
Notas: Tomen esto como un regalo de navidad, algo completamente diferente a mi primer trabajo. Acá el amor bien inocente uwu
Esta vaina era un fic de BTS xd, que decidí reducir y pasar al fandom de Tokio hotel pq sí. Como sea, sean felices.
XOXO

«Florecieron en amor»
(One-Shot de Sxgar_V1rus)
Hace poco Tom se dió cuenta de lo enamorado que está de su mejor amigo, Bill.
Para Tom, ese día nada más podía salir peor. Ese viernes por la tarde no le pudo decir que no a Bill, cuando le suplico que lo acompañara a una «pequeña fiesta» a la que todo el grado había sido invitado.
Bill siempre se caracterizó por una carismática y sociable personalidad, siempre de aquí para allá, hablando y riendo con todos a su alrededor. Que, apesar de siempre vestir de negro y verse intimidante, era como un sol para su clase.
No era de extrañar que lo invitarán a reuniones o salidas con sus demás compañeros, pero cuando se trataba de ir a una fiesta lo normal es que aceptara siempre y cuando Tom lo acompañara.
Por otro lado, Tom es un chico que en sí no tiene problemas para socializar, tiene un grupo de amigos aparte de Bill y tuvo dos novias. El problema reside en lo flojo que es, le da una inmensa flojera conocer e interactuar con las personas, es como si su batería social siempre se encontrará al cinco por ciento.
Esa es la razón por la que Bill está dentro de la casa revoloteando por ahí con las personas y Tom está en el patio trasero fumándose un cigarro, lejos del bullicio, el ajetreo y lejos de las personas.
Es claro que el rastudo ya sabe que en algún momento se le acabara la batería al sol y regresará dondé él, la luna, para recargarse con tranquilidad.
—¿Qué tal las cosas allá? — Preguntó al sentir la presencia del pelinegro a su lado.
Incluso con la desagradable mezcla de olores que se habían pegado en Bill, Tom lograba distinguir el perfume oriental amaderado que usa su amigo.
La pregunta fue respondida con un ligero sonido de la garganta, dando a entender cansancio y quizás un poco de hartazgo. El moreno miró de reojo al más alto quién se encontraba apoyado en la misma pared en la que él estaba.
Parecía un robot al que poco a poco se estaba apagando.
—¿Quieres que nos vayamos?
—No. Solo… quiero un poco de silencio.
Los minutos pasaban y el cigarro de Tom se consumía, para mayor comodidad, ambos decidieron sentarse en el suelo con la espalda pegada a una pared. Cada uno perdido en su mente o en el bonito patio que tenía el dueño de casa, la cabeza de Billy, en el hombro de Tom.
Sintiéndose cómodos, no hay necesidad de palabras, se conocen desde el jardín y encima son vecinos. No hay forma en la que no sean íntimos, el contacto físico, la calidez de la piel ya es bien conocida y fácil de reconocer.
—¿Luego entrarás conmigo? — Bill miró expectante a lo que le respondería, ya sabía la respuesta de antemano, pero prefirió preguntar.
—Puede ser, no estoy seguro. — Tom ya sabía que esa respuesta pondría feliz al de ojos café.
—Ria te lleva buscando un buen rato. — Insinuó.
—Ya sabes que no quiero nada con ella. — Fue una respuesta automática.
Entre ellos casi no hay secretos por ocultar (a excepción del obvio gusto que se tienen), incluso saben cual es la flor favorita del otro, y es que, al ser hombres no solían decir ese tipo de cosas (en especial Tom), ya sea por miedo a las burlas o verse más débiles. No lo hacían con otros, era como su algo especial saberlo.
Regresando a la fiesta, eran conscientes del gusto de Ria hacía Tom, una compañera de clase. No significaba un verdadero problema si es que ella no estuviera tan desesperada por llamar la atención del mismo.
—Quiero estar contigo, la puedo soportar.
Bill soltó una risa llena de emoción y se lanzó al de rastas para abrazarlo, agradeciendo «el sacrificio» que haría solo para convivir de una forma más. Tom apagó la colilla aplastándola contra el suelo.
Se levantó sacudiendo el polvo que se pudo haber pegado a sus pantalones y ayudó a su amigo a ponerse de pie.
—¿Por qué eres tan alto?
—¿Por qué eres tan bajo?
Tom rió negando con la cabeza, no lo aceptaba totalmente, pero estaba bastante envidioso sobre la altura de su amigo, a pesar de que la diferencia no es mucha, siente que es un golpe en su orgullo.
Al entrar la casa estaba llena de gente, ya no solo de los chicos de la clase, sino que habían llamado a los amigos de amigos y así se llenó.
Caminar se vuelve dificultoso, la música alta hace que escucharse entre ellos sea casi imposible y Tom, con el miedo de que Bill se le pierda, sujeta su muñeca y así van andando por la casa.
Mientras se movían Tom cuidaba que nadie se acercara más a Bill o que lo tocaran sin su consentimiento. Eso jamás lo permitiría, antes muerto a que alguien ponga sus manos sobre su sol.
—Oye, quiero agua. Vamos a la cocina. — El chico alto le grita cerca de la oreja a Tom para que logre escuchar su petición.
Una vez en la cocina el aire ya era más respirable, estaba más fresco y en la cocina no habían tantas personas, un par de parejas coqueteando y unas chicas que estaban riendo de algo que veían en el celular de una de ellas.
Sin preguntar el más bajo buscó un vaso limpio para darle agua a Bill.
—Aún no me dices por qué terminaste con Heidi. — Desde la encimera de la cocina Bill preguntaba.
—Uhh… Nunca me gustó. — La duda en su respuesta fue detectada por el pálido.
Ante ello arqueo una ceja, mirando con esa expresión de «¿en serio?», es obvio que Bill no le cree nada y quiere que le diga los hechos. Y eso lo expresa mediante caras, ventajas de ser altamente expresivo.
Al rastudo no le gustaba para nada cada que ponía esa cara en especial, se sentía como si su madre le estuviera regañando y por alguna razón por más que quiera negarse no podrá, terminando por hacer aquello que Bill quiere que haga.
—No lo sé, creo que no era mutuo. — Espero una respuesta del contrario, como no le gustó la respuesta tuvo que decir algo más.
Sentado al lado del ser más especial que tiene dejó fluir todo aquello que pasaba por su mente. Total, no se va a burlar de lo que siente.
—No era mágico, tú siempre me decías que en el amor se debe sentir la chispa y… con ella no sentía nada. absolutamente nada.
—¿Nada de nada?
Entre suspiros respondió. —Nada de nada, Billy.
—Vaya mierda amigo.
—Bah, qué más da. No es algo serio.
Billy rodó los ojos «claro, como digas» se escuchó por lo bajo. De pronto escucharon la puerta de la cocina ser brutalmente azotada contra la pared, todos llevaron la mirada a quien sea que haya entrado.
—¡Tom!
—Oh. Dios. Mío— Susurró la luna, mientras que el sol se aguantaba la risa.
Era la bendita Ria quien había entrado haciendo escándalo y gritando, detrás de ella estaban sus amigas acompañándola
—No te vi en toda la noche ¿Dónde estuviste?— Tan coqueta como podía, daba todo de sí para que su hombre ideal le parara la bola.
—Por ahí, pasando el rato.
—Ven a jugar la botella borracha ¿Sí?— Se acercó al moreno.
—Ehh, no lo sé… —Había incomodidad en sus palabras y en su cara.
—Billy, dile que venga a jugar. —Ria se dirigió a Bill, en voz de súplica.
—Que él decida que hacer, Ria. No lo podemos obligar.— Respondió amablemente.
Todos sabemos que dirá que no, pero el interior de Bill se revolcaba por saber la respuesta final de su amigo. Como si no supiera lo que va a decirle y como se lo va a decir.
Hasta ahora Ria jamás se confesó como tan hacia Tom y eso según él, no le da la chance de rechazarla directamente. Son obvios los intentos de acercarse, lo único que le queda es seguir evadiendo todos sus intentos de ¿cortejo? hasta que eventualmente se canse y se vaya bien lejos.
—No gracias, paso.— Puso una pose más relajada, pensando que el «No» número mil la haría irse automáticamente.
La cara y el semblante de Ria de derrumbó totalmente, ya no tenía esa mirada coqueta, ya no se movía de tal forma que Tom viera su lindo escote en su linda blusa. Más bien se quedo en blanco y sin saber qué más hacer su plan había fracasado. Miró a sus espaldas, donde sus amigas, en busca de una ayuda milagrosa.
Para su mala suerte tampoco sabían qué hacer, tuvo que recurrir a la última opción que era:
—Por favor, por favor, por favor…— «Genial» pensó el rastudo al ver como sobaba sus manos y gritaba porque aceptara su grandioso plan.
Ambos se quedaron incómodos, se miraron mutuamente y esa perfecta conexión que tienen se activó. A Bill se le ocurrió algo para escapar.
—Uy mira, es mi mamá. Me está llamando, ya deberíamos irnos. Le dije que me llevarías a casa.— Excusó Bill en medio de trabas debido a la velocidad que decía.
Ria estaba a punto de tener un berrinche, veloz cogió el brazo de Tom y salieron lo más rápido que pudieron, dejando a la casa en cosa de minutos. Ambos regresaron a la casa de Bill, decidiendo en el camino que el moreno se quedaría en la casa del pelinegro.
Como no, las risas son infaltables entre ellos.
Era tan común que tuvieron pijamadas que al pasar por la puerta principal, la madre de Bill los saludó y los mandó a dormir. Subieron las gradas, ambos se metieron al cuarto del más alto, se prepararon para dormir y apagaron las luces.
—¿Te diste cuenta de lo que quería hacer Ria?
—¿A qué te refieres?— El rastudo no entendía lo que él quería decir esa pregunta.
—Quería que jugaras a la botella con ella.— Dijo como si fuera lo más claro y fácil del mundo.
—Ya y que tiene.— Billy soltó un suspiro de cansancio y un poco de frustración debido a que Tom no entendía el bendito mensaje.
—Dios Tom, era obvio. Quería que jugaras con ella para que, quizás con suerte, la besaras.— Respondió algo molesto.
—Debe ser.
El pelinegro bufó molesto y le dió la espalda. Hombre tenía que ser, pensaba Bill.
—Ya, no te enojes.— Tom habló por lo bajo.
Se dió la vuelta, pasando su brazo por la cintura de su amado sol, abrazándolo por la espalda, sintiendo su rico olor y su especial calor. Como amaba sentirlo, se acurrucan en la misma cama, según ellos, para tener un mejor sueño y más reparador.
Medio dormido y medio despierto, esa noche el rastudo decidió que era momento de descubrir si Bill sentía lo mismo que él. ¿Pero cómo saberlo?
Fácil, lo va a cortejar y le va coquetería intensamente hasta ver alguna señal.
&
Bill podía ser conocido de varios, ser amigo de otros cuantos y solo íntimo con Tom. Es por eso, que cuando se dió cuenta de que le gustaba su mejor amigo, no supo a quién recurrir para pedir consejos o apoyo. Porque su apoyo era literalmente el problema.
Nadie tenía el derecho a criticarlo. Era muy fácil enamorarse o confundirse cuando Tom lo sostiene de la muñeca, cuando le seca el sudor con la manga de su polera o cuando le deja el último skittle. Aún cuando el rastudo está obsesionado con ellos.
Es demasiado fácil caer. Tom es amable, empático, sabía escuchar. Sabía hornear galletas de jengibre y, por sobre todo, a Tom le gustaba tanto la jardinería como a Bill.
Y para el Sol, esa era la prueba más clara de que estaban hechos para estar juntos.
El punto es que debía comprobar si se estaba quedando loco… o de verdad la atracción era mutua. Y entonces se le ocurrió la maravillosa idea de hacer una pijamada y, de forma super disimulada, soltar las preguntas que ChatGTP le había sugerido.
Bien ahora, la parte fácil era la pijamada, ya habían tenido millones. El verdadero problema era preguntar. Porque con lo expresivo que era el pelinegro, cualquier mínimo nerviosismo quedaba grabado en su cara.
Por el siguiente mes se la paso entrenando sus expresiones faciales, intentando ser más consciente de ellas y controlarlas. Practicaba frente al espejo, en la ducha, haciendo tarea. Cara seria, indiferente, cara de “me da igual”.
— ¿Qué haces? — Un día preguntó Tom al verlo en el espejo frunciendo el ceño y luego riendo.
— Nada… ejercicios para evitar marcas de expresión. — Respondió rápido.
— Literalmente tenemos quince, no lo necesitas. Así como estas eres hermoso. — El rastudo sonrió coqueto.
Y en un momento, ya no solo practicaba para las dichosas preguntas, sino para evitar sonrojarse cada que Tom se le acercaba. Porque justamente ese mismo mes, la luna decidió poner en práctica su plan coqueto para probar los sentimientos del sol.
Casi como si estuvieran conectados telepáticamente, comenzaron el mismo lunes.
Primero fue sutil, casi pareciendo que nada había cambiado entre ellos.
Un día apareció con semillas de una flor que Bill había mencionado al pasar, como si estuviera tomando nota de cada palabra suya. Otro día, Tom acomodó un mechón detrás de la oreja de Bill y “accidentalmente” dejó que sus dedos se deslizaron por su mejilla, demasiado lento para ser un simple descuido. Lo hacía con una tranquilidad increíble, sin importarle que hubiera gente alrededor. Total, solo eran ellos dos en el momento.
En otra ocasión empezó a rozar la mano cuando en momentos aleatorios del día, como si fuera inevitable. A veces se inclinaba mucho para susurrarle algo al oído, tan cerca que el sol podía sentir el calor de su aliento.
Todo esto confundía a Bill. Se preguntaba qué carajo estaba pasando y por qué, de repente, todo entre ellos estaba tan intenso. Lo único que quedaba era hacerse el tonto y seguirle el juego.
— Dios… Hace tanto calor… — Se quejó el más alto, pasándose la mano por la frente.
Como parte del ritual de apareamiento de Tom, el rastudo había conseguido semillas de camelias. Juntos las habían plantado y ya habían pasado un par de semanas, y ahora su amigo (Bill) las regaba con paciencia. Era primavera, el calor pesaba y obviamente estaba sudando.
Entonces Tom apareció detrás de él, con una bandeja y con dos vasos de limonada.
— ¿Qué harías sin mí? — Le dijo burlón, dejando el vaso cerca de los labios como si fuera a darle de beber él mismo.
Su amigo le quitó la limonada de las manos — Uhmmm… vivir tranquilo. — Respondió igual de bromista y el más bajo sonrió satisfecho con la respuesta.
— Deberías agradecerme, Billy. — Tom se recostó hacía atrás apoyando sus manos en el suelo.
— ¿De qué exactamente? — Bill alzó una ceja.
— Por cuidarte… — Hizo una pausa y bajó la voz. — Y por darte algo frío cuando lo necesitabas — Hizo una pausa ladeando una sutil sonrisa — y cuando quieras algo caliente, también me puedo ocupar de eso.
En su vida Bill había girado la cabeza tan rápido. Con los ojos muy abiertos y el rostro encendido en vergüenza. — ¡Ay! ¡Callate, imbécil! — Dijo intentando sonar molesto, pero la risa se le escapaba.
El cielo, cada vez más azulado. Nada más que ellos, su preciado jardín compartido y de fondo tarareos perezosos y algo rasposos de Tom. Cuando están juntos pareciera que el resto de la humanidad deja de existir, se esfuman como polvo en el aire.
Nadie más que ellos importan cuando se ven a los ojos, recostados en el pasto con las manos entrelazadas. El sol es capaz de distinguir el olor corporal de la luna por encima de todo, de su perfume, la loción que él le regaló, incluso el aroma a humo tan característico del cigarro.
—¿Por qué sigues fumando si hace meses terminaste con Anna?
—Porque ella y Heidi decían que me hacía ver sexy. — Se acomodó para que Bill se pudiera recostar sobre él.
—Pues ellas son unas idiotas. — Bufó el pelinegro, apoyando su cabeza en su abdomen. — Eso te va a matar. Si sigues así, a los veinte vas a tener cáncer, te vas a morir y me vas a dejar solo.
Tom rió, pasando una mano por el cabello de Bill. — Tan dramático cómo siempre.
—Realista. — Corrigió Bill con los ojos cerrados. Hubo un pequeño silencio, breve. Luego la voz de Tom salió más suave.
—También lo hacía porque quería que alguien se fijara en mí.
—¿Qué? ¿Quién? — Bill se incorporó enseguida, frunciendo el ceño.
Tom reía a carcajadas, — ¿Celoso?
—Claro que no, solo quiero saber de quién se trata.
¡VIL MENTIRA! El sol ardia de celos, nada lo asustaba más que ser rechazado por el amor de su vida. Necesitaba saber a la de ya quién era la persona a la que Tom quería llamar su atención.
Era hoy. Hoy era el día perfecto para hacer la pijamada con las segundas intenciones, no importa que no estuviera mal preparado, Bill no podía vivir sin saber.
—Quédate a dormir hoy. — Dijo de golpe,
—Ehh… Sí claro. — Respondió Tom.
En sí no había nada malo ni raro en lo que dijo, pero su mirada. Determinada y firme fue lo que lo desconcertó. Con sus ojos brillantes y fijos, sus pestañas largas, su labio inferior atrapado entre sus dientes.
Más tarde, mientras la luna se bañaba y Bill revisaba su teléfono. Deslizando su dedo sobre la pantalla hasta la nota rápida con las preguntas que ChatGTP le recomendó según su situación.
Los leía una y otra vez, tratando de memorizar cada una de ellas y convenciéndose de que no eran TAN estúpidas.
“¿Tú crees que dos amigos pueden enamorarse?”
“¿Alguna vez te gustó alguien, pero no podías decírselo?”
“¿Te parece raro que dos chicos estén juntos?”
“¿Y si te digo que me gustas?”
Increíble. Ahora todas suenan muy, pero muy, ridículas.
Ok, a este punto. Quizás, y solo quizás, el sol no estaba listo para la hora de la verdad.
Pero a quién le importa, total, siempre supo que Diosito nunca lo quiso.
Llegando al punto en el que una vez el pelinegro consideró que su amor por su mejor amigo era alguna forma de castigo divino. Tal vez porque en su vida pasada fue Hitler y ahora reencarno pagando su karma siendo un adolescente gay enamorado de quien no sabe si le corresponde.
Tom entró al cuarto con el cabello húmedo, vistiendo las pijamas que guarda en casa de Bill. Traía el celular en una mano y en la otra traía su toalla mojada, andando con ese caminar relajado. Como si todo le pesara, como si siempre estuviera cansado.
— ¿Qué ves? — Preguntó el pelinegro, tratando de sonar casual.
— Videos de dueños tratando de bañar a sus gatos. — Respondió mientras se sentaba en el suelo.
Bill apenas sonrió y se acomodo en el borde de su cama, detrás de Tom, sujetando las rastas de su amigo entre sus dedos.
— Si yo no le diera mantenimiento a las rastas, ¿Quién lo haría? — Murmuró y pasó el crochet.
— Nadie, sólo lo harías tú. De hecho me las hice pensando en que tú las cuidarías. — La boca de Bill se secó, pero sonrió.. — Y porque tienes TOC.
— No tengo TOC.
— Tienes TOC.
— Solo me gusta que las cosas estén en orden.
— Aja. — El pelinegro rodó los ojos y ya no respondió más.
Pequeños ruidos llenaron la habitación, el video de Tom, el zumbido del cargador, el viento. La calma del ambiente se contraponía con la cabeza del pelinegro.
El más alto esperaba que el enamoramiento sea mutuo, ese es el único y verdadero final feliz. De otra manera, le dolería mucho perder esa gran amistad con su vecino y mejor amigo. Años y años de recuerdos y secretos echados a perder por culpa del enamoramiento adolescente.
No hay forma de que Bill dejara de hablar todos los días con Tom, dejar de verlo, olerlo, tejer sus rastas. Moriría si ya no pudiera caminar con el regreso, en el atardecer y el calorcito del sol pegando en sus pieles. Y en especial no hay forma de que pudiera continuar su vida y con su amado jardín sin la compañía de Tom.
Por esas mismas razones y más, Bill ya no se sentía tan seguro de continuar con su malévolo plan, ¿Y si en realidad lo mejor era que se quedarán como están?
Ante la ansiedad todo su cuerpo traicionaba su máscara de tranquilidad, su pierna rebota, el corazón va más rápido de lo normal, cada respiración se hacía cada vez más difícil de culminar. No era necesario que Tom mirara para darse cuenta.
— ¿Qué pasa contigo? — Bajó el volumen del video para concentrarse en la respuesta de Bill.
— Nada. — Respondió rápido, demasiado rápido.
— Estás tan nervioso como con esa exposición en biología.
— Eso fue diferente. — Bill trataba de mantener la calma. — Era una exposición sobre cómo se reproducen los humanos. ¡Es basicamente hablar sobre sexo en frente de todos! — Tom río. — Eres un idiota.
El miedo es una emoción muy fuerte, te aprieta el pecho, te revuelve el estómago, te da náuseas. Te hace actuar de formas en las que normalmente no pensarías.
El lado racional de Bill imploraba que se quedara callado, quieto, que no arruinara lo que ya tenían. Porque, al menos por ahora, todo estaba exactamente en donde debía; con Tom hablando, Tom pidiendo que cuide sus rastas, Tom mirándolo con esos hermosos ojos avellanas, siendo suyo sin realmente serlo.
El único que tenía problemas con esta posición era su inquieto corazón que anhelaba vivir un romance adolescente como el de las novelas, Ese terco corazón que ya no era capaz de soportar un día más fingiendo que todo estaba bien.
Había algo dentro de él, un presentimiento muy insistente, que le gritaba que era mutuo. Que su amigo sentía algo. Pero no había manera de saberlo sin antes preguntar.
Jamás habría paz, ni descanso si no era lo suficientemente valiente por una vez en la vida.
— ¿Tu crees que dos amigos puedan enamorarse?
—De dónde salió eso? — La luna alzó una ceja.
— De un video, lo vi en instagram. — Las mentiras del pelinegro eran horrorosamente malas, pero qué más da.
— Supongo que puede pasar. Aunque debe ser raro, ¿no?
— ¿Y si no? — El pelinegro miraba sus palmas, no era capaz de enfrentar la mirada ajena. — Si se conocen bien, si confían… podría pasar sin que se den cuenta.
Tom lo observó por un segundo más, luego volvió a mirar al frente. — ¿Y tú? ¿Te ha pasado?
Bill sintió cómo el aire se le atascaba en la garganta. — No sé. — Intentó sonar tranquilo — Creo que sí.
Pueden jurar que toda la vía láctea se detuvo, se quedaron congelados así con la respiración superficial, nada podía interrumpir su momento. Tom estaba en shock y el sol solo esperaba cualquier tipo de respuesta que cerrará el hueco en su pecho.
— ¿Puedo s… — Empezó Tom, sumamente nervioso, con una fingida cara neutra — ¿Quién te gusta?
El más alto sintió un dolorcito en el estómago. Bill debía calmarse, literalmente había llegado demasiado lejos como para arrepentirse y echarse para atrás.
— Tú.
Un simple monosílabo que reventó como chernobyl, hizo que el silencio se hiciera más denso, si eso era posible.
Cada segundo sin respuesta marchitaba un pedacito del alma de Bill. Quien ya se estaba preparando para lo peor, para el rechazo, para el dolor, la vergüenza y la posibilidad de perder a su persona favorita para siempre.
Pensaba que la había jodido, que lo arruinó y que era el mayor idiota por manosear lo que ya encajaba. Por ser un sucio avaricioso.
Del otro lado del silencio, el lado de Tom. El chico estaba explotando, literalmente explotando. Podía sentir los fuegos artificiales explotando en el pecho, el corazón se le subió a la garganta y sus ojitos se iluminaron de amor.
¡ERA CORRESPONDIDO! ¡SU AMOR LO QUERÍA DE VUELTA!
— Yo… Tom.. — Intento hablar Bill, con la voz quebrada, a punto de llorar.
Pero no terminó, más bien, no lo dejaron terminar. El más bajo lo abrazo.
Tan fuerte que lo tiró de espaldas, metiendo su cara en el cuello del contrario comprobando que no era un sueño
Que era real.
Y luego, llegaron los besos. La luna besuqueo toda su cara, en la mejilla, en la frente, en la sien, en la punta de la nariz y junto a un montón de “te quiero” mal pronunciados porque la emoción no le dejaba hablar bien.
Bill se quedó quieto, con el alma temblando, jamás había sido abrazado así, nunca lo habían querido así. Nunca habían correspondido su amor con tal intensidad.
Y mientras recibía amor, pensó que Diosito sí lo quería, lo suficiente como para darle esto.
&
En esa pijamada oficializaron su relación. Decirlo así, suena a un cambió importante, pero en realidad nada cambió. Porque desde antes de ser novios básicamente respiraban el otro y vivían como esposos.
Siempre se buscan con la mirada, combinan sus outfits y se reconocen desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies. Es como si la confesión solo hubiera puesto en palabras directas lo que ya había florecido en sus corazones hace mucho tiempo atrás.
Como sus camelias en el invierno.
Cuando le contaron a sus padres tampoco hubo sorpresa. De hecho, los papás de Tom pensaban que ya eran algo desde hace meses y los padres de Bill les dieron una mirada de “por fin” sin realmente decirlo.
Tom sonrió con timidez, por primera vez sintiendo las mariposas del amor. El otro sentía chispazos en su sistema nervioso cada que cruzaban miradas.
En el colegio, la vida siguió su rumbo. Ambos habían acordado no meterse en problemas, no porque sintieran pena o porque no se amaran, sino porque era más sencillo. Nada de caricias evidentes, nada de besos robados, nada que los pusiera en evidencia.
Para los demás Tom siguió siendo un vago para todo y todos, excepto Bill. Y Bill, seguía siendo el sol radiante que iluminaba su clase, los pasillos, incluyendo clases ajenas. Y de esa misma manera llegó una fiesta más.
Insulza para el rastudo.
Una casa repleta de adolescentes que apestan, con música sin personalidad y luces que solo te dan migraña. El más alto convenció a su novio de ir, solo porque quería pasar tiempo con él sin que sus padres estuvieran en la misma casa.
Entonces así fue, a donde fuera que vaya el sol, la luna lo seguirá.
Ahí estaban, la música retumbaba en las paredes como si fueran hechas específicamente para reventar tímpanos, muy a su estilo, Bill brillaba en medio de esa bola de gente en la sala bailando.
El ambiente reventaba de risas, gritos, el olor a colonia mezclada con sudor y alcohol barato.
Por su lado en más bajo estaba en su ubicación típica, sujetando al sol para no perderlo en la multitud y muy dispuesto a bailar si su amorcito se lo pedía, así no quisiera hacerlo realmente. Es tierno ver cómo su cuerpo decía: “Vámonos por favor“, pero se negaba a dejar solo a Bill.
— No bailas tan mal, no sé de qué te quejas. — Se burló Bill, apretando sus manos en los hombros de su novio.
— Es mi instinto de supervivencia. — Carcajeó. — Si no me muevo, me aplastan.
El más alto rodó los ojos. — cállate.
Bailaron y hablaron con otros por un rato más, más por costumbre que por gusto del rastudo. Hasta que la batería, normalmente infinita, del sol llegó a la advertencia del 3% restante. Su sonrisa se encogió, sus ojos se veían cansados y su cuerpo automáticamente buscaba apoyarse en Tom.
El otro lo noto, conoce cada gesto como plantas en su jardín. Sería un estupido si no lo supiera.
— Vamos, — Murmuró Tom. — Antes de que le respondas mal a alguien.
Caminaron por la casa, esquivando a quienes eran demasiado ruidosos hasta llegar a un pasillo poco iluminado. Un rincón silencioso y cómodo, con ventanas abiertas que dejan pasar la brisa nocturna. Ahí se detuvieron, al fin en paz.
— Dios… — El sol apoyó su cabeza en el pecho de la luna. — Se me iba a salir el cerebro por la boca si me preguntaban por “mi tipo ideal” una vez más.
— Un poco más y les das mi nombre. — Se rió Tom, apoyando la barbilla sobre la cabeza del otro.
— Uhmmm… Casi, pero no. Nadie merece saber que tengo al mejor conmigo.
La luna le abrazó la cintura, pegando más su cuerpo a él. Un abrazo bien conocido, porque significa hogar.
Y entonces… por alguna razón el universo decidió que era un momento para un poco de drama. Apareció Ria, materializada desde Dios sabe dónde.
—Tom. — Usando ese tono demandante. — ¿Podemos hablar? — El moreno pegó más su cuerpo que el de Bill.
— Estoy cansado. ¿Te parece si te mando un mensaje más tarde?
Se sintió ofendida, pero claramente no le habían ofendido directamente. Esa ofensa que enciende la chispa de la irritación, es solo que no tenía a quien culpar. Y como no podía reclamar de manera directa busco otro camino. Se fijó en Bill, en él quizás estaba la única esperanza de colocar todo en su lugar.
Si no podía por un aruta, lo intentaría por la alterna
— Bill, cariño, dile que hable conmigo. Es importante.
— Yo no puedo obligar a nadie a nada. — El pelinegro se soltó de su novio, levantando ambas manos en son de paz.
— No lo entiendes. Yo de verdad quiero decirle algo. ¡Pero él se va y nunca me escucha! — Ella insistió, sus ojos gritaban que estaba a punto de llorar.
Bill frunció el ceño, ya muy molesto. Si bien ella no estaba siendo cruel, él no estaba en condiciones de recibir demandas de nadie y entonces la irritación le quemó el esofágo. Tom se adelantó a toda situación, poniéndose frente a él.
— Ría. — Su voz salió firme. — Yo no quiero hablar contigo. No es trabajo ni responsabilidad de Bill presionarme para hablar contigo. Y aunque lo hiciera de nada te serviría.
— ¿Qué? — parpadeo confundida.
— Yo estoy enamorado de alguien más y muy profundamente.
De fondo estaba la música amortiguada por muchas paredes, rellenando el silencio pero no haciéndolo menos extraño.
— ¿Qué desde cuando? … ¿Cómo no lo supe? — Preguntó genuinamente confundida.
— Desde hace mucho y me gusta mantener mi vida en privado. — Se acercó a Ria. Lo suficiente como para que solo ella escuchara claramente. — No voy a pedir perdón por no corresponder tus sentimientos. Pero sí pediré perdón por alimentar esta situación. Tendría que haber sido claro desde el inicio.
Ría abrió la boca y solo salió un “Ah…”. Literalmente se había quedado sin palabras, sin culpables y sin coraje.
Tom tomó la mano de Bill con seguridad, dejando la casa sin mirar atrás. Ella se quedó clavada en el suelo, le habían roto el corazón de la forma más respetuosa y dulce que se pudo haber imaginado.
E irónicamente eso lo hacía más doloroso.
Bill jamás había salido tan temprano de una fiesta, apenas eran las diez y media de la noche. Pero había que ser muy tonto para quedarte en un lugar en donde acabas de tener un mini altercado frente a un par de desconocidos.
Las calles están tranquilas y luminosas por los faroles. La primavera es el balance perfecto entre la suficiente calidez para ir con ropa ligera y lo suficientemente fresca para caminar de la mano sin que se haga asquerosamente incómodo.
Terminaron sentados en la frentera de la casa de Tom
— Lamento por lo de allá dentro. — Murmuró Tom sin mirarlo directamente.
— No tienes que disculparte, no fue tu culpa. — Negó con la cabeza. — Y debes de admitir que sabías.
— ¿Saber qué, Bill? — Entrecerró los ojos el rastudo.
— Que le gustabas. — Respondió divertido el más alto. Le encanta tener la razón.
— Pensé que estaba siendo amigable. — Trató de contradecir, tratando de sonar inocente.
Bill se carcajeó duro, echando casi todo su cuerpo hacía atrás.
— Ay por favor Tom — Le dió un empujoncito con el hombro. — Ella ya había decidido el nombre de sus hijos.
— Wakala… — Hizo una mueca exagerada.. — Ella no hace que mi pecho se sienta así.
— ¿Así como? — Ladeó su cabeza.
— Como tú lo haces . — Entrelazaron sus dedos. — No hay mejor regalo que saber que puedo compartir un día más contigo a mi lado. — Acomodo un mechón detrás de la oreja de Bill. — Gracias por defenderme.
— Yo…— Bill sintió que las mariposas hacían revuelo de la emoción. — No me gusta cuando me exigen las cosas — Su mirada cayó a sus manos unidas. — Amor, no gusta que se metan contigo. No soportaría que te hagan sentir incómodo, bajo ningún concepto.
Tom apoyó su frente con la de Bill, acercándose más, convirtiendo al mundo en un zumbido ignorable. El roce era íntimo, especial. Su momento.
Bajo la luz amarilla, con la primavera en su apogeo, el amor brotó y floreció suavecito y calladito. Como para que nadie más que ellos se den cuenta.
Su amor se alimenta de la energía del sol y de la luna. Una flor única en su especie, tejida con las fibras más inocentes y de las primeras veces. Sellada con la complicidad silenciosa y de la confianza ciega que solo los corazones entregados podrían entender.
Se aman plenamente. Se complementan. Y juntos cuidan los capullos que nacen en sus pechos.
F I N
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Paréntesis ()
Aún no termino de leerlo pero conforme la personalidad que describió sobre el sol y la estatua, puedo jurar que trata de mis otra Otp 🤩🌹✨ Yoonseok 🤧♥️ bueno sigo leyendo 💖
En la nota inicial, la autora dice que el fic era originalmente de BTS 😉
Ya terminé 🥹♥️ que hermoso, puro y bello ❤️🩹