
Fic original de emseviltwin. Traducido por OuterSpace
Capítulo 12
—¡Demonios!
Tom impactó su puño en la consola que estaba junto al sistema de comunicación cuando la estática volvió a crujir, señalando una falla en la conexión.
Georg maldijo en voz alta.
—¿Cuál es el punto de tener un sistema de comunicación si lo único que hace es estática?
Tom suspiró y volvió a sentarse. Se alejó del escritorio en el que estaba la unidad y colocó sus manos detrás de su cabeza para jalar sus trenzas con frustración. Podía imaginar con claridad la decrepita estación de comunicación que Bill había arreglado hace unos días. ¿Por cuánto tiempo había funcionado el generador antes de volver a morirse?
—Ni siquiera podemos saber si reciben nuestros mensajes —dijo—. Tal vez estamos completamente solos acá.
—Bueno, si ése es el caso, creo que deberíamos empezar a buscar otras opciones.
Tom levantó la vista. Georg estaba inclinado contra el escritorio más cercano al suyo y sus brazos estaban cruzados sobre su pecho. Tenía una expresión fría en el rostro.
—¿De qué hablas? —preguntó Tom.
Georg lo ojeó.
—Sabes a qué me refiero. El Danachi.
Tom hizo un sonido de protesta, pero Georg continuó, echando su cabello hacia atrás, antes de que pudiera replicar.
—¡Mira! —espetó—. Es obvio que el cuartel general no va a enviar apoyo. ¡Tal vez es tiempo de hacer uso de los recursos que tenemos en la base para combatir esto!
Tom negó con su cabeza.
—No creo… no creo que Bill pueda…
La boca de Georg se levantó de un lado.
—¿Bill? —repitió.
Tom sintió que su rostro se calentaba y de inmediato se volteó para mirar la pantalla de contacto que seguía mostrando estática.
—Eh…
Las puertas se abrieron y el sonido le ofreció un aplazamiento a esa conversación. Tom giró en su silla, volteando justo a tiempo para ver a Gustav entrar.
—Tenemos un problema. —dijo el médico sin rodeos.
—¿Otro? —gruñó Tom—. Por favor dime que se nos acabó el combustible, la comida o algo así. Creo que podría lidiar con eso el día de hoy.
Gustav ni siquiera parpadeó.
—Se esparció —dijo, sin expresión alguna—. Otros dos entraron al hospital en cuarentena.
—¿Dos? —escupió Georg.
—Por dios. —suspiró Tom.
Gustav avanzó, inclinándose sobre la mesa central de la habitación y poniendo ambas manos sobre ella. Su rostro estaba pálido y su piel estaba resbalosa y grasosa por su sudor. Parecía estar jadeando ligeramente.
—Estoy bastante seguro de que podemos contenerlo. —dijo.
De repente, Gustav jadeó y su rostro se retorció con una mueca de dolor al mismo tiempo que se encorvaba un poco sobre la mesa. Sus dedos rechinaron contra la superficie de vidrio, deslizando un corto y claro camino de sudor mientras gruñía de dolor.
Tom se enderezó, alarmado.
—¿Gustav? —preguntó—. ¿Estás bien?
El médico pareció estremecerse un poco. Sus hombros temblaron y tensó sus brazos antes de exhalar y relajarse. Levantó su cabeza y la sacudió un poco.
—Estoy bien. —se enderezó, con esfuerzo evidente.
—Miren —dijo—. Todo estará controlado si los evacuamos en las próximas doce horas y mantenemos a todos bajo órdenes de esterilización.
Tom maldijo y Georg levantó las manos.
Confundido, Gustav miró de uno hacia el otro.
—¿Qué?
—No puedo lograr una señal en el comunicador —explicó Tom, impotente—. Mucho menos una orden de evacuación. Tiene que ser una broma.
Gustav exhaló temblorosamente y su aspecto desconcertado no hizo nada por mejorar el nivel de ansiedad de Tom.
—Ok, esto no está bien, no está nada bien. —dijo Gustav, empujando los lentes por su nariz sudorosa.
—¡Nada bien! —gritó Georg.
—¿No puedes darles antibióticos o algo? —preguntó Tom.
La ansiedad escurridiza que se deslizaba por su piel se sintió como el mismísimo virus y Tom se estremeció pensando en Bill quien seguía esperándolo en su habitación. Tom apenas había tenido tiempo de asomar su cabeza por la puerta y darle al Danachi una explicación embrollada sobre lo que estaba sucediendo antes de tener que correr al hospital. Ahora, el cuerpo de Andreas estaba volviéndose cenizas en una hoguera y Tom estaba intentando contactar al cuartel general que bien podría estar en otro planeta.
—¿Antibióticos? — Gustav sonó un poco insultado por un momento, antes de azotar su palma sobre la mesa—. No entiendes. Nada de lo que intenté con Andreas sirvió para frenar esta cosa. Lo inyecté con un montón de penicilina y vitaminas. Yo…
Se encogió de hombros, sin esperanza.
—¿Crees que nuestros suministros médicos van a durar? ¡De por sí ahora estoy batallando! Si no evacuamos a estos chicos… no sé qué podemos hacer.
Tom frotó su rostro con sus manos y las mantuvo ahí por un momento sin moverse, incluso cuando Georg dijo su nombre en voz alta. Los suministros médicos eran uno de los problemas con los que habían tenido que lidiar por meses y los había visto disminuir poco a poco al tener que usarse con los enfermos y los tratamientos que se necesitaban todos los días en la base. De ninguna forma tenían algo lo suficientemente fuerte para combatir el virus. Una simple píldora para el dolor de cabeza era algo raro.
—Tenemos la respuesta frente a nosotros —continuó Georg cuando Tom no reaccionó—. No sé por qué mierda te estás resistiendo tanto a lo obvio. Ese Danachi podría inmunizarnos a todos en un santiamén.
Tom dejó caer sus manos en su regazo, exasperado.
—¡No creo que funcione así! —protestó.
—¿Por qué no? —exigió Georg—. Son mágicos, ¿no? Hasta Gustav quería estudiar al hijo de puta para ver qué podía hacer. ¡Son inmunes!
Tom hizo una mueca ante las palabras crueles.
—Mira —dijo, intentando permanecer calmado—. No todos son… no todos son inmunes, ¿ok? Bi…
Tom dudó, reacio a revelar la historia del pasado de Bill.
—Algunos de ellos también lo contrajeron hace años.
—Pues éste no —dijo Georg—. Y podemos seguir llamando a casa lo mucho que queramos y ver cómo el virus nos come a todos, o podemos hacer que esa cosa haga lo suyo y nos dé algo de magia. ¿No crees, Gustav?
El médico se encogió de hombros al limpiar su cara sudorosa.
—No veo… no veo por qué no podría ayudar en algo. Si tuviéramos más tiempo, me gustaría hacer unas pruebas…
La palabra conjuró una imagen de Bill atado a la mesa tal como Andreas había estado, con tubos saliendo de sus delgados brazos, y Tom sintió nauseas.
—…ver qué tipo de genes hacen que su sangre sea tan resistente.
—Pero ¿qué hay con su magia? —insistió Georg.
Gustav se encogió de hombros.
—Podría funcionar, pero virtualmente no sé nada al respecto. Son criaturas míticas, quién sabe de lo que sean capaces.
—El gitano dijo que nos daría magia, ¿no? —dijo Georg, enderezándose.
—¡No funciona así! —espetó Tom, finalmente—. Ni siquiera es magia de verdad, ¿entiendes? Es como… energía o una mierda por el estilo. Puede manipular energía. ¿Cómo vas a sacar una cura de eso?
—Mira, ninguno de nosotros sabe nada, ¿ok? —dijo Georg a la defensiva—. ¿Pero qué vamos a hacer entonces? Tal vez a ti no te moleste sentarte a esperar contagiarte, ¡pero a mí sí!
Tom se empujó para ponerse de pie y atravesó la habitación indignado hacia la puerta, empujó a Gustav al pasar a su lado y el médico se tambaleó un poco cuando sus hombros chocaron.
—¡No puedes esconderte de esto! —llamó Georg—. ¡Hemos intentado ocultarnos en este maldito lugar, pero no puedes fingir que esto no está pasando!
—Sigue probando el comunicador. —ordenó Tom, abriendo la puerta para salir al pasillo. No escuchó una respuesta de Georg y rápidamente caminó por el corredor en dirección a su cabina.
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No había señales de Bill en la barraca de Tom y por un momento, Tom sintió una oleada de pánico al pensar que Bill se había ido, o peor, que alguno de los soldados de alguna manera había logrado atraparlo. Un suspiro de alivio se atoró en su garganta cuando vio un trozo de papel sobre su cama con unas palabras escritas descuidadamente sobre él con carboncillo.
Salí por aire fresco.
Estaba firmado con un perezoso y serpenteante “Bill”.
Tom tomó la nota y la metió en su bolsillo antes de regresar al pasillo. Ignoró al grupo de hombres que pasaron corriendo a su lado cargando provisiones en sus manos y oliendo a humo de funeral y caminó hasta el fondo para salir.
Parpadeó bajo la luz del sol de la tarde y, después de escanear el área por un momento, notó una figura solitaria vestida en cuero negro, la cual estaba de pie sobre el techo del contenedor más lejano. Era el punto más alto de la base, una posición que quedaba a casi diez metros en lo alto; estaba formada por tres contenedores apilados uno encima del otro. Una bufanda roja que estaba atada alrededor de la cabeza de la persona creaba un completo contraste con el azul y el negro del humo que llenaba el crepúsculo.
Al subir por las escaleras de metal que llevaban al techo, Tom pudo escuchar cómo la bufanda ondeaba por el viento que llevaba consigo un aroma a humo y quemado a través del desierto.
Se puso junto a Bill, sin hablar. Desde ese lugar podía ver el borde del horizonte manchado con el resplandor rojo y enfurecido que creaban los múltiples incendios. Esta puesta de sol tan poco natural estaba enmarcada por gruesas manchas de humo negro que se cernían sobre el crepúsculo como si el pulgar de algún artista enorme las hubiese estrellado sobre el lienzo rosa y naranja del anochecer. Tom creyó que si escuchaba con atención, podía distinguir el crujido del fuego.
—Se acerca, ¿verdad? —preguntó—. Todo este lugar va a infestarse, ¿no?
A su lado, Bill asintió.
—Pronto.
Tom se volteó para mirar al Danachi. Bill observaba el horizonte y la bufanda cubría su boca y su nariz. Sus hombros estaban encorvados.
Tom dudó.
—¿Puedes protegernos? —preguntó finalmente.
Bill suspiró. No quitó su vista del horizonte, y pasó mucho tiempo antes de que respondiera con una voz ronca y ensordecida por la bufanda que cubría su rostro; ensordecida con el humo de otra cosa que Tom no podía distinguir.
—No funciona así.
—Georg cree que sí. —dijo, consciente de que había sonado como un: ¿Por qué no?
Bill arrugó su nariz.
—Georg cree muchas cosas —volteó su cabeza ligeramente hacia Tom—. Los Danachi no son los seres poderosos que ustedes los humanos creen que somos. Pensé que ya sabías eso.
Tom se sintió reprochado y hundió su cabeza, bajando la vista a sus botas sucias que descansaban contra el metal oscuro y oxidado del techo.
—Lo sé. —dijo. Sus mejillas se calentaron, pero cuando levantó la mirada se dio cuenta de que Bill ya había vuelto a observar la línea del horizonte.
—Nuestro poder es limitado —continuó Bill después de un rato—. No puedo crear una cura mágica y ciertamente no puedo detener eso.
Sacó una mano de su bolsillo para señalar el horizonte llameante.
—Podemos manipular la energía hasta cierto punto si tenemos la cantidad justa… el tipo justo de sexo. Puedo influenciar… la manera en la que la gente me ve. Lo sabes.
De nuevo, Tom se sintió sonrojar. La visión del cuerpo de Bill abajo del suyo eclipsó incluso el espectáculo de llamas por un momento.
—Ni siquiera nosotros podemos usar completamente nuestros poderes —continuó Bill—. No por nuestra propia cuenta, y sólo pueden activarse…
Hizo un sonido de frustración.
—No entenderías.
Sin darse cuenta, Tom levantó una mano y la puso sobre el hombro tenso de Bill.
—Dime. Explícame.
Bill exhaló por su nariz.
—Tenemos que experimentar el amor, ¿ok?
Su tono fue abrasivo, pero Tom se dio cuenta de que el Danachi estaba más avergonzado que enojado.
—¿Amor? —preguntó, confundido.
No era un sentimiento que hubiera relacionado con los Danachi.
—¡Sí! —espetó Bill—. Amor, ¿ok? Todos los humanos creen que fuimos hechos sólo para el sexo y que lo necesitamos para sobrevivir, pero eso no lo es todo. Lo que no entienden es que el poder que obtenemos cuando follamos…
Escupió con desdén la palabra.
—No es nada comparado con lo que se crea cuando… pues, yo qué sé. Cuando hacemos el amor.
Se dio vuelta furioso y sus ojos retaron a Tom por un momento, antes de volver a mirar el horizonte.
—Para eso fuimos hechos —dijo, suavemente, a pesar de que su mandíbula estaba rígida—. No para esta mierda de esclavos sexuales.
Ahora sonaba genuinamente enojado y Tom no sabía qué decir. Sintió un remolino de culpa triste en su estómago y también sintió la necesidad de disculparse por la reputación inconsciente que todos los humanos antes de él habían colgado alrededor de los delgados hombros y la cintura de Bill. Sin embargo, la imagen de los ojos negros y la voz ronca y desesperada de Bill de la noche anterior mientras prácticamente destrozaba la habitación y la ropa de Tom, pesaba en sus ojos. Nunca había visto algo tan cercano a una desesperación ninfomaníaca de parte de Bill como cuando el Danachi necesitaba sexo. La idea de que el amor fuera una parte importante de las criaturas tenía poco sentido.
—Crees que me gusta —dijo Bill, sin emoción; obviamente dándose cuenta de lo que estaba pensando—. Que me gusta ser así. El mundo es un lugar hostil para seres como nosotros. Hago lo que tengo que hacer.
Cuando miró a Tom, sus ojos lucieron oscuros sobre la tela negra y Tom se estremeció. Se sintió extrañamente desbalanceado, justo como la primera vez cuando Bill había aparecido, bajando de la parte trasera del camión de los gitanos.
Bill se volteó para ver el humo nuevamente.
—Sé lo que Georg quiere —dijo—. Pero no puedo hacerlo. Creo que ni siquiera el Danachi más enamorado en el mundo podría detener esto. Es demasiado.
Tom observó el humo nebuloso y la línea brillante y dispersa debajo de él. Estaba tan lejos en la distancia que parecía inmóvil, aunque su progreso a través del continente estaba lejos de ser lento. Todos habían asumido que la infección no saldría de las zonas de cuarentena. Tom creyó que había dejado la muerte atrás al haber escapado tan lejos al norte. Estaba equivocado.
—¿Es cierto que los Danachi crearon el virus? —preguntó—. Tú eres inmune.
No pudo evitar la acusación que sabía que estaba ligada a sus palabras.
Bill levantó sus hombros. Pateó un pequeño pedazo de concreto que estaba cerca de su pie y éste cayó por el costado del contenedor.
—Bueno, no todos lo somos, ¿o sí? —dijo con cierta amargura.
Tom sintió una enfermiza sobrecarga de culpa que le hizo bajar la vista.
—Tenemos un fuerte sistema inmunológico —continuó Bill antes de que Tom pudiera ofrecer una disculpa—. Así que, sí, supongo que los que quedamos somos resistentes al virus. No lo sé… No sé de dónde vino. No siento ninguna malicia aparte de la misma enfermedad. Pudo ser un experimento que salió mal.
Miró a Tom reflejando una oscura sonrisa burlona en sus ojos.
—Tal vez fue enviado por los dioses para erradicar a los humanos.
A Tom no le gustó la idea.
—¿Qué va a pasar? —preguntó.
—¿Con nosotros? —repitió Bill y la pregunta colgó con pesadez en el aire.
—Con todos nosotros. —clarificó Tom. Había pasado mucho tiempo en el aire lleno de humo y su estómago se agitó.
Bill se volteó y la capucha roja que cubría su cabello se deslizó hacia atrás al moverse.
—No lo sé —dijo. Miro a Tom por encima de su hombro, por primera vez con su rostro descubierto—. Pero no soy tu cura, Tom. Así que te sugiero que empieces a buscar otra cosa.
Continúa…
Las cosas se están complicando… :c ¿Y ahora qué va a pasar?
Un abrazo.