Trente quatre 8

Fic de WifesKaulitz

Capítulo 8: Huit

Tom estaba aumentando el ritmo de sus caderas. Metiéndose profundo, ignorando que el móvil sonaba una y otra vez. Yo gemía de gusto y disgusto. En serio que era fastidiosa la melodía naca que sonaba, parecía que estábamos en un jodido entierro.

— ¿N- no vas a contestar? — cuestioné rasgando las sábanas con toda el poder que me salió en el momento.

Tom gruñó molesto.

— Calla.

— ¡Mhmm! — fuí agredido en la misma nalga pero con una fuerza diferente, más suave. — Me molesta…

— Shh, Billy. — tengo el pecho de Tom pegado a mi espalda. Muerde en mi hombro y yo solo me pongo mal de sentir su pene entrando despiadado.

Asciende de mi cadera hasta la mano que estiré acalambrada, pero ahí estaba de nuevo su celular. Le apreté con fastidio y chillé.

— ¡Agh, solo contesta y dile que..!

— ¿Hola? — no sé cómo pero de pronto subió el pie para pisar mi cabeza.

Morí.

Solté las primeras gotas viscosas.

— Ash… estoy ocupado… uff, haciendo un buen deporte.

¡Claro que pisarme la cabeza era un buen deporte!

Idiota.

— No, no quiero. Adiós. — ví como el móvil cayó al otro lado de la cama y continua moviéndose. — Me he puesto de a malas.

— Dios, solo… ¡agh!

El que Tom me trate como un trapo fuera de molestarme me pone muy cachondo. Jaló mi cuerpo para caer ambos en el suelo. Rápido me subo sobre su abdomen, metiendo su virilidad en mi interior para mover mis nalgas y batir. Hago que Tom abra los brazos, como modo de rendición.

Es delicioso lo duro que se encuentra en mi trasero.

— Tom, papi…

— Diablos, Bill… — ahí estábamos los dos, forcejeando por tener el control de los movimientos. Él empujaba los hombros para hacerme caer y yo le apretaba el antebrazo, contraendo mi entrada, jugando a la mala… — ¡No!

Sonreí victorioso por sentir su caliente semilla llenarme por completo, yo también me dejé ir salpicando en el pecho de Tom toda mi esperma.

Claramente me dejé caer sobre su cuerpo con una sonrisa que irradiaba felicidad.

— Bill. — decía entre suspiros, aparta el cabello de mi frente para besar. — Por todos los santos de tu devoción, jamás… pero jamás me llames papi en la hora de la intimidad. — hice varias muecas antes de preguntar. Tampoco es que haya podido controlar mis ganas de hacerlo, mi amante de verdad es un papi.

— ¿Por qué?

— Me hace sentir superior y tengo ganas de desgarrar tu trasero, que no se te olvide lo mucho que me encanta…

Oh, ¡era eso!

— Papi… — en mi boca se formó un óvalo perfecto. Gemí a ojos cerrados por el regocijo que tuve de sentirlo endurecerse allí dentro. Pero estaba claro que lo hice con picardía, no aguantaría otro round sin comer.

¡Porque necesitaba comer!

— Tienes la voz de niño ingenuo y me pone, Bill… ¡ish! me pone a mil.

— Voy a usarlo para descontrolarte entonces.

— Ño, tonto.

— Vamos a la cama. — sentencié, agotado. Tom cómo pudo volteó para dejarme en el suelo, ponerse los pantalones de pijama y después cargarme. Puso las cobijas en mi cuerpo sensible y plantó un beso en la frente, después en un ojito, el pómulo… — ¿Me dejas saber quién te llamó?

— No vas a querer saber.

— Dime.

Hacía mimos en mi mejilla con el dorso de su mano, luego acomodaba el cabello detrás de mí oreja que aún estaba algo pegado por el sudor.

Pude apreciar lentamente cómo me perdía en su mirada intensa.
Tom me refleja una sensación de calma, sinceridad, tranquilidad que… cualquier cosa que por malo que sea yo…

— Fue Regina para invitarme a salir.

&

— ¡Bill, por favor! — contemplaba con el cuerpo lleno de enojo como Tom me suplicaba desde la calle que le diera su ropa.

Pues lo saqué con toda mi fuerza inhumana a la calle y le cerré la puerta en la cara.

Después me preocuparía de recuperar mi bonito pantalón de Kitty.

— ¡Por lo menos los lentes! — corrí a buscarlos entre todo el bulto que formaron las cobijas. Estuve a punto de lanzarlos a la calle si no fuera porque pensé con claridad.

Estas mierdas por más feas que sean son jodidamente costosas y mamá iba a matarme si llega a enterarse que le rompí los lentes a mi novio entre comillas.

— ¡Bill, cariño!

— ¡Cállate, no quiero oírte!

—  Una camisa si quiera…

—:Oh. — me quemó la piel al ver llegar a mi madre en su auto junto con el chofer. — ¡Tom, por Dios! — Juan, amablemente se quitó la chaqueta para hacer que el rubio se la ponga y cubra sus pectorales. _ ¿¡Qué carajo te sucede, Bill Kaulitz!? ¡Dale su ropa ahora mismo!

— No te metas, Simone. Mierda.

— ¿Qué pasa, Tom?

—  ¡Atrévete a dejarme en mal con mi madre y me lanzo como un gato hacia ti, Tom!

Sí, ¡lo estaba amenazando!

¡Háganme caso cuando digo que eso fue una jodida mala idea!

— Señora, creo que es me…

— ¡Tu yerno se va a ver con la pelos de muñeca vieja de su pretendiente y me ha dado celos, Simone!

— Es solo una amiga… bueno, n— ni siquiera eso… ¡ya te dije que no m— me importa!

— Ay, estos niños. — mamá niega con la cabeza, tocando su frente con un par de dedos y los ojos cerrados.

— ¿Cree que sea posible que el chofer me deje en mi casa? Bill lo tiene todo.

— Si, cariño. Juan, hazle el favor.

— ¿¡Ah!? — exclamé indignado abriendo el resto de la ventana para sacar lo que podía de cuerpo. — ¿¡Entonces si te vas!?

— Solo quiero taparme, Bill. ¡No quiero ir! ¡quiero estar contigo! ya te dije…

— ¡Que no quieres dices! ¿¡ah!? — levanté el brazo que tenía los lentes y los tiré a dónde vayan. Desgraciadamente cayeron en la cabeza de mi madre y luego al suelo.

— ¡Bill Kaulitz! ¡Estás castigado! — chilla con molestia.

— Mierda. — susurré.

Tom aprovechó para despedirse de mi madre de un ademán de mano para después irse con el chófer de mi madre. Lo ví hasta que el auto se perdió por las calles. Cerré la ventana con delicadeza, no como me hubiera gustado hacerlo porque si está se rompía me quedaba sin casa.

Aseguré la puerta de mi habitación porque los tacones se escuchan cerca.

— Abre la puerta, Bill.

— ¡No! Tú también eres su cómplice. — tomé asiento con el frente a la puerta. Crucé los brazos con el entrecejo fruncido, rojo de la rabia.
Tenía unas irás enormes.

— ¿Cómplice de qué? ¡Loco!

— ¡De la infidelidad que hará Tom con Regina!

— Por personas como tú es que los hombres dejan de creer en el amor, tóxico pendejo. Abre de una vez.

Con eso ya me había comprado la señora. Tuve que abrir la puerta sí o sí mientras sonreía. Le di un fuerte abrazo atocigandote como mis más sinceras disculpas.

— ¿Tengo que aconsejarte para hacerte abrir los ojos, Bill?

— No, no es necesario. — relamí los labios recogiendo el desastre del suelo y también poniendo la ropa de Tom en el cesto de la ropa sucia para que mamá pueda llevarlo a lavar. Iría a su casa con la excusa perfecta de entregarle pero eso sí, que se olvide de la enorme camisa que traigo porque se ha vuelto mi pijama y pienso dormir con ella todos los días.

Le devolveré justo en el momento que pierda el olor y tenga asegurada otra camisa para dormir, ¡hasta que pueda llegar a formar una jodida colección de sus camisas!

Sí que sí.

— Sácate la camisa también.

— Nop, adiós. — sin ser grosero hago salir a mi madre de la habitación y cierro la puerta.

Ahora sí, voy a pensar en un lado positivo para excusarme en el momento de verlo porque si que no me iba a perdonar la estupidez que hice de sacarlo así, en paños menores.

Uff, hasta calor me dió solo de pensar.

En eso la vibración del móvil interrumpe de manera insistente. Irritado estiré la mano al otro lado de la cama, no me preocupé en ver el nombre y en el peor de los casos… ver si el móvil era el mío o el de Tom.

— ¡Tommy! hasta que al fin respondes, ¿ya acabaste de hacer tu deporte?

— ¿Regina? — arqueé una ceja.

Mierda.

Había agarrado el de Tom.

— Bill…

— ¿Por qué llamas, eh?

— Es que… ¡ash! pásame a Tom, bebito.

— No está, olvidó el móvil en mi casa. — yo no podía estar quieto en un solo lugar cuando el enojo se apoderaba de mí. A si que salí de la habitación directo a la planta baja. Miré el ramo de flores, al menos ellas me sacaron una sonrisa. Estas aún seguían frescas pero por si las dudas les daría un poco de agua.

— Regina…

— Ahora te creo, Bill. — si que me dió un tic en el ojo al escuchar la voz de Tom. Ella por picardía no colgó la llamada, es más, le hizo saber que yo estaba ahí. — Mándale saludos a mi ex amorcito.

— Uhm… vamos rápido, por favor.

— Ush, Tommy está de malas, Bill. Hablamos luego.

Y colgó.

— ¡AAGH! — le dí un manotazo a las flores y de ellas cayeron el sobre blanco que no leí. Dejé el móvil de lado para recoger la carta y antes de romperla CLARO que le iba a leer.

Para ver qué clase de mentiras dice ahí:

«𝖥𝗅𝗈𝗋𝖾𝗌 𝖻𝗅𝖺𝗇𝖼𝖺𝗌 𝗉𝗈𝗋𝗊𝗎𝖾 𝖼𝗎𝖺𝗇𝖽𝗈
𝗅𝖺𝗌 𝗏𝗂́ 𝗆𝖾 𝖺𝖼𝗈𝗋𝖽𝖾́ 𝖽𝖾 𝗍𝗎
𝗉𝗋𝖾𝖼𝗂𝗈𝗌𝗈 𝖼𝗎𝗅𝗈…»

— 𝖳𝗈𝗆.

.

Joder.

«Que romántico…» — pensé con el rostro ruborizado. — «Y qué original.» — desgraciadamente no rompí la cartita pues me había encantado mucho. Era escrita por él y firmada también.

Esos detalles son los que me enamoran.

De mi parte iba a obtener un regalo también y con ello iba la seguridad. Si Tom decía que no le interesa nadie pues tengo que creer en él, hasta ahora me ha demostrado que es así.

Voy a mi habitación para darme un baño, vestirme y salir por las mismas con el chofer. Le pedí que me lleve a un albergue de perritos.

A penas entré muchos se ganaron mi corazón pero buscaba uno que cumpla con el «los perros se parecen a sus dueños» y no le hacía en mal plan si no que…

Agh.

— Buenas tardes, bienvenido a huellitas y perlitas, ¿en qué le podemos ayudar?

— Hola. — acariciaba a un gatito negro bonito que se restregaba en la jaula. Yo me había enamorado de su pelaje pomposo, suave y olía rico. — ¿Cuántos puedo adoptar?

— Pues depende… no sabría decirle. — reí junto con él trabajador. — Soy nuevo.

— Oh. — relamí los labios para dirigir la mirada al rubio de rostro perfecto que estaba atendiendo. — Quiero adoptar el gato y un perrito.

— ¿Ese gato negro? — asentí con la cabeza. — Se llama Princesa y es muy cariñosa, le rescatamos de muy pequeña y nadie ha querido llevarla porque dicen que los gatos negros son de mala suerte.

— Pues la quiero.

— Okay, las reglas son que debes presentar identificación, aportar con un ingreso para los demás perritos y ya.

— Haga lo que sea necesario. — busqué en mi billetera mi identificación y junto con ella le di mil quinientos euros, con la intención de que vea que si puedo llevar las dos mascotas y mantenerlas.

Obviamente una se iba para Tom pero no por eso me iba a olvidar del perro, también sería mío.

— Acompáñame. — caminábamos por los pasillos, mirando a todos los perros. Sin querer centré en un husky de pelaje esponjoso y negro, tenía los ojos de diferente color.

Ahí es donde asocié la diferente personalidad que solía tener Tom a veces, el ojo color café le pondría esa mirada dulce y al ojo azul la fría, intimidante y maliciosa que representa.

— Ese husky, me encanta…

— Se llama cielo.

— Ese quiero.

— Bien. — corrió a no se dónde pero yo observaba al animal. Estiré la mano para poder acariciar. Se veía tímida, aunque así son al principio, ya cuando les das confianza se alocan y muestran la verdadera carita que tiene. — Okay, señor Kaulitz. La perrita es suya y el gato también, regáleme su firma en los dos papeles de adopción, en el titular, una foto y su número.

Eso último me sonó a coquetería.

Pff.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Trente quatre 8»

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