Thirteen 11

«Thirteen» fic de mcpofife. Traducido por Analif

Capítulo 11

Ciertamente, Bill era un chico que no temía usar sus encantos para obtener ventaja. Había intentado lucir lo mejor posible esperando que su buen aspecto suavizara un poco a Erich. Su cabello estaba cuidadosamente peinado, el delineador difuminado a la perfección, y sus uñas recién pintadas. Vestía sus jeans favoritos, una enorme camiseta verde de tirantes (un tirante caído, mostrando su delicado hombro) y su nuevo par de zapatillas deportivas.

 El color de la camiseta resaltaba sus ojos, así como la máscara negra en sus pestañas, que batía inocentemente mientras le explicaba a Erich que el mensaje había sido un accidente. El mayor parecía feliz de ver a Bill, pero aún así preguntó, —Si lo mandaste por accidente, ¿por qué no me llamaste o me mandaste otro mensaje para decírmelo?

—Bueno, verás… La cosa es que… —Los engranes en su cabeza chirriaban mientras se exprimía por inventar un escenario creíble. No podía delatar a Tom, no importando lo mucho que se lo mereciera. Iba en contra del Código de Gemelos.

Era como la vez que Bill ensució el sofá con jugo de arándano. Cuando eran pequeños, los gemelos solamente tenían permitido llevar bebidas a la sala si las ponían en la mesita de centro. ¡Sus padres esperaban que se levantaran y fueran hasta la mesita cada vez que quisieran tomar un sorbo! Era ridículo, y rompían la tonta regla tanto como podían. Hasta el día que Bill derramó el vaso sobre su regazo mientras se estiraba por un frijolito de dulce, resultando una mancha rosada del tamaño de un plato extendido.

Simone había estado furiosa, amenazando al culpable con un mes sin dulces. Los gemelos eran completamente adictos al azúcar, y la noción de un mes sin ella era horrible. Tan horrible, de hecho, que Tom se negó a delatar a Bill. Quizá conmovido por tal muestra de solidaridad entre hermanos, Simone redujo la sentencia a una semana sin postre para ambos. Habían sido siete días de ser forzados a presenciar cómo Simone y Gordon comían Weichelstrudel y pastelillos. Una semana de compartir en secreto dulces a media noche y planear que, una vez fueran ricos y famosos, comerían gusanos de gomita hasta vomitar. Había sido una semana de sufrimiento que no había sido del todo sufrimiento, porque tenía a Tom para compartirlo.

No había forma alguna de que Bill vendiera a su hermano para conseguir la aprobación de alguien más. Lograría salirse con la suya sin hacer quedar mal a Tom, o dejaría que Erich lo odiase por siempre. Balbuceó, —… Entonces mandé el mensaje diciéndole a todo el mundo que borrara mi número porque iba a, eh, cambiarlo… cambiar mi número… pero después no lo hice. Pero ya había borrado a todos de mi lista de contactos porque, eh… porque creí que tendría un nuevo teléfono, ¿sabes? Pero no. Así que… eh… lo siento.

—… Eso no tiene sentido, —dijo Erich.

Bill se ruborizó hasta la raíz del pelo. Debería haber planeado una excusa de antemano. Ahora lucía como un idiota y un mentiroso. No pudo pensar en algo más que en extenderle el regalo que le había llevado.

—¿Para mí? —preguntó Erich, aceptando el disco envuelto en hojas de periódico. Lo desenvolvió y leyó la portada. Era un demo de Devilish; el asqueroso y grabado por ellos mismos. Estaba autografiado—. Para Erich, —leyó en voz alta—, Feliz cumpleaños. Eres un gran amigo. De Bill.

Sacó el librito de canciones, revisando las fotografías y las letras. Bill se sentó ahí, intentando bajar su sonrojo. Por fin, Erich alzó la mirada y dijo, —Gracias. Es genial.

—Cuando sea una estrella de rock, puedes venderlo en eBay y no sé, comprarte algo bueno, —sugirió Bill.

Erich sonrió. —Nah, creo que lo conservaré.

Tan sólo con eso, Bill supo que estaba perdonado.

—No voy a mentir, —dijo Erich—. El mensaje hirió mis sentimientos. Pero creí, no sé, que te había presionado en probar cosas para las que no estabas listo. No quiero decir que seas gay. Si tú dices que eres hetero, está bien. Estoy de acuerdo con cualquier opción que elijas. Quiero decir, obviamente me gustas… y obviamente, yo no te gusto.

—Sí me gustas, —protestó Bill débilmente.

—Pero no de esa forma, —dijo Erich, un poco de interrogación en su voz, pero resignación en mayor parte.

—… No de esa forma, —admitió Bill.

—No quiero que me evadas porque temas que intente ligar contigo. Sí, eres lindo y todo, pero… —Erich levantó el disco—. Creo que también eres un gran amigo.

Bill sonrió aliviado y lo abrazó de manera impulsiva. Se retrajo rápidamente, agachando la cabeza. No estaba seguro de si era un gesto agradable de ahora en adelante. No quería que Erich pensara que le estaba dando una oportunidad. Como si pudiera saber lo que Bill pensaba, el cumpleañero dijo, —Los amigos pueden abrazarse.

Bill le regresó una sonrisa. Buscó en su bolsillo su teléfono. —Los amigos deberían tener los números de celular del otro, ¿verdad?

—Cierto, —asintió Erich, sonriéndole de vuelta.

&

Bill se la estaba pasando bomba en la fiesta. Erich y Andreas seguían en el juego de bebidas que estaba en la sala del piso superior, pero Bill ya no, preocupado de volverse a enfermar si seguía tomando. Había aprendido un montó acerca de sus propios límites ese verano, y agradecía por ello. Estaba en el patio trasero, fumando un cigarrillo y dejando que el aire fresco lo llevase a la sobriedad lentamente, cuando enfocó a Wolfie.

Su primera intención había sido confrontar a su hermano tan pronto se toparan, pero ahora que estaba a punto de hacerlo, su instinto le obligó a evitarlo. Se agachó tras un tipo alto y regordete, esperando ser efectivamente escudado de la vista. No funcionó o Wolfie ya lo había visto, porque al momento estaba a su lado, sorprendentemente sin su hermano.

—¿Dónde está Tom? —le preguntó a Bill.

—Creí que estaba contigo, —respondió el moreno—. ¿Está aquí?

—No sé. Le pedí encontrarnos aquí hace una hora, pero no lo he visto. Tampoco contesta su teléfono, —respondió irritada.

—Oh… bien, —dijo—. Bueno, estoy seguro de que te encontrará. Eh, y cuando lo haga, ¿podrías hacerme el favor de no mencionarle que…?

—¿Podemos hablar? ¿En privado? —le interrumpió.

Bill fue atrapado fuera de guardia y aceptó. Así fue como se encontró, unos cuantos minutos después, en un dormitorio del piso superior, a solas con la novia de su hermano. —Ven a sentarte, —dijo ella palmeando las sábanas, y se sentó, cauteloso. Había aprendido a tener cuidado en las habitaciones durante las fiestas.

—Necesito que seas honesto conmigo, ¿de acuerdo? —preguntó mirándole a los ojos.

Bill asintió, deseando tener una cerveza o algo en qué ocuparse. No tenía idea de lo que Wolfie le iba a preguntar, pero sabía que no iba a ser honesto a menos que le conviniera.

—¿Tom me engaña?

Sus ojos se abrieron ampliamente. Sopesó sus opciones. Podría mentir, lo que la mantendría todavía alrededor. O podría decirle la verdad, y así ella dejaría a Tom, quien iría directito hasta Bill. Además, ¿para qué la necesitaba Tom?

—Sí, —dijo de sopetón.

—¡Joder, lo sabía! —exclamó ella—. ¡Ese hijo de puta!

—Hey, —advirtió el menor.

—Lo siento. Es que… ¡Será cabrón! ¿Y quién es ella? —demandó—. ¿Es alguien de Hamburgo, verdad?

Bill se encogió de hombros.

—¿Es más linda que yo?

Asintió.

Los hombros de la chica cayeron. —¿Mucho más linda?

Asintió de nuevo. Lo sentía por ella, pero a veces, la verdad duele.

—¿Cómo es?

—Cabello negro, —dijo—. Ojos entre café y dorado. Bonita nariz y boca y un fantástico sentido de la moda. Si hablamos de compararla con alguna estrella de películas, yo diría que es una combinación entre…

—Dios, suenas como si fueses  quien estuviese enamorado de ella, —dijo ella con sarcasmo.

El cantante ignoró el insulto y se centró en la insinuación. ¿Estaba Tom enamorado de Bill? Aún más, ¿estaba Bill enamorado de Tom? Nunca se había tomado la molestia de analizar lo que sucedía con su hermano; lo que las cosas que hacía con su hermano significaban. Por supuesto, Bill amaba a Tom, más que a nadie o nada en el mundo; eso era fácil. Pero enamorado. ¿Los gemelos hacían eso?

—Supongo que eso explica el por qué diablos nunca contesta mis mensajes o llamadas, —dijo ella de forma ácida—. Por lo menos pudo haber tenido la decencia de terminar conmigo.

—Odiamos terminar con las chicas, —dijo, lo que era verdad. Romper con una chica era horrible; preferían ignorarlas hasta que se rendían o ellas iniciaban el alejamiento.

—¡Esa es una estúpida excusa! —espetó ella—. ¡Dile a ese patán que no me vuelva a hablar!

—Eso le enseñará, —la animó—. Dame tu teléfono. Borraré su número.

—De acuerdo, hazlo, —dijo ella, extendiéndole su celular—. Dile que borre mi número también.

—Puedo mandarle un mensaje, —propuso, sintiendo gran satisfacción con su tarea.

—Sí, lo que quieras, —respondió la chica—. Es un maldito idiota. Sabes, varios chicos me han pedido salir con ellos durante todo el verano, y yo he estado sentada esperando que mi novio patán venga a casa… Mi maldito novio de trece años. Sin ofender, pero nunca había salido con alguien menor que yo, ¡y mira lo que me gano! Creí que sería diferente porque… ¡Y fue diferente por un tiempo! Era muy dulce, normalmente, y nunca me presionó por tener… Oh, joder, ¿fue eso? ¿Esa fue la razón?

—¿Qué? —preguntó Bill, perdido. Le regresó su teléfono.

—¿Se está follando a esa zorra de Hamburgo? —Apretó los dientes.

—¿Hablas de, sexo? —preguntó Bill, sorprendido.

—No es como si yo fuera virgen, —respondió ella, casi a la defensiva—. Pensé que al salir con un chico menor todo sería más fácil; que no me querría tan sólo por el sexo. Creí que le gustaba por ser yo. A lo mejor fui ingenua. A lo mejor debí habérmelo follado.

—No, —balbuceó—. No, él no…

—¿En serio? —Lucía esperanzada—. ¿Crees que le gusta más ella que yo? ¿O nada más sale con ella porque ella está ahí y yo no?

El estómago de Bill estaba revuelto, su mente una tormenta de pensamientos conflictivos. —No… No lo sé…

—Al menos debería darle la oportunidad de explicarse, supongo. ¿Nada más se estarán una semana más en Hamburgo, verdad? Debería hablar con él. —Comenzó a rebuscar en su teléfono—. Oh, mierda, ¡le mandaste ese mensaje! ¡Joder! Y todavía no responde… ese idiota. ¿Puedes llamarlo por mí?

—¿Qué? —dijo ausente—. No. Mi teléfono está… descompuesto. Estoy pensando en cambiar mi número…

—¿Qué? —dijo ella—. Bien, como sea. Voy a ir a buscarle… Hey, ¿estás bien?

—Estoy bien, —murmuró, recostándose en posición fetal sobre la cama—. Estoy bien. Vete.

Ella pausó bajo el marco de la puerta. —¿Luces prendidas o apagadas?

—Apagadas, —respondió. Pronto, estaba solo en la habitación, con la puerta cerrada y las luces apagadas, y deseando poder apagar sus pensamientos también.

&

No se percató de haberse dormido hasta que alguien lo sacudió para despertarle. —Hey. —Tom sonaba ebrio y amistoso—. Hey, despierta. ¿Por qué estás aquí?

Bill rodó para encararlo, parpadeando para enfocar. Tom comenzó a besarlo inmediatamente. El cantante todavía intentaba recomponerse, recordar dónde estaba y por qué. La fiesta de Erich, un dormitorio, oscuridad, la puerta cerrada, Tom ahí.

—Espera, mmm, —Lo empujó—. Dame un segundo.

—¿Estás enfermo? —Tom buscó la lámpara de noche y la encendió antes de que Bill pudiese objetar. Bufó, llevándose los brazos sobre sus ojos para ocultarse de la luz. Su gemelo los apartó, escudriñando su cara—. ¿Qué pasa?

—¡Hay mucha luz, tarado! —espetó.

—¿Estás bien? —Persistió Tom.

—Estoy bien, —respondió exasperado.

—De acuerdo, —dijo Tom, liberando sus brazos y apagando la lámpara. Prontamente volvió a besarlo, y esta vez Bill participó. El alcohol que había consumido estaba asentado en su estómago, pero seguía mareado y caliente. Giró la cabeza para eructar sonoramente. Listo, eso se sintió mejor.

—Asqueroso, —rió Tom—. Ugh, qué asco, puedo olerlo.

Bill rió y eructó otra vez, alto y orgulloso. Eructos monstruosos era uno de sus tantos talentos.

—Wolfie te estaba buscando, —se le salió, e instantáneamente se arrepintió. No había tenido la intención de ayudarle a la chica a encontrar a su hermano.

—Lo sé, —dijo Tom—. Me llegó ese mensaje, tonto. Sé que fuiste tú.

—Te lo merecías, —dijo Bill nada arrepentido—. Ella de verdad quería terminar contigo.

—¿A quién le importa? —respondió Tom, perplejo—. De todas formas, estamos muy ocupados como para tener novia. Necesitamos concentrarnos en la banda.

—Sí. —asintió Bill, enredando sus brazos y piernas alrededor del mayor—. Las novias son sólo una distracción. Cuando seamos estrellas de rock…

—… Ni siquiera las recordaremos, —terminó Tom—. Tan sólo seremos tú y yo.

—… Y Geo y Gusti, —agregó Bill, su estómago haciendo un extraño tirón.

—Sí, duh. Me refiero a, en nuestra mansión o algo así, —explicó Tom—. No es como si los G’s fuesen a vivir con nosotros por siempre. Eso sería raro.

—Oh, sí, —dijo Bill, decidiendo que el extraño tirón se sentía genial—. Hey, um… ¿tú…?

—¿Qué? —apuró Tom.

Se mordió el labio inferior, aprensivo. —¿Te gusta hacer cosas conmigo… más que con Wolfie?

—Por supuesto, —dijo Tom sin dudar.

—No, me refiero a hacer cosas, —aclaró Bill.

Se sorprendió al ver a Tom ruborizarse. —Um… ¿Por qué lo preguntas?

Bill sabía que eso significaba un sí, pero también quería saber algo más. —¿Eso nos hace gays?

—¡No! —enfatizó Tom—. Nos gustan las chicas, Bill, demonios. No somos jodidos gays.

Bill asintió torpemente. —Pero ambos somos chicos…

Bill, —dijo Tom, como si no pudiese creer que su hermanito fuese tan denso—. Somos gemelos. Eso no es ser gay.

—Oh, —respondió Bill—… ¿Entonces qué es?

—Es ser gemelos, —insistió Tom—. No importa que seamos hermanos porque no somos hermanos normales… Eso sería asqueroso. Entre gemelos es diferente.

Bill asintió, queriendo entender pero no muy seguro de haberlo logrado.

—Somos la misma persona, tontito, —continuó Tom—. ¿Cómo puede ser algo gay si eres la misma persona?

Oooh, —dijo Bill, aliviado por al fin entender—. ¡Sí, bien! Eso tiene sentido. Lo siento.

—¿Alguna otra estúpida pregunta? —se burló Tom, envolviendo a Bill entre sus brazos.

Bill negó con la cabeza, aceptando feliz los besos de su hermano. Entonces recordó. —Espera, quítate. Estoy enojado contigo.

—¿Por qué? —preguntó Tom, apretando su agarre.

—¡Hiciste a Erich pensar que lo odiaba! ¡No tenías derecho de hacer eso! —Se alejó y se sentó, fulminando al mayor con la mirada.

—Tenía todo el derecho, —desafió Tom.

—¡Tú no eliges mis amistades! —dijo Bill.

—¿Quieres apostar? —regresó Tom, atrapándole de las muñecas. Pelearon un poco, pero Tom se mantuvo firme—. Eres tan tonto, Bill. No sabes lo que los chicos piensan cuando ven a alguien que luce como tú.

—¿Qué? ¿Como una chica? —siseó.

No, —dijo Tom, acercando a su hermano y poniéndolo bajo su cuerpo, presionándole contra las mantas—. . Joder, es precioso, ¿sí? Más lindo que nadie. No sabes lo que pasa por las mentes de los tipos cuando te ven. No puedo dejar que eso pase. Tengo que asegurarme de que no lo hagan, nunca.

—¿Hacer qué? —preguntó Bill en voz baja, perversamente calmando la agitación del mayor.

—Tocarte, —respondió Tom—. Alejarte… de mí.

—Tom, —dijo Bill, derritiéndose por dentro con amor y simpatía por su estúpido hermano mayor—. Nadie nunca podrá hacer eso.

—Sí, —dijo Tom, sin sonar muy convencido. Escondió su rostro entre el cuello y el hombro de Bill.

Bill jugueteó con las rastas de su gemelo. —No soy gay, ¿verdad? Entonces nunca querré a otro chico más que a ti. Y las chicas son simple distracción, como dijiste. La banda es lo más importante para mí, así que no voy a…

—Pero eso no es cierto, —le cortó Tom.

—¿Qué no es cierto? —preguntó Bill, confundido.

—La banda, —dijo Tom—. No es lo más importante para ti. ¿Y si te vas de nuevo?

—¿Por qué dices mierda como esa? —dijo Bill furioso, jalando las rastas en sus manos.

Tom gritó, sentándose para escapar del abuso. —¡Porque es cierto!

—¡Nunca abandoné la banda! —gritó Bill, sentándose también—. ¡Dices puras estupideces!

—¡Te fuiste! —gritó Tom de regreso—. ¡Hiciste audición en Star Search solo, aún cuando te pedí que no lo hicieras! Te fuiste todos los días, al puto estudio de televisión con mamá y…

—¡Sí, gracias por el apoyo, por cierto! —espetó Bill—. ¡De verdad aprecié el ser abandonado por mi gemelo!

—¿Abandonado? —se burló Tom—. ¡Tú fuiste quien me abandonó! Hiciste audición por ti mismo, Bill. Yo nunca te haría eso. Nunca te dejaría atrás así. ¡Te necesito! Y creí que tú también me necesitabas…

—Perdí, ¿no es cierto? —gritó Bill, incapaz de detener unas cuantas lágrimas furiosas que caían—. Te necesito. Pero tú no estabas ahí para mí. ¡Estabas muy ocupado con tus estúpidos nuevos amigos y siendo un completo idiota conmigo!

—¿Qué se suponía que hiciera? —dijo Tom, su rostro rojo, obviamente haciendo su mejor esfuerzo para no llorar—. ¡Te fuiste todos los días! Éramos sólo Andreas y yo, sentados por ahí mientras tú ibas a hacerte famoso. Se suponía que seríamos famosos juntos. No solos, y no en un programa de mierda. ¿Qué iba a hacer yo cuando tú te convirtieras en una gran estrella y yo me quedase para pudrirme en el puto Magdeburgo?

—¡Eso nunca sucedería! ¡Nunca haría eso! —protestó Bill.

—Lo hiciste. ¡Me dejaste, joder! —La voz de Tom estaba tensa, gruesas lágrimas en las esquinas de sus ojos—. Te fuiste y yo no tenía nada más. Así que hice amigos, mis propios amigos. Para que sintieras lo que es ser dejado atrás.

—¿Hiciste amigos para castigarme? —preguntó Bill incrédulo.

—¿Para qué si no? —dijo Tom—. Si no me hubieses dejado, no los habría necesitado.

—Bueno, entonces… —dijo Bill, intentando recuperar su ingenio—. Ya no los necesitas, ¿cierto? Ya… ya regresé, ¿no? Regresa a mí. Te prometo que nunca te dejaré. Nunca quise ser famoso sin ti, lo juro. Lo hice por nosotros, lo juro, Tom. No pensé… no lo pensé. Debí haberte escuchado. No pensé en…

—Tú nunca piensas, —dijo Tom incómodo, pero Bill podía decir que quería creerle—. Tienes que jurar que nunca me dejarás atrás, no importa lo que pase.

—Lo juro, —Se inclinó Bill solemne.

—Y tienes que escucharme de ahora en adelante, —continuó.

—Tom. —Bill rodó los ojos.

—Esto merece celebración, —dijo Tom, sonriendo. El cantante sintió que un millón de kilos se levantaban de sus hombros y se le encimó a su hermano, besándole toda la cara.

—¡No quiero ser una estrella de rock a menos que tú seas una también! Somos la misma persona, ¿cierto? ¿Cómo puedo ser una estrella si tú no lo eres? —balbuceó.

Tom rió, tomando su rostro entre ambas manos para poder besarle con propiedad. Se recostaron, enredando sus extremidades mientras se besaban. Tom deslizó uno de los tirantes de su camiseta hacia abajo, tanto como pudo, para exponer un pezón. Lo chupó, haciendo que Bill arquease la espalda y gimiera. Masajeó el miembro del menor sobre la ropa, y Bill jadeó.

Tom liberó el pezón de su hermano con una lamida de despedida. —¿Quieres quitarte la ropa?

—Sí, —respondió sin aliento, ya buscando el cierre de su pantalón. Tom se sentó para darle espacio y el menor se desvistió de la cintura hacia abajo, aventando su ropa y zapatos al suelo. Se sentó sobre sus rodillas, su camiseta cayendo de sus hombros y arremolinándose sobre su erección. Tom lo miraba como si fuera un helado sundae con complementos extra—. ¿Tom?

Su hermano gruñó distraído, tocando los muslos de Bill y empujándole para que se recostara sobre su espalda. Bill cayó con un “uff” y dejó que el guitarrista se le subiese encima. Lo rodeó con sus piernas e intentó de nuevo. —¿Tom? ¿Qué tan lejos fuiste con Wolfie?

—¿Con quién? —preguntó Tom, enterrando sus dientes en el cuello de Bill.

—Wolfie. ¿Qué tan lejos fuiste con ella?

—No fui a ninguna parte, —murmuró el mayor, restregando sus entrepiernas juntas. Era algo incómodo; los jeans y bóxers de Tom estaban en el camino.

—Quítatelos, —dijo Bill, jalando la tela. Tom rápidamente lo hizo, pateando sus medias y zapatos también. Se besaban, frotaban, y Bill comenzaba a dejarse ir, pero todavía quería saber—. ¿Te la chupó?

—¿Hmm? —Los ojos de Tom, cubiertos de lujuria, se oscurecieron aún más—. Sí, chúpamela.

—No, ¿Wolfie te la chupó? —Bill comenzaba a frustrarse.

—¿Wolfie me la…? —Tom negó con la cabeza, sus ojos aclarándose—. Um, sí. Lo hizo. ¿Por qué?

Bill no pudo evitar hacer un puchero. -¿Qué más hicieron?

—No lo sé. Nada, —contestó Tom evasivo. Ante la expresión decidida de Bill, continuó—. Le metí los dedos varias veces. Eso es todo.

—Le metiste los dedos, —repitió Bill, frunciendo el ceño ante la idea.

—Sí, ya sabes… Abajo, —Tom alzó las cejas juguetón, llevando dos dedos tras las bolas de Bill de forma demostrativa. Bajó más su mano y le acarició su agujero. Bill gritó, sorprendido, y su hermano rió, regresando la palma de su mano a la erección del menor.

Sus lenguas se enredaron, y se sentía muy bien, pero el cerebro de Bill todavía funcionaba a un kilómetro por minuto. No quería que Tom hubiese ido más lejos con una chica que con él. No quería estar como Wolfie, preocupado por perder el interés de Tom porque no le daba lo suficiente. Le daría todo a su hermano; tomaría todo en recompensa. —Házmelo.

—¿Hacerte qué? —Tom le dio un vistazo al pene del pelinegro.

—Puedes… meterme los dedos, —dijo Bill, ruborizándose por tener que decirlo en voz alta.

Tom se congeló.

—Si tú quieres… —murmuró Bill, de pronto nervioso por haber cruzado la línea.

Tom rompió su estado de silencio y comenzó a rebuscar por todos lados, abriendo el cajón del buró.

—¿Qué haces? —preguntó Bill ansioso—. ¿Tom?

—Necesito… Los chicos necesitan… Bien, mierda. No hay aquí. Bien, quédate aquí, —le ordenó, poniéndose los pantalones y dirigiéndose a la puerta—. No te muevas.

—¡Espera, estoy desnudo! —chilló Bill, jalando su camiseta tan abajo como podía—. ¡No abras la puerta! ¡Deja que me vista!

—¡No, no lo hagas! —pidió Tom—. No te muevas. Regreso en seguida, lo juro.

Bill se deslizó bajo las cobijas, hundiéndose en las almohadas cuando Tom se fue. ¿En qué se había metido? Estaba recostado en la cama de alguien en la casa de alguien más, medio desnudo, esperando que su gemelo regresara y le metiera los dedos. Oficialmente, había perdido la cordura. Pero aún así, no podía negar que la idea de dejar que Tom le hiciera eso era excitante. Bill se había tocado ahí abajo antes, mientras se masturbaba, sólo un poquito. Y la superficial caricia de su hermano había mandado olas de electricidad por su cuerpo. Se emocionó imaginando qué tan bueno iba a ser, que cuando Tom regresó con una botellita de aceite para bebé, Bill estaba sobre las cobijas de nuevo, piernas completamente abiertas y masturbándose.

—Santo Dios, —exhaló Tom, dejando la botella en la cama y desvistiéndose. Se recostó junto al otro, cubrió una de sus manos con aceite y fue directo al punto, frotando dos dedos sobre el pequeño agujerito rosado de Bill.

Oh, —gimió Bill aferrándose a sus hombros, urgiéndole que se colocara encima. Tom lo hizo, frotando más fuerte—. ¡Oh, joder! —Bill manoteó en las sábanas a ciegas, topándose con el aceite y abriendo la botella por accidente, derramando el contenido por todos lados. Juntó sus palmas por unos segundos, humedeciendo ambas: una para su pene y otra para el de Tom.

Tom gimió apreciándolo, sus caderas temblaron ante el agarre de Bill. Lentamente introdujo la puntita de su dedo, experimentando, y Bill jadeó. —¿Puedo…?

—Sí, hazlo, —dijo Bill, inhalando con dificultad cuando Tom empujó todo su dedo dentro—. ¡Oh, Dios!

—¿Se siente bien? —preguntó Tom, sacando el dedo y frotando otra vez. Volvió a meterlo hasta el segundo nudillo, y comenzó un constante, poco profundo ritmo, nunca sacándolo por completo. Bill estaba de ojos completamente abiertos, intentando clasificar la sensación. Estaba seguro de que era bueno, ¿quizá muy, muy bueno? Bajó la mirada a sus hinchadas pollas y casi se desmaya ante la vista del brazo de su hermano ahí abajo, su mano… Quizá era mucho mejor que bueno.

Tom introdujo otro dedo, y Bill lo tomó fácilmente. Se sorprendió de lo natural que se sentía. Había algo raro, una sombra de incomodidad, pero también una buena cantidad de placer. —¿Más? —ofreció Tom.

Bill negó con la cabeza, jadeando. Dos eran más que suficiente por ahora; dos se sentían fan-jodido-fantástico. Se correría pronto; podía sentirlo. Todo lo que necesitaba era un último empuje. Tom se inclinó hacia abajo, tomando un pezón de su hermano dentro de su boca y chupó con fuerza. Bill gritó, se retorció, se arqueó y se vino. Largas, perladas líneas golpearon el abdomen de su hermano, podía sentirse siendo exprimido por los dedos de su hermano, todavía hundidos dentro de su cuerpo.

—Oh, joder, —jadeó Tom, sacando sus dedos del culo de Bill, liberándose del agarre que tenía el menor en su polla. Bill estaba vacío, completamente agotado, apenas consciente de lo que sucedía cuando Tom presionó la cabeza de su pene contra su aflojada entrada y se masturbó—. Joder, joder, —susurró Tom, sus ojos brincaban frenéticamente sobre la sudorosa, fresca carne de su hermano.

Se inclinó hacia abajo para que sus labios rozaran el oído de Bill, y le dijo, —Me voy a correr sobre ti.

Bill lo atrapó con sus brazos, enredándolos despreocupadamente sobre su cuello.

—Me voy a venir por todo tu agujerito. Me voy a… —Tom terminó con un gemido gutural, disparando con fuerza en la entrada de Bill, y a Bill le gustó. Era un desastre y estaba húmedo, y lo hacía sentirse sexy. Tom cayó sobre su cuerpo, respirando pesadamente—. Oh, Dios, Bill.

Bill tarareaba, deslizando sus sucias manos sobre las rastas del otro. —Ups, —dijo, cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Tom se dio cuenta también, pero sólo se encogió de hombros. Sus manos bajaron a las piernas del menor otra vez, extendiendo el desastre que había hecho ahí, empujando un dedo cubierto de semen dentro de Bill.

Bill bajó la mirada y atrapó la traviesa expresión en el rostro de su hermano. Sus ojos se encontraron, y ambos rieron. —Ahora no, —dijo.

—¿Más tarde? —rogó Tom.

Canturreó otra vez. —Y… no en casa de Erich.

Tom resopló. —Oh, mierda, sí, tienes razón. Espero que nadie te escuchara gritar como puta.

—¡Cállate! —rió, golpeándole la nuca—. Es tu culpa.

—Sí, —contestó Tom, después suspiró—. Supongo que será mejor que nos vayamos.

—Estoy cansado, —se quejó—. Y mi… maldito trasero me duele.

Rieron, pero Tom dijo, —¿En serio?

—Un poco, —admitió, dejando que el mayor le ayudase a sentar—. No lo sé. Se siente raro.

—¿Cómo qué? —Tom le pasó sus pantalones y ropa interior.

Bill arrugó la nariz mientras pensaba. —Abierto, supongo. Es difícil de explicar. —Tom no dijo nada—. Puedo hacértelo para que lo veas por ti mismo, —le provocó, sabiendo la reacción que obtendría.

—No, gracias, —dijo Tom rápidamente, poniéndose la ropa.

—Hey, —dijo Bill, acercándose para tocarle el brazo—. Se sintió bien. Me gustó.

—¿Sí? —Tom parecía aliviado—. A mí también.

—Sí, podría decirlo, —agregó el menor coqueto descansando sobre su espalda y levantando las piernas al aire—. Vísteme.

—Flojo, —se burló Tom, palmeándole un tobillo. Le puso su ropa interior—. No soy tu esclavo.

—Me duele mi trasero, —argumentó.

—Vas a sacar eso cada vez que puedas, ¿verdad? —dijo Tom, fingiendo estar molesto.

—Tú la sacaste toda encima de mí… ¡Ah! —rió, retorciéndose cuando Tom agarró uno de sus pies y comenzó a jalarle los dedos, cosa que odiaba—. ¡Idiota! ¡Detente! Ow, en serio. ¡Mi trasero! —se quejó.

Estuvieron jugando, peleando, rodando por toda la cama. Cuando por fin colapsaron del cansancio para recuperar el aliento, Bill dijo, —Tendrás que cargarme hasta la casa.

—Sí, claro, —dijo Tom, riendo.

—En tu espalda, —intentó Bill—. Estoy muy cansado, en serio. No está tan lejos.

Tom se inclinó para besarle la punta de la nariz, después lo mordió ligeramente. —En tus sueños.

Continuará…

Notas de la Autora: ¡Los comentarios son apreciados! Recuerden, cada vez que dejan un comentario, Tom deja que Bill elija una película para verla juntos ^_^ Y cada vez que se van sin comentar, Bill elige una comedia romántica y después se burla porque Tom llora ;_;

¡Ese fue un capítulo largo! Pero tenía mucho qué cubrir. Bill necesitaba reconciliarse con Erich, primero. Por fin escribí la escena Bill/Wolfie, que había estado esperando por un tiempo. Y claro, por supuesto, los gemelos necesitaban hacer algo después de sus confesiones. (3_3) Sé que Tom parecía un idiota en muchos trozos de este fic, pero espero que puedan ver su lado de la historia. En cada escenario, tenía razones para su comportamiento, buenas o no. Y Bill rara vez es completamente inocente, también.

por Analif

Traductora del Fandom

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