
Notas de la Autora: Los chicos en su luna de miel 9_9

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif
Capítulo 9
Bill estaba en la cama de Gustav y Georg acurrucado bajo las cobijas, mirando sin ver una barata comedia americana. Era sábado por la tarde y no estaba feliz de seguir en Hamburgo. Una tormenta de verano había caído en Magdeburgo el jueves y no había parado desde entonces, inundando algunas carreteras y haciendo inseguro que Franz fuera por ellos ese fin de semana.
No llovía en Hamburgo, pero el cielo estaba gris y lloviznaba constantemente. Georg, Gustav y Tom habían ido a encontrarse con unos amigos en una sala de videojuegos. Bill no quiso acompañarlos, con la intención de no cambiarse las pijamas en todo el día. Su teléfono sonó y lo ignoró. Estaba hasta el otro lado de la habitación sobre su cama; muy lejos. A menos que fuera Dios llamando para decir que había secado todos los caminos y que Franz estaba de camino a llegar, no le importaba lo demasiado para moverse.
Tenían el fin de semana libre, lo que era genial, ¿pero cuál era el chiste si ese tiempo libre no incluía la tan codiciada privacidad para los gemelos? Habían compartido fugaces y frustrantes abrazos toda la semana, consolándose con el panorama de que el fin de semana llegaría y que entonces podrían refugiarse en uno de sus dormitorios en casa y besarse hasta que los labios se les cayeran. Ahora tendrían que esperar una semana más. Era casi una situación insoportable.
Se lamió los labios, agradecido de tenerlos suaves otra vez. Por unos cuantos días los había tenido agrietados; poco acostumbrados a ser tan frecuentemente besados, y lamidos, y mordisqueados… Suspiró, maldiciendo la estúpida tormenta y las estúpidas carreteras. Su teléfono sonó de nuevo, pero Bill se limitó a cerrar los ojos. El ritmo de la lluvia contra la ventana lo adormilaba. Quizá una siesta hasta que los chicos trajeran la cena no sería nada malo.
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Despertó cuando alguien lo apachurró y dijo: —Hey, tonto, ¿alguna vez has escuchado algo acerca de contestar tu teléfono?
Se frotó los ojos con ambos puños, gruñendo al recibir un codazo en el estómago. —Quítateme de encima, —refunfuñó.
Tom abrió las mantas para deslizarse con su hermano, la mitad de su cuerpo sobre Bill, su aliento golpeando el rostro del otro al hablar. —Despierta.
—¿Qué quieres? —se quejó Bill.
Tom sonrió pícaro.
—Oh, —ronroneó cuando el mayor le dio un largo, profundo beso—. ¿Dónde están los otros?
—Todavía jugando, —dijo Tom, alejándose para quitarse su húmeda y enorme sudadera, quedándose en su playera—. Les dije que me necesitabas.
—¿Que te necesitaba para qué? —Le dio la bienvenida a Tom en sus brazos.
—Para esto, —dijo Tom, besándolo de nuevo—. Bueno, no. Traté de llamarte para que me dijeras que estabas enfermo y querías que yo regresara, pero no contestabas tu tonto teléfono. Les dije que podía sentirlo con mis poderes mágicos de gemelo.
—Ups, —respondió Bill sin disculparse. Jugueteó con una rubia rasta, haciéndose cosquillas en la nariz con ella, y después a Tom—. Están muy largas. Deberías cortártelas. Asquerosas.
—Entonces no las toques, —dijo Tom, agitando la cabeza para que su cabello se librara del agarre de Bill.
—No, me gustan, —contestó llevándole la contraria, agarrando dos puñados de rastas y besándole ruidosamente el lunar en la mejilla—. Me gusta tu cabeza entera. Asquerosas rastas, feo lunar, cerebro idiota, enorme nariz…
Tom se estaba riendo. —Cállate. Soy guapo.
—No tan guapo como yo, —dijo Bill, levantando la nariz—. Soy un angelito; perfecto desde la cabeza hasta la punta de los pies. Mi rostro es lindísimo y mi cabello hermosísimo y mis… mis pedos huelen a rosas.
—¡Bill! —resopló.
—¡Soy hermoso! —insistió Bill.
—Eres hermoso, —aceptó Tom juguetón—, con una cara de ratoncito.
—¡Tom! —chilló Bill.
–Con grandes dientes delanteros, —le provocó—. Y bigotes blancos, —acarició bigotes imaginarios sobre las mejillas del cantante—. Y una colita, —finalizó, agachándose para meterle mano. Bill soltó un chillido, sorprendido. Se ruborizó cuando la mano de su hermano se posó en su espalda baja—. Dame un beso, Ratoncito.
Bill se retorció contento cuando sus labios fueron devorados y la mano en su espalda se escurrió bajo su playera para acariciarle el vientre. Cuando Tom rompió el beso, Bill lo siguió, y el guitarrista tuvo que besarlo una vez más antes de poder decir: —¿Qué hay de esto? —Tironeando la parte superior de los pantalones del pelinegro.
—¿Qué hay de…? —repitió Bill confundido, mirando la mano de Tom—. ¿Pantalones?
—No, esto, —dijo Tom, deslizando una mano bajo la cinturilla, buscando su…
—¡TOM! —gritó Bill, tomándole del antebrazo pero sin detener su gentil exploración—. ¿Qué…? —comenzó, pero la pregunta se disolvió en un gemido.
—¿Se siente bien?
Las torpes caricias de Tom enviaban electricidad recorriéndole las venas. Estaba duro como una roca, apretando los dedos de los pies e intentando no culminar aún. —Ajá, bien, —susurró sin aliento—. Sí, muy bien, Tom. No te detengas. —Su mano en el brazo de su hermano era una garra de acero.
—No lo haré, —le aseguró—. Seguiré hasta que termines.
Jadeó sin poder evitarlo, buscando la boca de Tom y gimiendo cuando sus lenguas se encontraron. Podía sentir a Tom sonriendo dentro del beso pero no le importó. No le importaba que su hermano se riera, siempre y cuando continuara tocándole así. —Oh Dios, oh Dios, —jadeó, sintiendo el placer incrementar. Tom lo hacía bien, bien y si no se detenía, si seguía, Bill podría…
Se vino con un sollozo entrecortado, temblando en la estela del placer. Sus manos subieron para cubrirse el rostro ruborizado. Se sentía mortificado.
—Hey, —dijo Tom suavemente, sacando su mano y limpiándola en el pantalón de Bill—. ¿Qué sucede?
Bill le dio la espalda, haciendo una mueca cuando la tela manchada se le pegó en la piel.
—¿Estás enojado? —preguntó Tom, abrazándole desde atrás. Bill podía sentir la erección de su hermano golpearle—. ¿Me ayudarás a mí?
Bill negó con la cabeza.
—Pero estoy muy duro, —imploró Tom—. ¿Podrías al menos girarte y besarme mientras yo lo hago?
Bill volvió a negar con la cabeza.
—¿Entonces puedo besarte?
Bill dudó, inseguro de qué le habían preguntado.
Sintió los labios de Tom en su nuca. Se estremeció y encorvó los hombros. Sintió esos labios abrirse, y después una larga lamida, y luego esa boca tomó medidas drásticas y comenzó a chupar. Podía escuchar a Tom abrir sus jeans y acariciarse a sí mismo, sentía su brazo moviéndose a sus espaldas.
—Levanta tu playera, —dijo Tom, jalando la tela con su mano libre. Bill se levantó y se la quitó por completo, arrojándola a los pies de la cama. Volvió a recostarse, aún sin mirar a su hermano—. ¿No vas a girarte?
—No.
—¿Nunca más? —preguntó.
—Nunca más, —confirmó Bill, pero no pudo evitar sonreír un poquito ante el suplicante tono en la voz del mayor.
Tom se acercó más y ancló su barbilla en el hombro del menor. —No volveré a ver el rostro de Bill otra vez…
Bill soltó una risita.
—Su cara de ratoncito, —continuó, dejando un beso en la mandíbula de Bill, en su mejilla, en su sien. El pelinegro cerró los ojos y sus pestañas fueron besadas—. Que es casi tan hermosa como la mía.
—Más hermosa, —corrigió Bill.
—Pruébalo, —desafió Tom—. Muéstrame.
Bill rodó sobre su espalda, sonriéndole a su gemelo, quien rápidamente se colocó sobre su cuerpo. Bill agitó sus pestañas y meneó la cabeza, enseñándole su lindo rostro.
—Está bien, —murmuró Tom, sonriéndole de vuelta.
—Yo gano, —dijo Bill.
Tom se agachó por un beso.
Bill lo evadió. —Yo gano.
—De acuerdo, tu ganas, —dijo distraído, restregando su erección contra el muslo del otro—. ¿Podrías…?
—Puedes besarme, —dijo Bill, remilgado.
Tom bufó, pero lo besó con ganas, pasando sus manos por todo el pecho desnudo del cantante.
—Puedes hacerlo… sobre mí, —ofreció Bill.
Tom levantó la mirada. —¿Como la vez pasada?
Bill pausó, después asintió. Miró a Tom sentarse a horcadas. —Pero no lo hagas en mi cara.
—¿Entonces dónde? —Tom sonaba un poco impaciente, lo que sólo hacía que Bill se tomara más tiempo considerando dónde se lo permitiría. Le gustaba poner las reglas.
—Puedes hacerlo en mi ombligo. Pero después tendrás que lamerlo, —decidió.
—¡¿Qué?! —Tom lo miró como si estuviese enfermo.
—Bien, bien, —rió Bill—. En mi estómago. Pero si entra en mi ombligo, tendrías que lamerlo, en serio.
—Asqueroso, —dijo Tom—. De acuerdo, en tu estómago. No meteré nada en tu ombligo.
—Puedes hacerlo si quieres, ¡pero sabes lo que pasa entonces! —canturreó contento.
—Bill, —gruñó Tom—. Cállate. Y quédate quieto.
Tom puso una mano sobre su pecho para mantenerlo en su lugar. A Bill también le gustaba cuando Tom ponía las reglas.
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Al siguiente fin de semana la lluvia había aminorado lo suficiente para poder ir a casa, pero no estaban ni a medio camino de llegar a sus habitaciones cuando su madre dijo: —Ni se molesten en desempacar. Gordon viene del trabajo por nosotros.
—¿Por nosotros? —dijeron los gemelos al unísono.
—Les dije hace dos semanas. Vamos a visitar a sus abuelos, —dijo Simone—. Llévense su ropa sucia, la lavaré allá.
Bill y Tom intercambiaron una mirada, y en ella discutieron el giro de los eventos. Rápidamente y en silencio acordaron que no era algo malo; adoraban a sus abuelos… y compartían un dormitorio cuando iban a visitarlos.
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Unas horas más tarde, estaban en sofá del estudio de sus abuelos, viendo Labyrinth por la billonésima vez.
—Ow, —siseó Tom—. Para. Hazlo de forma normal.
—No. Soy un vampiro, —dijo Bill, mordisqueando y chupando el cuello de su hermano.
—No se siente bien, —protestó Tom—. En serio. Duele.
Bill lo ignoró, lamiendo un lado de su cuello. Mordió suavemente, chupó fuerte. Tom gimió e inclinó la cabeza hacia atrás.
—¿Lo ves? —dijo Bill con aire de suficiencia—. Se siente bien.
—De acuerdo, se siente bien, —concedió Tom—. Más.
—No, —dijo Bill, sentándose de vuelta en el sofá.
—¿Por qué no? —preguntó Tom exasperado.
—Estoy viendo la película, —respondió a la ligera. Miró por el rabillo del ojo que Tom se removía inquieto. Le encantaba el nuevo control que ejercía sobre su hermano. Cuando se trataba de ese tipo de cosas, Bill podía hacer que Tom se detuviera, iniciara o lo tocara como él quisiera, bajo sus órdenes. De hecho, probablemente podría lograr más, si es que le prometía también algo. Pensó en ello por un minuto, después dijo, —Está bien, lo haré… si…
—¿Qué? —dijo Tom, atento.
—Si me traes una Coca Cola, —declaró.
—Bien, de acuerdo. ¿Qué importa? —Tom se puso de pie inmediatamente para traer una desde la cocina. Regresó al momento, poniendo la lata en la mano de Bill, y se sentó a su lado, estirando expectante su cuello. Cuando nada sucedió, dijo: —¿Y?
—Primero tengo que beberla, —Bill le extendió la lata—. Ábrela.
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Bill atacó su rebosante plato de Königsberger Klopse con gusto. Nadie lo preparaba tan bien como su abuela.
—¿Cómo les va viviendo solos? —preguntó su abuelo.
—Bien, —respondió Tom—. Trabajamos un montón, pero es divertido.
—Trabajar es bueno para ustedes, —Opa, como lo llamaban, dijo con firmeza—. Billi aquí presente, será una estrella de rock, y tú tienes que trabajar extra para poder permanecer en su banda, ¿no es cierto?
—Sí, —respondió Bill con dulzura, acurrucándose en la mano Opa cuando este le revolvió el cabello, cariñoso.
—¡Trabajo mucho más que él! Ni siquiera puede cargar su propio amplificador, —acusó Tom.
—¿Lo haces cargar un amplificador con estos brazos de palito? —Opa fingió desaprobación, apretando el delgado bícep de Bill.
—Hey, —Bill frunció el ceño.
—No, —dijo Opa sabiamente—. Tienes que cuidar a tu flacucho, inútil hermanito…
—¡HEY! —chilló Bill.
—…y asegurarte de que no se lastime o se pierda por ahí. Es por eso que nació con un gemelo, sabes. Para tener a alguien que lo cuide.
—Supongo que tienes razón, —sonrió Tom.
Bill se metió un gran pedazo de papas a la boca, fingiendo estar enojado.
—Bueno, y por otro lado, —dijo Opa, palmeando la mejilla llena de comida del pelinegro—. Tom nació para cuidar a su gemelo, y así mantenerse alejado de problemas.
Bill asintió, mirando a su abuelo con ojos felices.
—Tomi, ¿todavía tienes esa novia? —Su abuela, a quien llamaban Oma, dijo.
—¿Cuál? —preguntó Tom desinteresado, picando con su tenedor una albóndiga y agarrándola como si fuera una manzana cubierta de caramelo.
—La chica Golfa, —dijo Oma.
—Wolfie, —corrigió Tom.
—El por qué, en el mundo, alguien podría llamar a su hija Golfa, está fuera de mi alcance, —dijo Oma, negando con la cabeza.
—Es el diminutivo de Adalwolfa, —explicó Bill—. Pero aún así es feo.
—Ah, Adalwolfa, —dijo Oma—. Es algo pasado de moda.
—Cuando yo iba a la escuela había una chica llamada Adalwolfa, —dijo Opa—. Era un poco puta.
Los gemelos explotaron de risa ante eso, mientras Oma le daba un codazo a su esposo. Continuó. —Entonces, ¿te gusta esta chica Golfa? ¿La traerás para que la conozcamos?
Tom se estremeció en su silla. —No lo sé. Ella está bien. No quieren conocerla.
—Huele feo, —dijo Bill.
—No es cierto, —increpó Tom—. Huele bien. Es linda. Sólo tengo trece años, Oma, no es como si me fuera a casar con ella.
—Pronto cumplirás catorce, —dijo Oma—. En tan sólo… ¡cinco semanas! Cuando yo tenía catorce años, tu abuelo…
—Esos eran otros tiempos, —interrumpió Opa.
Sus abuelos siguieron, y los gemelos rodaron los ojos. Bill sabía de primera mano que su hermano apenas había hablado con Wolfie en las pasadas dos semanas. Enredó su tobillo con el de Tom bajo la mesa. No estaba preocupado por una chica de pelo rubio grasiento, para nada.
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Bill estaba en la regadera, frotando shampoo en su cabello para hacer mucha espuma y sintiéndose satisfecho consigo mismo. Había pasado el día entero ordenándole a Tom hacer ciertas cosas como pago por sus atenciones. Puso su rostro bajo el agua para enjuagarse, disfrutando la espumosa sensación del agua recorriendo su espalda, y pensó que seguiría jugueteando con Tom todo el día siguiente, también. Soltó una risita, pensando en qué lo obligaría a hacer. A que le diera la almohada más esponjosa, a que empacara su ropa limpia, que viera Labyrinth otra vez, quizá que se dejara peinar sus rastas en dos colitas —a pesar de que eso sería empujar mucho su suerte.
Estaba tan metido en sus fantasías de poder supremo que no escuchó la puerta abriéndose o la cortina de la regadera siendo recorrida. No notó que a nadie hasta que Tom lo tocó. Chilló como niña y se cubrió la entrepierna con ambas manos. —¡Demonios! —gritó, fulminando a su hermano con la mirada por sobre su hombro—. Me asustaste como no tienes idea. ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¡Largo!
—No, —dijo Tom simplemente—. Date la vuelta. Quiero ver.
Bill se quedó justo como estaba. —¿Ver qué? Luzco igual que tú.
—Tal vez no. Anda, —dijo Tom.
—Ya lo has visto antes, —intentó Bill.
—No en mucho tiempo, —dijo Tom—. Anda, hazlo. Puedes ver el mío también, no me importa.
—Nooo. —Bill se recargó contra la pared, presionando su frente contra el húmedo azulejo. Se estaba sonrojando tanto que incluso su pecho estaba rosado.
Tom se puso a sus espaldas, apretando su cintura para tranquilizarlo. —No seas tímido.
Bill no respondió. Tom alcanzó el jabón y el pelinegro cerró los ojos con fuerza, anticipando lo que seguiría. Cierto, pronto sintió las manos de su hermano en su espalda, masajeando sus hombros por un minuto, y después las sintió deslizarse a sus caderas. Tom se agachó para lavarle las piernas, y cuando posó sus manos en el trasero de Bill, la cabeza del menor se giró, mirando hacia abajo sorprendido.
Tom lo miró de soslayo. —Lindo.
Una palabra fue suficiente para avergonzarlo para toda su vida. Bill presionó su rostro contra la pared otra vez y se mordió el labio. Tom estaba agarrando sus nalgas y las apartaba, y cuando sus dedos recorrieron exactamente la mitad entre ellas, Bill no pudo evitar soltar un chillido.
—Ratoncito, —se burló Tom, levantándose sin quitar sus dedos—. No tengas miedo. ¿Se siente bien?
Primero que nada, se sentía extraño. Se sentía totalmente raro tener a su hermano tocándole ahí, frotando su pequeño agujero. También se sentía muy estimulante. La electricidad que Bill tanto amaba le recorría, haciendo que su respiración se acelerara y que su polla se endureciera. Tom lo buscó para acariciarle, y Bill gimió.
—Oh, te gusta eso, —dijo Tom, sonando tan satisfecho como Bill se había sentido antes. Alejó sus dedos y los remplazó con su propia erección.
—¡Tom! —gritó Bill, alarmado—. ¿Qué estás…?
—Estoy haciéndote sentir bien. Y voy a hacerme sentir bien, —dijo Tom, frotándose en su cuerpo—. Y me voy a correr en todo tu culo.
—Tom, —gimió Bill, para nada avergonzado ya. No sabía de dónde su hermano había sacado tales ideas o dónde las había aprendido, pero estaba agradecido por ello. También agradecía que compartían una cama, así se restregarían juntos durante toda la noche.
Pero primero, haría que Tom le diera la mejor almohada.
Continuará…
Notas de la Autora: ¡Los comentarios son apreciados! Recuerden, cada vez que comentan, ¡Tom encuentra su púa para su guitarra! Y cada vez que se van sin comentar, Tom pierde su osito de peluche ;_;
Espero que este no parezca un capítulo de relleno. Pensé que era importante mostrar el periodo de «luna de miel» y la progresión / dinámica de su relación física. A lo mejor «importante» no sea la palabra correcta. Sólo creí que sería algo abrupto y barato saltármelo.
Notas de la Traductora: ¡Perdón la tardanza! Aviso, capítulo sin revisar. Si encuentran errores, denme un zape, luego una galletita, y yo con gusto lo corregiré ^^
Que buena Bill manipulando a Tom x sexo 😱😂😂😂bueno casi sexo