Fic de sarahyellow. Traducido por OuterSpace

Capítulo 3: Descontento

—No te gusta el agua como a mí, ¿verdad?

Tom levantó la vista para mirar a Bill, quien parpadeaba con ojos negros. En ese momento, el otro hombre estaba en su forma de pescado, su cola plateada se movía debajo del agua mientras Tom estaba sentado en el banco del río, afeitando su cara.

—No lo sé —contestó—. Supongo que no.

Acercó la navaja filosa que había creado a partir de una concha hasta su mentón, intentando no distraerse con la mirada curiosa de Bill.

Uno de los varios atributos inhumanos que Bill tenía, era que no le crecía vello facial. Esa era la razón por la cual el náyade había estado tan fascinado desde la primera vez que había visto aparecer barba incipiente en el rostro del marinero. Bill pasaba sus dedos sobre ella, y después veía, ligeramente decepcionado, cómo el marinero se la quitaba. Mientras muchos de los marineros griegos que Tom había conocido en sus viajes llevaban barba, eso no era la lo normal en su propio lugar de origen, en Abdera; y por lo tanto, tenía un disgusto por ella. Al no tener objetos creados por el hombre en la isla, Tom había tenido que improvisar, afilando los bordes de las conchas lo suficiente como para que funcionaran como navajas.

En ese momento, estaba usando su reflejo poco claro en el agua para guiarse en su tarea, con algún comentario ocasional de parte de Bill para decirle si le había faltado una parte.

—Creo que nadie ama tanto el agua como tú —comentó Tom cuidadosamente mientras terminaba con su tarea. Dejó a un lado la concha y vio a Bill haciendo una voltereta lenta debajo de la superficie de la piscina; esperó a que el náyade volviera a la superficie. A pesar de saber que Bill podía escucharlo casi perfectamente bien bajo el agua, al marinero todavía le resultaba algo muy extraño tener una conversación hecha sólo por él mientras el otro hombre nadaba por debajo del agua. Bill resurgió, sonriendo, y Tom lo interrumpió antes de que pudiera recordarle lo de sus habilidades de escucha—. Ya sé, ya sé. Es sólo que me gusta hablar contigo cuando puedes responderme.

—Hm —Bill nadó hasta el banco y cruzó sus brazos a un lado de los pies del otro hombre—. Ven a nadar conmigo.

Tom ladeo su cabeza, considerando la proposición del náyade. Ya era algo tarde, y el resplandor del sol poniente moldeaba reflexiones en llamas sobre la superficie del agua mientras la tierra comenzaba a enfriarse.

—Ven a acostarte en el sol conmigo —retó—. Hay que aprovechar el último calor del día.

Iban a nadar casi todos los días. El hombre pelinegro constantemente llevaba a Tom a todos sus lugares con agua favoritos, pero últimamente, el rubio se había encontrado a sí mismo cansado de ello. Pasar el resto de la tarde descansando sonaba como una gran idea.

—Anda —insistió cuando Bill permaneció en el agua—. Ven aquí.

Estiró un brazo, y Bill hizo una de sus sonrisas felices antes de estrechar la mano de Tom para salir a tierra. Juntos en el banco, Bill se inclinó por un beso. Tom se lo dio, juntando el cuerpo resbaloso del náyade contra el suyo propio, sus pieles se deslizaron juntas mientras sus manos luchaban por agarrarse. Los labios de Bill, suaves y tiernos igual que el resto de su cuerpo, se presionaron contra los suyos, y Tom gruñó cuando el náyade retorció su cuerpo contra él, claramente en busca de más.

Alejándose del sello de sus bocas, Bill sonrió al sentir inmediatamente los besos de Tom dejando rastro a lo largo de su mentón y bajando por su cuello. Un leve gemido escapó de su garganta cuando el marinero mordisqueó la piel de su garganta. Sosteniéndose de la parte trasera de los hombros del otro hombre, sonrió con placer.

—¿Un lugar… ¡ah! más cómodo? —Tom hizo un sonido inteligible contra su piel, aferrándose a sus caderas y juntando las suyas para frotarse juntos—. Mierda, Tom.

La palabrota recientemente aprendida escapó de sus labios y Bill apretó sus ojos por lo increíblemente bien que se sentía el contacto, mientras ponía toda su fuerza de voluntad para separarse. Movió sus manos y sus rodillas, listo para ponerse de pie, pero fue jalado un poco por las manos del marinero.

Tom se le acercó por detrás, inclinándose sobre su cuerpo.

—Tienes una boca muy sucia, ¿lo sabías? —gruñó tentadoramente en su oído. Bill sólo sonrió y avanzó más,  arañando el banco mientras Tom lo seguía detrás, intentando alcanzarlo. El humano finalmente triunfó después de pasar el banco de arena y al llegar al pasto suave. Tom derribó sus cuerpos e hizo que Bill se diera vuelta, de forma que sus ojos brillaron con triunfo al mirar al náyade—. ¿Ya estás lo suficientemente cómodo?

En respuesta, Bill mordió su labio, inclinando sus caderas hacia arriba con ganas de más.

—Perfecto —suspiró, jalando el rostro de Tom hacia abajo. Tom respondió entusiasmadamente a la petición del chico, separando sus labios para dejarlo entrar en su boca. El náyade trabajó sus bocas en un beso apasionado, de forma caliente y minuciosa. Gritó cuando Tom lo agarró firmemente, juntando sus erecciones para frotarse, piel contra piel. El contacto que encontraron fue tan satisfactorio, y ambos hombres jadearon fuertemente mientras luchaban por conseguir más de él.

Bill envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Tom, y usó ese agarre para voltear sus cuerpos, quedando así arriba del otro hombre. Las manos de Tom inmediatamente encontraron su cintura, y Bill se movió hacia atrás hasta que las partes inferiores de sus cuerpos se alinearon y sus erecciones medio formadas se presionaron juntas.

—Vamos —alentó, sus ojos estaba oscurecidos—. Ponte duro para mí.

Su mano bajó para agarrar ambos miembros y obtuvo un sonido ahogado de los labios del rubio. La boca del náyade se abrió formando una sonrisa amplia mientras apretaba con sus dedos, y después añadió:

—¿No quieres metérmelo?

Tom jaló los brazos de Bill desde abajo, haciéndolo derrumbarse para situarlo sobre su pecho. Lo mantuvo ahí mientras sus caderas se impulsaban hacia arriba.

—¿Dónde aprendiste a hablar así, eh?

Gruñendo mientras el otro hombre controlaba los vaivenes, Bill se inclinó y lamió la comisura de la boca de Tom.

—De ti —jadeó, intentando soltarse del agarre del otro hombre. Sin embargo, Tom lo agarró de las muñecas y lo sostuvo fuertemente para sacar ventaja. Bill forcejeó contra él mientras volvía a ser obligado, y rodaron por el pasto hasta que Tom lo tuvo acorralado contra el suelo. El marinero envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Bill, levantando el arco de su espalda mientras embestía fuertemente contra él un poco más.

—¡Ah, ah! —gritó Bill, sus piernas subieron para engancharse alrededor de los muslos de Tom, luchando para juntarse más a Tom.

Sus uñas rasguñaron la piel de los hombros del otro hombre de donde se estaba agarrando.

—Tom —jadeó—. Por favor, entra en mí… mmn.

Besó los labios del rubio de forma descuidada.

—Tócame.

Con sus rostros tan cerca el uno del otro, el marinero sonrió mientras continuaba moviéndose contra él.

—Decídete —dijo—. ¿Qué quieres?

Disfrutó el gemido agitado que hizo el chico debajo de él, los movimientos tortuosos de su cuerpo ansioso y suplicante mientras perdía su concentración una y otra vez.

—Ugn —gruñó Bill con frustración, rodando sus caderas contra el hombre arriba de él y casi muriendo por la fricción que se sentía tan bien—. No me… no me importa, sólo… ¡oh! Tócame

Sus palabras se ahogaron y su boca quedó abierta cuando la mano de Tom se encontró repentinamente entre sus cuerpos, jalando su pene justo de la manera que quería.

—¡Oh, sí! —cerró sus ojos fuertemente; su rostro se contorsionaba por el placer.

Tom enterró su nariz en el cabello justo arriba de la oreja del chico, mientras continuaba moviendo su mano.

—¿Se siente bien? —preguntó con voz ronca, sintiendo cómo Bill asentía frenéticamente contra su mejilla—. ¿Me quieres dentro de ti?

El sonido agudo que Bill hizo fue claramente una afirmación, y Tom volvió a amoldar sus labios juntos, besando la boca caliente y húmeda del chico. Llevó su mano hacia abajo, más allá de los testículos de Bill, hasta que rozó el lugar deseado. Pudo escuchar cómo la respiración del náyade se atoró en su garganta cuando su dedo masajeó y después presionó, entrando en la cálida estrechez.

Besando rápidamente a Bill, Tom lo vio a los ojos cuando su dedo se movió, acariciando las paredes suaves de adentro del chico. Observó cuando las pupilas de Bill se expandieron, y sus ojos se desenfocaron por el placer. En náyade gimió y gritó, moviéndose contra la mano de Tom, lo que hizo que el vientre del marinero se apretujara, desesperado por entrar en Bill. Frotó su propia erección contra el muslo del otro hombre, y continuó preparándolo, metiendo otro dedo, y después otro; mientras se volvía loco con los gemidos suplicantes de Bill.

—Tom —gritó Bill mientras su próstata dentro de él era tocada una y otra vez—. Es suficiente, ya es suficiente.

Tom sacó sus dedos, sabiendo lo que Bill quería, y estando listo para dárselo. Sin embargo, el aspecto en el rostro del náyade, todo sudado e inundado con placer, le hizo pausar.

—Eres tan… —dijo bajito, pasando una mano a lo largo del muslo del chico. Bill pestañeó.

—¿Tan qué?

Tom no creía que hubiera una forma de explicarle al otro hombre lo que le hacía sentir, lo perfecto que era.

—Ni siquiera sé —exhaló.

La pausa debió prolongarse demasiado para el gusto del náyade, porque en breve, Bill empezó a arquearse contra él.

—Estoy listo para que entres en mí —suministró, levantando sus caderas—. Ahora.

Tom bajó una mano, sin perder más tiempo, y se guio a sí mismo a la entrada del otro varón. Ambos hombres gruñeron cuando sus cuerpos volvieron a encontrarse. Tom exhaló temblorosamente, y descansó su frente en el nombro de Bill. El náyade lo sostuvo, tan insoportablemente apretado, y Tom batalló para mantener su propio control mientras el chico debajo de él se ajustaba. Cuando la respiración inestable contra su piel disminuyó, Tom se separó un poco para ver a Bill a los ojos.

—¿Listo? —preguntó tragando saliva.

Bill, tan hermoso debajo de él, y pareciendo como si fuera a romperse, se lamió los labios y consintió, asintiendo con su cabeza; estremeciéndose cuando Tom salió. Volvió a deslizarse dentro de él, y así comenzaron con la danza que los llevaría nuevamente al climax.

Fue horas después, después de que el mundo se hubiese tornado oscuro, y Tom dormía a su lado, cuando Bill miró hacia arriba, hacia el cielo infinito, y se maravilló con su mar de estrellas. Pensó que el mundo debía ser como el cielo. Algo tan inmenso y maravilloso, lleno con cosas que nunca podría ver. Pensó que Tom sí había visto el mundo; había navegado por todas esas estrellas. Después de  tantas leguas de océano, ¿cómo podría un poquito de tierra compararse a todo eso?

El hermoso cielo no coincidía con los sonidos que llenaban el aire. Sus oídos se agudizaron, escuchando voces distantes; el náyade sabía que las sirenas le cantaban a sus víctimas, y se preguntó cuántos hombres morirían esa noche. Volteando su cabeza a un lado, Bill observó los rasgos del hombre rubio, tan pacíficos en su descanso. Tom había sobrevivido a la ira de las sirenas, había superado el océano agitado y una herida severa, sólo para quedar encallado en ese pequeño pedazo de tierra.

Bill se pegó más al costado del marinero, y Tom aun estando dormido, lo acercó más con sus brazos; tan cálido y maravilloso. Bill sintió que su corazón se apretaba. ¿Cuánto tiempo más duraría? Se preguntó. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que Tom se diera cuenta de lo que Bill había visto desde el principio? La isla no prometía nada para el humano, y aunque Bill estaba ahí y ambos encontraran felicidad en el cuerpo del otro, el náyade sabía que llegaría un momento en el que eso ya no sería suficiente. Llegaría un momento en el que Tom desearía un futuro.

Cerrando sus ojos contra la piel del costado de Tom, Bill ignoró las lágrimas que bajaron por sus mejillas, intentando con todas sus fuerzas memorizar cómo se sentía el tener otro cuerpo abrazado tan cerca.

&

Tom se sentó con su espalda apoyada contra la piedra, sus dedos se movían ágilmente con el manojo de pasto que sostenía. Con días vacíos sin nada qué hacer, alargándose, el rubio se había enseñado a sí mismo a tejer las briznas largas y secas en varias formas. Era una tarea innecesaria; algo qué hacer para pasar el tiempo. Las entretejía para hacer algo que no tenía uso, sólo con tal de hacer algo bonito para que Bill disfrutara.

En náyade estaba nadando en algún lugar dentro de las frías aguas de la cueva en la que estaban. A pesar de que su compañero no parecía tener problema alguno para ver a pesar de la falta de luz, los ojos humanos de Tom no podían guiarlo a través de la oscuridad, por lo que prefería permanecer en la orilla de tierra que se extendía a lo largo del borde de la cueva. La fisura era monstruosa, se extendía lejos hasta la base de la isla. El marinero se sentaba cerca de la entrada mientras Bill nadaba más a fondo, explorando el extraño mundo ahí dentro; Tom nunca iba más allá de los perímetros donde la luz del día no llegaba.

El náyade siempre estaba explorando, siempre buscaba lugares y cosas nuevas. Tom sabía que era parte de su naturaleza ser tan curioso. Cuando Bill encontraba un lugar o una cosa innovadora, todo su comportamiento cambiaba. Los movimientos escurridizos de su cuerpo cuando encontraba un nuevo descubrimiento, la forma en la que sus ojos brillaban cuando cazaba criaturas marinas, a veces lo hacían parecer menos una persona, y más como… otra cosa. Tom podía apreciar a Bill por lo que era, y cuando se recostaban juntos en la noche, o en cualquier otro momento, las cualidades más humanas del náyade dominaban.

Bill era una criatura de placer tanto como era una criatura de agua, y después de haber aprendido las cosas placenteras que los cuerpos podían hacer cuando se juntaban, el náyade de cabello oscuro había dejado claro que prefería pasar más tiempo en su forma humana, donde podía tener piernas y otras partes deseables de su anatomía debajo de su cintura. La intimidad física que compartían y también los sentimientos más profundos, eran lo que mantenían a Tom en la isla.

Un chapoteo vino desde algún lugar cercano, y Tom alcanzó a ver la sombra de Bill debajo de la superficie del agua, nadando y acercándose. Cuando el náyade llegó al suelo rocoso de la isla, salió del agua, aun en su forma de pez. Tom lo contempló mientras se acercaba, sus ojos escaneaban la extensión mojada de su cuerpo. Bill era glorioso, ligero y perfecto en cualquiera de sus dos formas. Al no ser uno que se abstiene de contacto cercano, el náyade se dejó caer justo en los brazos de Tom. Tom posó sus manos alrededor de su cintura, acercándolo más mientras el chico lo saludaba.

—Hola.

—Hola —Tom recorrió con sus manos la longitud mojada de los brazos de Bill, cerrando sus ojos mientras el chico enterraba su nariz en su cuello—. ¿Encontraste algo interesante?

Sabía que Bill amaba hablar de sus descubrimientos. Pero Bill negó con su cabeza, ahí donde la descansaba, e hizo un sonido de descontento.

—No. Ya no hay nada nuevo qué ver. Sólo las mismas cosas, una y otra vez —pausó, tensándose un poco cuando las manos de Tom pudieron sentirse sobre su cola.

Mirando hacia abajo, el náyade vio donde el otro hombre lo tocó; sus dedos pasaban por encima del lugar donde la piel se volvían escamas.

—Tom —gimoteó, retorciéndose en el abrazo del marinero—. No.

Tom lo miró a los ojos curiosamente.

—¿Por qué te molesta que te toque? —desde su llegada a la isla, e incluso después de un largo tiempo de empezar su contacto íntimo, al joven náyade no le gustaba dejar que Tom tocara su otra mitad.

Cuando el rubio se acercaba a correr sus manos sobre su cola, rehuía al toque y daba excusas o cambiaba de vuelta a sus piernas. Ahora, Tom lo sostenía muy cerca, y pasaba las yemas de sus dedos a lo largo de las suaves y frías escamas.

—Esto es parte de ti —murmuró—. Quiero conocer todo lo tuyo.

Pero Bill sólo enterró su cabeza en el cuello del otro hombre, y cambió justo debajo de las manos de Tom; sus piernas se reformaron hasta que todo lo que había para tocar era piel pálida.

—Bill —Tom reprendió, alejando al chico para que pudiera mirarlo—. ¿Por qué hiciste eso, eh? Nunca me dejas tocarte.

—Llévame lejos de aquí, Tom —dijo Bill rápidamente, evitando las preguntas del otro hombre—. Quiero ir a casa.

Su casa era un punto sombreado de tierra seca, era el lugar en el que Bill siempre había dormido, antes de que Tom llegara. El marinero había construido un pequeño refugio en ese lugar; el deseo humano por tener un techo sobre su cabeza dominaba todo lo demás. Ahora pasaban más noches ahí, enredados juntos sobre la suave tierra, y fue ahí a donde Tom regresó junto con Bill, dejando la cueva para ir al sitio más familiar.

Para el momento en el que llegaron, la noche ya se estaba acercando. La neblina del anochecer comenzaba a ponerse sobre la isla, trayendo con ella las luces intermitentes de las luciérnagas y el croar distante de las ranas. Siendo jalado hacia abajo por los brazos insistentes de su compañero, Tom se mantuvo callado al abrazar a Bill, mientras observaba la melancolía que parecía haberlo abrumado durante todo ese día.

Tom pasó sus dedos por el cabello de Bill de forma gentil.

—Bill —dijo—. ¿Qué tienes?

Bill raramente se ponía triste, o enojado… o cualquier otro tipo de sentimiento negativo, en todo caso. El joven de cabello negro siempre parecía estar tan feliz y despreocupado, y para Tom, era extremadamente desconcertante no verlo así. Esperó un largo momento por la respuesta de Bill, estaba seguro de que hablaría cuando estuviera preparado.

Y cuando habló, la voz de Bill cargaba una tristeza.

—Soy diferente a ti —lamentó—. Soy diferente a todos.

Tom se acercó más, jalando a Bill hacia él.

—No hay nada de malo con eso. Te hace especial —Tom pensaba que Bill era la criatura más preciosa en el mundo. Pensaba que el otro hombre ya sabía eso pues habían estado intercambiando palabras de amor por años. Tom volvió a repetirle a Bill unas palabras, murmurando contra la piel del cuello del náyade—. Te amo.

Sin ser visto, Bill sonrió con remordimiento al dársele dulces palabras de consuelo.

—Lo sé —respondió con voz bajita—. Pero desearía ser como tú, humano todo el tiempo.

—Bill —Tom se alejó un poco para darle una mirada severa—. No me gustaría que cambiaras.

Se agachó para acariciar la piel de la cintura del joven.

—Eres mágico.

Bill sólo frunció el ceño, todavía pareciendo molesto.

—Pero si fuera como tú… —se mordió su labio, no permitiéndose a sí mismo a terminar esa oración. Había tantas cosas que quería y que nunca podría tener.

—¿Qué? —preguntó Tom, sus ojos cafés se veían cálidos con preocupación—. ¿Qué diferencia habría?

Bill se encogió de hombros, viéndolo con ojos tristes cuando respondió.

—Podría subirme en un bote contigo, y podríamos irnos.

El rostro de Tom se tensó instantáneamente, inmóvil por la seriedad. Bill y él habían construido un bote el primer año, antes de que su cariño creciera. Ahora, el pequeño navío yacía abandonado, lejos en la playa. Al igual que el bote, el deseo de Tom acerca de irse, había sido puesto a un lado; ignorado, en favor de la compañía del náyade. Bill no podía ir al océano, y el marinero hizo de la isla su hogar también, convenciéndose a sí mismo de que las ansias para volver al mundo disminuirían.

—No quiero irme —insistió Tom, pasando sus manos contra la extensión suave de la espalda del náyade. Días y noches de hacerle el amor a Bill casi habían hecho que eso fuera cierto—. Te amo.

Bill suspiró, inclinándose para presionar sus labios juntos, y cuando se separaron, suspiró:

—Y extrañas el mundo —Tom lo abrazó, acercándolo más; pero no protestó.

Bill cerró sus ojos, dejando que el humano lo sostuviera en sus brazos. Tal vez no le gustaba, y tal vez, con todo su ser deseaba por una igualdad, pero el hecho seguía siendo que Tom era una criatura diferente, y pertenecía a un lugar diferente en el mundo. Tom no estaba hecho para pasar su vida atrapado en un solo lugar, y aun así, Bill sabía que Tom se quedaría con él, si él lo pedía.

&

Tom se le quedó viendo al agitado mar gris, donde hace mucho tiempo, casi había muerto. Sabía que había un horrible espectáculo que se llevaba a cabo abajo, por las rocas, y a pesar de que a menudo se sentaba en los riscos, nunca lo había visto suceder. El viento que venía de las aguas, sacudió su cabello hacia atrás. Fría y ruidosa, la brisa ocultó la llegada de Bill, y Tom dio un pequeño respingo cuando el náyade le dio una palmadita en el hombro. Al voltearse, fue recibido con una sonrisa y una humeante porción de pargo.

—Toma.

Tom tomó la hoja llena de pez, sentándose donde el hombre de cabello oscuro se había colocado.

—Gracias —dijo mientras tomaba un pedazo de la carne desmenuzada, notando tardíamente lo asediada que había sonado su voz.

Sin embargo, Bill notó su tono. La ninfa se sentó en la roca, con una rodilla jalada hacia su pecho mientras observaba comer al otro hombre. Los movimientos de Tom eran lentos, sus rasgos se veían severos; y aunque tal vez estaba intentando esconderlo, Bill podía ver la oscuridad que yacía en su frente. El náyade, preocupado, frunció el ceño ante el comportamiento del otro hombre.

—¿Pasa algo malo? —preguntó con cuidado.

Tom dejó de comer, sin hacer contacto visual, antes de responder con un asentimiento hacia abajo, al océano. Bill siguió el gesto para ver el imponente barco que se aproximaba. Eugenia y sus hermanas estaban en las rocas, esperando.

—Oh —Bill mordió su labio; todavía no habían empezado a cantar, pero estaba claro lo que estaba a punto de suceder.

—¿Qué tan seguido vienen?

Los ojos del náyade se dispararon de vuelta a donde Tom estaba sentado. Ahora tenía la mirada arriba, sus ojos estaban tan muertos como la madera. Algo acerca de la manera en la que había mirado el océano y luego a Bill… en realidad, Bill no sabía qué pensar de ello. El otro hombre estaba tenso, y parecía como si estuviera intentando mantener algo por debajo de la superficie. Bill se sintió inquieto al responder silenciosamente.

—Una vez cada tantos meses.

—Entonces ése se va a estrellar.

Bill frunció el ceño, todavía contemplando al hombre que no volteaba a verlo.

—Todos lo hacen.

Tom asintió, pero no se vio nada calmado. Continuó observando la escena abajo, quedando en silencio por un largo tiempo. Finalmente, cuando los labios de Bill se acababan de separar para hablar, el rubio volteó a verlo con una mirada cortante.

—¿Cuántos hombres has visto morir?

La boca de Bill se quedó abierta por la sorpresa. Sus labios se movieron, pero le tomó unos cuantos intentos para pensar en una respuesta.

—¿Por qué estás preguntando eso? —finalmente logró preguntar, sus ojos se se entrecerraron—. ¿Qué es lo que te pasa últimamente?

El náyade sintió una terrible frialdad golpeando su estómago; había una frágil respuesta apoderándose de su propia pregunta.

Pero Tom le dirigió su ceño fruncido de vuelta al suelo, rompiendo el contacto visual

—Nada.

Bill inhaló lentamente. No sabía qué decir, no estaba completamente seguro de lo que estaba pasando. Asintió sin fuerzas hacia la pila de pescado que había traído.

—Querrás comértelo antes de que se enfríe.

—La verdad es que no quiero.

—No has comido nada desde la mañana —Bill no sabía por qué el rechazo hacia su comida le dolía.

Se sentía como si algo más serio que sólo la comida de la tarde estuviera siendo rechazada.

—Deberías comer —insistió, aunque una parte de su cerebro le estaba gritando que no lo hiciera—. Tom…

—Sólo estoy cansado del puto pescado, ¿ya?

Bill pestañeó, tomado por sorpresa ante la respuesta ácida de Tom. El puño en su corazón se apretaba más. Se puso de pie y mordió su labio, esperando por algo más de parte del otro hombre; más palabras, una mirada. Nada vino. Dándose vuelta cuando se dio cuenta de que Tom no se iba a disculpar, Bill sintió como si estuviera conteniendo la respiración al empezar a alejarse con pasos lentos. Se fue de los acantilados, y fue hasta que se había alejado ya una larga distancia, cuando el canto comenzó.

&

—No puedes comer pescado por el resto de tu vida.

Tom levantó la vista del mero que estaba consumiendo. Bill había regresado de las marismas esa mañana con una enorme sonrisa en su rostro y cargando un pescado tremendo. Tom comería lo que pudiera del animal, y ese sería su almuerzo.

—¿Qué? —preguntó al tomar otro puñado de carne de los huesos de la criatura; sus ojos observaban a Bill mientras se sentaba en el suelo frente a él.

—Esa es mi buena razón.  No puedes vivir comiendo pez para siempre.

Los labios de Tom se abrieron al entender de lo que estaba hablando. Suspirando, bajó la mirada.

—Bill… —hace semanas, el náyade había presentado la idea de que Tom podía irse de la isla. Sin él. La mirada en los ojos de Bill cuando había presentado la sugerencia, se había sentido como una puñalada en el corazón de Tom. El marinero sabía lo mucho que significaba para el náyade tener compañía en la isla con él. Sabía lo que significaría si se iba. Tom había declinado la oferta inmediatamente. Argumentando que no podía hacerlo; no podía abandonar a Bill así. No después de todo lo que habían compartido.

Le había dicho al náyade que le dijera “una buena razón” por la que debería irse, aparte de las ansias de Tom por regresar al mundo. En ese entonces, Bill se había quedado callado, pero aparentemente, ahora se le había ocurrido una respuesta, aunque era una bastante débil.

Tom podía darse cuenta de que a Bill le dolía tanto como a él, y aun así, la ninfa seguía hablando a respecto. Le dolía cuando Tom se le quedaba viendo al océano con ojos nostálgicos, o cuando veía las flores amarillas de la isla con desdén, acostumbrado a no ser visto. Ahora, Bill se había dado cuenta de todo eso, y señalaba todos ellos como evidencia de que la suya, era la única solución. Pero Tom argumentaba; ¿cómo podría ser una solución, cuando dejaba a uno de ellos destrozado?

Aun así, el rubio no podía ignorar la añoranza por la tierra que habitaba en su corazón; por la gente, por el mundo. No se había esfumado. Sin importar lo mucho que había intentado hacerla desaparecer, sin importar cuántas veces había sostenido a Bill en sus brazos, la añoranza permanecía. El marinero hubiera podido vivir con ella por siempre, dispuesto a quedarse con su amante de otro mundo y nada más, de no ser porque Bill había empezado a hablar acerca de él, yéndose de la isla.

—Te enfermaste —le recordó Bill, acercándose—. Por no comer plantas.

Tom asintió, lo recordaba. Nada de la fauna que crecía en la isla era comible; y, al subsistir sólo con pescado, había empezado a desarrollar escorbuto en los primeros meses que estuvo en la isla. Eso se había remediado con la flora limitada que crecía que se derivaba del agua, pero Tom sabía que a su dieta le hacía falta mucho.

—Ahora estoy bien —ofreció, disipando las preocupaciones del joven de cabello negro—. Aquí tengo todo lo que necesito.

Se sintió culpable al decirlo; sus ojos se desviaron resueltamente mientras el náyade lo observaba penetrantemente.

—¿Sabes? Sé cuándo me mientes —dijo Bill con voz baja desde su asiento.

Tom se levantó, molesto nuevamente por el tema de conversación. La culpa por lo que sentía lo comía por dentro, dejándolo sentirse vacío y horrible.

—¿Por qué haces esto, Bill? —gritó, dándose vuelta para alejarse. Sin embargo, el náyade lo detuvo, yendo tras él para tomar su brazo. Volteándose rápidamente, Tom le frunció el ceño al otro hombre, sus ojos se quemaban con una  tristeza reprimida—. ¿Quieres que me vaya? ¿Es eso?

La pregunta llevó un aspecto desdichado al rostro de la ninfa; el dolor nubló sus rasgos al contestar.

—Sabes que no.

—¿Entonces por qué?

—¡Por que vi morir a tus ojos! —exclamó Bill, su voz se quebró—. Te he visto sentado en las rocas con ojos muertos, y te he visto mirarme con resentimiento.

Tom miró al náyade con un horror dolorido; horror, porque lo que Bill estaba diciendo era verdad, pero él nunca había querido que fuese así. Nunca había querido que Bill supiera de su descontento.

—Bill, yo no…

—No —interrumpió Bill, su voz se suavizó al acercarse.

Separados por una pulgada, unió sus manos y apretó sus dedos, desesperadamente fuerte; rogándole que no desperdiciara una mentira que no podía ser creída.

—No —repitió en un susurro.

La humedad en sus ojos corrompió, cayendo por las esquinas cuando continuó.

—Si no te vas, todo esto… terminará mal. Y te verás así, cada vez más y más seguido —sorbió—. Hasta que odies este lugar.

Tom cerró sus ojos, apretándolos por lo que estaba diciendo el chico.

—Hasta que me odies.

—No —interrumpió Tom severamente, listo para objetar—. No. Nunca podría odiarte.

Pero Bill negó con su cabeza, sus narices casi se rozaron mientras él insistía.

—Pero no quiero ser lo único que ames, en un mundo de cosas que odias.

—Bill…

—¿No ves lo que está pasando? —la voz de Bill era aguda y fuerte, llena de un dolor que no podía ser mitigado con besos; ya no más.

Tom no ofreció discusión verbal, pero de todas formas negó con su cabeza, atrayendo al náyade hacia él. Apretó sus parpados por encima de la cabeza de Bill, sin ser visto. Una ola de dolor se estrelló contra él tan fuertemente que su respiración quedó atrapada en su garganta, formando un nudo y sus ojos se aguaron dolorosamente.

—No puedo dejarte.

—Lo sé.

Tom sintió en su hombro la humedad de las lágrimas en respuesta. Sostuvo al náyade contra él como si nunca quisiera dejarlo ir.

—Te amo.

—Lo sé.

&

El bote había necesitado arreglos, y trabajar en ello, se había sentido como una traición. Pero Tom lo había hecho, esta vez, sin la ayuda del náyade. Aunque Bill sí sabía que lo había hecho, y había optado por mantenerse lejos, en algún sitio con agua, en vez de observar la tarea. Tres años, tres meses y un número impar de días después de su llegada a la isla, había un pequeño bote descansando en la costa, listo para llevarlo lejos. Tom evitaba la vista, y nunca se acercaba a donde sabía que el bote yacía.

El temor a la partida, era ahuyentado con un abrazo apretado y desesperado. Tom acercaba el cuerpo delgado del náyade hacia él suyo cada noche, y sostenía sus cuerpos juntos, buscando por una respuesta que no estaba ahí. Ninguno de los dos hombres sabía cuándo vendría la próxima embarcación, pero sentían la amenaza ahí, oprimiendo sus corazones; invadiendo el mundo desolado en el que vivían. Tom debería tomar la oportunidad cuando se presentara, y cada noche, al no saber si esos serían los últimos besos que tendrían, Tom no dejaba pasar la oportunidad de tener a Bill en sus brazos. Habían pasado semanas de despedida, semanas de abrazos finales y agridulces; y entonces, el momento llegó.

El barco apareció en la distancia en la mañana temprana. Bill lo vio primero, cuando apenas era una manchita en el horizonte. Lo observó, con un corazón entristecido, al quedar claro que ése era el indicado. La trayectoria del barco lo iba a llevar cerca de la isla, lo suficientemente lejos para que ninguna canción pudiera encantarlo y atraerlo. Eugenia y sus hermanas ni siquiera se molestarían. Cuando el barco se acercó lo suficiente, Bill avisó a Tom, y los dos hombres bajaron a la playa. Llevaron el bote al agua, Bill quedándose atrás mientras Tom se adentraba en el mar para darle un empuje final. El marinero dejó el bote mecerse entre las olas, y regresó a alzar al náyade en sus brazos.

—No iré —ofreció, posando besos desesperados por todo el rostro del otro hombre—. Deja que flote lejos.

La resolución de Bill se había mantenido hasta entonces, pero las palabras de Tom quebraron su calma, sacando un repentino sollozo de su garganta.

—No —negó con su cabeza, besando también a Tom a través de lágrimas y un rostro arrugado—. No.

Levantó sus manos para sostener el rostro del otro hombre, se inclinó para presionar sus frentes juntas y memorizar el toque de la respiración que chocaba contra sus labios. La última que sentiría en su vida. Exhalando temblorosamente, Bill se separó y abrió sus ojos. Una palabra, y Tom se quedaría. Dejaría que Bill lo conservara, sin importar las consecuencias. Tragando saliva, el náyade se separó, usando sus manos para empujarse contra los hombros del marinero.

—Súbete al bote —dijo, callada, pero firmemente; su voz apenas y se escuchó sobre el rocío del océano.

Tom retrocedió, moviendo sus pies hasta que encontraron el agua. El empuje de las olas desestabilizó su cuerpo, y fue forzado a darse la vuelta para hacer su camino a través del agua turbulenta. El bote ya se había alejado, y Tom vadeó hacia él, siempre volteando hacia atrás para ver al chico que estaba en la costa. Bill observó, con ojos borrosos, intentando con todas sus fuerzas no quebrarse ahí en la arena. Observó mientras Tom nadaba para alcanzar el bote, trepando desde el agua para subirse a él. Habían hecho dos remos, y Tom los tomó de donde yacían a los costados.

Bill observó cuando el hombre se sentó, preparado para remar, y sintió a su corazón palpitar mientras Tom le sostenía la mirada. El hombre rubio miró al náyade, de pie y solo, en la arena, y dio el último adiós que le daría. Bill logró sonreírle entre lágrimas mientras levantaba una mano débilmente para despedirse. Tom comenzó a remar, y Bill tuvo que jadear para su próximo respiro.

La forma del bote se encogió contra el gris del mar. Bill lo vio irse, y entonces, repentinamente desesperado por no perder de vista al hombre, se dio la vuelta en la playa y corrió hacia los riscos. Desde sus alturas rocosas, Bill pudo ver fuera, lejos en el océano, al barco más grande, su ritmo disminuyó lo suficiente para hacerle saber que Tom había sido visto. El náyade se sentó sobre las rocas, y vio irse al humano que había amado. Tom se embarcó en la nave, y el dolor en el pecho de Bill llegó a la cima cuando lo perdió de vista. Entonces, el barco dio vuelta hacia el horizonte, y Bill observó mientras se alejaba, navegando a un lugar en el que Tom podría tener un futuro.

—Adiós —susurró Bill y su voz fue llevada por el viento.

F I N

Y así es como termina. Me gustaría mucho que me dejaran un comentario y me digan qué les pareció esta historia, este capítulo, este final… lo que sintieron. 

En una de mis muchas clases de literatura en la universidad, un profesor nos dijo que las cosas tristes también son hermosas. Yo, personalmente, creo que este final tan increíblemente triste, es hermoso. Es increíble lo mucho que esta historia me hizo sentir. Les juro que nunca había llorado tanto con alguna película, libro o historia. De hecho, me atrevo a decir que lloré como no había llorado desde que era pequeña, haha. Por eso, esta historia es una de mis favoritas. Y miren que yo siempre evito las historias trágicas porque no me gustan. Además, les soy honesta, me dio miedo traducir este capítulo porque sabía que podría llorar otra vez, y así fue… lloré mientras traducía todo el capítulo.

En fin, la belleza puede ser encontrada en cualquier lugar, en cualquier aspecto; justo como Tom la encontró en una criatura tan diferente, en un lugar en el que jamás pensó estar.

Espero que les haya gustado la historia a pesar del final, y si tienen algún final alternativo, cuéntenme cuál es. ;D

¡Saludos!

por OuterSpace

Traductora del Fandom

4 comentario en “The Sailor and the Naiad 3”
  1. Tampoco me gustan las historias con finales tristes, porque terminas llorando inconsolablemente y es que la historia se te pega tanto que el único consuelo que queda es decirte a ti misma que sólo es una historia…
    Me encantó, triste pero muy hermosa, el final no fue como siempre se quiere que sea, quiero pensar que después de unos años Tom regresó y Bill fue feliz a su lado o que las sirenas enseñaron a Bill como sobrevivir fuera de esa isla y ambos pudieron irse juntos…
    😥😪😭😭😭😭😭😭 porque pensar que Bill se quedó sólo en esa isla y extrañando a su amor es para 💔💔💔 morir de tristeza… Me voy a seguir llorando…😭😭😭

  2. Lo sabía. ..al final, después de haber vuelto a leer esta historia sigo llorando. . Estoy llorando. Una verdadera trágica historia de amor. Pinche Tom se hubiera quedado con él u.u

  3. Fue ver el título y leer un poco para recordar lo triste que fue el final 😭😭😭😭😭😭 es una de las historias más tristes que leí y si lees otra vez, el sentimiento es el mismo, mucha tristeza 😭😭😭😭😭
    Gracias una vez más por traducirla ❤

  4. :((( ayy este final me mató, pero demostró lo mucho que Bill amaba a Tom, ya que pudo haberse negado a decirle que había un navío cerca y quedarse junto a él para siempre, pero sabía que Tom jamás tendría un futuro como tal en esa isla.

    Es tan triste pero sólo demuestra el hermoso corazón que Bill posee ♥︎♥︎

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