Thirteen 12

Notas de la Traductora: ¡Hola! Mcpofife, la autora de este fic, les dirige unas palabras a ustedes. Está enterada de la traducción y sabe el recibimiento que está teniendo.
“Estoy muy feliz de escuchar que les gusta mi fic. ¡Creo que es maravilloso que más gente pueda leerlo gracias al trabajo de Analif! De verdad admiro el enorme apoyo que Tokio Hotel recibe de los fans que hablan español. Sus esfuerzos son apreciados no sólo por la banda, sino por todos los fans de Tokio Hotel alrededor del mundo J”.
Gracias, chicos, por sus mensajes, y palabras lindas y por todo su apoyo. Yo, Analí, de verdad aprecio todo lo que hacen ^^
Ahora sí, a leer este capítulo que ya es el penúltimo.

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif

Capítulo 12

Bill estaba en la cocina de su departamento, agitando un tazón de cereal sin ganas. No podía creer que el verano se hubiese terminado tan rápido. Parecía solo ayer cuando se mudaron, y hoy estaban empacando para irse ya. Era sábado, y esta vez no nada más Franz venía de Hamburgo, sino que Simone y Gordon también. Traerían la van para que hubiese espacio para todo el equipo, instrumentos y maletas.

Gustav entró al lugar y fue directo al refrigerador.

—No puedo creer que nos vamos —dijo Bill, abatido—. Es como el fin de una era.

—La escuela ya va a iniciar —Gustav se encogió de hombros—. Sí, es horrible, pero cierto.

—No es solamente ‘horrible’ —respondió Bill exasperado—. Vivimos por nuestra cuenta, trabajamos en nuestra música, hacemos progresos, ¿y ahora tenemos que dejar todo atrás para regresar a la puta escuela en el puto Magdeburgo? Eso es una tragedia, Gustav.

—Oh —el aludido frunció el ceño.

Bill se cubrió la cabeza con ambas manos, miserable. —Como si necesitásemos Ciencias Sociales para ser estrellas de rock.

Gustav cerró el refrigerador. —¿Quieres ir a la tienda conmigo? Necesitamos leche.

Bill, quien había usado lo último que quedaba de lecha para su cereal, abandonó su apenas-tocado desayuno de inmediato. La tienda de abarrotes de la esquina vendía panecillos recién horneados todas las mañanas, incluyendo gruesos, esponjosos waffles, y la anciana que trabajaba en la caja siempre les ponía azúcar extra a los suyos.

—Dame dos segundos —dijo, corriendo para cambiarse los pantalones de su pijama por los jeans que usó el día anterior, palmeando el bolsillo trasero para asegurarse de que su cartera estaba dentro. Estaba metiendo los pies en sus zapatillas deportivas cuando la adormilada voz de Tom dijo su nombre.

—¿Qué? Ya me voy —dijo, impaciente. Era un hecho bien conocido que Gustav se dejaría a todo mundo atrás si lo hacían esperar demasiado tiempo.

—Ven aquí —le llamó su hermano con la mano. Bill miró a Georg, durmiendo en la cama de al lado, y negó con la cabeza. Tom bufó—. ¿Adónde vas?

—A la tienda —respondió Bill cortante.

—Tráeme un waffle —dijo Tom.

—Duh —Bill escuchó la puerta delantera abrirse y cerrarse, y corrió para alcanzarlo. Se precipitó por las escaleras sólo para encontrar a Gustav recargado contra la barandilla de la entrada, esperándole—. Idiota.

—Tengo hambre —contestó Gustav sin pedir disculpas. Caminaron lado a lado en el bullicio matutino de la ciudad por última vez ese verano.

—Puede ser que no volvamos a ver a estas personas —dijo Bill desolado, mirando a su vecina caminar al otro lado de la calle—. Adiós, gorda-señora-pelirroja-que-vive-frente-a-nosotros.

—Nos odia —le recordó Gustav—. Nos dice ‘callejeros’.

Como si fuera su señal, la mujer les miró de forma intensa.

—Esta podría ser la última vez que nos mire con odio —dijo Bill con nostalgia.

—No te preocupes, mucha gente nos odia en Magdeburgo —dijo Gustav.

—Ni me lo recuerdes —masculló Bill. En definitiva, no estaba ansioso por tener que lidiar con los idiotas de su escuela. Su aparición en Star Search les había dado a sus detractores mucha lecha qué quemar el año pasado; seguramente, el pequeño éxito de Devilish ese verano había avivado las llamas. No era cosa de todos los días que chicos de Magdeburgo estuviesen en televisión, no importaba que el canal hubiese sido demasiado local. Todo mundo conocería los productores con los que trabajaba, el apartamento donde vivían, y el álbum en el que estaban trabajando. Por alguna razón, cada paso que Bill daba para alcanzar su sueño, enfadaba a sus compañeros en la escuela.

Bill, perdido en sus pensamientos, no prestaba atención a sus alrededores. Cuando Gustav se detuvo fuera de la entrada de la tienda para tomar una canastilla de compras, Bill colisionó contra su espalda. —Lo siento —murmuró—. ¿Por qué necesitas una canastilla? Sólo venimos por el desayuno.

—Quiero comprar bocadillos para el día también —dijo Gustav.

—Mis padres estarán aquí a mediodía. Haré que ellos los compren —sugirió Bill.

Gustav resopló y le ignoró, encaminándose a los estantes de la tienda. Bill fue directo a la sección de panadería. Echó un vistazo a las vitrinas llenas con pastelillos y panes. El aroma del lugar era intenso; un mezcla de café recién molido, azúcar y pan.

—Buenos días, Billi-estrella-de-rock —Gretta, la anciana que trabajaba ahí, le saludó.

—Buenos días —respondió cálidamente. Le gustaba que le llamasen así.

—Sé lo que deseas —dijo la mujer tomando las pinzas y dirigiéndolas a las charolas de waffles—. Uno para ti y uno para tu hermano, con mucha, mucha azúcar encima, y dos cafés grandes.

Bill señaló los waffles más esponjocitos, mirando hambriento cómo Greta los llenaba de azúcar y los metía en una bolsa de papel. —Esta es la última vez que estaré por aquí en un tiempo —le dijo en tono sombrío.

—Oh, ¿por qué? —preguntó ella, usando la caja registradora y extendiéndole dos vasos vacíos, tapas, y una estructura de cartón para cargar los cafés.

Pagó y se dirigió a la barra de autoservicio para prepararse sus bebidas. —La escuela inicia el lunes —dijo con simpleza. Gretta conocía la mayor parte de la vida de Bill a ese punto del verano; esas cinco palabras eran explicación suficiente.

—Pobrecito —chasqueó simpática—. De regreso a ese mueblito de mierda, ¿verdad?

Él le regaló una sonrisa. Nunca dejaba de divertirle cuando la mujer decía palabrotas, porque tenía un aspecto de dulce anciana. Su propia y amada abuela nunca usaba lenguaje inapropiado y siseaba cuando alguien decía algo remotamente grosero en su presencia.

—¿Entonces ya terminaron con su álbum? —preguntó Gretta.

—Bueno, casi —respondió—. David y todos están trabajando en las mezclas finales y esas cosas. Los toques finales. Prometieron que estaría terminado para mi cumpleaños.

—Tu cumpleaños es… —Entrecerró los ojos, intentando recordar— ¿El primero de septiembre? Está a la vuelta de la esquina.

Bill asintió. —En ocho días.

—Bueno, como no te voy a ver —dijo ella, sacando otra bolsa de papel y regresando a la vitrina con sus pinzas, seleccionando varias galletas y pastelillos que sabía a Bill le gustaban—. Unos dulces de cumpleaños adelantado para mi pequeño Billi-estrella-de-rock.

—Gracias —dijo, aceptando el ahora enorme bulto de chucherías—. Ha sido un placer conocerla. Espero que nos encontremos otra vez algún día.

—Por supuesto —dijo ella—. Cuando sean ricos, pueden comprar una mansión en Hamburgo y visitar a la vieja Gretta cada mañana.

Bill se iluminó. —Hay un elegante vecindario no muy lejos de aquí. ¡Apuesto que Tom y yo podríamos encontrar una linda casa ahí!

—Está arreglado —respondió la mujer, sonriendo cariñosa—. En lugar de ‘adiós’ diremos ‘hasta luego’.

Una mujer se acercó a la vitrina y le pidió a Gretta su ayuda. Bill se alejó, tomando la bolsa y la charola con los cafés de forma precaria—. ¡Hasta luego!

&

Gustav intentó hacerle burla por gastar mucho dinero en la panadería en lugar de esperar a que sus padres llegasen y ‘ellos lo compraran’. Bill le enseñó la lengua y le informó con aire de suficiencia que la mayor parte fue gratis. —Quizás si fueras adorable como yo, te darían algo gratis también.

Gustav solamente resopló, y Bill sabía que se reprimía la lengua porque quería que Bill compartiera sus cosas. Cuando regresaron al departamento, Tom y Georg estaban despiertos pero todavía en cama viendo televisión. Gustav les llamó para comer, y tan pronto los cuatro estuvieron sentados en la cocina, la bolsa de papel fue rasgada y hubo panecillos por toda la mesa.

—¿Galletas para desayunar? —dijo Bill viendo a Georg sólo comer eso.

—¿Cómo llamas a eso? —respondió Georg, señalando el waffle repleto de azúcar del cantante.

Esto es un desayuno —dijo Bill, dándole un enorme mordisco.

—Tienes azúcar por toda la cara —le dijo Gustav.

—La estoy guardando para después —respondió Bill.

Gustav rodó los ojos y se inclinó para tomar una danesa. —Pat me dijo que tenemos que dejar este lugar limpio antes de irnos. Algo así como lavar los baños y eso.

—Pat está loco —dijo Tom.

—No hay forma de que yo lave un baño —dijo Bill, haciendo una mueca de dolor—. Vomitaré, en serio.

—Mamá lo hará —dijo Tom.

—Ustedes esperan que sus padres hagan todo por ustedes —dijo Gustav—. Y aún así siempre están hablando sobre ser independientes.

Bill lo miró como si estuviese loco. —No hablamos de baños.

—¿Por qué no lo limpias tú, que eres tan independiente? —le retó Tom.

—¡Sí, Gusti puede hacerlo porque es tan independiente! —saltó Bill.

—¡Todos tenemos que hacerlo! —dijo Gustav.

—¡Yo no! —dijo Bill rápidamente.

—¡Yo no! —dijo Tom.

—¡Yo no! —dijo Georg.

Todos le sonrieron a Gustav. Le atraparon en su propio juego. —No es justo.

—Entonces la próxima vez no seas tan cabrón —le aconsejó Bill.

—¡No lo haré a menos que todos ayuden! —declaró el rubio.

—Bueno, nadie ayudará —dijo Georg—. Así que lo puedes hacer sólo o callarte y dejar que Simone lo haga.

—No es como si a ella le preocupe —dijo Tom—. Es una mamá.

—Pat dijo… —Gustav intentó discutir.

Tom le interrumpió. —¡Pat dijo que me chupas las bolas!

—¡Sí! —gritó Bill.

—Buenos días, chicos. —Cuatro cabezas se giraron para ver a Pat en la puerta, con el rostro en expresión neutral, y a Gustav detrás de él intentando no reír.

Georg y Tom casi se cayeron de sus sillas. Gustav les lanzó a los gemelos una mirada triunfante, pero Bill tan sólo se encogió de hombros. —Buenos días, Pat. No voy a lavar el baño. ¿Quieres una danesa?

&

Bill y Tom se escondían en el oscuro estudio. Todo ya estaba empacado y en la van; lo único que quedaba era limpiar el departamento, por ello se ocultaban. Estaban en el piso del set de grabación, sin zapatos, Tom recargado contra la pared con Bill sobre su regazo, de frente, para que pudieran besarse.

Tom deslizó sus manos dentro de los jeans de Bill, dentro de su ropa interior para agarrarle las nalgas. —¿Puedo entrar?

Tom siempre quería entrar últimamente. Cargaba con una pequeña botellita de aceite todo el tiempo, sólo en caso de que encontraran un momento a solas. Era un poco vergonzoso. También era algo extremadamente sexy. Bill se bajó de encima de su hermano y se quitó la ropa; Tom hizo lo mismo, sacando el aceite de su pantalón para lubricar sus dedos. Bill se reposicionó de nuevo sobre su regazo, resoplando cuando vio la goteante erección del mayor. —¡Ya estás húmedo!

—Joder, sí —respondió Tom con descaro, acariciándole el trasero con su mano seca, frotando su agujero con su pegajoso dedo medio—. Siéntate.

Bill gruñó, sentándose como le pidió para tomar el dedo. Subió y bajó, inhalando cuando Tom agregó otro dedo. —¿Uno más? —preguntó Tom con voz ronca.

Las luces se encendieron. —¿Chicos?

Se congelaron. Era la voz de David. Los pasos se acercaron. Estaban como estatuas, paralizados de terror.

—¿Algún gemelo perezoso por aquí?

Podían ver la sombra de David en la pared. Estaba justo a su ahí, al otro lado del equipo de sonido, inclinándose. Desde esa perspectiva, estaban ocultos, pero si el mayor miraba hacia abajo…

El hombre retrocedió, se giró y salió del estudio, apagando las luces. —No están en el estudio —gritó mientras cerraba la puerta tras de sí—. A lo mejor se fueron a los videojuegos.

Les tomó diez buenos segundos volver a respirar. —Santa mierda —jadeó Bill—. ¡Casi me da un infarto! Oh, Dios, Tom… ¿Tom?

Miró a su gemelo con incredulidad cuando se dio cuenta que el mayor estaba riendo en silencio. —¡¿Qué es lo gracioso?! ¡David casi nos atrapa!

—Mis putos dedos —soltó Tom, agitando la cabeza—. ¡Casi los aprietas tanto como para sacarlos!

—¡Eres un idiota! —le golpeó Bill—. Sácalos.

—No —dijo Tom—. Continuemos.

—¡¿Estás loco?! —Bill bajó la mirada, horrorizado de ver que su hermano seguía duro como roca—. ¡Oh, Dios mío! ¡¿Qué te pasa?!

—Déjame hacerlo, déjame… —urgió Tom, empujando sus dedos aún más profundo. Bill se arrodilló, intentando alejarse, pero Tom tomó la oportunidad de succionarle un pezón.

Ooh… —Bill enterró las manos en las rastas de Tom, su corazón latía como loco. Tom lamió su pecho para darle la misma atención al otro pezón y Bill suspiró, sintiendo que su polla se levantaba de nuevo. Tom introdujo un tercer dedo y Bill se sentó en ellos voluntariamente, levantando la cabeza de Tom para besarle profundamente.

Pasado un tiempo rompió y bajó la mirada hacia sus idénticas erecciones, tan duras que se levantaban paralelas a sus estómagos. Tom miró abajo también, y Bill empujó el miembro de su hermano y lo soltó, viéndolo regresar a su posición hasta golpear el vientre de Tom. —¡Poing!

Tom rió y Bill lo hizo de nuevo. —¡Poing! ¡Poing! —Y luego con la suya—. ¡Poing!

Tomó el pene de Tom, esta vez apretándolo suavemente haciendo al mayor gemir. Bill hizo hacia atrás la otra mano para tomar la muñeca de Tom, instándole a sacar los dedos. Tom se resistió al principio, pero le dejó hacerlo. Se inclinó hacia adelante, alzó las rodillas y empujó la erección de Tom hacia abajo, entre sus muslos, y presionó sus cuerpos juntos. Frotó su propio pene contra el pecho del de rastas distraídamente mientras buscaba colocar la punta de la polla de su gemelo en su entrada.

—Oh, Dios mío. —Los ojos de Tom se cerraron con fuerza mientras se afianzaba a sus caderas—. Oh, Dios mío, déjame hacerlo, por favor. —Intentó hacer que Bill se sentara, pero el menor dudó—. Por favor, déjame hacerlo, por favor, Bill.

Una repentina oleada de pánico golpeó al cantante, quien se saltó del regazo de su hermano, cayendo sin gracia en el suelo. Era demasiado, quizá, o…

—¡No, espera! ¡Por favor, Bill! —Tom pataleaba desesperado, tan destrozado que Bill se sintió culpable. Dejó que Tom lo volviese a colocar abriendo las piernas, alineando su pene con la entrada de Bill—. Déjame hacerlo un poquito.

Bill se mordió los labios. —No lo sé. Mejor… ¿mañana?

Ahora, por favor —suplicó Tom—. ¿Sólo un poquito? ¿Nada más la puntita?

—¿Y si me duele? —dijo Bill preocupado. Estaba acostumbrado a tomar los dedos de Tom, pero dos eran más sencillos que tres, y la polla de Tom era, definitivamente, más grande que tres dedos.

—Si te duele, me detendré —prometió su gemelo.

—Nada más la puntita —aceptó Bill—. Y sólo un poquito… y ponte aceite.

—¡Sí! —celebró Tom estirándose por el aceite.

—Hazlo despacio —advirtió Bill.

—Lo haré. Lo haré perfecto —dijo Tom, besándole. Bill se perdió en una serie de cálidos besos en la forma que su hermano le acariciaba su erección. Cuando la cabeza del pene de Tom finalmente entró en él, Bill inhaló bruscamente, conmocionado por el inmediato dolor. No era insoportable, pero en definitiva estaba ahí y se sentía extraño.

Se aferró a los hombros de Tom. —No. Te. Muevas.

—De acuerdo —dijo Tom, su voz ahogada—. Está apretado.

—Muy apretado —dijo Bill con los ojos humedecidos—. Sácala. —Tom comenzó a retroceder, pero Bill tensó su agarre—. Espera. Espera.

Tom se quedó quieto. Acarició el pene de Bill para confortarle. —Bésame más.

Tom se acercó con cuidado y cubrió los labios de Bill con suaves besos. Con el tiempo, el dolor subsidió; Bill sintió que sus músculos inferiores se relajaban. —Creo que ya puedes… un poquito.

—Sólo un… —ofreció Tom apenas moviendo las caderas. No intentó ir más profundo.

—¿Es…? —preguntó Bill, incómodo.

—Joder, es genial —le aseguró Tom, besándole húmedamente la mejilla—. Estás tan caliente por dentro. Te sientes increíble.

Bill giró la cabeza para que sus bocas se encontraran y pudieran enredar sus lenguas. El dolor se había ido, remplazado por un torpe dolor, y así como estaba de abierto y lleno, se sentía algo sexy. —Tú también… te sientes increíble.

—¿Sí? —preguntó Tom lleno de júbilo, acariciando la base de su erección con una mano y complaciendo la polla y las bolas de Bill con la otra. Enterró el rostro en el cuello del menor y dijo: — Oh, Dios mío, Bill, joder, te amo.

—Bien —respondió Bill, arqueándose ante las caricias de su hermano.

—Eres el mejor hermano del mundo —balbuceó Tom, vibrando y gritando—. ¡Oh, joder!

Bill se removió y palmeó la nuca de Tom. —No lo hagas dentro de mí.

—No lo haré, no lo haré —dijo Tom, pero los sonidos que hacía contaban una historia diferente.

—¡Sácala! ¡No lo hagas en mí o nunca más…! —Bill sólo pudo decir eso antes de que Tom saliera de repente, se le echara encima, y se viniera. Tom se quedó ahí recostado, jadeando, hasta que Bill dijo: —Muchas gracias.

—No está dentro de ti —dijo Tom con voz débil, una enorme, satisfecha sonrisa en su rostro. Rodó para quitarse de Bill y recostarse a su lado. Ambos bajaron la mirada hasta el desastre que había armado. Estaba todo sobre los testículos de Bill, sobre su pene, en su estómago… y en su ombligo. Sus ojos se encontraron y sonrieron.

—No tienes que hacerlo —dijo Bill—. Sólo ayúdame a terminar.

—Pero es la regla —dijo Tom malicioso, palmeando la erección cubierta de semen de su hermano y acercándose a ella.

—Espera, ¿en serio vas a hacerlo? —preguntó Bill, recargándose en sus codos para mirar con los ojos abiertos a más no poder, a su hermano presionar la boca abierta contra el ombligo de Bill. La lengua de Tom lamió alrededor, se enterró en él, limpiándole a consciencia. Los músculos abdominales del cantante se flexionaron—. Cosquillas…

Tom succionó, y Bill arqueó la espalda ante el placer. Una mano de Tom trabajaba su erección, y Bill se estremeció al sentir su orgasmo aproximarse. —Voy a… —advirtió, y se sintió decepcionado cuando Tom se hizo hacia atrás, aunque fuera necesario. Vio a su hermano observarle disparar su corrida.

—Qué desastre —remarcó Tom, mirando su húmeda mano y el estómago cubierto de semen de Bill.

—Ve por algo —dijo Bill. 

Tom miró alrededor, desenredó sus bóxers de sus jeans y decidió usarlos como una improvisada toalla. Se los acercó a Bill. —Toma. Los tiraré en el bote de la basura.

—Genial, tengo que limpiarme con tu ropa interior sucia —se quejó Bill.

—Yo lo haré —dijo Tom, sin hacerle caso—. No están sucios. Los traje puestos nada más por unas horas.

—Asqueroso —dijo Bill.

Tom levantó una ceja. —Me acabo de correr sobre ti, ¿y tú piensas que mi ropa interior es asquerosa?

—Es diferente —se justificó Bill. Por alguna razón, nada era asqueroso mientras hacían algo sexual. Sabía que Tom sentí lo mismo.

—Mejor —dijo Tom palmeándole el estómago—. ¿Te duele el trasero?

Bill se sentó lentamente, sintiendo un latigazo de dolor. —Sí.

—¡Qué malo es ser tú! —se burló Tom, pero le ayudó a vestirse antes de hacerlo él mismo. Se besaron un par de veces más antes que el mayor lo ayudase a levantarse.

—No puedo creer que David casi nos atrapa —susurró Bill mientras iban a tirar los bóxers sucios de Tom.

—Bueno, te diré algo —dijo Tom, deslizando un brazo alrededor de la cintura de su gemelo—. Eso fue mucho más divertido que ir a los videojuegos.

&

El resto del domingo pasó mientras iban de regreso a Magdeburgo y desempacaban, dejándolos demasiado cansados como para ir a la “Fiesta de Fin de Vacaciones” de Erich. —¡Es la última fiesta del verano! —apeló Erich.

—Apuesto a que harás una “Fiesta de Regreso a la Escuela” el próximo fin de semana —dijo Bill.

—… Sí —admitió Erich. Los gemelos prometieron que irían a esa, y le dijeron que lo verían el lunes en la escuela. Pasaron la noche abrazados y tonteando en la cama de Bill, viendo películas y comiendo pizza.

El domingo, Simone los llevó a comprar ropa para la escuela y útiles. Bill odiaba cómo la escuela incluso arruinaba el ir de compras. Durmió menos de tres horas esa noche, removiéndose y girándose sin descanso. Despertó cuando su alarma sonó, más cansado que cuando se había ido a acostar; una bola de terror estaba en su estómago, haciéndole sentir náuseas.

—Estoy enfermo —le dijo a Simone en el desayuno.

Ella le tocó la frente rápidamente. —Estás bien. Apúrate, el autobús pasará en diez minutos. —Les había preparado waffles, pero Bill sólo pudo dar un par de mordidas. Tom estaba sentado a su lado, aparentemente pasando por el mismo predicamento. Se colgaron sus bolsos vacíos sobre los hombros y caminaron con pena a la parada del autobús, que iba llegando. La puerta se abrió, y el mismo gordo, grosero, calvo conductor del año pasado estaba ahí, mirándoles con el ceño fruncido.

—¿Van a subir? —gruñó.

Bill y Tom se miraron entre ellos. Suspiraron y entraron al autobús.

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La mañana pasó sin accidentes para Bill. Seguro, estaba en la escuela y ese simple hecho era terrible, pero todo el mundo estaba demasiado preocupado al ser el primer día como para causarle dolor al cantante. Había muchas miradas mal intencionadas, resoplidos y ojos que rodaban, pero nadie se metía con él de frente. Estaba agradecido por ello; se encontraba demasiado cansado como para lidiar con esas tonterías.

Se sintió aliviado al tener por lo menos un amigo en sus clases; Andreas estaba en cuatro y Tom en las otras tres. A la edad de doce años, los gemelos habían sido separados de sus clases por sus idiotas profesores. El castigo había sido por todo el año anterior, pero este año o se les había pasado o les estaban dando una segunda oportunidad. Tenían nuevos profesores, así que los gemelos podrían intentar portarse bien —o menos mal, por lo menos— y ponerle fin a su separación.

Ese había sido el golpe final que les había hecho odiar a los profesores para siempre. ¿Qué tipo de enfermos separaban a unos gemelos? Era innatural. Quizá habían pensado que podrían dividirlos y triunfar; lavarles el cerebro a los gemelos conforme a sus retrógradas morales. Pero en realidad, eso sólo hizo que los Kaulitz enriquecieran su disgusto hacia su pueblo de mente cerrada y la noción de que la escuela era una pérdida de tiempo para futuras estrellas de rock.

Hubo ocasiones en que Bill temía que todo ese plan malévolo estuviese funcionando; cuando tuvo miedo de que Tom estuviese en su contra. Bill miró a su hermano, quien le lanzaba escupitajos al cabello de la chica de enfrente. Ella era la típica zorra animadora; el tipo de las que se reían cuando los estúpidos deportistas metían a Bill en un casillero. Tom encontró su mirada y bailoteó las cejas de manera cómica, y Bill se sintió estúpido por tan siquiera haber dudado de su hermano.

A la hora del almuerzo, vio a Tom coquetear con varias chicas, erizándose momentáneamente cuando alcanzó a escuchar a Wolfie invitando a su gemelo al skate park después de la escuela.

—No puedo —dijo Tom—. Tengo práctica con la banda.

—¿Qué tal mañana? —insistió Wolfie.

—Practico con la banda todos los días —respondió.

—¿Por cuánto tiempo? —Ella hizo un puchero.

—Por siempre —dijo Tom.

Bill agachó la cabeza para ocultar su sonrisa y regresó a su conversación con las chicas en su mesa. Alzó una mano cuando vio a Andreas y Erich aproximándose. Tom llegó un minuto después, metiéndose entre Erich y Bill en la banca. —¿No te puedes sentar al otro lado? —se quejó Bill, apachurrado contra Andreas.

—Nope —contestó Tom simplemente, sirviéndose de la comida de Bill.

El pelinegro rodó los ojos y se rindió, escuchando a los otros contar los eventos en la “Fiesta de Fin de Vacaciones” de Erich. Aparentemente, algunas chicas se habían emborrachado y habían peleado en lodo en el patio trasero, alguien había vomitado en el fregadero de la cocina, alguien se había desmayado en el césped de enfrente… la lista seguía.

—¡Fue épico! —exclamó Andreas—. ¡Se lo perdieron!

—Estábamos cansados. Iremos el próximo fin de semana —dijo Bill.

—Es tu cumpleaños, ¿cierto? —preguntó Erich—. Bueno, el fin de semana antes de su cumpleaños.

—Sí, ¡nuestro puto cumpleaños es en lunes! —saltó Tom—. Es una mierda.

—Quizá mamá nos deje perder un día de clases —dijo Bill.

Erich dijo: —Nos divertiremos extra el sábado, sólo por si acaso.

&

Bill se detuvo en la acera frente a la escuela, mirando los autobuses alinearse en la calle; una fila de amarillas cámaras de tortura. En la mañana, todo el mundo había estado tranquilo, adormecido. La ida después de la escuela siempre era peor. Era cuando los idiotas salían para jugar y el maldito conductor del autobús nunca hacía algo por detenerlos.

Algo en Bill enfurecía a sus compañeros. Quizá tomaban su ambición por escapar de su pueblito como un insulto. El negarse a actuar avergonzado por ser diferente les hacía querer castigarle. Bill no estaba avergonzado por algo; se sentía orgulloso de no tener cosa en común con aquella gente. Se alimentaba de la atención que le prestaban. Un día tendría al mundo entero mirándole, y casi ni podía esperar por ello. Odio o amor, lo hacía sentirse poderoso. Le gustaba causar cualquier tipo de reacción.

Lo que no le gustaba era que esa reacción se manifestara en comportamiento violento. Lo habían empujado, echo caer, le habían gritado insultos homofóbicos. La forma en que se vestía, cómo se movía y hablaba y reía, y más que nada, su hermoso rostro, los hacía etiquetarlo como marica. No entendía su furia.

A pesar de que Tom tenía el mismo hermoso rostro, sus desarregladas rastas y amplias ropas parecían absolverlo de toda culpa. La mayoría de sus problemas en la escuela eran provocados por defender a Bill. La insistencia del cantante por acentuar sus facciones femeninas con maquillaje y ropa ajustada volvían locos a los chicos de la escuela, y no en el buen sentido. Sin tener en cuenta el infierno que le causaban, Bill se rehusaba a dejarlo. Persistiría en ser fiel a sí mismo y a apañarse con las consecuencias; en su mente, no había otra opción.

Tom le rozaba el brazo mientras lo rebasaba caminando, y Bill dio un par de pasos rápidos para darle alcance. Llegaron al autobús, ya lleno y apunto de cerrar sus puertas; siempre esperaban el último minuto para entrar.

—Miren, es el pequeño homosexual —se burló un idiota con la cara llena de granos.

—Hey, marica, ¿cuántas pollas chupaste este verano? —Un tipo de su clase de matemáticas, Dieter, agregó.

—Casi la mitad de las que chupaste tú —respondió Bill deslizándose en un asiento. Toms se sentó a su lado, ceñudo.

—¡Oooh! —rieron muchos chicos, y Dieter se levantó—. ¿Quieres decir eso de nuevo, marica?

—¿Por qué, acaso no me escuchaste la primera vez? —preguntó Bill. Tom le dio un codazo, pero le ignoró—. Dije que probablemente tú chupaste una tonelada de pollas este verano, lo que explicaría el por qué estás tan fascinado de ello.

—¡Voy a patearte el trasero! —Dieter se le acercó, pero Tom bloqueó su camino.

—Aleja tus putas manos de mi hermano.

—¡Ooh, el marica se consiguió un guardaespaldas! —dijo otro matón.

—¿Crees que son gran cosa sólo porque salieron en las noticias? —espetó Dieter—. Esos productores que se consiguieron son un bonche de pederastas folla culos.

—¡Estás celoso! —gritó Bill—. ¡Nosotros vamos a firmar un contrato de grabación y dejar este basurero mientras que ustedes terminarán trabajando en una gasolinera!

Eso puso a los tipos histéricos. —Son tan ingenuos —se burló Dieter—. Su bandita de mierda nunca conseguirá un contrato. ¡Vivirán y morirán en Magderburgo, como tipos locos!

—¡Vete a la mierda! —dijo Tom, empujándole.

—¡Hey! —gritó el conductor—. ¡Sienten sus malditos traseros! Voy a levantarle un reporte a quien esté de pie.

—Para la próxima, marica —Dieter se alejó sombrío.

Tom rodó los ojos, sentándose en su asiento. Bill intentó cruzar miradas, pero Tom le evadió. Tampoco lo miró al bajarse del autobús. Caminaron a casa en silencio. Tom fue directo a su habitación y azotó la puerta. Bill corrió tras él y entró.

—¡Hey! —ladró Tom.

—¿Por qué estás molesto conmigo? —demandó—. ¡No es mi culpa que esos tipos sean unos idiotas!

—¿Por qué no puedes sólo ignorarlos? —dijo Tom—. Lo empeoras todo cuando les contestas.

—¡Siempre tomas su lado! —gritó Tom, las palabras de Tom abrían viejas heridas.

—¡Tonterías! —dijo el de rastas—. ¿Sabes cuántas peleas…?

—¡Sí, todas son mi culpa! —le interrumpió—. ¡Porque me visto como un fenómeno!

—¡Te pusiste una puta falda! —dijo Tom, refiriéndose a la enorme pelea que habían tenido el año pasado. Bill se había puesto una kilt[1] para ir a la escuela, enviando inadvertidamente a los abusones a un estado de locura. Saltaron sobre Bill, y en asociación, sobre Tom, después de la escuela. Bill había obtenido su primer ojo morado. Durante semanas después de eso, Gordon había esperado por ellos en la parada del autobús con un bat de béisbol y su perro.

Tom había estado furioso; le había advertido a Bill no usar una kilt pero el menor no había escuchado. Nunca piensas en cómo toda tu mierda me afecta, había dicho el rubio esa vez. Todo lo que haces es quejarte de lo difícil que es para ti. ¡No te importa que también hagas mi vida miserable! Bill se había sentido completamente traicionado por esa respuesta, viéndole como un rechazo.

La última cosa que el cantante deseaba era recordar esas dolorosas memorias, así que se giró, listo para salir corriendo de la habitación de su hermano. Se detuvo en sus pasos cuando Tom habló: —¡No siempre estaré contigo, sabes!

—¿Qué? —dijo Bill, mirando a su hermano por sobre su hombro.

—¿Y si te atrapan cuando no estoy por ahí? ¿Has pensado en eso? —dijo el mayor—. Si les contestas cuando no estoy a tu lado…

—No lo hago —confesó Bill, volteándose para mirarle—. Soy demasiado cobarde si no estás ahí. —Tom resopló, luciendo aliviado, así que continuó: — No puedes esperar que me las arregle solito.

—Eso no es lo que estoy diciendo —insistió Tom.

—Y no puedes decirme que calle para que me dejen en paz. Nunca lo harán, no importa lo que haga —dijo—. Tienes que estar ahí para mí. Eres mi hermano mayor.

—Cierto —dijo Tom.

—Incluso si traigo puesto… ¡Un tutú! —dijo Bill.

Tom se rió. —Por supuesto.

—No les responderé a menos que estés alrededor —prometió Bill—. Para que te golpeen a ti en mi lugar.

Tom rodó los ojos. —Gracias.

—Y no corras a tu habitación así. Sé bueno conmigo —ordenó.

—¿Por qué debería? —sonrió Tom, tomándole de ambos brazos tirándole a un abrazo.

—Porque —dijo Bill coqueto—. Dejo que me lo metas.

Los ojos de Tom se oscurecieron. —¿Dejarás que lo haga de nuevo?

—Depende… —coqueteó Bill—. ¿Qué harás por mí?

Tom respondió. —Lo que quieras.

Tom cerró con seguro la puerta de su cuarto mientras Bill se subía a la cama. Tenían un par de horas antes de que sus padres regresaran del trabajo, y bien sabían cómo aprovecharlas.

Continuará…

[1] Kilt.

“Es la prenda más típica de Escocia. Consiste en una falda pero tiene la peculiaridad de que la visten los hombres. El color diferencia a los clanes provenientes de la región. El diseño particular de cada tipo de cuadriculado, correspondiente a cada clan, es llamado tartán.

Debido a las constantes lluvias de Escocia durante todo el año, se dice que se usaban estas faldas para impedir que se mojaran los pies bajo los pantalones”. Wikipedia.com

.

Notas de la Autora: ¡Los comentarios son apreciados! Recuerden, cada vez que dejan un comentario, Bill  va a una caminata a la luz de la luna con un hombre elegante en París ^_^ Y cada vez que se van sin comentar, ese hombre tiene 65 años de edad ;_;

¡Bromeo! ¡Estoy tan emocionada por ver esa entrevista! Me encanta ver a la gente adular a Bill (n_n) Algunas personas comentaron la ridícula teoría “gemelos = no gay /  no hermanos comunes / la misma persona” de Tom, jaja. Eso fue inspirado por todas las cosas locas que dicen los gemelos. Por ejemplo, la entrevista de GQ en febrero del 2010.

Suena un poco extraño para quien lo ve desde afuera. Claro, los hermanos están juntos… pero eso de que difícilmente pelean y que comparten casi todo…

Bill: (interrumpe) Espera. No puedo imaginar eso con hermanos. Olvidas que nosotros somos gemelos idénticos. Eso es algo especial, esa es la diferencia.

Y después, en la misma entrevista:

Tom: Lo pondré de este modo. Todo lo que compone a un ser humano está en una persona, nosotros lo distribuimos entre ambos… Si lo juntas, nosotros somos una persona, un ser humano.

¡Oh, Gemelos! ¡Adoro su deliciosa locura! —Almas gemelas—

 Notas de la Traductora: ¡Nos vemos en el último capítulo! ^^

Pero hablen, digan si quieren lo demás xDD

por Analif

Traductora del Fandom

Un comentario en «Thirteen 12»

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