BillCuando éramos pequeños, peleábamos a diario; incluso llegamos a golpearnos con sartenes una vez. Solamente nos deteníamos cuando uno comenzaba a llorar de verdad.
(Entrevista Yam #38)

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif

Capítulo 8

Bill había estado tan ocupado en Hamburgo que ni siquiera notó que no había escuchado nada de Erich durante toda la semana hasta que recibió un corto mensaje de texto poco después de llegar a casa.

¿Estás aquí por el fin de semana? ¿Podrías venir a mi casa esta noche?

Bill puso en la mesa el emparedado que había estado comiendo para poder usar los dos pulgares al escribir.

Sip, acabamos de regresar… ¡Fiesta!

Se sorprendió con la respuesta:

No hay fiesta esta noche. Necesito hablar contigo. Sólo nosotros dos.

Eso lo inquietó. ¿Había hecho algo para molestar a Erich? Todo en lo que podía pensar era en el accidente del vómito, pero ya había pasado un mes de ello y Erich le había asegurado que no fue su culpa. El pasado fin de semana, casi ni había visto a su amigo, excepto cuando el de pelo púrpura encontró a Bill en la habitación de sus padres con Johanna. Erich no había dicho nada en ese momento; solamente había cerrado la puerta y se había ido. ¿Se habría enojado porque Bill había llevado a alguien al cuarto de sus padres sin preguntar?

¿Está todo bien?

Esperó nervioso por la respuesta. Que no tardó mucho en llegar.

Sólo ven, por favor. No quiero hablar de esto por teléfono.

Bill le contestó que estaría ahí en una hora y cerró su teléfono con un suspiro. Supuso que estaba en lo cierto; Erich estaba molesto porque Bill había llevado a una extraña a la habitación de sus padres sin permiso. Al pelinegro no le gustaba que un amigo estuviese enojado con él, pero estaba seguro de que podría convencer a Erich de que lo perdonase.

—Mamá, ¿me podrías llevar a casa de Erich? —gritó lo suficientemente alto para que sus padres lo escucharan desde la sala.

—¿Ya bajaste tu ropa sucia? —le gritó Simone en respuesta.

Bill no se molestó en contestar, porque todavía no lo había hecho. Volvió a tomar su emparedado. Bajaría su ropa sucia después de terminar de comer.

&

Era extraño ver la casa de Erich vacía. Parecía mucho más grande de lo normal. Bill había llegado hacía un par de horas, y hasta entonces, habían bebido cerveza, escuchado música y jugado futbolito. Bill ya había olvidado todo acerca de los mensajes de texto anteriores y se estaba divirtiendo.

—¡Gané otra vez! —celebró—. ¿El mejor de diez?

—¿Y si nos tomamos un descanso? —dijo Erich, dirigiéndose al sofá.

Bill se sentó a su lado reluctante, recordando por qué estaba ahí. —¿Puedo decir algo primero? Quiero pedir disculpas por lo del fin de semana pasado. Estaba ebrio y no pensaba, de otra forma no lo hubiese hecho.

Erich lucía anhelante. —Entonces, ¿no estás saliendo con ella?

—¿Johanna? —preguntó Bill—. No, por supuesto que no. Apenas la conozco.

—Um… —Erich se removía, como intentando controlar sus nervios.

—¿Qué? —le apuró Bill.

—Quiero preguntarte algo, pero no te vayas a enojar —dijo Erich en voz baja.

—¡No la dejé en la habitación sola! ¿Por qué, se perdió algo? No creo que sea una ladrona. Ya ha estado en mi casa antes y es amiga de mi prima —dijo Bill rápidamente.

Erich rió un poco. —¿Qué? No, no tiene que ver con ella. Es acerca de ti.

—¿De mí? —dijo Bill.

—¿Te gusta? —preguntó Erich.

—Oh —dijo, pensando en ello—. Supongo… en realidad, no.

—¿Te gustan… las chicas?

—¿Las chicas? —Bill sintió que un calorcillo se arremolinaba en su rostro—. ¡Claro! ¿Qué quieres decir? ¿Me estás preguntando si soy gay?

—Sí —dijo Erich con franqueza—. No es algo malo, sabes.

—¡No dije que lo fuera! Pero… ¿yo? No soy… quiero decir, Tom tiene novia —balbuceó.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Somos idénticos —respondió, patético.

—Sólo porque a tu gemelo idéntico le gusten las chicas, no significa que a ti también tengan que gustarte. Tom escucha rap y tú lo odias, ¿cierto? —razonó Erich.

—Me… gustan las chicas —dijo—. He tenido novias.

—Yo también he tenido novias —dijo Erich—. Pero nunca me gustaron. No fue hasta que besé a un chico que me di cuenta de que era mejor… y admití ante mi mismo que eso era lo que siempre había deseado.

—¿En serio? —Bill se mordió el labio inferior, pensativo. Recordó las pocas relaciones con chicas que había tenido. En realidad, nunca le habían gustado. Era más porque Tom comenzaba a salir con una chica que Bill salía con una de sus amigas. Eso, cuando todavía hacían todo juntos. Con los besos, era lo mismo. Tom besaba a su novia, entonces Bill besaba a la suya. Nunca se había preocupado mucho en si lo disfrutaba o no.

Erich puso una mano sobre su hombro. —¿Has besado a un chico?

Negó con la cabeza.

—¿Quieres probar?

¿Quería? Bill lo miró. Siempre había creído que Erich era guapo. Además, era amable, divertido y un buen amigo. A lo mejor sería agradable besarlo.

—¿A cuántas personas has besado? —inquirió Bill.

—No sé. Tal vez… como, ¿veinte? —calculó.

La mandíbula de Bill cayó. ¡Eso era mucho! Él podía contar con los dedos de una mano a cuántas chicas había besado. Pero bueno, Erich era mayor por dos años y un mes. Parecía razonable que fuese más experimentado. Probablemente, era un total experto besando.

—Está bien, puedes besarme —decidió—. Dime si soy bueno.

—Estoy seguro de que lo eres —dijo Erich, ansioso, acercándose.

Bill puso una mano sobre su pecho para detenerlo. —No, en serio. Dímelo. Algo así como, en una escala del uno al diez.

Erich aceptó, así que Bill cerró los ojos y se permitió ser abrazado.

Los labios de Erich eran cálidos y suaves, no pegajosos por el brillo labial de las chicas. Sus brazos eran fuertes y sus acciones bien practicadas. Le gustó como el mayor lo tocaba tan cuidadosamente, como si se fuera a romper en un millón de trozos si lo tratase de forma brusca. Con las chicas, a Bill siempre le preocupó que hiciera algo mal y que ellas se rieran de él y lo alejaran, o que accidentalmente, las lastimara. Era agradable ser el frágil por una vez.

Aproximadamente una hora después se separaron, y sólo porque alguien tocaba el timbre.

—Demonios, ¿quién será? —refunfuñó Erich, bajando rápidamente las escaleras.

Bill sonrió limpiándose la boca; era la primera vez que veía a Erich enfadado. Se estiró, sintiéndose placenteramente relajado. Nunca se había besado con alguien por tanto tiempo. Besar a un chico era mucho mejor que besar a una chica. Sin embargo, no estaba seguro de si eso lo hacía gay. Quizá sólo era que Erich había besado a veinte personas y era bueno en ello.

Se sorprendió cuando Erich regresó con Andreas. Se sorprendió aún más cuando el rubio le preguntó por qué no contestaba su teléfono. —¡No lo escuché sonar! —respondió, buscando el aparato en su bolsillo—. Oh, mierda. Creo que lo dejé en casa.

—Al final llamé a tu casa y tu mamá me dijo dónde estabas —dijo Andreas—. Me pidió que te dijera que la llamases cuando te encontrara. ¿Quieres usar mi celular?

—Sí, gracias —respondió Bill, tomándolo. Marcó a su hogar.

—¿Hola? —Era Gordon.

—Hey, soy yo. ¿Podrías hacerme un favor? Creo que dejé mi teléfono en la cocina o tal vez en el auto de mamá. ¿Podrías revisar?

Gordon dijo que sí, y minutos después, regresaba a la línea diciendo: —No lo encontré. ¿Quieres que busque en tu habitación?

Como si Bill fuese a dejar que uno de sus padres examinase sus cosas. —No, está bien. Lo buscaré cuando llegue a casa. ¿Podrías decirle a mamá que llamé, y que marque al teléfono de Andi si me necesita?

—No hay problema. ¿Necesitas que vaya por ti más tarde?

—Nah, caminaré. Andi pasará la noche conmigo —dijo, sabiendo que no necesitaba pedir permiso.

—De acuerdo —dijo Gordon—. Diviértanse. Sé que regresarán a una hora extrema, así que los veo mañana.

—Nos vemos —rió Bill. Mientras estaba al teléfono, Erich había ido al piso inferior por más cerveza, así que Bill y Andreas bajaron a unírsele. El rubio le mandó un mensaje a su mamá avisándole de la improvista decisión de que dormiría en casa ajena.

—¿Estaban aquí solos? —preguntó Andreas, sonando algo herido.

—Necesitábamos hablar de algo. Iba a llamarte más tarde —respondió Bill.

—Está bien —Andreas miraba sus pies al bajar las escaleras—. Tú y Erich son muy buenos amigos ahora, ¿no?

—Somos amigos… pero no mejores amigos —Le golpeó con un codo al caminar por la sala—. No tan buenos amigos como para quedarnos despiertos toda la noche mirando películas de chupasangres.

Andreas le sonrió. —¿La generación perdida y Entrevista con el vampiro?

—Bien lo sabes —Sonrió, poniéndole un brazo alrededor del cuello.

&

Erich había llamado a algunos amigos después de que Andreas llegó, para beber y jugar videojuegos. Bill estaba agradecido, porque entonces no se sentiría culpable por retirarse a media noche, prometiéndole regresar a la fiesta del día siguiente. Andreas y el pelinegro pasaron el resto de la noche devorando comida chatarra en la cama de Bill, y se durmieron a los diez minutos de iniciada su segunda película.

Despertaron relativamente temprano el sábado, alrededor de las once de la mañana. Se acomodaron en la sala, en lados opuestos del sofá, con tazones de cereal azucarado sobre sus regazos, a ver dibujos animados. Un par de horas después, Tom bajó las escaleras. Fue por cereal y se sentó en un sillón en lugar de hacerlo entre los dos que ocupaban el sofá.

Había sido así toda la semana: Tom no se acercaba a Bill. No lo ignoraba o algo así, pero no se sentaba con el o lo tocaba. De alguna manera, el menor se sentía solo. Quería decirle a su hermano que no estaba asustado por lo sucedido el viernes pasado. Que estaba bien con eso, de alguna forma. Más bien, que estaba dispuesto a fingir que nunca había sucedido. Sólo que no sabía cómo decirlo sin tener que hablar de lo que habían hecho. Tan solo recordarlo era suficiente para hacerle estremecer; estaba seguro de que no podría discutirlo en voz alta.

Simone llegó más o menos a las tres de la tarde para anunciar que iba a comprar comida y ofrecerse a llevar a Andreas a su casa. El rubio quería bañarse y cambiarse antes de ir con Erich esa noche, así que aceptó. La mujer regañó a Tom por no haber bajado su ropa sucia y lo amenazó con hacerle lavar su ropa si no lo hacía antes de que llegara a casa con los víveres. Eso mandó al mayor rumiando hacia las escaleras para hacerlo.

Bill se dirigió a la cocina y rebuscó en la alacena algo dulce. Encontró una caja de harina para brownies y leyó las instrucciones al reverso. Era muy sencillo; sólo añadir agua, mantequilla y un huevo, y hornear por treinta minutos. Podía hacerlo. Cuando estaba en el suelo, buscando una charola para hornear en el gabinete, escuchó que Tom entró al lugar. Un sartén cayó del armario y Bill logró atraparlo en el último segundo. Soltó una carcajada, esperando que Tom se le uniera. Alzó la mirada interrogante. Tom lo fulminaba con los ojos de forma tan feroz que Bill se acobardó por dentro. —¿Qué sucede?

—Besas fantástico, —dijo Tom, frío.

—¿Q-qué? —tartamudeó.

Tom avanzó un paso. —En una escala del uno al diez, tú eres un once.

Bill se levantó lentamente y puso el sartén sobre su pecho como escudo. —¿De qué estás hablando?

—Te dije que no anduvieras con ese… ¡marica! —gruñó Tom, aventando el celular de Bill al suelo.

Los gemelos tenían muchos amigos gay, y Bill nunca había escuchado hablar a Tom así de alguno de ellos. Bajó la mirada y vislumbró en la pantalla el mensaje de texto que Tom estaba citando claramente.

Era de Erich.

—Joder, ¿lo besaste? —le gritó Tom en la cara.

Bill no pudo pensar en nada que decir, excepto: —¡Tú robaste mi teléfono!

—¡Claro que no! Lo encontré en el puto suelo del cuarto de lavado, —espetó Tom.

—¡No tienes derecho de leer mis mensajes! —gritó Bill.

—¡Entonces no dejes tus porquerías tiradas por todos lados! —le gritó Tom de regreso—. ¿Crees que quiero leer esa clase de mierda? ¡Debería patearle el trasero a ese marica!

—Como si pudieras, —retrucó—. Es como dos veces tu tamaño. Y no le digas marica, estúpido.

—¿Eso crees? —Tom lo empujó—. ¿Crees que me puede patear el trasero a mí? ¿Es por eso que lo amas tanto?

—¡Nunca dije que lo amaba! —negó Bill, empujándolo también.

—No volverás a verlo nunca más, —declaró el mayor.

Bill bufó y se giró hacia el horno. —No puedes detenerme.

Tom le agarró un hombro, girándolo con fuerza para encararlo. —¿Por qué dejaste que te besara?

—¡No lo sé! —exclamó Bill, nervioso—. ¡Quise.. quise hacerlo! ¡Métete en tus asuntos!

—¿Te gustó? —demandó Tom. Bill se ruborizó pero no dijo nada—. ¡¿Te gustó?!

Seguía sin hablar, lo que encolerizaba más a su hermano. —Puta madre, ¡¿te gustó?! ¿Eres gay ahora? ¿Eh? ¡Contéstame! ¿Eres un puto marica ahora?

—¡Cierra la boca! —gritó Bill, y antes de poder pensarlo, agitaba el sartén en su mano como un bat de béisbol.

Tom pudo esquivarlo, sus ojos abiertos en incredulidad porque casi había sido golpeado por un sartén. —¡¿ESTÁS LOCO, JODER?!

—¡JÓDETE! —Lágrimas le oscurecían la visión; agitó el instrumento de nuevo y sin ver, atinándole al brazo de Tom.

—¡OW! —gritó Tom—. ¡Detente, cabrón!

Bill empuñó el sartén amenazador; Tom agarró otro sartén y dijo, —Si me golpeas una vez más, te mataré.

Bill estaba demasiado furioso como para intimidarse. —¡No si yo te mato primero!

—Eso duele, joder, —se quejó Tom, frotándose su lastimado brazo—. ¡Debemos ir a trabajar el lunes, idiota!

—¡Bien! ¡No tocas la guitarra con tus piernas! —Bill golpeó más abajo, hacia la cadera del de rastas, pero Tom lo bloqueó, los sartenes chocando ruidosamente.

—¡Estás muerto! —gruñó Tom, golpeando al menor en las costillas. Bill levantó su sartén sobre su cabeza y Tom rodeó la mesa para escapar. Se persiguieron el uno al otro desde la cocina hasta la sala, consiguiendo pegarse varias veces, hasta que Bill se escabulló en el baño de invitados. Aventó todo su peso contra la puerta, intentando cerrarla para poder poner el pasador, pero Tom estaba en el otro lado haciendo lo mismo. El rubio siempre había sido el gemelo más bajo y pesado, no por mucho, pero sí lo suficiente para eventualmente ganar la ventaja y abrir completamente la puerta, haciendo que Bill cayera.

El menor se quejó cuando Tom saltó sobre su cuerpo y le estrelló al cabeza contra el suelo. El dolor le llegó desde su mejilla, donde el hueso había golpeado el azulejo, y de repente se encontró sollozando. Se encontraba ya muy cansado y estresado y le dolía todo el cuerpo. Sabía que su hermano estaba a punto de apalearlo como nunca antes. Era todo un desastre, solamente anticipaba la paliza; le tomó un minuto darse cuenta de que Tom ya se había levantado. Se sentó con cuidado, usando un antebrazo para secar su rostro.

—¿No vas a g-golpearme? —hipó.

—¿Quién podría golpear a un bebé como tú? —gruñó Tom, sentándose contra el lavabo de brazos cruzados. Había sangre escurriéndole por la esquina de su boca y varios moretones formándose en su rostro y brazos, y probablemente muchos más que estaban cubiertos por la ropa. Se levantó cauteloso, haciendo sonidos de incomodidad, y dejó a Bill en el suelo del baño.

Bill no se movió hasta que escuchó el auto de su madre en la entrada. Entonces fue cuando levantó los deformes sartenes y los puso en su lugar. Su teléfono estaba en la barra de la cocina, así que lo tomó y se dirigió a su habitación. Analizó sus heridas en el espejo de cuerpo completo. No sangraba, pero su mejilla estaba muy lastimada y probablemente sería una herida andante para la hora de la cena.

Se concentró en su celular buscando el mensaje que había causado todo el problema, pero ya no estaba ahí. De hecho, todos sus mensajes habían sido borrados junto a la lista de llamadas recientes/perdidas/recibidas que su teléfono automáticamente almacenaba. Abrió su lista de contactos y por supuesto, faltaba el número de Erich. Bill rodó los ojos, aventando el aparato a la cama y recostándose. Podría pedirle el número a Andreas, eso no era un gran problema. Era sólo que no quería hacerlo porque sabía que eso molestaría a Tom.

A pesar de lo que le había dicho a su gemelo, no se juntaría con Erich si de verdad le molestaba tanto a su hermano. Esto era mayor que el común enojo que mostraba Tom cuando Bill se juntaba con los amigos del de rastas. Tom había usado la palabra marica. Nunca había hecho eso. Marica era como los idiotas de la escuela llamaban a Bill por usar maquillaje y ser demasiado lindo para ser un chico. Tom odiaba esa palabra incluso más que el pelinegro. El gemelo mayor podría llamar a Bill una chica todo el día, pero nunca marica.

Bill no sabía si era gay o no, pero sin contar la súbita explosión de su hermano, sabía que su gemelo lo aceptaría sin importar qué hiciera. La pelea, sabía, era más por Erich, pero no sabía por qué. A Tom siempre le había agradado el mayor antes de que Bill comenzara a hablarle. ¿Estaba enojado porque sentía que Bill le había robado a su amigo? ¿Pensaba que el cantante había besado a Erich solo para ganarse su amistad y alejarlo de Tom?

Su teléfono sonó, y se apresuró a contestar. —¿Hola?

—Hey, ¿quieres venir a mi casa antes de la fiesta? Mi mamá preparó strudel [1].

—No puedo ir a la fiesta, —suspiró.

—¿Por qué no?

—Tom me pegó con un sartén y estoy hecho polvo, —contestó.

—¡¿QUÉ?!

—Yo le pegué primero, —admitió.

—Están locos los dos, —dijo Andreas—. Bueno, ¿quieres venir a pasar la noche?

—Tú puedes ir a la fiesta. No importa. No deberías perderte toda la diversión sólo porque tus mejores amigos están locos, —respondió Bill.

—Ustedes son una fiesta por sí solos, —dijo Andreas alegre—. Apenas los he visto últimamente. Podemos tener otra noche de películas.

—Eres muy tierno, —respondió complacido—. Está bien, le pediré a mamá que me lleve después de cenar. ¡Guárdame un poco de strudel!

&

No habían hablado desde la pelea con los sartenes, así que Bill se sorprendió cuando, de regreso en Hamburgo, Tom le preguntó si quería fumar con él marihuana. Los G’s  habían ido al supermercado, por lo que los gemelos estaban solos. Bill ayudó a Tom a abrir todas las ventanas; Gustav se molestaba si fumaban en el departamento sin correcta ventilación. Normalmente Bill no se molestaría en ayudar a su hermano en cualquier tarea manual —incluyendo cargar y conectar el amplificador de su micrófono en los conciertos, cargar su equipaje cuando viajaban, o cualquier cosa que Bill decidiera que los hermanos menores no debían hacer. Estaba agradecido por la señal de paz que el mayor le extendía, y pensó que ayudando a abrir las ventanas era una buena forma de demostrarle su propio anhelo por reconciliarse.

Encontraron un cenicero y se sentaron lado a lado en la cama de Tom con sus espaldas contra la pared. Sus manos se rozaban cuando pasaban el cigarro, y el pelinegro casi no podía creer lo aliviado que se sentía por estar cerca de su gemelo de nuevo. Tom acarició el moretón que tenía Bill en la mejilla, y el menor levantó la mirada. Sabía que Tom no se iba a disculpar, y que él tampoco lo iba a hacer. Muchas veces no se molestaban en decir ese tipo de sentimentalismos en voz alta. No era necesario.

—¿Quieres un disparo? —prefirió decir Tom.

Bill ni siquiera asintió; sólo cerró los ojos y abrió la boca. Inhaló todo el humo que Tom dirigió a su boca y lo retuvo. Tom no se movió, así que Bill se lo regresó. Esperó expectante a que Tom se alejara para tomar otra calada del cigarro, pero no lo hizo. El mayor se quedó justo donde estaba, respirando aire puro dentro de la boca de su hermano, y Bill lo recibía y se lo devolvía. Se sentía soñador y meloso, como si fueran bebés en el útero de nuevo, solos en su propio mundo.

Tom juntó sus labios gradualmente, a propósito, besándolo con propiedad. Bill se inclinó por más. Cuando sus lenguas se tocaron, jadeó y se aferró a su hermano; sentía como mil mariposas volando en su estómago. Tom apagó el cigarro con el cenicero a ciegas y jaló a Bill entre sus brazos. El menor lo aceptó; de hecho, nunca se había sentido más dócil en su vida. Le impresionaban las nuevas sensaciones que estaba experimentando, y estaba dispuesto a hacer lo que su hermano quisiera como pago por más de ese increíble placer.

—Oh, oh, —jadeó, escondiendo su rostro en el cuello de Tom cuando sintió que era demasiado. Su hermano le acariciaba el cabello, susurrándole fervientemente cosas sin sentido al oído. —¿Tomi? —llamó, a pesar de que no le decía así a menos que estuviese burlándose—. ¿Por qué?

Sabía que Tom entendería que no se refería a ¿por qué hiciste eso?, sino ¿por qué tocarnos así se siente tan bien?

—Creo que es… porque somos nosotros, —murmuró Tom—. Porque tú eres yo.

Rápidamente, besarse se convirtió en algo adictivo. Sólo hasta que los G’s regresaron se detuvieron. Pero aún así no podían dejar de tocarse, y pasaron el resto de la noche pegados uno al lado del otro. No era algo sensual o sexual; había una silenciosa desesperación en su apego. Y parecía que no podían acercarse lo suficiente para satisfacerla.

Cuando Bill recorrió el departamento para dormir en su propia cama esa noche, se quedó despierto durante horas, ridículamente alerta. Al día siguiente, mientras estaba en el baño lavándose los dientes, Tom entró al lugar y lo abrazó por atrás. Bill se enjuagó la boca y se giró para abrazarlo también. Gustav ya estaba despierto, desayunando en la cocina, y pronto necesitarían sacar de la cama a Georg . Una vez que el día iniciaba, no se detendría. Y no tendrían nada más que momentos robados como este para poder esperar hasta el viernes. Bill abrazó más fuerte a su hermano, pensando que no era suficiente. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, y Bill se dio cuenta de que quizá nunca sería suficiente.

Continuará…

 [1] Strudel.

Tal vez muchos conozcan esta palabra, pero para quien no, strudel es la pasta con la que se hacen diversos tipos de ‘platillos’. El más conocido, es el Strudel de manzana, que incluso lo venden en los restaurantes de comida rápida como postre. Tal es el caso de McDonnald’s. ^^

Pero como siempre, UNA FOTO explicativa.

 Notas de la Autora: Siempre me ha encantado la historia que los gemelos cuentan acerca de la pelea con los sartenes, ¡así que tuve que incluirla en el fic!

Gracias a todos los que participaron en la Encuesta del Lector. Antes de la encuesta, yo había declarado desde antes que la historia era Tom/Bill, sin embargo quería saber cuánto apoyo tenía Erich antes de escribir este capítulo. No estaba segura de si Erich besaba a Bill o no. Ponderé la idea de que Tom encontrara un mensaje que Erich le mandase a Bill acerca del “beso” refiriéndose al que compartieron Bill y Johanna, pero eso parecía demasiado forzado. Era mucho más realista que Erich tratase de besar a Bill y después mandarle un mensaje. Soy ferviente admiradora del Tom/Bill que estoy reluctante a dejar que otro chico lo bese (=_=)

Me dije a mí misma que si al menos a algunas cuantas personas les agradaba la idea de un Bill/Erich, entonces lo escribiría. ¡Me sorprendió ver cuánto apoyo tuvo la idea! Es un chico agradable, por lo que creo merecía su beso, lol. Es sólo que soy Tom/Bill incondicional (u.u)

Gracias por ayudarme a decidir cómo escribir este capítulo. ¡Aprecio todos y cada uno de sus comentarios! De verdad me mantienen motivada y me encanta escuchar sus pensamientos 😀

 Notas de la Traductora: ¿Los quiero? *ojitos de cachorro*

por Analif

Traductora del Fandom

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