
Fic original de emseviltwin. Traducido por OuterSpace
Capítulo 9
Tom siguió a Georg por las escaleras de metal que se retorcían hacia la parte de arriba del muro que rodeaba a la base, parpadeando bajo la fuerte luz mañanera. El humo se encontraba apaciguado en el aire quieto de la mañana, era como una pesada manta grisácea que arrojaba una sombra purpura sobre el sol naciente y que hacía que la arena a su alrededor pareciera una alfombra tenue. Gustav ya estaba ahí, anotando algo en un bloc de notas de mano; apenas y volteó un poco cuando Tom llegó a su lado.
—Ahí.
Georg señaló hacia abajo y Tom siguió la dirección de su brazo para encontrar que, a unos metros del muro, había una cuatrimoto de apariencia decrepita y su conductor estaba sentado en la arena.
—Ha estado aquí desde primera hora —continuó Georg—. Intentó pasar por la entrada principal. Por supuesto se lo negamos.
—Está infectado. —dijo Tom, manifestando lo evidente mientras una fría oleada de miedo se filtraba en él. Incluso desde donde estaba, Tom podía ver el ligero tinte verdeazulado en el rostro del hombre que estaba encorvado, recargándose contra las llantas traseras de su vehículo.
Georg hizo un sonido de afirmación.
—Y también está en una etapa considerablemente avanzada —dijo Gustav, respondiendo finalmente a la presencia de Tom—. Hasta ahora, no ha demostrado indicios externos de agresión, pero más temprano estuvo vomitando y puedes ver el tono de su piel.
—¿Es el único? —preguntó Tom, mirando a su alrededor, sin embargo, lo único que logró ver fue un par de huellas de llantas a través de la arena.
—Todavía no enviamos a alguien a revisar —le dijo Georg—. Stav quería asegurarse primero de que no se transmitiera por el aire.
Con eso, el médico volteó su bloc de notas hacia Tom, mostrando una gráfica complicada con pendientes y picos. Tom sacudió su cabeza, confundido.
—Definitivamente está infectado —dijo Gustav, simplificando sus datos—. Pero no estoy seguro de que sea o no contagioso. Está soltando vapores… mi equipo está al tanto de eso. Es mejor no arriesgarse.
Tom concordó. Recordó las numerosas campañas de salud púbica que había visto cuando era niño, los posters que decían cuáles eran los síntomas de infección que estaban pegados por toda la ciudad, a forma de advertencia. Todos sabían que las zonas de cuarentena habían fallado, pero la idea de que la infección se colara a la base era aterradora.
—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que se manifieste completamente? —preguntó—. Dijiste que no ha dado señales de…
En ese momento, el hombre se puso de pie, echando su cabeza hacia atrás y soltando un grito antinatural. En la cima del muro, Tom y Georg retrocedieron con un salto. Había sido el mismo grito que Tom había escuchado la noche anterior y sintió cómo el vello de su nuca se erizaba.
—Yo diría que hasta ahora. —dijo Gustav, en calma.
Tom observó con una fascinación horrorizada cómo el hombre debajo de ellos abría su boca ampliamente para volver a gritar. Sus dientes estaban afilados y su piel se inundó con color. Tom pudo ver el verde azulado casi derramándose de la piel que estaba alrededor de sus ojos y su boca. De repente, el hombre se echó a correr hacia adelante, tirándose contra el muro de metal con tanta fuerza que hizo temblar debajo de los pies de Tom.
—¡Mierda! —jadeó Tom.
Debajo de ellos, el hombre revolvió los brazos frenéticamente, golpeando el metal e intentando escalar la superficie oxidada del muro para alcanzarlos. Sonaba como un animal, gritando y gruñendo, y sus colmillos inhumanos estaban claramente visibles en su boca abierta. La enfermedad era algo así como una retorcida clase de la rabia; transformaba a las víctimas en animales, vampiros, que no pensaban en nada que no fuese destrucción. Tom recordó las advertencias de salud, las que siempre habían parecido irrelevantes en ese remoto paisaje. Dificultades respiratorias, ritmo cardiaco elevado, vomito, decoloración de la piel y dolor: calambres agudos que sacudían cada músculo del cuerpo, rebanando cada órgano, incluido el cerebro para mandar a las víctimas a una furia violenta y espumosa.
La muerte venía relativamente rápido, aunque era dolorosa y no venía antes de que el virus hubiese encontrado nuevos portadores.
Tom hizo un gesto cuando la cabeza del hombre rebotó contra el muro de metal al tirarse nuevamente contra la barrera. Un chorro de sangre resbaló por esa piel azul verdosa.
—Se destruirá. —gritó, sintiéndose nauseabundo.
—¡O a nosotros! —añadió Georg.
—Fascinante —murmuró Gustav—. Miren lo fuerte que es. El virus parece haber evolucionado desde los primeros casos. Los infectados eran demasiado débiles como para moverse y ahora…
Silbó.
—Mierda. Tiraría el muro si pudiera. Me encantaría verlo de cerca.
—Eso no es normal, ¿o sí? —exigió saber Georg—. No recuerdo haber leído nada sobre una fuerza súper humana en la información médica.
Gustav no respondió; sólo volvió a su bloc para hacer más notas. Tom no podía alejar sus ojos del hombre que estaba abajo y quien seguía intentando escalar furiosamente el muro de protección. Se estremeció al pensar lo que les haría si no estuvieran fuera de su alcance. Tal vez a Gustav le gustaría estudiarlo, pero Tom quería correr. Sólo la magia de Bill se había interpuesto entre Tom y esa cosa bajo la manta de la oscuridad. Se estremeció.
—Esa puta cosa no entrará a la base —dijo con firmeza—. No me importa lo que quieras estudiar, no permitiré ningún riesgo aquí adentro.
—Mierda —jadeó Georg—. Mírenlo.
El hombre se había tirado al suelo y se estaba retorciendo como si estuviera poseído; su espalda se arqueaba de forma poco natural por encima del polvo que estaba debajo de él. Sus dedos se torcían como fuertes garras y luego dejó escapar un fuerte grito, lleno de furia y dolor. De repente, comenzó a golpear el centro de su propio pecho con fuerza y desgarró su camisa, tirando de ella.
El estómago de Tom se revolvió violentamente cuando el torso del hombre fue revelado. Debajo de las hebras de color azul y verde en su piel, unos bultos sobresalían de su estómago y su esternón. Ondeaban como si hubiese vida escondida ahí abajo, lista para salir.
—¡Que alguien lo libere de su sufrimiento! —ordenó, ahogándose.
Georg levantó su rifle de pulsos y movió el seguro hasta lo más alto con un golpecito de su dedo. El clic pareció resonar cuando el hombre se retorció en el suelo y en un instante, se puso de pie. Georg levantó su arma y Tom miró, horrorizado, cómo el hombre abría su boca sangrienta y liberaba un grito gutural. Un extraño tipo de inteligencia brilló en sus ojos y, un momento después, brincó, moviendo sus brazos directo hacia Georg.
Saltó alto, mucho más alto que antes, como si él, o tal vez la fuerza de la enfermedad en su interior, supiera sus intenciones destructivas. En un momento podría alcanzar el borde del muro. Estaba demasiado cerca, Tom incluso pudo ver el sudor en la piel del hombre cuando éste intentó alcanzarlos y un olor enfermizamente dulce llenó su nariz. Su grito furioso llegó a sus oídos…
El fuerte ruido del pulso siendo liberado del rifle cortó a través del grito del hombre y un momento después, estaba de nuevo en el suelo, esta vez inmóvil.
Los tres soldados permanecieron de pie, jadeando y mirando al hombre con cuidado por varios largos minutos.
—Puta madre —dijo Georg finalmente al bajar su arma, con una voz temblorosa—. ¿Qué mierda?
La boca de Gustav estaba apretándose en una fina línea y sus fosas nasales se abrían con su respiración acelerada.
—Interesante —dijo, sonando engañosamente tranquilo—. Diría que la infección ha progresado más de lo que se nos informó.
Tom apretó sus dientes.
—Eso parece.
Tom se dio la vuelta cuando pareció que el hombre no iba a levantarse nuevamente como un zombie y lanzarse hacia ellos. Pasó una mano temblorosa sobre sus trenzas y exhaló pesadamente.
—Ok —dijo, cortante—. Necesitamos saber de dónde mierda vino ese sujeto y cuántos más hay allá afuera.
Luego se volteó hacia el médico.
—Gustav, ¿crees que si estuvo con otras personas, ellos también estarán infectados?
Gustav asintió, empujando sus lentes sobre su nariz.
—Sin duda. Los niveles de infección son una locura. De hecho —añadió—, todos deberíamos desinfectarnos.
Tom asintió.
—Ok, bien. Nos ocuparemos de ese desastre —señaló hacia el cuerpo del hombre—. Y luego saldremos. Quiero un grupo de evaluación completo, ¿entendido? No nos quedaremos sentados aquí esperando a que más de esos se aparezcan.
&
Tom seguía frotando el hiriente fluido de esterilización de sus ojos mientras observaba como el cadáver y la cuatrimoto eran quemados. La solución ardía como el alcohol y el humo lo hacía sentir como si hubiese estado tomando tragos por una hora. Aunque eso era mejor que la infección.
Se le había pedido a dos soldados poner el cuerpo torcido del hombre y su vehículo en llamas. Primero habían tenido que moverlos para que el humo no soplara sobre la base y Tom apenas podía distinguir sus figuras junto al fuego; sus rostros estaban cubiertos con máscaras protectoras.
Gustav estaba afuera con ellos, observando, y sin duda alguna deseando que Tom hubiese sido menos eficiente con sus órdenes de desecho. Como era de esperarse, la mayoría de los soldados de la base estaba en el muro observándolo todo desde una distancia segura.
—¿Qué está pasando?
Tom dio un respingo al sentir una mano ligera en su codo y se sorprendió de ver a Bill a su lado, echándole un vistazo a la escena que estaban observando.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, mirando a su alrededor para ver si alguien más había notado la presencia de Bill. A pesar de los eventos recientes, los hombres alrededor de Bill estaban apartando sus vistas del fuego para amontonarlas sobre la delgada figura del Danachi.
Bill se había cubierto con algunas de las ropas que había acumulado con el paso de las semanas, incluyendo unos pantalones holgados de cuero y una chaqueta acolchada que estaba cerrando sobre su pecho con sus dos manos. Una capucha cubría su cabello, pero de todas formas, su presencia tenía murmurando a los hombres.
—No es seguro que andes solo por aquí. —siseó Tom, inclinándose hacia Bill.
El Danachi pareció despreocupado y estiró su cuello para ver detrás de Tom.
—¿Qué está pasando allá afuera?
—Infección —vino la voz profunda de Georg sobre el hombro de Tom y éste dejó escapar una exhalación sorprendida, retrocediendo un poco—. Parece que no estamos tan a salvo como pensábamos, ¿eh?
La pregunta parecía dirigida a Tom, pero Georg estaba mirando a Bill, con una extraña expresión en el rostro.
Bill lo miró de modo inexpresivo y pareció encogerse un poco sobre sí mismo, apretando sus brazos en torno a su torso.
—¿Alguna vez viste una infección así? —le preguntó Georg. Había un rastro de algo casi acusador en su voz y Tom frunció el ceño al notar la forma en la que el otro hombre miraba a Bill.
—En el sur. —fue la suave respuesta de Bill.
—Pero en tu gente no. —ahora sí había una acusación ahí.
Obviamente, Bill también la escuchó. Tal vez incluso más que Tom, considerando su truco para leer los pensamientos de las personas.
—No, no muy seguido. —dijo, cortante.
Georg iba a decir más y la atención de los hombres a su alrededor había cambiado, pasando completamente del cuerpo en el desierto hacia Bill. Rápidamente, Tom tomó el brazo del Danachi y le dio vuelta para dirigirlo hacia las escaleras.
—Claro —ladró, adoptando su tono más autoritario—. Listing, prepara a los hombres. Nadie sale sin máscara, ¿entendido? Nos vamos enseguida.
No esperó por la respuesta de Georg y prácticamente empujó a Bill por las escaleras y de vuelta a la base.
—¿Qué estabas pensando al salir hasta allá? —preguntó Tom, todavía agarrando el brazo de Bill mientras hacían su paso por el corredor retorcido que llevaba hacia su cabina—. Sabes que no deberías caminar por ahí tú solo.
—Todos estaban corriendo —respondió Bill, tropezándose un poco para poder ir a su paso—. ¿Qué está pasando? No vas a ir, ¿verdad?
Tom empujó a Bill dentro de su habitación cuando llegaron y cerró la puerta detrás de ellos. Inmediatamente, fue hacia su casillero y sacó la ropa que necesitaría afuera de la base.
—Sí —dijo cortamente, y luego escuchó a Bill haciendo un sonido de alarma—. Tengo que ir. Tenemos que saber si hay otros infectados allá afuera. Escuchaste a esa cosa en el desierto anoche.
Tom se sacó sus botas y se quitó los pantalones que llevaba puestos para ponerse unos más gruesos. Tendría calor, pero estos tenían un material transpirable que podía canalizar y limpiar el aire antes de que golpeara su piel… Por si acaso.
Tom miró hacia donde estaba Bill, mientras envolvía una bufanda alrededor de su cuello y lo vio sentado en una posición elevada justo en el borde de la cama, ansioso.
—Está bien —dijo, aunque las palabras no ayudaron para detener la forma en la que Bill estaba retorciendo ansiosamente sus manos sobre su regazo—. Será un día… un día y medio como máximo. Sólo quédate aquí; haré que alguien te traiga comida y eso. No salgas solo.
El entrecejo de Bill estaba fruncido y la esquina de sus labios se dobló hacia abajo. No habló, pero asintió levemente.
Tom cruzó la habitación y levantó una mano para tocar ligeramente la mejilla de Bill.
—Oye, está bien.
Bill intentó una sonrisa débil. Abrió su boca para decir algo justo cuando un fuerte golpe en la puerta hizo que ambos saltaran.
—¡Ya voy, ¿ok?! —gritó Tom.
Tom tomó de su casillero dos armas que, afortunadamente, había cargado recientemente. Eran pequeñas y se deslizaron fácilmente en las fundas de su cintura. Se dio vuelta de nuevo y de repente Bill estuvo justo frente a él; su rostro pálido estaba cerca del suyo. El Danachi levantó sus manos y sus dedos se aferraron de la bufanda que colgaba del cuello de Tom.
Tom se inclinó hacia adelante y presionó su frente contra la del Danachi por un momento, sintiendo el aliento de Bill rozando su cara. Levantó sus manos para acariciar las mejillas de Bill suavemente y luego lo besó.
—Volveré, ¿ok?
El agarre de Bill se apretó un poco y Tom sonrió tristemente al sentir una extraña necesidad de asegurárselo al Danachi, a pesar de que era claro que Bill había estado cuidado de sí mismo por años.
—Lo prometo. —dijo.
Se besaron una vez más antes de que otro golpe sonara en la puerta y Tom se separó renuentemente.
—Ten cuidado —dijo—. No salgas, ¿ok? No habrá suficientes… sólo no salgas. Quédate aquí.
Bill asintió. Sus brazos estaban envueltos fuertemente alrededor de su estómago y su voz fue un suave suspiro cuando dijo:
—Tú también. Ten cuidado.
&
El desierto era despiadado. El aire caliente golpeaba el rostro de Tom, hiriéndolo con latigazos de arena que podía sentir incluso a través de la bufanda que había puesto debajo de sus ojos. Habían retirado el toldo que normalmente cubría la parte trasera del camión; estaba atado, pero aun así ondeaba ruidosamente contra el cuerpo del vehículo. El hecho de quitar la cubierta, significaba que todos los hombres que iban en el camión podían actuar como vigilantes.
Aunque hasta ahora no había mucho que ver, reflexionó Tom. Agarró la barra de metal que estaba sobre su cabeza con un poco más de fuerza, meciéndose sobre sus pies por el movimiento del vehículo. Habían decidido gastar el combustible y usar el transporte para ahorrar tiempo. El hombre que había llegado a la base había conducido, así que si había otros, era probable que no estuvieran a una distancia que pudieran caminar.
Esencialmente, Tom sabía que podrían no encontrar nada. El desierto se estiraba en todas las direcciones y la base ya había dejado de verse en el horizonte hace mucho. Tres patrullas habían salido a cubrir el área que se extendía hacia el este, el sur y el oeste de la base. Cubrir el área norte era inútil pues sólo podían pasar uno o dos días antes de que el aire se volviera demasiado ligero como para respirar.
Tom frotó su frente sudada con una mano y se preguntó qué estaría haciendo Bill sentado en su habitación. El Danachi se había lanzado hacia adelante justo antes de que Tom se fuera y había agarrado su chaqueta al momento de levantarse de puntitas para presionar un beso desesperado en la boca de Tom. El toque había enviado una oleada de un extraño sentimiento reanimador que inundó a Tom, y cuando Bill se separó, Tom se había sentido fuerte y alerta.
Bill había tocado su rostro y murmurado: “cuídate”, antes de que Tom le diera un apretón a su mano y abriera la puerta de la habitación.
Tom entrecerró sus ojos bajo la fuerte luz del sol y escaneó la arena a su alrededor, pero sus pensamientos estaban con Bill en la base. Era extraño pensar que había conocido al Danachi por tan poco tiempo; un par de semanas como máximo, pero la presencia de Bill en su vida se había vuelto tan constante que ahora Tom se sentía extraño al no tener cerca al Danachi. Se preguntó si Bill sentiría lo mismo…
Al Danachi no le gustaría eso de quedarse encerrado en la habitación de Tom nuevamente, pero un apretón ansioso hizo que el estómago de Tom se retorciera al imaginarse al Danachi deambulando por la base mientras él no estaba ahí. Se les habían dado órdenes estrictas a los hombres que se habían quedado: debían llevarle comida a Bill, pero no podían entrar a la habitación bajo ninguna circunstancia. Tom esperaba que eso fuese suficiente. Si Bill tuviera que…
De repente, un grito sacó a Tom de sus pensamientos.
—¡Por allá!
Un soldado joven con cabello rubio platinado estaba señalando emocionado hacia la derecha. Tom avanzó, entrecerrando sus ojos. Miró hacia donde el soldado apuntaba y pudo divisar una difusa línea gris titilando bajo el calor. Con su puño, Tom golpeó fuertemente el techo del camión, indicándole al conductor que debía detenerse, y Georg se puso a su lado mientras el retumbar del vehículo disminuía.
—¿Qué es?
Tom tapó sus ojos del sol con una mano.
—No estoy seguro. Tal vez un convoy, pero no se está moviendo.
Cuando Tom se dio vuelta hacia el soldado, se dio cuenta de que era el mismo que se le había quedado viendo embobado a Bill la primera vez que había sacado al Danachi de su habitación. El chico estaba sonriendo y su gran mandíbula sobresalía prominentemente.
—Buen ojo. —dijo Tom, bruscamente.
Georg le dio una palmada en el hombro al chico.
—Sí, buen trabajo, Andreas.
Después de una consulta rápida con el conductor, el camión volvió a ponerse en marcha, esta vez en dirección a las formas que Andreas había señalado. Al acercarse, las manchas grises tomaron formas definitivas. Eran varios autos, e incluso dos camiones, que brillaban en las líneas de calor que se levantaban en el desierto. El convoy estaba inerte y no había señales de gente. Tom sintió un nudo en su estómago que comenzó a convertirse en un sentimiento de miedo.
—Silencio. —murmuró, y a su lado, Georg gruñó en concordancia.
Detuvieron el camión a una buena distancia de la línea de vehículos para poder observarlos antes de hacer algo. Las puertas de algunos de los vehículos estaban abiertas y Tom se dio cuenta con un respingo, que lo rojo que había visto ondear en el viento en uno de ellos, era la manga de una camisa y una mano débil se extendía al otro extremo.
—Mierda —masculló—. Demonios. Esto no es bueno.
Gustav estaba repartiendo las máscaras protectoras que se conectaban al sistema de filtro que cada hombre llevaba en sus espaldas. Cuando Tom puso la suya sobre su rostro y colocó los tubos en sus lugares, el médico tocó su brazo.
—Ten cuidado —advirtió; su voz se escuchó metálica y filtrada a través de la máscara que ya se había puesto—. No toques nada. Si alguien se infecta con algo lo traerán a la base con nosotros.
—Entendido. —Tom asintió y saltó del camión; sus pies se hundieron un poco en la suave arena sobre la que se habían detenido.
—¡Ok! —ladró cuando los otros hombres se reunieron frente a él—. Si no vieron esa mierda que logró llegar a la base esta mañana, deben saber que podríamos encontrar más de eso aquí. Cualquier persona viva que encuentren debe considerarse infectada hasta que podamos revisarla. ¿Entendido? ¡No toquen nada con sus manos y mantengan los putos ojos abiertos!
Avanzaron con cuidado. Tom sostenía con ambas manos el rifle de pulsos que había tomado del camión. Estaba en una posición medio levantada, listo y armado. El único sonido que los rodeaba era el del viento y el del movimiento deslizante de la arena cuando se levantaba y caía sobre el suelo. Los vehículos estaban inmóviles y cubiertos de polvo, como si el viento hubiese estado soplando arena sobre ellos por un par de días.
Cuando se acercaron al auto, Tom levantó una mano, indicándole al grupo que redujera la velocidad. Sus oídos estaban atentos ante el sonido de cualquier movimiento. Esperaba escuchar un gruñido doloroso como el que le había erizado la piel la noche anterior, pero no hubo nada.
Tal vez el convoy era una simple casualidad. Tal vez no tenía nada que ver con la infección y sólo habían sido una víctima de los gitanos o de algunos bandidos.
Tom levantó su rifle al rodear la puerta donde había visto la manga roja colgando. La mano estaba de un color azul verdoso, como si los dedos hubiesen sido sumergidos en colorante. Las uñas estaban rotas y desiguales. El pigmento no era nada natural y Tom maldijo cuando el cuerpo al que estaba unido el brazo quedó finalmente a la vista.
Era una mujer; estaba tumbada en los asientos delanteros del auto y tenía la boca abierta. Una caverna oscura estaba donde sus dientes y su lengua debían estar y al parecer, las líneas verdes y azules se expandían por toda su piel. Sus ropas estaban rotas y su torso expuesto estaba descolorido de forma similar; también estaba salpicado con sangre oscura donde pequeñas y extrañas protuberancias habían estallado desde debajo de su piel. Tal vez la cosa más alarmante que la mismísima evidencia tan obvia del virus, era la amplia raja que atravesaba el cuello de la mujer. La sangre se había derramado por su pecho y había empapado los asientos que estaban debajo de ella.
No había sido la infección lo que la había matado, había sido otra cosa. Tom pensó en los gritos que había escuchado en el desierto mientras la mano de Bill se pegaba firmemente a su boca, y luego hizo una mueca.
—Tenemos uno. —anunció, alejándose de la puerta.
Gustav llegó a su lado inmediatamente; llevaba un revisor de atmosfera portátil en su mano. Sus ojos se movieron rápidamente sobre la pantalla mientras los números se mostraban.
—Todo este lugar está vivo. —jadeó.
—Sí, bueno, a esta no la mató el puto aire —dijo Tom, alejándose para que el médico pudiera ver la cortada en el cuello de la mujer—. Alguien llegó aquí antes que nosotros.
Los ojos de Gustav se ampliaron.
—Imaginé que esto sucedería. —dijo.
Tom frunció el ceño.
—¿Qué?
—La manifestación de violencia a causa del virus —explicó el médico, sacando otro aparato de su bolsillo y sosteniéndolo sobre el cuerpo—. No la mataron por piedad. Si quien la mató fue una persona que no estaba infectada, hubieran quemado los vehículos.
—¡Acá hay más! —el llamado vino desde los vehículos más alejados del convoy. Tom agarró su rifle con más fuerza.
En total, encontraron doce cuerpos en los varios vehículos del convoy y tres sobre la arena manchada de sangre. Todos estaban descoloridos por la infección con los ojos tan abiertos que parecían mirarte directamente. Una mucosidad se derramaba por su piel y se mezclaba con la sangre que había coagulado alrededor de las grandes heridas.
—Esto es un maldito desastre. —le dijo Tom a Georg, mientras observaban a los hombres que había asignado para arrastrar los cuerpos a un punto central para poder quemarlos.
Georg estuvo a punto de contestar cuando un sonido lo hizo detenerse. Luego volteó su cabeza.
—¿Oíste eso?
Tom dio un paso adelante, apretando su arma y un repentino y ligero sonido rasposo le hizo saltar.
—¿Qué carajo? —siseó.
El sonido volvió a escucharse y Georg y Tom avanzaron, moviéndose hacia el vehículo más grande del convoy: un camión decrépito y oxidado. Una lona colgaba sobre la parte trasera y Tom escuchó, a través de ella, un sondo que hizo que el vello de su nuca se erizara. Un gruñido inhalado y bajo.
—Mierda. —jadeó.
Levantó su rifle, haciéndole una señal a Georg.
El otro hombre asintió y comenzó a moverse lenta y silenciosamente hacia la parte trasera del camión, levantando su mano para agarrar la orilla de la gruesa lona. Se escuchó otro gruñido y Tom asintió. Entonces, Georg jaló la lona y el sol inundó la parte trasera del camión.
La cosa que estaba ahí adentro gritó fuertemente y se impulsó hacia adelante. Estaba completamente azul y verde y tenía la boca completamente abierta y enorme; casi no parecía humano. Hace tiempo había sido un hombre, pero ahora era difícil darse cuenta, pues las protuberancias huesudas sobresalían de su torso formando extraños ángulos. Su piel estaba manchada con sangre y cuando volvió a abrir su boca para gritarles, Tom pudo ver, con un retorcijón nauseabundo, que también el interior de su boca estaba manchado.
El hombre se lanzó hacia adelante, pero Tom disparó cuando el cuerpo llegó a la puerta del camión. El pulso disparado golpeó al hombre en el aire cuando saltó para salir e hizo que su cuerpo diera un tirón hacia atrás. Aterrizó con un fuerte golpe en el fondo del camión y Tom disparó hacia adentro una vez más, por si acaso. Si había alguien más ahí, el pulso también los golpearía y serviría al menos para atontarlos.
No se escuchó ningún sonido desde adentro y después de un momento de duda, Georg y Tom saltaron al compartimiento, con sus rifles preparados. El hombre estaba tirado sobre un montón de cajas en el fondo, inmóvil. Un vistazo rápido confirmó que no había nadie más ahí.
—Pedazo de mierda. —masculló Georg, disparándole al cuerpo una vez más; el cual se movió por el impacto.
El silencio después de eso, fue total. Tom saltó de vuelta a la arena y limpió su frente con su mano, recolectando sudor. Al bajarla, notó que sus dedos estaban temblando.
Ignoró la mirada inquisitiva de Gustav y se arrancó la bandana de la cabeza para limpiar el sudor que corría por el costado de su máscara de respiración mientras Georg saltaba para aterrizar a su lado.
Pensó en Bill, quien estaba esperándolo en la base, y de repente, lo único que Tom quiso fue volver a su pequeña y apretada barraca.
—Quemen este puto lugar. —farfulló.
Continúa…
Lo sé, lo sé, no hubo mucha interacción entre ellos, pero esa pequeña escena antes de que Tom se fuera fue muy linda, ¿no creen? 🙂
¿Y ahora qué va a pasar? ¿Qué opinan del capítulo? Muchas gracias a todos por sus comentarios. <3
Un abrazo. ^^