
“Teacher’s Pet” Fic de EngelTraumer. Traducido por OuterSpace
Capítulo 23: Confesiones
Entrar a la sala de consejo siempre mandaba un disparo de miedo por la columna de Bill. Las últimas veces que había estado ahí cruzaron por su mente, en la última les había advertido que dejasen de espiarlos a Tomi y a él. Sabía que tenía ventaja, pero se preguntó si ellos tenían más.
Sus tacones sonaron fuertemente al caminar por el suelo de baldosa y todos lo miraron como si fuesen unos dioses censorios y poderosos que estaban ahí para sacar a la luz sus secretos más terribles.
Apretó sus manos e intentó mantener su barbilla arriba, su mirada estable y su corazón en calma. Ya había afrontado esto antes y podía hacerlo de nuevo. La situación apenas podía compararse con lo sucedido en Hanns Eisler y no estaba en tanto problema como lo había estado allí. Además de su marcada y manchada reputación, tenían muy poco que podían usar en su contra.
—Caballeros —dijo, acercándose. Hizo un asentimiento para Dunja y luego agregó—: Damas.
—No intentes pavonearte aquí, Kaulitz —escupió Hoffman, claramente ya estaba de mal humor después de su interrogación con Tomi. La simple idea hizo que el pecho de Bill hirviera y tuvo que esforzarse más para mantener una apariencia tranquila. Si quería ganar, tenía que mantener un semblante sin expresión y mantener sus cartas cerca de su pecho.
—Sabes por qué estás aquí el día de hoy. —dijo Hoffman.
—Por supuesto —Bill caminó enfrente de ellos, ignorando la silla que se había colocado frente a la mesa—. He cometido otro crimen de marca mayor, ¿no es así?
Todos se removieron y murmuraron entre ellos.
—¿No lo niega? —preguntó Hoffman.
—Negación —Bill saboreó la palabra—. Eso implica estupidez… debilidad… y yo no soy nada de eso.
Entrecerró sus ojos al mirarlos.
—Pero de nuevo, ¿en qué me puede ayudar la negación, eh? Quizás sea mejor ser estúpido y débil.
Todos se le quedaron viendo sin comprender.
—Quieren que confiese, ¿no es así? —preguntó Bill, alejándose un poco de la mesa y mirándolos a todos con superioridad, en vez de que fuera al revés.
Los miró a cada uno, dejando que su mirada permaneciera ahí hasta que se tornara incómoda.
—Una confesión implicaría que se debe creer que he hecho algo malo. Una confesión… —pensó por un momento—. Implica a un ser más grande y poderoso a quien pueda decirle mis pecados.
—No intentes filosofar con nosotros —escupió Hoffman, irritado—. Estamos aquí por una conducta indebida.
—No, eso no es todo —Bill permitió que su voz se elevara un poco para sorprenderlos—. Estamos aquí porque ustedes han estado esperando este momento. Desde que puse un pie en esta universidad, todos ustedes han estado planeando y conspirando este momento. Mi caída.
—No conspiramos contra ti —Hoffman resopló—. Te piensas demasiado importante.
—Parece estar olvidando algo, querido señor Hoffman —dijo Bill acercándose hasta que estuvo a centímetros de la mesa. Plantó sus manos en ella y se inclinó para mirar a Hoffman a los ojos—. Yo pagué por esa puta silla en la que está sentado.
Hubo un jadeo sorpresivo de parte de todos, pero Bill mantuvo sus ojos en el hombre, con una sonrisa.
—Tu dinero —Hoffman negó con su cabeza—. Podemos vivir sin tu dinero.
—¿Pueden? —preguntó Bill.
—Sí —espetó Hoffman—. Podríamos echarte a la calle en este mismo momento y vivir mejor.
—Si tuvieran algo en mi contra, ya estaría despedido. ¿Estoy en lo correcto?
Se encontró con un montón de expresiones cambiantes e incómodas.
—Escuché que destruyeron a mi alumno —siguió Bill y entonces su tono se tornó venenoso—. Escuché que destrozaron a un pobre chico inocente. ¿Y por qué? ¿Sólo porque yo no les agrado?
—Esto no es algo personal. —Jost se inclinó hacia adelante para invadir la conversación.
—Claro que no —se burló Bill en su dirección—. Denme pruebas sólidas que demuestren que le he puesto un dedo encima a ese joven y renunciaré ahora mismo.
Los miembros del consejo parecieron pasmados por su declaración y Bill tomó ventaja de su silencio.
—Seguramente tienen algo, ¿no? No serían capaces de arrastrarme a mí, a mi alumno y a sus padres hasta aquí sólo porque se les dio la gana. Denme algo. Un testigo visual, evidencia física o tal vez una confesión tórrida.
Todos lo miraron sin expresión y Bill azotó una mano en la mesa haciéndoles dar un respingo.
—Entonces no renunciaré.
—Usted no rige a este consejo, Sr. Kaulitz —dijo Benzer al lado de Hoffman—. Todavía podemos hacer lo que nos plazca con su patética persona.
Bill se hizo para atrás, ajustando su traje.
—Por supuesto —dejó escapar una risa sin gracia—. Mi patética persona, la cual ha donado tanto para su preciosa universidad. ¡Mi patética persona, la cual ha provisto con educación a sus malditos mocosos llorones y quejicas!
—¡Suficiente! —ladró Hoffman, levantándose de la silla—. Veo que no está en condiciones de arrepentirse. Si quería misericordia, debió venir aquí con una actitud mucho más sumisa.
—Sumisa —dijo Bill entre dientes apretados—. Sí, los sumisos ruegan por piedad. Sin embargo, yo no lo haré.
—¡Fuera! —Hoffman lanzó un dedo hacia la puerta—. Cuando lo vea aquí mañana junto al Sr. Trumper, ¡usted será quien tenga que explicarle por qué lo expulsamos de esta institución!
Por primera vez desde que entró a la sala, Bill flaqueó. Un sentimiento de fracaso lo empapó y batalló para mantener un rostro tranquilo. Al final se dio vuelta y caminó con grandes pasos hacia la puerta. Los dejó quedarse con la última palabra. Era mejor irse en silencio que dejarlos escuchar la agonía en su corazón si hablaba.
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Tomi ni siquiera se despidió de sus padres cuando lo dejaron frente al edificio de dormitorios. En vez de eso, se apresuró a entrar sin molestarse en mirar atrás.
El pequeño pedazo de papel en su mano parecía quemar su palma y estaba respirando agitadamente cuando encontró soledad en el elevador. Se inclinó contra la pared y desdobló el papel con dedos temblorosos. Lo aplanó contra su pierna y reconoció la hermosa letra de Bill que podía ver en el pizarrón todos los días en clase. Levantó el papel y comenzó a leer rápidamente.
Tomi:
Primero déjame decirte que he cometido muchos errores en mi vida, la mayoría han sido irreversibles e inalterables. Tú, sin embargo, nunca serás un error y no cambiaría lo que ha pasado entre nosotros, incluso si pudiera hacerlo.
Supongo que éste es algún tipo de confesión. He pecado mucho en mi vida, nunca he pedido perdón y nunca se me ha concedido redención. Nunca lo quise, hasta que te conocí. Me has capturado en corazón, cuerpo y alma de una forma que nadie ha podido hacer. No puedo explicar mi atracción inicial hacia ti. Tal vez fue el destino, pero lo que tú hiciste después es lo que me hace escribir estas palabras. Te quedaste y no me dejaste ir. Yo intenté alejarte muchas veces, pero no lo hiciste. Nunca pensé que podría amar a alguien… amar en verdad, pero quiero creer que he alcanzado ese punto contigo.
No puedo prometer que siempre seré amable o compasivo. No puedo prometer que siempre seré considerado o prudente. No poseo cualidades que sean deseables y sé que soy terriblemente inadecuado. Incluso ahora sé que mereces algo mejor que yo y quiero pedirte una vez más que lo reconsideres. Pero creo que ambos ya estamos demasiado adentrados en esto ahora. Si ése es el caso, espero que puedas verme esta noche. Tal vez será la última vez. No sé qué pasará después de esto, pero sí sé que debo abrazarte una vez más.
Bill.
Tomi parpadeó para contener sus lágrimas cuando llegó a la última línea. Había una dirección escrita abajo con letras mayúsculas y negritas, y Tomi tocó las formas, sosteniéndose del papel como si su vida dependiera de él.
Las puertas del elevador se abrieron y Tomi casi olvido salir. Estaba pasmado por la carta de Bill y no podía creer que esas palabras fueran suyas. Pero lo eran… Bill le había dado ese papel con su propia mano.
Tomi corrió por el pasillo y entró apresuradamente a su habitación.
De repente, su corazón estaba acelerado. Sabía que para el fin de esa semana podría ya no ser un alumno de la Universidad de Música y Teatro de Hamburgo y había una gran posibilidad de nunca volver a ver a Bill, pero en este pequeño momento, no importaba. Finalmente tenía lo que había querido desde hace tanto tiempo y sobrepasaba toda frontera.
—¿Tomi? —empezó Georg cuando Tomi entró. Frunció el ceño cuando vio la sonrisa estúpida en su cara y las lágrimas en sus mejillas—. ¿Qué pasó?
—Bill… —jadeó Tomi, levantando el papel y volviendo a leerlo. Caminó de un lado a otro, prácticamente mareado.
—¿Qué hay con él? —preguntó Georg—. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó en la reunión?
—Cro que me van a expulsar —dijo Tomi, alegremente—. Y creo que Bill va a perder su trabajo.
—Y… ¿eso es bueno? —preguntó Georg.
—No, no… para nada —Tomi negó con su cabeza—. Pero escucha…
Levantó la carta y leyó en voz alta.
—Nunca pensé que podría amar a alguien en verdad, pero quiero creer que he alcanzado ese punto contigo. —miró rápidamente a Georg, quien parecía impresionado.
—No jodas. —dijo, acercándose y arrebatándole la carta a Tomi.
—No —Tomi la recuperó—. No puedes ver.
—¿Por qué no?
—Porque… —Tomi dobló la carta con cuidado—. Es… sólo para mí.
—Ok, pero entonces, ¿qué va a pasar? —preguntó Georg.
—Ahora mismo no tengo idea —Tomi se encogió de hombros—. Creo que no me creyeron, pero ellos me importar una mierda.
—¿Y qué hay con Bill?
Tomi mordió su labio inferior.
—Tengo que ir a verlo esta noche.
—¿Crees que sea una buena idea? —preguntó Georg.
—Me dio una dirección —dijo Tomi—. Necesito tu ayuda.
—Amigo —gimió Georg—. Ya mentí por ti y ¿ahora vas a hacerme ayudarte otra vez?
—Anda, Georg, dijiste que estabas de mi lado. —se quejó Tomi.
—Ok —Georg suspiró—. Tienes razón. ¿Qué necesitas?
—Sólo necesito que vayas conmigo a una fiesta privada. Luego caminaré una cuadra y tomaré un taxi. Sólo necesito una coartada, ¿ok?
—Ok, bien. Es fácil. —dijo Georg.
—Gracias —dijo Tomi, sonriéndole a su amigo—. Eres lo máximo, ¿sabes?
Georg resopló y se encogió de hombros.
—Sí, eres mi amigo.
Todavía faltaban horas para que anocheciera y Georg y Tomi se sentaron para jugar videojuegos. En la mente de Tomi, todos los oponentes en el juego tenían las caras de los miembros del consejo y los mató a todos con un vigor que nunca había sentido por los videojuegos. Por supuesto, le ganó a Georg.
& Continuará &