, tratando de recuperar el control.

— Nada está bien —murmuró, con una voz que era puro cansancio, pero no apartó la mirada. 

No iba a dejar que esa bruja arruinara el momento. No después de ese beso, no había escapatoria. 

Pero entonces, él tuvo que abrir la boca.

— Bill, espera… —murmuró, pasándose una mano por el rostro como si intentara despertar de un sueño. Su voz estaba cargada de algo que sonaba a culpa, y eso me hizo apretar los dientes— Esto… esto no estuvo bien. Lo siento, estoy borracho, no sé qué estoy haciendo —suspiro pesadamente— Es mejor… es mejor que te vayas.

Continúa…

Gracias por leer. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Older 8»
  1. COMO ES POSIBLE ESO TOM?? q te pasa calabaza, ay no, bueno, igual está bien porq Bill es un menor de edad y Tom podría ir a la cárcel, pero ptm 😭😭

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