Fic original de emseviltwin. Traducido por OuterSpace

Capítulo 11

Tom despertó a la mañana siguiente sintiéndose como si hubiera corrido un maratón. Su cuerpo le dolía y sus músculos protestaron intensamente cuando se impulsó hacia arriba para sentarse y movió sus piernas hacia un lado para descansar sus pies en el piso frío. Frotó sus ojos y exhaló audiblemente.

Debían planearse más viajes de reconocimiento para cubrir el resto del área que rodeaba la base y alguien tenía que hacer contacto con el control regional para notificarles lo que habían encontrado.

La cabeza de Tom punzó y la dejó caer en sus manos descansando sus codos sobre sus rodillas.

Parpadeó al mirar el suelo y, confundido, notó que los papeles y la ropa esparcida que lo habían cubierto la noche anterior ya no estaban ahí. Entonces escuchó un pequeño sonido y su cabeza se levantó de golpe. La impresión lo golpeó cuando se dio cuenta de que Bill estaba recostado en forma de ovillo en el suelo, ocupando el mismo espacio en el que dormía antes cuando estaba encadenado a la pared. Ya no había almohadas ahí, así que ahora Bill estaba recostado sobre el concreto desnudo.

La noche anterior, Tom había salido a buscar a Bill después de que el Danachi hubiera salido ofendido de su habitación, y al no encontrarlo, había iniciado la ardua tarea de limpiar. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que el pesar tras haber estado dos días fuera de la base hubiera causado estragos, y Tom había tenido que recostarse, con la idea de descansar sus ojos sólo por un momento. Ahora era de mañana. Obviamente, la siesta de Tom se había prolongado más de lo que había pretendido.

—No te escuché entrar. —dijo tontamente, mientras Bill lo observaba quieto, desde su posición en el suelo.

El Danachi no respondió, sólo parpadeó lentamente y Tom rascó la parte trasera de su cuello. Sus palabras duras de la noche anterior hicieron eco en sus oídos y sintió como si hubiera roto algo entre ellos. Era como si Bill hubiera vuelto a ser la extraña criatura silenciosa que había llenado la habitación de Tom con la presencia alienígena con la que había llegado a la base.

Podía ver fácilmente a Bill frente a él a la mitad del desastre que había hecho en su habitación, desnudo y llorando. Podía saborear la piel sudada de Bill y podía verlo meciéndose sobre él. Bill había estado desesperado y vulnerable, Tom se había aprovechado de él, y luego lo había abofeteado en la cara por ello.

—Oye —empezó, incómodo—. Sobre lo de ayer… lamento lo que dije. Me pasé de la raya.

La habitación a su alrededor estaba limpia y ordenada; era como si Bill nunca hubiera destrozado o tirado algo. Incluso la puerta del casillero de Tom que había estado rota y abandonada en el suelo, estaba ahora arreglada y el espejo sobre el sucio lavabo estaba completo.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó Tom, señalando a su alrededor.

Finalmente, Bill se levantó y luego se encogió de hombros un poco.

—Bueno, yo hice el desastre.

—No tenías… no tenías que hacerlo. —dijo Tom y se maldijo silenciosamente a sí mismo por su torpeza.

La atmósfera entre ellos estaba tensa y remolinaba con una vergüenza anónima. Se quedaron callados por un momento antes de que el rostro de Bill se retorciera un poco y dijera:

—Yo también lo lamento

Tom sintió un disparo de culpa y rápidamente negó con su cabeza.

—No, no te disculpes —dijo—. Te dije que te daría lo que quisieras, ¿no? No fue justo de mi parte… decir esas cosas. Sólo sentí, no lo sé…

Levantó sus hombros sin poder hacer nada más y desvió la mirada. Se sentía completamente estúpido al intentar describir con palabras el sentimiento creciente que tenía por Bill y la impresión al recordar que el Danachi necesitaba sexo; nada más.

Tom rascó su oreja incómodamente cuando Bill no respondió.

—¿Por qué, ah… —hizo una mueca—. ¿Por qué no saliste por otro de los soldados en la base? Digo… si lo necesitabas.

La pregunta le hizo sentirse enfermo.

El Danachi se quedó en silencio por un momento antes de decir lentamente:

—¿Te hubiera gustado que lo hiciera?

¡No! Casi lo gritó, pero la palabra se atoró en su garganta y luego tosió un poco. Se encogió de hombros y respiró profundamente, pero antes de que pudiera detenerlo su respuesta se deslizó de sus labios con suavidad.

—No.

La culpa lo inundó.

—No quiero decir… no quiero decir que me gustaría verte herido… —se apresuró, haciendo una mueca—. Con hambre.

—Crees que sólo fue sexo —dijo Bill, sin expresión—. Que sólo se trata de eso.

Tom tosió. El intercambio lo estaba haciendo sonrojarse por la vergüenza, y tuvo que bajar la mirada, sintiéndose como un niño de cinco años.

—No lo sé.

Estudió sus pies descalzos y el silencio se cernió sobre ellos por un largo momento mientras Tom jugueteaba nerviosamente con una hebra de los pantalones que había usado para dormir.

La voz de Bill cortó el silencio, suavemente.

—No lo es. Sé que eso es lo que parecía, pero no lo es. No… no quería ir con nadie más, ¿entiendes?

Tom levantó la vista y vio al Danachi sonriendo un poco, nerviosamente.

Liberó una exhalación temblorosa.

—Ok. —suspiró.

Tom regresó la sonrisa con vacilación y luego rascó su nuca, seguro de que si no se apresuraba a levantarse, diría algo estúpido que arruinaría el momento de nuevo.

—¿Quieres algo de almorzar? —preguntó.

Bill sonrió más ampliamente.

—Gracias.

&

El comedor estaba lleno con el grupo que había sido asignado para salir a patrullar ese día, todos estaban ajetreados intentando comer su sustancia poco apetecible lo más rápido posible. Tom dejó caer su bandeja en la mesa donde estaban sentados Gustav y Georg junto a otro par de oficiales y gruñó al sentarse.

—Díganme que están igual de jodidos que yo —dijo—. Siento como si me hubiera arrollado un camión. No es un síntoma inicial del virus ni nada por el estilo, ¿verdad?

Lo dijo de broma, pero inmediatamente, Gustav levantó un pequeño revisor de presión que estaba junto a su bandeja en la mesa. Agarró la muñeca de Tom y jaló su mano, acercándolo más antes de presionar la boquilla del verificador sobre la piel suave de la parte inferior de su muñeca. Presionó el gatillo y un momento después asintió, mirando los números que se mostraron en la pequeña pantalla del verificador.

—Limpio.

Tom sonrió con poca energía.

—Es bueno saberlo.

—Tómalo —dijo Gustav, empujando el revisor en su dirección—. Deberías checarte al menos un par de veces al día.

Tom asintió, agradecido y presionó la boquilla contra su piel, repitiendo el análisis que Gustav había llevado a cabo. La pequeña pantalla en el aparato parpadeó y unos números digitales hicieron una cuenta hasta que llegaron al número cien, luego fueron reemplazados con una palabra: LIMPIO.

—¿Qué dice si no estoy limpio?

Gustav sonrió.

Jodido.

Tom se rio, pero Georg, quien estaba a su lado, claramente no se encontraba de buen humor para bromas.

—Gustav estaba diciendo que debimos traer vivo al sujeto de ayer. —le dijo a Tom y éste casi se ahogó con el bocado de la mezcla de proteína que acababa de tragar.

—¿Estás demente?

—¡Para estudiarlo! —dijo Gustav a la defensiva—. Y no te preocupes, no estoy loco. Pero vamos, no es como si alguien pudiera aprender algo sobre el virus si quemamos de inmediato todo lo que está en contacto con él.

—Oh, ¿y entonces es mejor dejarlos entrar a la base? —preguntó Georg.

La cabeza de Tom punzó un poco más. Claramente la discusión había iniciado desde antes de que Tom entrara al comedor.

—No es mi punto —protestó el médico—. Sólo intento remarcar el valor que podría tener el hecho de poder recolectar algunas muestras. No tenemos que traer a un infectado a la base para poder estudiar el virus, pero algunos extractos podrían salvarnos la vida.

—Déjale eso a los centros de investigación. —espetó Georg, aplastando furiosamente la porquería en su plato.

—Claro, como han hecho un excelente trabajo hasta ahora. ¡El virus ha empeorado y no hay ningún tratamiento hasta la fecha!

—¿Pueden calmarse? —pidió Tom finalmente—. Exterminamos todos los rastros el otro día, y seamos honestos, ¿cuál es la probabilidad de que otros convoyes hayan llegado hasta este punto tan cercano del norte? Comienza a hacer mucho frío y ustedes saben que los gitanos prefieren quedarse más al sur durante el invierno.

Georg liberó un pequeño resoplido de desacuerdo, pero Tom continuó de todas formas.

—Ya me dolió la cabeza —dijo—. Así que si quieren seguir discutiendo como un matrimonio, pueden largarse a patrullar y dejarme en paz.

Pudo notar que Georg quería contestarle, pero antes de que pudiera hacerlo, alguien los interrumpió.

—¿Doc?

Tom levantó la vista y encontró a la cabeza de su mesa al soldado rubio que había divisado al convoy el día anterior. El chico estaba tambaleándose sobre sus pies y agarrándose de la mesa con ambas manos.  Su rostro estaba pálido y goteado con sudor. Su cabello rubio desgarbado colgaba por su rostro y sus ojos estaban vidriosos.

—¿Andreas? —preguntó Georg.

—¿Doc? —repitió con una voz rasposa, como si no hubiera escuchado a Georg.

Gustav se puso de pie.

—¿Qué pasa?

Las palabras del chico sonaron un poco mal articuladas cuando respondió.

—De verdad no me siento muy bien. No… no sé, hombre. Me siento muy mal.

Gustav frunció el ceño y pasó su pierna sobre el banco en el que había estado sentado para darle la vuelta a la mesa.

—¿Qué tienes?

El chico soltó la mesa y levantó una mano temblorosa para secar su frente.

—Me duele el estómago —dijo—. Estoy mareado y… veo todo borroso en las orillas. Tengo sed… todo…

El chico se bamboleó sobre sus pies y quedó inmóvil por un momento antes de que sus ojos se le fueran para atrás y se cayera pesadamente al suelo. Tom maldijo y se puso de pie también, pero Gustav se hincó junto al chico más rápido de lo que él se pudo mover. El médico tocó su muñeca con dos dedos para checarle el pulso.

—Tenemos que llevarlo al hospital.

&

—¿Dónde está el verificador? —Gustav chasqueó sus dedos y Tom dio un respingo, metió su mano en su bolsillo torpemente intentando alcanzar el aparato. Se lo ofreció al médico y Gustav lo presionó de inmediato contra el cuello de Andreas para apretar el gatillo.

Sus labios se apretaron y formaron una fina línea cuando vio el resultado que apareció en la pantalla.

—¿Qué pasa? —exigió saber Georg—. No se hidrató después de la salida de ayer. Les dije una y otra vez que se tomaran un jugo de inmediato.

—No es deshidratación. —dijo Gustav.

—¿Entonces qué es? —preguntó Tom.

El miedo se deslizó por sus piernas ante el frío entendimiento. Gustav se dio vuelta y abrió un locker. El médico sacó dos máscaras de respiración y se las aventó a Georg y a él, antes de poner una sobre su propia cara.

Georg maldijo, jalando la máscara para ponérsela y Tom se apresuró para hacer lo mismo. La colocó en su lugar y saboreó el metal cuando inhaló a través del filtro de protección.

—El resultado es alto —fue todo lo que dijo el médico cuando Georg lo presionó. Jaló un par de guantes gruesos al ponérselos y dijo—: Retrocede, por favor.

Luego se cernió sobre el inconsciente Andreas para conectar unos receptores de electrones a la frente sudada del chico.

—¿Y qué? Entonces dice “jodido”, ¿no? —exigió saber Georg.

—No exactamente —dijo Gustav—. Sólo sobrepasa la gama. Creo que tenemos que…

Su voz se desvaneció al concentrarse en inyectar el brazo inmóvil de Andreas con una solución transparente.

—¿Qué? —preguntó Tom—. ¿Qué es esto? ¿Estás diciendo que la infección entró a la base?

Gustav levantó la vista. Había gotitas de sudor acumuladas sobre su labio superior. Dudó un poco y luego asintió levemente.

—Sí.

—¡Maldita sea! —Georg se dio la vuelta.

Tom sintió nauseas. Miró a Andreas inconsciente y una imagen de su madre a través del grueso plástico de una pared de aislamiento en el hospital cruzó por su mente. El virus había estado en una etapa temprana cuando ella se enfermó, mucho antes de que mutara para crear bestias como la que habían visto en el desierto el día anterior. Habían pasado semanas desde el primer día en el que se había quejado de sentirse enferma hasta que llegó el aviso de su muerte. Pero ahora… Tom no tenía idea de lo rápido que el virus podría progresar.

—¿Cuánto tiempo va a tardar? —preguntó, tembloroso.

Al mirar al chico, Tom estaba seguro de poder ver ya sus dedos tornándose azules y unas líneas verdes filtrándose a modo de pequeñas venas desde las comisuras de sus labios.

Gustav exhaló por su nariz.

—No mucho.

Estiró su mano bajo la cama y sacó unas correas largas y delgadas que colgaban de ahí. Normalmente se usaban para sujetar suministros a los lados cuando las camillas se usaban como plataformas improvisadas para transportar las provisiones. Tom tragó con dificultad, viendo cómo Gustav enrollaba la correa larga alrededor del brazo de Andreas. La parte inferior del brazo del chico estaba marcada con venas oscuras que hacían contraste con su piel, la cual se tornaba traslucida lentamente, como si fueran vías de color azul oscuro.

Lentamente, Tom alcanzó el otro lado de la cama y ayudó a Gustav a atar al chico. Lo amarraron firmemente y luego se retiraron a la sala médica contigua para observar al chico a través de una película de plástico.

&

Pasó una hora antes de que Andreas despertara y en ese tiempo los tres habían aprovechado para bañarse tres veces en las duchas de esterilización, las cuales dejaron la piel y los ojos de Tom ardiendo y su cuero cabelludo picando. Tom se sentó derecho al ver los ojos de Andreas parpadeando para abrirse.

—Está despierto.

El chico no parecía estar totalmente en sus cinco sentidos y se quedó acostado por varios largos minutos sólo mirando el techo y parpadeando. Mientras esperaban, su piel comenzó a decolorarse. Un azul verdoso se propagaba desde las puntas de sus dedos, sangrando por los costados de su boca. Su respiración estaba acelerada y hacía que su pecho subiera y bajara con exhalaciones rápidas. El sudor había hecho que su cabello se pegara a su cabeza. Periódicamente, sus músculos se contraían por calambres fuertes que hacían que sus brazos y piernas se sacudieran. Hubiera sido algo insoportable si estuviera consciente.

Andreas giró su cabeza a un lado, volteando hacia donde estaban ellos esperando detrás del cristal. Tom inhaló repentinamente al ver las venas que se mostraban claramente a través de la piel del rostro del chico la cual parecía de papel.

—Está jodido. —susurró, mirando brevemente a Gustav quien estaba tecleando sobre una pantalla que mostraba los datos que arrojaban los electrodos que había conectado a la piel de Andreas.

—Su corazón parece un maldito colibrí por el momento —reportó el médico—. Esa clase de ritmo normalmente causaría un ataque cardíaco.

Andreas hizo un sonido lamentable desde el otro lado de la película que los separaba, abriendo su boca que ya estaba manchada de un color azul oscuro en el interior.

Georg hizo un sonido asqueado.

—¿Nos reconoce?

Gustav levantó la mirada y se encogió de hombros.

—Es difícil saberlo, la infección se desarrolla rápidamente. ¿Cuántos días han pasado desde la exposición? Diría que ha estado en su sistema por… ¿qué serán? ¿Cincuenta o cincuenta y cuatro horas?

—Claro, ¿y qué? ¿Entonces si alguien más se contagió tenemos un par de horas para averiguarlo? —espetó Georg.

—Hacemos lo que podemos con ellos —dijo Gustav—. Todos han sido desinfectados, con suerte él fue el único estúpido que tocó algo sin protegerse.

—Me preocupa más la rapidez en la que pueda convertirse en esa cosa del desierto. —dijo Tom, sin poder quitar los ojos de las manos de Andreas, las cuales se estaban apretando para formar puños.

Pasó otra hora para que las protuberancias comenzaran a notarse en el pecho de Andreas. Unos pequeños abultamientos que parecían huesos comenzaron a exponerse debajo de su clavícula y a través de la fina piel de su estómago. Gustav había cortado la camisa del chico antes de salir de la habitación, para poder monitorear ese tipo de cambios. Tom sintió nauseas cuando algo golpeó el pecho del chico desde adentro; esperaba verlos explotar en cualquier momento. Los pequeños bultos comenzaron a aparecer y moverse con una rapidez creciente, como si algunos insectos vivos estuvieran arrastrándose ahí debajo.

Andreas estaba jalándose contra las correas que ataban sus muñecas y sus tobillos a la cama y su cabeza golpeaba salvajemente el colchón. Un grito de otro mundo escapó de sus labios abiertos y sus músculos se sacudieron y tensaron al intentar liberarse.

—¡Esto es una locura! —gritó Georg, estirando un brazo hacia la ventana—. Sáquenlo de su miseria. No hemos descubierto nada y no podemos hacer nada más por él que darle un poco de misericordia.

Gustav parecía reacio y Tom supo que deseaba poder estudiar más a Andreas o poder tomar más muestras de la sangre que había extraído para poder examinarlas después. Andreas gritó nuevamente y Tom se sacudió de un susto.

—Sólo hazlo. —murmuró.

Gustav se inclinó sobre la computadora.

—¡Dos horas! —dijo, y su voz manifestó cierto tipo de asombro. Luego presionó un botón y Andreas se sacudió sobre la cama mientras Tom observaba. Su cuerpo entero quedó rígido cuando una inyección de sedantes se administró por el gotero que Gustav había conectado a su brazo.

El chico se sacudió y su pecho se agrandó con un espasmo. Sus piernas se retorcieron y luchó débilmente por otro pequeño momento jalando inútilmente de las correas que lo ataban, hasta que cayó inconsciente.

—¿Cuánto le diste? —preguntó Georg.

Gustav se enderezó.

—Mil miligramos. Cuatro veces más de la dosis norma. Y mira… —señaló la pantalla que había estado monitoreando el pulso cardiaco de Andreas. La línea estaba plana.

Tom asintió rígidamente.

—Ok, bien —negó con su cabeza. La infección dentro de la base era esencialmente el peor de los casos y al frotar su cara con sus manos, se dio cuenta de que éstas estaban temblando—. Tenemos que deshacernos del cuerpo y… Dios, hay que quemar todo lo que tocó, ¿ok? Necesito ponerme en contacto con el mando.

Georg asintió yendo ya hacia la puerta.

Tom frotó su rostro con una de sus manos nuevamente y se movió para seguirlo. Sus sienes punzaron dolorosamente y pensó en Bill, quien seguía esperando en la cabina. Se detuvo en la puerta con una mano en el marco y luego se dio la vuelta.

—Gustav, ¿cuánto tiempo dijiste?

El médico se veía cansado y pálido.

—No puedo estar seguro. —dijo, renuentemente.

Tom suspiró.

—Calcúlalo.

—Cincuenta y seis horas.

Tom asintió mientras la puerta se cerraba detrás de él y nuevamente frotó su rostro, sintiéndose exhausto.

—Estamos jodidos.

Continúa…

D: ¿Y ustedes creen que podrán mantenerse aislados o será que el virus ya logró propagarse a más de un soldado? 

Un abrazo.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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