

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif
Capítulo 13 (P.1)
Fue una experiencia totalmente diferente para Bill el ir con su hermano a una de las fiestas de Erich. Tom todavía parecía reticente en que Bill saliera con sus amigos, pero tampoco parecía salir mucho con ellos. Parecía querer retomar su antiguo hábito de no separarse el uno del otro. Conversaciones separadas en lugares separados de la sala estaban bien, pero no salía al patio trasero sin llevarse consigo a Andreas y a Bill. Una vez ahí, Tom se giró y empezó a platicar con una chica rubia, pero a Bill no le importó.
Andreas, por su parte, estaba por la luna al ser un trío otra vez. Estaba abiertamente emocionado de regresar de su posición “muy mejor amigo” que había tenido todo el año pasado a “mejor amigo sin contar a mi gemelo” de antes. —¡Así es como debe ser! —gritó—. Ya no tendré que elegir con quién estar. Ya no habrá más insultos a espaldas del otro.
—Ya no nos escucharás pelear —agregó Bill.
Andreas le miró, incrédulo. —No exageres.
Bueno, Bill podía admitirlo, los gemelos todavía peleaban. La mayor parte de las veces sobre cosas tontas que olvidaban diez segundos después, como acusar al otro de tener el estéreo demasiado alto. El gusto en música de Tom era tan malo como su gusto por la moda, y la línea de defensa del cantante cuando Tom ponía rap a todo volumen era esconderse en su habitación y escuchar rock. Normalmente, todo terminaba en Simone gritándoles que “¡apagaran esas porquerías!”. Entonces ambos tomaban sus iPods y se acostaban juntos en la cama del mayor.
Algunos podrían preguntarse por qué no se saltaban todas esas peleas sin sentido y simplemente comenzaban con los iPods. La verdad era que de alguna forma lo disfrutaban, de la misma manera en que a los cachorritos les gustaba pelear y morder a sus hermanos. Era agradable pelear para liberarse de la tensión, y reconciliarse quejándose de lo injusta que era su madre y besándose para alejar los pucheros de sus labios.
Tom le dio un codazo. —Hey, tráeme otra cerveza.
—Ve tú por ella —respondió Bill, mirando a la rubia coquetear con su hermano. Era mayor, como la mayoría de los jóvenes en la fiesta, y era linda. Incluso aunque su torso fuera demasiado largo para su cuerpo. Y aunque sus piernas estuviesen chuecas. Y su piel no era tan bonita. Y…
Tom le volvió a dar un codazo. —Anda, ve tú.
—Flojo —dijo Bill en voz baja.
—¿Quieres que vaya contigo? —se ofreció Andreas.
—Nah —dijo Bill—. Ya regreso.
No tuvo que ir hasta la cocina porque, en algún punto del verano, Erich adquirió un par de enormes hieleras de plástico. Estaban alineadas contra un costado de la casa y se encontraban llenas con hielos y cervezas. Bill estaba sacando tres latas cuando Erich apareció.
—¿Te diviertes? —dijo, sacando una cerveza y cerrando la hielera.
Bill sonrió. —Sí, por supuesto. Tus fiestas siempre son geniales. Entonces, ¿él está aquí?
‘Él’ hacía referencia a un chico llamado Trevor que estaba en el comité del anuario, con Erich. Tenía dieciocho años, era abiertamente gay, tenía licencia para conducir y su propio auto, y había colado una sugerente nota en el casillero de Erich el viernes. Wolfie había hablado sin parar al respecto a la hora del almuerzo, asegurando que Trevor era totalmente guapo, y Bill estaba curioso por verlo con sus propios ojos.
—Todavía no —respondió Erich, sus mejillas coloreándose.
—Te estás ruborizando —se burló Bill, guiando el camino de regreso con Tom y Andreas.
—Cierra la boca —rió Erich.
—Gracias —dijo Tom distraído cuando Bill le dio una cerveza. Después notó a Erich—. Oh, hey.
—Hola —dijo la rubia.
—Hey —saludó Erich a ambos.
Tom puso un brazo alrededor de los hombros de Bill y regresó a su conversación con la rubia. Bill se recargó contra su hermano, abriendo su propia cerveza y dándole un largo trago. Andreas llegó y tomó la tercera lata, después regresó a platicar con un grupo de chicos al lado.
—¿Planes para su cumpleaños? —preguntó Erich.
—Mañana tendremos una cena familiar. Algo así como nuestros abuelos y eso. Nada grande porque tenemos escuela al otro día —dijo Bill.
—¿Su mamá no les dejará faltar a clases?
—Trabajamos en ello —respondió el cantante.
Erich sacó un sobre de su bolsillo. —Te compré algo.
—No tenías que hacerlo —dijo Bill feliz, abriendo el sobre. Dentro estaba una tarjeta de regalo de 100 euros de una tienda de música local—. Oh, vaya, es… tú…
—Es para ambos —dijo Erich rápidamente—. Así podrán comprar cosas para su banda o algo.
—Gracias, es maravilloso —dijo Bill, sincero. Le dio un codazo a Tom—. Hey, mira.
Tom le quitó la tarjeta de las manos, sus ojos se abrieron a más no poder cuando se dio cuenta de lo que valía. —¡Vaya!
—Es para ambos —repitió Erich—. Para la banda.
—Eres genial —dijo Tom—. Pero me siento mal…
—No, no te sientas así —dijo Erich—. Tú trajiste aquella pipa para mi cumpleaños, ¿no?
—Sí —respondió Tom, inseguro. Obviamente él no se había gastado cien euros… ni siquiera cincuenta.
—Amigo, en serio —le dijo Erich—. Soy… ya sabes. Es mi mesada. Y Bill me dio uno de sus discos, asegurándome que algún día valdría una tonelada de dinero. Así que estamos a mano.
—Bueno, eso es verdad —sonrió Tom—. Gracias, amigo.
La rubia habló, regresando la atención de Tom a ella, y Bill guardó con cuidado la tarjeta en su bolsillo.
—¿Cómo serán sus horarios de prácticas ahora? —preguntó Erich.
—Nuestros padres nos obligaron a dejarlo la primera semana de clases, por alguna tonta razón —dijo Bill—. Pero practicamos ayer después de la escuela y todo el día de hoy. No podremos mañana porque nuestros abuelos vendrán, y luego es nuestro cumpleaños, pero el martes regresaremos al horario. Hay un autobús que pasa cerca de la escuela que nos deja no muy lejos de nuestro lugar de ensayos. Lo tomaremos y después Gordon irá por nosotros cuando salga de trabajar.
—Ustedes son muy dedicados —dijo Erich, claramente impresionado.
—El éxito no llegan sin sacrificio —respondió—. Ser una banda exitosa es la cosa más importante en el mundo.
—Lo dices todo el tiempo —notó Erich—. Sólo no olvides que hay una sola infancia, ¿sabes? No puedes volver el tiempo y tener trece años otra vez. O catorce, como sea.
—¿Quién diablos querría volver a tener trece? —preguntó Bill, incrédulo—. Oh, ¿pobre de mi si me vuelvo famoso y no tengo que regresar a la escuela para ver a todos esos idiotas que odio? Lo primero que haré será empacar y largarme de Magdeburgo. No voy a extrañar nada de esta mierda.
—Muchas gracias —dijo Erich secamente.
—No me refiero a mis amigos —dijo Bill—. O mi familia. Pero aparte de eso, este pueblo se puede ir al infierno.
—¿En dónde vivirás, entonces? —preguntó Erich.
—En una mansión de Hamburgo —estableció Bill—. Con Tom y un montón de perros.
—Lo tienes todo planeado, ¿no es cierto? —dijo Erich, luciendo divertido.
—Por supuesto —respondió Bill, confiado.
Erich hizo una pausa, algo en la distancia atrapó su mirada. —No voltees.
—¿Qué? —dijo Bill, girando el cuello para ver.
—¡No! —advirtió Erich—. Trevor acaba de llegar. Oh, ya me vio. ¡Viene para acá!
Bill se quedó quieto, no queriendo avergonzar a su amigo, y se sorprendió cuando el chico llegó a su visión. Era algo y musculoso, con piel bronceada y una mandíbula cuadrada. Parecía un matón, excepto que sus ojos verdes y su voz profunda eran amigables.
—Hola, soy Trevor —dijo.
—Bill —logró responder.
Después de un poco de charla, Trevor le pidió a Erich hablar en privado. —Seguro —contestó el susodicho y le dijo a Bill: —¿Te veo luego?
—Claro —respondió Bill al momento—. Gusto en conocerte, Trevor.
—Igualmente —respondió Trevor, tomando a Erich de la mano mientras se alejaban. Erich miró atrás, nervioso, y Bill alzó los pulgares para darle ánimos.
Seguía pensando en ello minutos después, cuando Tom se le acercó. —¿Qué?
—¿Qué? —repitió Bill, notando que la rubia ya no estaba.
—Estás pensando en algo —dijo Tom—. ¿En la tarjeta de regalo?
—Oh… —Negó con la cabeza—. Es que… ¡No se parece en nada a mí!
—¿Quién? —preguntó Tom, parpadeando confundido, se relajó cuando comprendió—. Eres muy engreído.
—No es cierto —negó Bill—. Es que creí… No sé… Creí que…
—¿Creíste que Trevor sería un clon tuyo o algo así? ¿Pensaste que Erich estaría encaprichado contigo por el resto de su vida? —se burló Tom.
—Eres un tonto —gruñó Bill. Tom le picó las costillas, y Bill saltó, alejándose—. ¿Dónde está tu acosadora?
—¿Uh? —preguntó Tom.
—La de piernas cortas —elaboró Bill—. Y con cabello oxigenado y puntas abiertas…
Tom sonrió. —Fue a encontrar a su novio.
—Oh… Iba a decir que se veía agradable —dijo Bill haciéndose el inocente.
—Ajá… —Tom reía ahora, luciendo complacido.
—Heyyyy —Llegó Andreas, chocando contra ambos. Puso sus brazos alrededor de los cuellos de los gemelos—. Hey, chicos, ¿saben qué deberíamos hacer? ¿Por los viejos tiempos? ¿Para celebrar su cumpleaños?
—¿Qué? —preguntó Bill, indulgente.
—¡Deberíamos meternos a la piscina pública! —exclamó Andreas—. No lo hemos hecho desde… ¡No recuerdo!
Las miradas de los gemelos se encontraron; una rápida y silenciosa plática comenzó. —¡Hagámoslo! —dijeron al unísono.
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—No puedo —insistió Bill, en la parte alta de la cerca balanceándose sobre su estómago—. Me voy a caer.
—Deja de ser tan marica —dijo Tom—. Yo te empujaré y Andi te atrapará, ¿de acuerdo?
—Está bien —respondió Bill, inseguro. Había saltado incontables cercas, pero nunca ebrio. Temía aterrizar sobre su cabeza y romperse el cuello, o arañarse el rostro o algo. Sintió dos manos posarse en su trasero y empujarle, y luego estaba del otro lado, aterrizando sobre Andreas, quien cayó al suelo. Bill levantó ambas manos para sostenerse, gritando cuando un pinchazo de dolor le atravesó su palma derecha.
—¡No estaba listo! —se quejó Andreas.
—¡Ow, mi mano! —lloriqueó Bill— ¡Tom, idiota!
—¡Lo siento! —Tom saltó la cerca fácilmente y se agachó para inspeccionar su herida—. ¡Oh, mierda! Hay algo ahí.
Bill se estremeció. —¿Qué es?
Andreas se acercó para ver. —Luce como una piedra o algo así. Una piedrita negra.
—¡Oh, Dios! —Bill se llevó la mano al pecho—. ¡Genial, ahora necesitaré cirugía!
—¿Te duele? —Tom tomó su mano y la tocó suavemente.
—En realidad no. —La piel alrededor de la herida estaba roja, y Bill sospechaba que le dolería en la mañana, cuando estuviese sobrio.
—Lávate en el agua —sugirió Andreas—. El cloro, bueno, la desinfectará.
Los chicos caminaron hasta la piscina y se desvistieron hasta quedar en ropa interior, apilaron sus ropas en un camastro. Bill y Andreas se sumergieron, mientras que Tom fue directo al trampolín.
—¡Gerónimo! —gritó Tom, dando un pequeño saltó para caer de cañonazo en el agua. Salió a la superficie cerca de Bill, escupiéndole agua.
Bill se giró, aventándole agua para combatirle. —¡Basta!
—Basta —le imitó Tom, tomándole de las muñecas y escupiéndole más agua, a lo que Bill se removió indignado.
—¡Están siendo demasiado escandalosos! —siseó Andreas, llegando a su lado y poniendo una mano en cada cabeza, intentando ahogarlos. Tom liberó a Bill y juntos sumergieron a Andreas bajo el agua. Se aventaron agua y sumergieron entre ellos. Después de un tiempo, se cansaron y solo flotaron sobre sus espaldas, viendo las estrellas.
—¿Crees que los extraterrestres hagan música? —reflexionó Bill.
—Sí, estoy seguro —dijo Tom.
—Me pregunto como sonará —siguió Bill—. Me pregunto si me gustaría.
—Quizá los humanos no podamos oírla —dijo Andreas.
—Yo soy un alien —dijo Bill.
Andreas resopló, pero Tom dijo: —¿Sí?
—La gente en la escuela, incluso los profesores, me tratan como si fuera del espacio exterior. Quizá algún día una nave vendrá por mí —dijo Bill, sus ojos buscando algo en el cosmos—. Allá arriba, en alguna parte, quizá haya un lugar donde pertenezca.
Una mano húmeda rozó la suya, y se giró para ver a su gemelo entrelazar los dedos con los suyos. —Si tú eres un alien, entonces yo también —dijo Tom.
—¡Cuando la nave espacial se abra, saldrá un montón de aliens con rastas y delineador! —rió Andreas.
—¡Exactamente! —rió Bill. Los dedos de Tom apretaron los suyos, y él apretó de regreso.
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La chica rubia de la fiesta le había dado a Tom una bolsita de plástico con media docena de cigarros por su cumpleaños, y los chicos sacaron uno de camino a casa. Noqueó totalmente a Andreas, quien se acurrucó en la cama de Bill sin siquiera molestarse en ponerse ropa.
Bill hizo un gesto ante los empapados bóxers en su alfombra. —¡Ve a poner tu ropa interior en la bañera, Andi!
Andreas ni siquiera respondió. Ya estaba babeado.
—Idiota —murmuró Bill. Se quitó la playera y la usó como una barrera protectora para levantar la ropa interior de Andreas y aventarla a la bañera. Vio a Tom subiendo las escaleras con una botella de soda y una caja de mini donitas espolvoreadas en los brazos.
—Dame —le dijo, siguiéndole hasta su habitación. Se sentaron en el suelo a comer. Bill tomó la bolsa de donas, leyendo la etiqueta—. Creo que eran para mañana.
—¿A quién le importa? —Tom la tomó de regreso y la abrió. Jugaron a eructar tan fuerte como pudieran después de tomarse toda la bebida y se llenaron la boca con donitas enteras, intentando no ahogarse al reírse. No les preocupaba ser ruidosos; la habitación de sus padres estaba hasta el otro lado de la casa, en la planta baja.
Cuando se acabaron las donitas, se limpiaron el azúcar de las manos. Tom se quedó en el baño para orinar y Bill regresó a la habitación de su hermano y se sentó en la cama, deseando platicar un poco más antes de dormir. Tom regresó, le puso el seguro a la puerta después de entrar y cerrara, aventó una toalla de manos a la cama y comenzó a desvestirse.
—¿Para qué es la toalla? —Bill la tomó, revisando si en el suelo había soda derramada.
Tom sonrió, lobuno, apagando las luces. Se giró a su mesita de noche, se puso de rodillas para buscar bajo la cama.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bill en voz baja.
Tom sacó una botellita de aceite para bebé y la puso en el buró. Le guitó a Bill los calcetines y subió a la cama, yendo por el cinturón del otro. Bill se alejó un poco. —Andreas —susurró.
—Está dormido —susurró Tom de regreso.
—Podría despertar —dijo Bill, alejando las manos de su hermano cuando intentó acercarse de nuevo—. ¿Y si se levanta a mear o algo?
—No lo hará —le aseguró Tom. Se agachó, obviamente yendo por el pezón del menor, y Bill le empujó la cabeza. Ya se sabía el truco.
Tom suspiró. Se recostó llevándose a su hermano con él, y Bill se dejó voluntariamente. —¿Al menos puedo besarte.
Bill entrecerró los ojos. —¿Sólo besar?
—Sólo besar —respondió Tom con seriedad.
—Eres un mentiroso —sonrió Bill—. Sé lo que harás.
—¿Qué es lo que haré? —preguntó Tom en voz baja, llevando una mano al pecho de Bill para pellizcar el tan sensible pezón.
Bill jadeó. —¡Lo sabía!
La risa de Tom fue un bajo gruñido en su garganta mientras se inclinaba a lamer ese pezón. —De acuerdo, me atrapaste.
Bill dejó que Tom le desvistiera y se le subiera encima. Sus piernas se enredaron y se besaron. —Tenemos que ser silenciosos —advirtió Bill.
—Entonces cállate —respondió Tom, riendo cuando Bill le golpeó. Lamió un caminito bajando por el torso de Bill—. Sabes a cloro.
Tom puso un dedo en la boca de su hermano y dijo: —Chupa.
Mientras Bill obedecía la orden, Tom tomó el pene del menor en su boca y le dio el mismo tratamiento que su dedo recibía. Cuando Bill tragaba la longitud entera, Tom también. Cuando Bill jugueteaba con su lengua la puntita, la lengua de Tom le lamía la corona, haciéndole soltar un chillido y morder.
—Me saltaré la última parte —dijo Tom, generoso.
Bill se encontraba muy ocupado jadeando como para decirle ‘idiota’. Tom le tomó de los muslos y lo jaló un poco sobre la cama, reasumiendo su posición, moviéndose un poco.
—¿Qué…? —murmuró Bill, sólo dándose cuenta de lo que pasaba cuando la polla de Tom casi le saca un ojo.
Tom le miró desde arriba por el espacio que había entre sus cuerpos. Levantó una ceja, tomó el miembro de Bill en una mano y se lo volvió a meter a la boca. Bill levantó la cabeza, tomó el pene de Tom y comenzó a comérselo como si fuera su último alimento.
Entre más lo hacía, más desesperado se ponía Bill. Tom le lamió las bolas y la pequeña porción de piel tras ellas. Bill le agarró el trasero, urgiéndole a que le follara la boca. El menor se sentía tan caliente, tan listo para algo más, que buscó a ciegas alrededor hasta que encontró la botellita de aceite para bebé en la mesita de noche y se la extendió a Tom. El mayor todavía tenía la boca llena y Bill no tenía cómo saber si su hermano estaba poniendo atención a lo que le ofrecía, así que le golpeó suavemente en la espalda con la botella.
Sintió a Tom separarse de su cuerpo y un dedo seco comenzó a frotar su agujero, pero nada más. Bill pellizcó la cintura de su hermano de forma impaciente. Dobló más las piernas, exponiéndose, invitándole. Tom gruñó y tomó ambas nalgas de Bill, apretándolas pero sin hacer aún algo más satisfactorio.
Bill, reluctante, liberó el pene de su hermano y empujó las caderas del mayor hacia arriba para poder echar un vistazo entre sus cuerpos. Por lo que podía ver, Tom solamente le miraba. —¿Qué estás haciendo?
—Voy a… Voy a hacer algo —respondió Tom lentamente, como decidiéndose. Volvió a cambiar posiciones, guiando a Bill hasta la parte superior de la cama para que descansara sobre las almohadas mientras él se posicionaba entre las piernas abiertas del menor. Empujó los muslos interiores de Bill, obligándole a doblar las piernas otra vez exponiendo su trasero en el aire, y se inclinó hacia abajo.
Al principio, Bill pensó que Tom iba a ir directo por sus testículos. Inhaló entrecortadamente, sorprendido, cuando Tom le lamió el culo. —Hey, Dios —gimió, removiendo ambas manos sobre las sábanas—. Oh, Dios mío, Tom —gimió sin aliento, jadeando bajo una serie de pequeñas lamidas.
La nariz de Tom le rozaba el perineo, sus labios y lengua le mandaban olas de placer eléctrico por todo su cuerpo. Estaba medio consciente de que estaba moviéndose tan bruscamente que las cosas —almohadas, una manta— estaban cayendo al suelo. La botellita de aceite casi rueda hasta la orilla de las sábanas, pero Tom la atrapó en el último momento, sentándose sobre sus talones y mirando hacia abajo los ojos llenos de lujuria de su gemelo.
—Nononono —gimió Bill, levantando una mano en dirección a Tom. El guitarrista le respondió cubriendo de aceite su propia mano, lubricando su polla, antes de deslizar dos dedos dentro del coqueto agujerito de Bill.
—Oh Dios mío —exhaló Bill, arqueándose para recibir la intrusión. Dos dedos rápidamente se convirtieron en tres, con Tom sacándolos y volviéndolos a introducir —follando a Bill— más fuerte de lo que nunca había hecho. Todo lo que el cantante podía pensar es que quería probar eso con la polla de Tom.
Y entonces obtuvo lo que deseaba, aferrándose a los hombros de Tom y gritando cuando el miembro de Tom entró más profundo. Tom le besó para ahogar el sonido. —Shh —le recordó.
Bill agitó la cabeza y le tomó del rostro con ambas manos, besándole de manera hambrienta, intentando no hacer mucho ruido mientras Tom lo clavaba en la cama con estocadas devastadoramente rítmicas. Le había permitido a Tom entrar todos los días de esa semana, y hasta entonces se habían limitado a una cuidadosa exploración. Cada vez le dejaba entrar algo más profundo, permitiéndole permanecer ahí más tiempo, y cada vez se había sentido mejor. Quizá el alcohol y la mariguana era lo que le ponía más juguetón, o tal vez era la práctica, o el resultado de cuán increíble se había sentido tener la lengua de Tom en su trasero, pero Bill nunca antes había disfrutado tanto tomar la polla de Tom.
Siempre se sentía bien; esta ocasión era fantástico. Se aferraba a su hermano con brazos y piernas, le abrazaba como un koala. Tom le acariciaba el cabello y le susurraba al oído, frases incompletas, dulces y coquetas. Se besaban descuidadamente y jadeaban en la boca del otro, sus ojos firmemente cerrados.
Tom manejaba a su hermanito, doblando su cuerpo para acomodar los ángulos de sus embates. Bill se masturbaba vigorosamente, persiguiendo el orgasmo que se formaba en su interior. Tom entró más profundo y rotó las caderas, metiéndose tanto como podía. Metió su lengua en la boca de Bill y el cantante la tomó, apretando aún más el agarre que tenía en su propio pene, y se vino con fuerza entre sus agitados cuerpos.
Tom se atoró en un respiro, permaneciendo inmóvil hasta que el cuerpo de Bill se relajó, y después salió, jadeando y corriéndose al instante, vaciándose sobre la entrepierna y los muslos de su hermano. Bill le empujó para poder caer completamente en la cama, exhausto. Tom aterrizó a su lado.
Se quedaron ahí en silencio mientras sus pulsos se tranquilizaban y el sudor se enfriaba en sus cuerpos. Bill recordó a Andreas y pensó que probablemente deberían limpiarse y ponerse las pijamas, a lo mejor incluso dormir en su propia cama. Decidió que descansaría los ojos por un momento, y se durmió antes de notarlo.
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Bill y Tom durmieron hasta tarde, levantándose cuando su madre les tocó la puerta avisándoles que sus invitados llegarían en una hora. Bill se puso unos pantalones cortos y fue hacia su habitación, medio sorprendido al encontrar su cama vacía. Buscó su celular en el bolsillo y llamó a Andreas.
—Hey —Fue la respuesta.
—¿Dónde estás? —preguntó Bill.
—Mi mamá me levantó a las diez —dijo Andreas, como si fuera un crimen—. Me obligó a hacer mi tarea antes de que pueda volver a tu casa.
—Bueno, apúrate —dijo Bill—. Todo mundo llegará como en una hora.
—Ya casi termino —respondió Andreas—. Estoy terminando este estúpido ejercicio de matemáticas. No puedo creer que esa perra nos dio tarea en la primera semana de clases.
—Tom y yo terminamos ayer. Podrías habernos copiado —dijo Bill.
—Y hasta ahora me lo dices —gruñó Andreas.
Bill rió y se despidieron. Fue hacia el baño. La regadera estaba corriendo, así que se lavó los dientes y orinó mientras esperaba.
—¿Bill? —Tom le llamó encima del ruido del agua.
—¿Sí? —respondió.
—¿Quieres ayudarme a lavar mis rastas?
—No —contestó honestamente. Era un proceso tedioso el limpiarlas con un shampoo especial y después enjuagarlas y secarlas de la raíz a la punta.
—Huelen a cloro —dijo Tom, y Bill se sonrojó al recordar lo que habían hecho la noche anterior.
Se metió a la regadera, sonriendo.
—¿Te duele? —preguntó Tom acariciándole la espalda baja con cuidado.
—Sí —respondió—. Lo hiciste muy fuerte.
—¡Te gustó! —se defendió Tom.
Bill le sonrió con descaro. —Nunca dije que no me había gustado.
Tom le tomó la mano derecha y estudió su palma, pasando los dedos sobre el pequeño bultito que tenía. Bill gritó y se alejó. —Esa piedra sigue ahí.
—¡La había olvidado! —chilló Bill—. ¡Aw! En serio, voy a necesitar cirugía.
—Déjala ahí. ¿A quién le importa? —Tom se encogió de hombros.
—¡¿A quién le importa?! —se quejó Bill.
Tom dijo: —Se ve bien, ¿no lo crees?
Bill miró el área afectada con ojo crítico. La pequeña piedrita negra era apenas visible bajo su piel. Quizá si se veía bien.
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—¡A cenar! —gritó Gordon al pie de las escaleras.
—¿Diez minutos más? —gritó Tom de regreso. Georg, Gustav, Andreas y los gemelos estaban jugando con los videojuegos que Oma y Opa les habían dado por su cumpleaños.
—La comida se va a enfriar —gritó Simone—. Pueden jugar después de que comamos.
Los chicos suspiraron y gruñeron, pero detuvieron el juego y bajaron las escaleras para sentarse a la mesa. Bill estaba al lado de Oma, dejándole besarle las mejillas por la centésima vez esa noche. Notó que había dos platos extra preparados. —¿Alguien más va a venir?
Simone le pasó el tazón de pasta y contestó: —Sí.
La forma en que lo dijo le hizo saber que sería una sorpresa. Se removió feliz sobre su asiento, sus ojos pegados a la puerta como si los invitados fueran a llegar a su señal.
—Una olla vigilada nunca hierve [1] —aconsejó Oma, palmeándole una mano—. Cómete tu sopa, cariño.
Bill arrugó la nariz pero mordió un trozo de pan de ajo y enredó un poco de pasta en su tenedor. Pasaron unos buenos quince minutos antes que el timbre sonara, y Bill ya estaba a medio levantarse cuando Simone avisó: —Yo voy.
Al principio fue algo anti-climático cuando David y Pat entraron por la puerta, hasta que Bill captó lo que llevaban en las manos. —¡OH MI PUTO DIOS! —gritó, saltando de su silla.
—¡Santo Dios! —murmuró Oma, escandalizada.
—Lo siento, Oma —gritó Bill sobre su hombro, corriendo hasta David para tomar un estuche. David rió y lo sostuvo sobre su cabeza, fuera del alcance.
—¿De verdad son? —preguntó Bill, saltando a su alrededor intentando atraparle. Los otros chicos le habían seguido más lentamente, pero Bill podía ver que también estaban emocionados.
—Tenemos una copia para cada uno —dijo Pat, extendiéndole una a Bill.
—¡Oh, Dios mío! —Se la llevó al pecho como si fuese a volar.
Tom fue directo al estéreo en la sala con su copia. —¡Lo voy a poner!
—La cena se va a enfriar —dijo Simone, pero al mismo tiempo caminaba hacia el mueble que tenía las bocinas.
—¿Qué sucede? —preguntó Opa desde la mesa.
—¡Es nuestro álbum! ¡Nuestro álbum está hecho! —gritó Bill feliz, bailando alrededor de la habitación mientras los demás se apilaban en el sofá. Las primeras notas del tema de apertura sonaron, y todos gritaron felices, chocando las manos con todos y dejando que Bill les abrazara afectuosamente. Se aventó en un abrazo de oso contra Tom— ¡Tomi!
Tom le abrazó de vuelta, y Gustav y Georg comenzaron a burlarse por el apodo. Escucharon atentamente las primeras cuatro canciones, felicitándose los unos a los otros y proclamando lo pulidos y profesionales que sonaban.
—Es maravilloso, realmente maravilloso —dijo Simone—. Lo dejaremos puesto mientras terminamos la cena. Vamos, chicos.
Todos protestaron, pero ella puntualizó que tenían sus propias copias y que podían escucharlas tanto como quisieran. El resto de la cena fue más silenciosa, con los chicos concentrándose en la música.
—Debimos haber esperado hasta después de comer —se disculpó David.
—Está bien —respondió Simone, descorchando una botella de vino.
—Mama, ¿podemos tomar un poco? —preguntó Tom— ¿Para celebrar?
—Sólo un poquito —se unió Bill—. ¡Tenemos que hacer un brindis por nuestro nuevo álbum!
—Un poco no les hará daño —dijo Gordon—. Iré por las copas.
—Bueno, de acuerdo —aceptó Simone—. ¿Creen que a sus padres les importe?
Georg, Gustav y Andreas respondieron con un coro de: “¡No!”
Una vez las copas llegaron, los chicos tuvieron las suyas con sólo dos dedos de altura de vino. David hizo un brindis. —Por cuatro chicos muy talentosos y trabajadores: ¡trabajemos con ganas y hagamos todos sus sueños realidad!
—¡Salud, salud! —apoyó Gordon.
—¡Y por un contrato de grabación! —agregó Bill.
—¡Y por hacer un tour! —dijo Tom.
—¡Y por diez mil fans! —dijo Gustav, ambicioso.
—¡Cien mil! —dijo Georg.
—¡Y por agradecer a su mejor amigo en las notas del disco! —bromeó Andreas.
—Lo haremos —prometió Bill—. Tienes que irnos a visitarnos en el tour, como dijiste.
—Sí, puedes ayudar a quitarnos a todas las groupies —dijo Georg guiñando un ojo.
—Georg —amonestó Simone, rodando los ojos.
—¿Qué es eso? ¿Grupis? —preguntó Oma— ¿Es una palabra británica?
—Zackenbarsch —tradujo Opa para ella, creyendo que Georg había dicho ‘groupers’ [N.T.: En español, mero, una clase de pez]
—Ah —dijo Oma, “comprendiendo”—. ¿Van a ir de pesca?
—Uh, sí —le dijo Bill, yéndose por la salida fácil.
—Cuando su madre era joven, atrapé un salmón que pesaba veinte kilos —presumió Opa.
—No, a lo mucho diez —atacó Oma.
—Tú no lo recuerdas —Opa le quitó importancia.
—¡Recordaría un salmón de veinte kilos! —dijo Oma.
—¡Oh, escuchen! ¡Me encanta esta canción! ¡Escúchame, Oma! ¡Escúchame cantar! —Bill le dio su sonrisa más encantadora, y la mujer se derritió al instante.
—Sí, Billi —dijo, palmeándole la mejilla. Volvió a su comida, efectivamente distraída.
Después de cenar, escucharon el disco de nuevo, descansando para tomar su postre. Tom y Bill se pusieron de pie lado a lado, mirando las catorce velas encendidas de su pastel. Los dorsos de sus manos se rozaban, y era comprensible sin necesidad de decirlo en voz alta, cuál sería exactamente su deseo de cumpleaños ese año.
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A los nueve y media todo mundo se había ido. Los gemelos hicieron el último esfuerzo para obtener permiso de faltar a la escuela.
—Lo siento, pero no —dijo Simone—. Tuvieron mucha diversión este fin de semana. Es muy pronto como para que falten a clase.
—¡Todavía ni hacemos nada en la escuela! —dijo Tom— Vamos, mamá.
—Nadie estará aquí —dijo ella—. ¿Quieren que les permita faltar y quedarse en la casa solos? Eso no es divertido.
Bill y Tom se miraron el uno al otro.
—Mañana saldremos a cenar —siguió Simone—. Y les daremos sus regalos. Eso será suficiente celebración.
Bill pateó un costado del sillón. —¡Eso es muy injusto!
—¡Estupideces! —dijo Tom.
—¡Tom! —riñó Simone— Fin de la discusión. Ahora, vayan y pongan uno de sus nuevos videojuegos o escuchen su disco o algo.
Los gemelos subieron enojados hasta la habitación de Bill y azotaron la puerta tras ellos. Bill puso su copia del álbum en su estéreo y luego se acurrucó al lado de Tom en la cama.
—No puedo creer que mamá esté siendo tan terca —dijo, enojado.
Tom hizo un sonido de aceptación, llevando sus dedos al cabello de Bill. Se quedaron aquí en silencio, sólo hablando para comentar la música. Era impresionante lo bien que había quedado el disco. El valor de la producción era increíble. No pudieron encontrar una sola canción que quisieran cambiar; era perfecto.
La alarma de Bill sonó a la medianoche. La apagó y se giró hacia Tom con una sonrisa. —Feliz Cumpleaños.
—Feliz Cumpleaños —sonrió Tom de regreso—. Sólo cuatro años más para irnos.
—Tenemos que hacer una enorme fiesta cuando cumplamos dieciocho —estableció Bill con decisión—. Incluso si al otro día tenemos clases.
—Definitivamente —dijo Tom—. Y nos pondremos borrachos y manejaremos nuestros autos nuevos.
—Uh, quizá eso sería antes de beber —señaló Bill.
—Cierto —aceptó Tom—. Llegaremos a la fiesta en nuestros autos nuevos y nos pondremos borrachos.
—Podremos vestirnos muy elegante. Como con trajes de diseñador o algo así —dijo Bill.
—¿Trajes? Joder, no —dijo Tom—. ¿Qué tiene eso de divertido?
—Tooom —se quejó Bill.
—Tú puedes ponerte un traje —dijo Tom—. Yo quiero estar cómodo.
—Podemos encontrar trajes cómodos —argumentó Bill.
—Como sea, tenemos cuatro años para decidirlo —evadió Tom—. Justo ahora, estoy feliz de que tengamos el disco terminado. Ahora podemos trabajar de verdad en conseguir un contrato, como David dijo.
Bill asintió. Estaba feliz por muchas cosas: por el álbum terminado, por estar un año más cerca de ser adultos, por llevarse mejor con Tom. En mayor parte, estaba aliviado de que el peor año de su vida hasta ahora había terminado. Ya no tenía trece años.
Continuará…
[1] Una olla vigilada nunca hierve.
Es un refrán bien conocido que se refiere a que el tiempo se alarga cuando esperamos algo con ansia. ^^
Notas de la Traductora: Continúa en la siguiente entrada. ¡Capítulo larguísimo!