

Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 36
Muevo mis labios sobre los de Andreas con una destreza increíble e intencional. El rubio posa sus manos sobre mis caderas para apretarme contra él, dejándome sentir su entrepierna que empieza a despertar ante el contacto físico y me alejé acariciándole la mejilla.
Veo de soslayo como Bill tenía una sonrisa, las cejas arqueadas y no disimulaba nada su mirada en lo que acaba de pasar con Andreas.
— Un gusto haberlos saludado, chicos.
— Tú también intégrate a nosotros, ¿sí? — pidió Fer acariciándole el brazo.
¿Por qué le hablaba con esa confianza, eh?
— Oh, no puedo, cielo. Estoy muy cansado. La próxima será. — lo escuché decir. Le acarició suavemente la mejilla a Fernando y luego desapareció por las escaleras bajo la mirada de todos esos compañeros pervertidos que le veían el trasero gracias al short negro diminuto que traía puesto Podía verle las tiras del hilo negro que trae puesto y me acaloré.
«Aparentemente regresaba de correr.»
— Andy, dame un momento. — pedí besándole en la frente. El rubio vuelve a hacer un puchero tierno antes de robarme un beso. Fui subiendo las escaleras una por una tratando de no verme como un desesperado hasta llegar a la puerta media abierta de la habitación.
Veo a Bill acostado con la mirada fija en el techo, se relame los labios y arruga el entrecejo. Después asciende su mano izquierda, se toca los labios y cierra los ojos. — Tom. — susurró entre dientes.
«Uff, mi corazón empezó a bombear como loco.»
— Eres tan… mhmm. — me acomodé mejor en la puerta llevándome la sorpresa de que más abajo la mano derecha está dentro del short, tocando de forma circular en su entrepierna húmeda. Verlo tocarse me puso malo, caliente y sudoroso.
Yo ya había estado tantas veces en ese interior caliente y estrecho. Ya me deleité probando sus jugos, ya invadí esa entrada dejando mis fluidos adentro y nunca me va a parecer suficiente.
Mi respiración se entrecorta. La escena que se desarrollaba ante mis ojos era una tortura de las buenas porque no podía hacer nada.
— Tom… joder, Tom… — su gemido fue arrastrado y cargado de una necesidad que yo conocía demasiado bien. El ver a Bill acariciando la humedad que yo tantas veces había provocado y saboreado, me provocó una oleada de calor que me hizo sudar frío. Mis propias manos temblaban, apretando el marco de la puerta hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Estoy luchando contra el impulso primitivo de correr hacia él, apartar su mano y ocupar mi lugar en ese interior caliente y estrecho que me pertenecía… o que solía pertenecerme.
Y maldita sea… lo necesito, se la quiero enterrar.
— Está mal que haga esto pero… joder… maldito Andreas… no sabes la envidia que te tengo… mhmm. — hablaba con dificultad. Se mordía el labio inferior y me hervía la sangre.
De repente dejó escapar un jadeo más agudo y vi cómo su mano izquierda bajaba rápidamente hacia el cajón de la mesita de noche. Mis ojos se abrieron de par en par fijos en sus movimientos y sacó algo de ahí. Era un objeto que no logré distinguir con claridad al principio… pero entonces gracias a la luz que se metió por la ventana abierta e iluminó el objeto pude saber. Era un dildo de un color lila pastel y hacía una mezcla divina con el tono de su piel.
Joder, el aire se me escapó de los pulmones…
Bill no dudó.
Con un movimiento desesperado apartó la tela del short y guió el dildo hacia su entrada. Un gemido ronco, casi ahogado, escapó de su garganta cuando el objeto penetró en su interior.
— ¡Ahhh! Tom… — su voz se quebró, mi nombre se atascó en su garganta y parecía sentirse asfixiado por el placer mezclado con el dolor de mi ausencia.
Esa mierda me provocó una de las erecciones más fuertes de mi vida.
Bill cerró los ojos con fuerza, arqueando la espalda, mientras el dildo entraba y salía de él con fuerza, reiteradas veces.
— Por dios. — hablé tan bajo.
— Eres tan… mhmm… Tom… — seguía gimiendo.
Dios mío… me encuentro en un mar de emociones contradictorias ahora mismo.
¿Qué hago?
— Te odio y te deseo a la vez.
— Mhmm. — me mordí el labio inferior y sorpresivamente mi mano traicionera está entre mis pantalones acariciándome la polla dura. Sigo el ritmo de sus movimientos sin siquiera darme cuenta.
Estoy manchando los boxers, ya lo sé, pero necesito aliviarlo.
Necesito bajarlo.
Necesito meterla.
El sonido rítmico del dildo entrando y saliendo de Bill se sincronizaba perfectamente con el movimiento desesperado de mi mano.
¡Esto era una locura!
Bill arqueó el cuerpo, hundiendo el juguete lila hasta el fondo mientras soltaba un quejido que sonó a pura agonía. — Tom… por favor… ahí… ¡mhmm! — balbuceó perdiendo el control y dejándose llevar por aquel orgasmo que solo alimentaba mi deseo. — Oh, joder. Eres un idiota, Bill. ¿Qué has echo?
«Excitarme como no tienes idea.»—respondo en mi cabeza.
— Agh. — con pereza Bill se levanta de la cama. Se desnuda entero para meterse a la ducha olvidando de guardar su juguete.
Me percaté de que el agua estuviera cayendo sobre su cuerpo para poder entrar a la habitación y tomar el dildo húmedo por sus fluidos. Tomé asiento en la cama e inhalé profundo.
Sentí el cuerpo temblar.
En el suelo se encuentra el short de Bill y lo tomé para olerlo.
Su aroma me hizo sentir como si hubiera inhalado alguna sustancia porque… que bien se sintió.
Hundí el rostro en la tela y mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del dildo.
— No debo hacerlo. — susurré sintiendo cómo la excitación me nublaba el juicio. Me llevé el objeto a la boca, rozando la punta con la lengua solo para probar. Sabía a él como siempre o incluso mejor. Mi mano volvió a meterse y moverse adentro en mi propia erección ~luego de dejar el short donde estaba~ cada vez más dura, más exigente. Estaba a punto de perder la cabeza ahí mismo.
Me toco más rápido, estirando mis piernas y cerrando los ojos. El rose incómodo de la tela con mi polla me frustraba pero no quería sacarlo porque crean una tensión deliciosa.
Entonces me dejo venir en los boxers con abundancia y una sonrisa de satisfacción.
De repente el ruido del agua en la ducha se detuvo sin darme tiempo a recuperarme de aquella corrida. Escuché el sonido de la puerta corrediza abriéndose. Bill salió con una toalla en la cintura y el cabello goteando sobre sus hombros. Me puse de pie de un salto, ocultando su goma a mis espaldas y frunció el ceño con molestia.
— ¿Qué mierda haces aquí, Tom?
— ¿Vas a salir? — cuestioné desviando el tema, retrocediendo lentamente hacia la salida.
— Eso creo.
— Con Nick, ¿verdad?
Bill se sonrojó.
— Oh.
— No es nada malo, yo… solo vamos a cenar para distraernos. ¿Te gustaría ir también?
— No, gracias. Qué se diviertan. — salí de la habitación de Bill de un solo paso, chocando con la pared y me dejé caer sobre el suelo riendo. Bill al otro lado se encargó de cerrar bien la puerta y me ignoró.
«Oh, Billy. Por supuesto que no vas a ir a cenar con ese imbécil.»
La sola idea de que vaya a compartir risas y miradas cómplices me provocaba náuseas.
No iba a permitirlo.
«Si Bill necesitaba una distracción, yo le daría la más grande de su vida.»
Entonces me puse de pie con la mente trabajando a mil por hora rumbo a mi habitación para guardar el dildo de Bill en mis cajones y ponerme algo limpio. Al salir escuché el sonido del secador de pelo desde su habitación.
Al estar en el inicio de las escaleras me aseguro que mis amigos estuvieran lo suficientemente distraídos con la música y las cervezas en la sala. Miré hacia abajo, calculando el ángulo, el impacto…
Mi corazón latía con una fuerza violenta, no por miedo al dolor físico, sino por la adrenalina de saber que esto lo detendría en seco.
— ¿A qué hora baja Tom? — preguntó un Andreas desesperado e impaciente.
— ¡Ya voy! — respondí forzando una voz normal. Una que oculte cualquier rastro de malicia en mi ser. Inhalé profundo, cerré los ojos y con un movimiento deliberado, fingí un tropiezo desastroso. Me lancé hacia adelante, dejando que la gravedad hiciera el trabajo sucio.
El primer golpe fue en el hombro contra la pared. El segundo, mi costado chocando contra el borde afilado de un escalón. El sonido de mi cuerpo rodando escaleras abajo fue tan fuerte que silenciaron la música en la planta baja. Sentí un dolor en la costilla y un crujido sordo en mi muñeca al intentar frenar la caída, pero no me detuve hasta llegar al suelo de la sala, quedando torcido en una posición poco natural.
— Au. — murmuré.
— ¡TOM! — el grito de Georg fue el primero en escucharse, seguido del estruendo de sillas moviéndose. — ¡BILL! ¡BILLL! — arriba la puerta del mencionado se abrió de golpe. Escuché sus pasos frenéticos corriendo hacia mí.
— ¿¡Tom!? ¡Dios mío, Tom! — la voz de Bill estaba cargada de un pánico puro que me hizo sentir un triunfo amargo en medio del dolor que empezaba a joder desde mi pierna. Me quedé inmóvil, soltando quejidos ahogados, apretando los dientes mientras la vista se me nublaba un poco por el golpe en la cabeza. Sentí las manos de mis amigos rodeándome, pero solo me importaba el pelinegro. — ¡Llamen a una ambulancia! — gritó Bill, arrodillándose a mi lado. — Tom, imbécil, ¡no debes tomar así!
Logré entreabrir los párpados.
Bill estaba con el cabello todavía húmedo y una expresión de terror. Su plan de salir con Nick Trümper se había desmoronado en un segundo.
— Me… me duele… — susurré, agarrando su mano con fuerza.
— Lo sé, lo sé, ya vienen por ti. — sollozó Bill, ignorando a Andreas y a los demás que veían la escena en un círculo. — Mierda, eres… eres un maldito desastre. ¿¡Qué fue la puta ambulancia!?
— ¡Ya llamé! — dijo Fernando todo pálido. — Ya están en camino.
— Okay… tranquilo. Ya vienen. — suspiraba Bill, acariciándome las mejillas.
&
Estoy ansioso caminando de un lado a otro mientras me abrazo a mi mismo.
Tom estaba ahí adentro en medio de una revisión que ya había tardado mucho desde que llegamos. El hospital olía a esa mezcla asfixiante de fármacos que siempre me revolvía el estómago y me daba muchos recuerdos de aquel parto ya que lo llevaron al mismo lugar donde nació. Me detuve frente a una de las máquinas de dulces, pero ni siquiera podía ver los productos, mi vista estaba fija en las puertas de la zona de urgencias que se veía por el cristal de la máquina.
— Maldita sea. — susurré para mí, apretando mis brazos con tanta fuerza que mis uñas se clavaban en la piel.
— ¡Bill! — entró corriendo Nick hasta donde estaba de pie y no dudo en refugiarme entre sus brazos con los ojos cerrados. Nick acaricia mi cabello con suma ternura y logró arrebatarme un gemido de satisfacción.
Era eso lo que necesitaba en una situación así.
Mucho apoyo.
— ¿Qué te han dicho de Tom, Billy? ¿qué está?
— No lo sé, Nick. Mis papás están ahí adentro con él. — respondí teniendo la imagen viva de cuando llamé a mis papás. Estos me dejaron sin nombre ni apellido, tratándome de descuidado y de todo un poco que no lograba recordar. — Estoy preocupado y a punto de tener una taquicardia de los mil demonios… odio los hospitales. — Nick apretó el abrazo, dejando un beso en mi cabeza.
— Tranquilo, Billy. Estará bien.
De repente la puerta de emergencias se abrió y mis padres salieron con un Tom vendado a lo largo de su muñeca.
Entonces solté a Nick con suma vergüenza de que Tom nos haya visto y caminé observándolo a los ojos, a punto de hiperventilar.
La luz blanca del hospital hacía que la piel de Tom se viera más pálida de lo normal. Al verlo así, el nudo en mi garganta se apretó tanto que apenas podía pasar aire.
Me puso mal.
— Tom… — me acerqué tropezando con mis propios pies hasta quedar frente a él. Mis manos temblorosas se elevaron buscando su rostro, pero me detuve a escasos centímetros de su piel, temiendo que cualquier roce pudiera romperlo. Sus ojos estaban vidriosos, fijos en los míos con una intensidad que me quemaba por dentro. — Que bueno que estás bien. — logré decir mientras mis padres intercambiaban una mirada cansada detrás de él.
Tom no respondió de inmediato. En lugar de eso, su mirada se desvió un segundo detrás de mí, hacia donde Nick permanecía de pie, observando la escena. Vi cómo la mandíbula de Tom se tensaba y cómo un brillo malévolo cruzaba sus pupilas antes de volver a enfocarse en mí.
— Solo fue un accidente.
— Ay… — susurré a punto de llorar. — Tom… puedo… ¿puedo darte un abrazo?
— S…
— ¡No! — interrumpió mamá a nuestras espaldas y poniéndose en medio de los dos. — Si no te hubieras llevado a mi hijo de su casa ningún accidente le hubiera pasado.
— A ver, mamá. — Tom se llevó la mano buena a la frente, cerrando los ojos con rabia. — Tú hijo no tiene la culpa de que me haya caído por las escaleras, ¿okay? déjalo en paz y ya vámonos. Necesito acostarme, me duele mucho la cabeza.
— Si, sí… vamos a casa. — sugirió Jörg pero Tom se negó.
— No a su casa… a la de Bill.
— Pero…
— Ya dije… y punto final. Se acabó.
Continúa…
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