
Notas de la traductora: De verdad me divierte imaginar a los kleinen Zwillingsbrüder peleándose ^^ ¡Y Gusti y Geo hacen su primera aparición!

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif
Capítulo 4
A la mañana siguiente, Bill despertó solo, sudoroso y cubierto de migajas de galletas. Después de un baño rápido, se puso pijamas limpias y fue en busca del desayuno. Tom ya estaba en la cocina, abriéndose paso con una sobrecargada pizza y un litro de Coca Cola. Bill se sentó en la mesa y se sirvió una rebanada.
Tom abrió su soda y le pasó a Bill la botella. – ¿Resaca?
– Nah, no mucho – respondió, bebiendo directo del envase. – ¿Qué hora es?
– Cuando me levanté eran como las doce y media. Eso fue probablemente hace media hora – respondió Tom. – Estaba a punto de ir a despertarte.
– Mm – gruñó, dando grandes mordidas a su pizza. No había mucho tiempo para comer y vestirse antes de que su mamá llegara para llevarlos al lugar donde ensayaban.
Mientras comían, hablaban sobre qué canciones practicar. El pie de Bill pateaba ligeramente una pierna de Tom bajo la mesa. Tom lo agarró y le picó los dedos, haciendo a Bill soltar un chillido. Lucharon, juguetones, por un rato, hasta que Tom liberó sus dedos y tomó su tobillo, descansando el pie de Bill sobre su muslo, comenzando a masajearlo con gentileza. Bill se retorció un poquito sobre su asiento, disfrutando la atención.
Cuando sólo quedaba una rebanada de pizza, Tom la cortó graciosamente a la mitad y compartió. – Gracias – dijo Bill lleno de alegría. Siempre era más feliz cuando se llevaba bien con su hermano.
Terminaron de comer y estaban a medio camino sobre las escaleras para irse a vestir, cuando sonó el timbre. Tom bajó para abrir la puerta y Bill siguió su camino hacia su habitación. Gustav y Georg llegaban por sí mismos al estudio; probablemente era un vecino o alguien más queriendo hablar con su madre. Bill abotonaba los pantalones cuadrados que había decidido ponerse cuando Tom apareció bajo el marco de la puerta y le dijo fríamente: – Erich llegó.
– Oh, sí – murmuró Bill, seleccionando una playera a ciegas. Era amplia, las mangas estaban cortadas de forma desigual de manera que colgaban y mostraban ambos lados de su torso.
– Pareces un vagabundo – le dijo Tom antes de ir a su propia recámara y azotar la puerta.
Bill frunció el ceño, apurándose para ponerse delineador y acomodar un poco su cabello con gomina. Sacó un par de zapatillas deportivas y bajó corriendo las escaleras, encontrando a Erich en la sala mirando televisión.
– Hola.
– Hola – Erich sonrió. – Te ves bien.
Bill se sentó en el suelo y se puso los zapatos. – Parezco un vagabundo.
Erich soltó una carcajada. – Pareces un… lindo vagabundo.
Bill sonrió. – Gracias. Estoy muy cansado hoy como para que me importe.
– ¿En serio? – dijo Erich. – Yo duermo como roca cuando estoy ebrio. ¿No dormiste bien?
– Hora de irnos – anunció Tom sombrío, bajando las escaleras cargando el estuche de su guitarra.
– ¿Llegó mamá? – preguntó Bill.
– ¿Qué acabo de decir? – espetó Tom sin mirarlo siquiera mientras salía por la puerta principal.
– ¿Cuál es su problema? ¿Resaca? – preguntó Erich, ayudando a Bill a pararse.
– Me confunde – se quejó Bill. Esperaba que su hermano se sentara en el asiento delantero y los ignorara, se sorprendió al encontrar a Tom en la parte trasera con la guitarra sobre su regazo.
– Los invitados al frente – dijo Tom.
– Oh… gracias – respondió Erich sin entusiasmo.
Al principio fue un viaje silencioso, porque cada vez que Bill intentaba hablar con Erich, Tom bajaba su ventanilla todo lo posible, clamando sentirse mareado y necesitar aire fresco. El viento azotaba tan fuerte que era imposible mantener una conversación. Bill estaba seguro de que Tom estaba fingiendo, pero no hizo nada al respecto en caso de que fuera verdad. Lo último que quería era que Tom le vomitara como venganza.
Como si el agresivo viento en su rostro no fuera suficiente, el estuche de la guitarra le golpeaba las rodillas. Acomodó sus piernas, pero el estuche se resbaló y continuó golpeándole. Cuando se movió más y sucedió de nuevo, se dio cuenta de que Tom lo hacía a propósito. Apartó la guitarra con fuerza, haciendo que golpeara contra la puerta al lado de Tom.
– ¡No! – saltó Tom, moviéndola de regreso hasta que golpeó el vientre de Bill tan fuerte que hizo al menor doblarse en dos.
– ¡Idiota! – gruñó Bill, un brazo rodeando su injuriado estómago y el otro levantado para golpear en la cabeza a su hermano. No faltó mucho tiempo para que Simone los amenazara con parar el carro si no se detenían. La ignoraron, Bill trataba como mejor podía de arrancarle unas cuantas rastas mientras Tom lo estrangulaba.
– Suéltense los dos en este mismo segundo o no más ensayos por una semana – amenazó Simone.
Instantáneamente, los gemelos se liberaron el uno al otro y ahora saltaron contra su madre. – No puedes hacer eso – dijo Tom, horrorizado.
– Mamá, nuestro futuro entero está en juego. No puedes forzar a tus hijos a arruinar su futuro. Eso es abuso infantil – protestó Bill.
– Nunca llegará a la corte – dijo Simone serenamente. – Ahora, cierren sus boquitas y mantengan sus puñitos consigo, mis queridos monstruos, y déjenme pretender que no estoy criando a un par de lunáticos sedientos de sangre.
Ambos bufaron, pero se calmaron por el resto del viaje. Bill captó el reflejo de Erich por el espejo lateral y se preocupó un poco por cuán pálido lucía. Andreas, Gustav, Georg y su familia estaban acostumbrados a que los gemelos intentaran, en ocasiones, matarse el uno al otro, pero eso solía asustar a personas ajenas.
Llegaron al estudio y el humor de Tom pareció mejorar mientras salían del auto. Erich estaba propiamente impresionado, revisando su equipo de sonido, su mal combinado mobiliario, su escondite de comida rápida, y el mini refrigerador lleno de bebidas azucaradas. El escenario de práctica chirriaba y era pequeño, y no olía muy bien, pero era el tipo de lugar que toda banda de adolescentes soñaban con tener.
Poco tiempo después llegó Gustav, apenas inclinando la cabeza como saludo cuando los presentaron antes de encaminarse hacia su batería. No es que fuera antisocial, sólo tímido con extraños. Le gustaba mantener su distancia al principio y evaluar la situación antes de decidir unirse o no.
Tom, al parecer, quería monopolizar a Erich enseñándole cómo conectar el equipo, una tarea que sabía lo mantendría alejado de Bill. El menor se sentó en el sofá y le mandó a Georg algunos mensajes amenazantes, para pasar el tiempo. Eventualmente, el castaño llegó quince minutos tarde, lo que siendo él, no era muy malo. Los gemelos le gritaron por ser un holgazán y él se los quitó de buen humor, y luego fue momento para centrarse en lo que debían.
Durante el ensayo, Bill se olvidaba constantemente de que Erich estaba ahí. Se distraía con Tom jodiendo el cambio a un coro (y después negándolo) o con Georg tocando demasiado lento. Cuando Tom cometió el error de gritarle a Gustav por arruinar un intro, el rubio salió del lugar, glacial y con la cara roja. A pesar de ser un año mayor que los gemelos, Gustav era el inocente del grupo y el más sensible. Era mejor ignorar uno de sus errores a menos que se repitiera. De otra forma, se ponía a la defensiva.
– Voy a hablar con él – Georg colocó su bajo en el suelo. – De todos modos, es momento de un descanso.
– Tú siempre piensas que es momento de un descanso – lo molestó Bill, más por hábito. El pelinegro colocó el micrófono en su base y se unió a Erich en el sofá. – ¿Ya te aburriste?
– Para nada – contestó Erich entusiasmado. – Ustedes son geniales. De verdad te mueves como una estrella de rock. Tu voz es maravillosa, también. Y las canciones son fantásticas. ¿Quién las escribe?
Bill se infló. – Yo, la mayor parte. A veces los otros–
– Los productores escriben la mayoría. Bill coopera con una palabra y luego dice que él escribió la canción completa – lo cortó Tom.
– ¡Eso es mentira! – gritó Bill, indignado. – ¡Tengo una carpeta completa llena de poemas y canciones! Todas nuestras canciones–
– Dios, detén tu ataque al corazón – sonrió Tom burlón. Bill gruñó frustrado. Tom sabía mejor que nadie cuánto había del corazón de Bill en su música, porque era igual con el gemelo mayor. Ambos habían pasado incontables noches despiertos hasta horas extremas, trabajando en cosas nuevas. Era la única ocasión en que podían expresar sus opiniones sin pelearse o burlarse del otro.
– Hey – murmuró Erich, tocando la muñeca de Bill. – Yo también escribo poesía.
– ¿En serio? – dijo Bill emocionado. Los únicos amigos que tenía y que escribían poesía eran chicas.
– Todo el tiempo – dijo Erich, añadiendo con una tímida sonrisa. – Te mostraré la mía si tú me muestras la tuya.
– Quizá después del ensayo podamos-¡Hey! – gritó Bill, saltando para ponerse de pie. Tom acababa de derramar su vaso de bebida energizante roja en el regazo de Bill.
– Ups – dijo Tom inocentemente.
– ¡Mierda, Tom! – se quejó Bill, corriendo hacia el baño para intentar enjuagar sus pantalones antes de que se mancharan. Apenas se los hubo quitado y los tenía en el lavabo cuando Tom llegó a su lado. – ¡Cierra la puerta! – siseó Bill.
Tom la cerró y se recargó contra ella, mirándolo fregar la parte delantera de los pantalones. – Georg me mandó un mensaje. Fueron a McDonald’s.
– Bien – dijo Bill distraídamente, su lengua entre sus labios mientras frotaba la tela con un poco de jabón para manos. – Gracias por arruinar mis pantalones, torpe idiota.
– De por sí ya eran horrorosos – dijo Tom. – No puedes ver la diferencia. Los mejoré, si acaso.
Bill sostuvo el mojado, manchado material. En verdad no había mucha diferencia. Fulminó a su hermano con la mirada, estando de acuerdo sin palabras, y después ambos rieron. Bill los exprimió, se los puso y dijo tontamente. – ¡Mira mis originales pantalones Tom Kaulitz!
– Podrías iniciar una nueva moda. Pantalones Pene Sangriento – dijo Tom. Eso los hizo explotar en carcajadas. Se reían de forma tan escandalosa, que casi ni escucharon a Georg gritarles para que fueran a comer.
Cuando vio a todo el mundo en la mesa comiendo Big Macs, Bill se sintió mal por haberse olvidado de Erich otra vez. No estaba acostumbrado a tener a alguien más mientras practicaban. Andreas iba de vez en cuando, pero él no contaba. A veces algunos amigos llegaban ahí, o Tom y Georg llevaban chicas pero nunca cuando ensayaban en serio; demasiada pelea siempre terminaba involucrada. Era raro tener testigos que vieran la pereza de Georg y los silbantes puños de Gustav.
Los ojos de Georg se abrieron a más no poder cuando vio a Bill. – ¿Qué demonios de pasó?
– Está con la regla – le siguió la corriente Gustav, devorando sus papas fritas.
– Son los Pantalones Pene Sangriento – dijo Bill seriamente, tomando asiento. Tom soltó una carcajada. Las confundidas y asqueadas expresiones en los otros tres chicos pusieron a los gemelos en histéricas risas de nuevo.
&
Eran casi las nueve de la noche cuando dejaron a Erich en su casa. – ¿Quieres entrar un rato? – preguntó el adolescente tan luego salió del auto.
– Um, quizá más tarde – dijo Bill, señalando sus sucios pantalones. – Tengo que bañarme. Sigo pegajoso.
– Está bien, entonces, tienes mi número. O de otra forma, nos vemos mañana si es que no estás ocupado – Erich le agradeció a Simone el viaje, se despidió deseándoles buenas noches y se fue. Tom no perdió tiempo en llegar al asiento delantero, riéndose del regaño que le estaba dando Simone por casi haberla pateado en el codo.
– ¡No es justo! – lloriqueó Bill.
– Te dormiste, perdiste – dijo Tom con aire de suficiencia, poniéndose el cinturón de seguridad y enfocándose en su celular. – Hey, mamá, ¿podrías llevarme al parque de patinetas más tarde?
– ¿Qué hora es ‘más tarde’? Tengo que trabajar mañana – contestó Simone. – Los adultos no tenemos vacaciones de verano, ¿sabes?
– Sí, sí – masculló Tom. – Algo así como, ahora. Sólo quiero dejar mi guitarra y tomar mi patineta y hacerme un emparedado o algo así.
Simone aceptó, y Bill dijo. – ¿Entonces también puedes pasar a dejarme con Erich?
– Te tardas mucho tiempo bañándote y eso. Wolfie me está esperando – objetó Tom. – Además, ¿a qué hora llegarás a casa? Yo puedo patinar con mis amigos para regresar; mamá tendría que ir a recogerte. Y tiene que trabajar mañana.
– ¿Desde cuándo te importa una mierda el horario de mamá? – dijo Bill exasperado. – Puedo regresar caminando a casa.
– ¿A qué hora? ¿A media noche? Te arrollará un carro – dijo Tom. – Pensarán que eres un perro callejero.
– ¡Jódete! – espetó Bill.
– Tiene razón, cariño – dijo Simone, para descontento de Bill. – No quiero que camines a casa tan noche.
Bill no le quiso decir a su mamá que había hecho eso la noche anterior, ebrio, y que Tom estaba perfectamente consciente de ello. En lugar de eso, golpeó su espalda contra el asiento y maldijo en silencio.
– ¿Por qué no le pides a Erich que se vean en el parque también? – sugirió Simone.
– El parque de patinetas es para patinadores. Además, todavía tendría que caminar a casa – señaló Tom.
– Está bien, mamá – dijo Bill. – Lo veré mañana.
– Tenemos ensayo mañana – dijo Tom.
– Si no terminamos muy tarde, puedo ir con él después – retrucó Bill.
– ¿Vas a cortar el ensayo para que puedas irte? – dijo Tom molesto. En el mundo de los gemelos, era alta traición poner algo más antes que la banda. – ¿Por qué no me sorprende?
– ¿Qué coño se supone que eso significa? ¡No voy a cortar el ensayo! Nunca nos quedamos tan tarde, Tom – se defendió Bill. – Siempre pongo a la banda primero, ¡eres tú quien parece lleno de mierda!
Tom bufó ante eso, girándose sobre su asiento para mirar a su hermano como si estuviera loco. – ¿Siempre pones a la banda primero? ¡Sí, claro! ¡Me quedó claro, joder!
– ¡Dime cuándo no lo he hecho! – demandó Bill. – ¡Dame un puto ejemplo!
– ¡Tú…! – farfulló Tom, su voz aguda por la rabiosa incredulidad que sentía. – Tú, joder… joder… joder…
– Suficiente – dijo Simone, encendiendo la radio. – No se habla más. No se habla más mientras estamos en el auto hasta que los dos aprendan a comunicarse decentemente.
– Entonces nunca hablaremos de nuevo – le advirtió Bill.
– Perfecto – aceptó ella.
Cuando Bill se hubo bañado y puesto sus pijamas, Tom ya se había ido. Bill miró televisión hasta la media noche, comiendo dulces y mensajeándose cosas sin sentido con Andreas, y después se fue a la cama y escribió poesía oscura hasta que cayó dormido.
Continuará…
Notas de la Autora: ¡Los comentarios son apreciados! Recuerden, cada vez que dejan un comentario, ¡Bill se hace la manicura! Y cada vez que se van sin comentar, se le rompe una uña (;_;)
Notas de la Traductora: ¡No, no dejen que al pobre Billi se le rompa una uña! Duele de los cojones u.u
Hey, ya se acerca lo que muchas mentes sucias esperan por aquí, eh *sonrisa, sonrisa*
Uh, huh, empieza lo bueno!!!
Me esta gustando mucho esta historia ☺️☺️☺️☺️☺️
Cosas sucias 😈