Fic TOLL de TollWriter

Capítulo 12

By Bill 

Tom no aceptó un no como respuesta cuando me informó que me llevaría hasta mi casa. Acepté encantado, por supuesto; era más tiempo junto a él y no quería tomar un transporte cualquiera a esa hora, ya que empezaba a anochecer.

Toda la tarde estuvimos en el museo recorriendo cada rincón de este.

Por petición de Hannah, que quería explorar más sobre el tema de antropología y excavación de huesos, Tom y ella hicieron sus exploraciones mientras yo miraba desde una silla. Obviamente no me iba a ensuciar mi ropa con arena, además de que no entendía nada. En un momento tuve que ir a los baños y los dejé solos. En el instante en que llegué a su lado, guardaron silencio y siguieron haciendo sus cosas. Fue un poco extraño; sin embargo, lo dejé pasar.

Cuando se detuvo frente a la gran puerta de mi casa, Hannah se bajó primero para, según ella, darnos espacio y que pudiéramos despedirnos, lo cual hice besando su boca con deseo. Tom me volvía loco y, si no estuviera mi niña con nosotros, seguramente lo habría invitado a pasar a mi habitación. Pero lamentablemente tuve que dejarlo partir y ver cómo se perdía en la carretera fue muy frustrante para mí.

Giré y vi a Hannah intentando teclear el teléfono.

—¿Cambiaste el código? —me preguntó, tratando una vez más y una vez más decía error.

—No, es el mismo.

—Intenta con las llaves —me pidió con desespero, pues su vejiga no aguantaba.

—Lo hubieras hecho en el museo —la regañé, girando la llave para que abriera las rejas que daban paso al ante jardín. El sonido molesto al abrirse empezó y apenas tuvo un espacio para entrar, así lo hizo corriendo hacia la puerta y tecleando la otra combinación. Esa sí funcionó y por fin la vi desaparecer adentro, mientras que yo seguía esperando que abriera un poco más para entrar con los bolsos y la gran maleta de mi hermana.

Caminé por el sendero de piedra rodeado de todo tipo de plantas y flores, todas sembradas por mi madre y mi lugar favorito de la casa. El auto de Leonard, el jardinero, estaba allí estacionado; sin embargo, no lo pude hallar con la mirada. Normalmente a esa hora se encontraba recogiendo las cosas para luego marcharse. Fruncí el ceño; sin embargo, seguí hasta entrar del todo a mi hogar. Cerré la puerta a mi espalda, dejé los bolsos en el suelo y guardé las llaves en el bolsillo trasero de mi pantalón. Di unos pasos para entrar más hacia el salón, pero sentí a Hannah salir del baño de visitas.

—Muero de hambre —me dijo, yendo a la cocina.  

La seguí, extrañado de que Fred no saliera para hacer sus estúpidas preguntas—. ¿Dónde está Mary? —indagó mi hermana, abriendo la nevera y sacando un jugo de naranja.

—¿Mary? —llamé, alzando un poco la voz—. ¿Isa? —Silencio total—. ¿Fred? ¿Leonard? —llamé a todos y solo hubo un silencio desolador.

—¿Se fueron todos? —preguntó, sentándose en la barra de la cocina y casi inmediatamente palideció. Su rostro se volvió serio y agrio. No tuve que girar para saber cuál era el motivo de su cambio. Solo con ver a mi pequeña temblando de miedo y componiendo su postura al sentarse, supe que él estaba allí.

—¿No piensas saludarme, princesa? —Su voz grave y demandante se escuchó con algunos pasos acercándose. Pasó por mi lado empujando un poco mi hombro como muestra de superioridad. Se acercó a Hannah y se apoyó en la barra color negro y pulcramente limpia—. Dije que si no piensas saludar. —El tono fue áspero y autoritario.

Mi pequeña alzó la mirada y dijo:

—Hola, Robert.

Cerré los ojos y apreté los dientes. A él no le gustaba que se refiriera así a él.

—¡Cuántas veces te he dicho que no me llames Robert! —Sus palmas golpearon la fina barra haciendo mover el jugo que aún reposaba en ella.

—Hola, papá —dijo esta vez en baja voz.

—Eso es, hermosa, soy tu padre —le revolvió su cabello rubio, enredando sus dedos en él. Alzó su fría mirada a mis ojos y añadió—: Aunque te diga lo contrario, yo lo soy.

Negué con la cabeza sonriendo con indiferencia, moviéndome al fin de mi sitio para acercarme a Hannah y recoger el envase de jugo.

—Si ya terminaste, vete a tu habitación —le ordené.

Asintió con la cabeza y se puso de pie rápidamente, pero Robert la frenó agarrándola del brazo con fuerza, lo que le provocó un dolor intenso y un gemido agudo que resonó en la cocina y me hizo estremecer.

—No me has pedido permiso, Hannah —pronunció, apretando su agarre.

—Basta, la estás lastimando —me acerqué para quitarle ese hombre de encima, pero me detuvo con un golpe seco en mi mejilla. Me tapé el rostro por el dolor, pero no me defendí; por más que quisiera no podía y menos frente a Hannah.

Robert bajó la mano con la que me golpeó y miró a Hannah.

—Vas a comportarte como una niña decente, como yo te he enseñado, y te vas a sentar a esperar a que tu hermano nos prepare algo de comer. —Apretó su agarre y bajó a su altura—. ¿Entendiste? —finalizó con un asentimiento nervioso por parte de mi niña.

Hannah se limpió las lágrimas y se devolvió para sentarse otra vez en la misma silla.

—¿Qué esperas para empezar a hacer la cena? —me ordenó.

Y con un poco de torpeza comencé a preparar la cena. No sabía qué hacer, además de que quería terminar rápido para encerrarme en la habitación y no tener que ver más a Robert.

&

—¿Crees que esto es algo que yo puedo comer? —espetó con furia cuando botó todo lo que había servido en la barra: platos, vasos, cucharas y obviamente la comida.

Hannah retrocedió y se acercó a mí para abrazarme.

—No debí despedir a Isabella o a María. Está comprobado que las empleadas sirven más que tú.

—Eso debiste hacer, Robert.

A la hora de contestar sus insultos no me quedaba callado; me defendía bastante bien, pero otra cosa eran los golpes.

—Eran unos traidores. Dejaron que mi hijo saliera de fiesta por tres días como una puta sedienta de verga, porque eso es lo que fuiste a hacer a San Bernardino: revolcarte con ese tipo —rió con ironía—. Con el tal Tom Kaulitz.

Tragué saliva. ¿Cómo demonios se había enterado de todo? Solo una persona lo sabía o al menos sabía que estaba en San Bernardino.

—¿Dónde está Fred? —pregunté.

Robert sonrió y se acercó para tomarme de la nuca. Al ser más alto y más fuerte, siempre me arrastraba como un títere. Así lo hizo, conduciéndome a la puerta donde guardábamos los insumos para el mes. La abrió de golpe y allí, tirado, estaba Fred, inmóvil, sobre un pequeño charco de sangre.

Hannah chilló y me abrazó más fuerte por las piernas, dejando de mirar al cuerpo sin vida de su lavaperro.

—Eso le pasará al estúpido de mi hermano apenas llegue de Nueva York —sentenció, apuntando su arma hacia mí. En algún momento la había sacado de su pretina donde siempre la guardaba.

—¿Creíste que no me daría cuenta de tu viaje? ¿Creíste que al no utilizar las tarjetas o comprar al estúpido de Fred te ibas a salir con la tuya? Pues te equivocaste, hijo. Georg desconectó todas las cámaras, pero el muy imbécil dejó la cámara del timbre encendida. —Se apoyó en la pared aún con la arma en la mano—. Me das asco —murmuró entre dientes.

—Te doy asco solo porque me gusta la verga y me encanta que me rompa el culo.

El puñetazo en el estómago me hizo doblar del dolor. El aire se me fue de golpe, dejándome tambaleando, con las rodillas flojas. No alcancé ni a enderezarme ni a poner las manos en el rostro porque Robert ya venía encima.

Me soltó una cachetada abierta, de esas que suenan como un latigazo seco. La mejilla me ardió al instante, el oído me zumbó y sentí el labio reventarse, con ese sabor a sangre caliente que se me metió en la boca. Al mismo tiempo, agarró un buen puñado de mis rastas y tiró hacia arriba con toda la fuerza. El jalón fue brutal; sentí como si me arrancaran el cuero cabelludo mechón por mechón. El cuello se me arqueó hacia atrás sin que pudiera hacer nada, y terminé enderezado de golpe, con la cara expuesta y los ojos llenos de lágrimas que no quería dejar salir.

Quería gritar, quería soltar todo el llanto que me quemaba por dentro, pero apreté los dientes y me tragué el sollozo. Tenía que aguantar, al menos por fuera. Porque Hannah ya estaba llorando: unos sollozos chiquitos, entrecortados, que me partían el alma más que cualquier golpe. Sus ojitos me miraban fijos, llenos de miedo y lágrimas, y eso dolía mil veces peor.

—¡Deja de llorar, maldita sea! —le gritó y de inmediato esta se calló un poco, quedando solo en hipos sonoros.

Robert me agarró del cabello otra vez, con esa fuerza que ya conocía demasiado bien, me obligó a arrodillarme frente al caos que había dejado en el piso. Los vidrios rotos, los restos de comida, la cerveza derramada que formaba charcos pegajosos… todo eso ahora era mi problema.

—Limpia esta mierda —me gruñó, sin soltarme del todo hasta que estuve bien abajo, con las rodillas clavadas en el suelo frío y sucio—. Y hazlo bien, que no quiero ver ni una gota.

Soltó mis rastas de un tirón brusco que me hizo doler el cuello, y se alejó hacia la barra. Destapó otra cerveza, el sonido del metal contra el vidrio resonó como un disparo en el silencio tenso de la casa. Se sentó en el taburete alto, cruzó los brazos y se acomodó como si estuviera en un teatro, con la botella en una mano y los ojos fijos en mí.

A su lado, en el otro taburete, Hannah estaba sentada muy tiesa, con las manitas apretadas en el regazo y los ojos muy abiertos. No se movía, no lloraba fuerte como antes; solo temblaba un poco, con la respiración entrecortada y la carita pálida de puro miedo. Cada tanto miraba de reojo a Robert, esperando tal vez que el próximo golpe fuera para ella, y luego bajaba la vista rápido al piso. No se atrevía a acercarse a mí ni a levantarse. Solo estaba ahí, pegada a él por el miedo, como un animalito acorralado que no sabe a dónde huir.

Yo me quedé de rodillas, sintiendo el frío del piso subiéndome por las piernas y el ardor todavía fresco en la mejilla y el estómago. Empecé a recoger los pedazos más grandes con las manos temblando, tratando de no cortarme, mientras él daba sorbos largos y lentos, sin decir nada más. Solo observaba. Cada movimiento mío, cada vez que me inclinaba más para alcanzar algo, cada suspiro que se me escapaba sin querer… todo lo veía. Y sonreía de esa forma que me helaba la sangre, disfrutando de mi humillación y el miedo de Hannah fueran el mejor espectáculo del día.

Hannah no apartaba la mirada del suelo, pero yo sentía sus ojos en mí cada pocos segundos, llenos de un pánico silencioso que me rompía más que cualquier golpe. Yo evitaba mirarla directamente para no romperme del todo. Solo limpiaba, rápido, en silencio, rogando por dentro que terminara pronto. Que se cansara. Que se fuera a dormir borracho y nos dejara en paz aunque fuera por unas horas.

Pero él no se movía. Solo bebía, observaba y esperaba a que terminara su desastre… para decidir qué vendría después.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides dejar un comentario 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!