
Fic original de emseviltwin. Traducido por OuterSpace
Capítulo 13
Tom se sorprendió cuando él y Georg fueron a ver a Gustav en el laboratorio del centro médico y éste les abrió la puerta, usando una máscara de respiración. El médico les entregó dos a ellos junto con un par de guantes de protección de plástico, los cuales Georg y Tom se colocaron rápidamente después de entrar. La voz de Tom sonó metálica cuando habló.
—¿Qué está pasando?
Se sorprendió incluso más cuando Gustav se quitó su máscara y luego levantó una mano cuando Tom intentó hacer lo mismo.
—No te la quites. —dijo el médico.
Su voz sonaba áspera y seca, como si fuera arena raspando metal. Su rostro estaba pálido y el sudor claramente se escurría de su rostro como si estuviera en estado de condensación. Tom sintió un miedo aflorando en su estómago el cual batió rápidamente el almuerzo magro que había comido esa mañana, convirtiéndolo en nauseas.
—¿Qué está pasando? —repitió.
Gustav tragó con dificultad y simplemente levantó sus manos. Estaban temblando, pero lo más alarmante fue que Tom pudo ver la mancha verdeazulada esparciéndose desde sus cutículas hasta sus brazos en forma de ríos que parecían tinta corriendo a través de un flujo de agua. La piel intacta del médico estaba severamente blanca, unos anillos oscuros manchaban la piel frágil debajo de sus ojos y sus labios estaban secos y rotos.
—¡Mierda! —jadeó Georg—. No, no…
—Pulso acelerado, temperatura —dijo Gustav—. Visión borrosa, calambres esporádicos. Coloración de extremidades.
Levantó sus manos y Tom pudo ver el leve color azul verdoso que trepaba desde las uñas del médico, retorciéndose por sus dedos. Involuntariamente, dio un paso atrás, sintiéndose enfermo.
—Todos los síntomas están ahí —continuó Gustav—. No hay duda.
La vista frente a los ojos de Tom seguía sin registrarse. No podía estar pasando. Seguro, la infección se estaba esparciendo, pero no a Gustav.
Georg impactó su puño en la bandeja portable sobre la que Gustav tenía sus suministros, enviando un plato a estrellarse contra el suelo. El sonido hizo saltar a Tom.
—¡Esto es una mierda! —espetó Georg—. Basta. Sólo deja de hablar mierda, ¿ok?
—No es mierda —dijo Gustav con una voz calma, luego empujó sus lentes sobre su nariz—. Lo sabes, así que deja tu puto histrionismo. Si no quieren que toda la base se contagie, sabemos lo que tenemos que hacer…
De repente, el médico hizo una mueca de dolor y sus dientes se apretaron. Se dobló hacia adelante y puso una mano sobre su estómago; un gruñido de dolor escapó de su boca mientras su cuerpo se estremecía.
Tom se alarmó y dio un paso adelante, pero Gustav se enderezó y levantó una mano sin importar el dolor que estaba experimentando.
—Sabes lo que tenemos que hacer —repitió—. Lo que tengo que hacer.
La mandíbula de Georg se apretó y sus fosas nasales se abrieron. Negó con su cabeza detalladamente, pero Gustav permaneció sin emoción.
Tom también sacudió su cabeza.
—¿Qué? No, ¿ok? No, yo no… no.
Hasta ahora, el método para tratar a los enfermos consistía en inyectarlos con una cantidad alta y fatal de analgésicos antes de que el virus lograra avanzar a la etapa violenta. Tom se había quejado por eso al principio, sintiendo como si se tratara de matar a un rebaño en vez de humanos vivos… sus soldados. Pero había cambiado de opinión después de ver a un individuo dislocándose su propio brazo para liberarse sólo para demoler una unidad de almacenamiento en un intento por salir.
No había tratamiento, sólo piedad.
¿Pero Gustav?
Tom sacudió su cabeza, sintiendo cómo la bilis subía por su garganta. Sintió como si de repente lo hubieran metido en una película de cine clase B o como si fueran actores en alguna extraña clase de pantomima. El enfado de Georg era muy repentino y la enfermedad de Gustav era muy extrema.
—No —dijo Gustav, mostrando un destello de emoción por un milisegundo—. Lo tengo, ¿ok? No lo duden. Y no intenten mantenerme con vida porque no pueden. Y yo no quiero convertirme en eso.
Tom recordó al chico del día anterior transformado, atado a la camilla, su piel manchada de un color azul verdoso, sus dientes rechinantes y los ligamentos que sobresalían de su cuello cuando hacía fuerza contra las ataduras que lo mantenían en su lugar.
Se estremeció.
—También tendrán que quemar mi cuerpo. —dijo Gustav y Tom tuvo que darse la vuelta, llevándose una mano a la nuca y maldiciendo mientras Georg volvía a golpear otra cosa, enviando más objetos de metal al piso de concreto.
Nunca, ni siquiera en sus pesadillas en las que el virus llegaba a la base se había imaginado que uno de sus amigos se infectaría. Gustav y él no eran muy unidos, por dios, Tom no tenía amigos reales en la base. Toda su carrera militar, desde que su madre había muerto, habían sido años de aislamiento. La remota locación de su base reflejaba perfectamente la forma en la que prefería las cosas: sin ataduras. Suponía que Georg y Gustav eran lo más cerca que estaba de alguien.
Antes de Bill.
Pero con Georg era una historia diferente. Tom sabía que Gustav y él habían pasado muchas horas despiertos jugando cartas y discutiendo sobre política durante los largos meses en el trabajo; jugando póker y pasando tiempo juntos.
Cuando Tom se volteó, vio a Georg sentado en un pequeño banco de metal; sus antebrazos estaban apoyados en sus rodillas y estaba mirando hacia el piso. La máscara de respiración seguía sobre su rostro, pero Tom podía imaginar, por la forma en la que sus dedos se aferraban con fuerza a sus rodillas, que su mandíbula estaba apretada. Gustav estaba dándoles la espalda y ordenaba algunos objetos en un escritorio.
—Tendrán que mantener los ojos abiertos —estaba diciendo; hizo otra mueca de dolor cuando un nuevo grupo de calambres lo golpeó—. Cualquier señal… Saben qué hay que hacer ante cualquier señal de infección. Y deben actuar rápidamente.
—¡No podemos seguir así! —gritó Georg de repente, levantando la cabeza. Su voz se escuchó tensa, incluso a través del filtro—. ¿Qué se supone que vamos a hacer? ¿Seguir matando con sobredosis a todos hasta que sólo quede uno de nosotros?
—Te necesitamos —soltó Tom—. Mira, estoy seguro de que muy pronto podremos contactar al cuartel general… un asistente técnico ya está trabajando con el problema de conexión. Sólo… abstente de hacer algo drástico hasta que lo arreglemos y nos evacuarán.
—¡No es algo drástico! —gritó Gustav.
Sin embargo, el esfuerzo de levantar la voz pareció drenar su energía y se desplomó contra la mesa.
—No es algo drástico —repitió, cansado—. Es lo que debe hacerse. No puedo esperar más.
Fue entonces que Tom notó la angosta protuberancia de algunos centímetros; sobresalía del antebrazo del médico. Exhaló temblorosamente y sus náuseas se intensificaron.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
Gustav se encogió de hombros minuciosamente.
—¿Una hora? No lo sé, lo síntomas se establecieron aproximadamente hace un día y medio.
Tom maldijo, pero no tan fuerte como Georg.
—Está bien, ¿ok? —dijo Gustav y Georg hizo un sonido de enojo.
—¡¿Bien?! —espetó—. ¿Cómo mierda puedes actuar tan casual con esto?
El médico hizo una mueca de dolor y dejó escapar una aguda exhalación, inclinándose hacia adelante y batallando para decir:
—No estoy actuando casual.
Su rostro se contorsionó por el dolor y Tom no pudo soportarlo más, caminó hacia adelante y acercó una silla a donde estaba Gustav ayudando al médico a sentarse con pesadez sobre ella.
—No —dijo Gustav débilmente—. Aléjate de mí. Tienes que seguir checándote para asegurarte que no estás infectado. ¿Tienes el aparato que te di?
Tom asintió tontamente retrocediendo y viendo a Gustav, que lentamente comenzó a arremangarse su camisa para revelar la suave piel de la parte interna del codo. Estaba blanca y marcada con manchas oscuras que se escurrían por la piel como las venas de un yonqui; de color verde y azul brillante.
—No estoy actuando casual. —repitió el médico.
Se recargó en el respaldo respirando con dificultad por un momento, y mientras lo hacía, Tom pudo ver claramente los contornos de más protuberancias en su pecho que se presionaban contra la tela de su camisa.
—No quiero convertirme en una de esas cosas —dijo entre dientes—. ¿Me entienden? Ahora respeten mi decisión.
—Al menos déjanos…
Gustav sacudió su cabeza, con una firmeza sorpresiva.
—No. Es mi decisión.
Georg negó con su cabeza y la dejó caer en sus manos, rehusándose a mirar a Gustav cuando éste se estiró para alcanzar una bandeja que estaba a un lado en una plataforma. Entonces Tom se dio cuenta de lo que el médico había estado preparando en la mesa al darles la espalda: una larga cuerda de plástico y una jeringa nueva llena con un líquido transparente.
Gustav ignoró eficientemente el sonido de dolor que hizo Georg y ató la cuerda alrededor de su brazo, jalándola y sujetándola firmemente con sus dientes. Las venas de su brazo se realzaron de su piel manchada; apenas eran discernibles entre las manchas azules y verdes. Con una eficiencia despiadada, el médico tomó la jeringa y colocó la aguja contra su brazo. Sus manos estaban temblando violentamente y la punta filosa tartajeó sobre su piel.
Sin embargo, antes de que la aguja pudiera atravesar su piel, Georg se puso de pie y lo alcanzó. Agarró la mano libre de Gustav y lo apretó con fuerza. Por un instante, Tom creyó que Gustav le diría que lo soltara y que volviera a alejarse, pero en vez de eso, el médico sólo parpadeó, su mandíbula se apretó e inhaló temblorosamente.
—Está bien, amigo. —dijo, con una voz suave.
Georg no respondió, sólo lo apretó con más fuerza.
Tom observó con una enfermiza fascinación, pero sólo quiso darse la vuelta cuando Gustav apretó los labios. Su labio superior y el puente de su nariz estaban cubiertos con sudor. La condensación empañaba ligeramente las orillas de sus gafas negras. Las crestas que sobresalían de su antebrazo palpitaban un azul tenue que alimentaba la vena que resaltaba de la suave piel del interior de su codo.
La aguja entró.
Con una nueva expresión de dolor, Gustav gruñó y su brazo dio un jalón mientras sus dedos se retorcían con un espasmo doloroso. Cuando su cabeza cayó hacia atrás, la cuerda se resbaló de su boca y la jeringa de sus dedos, cayendo al suelo. El médico exhaló agresivamente por la nariz cuando el calambre opresor pasó, casi parecía estar enojado. Se encorvó hacia adelante, haciendo un esfuerzo por alcanzar la jeringa.
Georg dio un paso adelante y se agachó para agarrarla, pero el médico gruñó.
—No.
Con un esfuerzo considerable, los dedos manchados de Gustav se revolvieron hasta que finalmente alcanzó el tubo de plástico. Estaba respirando con dificultad cuando se enderezó y una lengua seca salió para lamer sus labios partidos.
—Yo puedo.
La voz del médico sonó débil y fatigada, y Tom tragó saliva.
Un nuevo y doloroso calambre lo arrasó y Tom pudo ver que las protuberancias debajo de la pie de Tom se movieron cuando los músculos a su alrededor ondearon con espasmos que hicieron jadear al médico. Un nuevo bulto apareció contra la blanda piel en el costado de Gustav.
Pasó un largo momento antes de que pudiera relajarse y lentamente, volvió a levantar la jeringa hasta su brazo. La cuerda alrededor de su bíceps ya no estaba apretada, pero las venas de color azul oscuro seguían levantadas y resaltando claramente contra su piel. Tom se encontró siguiendo con la mirada las líneas innumerables que cruzaban la piel pálida de Gustav. Las venas del médico pintaban un mapa carretero de dolor y enfermedad sobre su piel, se esparcían como la tinta en el agua. Le hicieron recordar las delgadas líneas azules que escurrían debajo de los ojos de Bill cuando el Danachi tenía hambre, y tuvo que desviar la vista.
Gustav dejó escapar otro gruñido. Su mano estaba temblando demasiado como para poder meter la punta puntiaguda en su piel y sus dedos se apuñaron dolorosamente de nuevo. Hizo un pequeño sonido de dolor entre dientes y entonces Georg dio un paso adelante. Su rostro mostraba un gesto frío de molestia, pero cuando habló, su voz sonó suave.
—Déjame ayudarte.
Gustav exhaló un soplo y sus labios mostraron sus dientes. Tom pensó que el médico se rehusaría nuevamente, pero cedió un poco después de un momento de silencio tenso. La piel alrededor de sus ojos se apretó en una breve señal de consentimiento.
La garganta de Tom se sentía sofocada. El nudo de miedo en su estómago se apretó cuando vio a su segundo oficial al mando ponerse en cuclillas junto a la silla de metal del médico. Georg agarró el brazo de Gustav y sus dedos se cerraron en torno a los dedos del médico que sujetaban la jeringa para calmar el temblor que sacudía la aguja.
—Está bien, hombre. —la voz de Georg fue suave y reconfortante, a pesar de la rigidez en sus hombros.
Tom escuchó que el médico soltaba un pequeño suspiro y su propia respiración se atoró en su garganta cuando vio los dedos de Georg apretándose contra los de Gustav para empujar la jeringa.
—Está bien…
Entonces la aguja penetró la piel y el fluido transparente irrumpió en las venas infectadas de Gustav. El efecto fue inmediato y el agarre del médico se aflojó, como si fuera un drogadicto experimentando un chute eufórico. La jeringa se escurrió de sus dedos y la banda elástica se distendió. Sus ojos parpadearon lentamente y se desplomó contra el respaldo de su silla.
Georg se movió un poco hacia adelante, agarrando con más fuerza la mano de Gustav y colocando la que tenía libre en el punto sensible del brazo del médico, por donde la dosis se había administrado.
—Está bien, amigo —Tom escuchó a Georg decir, con una voz dolorida—. Ya no te va a doler.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de Gustav y luego pareció exhalar aliviado. Entonces, sus ojos se cerraron.
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El humo pesado y abundante hizo que los ojos de Tom dolieran cuando quemaron el cuerpo de Gustav en el desierto unas horas después. Para ese entonces, otras dos víctimas se le habían unido; igual que el médico, habían sido inyectados para mandarlos a un sueño indoloro antes de que se convirtieran en muertos vivientes.
El cielo se estaba tornando de un color naranja profundo que reflejaba las flamas y cruzaba el creciente color purpura oscuro de crepúsculo. Tom ya no podía distinguir qué humo salía de la base y cuál venía de otros sitios demasiado lejanos para poder ser vistos. Todo se unía en una niebla borrosa que olía a carbón y a muerte. La infección ya los tenía completamente rodeados; llenaba sus narices y se escurría por sus pieles de tal forma que Tom ya no estaba seguro de que los baños de esterilización podrían desinfectar. Revisaba compulsivamente sus manos y sus dedos, seguro de que en cualquier momento que bajara la vista, podría encontrar la piel alrededor de sus dedos tornándose de un color azul verdoso.
Georg había dicho algunas palabras por encima de las llamas en memoria de su amigo, y su voz había cargado un dejo crudo de emoción. Ahora sus ojos estaban rojos por algo más que sólo el humo. Tom lo observó a través de las flamas, notando la forma en la que Georg se le había quedado viendo al fuego, con su mandíbula apretada mientras su cabello soplaba sobre su rostro. Estaban más cerca del fuego de lo que debían, pero con tanto humo enfermo que soplaba a través de la arena gris, incluso Tom no veía el punto de permanecer alejado. Ahora toda la base estaba impregnada con enfermedad y el humo negro se enviaba en forma de masas nebulosas contra los muros. Un poco más de humo no les haría nada.
Había una sensación de histeria rodeando los contenedores que formaban la base, la cual convertía cada conversación en un tenso chasquido de voces. Manos torpes tiraban las cajas de suministros que Tom había mandado a clasificar, mandando tiros de sonidos estruendosos y discordantes por los corredores que tintineaban los nervios y hacían saltar a los soldados.
Tom había hecho prometer a Bill quedarse en su cabina y el Danachi se había limitado a asentir, con ojos grandes y labios apretados.
Cuando las llamas empezaron a morir, Tom caminó a la pira funeraria donde Georg estaba de pie mirando todavía las llamas con su mandíbula apretada y las manos metidas en sus bolsillos. Incómodamente, Tom puso su mano en el hombro de Georg, y aunque el otro hombre se tensó, no se alejó de su gesto, en lugar de eso, volteó su rostro tenso hacia Tom, y Tom pudo ver el esfuerzo que estaba haciendo por mantener su compostura.
—Recibí respuesta del asistente técnico —dijo Tom, renuente a hablar tan directamente cuando Georg estaba claramente molesto; sin embargo, esperaba que las noticias pudieran darle esperanza al otro hombre—. Dijo que la conexión se reestableció.
Georg no respondió y Tom dejó caer su mano, aclarándose la garganta.
—Buenas noticias, ¿no? —insistió—. Mandamos un mensaje de inmediato y fue recibido. Por la mañana deberíamos recibir una respuesta que nos confirme la evacuación.
Georg volvió a voltear hacia el fuego.
—En la mañana. —repitió, inexpresivamente.
Tom movió sus pies.
—Sí.
Georg inhaló y dio un paso atrás, lejos del fuego.
—¿Y cuántos de nosotros vamos a estar vivos para escuchar eso entonces? —preguntó.
Sus ojos se fijaron a los de Tom por un momento antes de darse la vuelta para caminar lentamente hacia la base.
Continúa…
🙁
Esto está cada vez peor… en esta ocasión le tocó a Gustav, ¿y ahora qué… o quién sigue? :s