

Fic TOLL de TollWriter
Capítulo 4
—Bill.
Oh, por Dios, lo besé, lo besé.
Era lo que repetía una y otra vez en mi mente mientras por fin cruzaba las rejas de mi casa. Caminé con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho hasta entrar y, al cerrar la puerta, solté todo el aire que había estado conteniendo. Toqué mis labios con dedos temblorosos y sonreí, porque aún podía sentir los suyos sobre los míos. El corazón me seguía galopando aunque ya había pasado varios minutos adentro. Me dejé caer contra la pared, respirando agitado, hasta que poco a poco la calma regresó. Entonces vi que Georg salía del cuarto de las cámaras.
—¿Lo viste?
—¿Qué vi? —sonrió— cómo ese tipo te comía la boca.
—Fue perfecto, Geo.
—Y si fue perfecto, ¿por qué saliste corriendo como un puberto?
—Sabes que Robert ve las cámaras en vivo.
—Las veía, las he alterado un poco —murmuró haciéndome sentar—. Si queremos ir a esa fiesta, tenemos que evitar que se dé cuenta de que saliste.
—¿Y Fred? —¿Qué vamos a hacer con él? —indagué, pero reaccioné y rebobiné lo que me había dicho. —Espera… —¿Vas a ir conmigo?—
—Claro que voy a ir, ¿creés que me perderé la mejor fiesta de la temporada? Además, creo que encontraré el amor allí.
—Es una fiesta de ambiente homosexual, Geo —le hice saber.
—Lo sé, pero hay chicas que van a divertirse con hombres como yo, que soy un aliado.
Fruncí el ceño ante las ocurrencias de mi amigo, pero no iba a decir que no. Porque yo también quería ir a esa fiesta y ser libre, aunque sean esos tres días.
—No me ilusiones, Geo. —le dije en un susurro
—Fred está más insoportable y Robert lo llama a cada momento.
—Ay, cómo odio a Robert; debería morirse y dejarnos en paz.
—¿Quién debería dejarnos en paz? —la dulce voz de mi bebé se hizo presente.
Hannah es como mi hermana menor; desde que mi madre murió, me hice cargo de su cuidado y educación.
—Nadie, princesa, el tonto de Geo me está contando un chisme de la farándula—
Hannah hizo una mueca de disgusto; a ella no le gustaba nada el mundo de la moda y pasarela; en eso no se parecía en nada a mí.
—¿Preparada para mañana? —asintió contenta por los días que se quedaría en ese campamento. —Entonces vamos a dormir.
La tomé en brazos y caminé con ella subiendo las escaleras. Mientras Geo se fue a su habitación para preparar todo lo del viaje.
Hannah es muy tranquila; para tener nueve años es muy madura y segura de sí misma. Desde que dijo que sería una investigadora de animales silvestres, ha estado enfocada en ese objetivo, haciendo todo tipo de campamentos que su grupo hace. El próximo sería en unas semanas, pero lo he adelantado para poder irme a la fiesta; no tuvo objeción de su parte y fue la más feliz con ese cambio.
Mi niña sale del baño donde ha estado lavando sus dientes y se sienta para que le trence su cabello rubio. Lo hago con dedicación y, cuando termino, le pido que se acueste.
—Hermano, ¿estarás bien aquí tú sólito? —hizo un puchero.
—Estaré en el gym, princesa.
—No quiero dejarte solito.
—No te preocupes, estaré con tu tío Geo, y tú sabes que él es muy chistoso.
mi bebé suelta una carcajada y asiente —es verdad.. Ya quiero que pasen los días rápidos.
—No, bebé, tú disfruta de estos tres días al máximo. Yo estaré bien y pasaré por ti el lunes. —Hannah asintió y se enroscó más a su peluche favorito. Cerró los ojos y se durmió.
Cuando me aseguré de que estuviera bien bajo las sábanas, le prendí sus luces de animalitos y salí dejando la puerta semiabierta.
Mi habitación estaba al frente, así que desde allí podía verla. Entré a la mía y dejé los zapatos tirados, me desnudé y entré a la ducha por un baño caliente. Los recuerdos de los labios de Tom hicieron que mi sistema quemara más que esa agua e inevitablemente lo solucioné pensando en él.
Desde que lo conocí en mi gym me ha gustado demasiado. Tom es perfecto, es el tipo de hombre que siempre he querido tener cerca y quisiera intentarlo con él; es obvio que le gustó; sin embargo, está Robert en el medio.
Cómo lo odio, Geo tiene razón, debería morirse y dejarnos en paz.
Salgo con mi cuerpo fresco y saciado, para luego secar con una toalla las gotas que aún quedan en mí. No me importa si quedan algunas en mi cuerpo y así me acuesto en mi cama; necesito dormir y descansar para que mañana mi rostro y energías estén al cien por ciento.
&
Notó la risita de mi bebé cerca de mi rostro y sé que está aquí para despertarme, así que me hago el dormido y, por más que me hace cosquillas, me aguanto las ganas de echar a reír. Mi bebé se frustra y se aleja, pero Geo siempre está de pesado.
—Ouch —me quejo cuando Geo me golpea con la almohada en mi estómago.
—Levántate, que tenemos que llevar a Hannah —me dice y sale de la habitación. Miro a mi bebé y está más que arreglada; solo le falta el peinado que, por obvias razones, no deja que Geo se lo haga, principalmente porque ese bobo no sabe hacer nada.
Se lo hago rápidamente, ya que estamos retrasados y Sam y Sarah ya están llamando como locas; me han dejado un mensaje diciendo que nos esperan en la casa de Axel y eso queda en la otra punta de la ciudad. Por suerte no voy a llevar equipaje, puesto que Geo y yo acordamos comprar algo en San Bernardino.
Bajamos entre risas; mi princesa ya tiene el equipaje en el transporte y solo faltamos nosotros…
—¿A dónde piensas ir, Bill?—
Fred, mi molesto guardaespaldas o, mejor dicho, el lava perro de Robert, está en el umbral de la puerta de la cocina, bebiendo una taza de café.
Hannah sigue para subirse al auto y Geo y yo nos detenemos.
—Se te olvida que Hannah tiene campamento —le dice Geo sin interés.
—Se te olvida que le tengo que decir a Robert —le contesta él sin chistar.
—Sí, perro chismoso, interrumpe a mi hermano en lo que sea que esté haciendo en Londres y verás cómo pierdes tu empleo.
—Bill no puede salir —dice esta vez mostrando su arma.
Geo sonríe con gracia; a diferencia de mí, él no le tiene miedo.
—No me intimidas, perro, y quítate.
—Georg, no quiero lastimarte.
—Mira qué miedo, serás buen empleado y nos dejarás salir, no le informarás nada a mi hermano y te daré una buena recompensa.
Fred puede que sea un lavaperro, pero el dinero es más importante para él que la lealtad; así saca su teléfono y le envía el número de la cuenta mientras sonríe.
—Después te envío, pero calladito.
Fred asiente y se mete de nuevo en la cocina.
Nosotros salimos de la casa para subir al auto que nos espera. Estoy ansioso y nervioso por estar en una fiesta y ser libre, añadiendo que el hombre que me gusta estará por allí rodeándome.
Continúa…
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