

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 6: Back home
— ¿Entonces vas a estar parado ahí como una estatua? — Nataly sonrió burlona, dándome un empujón suave.
Bajé la cabeza, soltando un suspiro mientras agarraba su mano.
— Calla, niña — no podía evitar sentirme raro. Estar parado frente a la entrada del hospital después de todo este tiempo me parecía irreal.
— Vamos, Tom, no es tan difícil. Solo das un paso y ya. ¿O quieres que te lleve cargando? — insistió con una sonrisa que me recordaba lo insoportable que podía llegar a ser.
— ¿No puedes ser una hermana normal por cinco minutos? — rodé los ojos.
— ¿Y perder la oportunidad de molestarte? Ni loca — soltó una carcajada y luego señaló hacia el pasillo— Por cierto, mamá está con el doctor hablando de cosas importantes. Ya sabes, cuentas, informes médicos… esas cosas aburridas.
— Sí, ya me lo dijo — suspiré, mirando hacia la salida. Era como si cruzarla significara algo más grande de lo que podía manejar en ese momento.
Nataly me miró con atención, y por un segundo pensé que iba a decir algo reconfortante. Pero no.
— ¿Te despediste de tus novias? —preguntó con una sonrisa maliciosa.
— ¿De qué hablas? — Fruncí el ceño, confundido y me gire para verla.
— Las enfermeras, Tom — puso los ojos en blanco como si fuera obvio — Son tus novias, o eso decían ellas cada vez que yo iba a hablarles.
— No sabía que tenías un club de fans entre las enfermeras — me reí, sacudiendo la cabeza.
— Pues claro. Me las gané con mi encanto, algo que claramente no heredaste — me miró con aires de superioridad y yo solo alce una ceja.
— Ajá, claro. ¿Y ya te despediste de ellas?
— ¡Obvio! Les dije que las extrañaría mucho y que tú probablemente volverías porque siempre haces tonterías.
— Eres insoportable.
— Gracias — hizo una reverencia exagerada que me hizo soltar varias carcajadas, ella solo me dio un codazo suave mientras seguíamos parados frente a las puertas del hospital — ¿Por qué pones esa cara? Parece que te hubieras olvidado cómo es el mundo exterior.
— Es que… No sé, es raro. Pasé tanto tiempo aquí dentro que ahora todo se siente como un sueño — metí las manos en los bolsillos, intentando ordenar mis pensamientos.
— Oh, qué profundo. A ver, poeta, ¿Quieres que te traiga un violín para acompañarte? — bromeó, cruzándose de brazos y mirándome con una sonrisa burlona.
— ¿Puedes dejar de ser tan fastidiosa por dos minutos?
— No, no puedo. Es parte de mi encanto — rodó los ojos y luego me miró con una ceja levantada — Oye, ya en serio, ¿no estás emocionado de salir de aquí?
— Sí, claro que sí. Es solo que… no sé. Como que todo cambió mientras estaba aquí.
— Pues claro, Tom. No puedes quedarte en pausa como si fueras un programa de televisión. El mundo sigue, aunque tú estés en coma.
— Gracias por el recordatorio, Capitán Obvio — sonreí un poco, y ella soltó una risita.
— Oye, hablando de cosas importantes… — me miró con una expresión seria, pero sus ojos brillaban con picardía — ¿Ya me vas a confesar cuántas enfermeras te traías de aquí para allá?
— ¡Qué enfermeras ni qué nada! —protesté, aunque no pude evitar reírme.
— Vamos, Tom. Yo las vi. Todas estaban «Tom por aquí, Tom por allá». Eras como su príncipe encantado en versión postrado.
— Eres muy impertinente, ¿sabes?
— Sí, y por eso me amas — se encogió de hombros, orgullosa de sí misma — Oye, por cierto, ¿No vamos a despedirnos de la recepcionista? También parecía tenerte en la mira.
— Nataly, ¿Puedes dejar de arruinar este momento?
Ella soltó una carcajada tan fuerte que algunas personas que pasaban cerca voltearon a mirarnos.
— Solo digo lo que todos pensamos, Tom.
Respiré hondo, sacudiendo la cabeza mientras trataba de no reírme también. A pesar de todo, tener a Nataly conmigo hacía que todo se sintiera un poco menos abrumador.
En ese momento, vi a mamá salir del hospital y dirigirse hacia nosotros.
— Listo, ya está todo arreglado. Vámonos antes de que cambien de opinión y te quieran dejar aquí más tiempo, Tom — su voz era suave, pero tenía ese tono firme que solo una madre podía usar.
Asentí, aliviado de poder dejar todo eso atrás. Caminamos hacia la acera donde, como si fuera cosa del destino, un taxi estaba esperando.
— Perfecto, ni siquiera tenemos que llamar a uno — dijo Simone, abriendo la puerta del taxi.
Justo en ese momento, una voz familiar llamó mi atención.
— ¡Tom!
Me giré y ahí estaba Peyton, caminando hacia nosotros con una sonrisa brillante.
— Oh, mira quién viene, otra novia de Tom — dijo Nataly en voz baja, cruzándose de brazos con un gesto algo enojado.
— Peyton, hola — le devolví la sonrisa mientras ella se acercaba — Ellas son mi mamá, Simone, y mi hermana, Nataly.
— Mucho gusto, señora — saludó con una mano antes de extenderla hacia mi mamá.
— El gusto es mío, Peyton — le devolvió el gesto con amabilidad.
Nataly, en cambio, se quedó observándola con una mirada crítica, como si estuviera evaluándola. Peyton, sin notar la tensión, se volvió hacia mí.
— Solo quería despedirme antes de que te fueras.
— Claro. Mamá, Nataly, Peyton fue la que me ayudó cuando casi me desmayo en la azotea.
— No fue nada, de verdad — ella encogió de hombros con modestia — Además, fue agradable tener a alguien con quien hablar.
— Qué amable de tu parte. Es bueno saber que Tom tuvo a alguien así mientras estaba aquí — mi madre le sonrió, claramente agradecida.
Peyton se agachó un poco hacia Nataly, probablemente pensando que sería fácil ganársela.
— Que tenemos aquí, que adorable eres ¿Y tú pequeña, cómo estas?
Nataly la miró con una ceja levantada, luego se encogió de hombros de la forma más indiferente posible.
— Bien. Pero no eres tan interesante como las enfermeras.
— Nataly… — dije entre dientes, intentando mantener la compostura mientras mi mamá ocultaba una sonrisa detrás de su mano.
Peyton rió nerviosa, claramente incómoda, pero intentó ignorarlo.
— Bueno, me alegra que todo esté mejor — luego se giró hacia mí, como si quisiera decir algo más. Pero antes de que pudiera, Nataly soltó otra bomba.
— ¿Y Bill?
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
— ¿Bill? — pregunté, tratando de no sonar demasiado confundido.
— Sí, ¿No crees que debería estar aquí? Pense que estaría aquí, cerca de tí, Tom.
No supe qué responder. Peyton miró a Nataly, luego a mí, como si estuviera intentando armar las piezas. Mi mamá, por su parte, parecía incómoda, como si supiera algo que yo no y no lo iba a decir, eso ya lo sabía.
— Deberíamos irnos — dije finalmente, abriendo la puerta del taxi para evitar más preguntas incómodas.
— Nos vemos, Tom. Cuídate — sonrió débilmente.
Asentí, subiendo al taxi mientras mi mente seguía dando vueltas. ¿Por qué Nataly había mencionado a Bill? Y, más importante, ¿Por qué sentía que me faltaba algo cada vez que escuchaba su nombre?
El taxi arrancó suavemente, y me encontré mirando por la ventana. Las calles de Berlín estaban más vivas de lo que recordaba, o tal vez era yo quien estaba más desconectado. Todo parecía ir más rápido, los autos, las personas, incluso el cielo, como si el mundo me estuviera recordando que había seguido adelante sin mí.
Nataly, sentada a mi lado, no dejaba de mover las piernas, claramente aburrida.
— ¿Sabes? — dijo de repente, rompiendo el silencio del auto — Cuando estabas en el hospital, mamá redecoró tu habitación. Ahora tiene un toque… Más femenino.
— ¿Qué? — me giré para mirarla, frunciendo el ceño — ¿Qué significa «más femenino»?
— No sé. Hay cortinas nuevas y creo que puso plantas. O algo así.
— Genial — dije con sarcasmo, volviendo mi mirada hacia la ventana — Lo primero que hago al llegar a casa es arrancarlas.
Ella soltó una carcajada y el conductor del taxi nos lanzó una mirada curiosa a través del retrovisor. El viaje no fue tan largo como pensé. En unos treinta minutos estábamos frente a la casa. Bajé lentamente, dejando que la familiaridad del lugar se hundiera en mí. La fachada seguía igual: pintura blanca con las persianas azules que mamá amaba.
— Bueno, estamos de vuelta — dijo mamá mientras abría la puerta principal con una sonrisa. Su voz tenía ese tono cálido que siempre me hacía sentir en casa.
Entré detrás de ellas, y el olor de la madera y los muebles familiares me golpeó. Era un aroma que no sabía cuánto había extrañado hasta ahora.
— ¡Nataly, ayuda con las bolsas! — gritó mamá desde el pasillo, dirigiéndose hacia la cocina.
— Claro, mamá. Porque Tom no puede cargar nada, ¿verdad? — respondió, rodando los ojos mientras se llevaba las bolsas más pequeñas.
Dejé mi mochila en el suelo y me quedé parado en medio de la sala, mirando alrededor. Todo seguía casi igual, pero los detalles eran diferentes: una foto nueva en la estantería, un cojín que no recordaba. Caminé hacia el sofá y me dejé caer, soltando un suspiro largo.
— ¿Qué te pasa? — preguntó Nataly, asomándose desde la cocina.
—Nada. Es raro estar aquí. Como si no encajara del todo.
— Pues deberías encajar. Esta es tu casa, ¿No? — dijo encogiéndose de hombros antes de volver a desaparecer por el pasillo.
Escuché a mamá tararear algo en la cocina mientras sacaba ollas y sartenes.
— Voy a preparar algo rápido para cenar —gritó — Tom, ¿Te apetece sopa o prefieres algo más pesado?
— Lo que sea está bien, mamá —respondí, dejándome hundir un poco más en el sofá.
Cerré los ojos por un momento, escuchando los sonidos familiares: el agua corriendo, el cuchillo chocando contra la tabla de cortar, y el murmullo ocasional de Nataly discutiendo por algo sin importancia. Todo eso me envolvió en una especie de calma extraña, como si, después de todo, tal vez aún quedara algo de normalidad en mi vida.
— ¡Tom! — gritó Nataly desde la cocina— Si no vienes a poner la mesa, voy a decirle a mamá que no te de postre.
Solté un bufido, pero al final me levanté y fui hacia la cocina, Mamá estaba preparando algo que olía increíble. Nataly organizaba los platos de forma completamente aleatoria en la mesa.
— ¿Sabes que no puedes poner un plato aquí y otro allá como si fuera un rompecabezas, verdad? — le dije, apoyándome en el marco de la puerta.
— ¿Y qué? — respondió, cruzándose de brazos — A ver, señor perfección, ¿Por qué no lo haces tú?
— Porque claramente estás haciendo un trabajo impecable — contesté con sarcasmo, acercándome para arreglar el desastre.
Mamá se rio suavemente mientras sacaba un poco de pasta de la olla para probarla.
— Tom, deja que ella lo haga. Tal vez no sea perfecto, pero al menos está ayudando.
— ¡Gracias, mamá! — me lanzó una mirada triunfal mientras volvía a colocar un plato en el lugar equivocado a propósito.
— Sí, claro, está ayudando… A que nos volvamos locos — negué con la cabeza, pero dejé que continuara.
El aroma de la comida llenó la casa, y por un momento me sentí como si nunca hubiera estado fuera. Era extraño cómo pequeños detalles como estos, el olor de la comida de mamá o las discusiones sin sentido con Nataly, podían hacerme sentir tan conectado y perdido al mismo tiempo.
Finalmente, mamá apagó la estufa y colocó la sartén sobre un salvamanteles.
— Listo, vayan llamando a la mesa. No quiero que la comida se enfríe.
— ¿A quién voy a llamar? — pregunté, frunciendo el ceño — ¿A los fantasmas?
— ¡Ja! — Nataly soltó una carcajada mientras se sentaba y comenzaba a servirse sin esperar a nadie.
— Siéntense y coman. Nataly, deja algo para los demás — Mamá sacudió la cabeza con una sonrisa.
Nos sentamos alrededor de la mesa, y por un momento todo se sintió completo. Mamá empezó a hablar sobre cosas del día a día: el trabajo, los vecinos, incluso un gato nuevo que alguien había adoptado en la calle. Nataly no dejó de interrumpir para agregar comentarios graciosos o completamente innecesarios, como siempre.
— ¿Y tú, Tom? — preguntó mamá de repente, mirándome — ¿Cómo te sientes?
— No lo sé… Es raro estar aquí. Como si todo hubiera cambiado, pero también todo sigue igual — me tomé un momento para responder, jugando con el tenedor en mi plato.
— Es normal, cariño. Necesitarás tiempo para adaptarte, pero estamos aquí para ayudarte — Ella asintió, su rostro mostraba una mezcla de comprensión y preocupación.
Nataly, en cambio, no perdió la oportunidad de soltar algo.
— ¿Adaptarte? ¿A qué? ¡Si no vas a hacer nada! Literalmente, te vas a pasar el día acostado como en el hospital.
— Gracias, Nataly. Siempre tan alentadora — la miré con los ojos entrecerrados, pero no pude evitar reír.
La cena continuó entre risas y comentarios triviales y cuando terminamos de comer, mamá se levantó para recoger los platos y Nataly salió corriendo hacia su habitación, diciendo algo sobre que tenía que ver una película. Me quedé sentado en la mesa por un momento, mirando el lugar vacío frente a mí.
Mamá se detuvo un segundo, colocando una mano en mi hombro.
— Estás en casa, Tom. Y todo va a estar bien.
No respondí, solo asentí, mientras mamá recogía los últimos platos y los llevaba al fregadero, me quedé pensando en algo que había rondado mi cabeza desde que desperté. Sabía que no sería fácil, pero sentía que tenía que intentarlo.
— Mamá — dije de repente, llamando su atención.
— ¿Qué pasa, cariño? — respondió mientras se giraba hacia mí, secándose las manos con un paño.
— He estado pensando… Quiero volver a la universidad.
Por un momento, el silencio llenó la cocina. Podía ver en su rostro una mezcla de sorpresa y preocupación, pero también algo de orgullo, era lo único que quería en estos momentos.
— ¿Estás seguro de eso, Tom? Apenas estás volviendo a casa. No tienes que apresurarte con nada — dijo, acercándose a la mesa y sentándose frente a mí.
— No es apresurarme. Es… — me detuve, buscando las palabras adecuadas — Siento que necesito algo que me ancle, algo que me haga sentir normal otra vez. No puedo quedarme aquí haciendo nada, mamá.
Ella suspiró, como si estuviera calculando cada palabra antes de responder.
— Entiendo lo que dices, pero volver a la universidad no es algo pequeño. Tus clases, tus compañeros, incluso el ritmo de vida que llevabas antes… Todo eso puede ser abrumador después de lo que has pasado.
— Lo sé, pero creo que puedo manejarlo. Y si no lo intento, nunca lo sabré. Además — agregué, tratando de convencerla — Georg y Gustav están ahí. No estaré solo.
Mamá inclinó la cabeza, claramente evaluando mis argumentos.
— ¿Y qué pasa si es demasiado para ti? — preguntó con suavidad — Quiero que te sientas bien, no que te presiones.
— Si es demasiado, lo sabré. Pero al menos quiero intentarlo. Quiero recuperar algo de lo que tenía antes.
Por un momento, mamá no dijo nada. Luego, asintió lentamente.
— Está bien, Tom. Si eso es lo que realmente quieres, te apoyaré. Pero tienes que prometerme algo.
— ¿Qué?
— Que no te forzarás más de lo necesario. Si en algún momento sientes que necesitas un descanso, lo tomarás. ¿Entendido?
— Entendido.
Mamá sonrió, aunque sus ojos seguían mostrando una pizca de preocupación.
— Voy a hablar con la universidad mañana para ver cómo podemos arreglar tu regreso. Pero quiero que sepas que estoy orgullosa de ti, Tom.
— Gracias, mamá — respondí, sintiendo un peso menos en mis hombros.
A pesar de los nervios y las dudas, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza.
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El sonido del timbre resonó en la casa, interrumpiendo el momento de tranquilidad. Mamá dejó el paño en la mesa y caminó hacia la entrada con una sonrisa en los labios.
— ¿Quién será? — murmuró, más para sí misma que para mí.
Escuché el chirrido de la puerta al abrirse y de inmediato, su tono cambió, pasando a uno cálido y entusiasta, diría que incluso estaba más alegre que cuando me dieron de alta.
— ¡Bill! Qué alegría verte, cariño.
Mi cabeza giró hacia la puerta de inmediato. Bill estaba ahí, sosteniendo una bolsa de papel cuidadosamente envuelta, su sonrisa brillante iluminando la entrada. Mamá prácticamente lo jaló dentro de la casa con entusiasmo.
— ¡Mira nada más quién está aquí! —exclamó, casi cantando.
— Hola, Simone. Pensé en pasar un momento a ver cómo estaba Tom — dijo Bill con su tono tranquilo y carismático. Luego levantó la bolsa — Y traje un pequeño regalo. Son pasteles de esa panadería que te gusta tanto.
— Eres un amor, Bill. Siempre tan atento — ella solo puso una mano en su pecho, visiblemente emocionada.
En ese momento, los pasos de Nataly bajando las escaleras se escucharon fuertes y apresurados. Dios, esa niña.
— ¿Es Bill? ¿Es él? — preguntó desde el pasillo, y en cuanto lo vio, prácticamente corrió hacia él — ¡Bill! — gritó mientras saltaba para abrazarlo con fuerza. Él rió, devolviéndole el abrazo como si fuera la hermana menor que nunca tuvo.
— Hola, pequeña terremoto. Te extrañé.
— ¡Yo también! — respondió Nataly, alejándose para mirarlo — ¿Y esos pasteles? ¿Son para mí?
— Para todos, pero quizás te deje elegir primero, ¿Qué dices?
— Trato hecho.
Desde mi lugar en el sofá, observaba todo esto con cierta indiferencia. No era que tuviera algo contra él, bueno si, era un idiota que guardaba secretos hacia mi, pero había algo en su presencia que me hacía sentir cómodo.
— Tom, ¿No vas a saludar a Bill? —preguntó mamá, lanzándome una mirada expectante.
— Hola — dije, tan neutral como pude.
— Hola, Tom. Es bueno verte de vuelta en tu casa — me miró con una sonrisa que parecía sincera, pero no sabía qué pensar, solo me encogí de hombros dándole la razón con un leve movimiento de cabeza.
Asentí, sin agregar nada más y volví a mirar hacia la televisión que ni siquiera estaba encendida. Bill no pareció afectado, en cambio, se centró en Nataly, que ya estaba inspeccionando la bolsa como un cachorro curioso.
— ¡Mira esto, mamá! ¡Tiene el de chocolate que me encanta! — gritó Nataly desde la cocina, mientras Bill y Simone intercambiaban miradas cómplices.
Después de un rato mamá volvió a la sala con Bill detrás de ella, cargando los pasteles. Lo guió hacia la mesa mientras Nataly corría a sentarse junto a él, todavía con una sonrisa enorme en su cara como el puto Joker.
— Bueno, ya que estamos todos aquí, vamos a disfrutar de esto juntos.
Yo me quedé en el sofá, observando cómo todos parecían encajar tan perfectamente con Bill, como si fuera una pieza que faltaba en el rompecabezas familiar. Incluso Nataly estaba más emocionada que de costumbre. Me crucé de brazos, sin decir mucho.
Mientras mamá servía el té, Nataly habló, con ese tono travieso que ya sabía que traía problemas. Por favor que no diga nada indebido, solo eso pido…
— ¡Tom tiene una amiga nueva! — anunció como si fuera un chisme jugoso, no podía cerrar la boca ni por dos segundos y decir sus tonterías.
Simone levantó la mirada con una sonrisa curiosa, aunque se notaba la precaución detrás de su tono. Bill, por su parte, se quedó completamente inmóvil, mirando hacia la mesa.
— Sí, ya conocemos a Peyton — respondió Simone, tratando de mantener el tono ligero — Es una chica encantadora, ¿No, Tom?
— Lo es — respondí, encogiéndome de hombros.
Nataly bufó dramáticamente y rodó los ojos.
— “Encantadora”… Por favor. Esa niña es fastidiosa. Todo el rato sonriendo y hablando como si fuera tu sombra. ¿De verdad no te das cuenta?
— ¿Y qué? ¿Desde cuándo es un crimen ser amable? Deberías probarlo alguna vez, Nataly — solté un suspiro y la miré directamente a los ojos — Además… Solo hablaron medio minuto, exageras.
— Yo soy amable — replicó, con una mano en la cadera y un aire indignado — Solo no me gusta cuando la gente es falsa. Y Peyton lo es, te lo digo yo que tengo buenos instintos cuando veo a alguien, además la primera impresión siempre cuenta y ella no me cayó bien.
Bill seguía callado, apretando los labios, sin atreverse a mirarme. Mi madre, por su parte, trataba de mantener la calma, pero se notaba que estaba pendiente de cada palabra.
— Nataly, no tienes idea de lo que estás diciendo — susurré ya algo molesto — Peyton me ayudó cuando más lo necesitaba, ¿Okey? Si no fuera por ella, ni siquiera sé cómo habrían sido mis días en el hospital. Así que, por favor, déjala en paz, no la conoces como yo.
Ella se cruzó de brazos y me miró fijamente, como si estuviera evaluando qué decir a continuación.
— ¿Dejarla en paz? ¿Por qué? Si antes te llevabas mejor con…
— ¡Nataly! — la interrumpió mamá antes de que pudiera decir algo más, su voz cortante como un látigo, hasta yo me quedé callado como si me hubiera regañado a mí también.
— ¿Qué? Solo iba a decir que… — la pequeña imprudente se giró hacia ella, sorprendida por el tono.
— ¡No ibas a decir nada más! — la cortó de nuevo, yo solo me quedé viendo la pequeña escena, esta vez mamá se puso de pie mirándola con severidad — Y quiero que te disculpes con tu hermano ahora mismo.
Nataly frunció el ceño, pero al final soltó un suspiro pesado, la mire mientras alzaba mis cejas con cierta diversión.
— Lo siento, Tom. No quise decir nada malo… — murmuró, aunque su tono seguía siendo más de fastidio que de arrepentimiento pero no me importo, siempre era así, así que era algo normal; hermanos. Mamá se volvió hacia Bill, intentando aliviar la tensión en la sala.
— Bill, ¿Quieres más té? — le preguntó, forzando una sonrisa cálida.
Él asintió levemente, pero seguía sin mirarme. Esa actitud suya me estaba empezando a irritar, siempre era lo mismo con él, siempre con esa actitud de mierda, como si me tuviera miedo o miedo de decir algo.
Ahora la sala había quedado sumida en un silencio después del intercambio con Nataly. Ella estaba sentada junto a Bill, jugueteando con su cabello, mientras yo me acomodaba en el sofá, mirando cómo mamá recogía las tazas vacías.
— Voy por más té — anunció con una sonrisa, levantándose con la bandeja.
Bill la siguió con la mirada. Pero yo no podía dejarlo pasar. Algo en la forma en la que se había quedado callado me estaba sacando de quicio.
— ¿Y tú qué? — le solté, sin poder contenerme mucho más, lo siento, pero tenía que hacerlo. Bill alzó la cabeza lentamente, sus ojos grandes y oscuros encontrándose con los míos.
— ¿Qué de qué?
— No has dicho ni una palabra. Desde que llegaste, apenas hablas. ¿Es que te molesta algo? — insistí, mi tono más cortante de lo que pretendía.
— No, para nada. Solo… Estoy escuchando — negó, pero no parecía convincente, obviamente yo soy un buen detector de mentiras y no le creí nada.
Nataly, que hasta entonces había estado distraída con un mechón de su cabello, decidió meter su cuchara otra vez.
— Bill siempre es así, Tom. Callado, pero con cara de estar juzgándolo todo. ¡Como un gato! — se rió, tratando de imitar su expresión, Bill sonrió de lado, pero no respondió. Simone volvió justo a tiempo con la tetera, interrumpiendo cualquier respuesta que pudiera haber.
— Aquí tienen. Té para todos — hablo con una sonrisa, dejando la bandeja en la mesa con las mismas cuatro tazas.
— Gracias, mamá — le sonreí, mientras tomaba un sorbo de la misma.
Bill tomó una taza y se concentró en revolver el té como si fuera la cosa más importante del mundo. Yo lo observaba, esperando que hablara, que dijera algo, cualquier cosa. Pero nada.
Nataly, por supuesto, no podía quedarse callada mucho tiempo, un día de estos le voy a pegar los labios con silicona para que por fin deje de hablar como un loro.
— Entonces, Tom, ¿Vas a invitar a tu «amiga» Peyton a la casa? — preguntó con una sonrisa de suficiencia, enfatizando la palabra «amiga».
— No sé, Nataly. Tal vez. ¿Por qué te importa tanto? — suspiré pesadamente mientras dejaba mi taza de té en la mesa, cansado del tema.
— No me importa. Solo digo que si la traes, que no toque mis cosas.
— No tiene por qué tocar nada tuyo. Además, dudo que le interese —mire mis manos, tratando de ignorarla.
— Qué lástima. Tal vez ella encuentre tu gusto musical tan malo como yo lo hago.
Bill dejó escapar una pequeña risa, y yo me giré hacia él, arqueando una ceja.
— ¿Tienes algo que decir? — le espeté.
Él negó rápidamente, pero el leve rubor en sus mejillas lo delató.
— No, nada.
— Ajá. Claro — bufé divertido volviendo a recargarme en el sofá.
Mamá decidió intervenir, probablemente para evitar que las cosas se calentaran más y que explorará.
— Bueno, Nataly, ya es tarde. ¿Por qué no subes a tu habitación a prepararte para dormir?
— ¡Pero si todavía es temprano! —protestó mientras se cruzaba de brazos enojada.
— Arriba, Nataly. Ahora — volvió a decir con un tono que no aceptaría más discusiones. Ella bufó, pero finalmente se levantó del sofá. Pero antes de irse, se giró hacia mí con una última sonrisa traviesa.
— Solo digo, Tom, que antes eras mucho más divertido. No sé qué te pasó — y con eso, subió las escaleras corriendo como un rayo, dejándonos a mí, a mamá y a Bill en la sala.
— No le hagas caso, Tom. Sabes cómo es Nataly. Dice cosas sin pensar — se dejó caer a mi lado soltando un suspiro pesado.
— Lo sé. Solo que… — me interrumpí, sin saber cómo terminar la frase — ¿Qué pasa contigo, Bill? — pregunté finalmente evitando lo que quería decir.
Él dejó su taza en la mesa con cuidado, evitando mi mirada.
— Nada. Solo estoy cansado con cosas de la universidad, supongo.
— ¿Cansado? — repetí, sin creerle.
— ¿Por qué no lo dejamos aquí por hoy? Tom, tal vez deberías parar con todo esto — mamá interrumpió señalándome con la cuchara en mano.
Quise protestar, pero algo en su tono me detuvo. Esa mirada de mamá, esa que todos los hijos conocemos. Esa que no necesita palabras, pero grita claramente: «Te voy a callar yo misma si sigues hablando». Y aunque no lo admitiera, siempre funcionaba. No importa cuántos años tengas, las mamás tienen un poder sobrenatural para silenciarte sin mover un dedo.
— Sí, claro — respondí, sin mucha convicción.
— Creo que debería irme… No quiero ser una molestia — Bill se levantó y antes de que diera un solo paso decidí intervenir.
— Espera — lo mire con una ceja levantada — ¿Por qué no te quedas un rato más? Es decir, no quise decir eso.
— Eh… sí, claro. Si no molesto… — me miró sorprendido, como si no esperara la invitación, pues solo estaba siendo amable ¿Tanto se sorprendió?
— No molestes tanto, supongo —respondí con un tono seco.
— Tom, te dije que ya es…
— No mamá, solo estoy siendo amable, y no te preocupes, no voy a decir nada maleducado — la interrumpí antes de que pudiera decir algo más y tener la regañada de mi vida.
Bill se quedó sentado en el sillón, jugueteando con los bordes de la taza de té. Yo lo observaba, también con mi taza antes de darle un sorbo y míralo.
— Entonces… ¿Cómo nos conocimos? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio, no iba a descansar hasta obtener respuestas.
Bill alzó la vista, claramente desconcertado por mi pregunta. Mamá por otro lado, se tensó al instante.
— Oh… bueno… — tartamudeo sin saber que decir y yo lo mire expectante, tratando de que continuará hablando.
Entonces antes de abrir mi boca de nuevo con interrogativas, mamá se apresuró a cambiar el tema antes de que pudiera decir algo más.
— Tom, ¿Por qué no le cuentas a Bill sobre lo que quieres hacer ahora que estás en casa? Como tus planes para volver a la universidad.
Fruncí el ceño, la táctica funcionó, aunque no completamente, siempre eran las mismas evasivas, cada día, cada minuto, cada segundo, siempre lograban colocar un muro inalcanzable.
— Sí, claro… Quiero volver pronto. Aunque todavía tengo que ver cómo está todo.
— Eso suena bien. Estoy seguro de que te irá genial — note como él sonrió, supongo que aliviado por el cambio de conversación.
Sin embargo, la duda seguía en mi mente, siempre lo estaba. Había algo en sus respuestas, mejor dicho, no había nada, nunca me decía nada y evitaba de ello como si fueran planes súper secretos de agentes especiales encubiertos.
Una vez los tres terminamos nuestras tazas de té, mamá volvió a la cocina, dejándome a Bill y a mí solos.
— ¿Y cómo va todo en la universidad? —estire mis piernas mientras lo miraba, rompiendo el silencio, tome una rebanada del pastel y me lo lleve a la boca… Joder, con razón a mamá le gustaban tanto, son deliciosos.
— Bien. Aunque han cambiado algunas cosas desde que estuviste allí. Ahora hay más reglas, y remodelaron un par de edificios.
— ¿En serio? — mierda, ¿Mejoraron todo justo cuando yo dejé de ir? Eso es cruel — ¿Qué edificios?
— El de economía es uno de ellos. Hicieron una sala más grande para conferencias y mejoraron los laboratorios de informática.
— Vaya, suena bien — definitivamente, si — Supongo que me tocará acostumbrarme a esas cosas si vuelvo.
— Deberías hacerlo. Retomar los estudios te hará bien, y no te preocupes… Estaré ahí para ayudarte si necesitas algo.
— ¿Tú? — fruncí el ceño, ligeramente confundido, dándole otra mordida al pastel — Pero tú no estudias economía, ¿O sí?
— No, estudio diseño gráfico. Pero estamos en la misma universidad. Aunque nuestras carreras no tienen nada que ver, siempre vamos a terminar viéndonos por ahí.
— Es verdad — me quedé en silencio un momento, intentando unir esas piezas en mi mente — ¿Y cómo te va en tu carrera?
— Bastante bien. Este año me graduó. Con todo lo que pasó, tomé un par de semestres más ligeros, pero ya estoy casi al final.
— Eso es genial. Supongo que estarás trabajando en alguna agencia o algo así, ¿No?
— Ese es el plan, aunque aún no estoy seguro de dónde quiero trabajar. Supongo que lo descubriré cuando llegue el momento.
— Ya veo. Bueno, es bueno saber que estás terminando.
— Gracias — respondió, su sonrisa volviéndose más cálida. Después de una breve pausa, volvió a hablar — ¿Y tú? ¿Tienes algún plan más allá de retomar tus estudios?
— Apenas estoy empezando a pensar en eso. Todo esto es un poco abrumador, pero creo que volver a la universidad será el primer paso.
— Eso es lo más importante ahora. Si necesitas ayuda con algo, ya sabes que puedes contar conmigo. Incluso si no es sobre estudios.
— Lo tendré en cuenta — había algo en su tono que me hizo sentir que realmente podía confiar en él.
Mamá entró de nuevo en la sala, trayendo más té, y la conversación se desvió hacia temas más ligeros. Pero ahora yo me encontraba nadando en mis pensamientos.
Me llevé una mano a la frente, tratando de hacer cuentas. Si la carrera de economía dura cuatro años, técnicamente solo me faltarían dos. Pero eso si puedo retomar justo donde lo dejé, ¿No? ¿O tendré que repetir algo? Aunque sinceramente ya no me acordaba de nada.
Suspiré, frustrado conmigo mismo. ¿Cuánto más tendré que estudiar para alcanzar a los demás? Todos los que empezaron conmigo probablemente ya estén a punto de graduarse. Y aquí estoy yo, volviendo a empezar desde cero.
Miré a Bill, que estaba charlando animadamente con mamá. Por lo menos, tengo a alguien que sabe lo que pasó en la universidad… También estaría con Georg y Gustav, bueno todo sería más fácil con ellos a mi lado. Y bueno, también a Peyton.
Continúa…
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