“Teacher’s Pet” Fic de EngelTraumer. Traducido por OuterSpace
Capítulo 8: Ignorado
Hace 3 años
La residencia Kaulitz se parecía mucho a un edificio de oficinas, donde sólo había jefes, empleados, reglas y obediencia.
Bill no había estado ahí desde hace un buen tiempo, y entrar por la puerta principal era como adentrarse en el pasado. Cuando entró, el interior del vestíbulo lo rodeó, convirtiéndolo nuevamente en un chico de doce años.
Sabía en qué dirección estaba la oficina de su padre y no necesitó que una de las empleadas se lo dijera. Pasó de ella, intentando mantener su aire de autoridad al acercarse a la guarida de su padre. Se sentía débil, a pesar de su fuerte fachada.
Sabía que llegaba a su punto más bajo cuando volvía a estar ahí ante el estricto, cruel y, frecuentemente, inclemente hombre que lo había criado. Se preguntaba ahora por qué su padre consideraría siquiera ayudar a su hijo con el desastre que había creado. Bill ya casi podía escuchar el regaño, pero sabía que en esta ocasión, sólo su padre podía ayudarlo. Admitir eso lo quemaba en esa parte orgullosa y egoísta suya, pero no le quedaban otras opciones.
Tocó a la pesada puerta de madera y esperó una respuesta para poder entrar. Al final, ésta llegó; la voz barítona de su padre se desvaneció en sus oídos. Bill tragó con dificultad, sus dedos se cernieron sobre la perilla. Jorg sabía que había venido a verlo, pero Bill tenía muy poca fuerza para combatir el asco que sabía que, sin duda alguna, se haría presente en el rostro de su padre en cuanto pusiera un pie adentro.
Al final, Bill abrió la puerta, diciéndose a sí mismo que debía ser fuerte. Entró, primero con la mirada baja. Apretó sus ojos cuando fue asaltado por un deja vu…
—Padre, lo lamento. —susurró un joven Bill, mirando el suelo.
—Eso no es suficiente, hijo —respondió Jorg, levantándose del escritorio—. Ven aquí.
—Pero, por favor… —imploró el chico, mirando a su padre con ojos llorosos.
—No llores —dijo Jorg, frunciendo el ceño—. Un hombre fuerte no llora cuando se le corrige.
Bill esnifó fuertemente, poniéndose derecho.
—Sí, padre. —susurró.
—Ahora, ven aquí. —el tono de Jorg se intensificó al señalar con un dedo hacia el piso.
Bill arrastró sus pies hacia adelante, haciendo su mejor esfuerzo para ser tan fuerte como Jorg le había sugerido.
—Sabes que debo castigarte, pero es por tu propio bien. —dijo Jorg. Bill creyó haber notado algo de arrepentimiento en su voz, pero no podía pensarlo. No quería hacerlo cuando sabía lo mucho que iba a doler.
Bill asintió, y no necesitó más instrucciones para agarrarse del escritorio, mirando el piso a través de una visión nublada con lágrimas mientras Jorg se quitaba su cinturón y lo doblaba en su mano grande y fuerte. Intentó no llorar cuando llegó el primer golpe, pero después de algunos azotes, se quebró, sollozando fuertemente hasta que el castigo se terminó.
Bill pestañeó rápidamente, haciendo los recuerdos a un lado. Estaba aquí como un hombre adulto y más fuerte que el joven niño que había entrado a esa oficina aquel día. Podía ver a Jorg en un campo más nivelado, aunque su última transgresión lo había dejado un poco afectado.
—Bill. —dijo Jorg al levantar la vista. Se recargó en su silla, enlazando sus manos frente a él y mirando de arriba abajo a Bill, con unos ojos entrecerrados y oscuros.
—Padre. —respondió Bill, caminando directo al escritorio.
Se observaron por un momento el uno al otro antes de que Jorg hablara.
—No hay que darle vueltas al asunto, ¿te parece? Estás aquí para porque quieres mi ayuda.
Bill resistió las ganas de sobresaltarse. Jorg lo hacía sonar débil e incapaz de defenderse a sí mismo.
—Sólo tu recomendación. —dijo Bill después de inhalar profundamente.
—Mi recomendación —repitió Jorg—. ¿Para quién? Ya manchaste tu reputación. ¿Qué quieres que yo haga con eso?
Bill apretó su mandíbula, abrumándose con una oleada de enojo que brotó en su pecho.
—Pensé que quizá ellos… —tragó saliva, intentando encontrar las mejores palabras para no hacerse sonar completamente desvalido—, reconsiderarían, después de escuchar de ti.
Jorg se burló, haciendo que Bill se sintiera tan pequeño como una semilla de mostaza.
—¿Por qué deberían? —preguntó—. Hiciste la peor cosa posible, Bill. No mereces recuperar tu puesto.
Bill respiró agitadamente, las lágrimas escocían en sus ojos ante la negación absoluta y la opinión incriminatoria. Dolía tanto escucharlo de Jorg, sabiendo que era verdad en su mayor parte… Bill bajó su cabeza, estrechando sus manos detrás de su espalda para ocultarle a su padre como temblaban.
—Sólo te pido que lo intentes. —susurró.
Cuando Jorg no respondió, Bill levantó la vista, pestañeando para alejar las lágrimas ofensivas.
—Por favor —estalló al final, apresurándose hasta el borde del escritorio—. Es mi vida. He trabajado tanto para llegar hasta aquí… para enorgullecerte…
—Enorgullecerme —repitió Jorg con asco, levantándose de su silla. Ahora sus ojos estaban encendidos y un color rojo de furia subía por su cuello—. ¡Me enorgulleciste cuando recibiste tus títulos! Me enorgulleciste cuando te aseguraste un puesto en Hanns Eisler. ¡Pero no me has enorgullecido con tus últimas acciones!
La voz de Jorg llegaba casi a los gritos y Bill retrocedió sin ser capaz de detener el nudo que ahora le subía rápidamente por la garganta.
—¿Por qué debería darte algo que tú mismo has tirado a la basura? ¿Y todo por qué? —demandó Jorg—. ¿Por unos momentos de placer?
—Padre, yo… por favor. —susurró Bill, las lágrimas ya se fugaban por sus mejillas—. He hecho todo lo que has querido, me he esforzado tanto… ¿es tan malo que haya cometido sólo un error?
—¿Uno? —proclamó en voz alta—. Hasta donde tengo entendido, ¡tuviste múltiples faltas de conducta indebida!
Bill mordió con fuerza su labio inferior, ahora intentando resistir los sollozos. Quería salir corriendo de la habitación, pero su pasión y amor por la docencia y la música lo mantuvieron ahí, enfrentando la furia de Jorg.
—No, hijo. No te voy a ayudar —Jorg echaba humo y respiraba agitadamente—. No podría tolerar afrontar a ese consejo ahora que me has deshonrado de tal manera.
Bill hizo un último alegato, ahogándose con sus propios sollozos.
—Sé que lo que hice no tiene excusa, pero si tan sólo entendieras…
—¿Entender? —preguntó Jorg—. ¿Qué hay que entender?
—Qué no puedo vivir sin esto —susurró Bill, levantando su vista para mirar a su padre a los ojos—. Esto es mi vida, lo que me apasiona. Te lo ruego… no me hagas pagar por esto por el resto de mi vida.
Terminó apenas susurrando y con su voz quebrada por la emoción.
El entrecejo de Jorg se desplegó, era la primera vez desde que Bill había entrado a la habitación, que su expresión se suavizaba.
—No puedo ayudarte con Hanns Eisler. —dijo finalmente—. Pruébame que puedes asegurar otro puesto y tal vez considere hacer una intervención.
—Gracias —Bill exhaló, el alivio fluyó desde sus pulmones. Se dio vuelta y caminó a la puerta tan rápido como pudo, sin correr.
No era por lo que Bill había venido, pero era más de lo que podía pedir.
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En la actualidad
Al día siguiente, fue difícil sentarse en la silla dura de madera durante la clase de Composición y Teoría de la Música, teniendo un trasero amoratado. Tomi había estado un poco aterrado al encontrar su piel, antes perfecta, toda cubierta de puntos morados. Cuando los tocó, un dolor lo atravesó, recordándole cómo habían llegado ahí en primer lugar.
Estuvo retorciéndose incómodamente durante la mayor parte de las dos horas, con los ojos de Bill pasando sobre él cada pocos minutos. Los ojos del profesor se oscurecerían y entrecerraban con cada mirada y Tomi se preguntaba cómo era posible que los otros alumnos no pudieran sentir o darse cuenta de la violación de mirada que ocurría justo frente a ellos.
Para cuando la clase terminó, sentía como si estuviera sofocándose, y estaba seguro de que Bill lo llamaría para agendar otra reunión en su oficina. Sin embargo, Tomi quedó pasmado cuando Bill dejó salir a toda la clase, sin siquiera mirarlo. Tomi casi salió corriendo de la sala, con su corazón acelerado. Si Bill quería torturarlo, ciertamente lo estaba logrando.
El día después de eso, fue viernes, y Tomi no tenía clase de Composición y Teoría. Pensaba que eso lo haría sentir mejor, pero no fue así. De hecho, pareció sólo empeorar las cosas, porque no vería al profesor Kaulitz hasta el lunes. Seguramente se pasaría todo el fin de semana planeando exactamente lo que haría con él. Y Tomi lo encontró casi insoportable. Todo eso le recordaba a cuando era niño y se portaba mal, y luego uno de sus padres decía esa famosa frase de: “Espérate a que…” Y uno, ciertamente, tenía que esperar, preguntándose exactamente qué castigo se le iba a dar.
Para cuando llegó la mañana del domingo, Tomi se sentía enfermo y no sabía cómo sobreviviría otro día de esa tortura. Se quedó en su cama hasta la tarde, escondiéndose bajo las cobijas. Georg regresó de almorzar, pidiéndole que saliera con los chicos y él. Hamburgo era una comunidad diversa, llena de teatros, museos, clubes y establecimientos de conciertos. Se podía pasar un muy buen rato, pero Tomi no sabía si podría salir y actuar normal mientras se la pasaba pensando en lo que Bill tenía planeado para él.
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El lunes llegó frío y sombrío. Un viento fuerte azotaba gotitas de lluvia por todo el campus mientras Tomi caminaba a clase. Ya había terminado con las primeras dos en el día, con una anticipación rígida. Deseaba llegar a Composición y Teoría, con la esperanza de que Bill lo invitara a una reunión con él. Lo deseaba, aunque fuera sólo para saciar su curiosidad enfierecida y la lujuria que lo quemaba debajo de su estómago cuando pensaba en el profesor.
Al final, Tomi entró por las puertas de Composición y Teoría de la Música. Se encontró a sí mismo ya temblando, su mano estaba fría y sudada por los nervios. Por primera vez, llegaba temprano, y eligió un asiento cuando apenas había otros cuantos estudiantes en la habitación.
Al frente del salón, Bill estaba sentado detrás de su escritorio con su cabeza baja, terminando los detalles finales de sus notas para la clase del día. Tomi lo observó desde su lugar; sus ojos acariciaron las líneas de su rostro, la curva respingada de su nariz, la carnosidad de sus labios. Observó la mano delicada y de huesos finos que agarraba el lapicero y cómo los músculos se apretaban al escribir cada letra.
Repentinamente, Bill levantó la mirada, y Tomi jadeó cuando esas profundidades oscuras y ardientes lo quemaron, mirándolo fijamente y sin dejarlo ir. Se hundió más en su asiento y su corazón martilleó mientras Bill lo escudriñaba por unos intensos momentos con una expresión ilegible en su rostro. Al final, le quitó la vista de encima y se levantó rápidamente de su escritorio.
Ese día iba vestido como un caballero, con una camisa Oxford de cuello alto con botones negros y brillantes, sobre la cual llevaba una chaqueta de vestir. Sus pantalones también eran negros, y parecían mezclarse con las botas de piel de tacón alto en sus pies. Tomi dejó que su mirada hambrienta deambulara por las deliciosas curvas y fina figura que Bill portaba con semejante traje. Sin embargo, Bill no lo volvió a mirar en toda la clase, y un sentimiento extraño empezó a crecer en el estómago de Tomi. Intentó tranquilizarse a sí mismo con que Bill sólo estaba jugando, para hacerle esperar con más ansias su reunión.
No obstante, al final de la clase, cuando Tomi ya había sufrido dos horas de la suave y melodiosa voz de Bill y el espectáculo visual que ofrecía, se sintió igual de alejado de lograr lo que tanto había anhelado durante el fin de semana.
Cuando Bill los dejó salir, Tomi observó con horror como Bill se sentaba detrás de su escritorio, sin dar indicación de que planeaba hablar con él. Tomi se había quedado medio congelado en su lugar, sin poder creerlo y sin tener la firmeza para ganar su pequeño juego.
El resto de los alumnos salió, echándole miradas curiosas por quedarse ahí sentado. Cuando el último de sus compañeros cerró, Tomi se levantó lentamente de su asiento, removiéndose incómodamente en el pasillo entre los asientos mientras el silencio los envolvía.
—Se acabó la clase, Sr. Trumper —dijo Bill sin levantar la vista—. A menos que planee llegar tarde a la próxima, como siempre lo hace en la mía.
Tomi tragó con dificultad. No distinguió ningún tipo de tono bromista en la voz de Bill y tenía un mal presentimiento de que esto no era un juego. Tomi batalló para hablar, teniendo la motivación para avanzar arriesgadamente al escritorio de Bill. Se encontró a sí mismo débil y mudo. Él nunca antes había iniciado sus reuniones y ahora estaba inseguro de cómo traer el tema a conversación cuando más lo necesitaba.
Al final, Bill levantó su cabeza.
—¿Sr. Trumper? —Bill levantó una ceja inquisitiva.
—Es que pensé que… —la voz de Tomi salió rasposa y se aclaró su garganta. Se forzó a sí mismo a avanzar. Al acercarse al escritorio, pudo hablar más silenciosamente y por alguna razón eso lo hizo sentir mejor—. La última vez dijiste que…
Su voz se redujo a nada de nuevo cuando Bill lo miró de forma oscura y sus cejas se juntaron ligeramente.
—Creo que será mejor que te vayas a tu próxima clase, Tomi —dijo finalmente en tono bajito, con una voz grave y controlada.
—Pero…. —Tomi empezó y su voz se levantó—. No puedes sólo…
Balbuceó en busca de palabras. ¿Acaso Bill estaba cortándolo? Sólo así, estaba terminando con lo que había empezado antes de que hubiesen desarrollado una relación, sin importar qué tan retorcida, poco convencional y tabú pudiera parecer.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasa? —estalló Tomi al final—. ¿Hay otro alumno? ¿O de repente te salió lo moralista?
Podía sentir que el calor subía por su cuello, y no podía controlar lo encabronado que se sentía tan de repente. Se inclinó sobre el escritorio, escupiendo:
—¿O eres un puto cobarde y tienes miedo que te corran?
—¡Suficiente! —gritó Bill repentinamente, levantándose de su silla para ver a Tomi cara a cara.
Sobrepasó su altura debido en gran parte a sus botas de tacón alto. Un color rojo de furia se alojó en su rostro y sus ojos oscuros escupían un fuego que hizo que Tomi retrocediera un paso. Respiró entrecortadamente por su nariz, como intentando calmarse a sí mismo, pero Tomi pudo ver que sus manos se empuñaban a sus costados y sus hombros estaban tensos.
—No volverás a hablarme así. —siseó entre dientes.
Tomi tragó con dificultad, encontrando un nudo de emoción descabellada en su garganta.
—No, señor. —susurró finalmente, al no encontrar nada más que decir.
El entrecejo de Bill se suavizó ligeramente, pero el destello enojado no abandonó sus ojos, y tampoco se relajó. Se dio vuelta bruscamente, tomando su maletín. Un mechón de su cabello perfectamente peinado había caído sobre su frente durante su arrebato y lo hizo a un lado con una sacudida de su cabeza, acorralando a Tomi con ojos negros.
—Te veré esta noche —dijo con tono crispado—. Y será mejor que estés preparado.
Con esas palabras siniestras, salió de la habitación y sus tacones resonaron contra los pisos de baldosas.
Tomi se quedó parado junto al escritorio sin poder moverse, su corazón latía con tanta fuerza dentro de su pecho que pensó que en cualquier momento se le saldría. Sentía las rodillas débiles; la amenaza lo había dejado asustado y excitado al mismo tiempo. No sabía lo que Bill había estado planeando antes pero tenía el presentimiento de que acababa de empeorarlo diez veces más.
& Continuará &
Gracias por la visita
No entiendo si lo estaba rechazando verdaderamente porque estuvo recordando su pasado y el trato de su papá o porque simplemente esta esperando desesperar a Tom y que le rogara para que se tuvieran otro encuentro.
En verdad se sentía mut cambiado Bill. Solo espero que no se le pase la mano con Tom.