Recuerdos FIN

Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo Final

Pasaron cuatro años. Cuatro malditos años desde todo ese caos… desde que volví a tenerlo en mi vida, pero antes de todo lo lindo, tengo que hablar de lo feo. Porque sí, el karma existe y vaya que cobró factura.

Peyton… bueno, lo último que supe de ella fue que terminó trabajando en un puto prostíbulo. La muy tonta cayó bajísimo. Al principio decían que era bailarina «exótica» en un club, pero después la cosa se puso turbia. Terminaron corriéndola por robarle dinero a uno de los clientes. Después de eso, anduvo por ahí, buscando plata fácil, vendiéndose a cualquiera que pudiera pagarle una dosis. Incluso salió en las noticias por fraude y traficar drogas.

Dicen que se metió con gente peligrosa, que una vez la agarraron a golpes por deber dinero y no me sorprende. Todo lo que tocaba se volvía mierda. Sus «amigos» la dejaron de lado e incluso ellos mismos eran quienes difundían los rumores. Perdió la dignidad, perdió todo, y lo mejor de todo: nunca más intentó buscarnos. Supongo que le quedó claro que no tenía lugar con nosotros, que por fin le había puesto un alto. 

Ahora sí. Lo bueno.

Bill y yo nos volvimos a mudar juntos después del primer año de estar de nuevo en pareja. Lo hicimos a nuestra manera. Nuestro departamento… no es la gran cosa, pero es nuestro hogar. Tiene plantas por todos lados, huele a café por las mañanas y a vela de vainilla por las noches (que según Bill es para las malas energías). Tiene los cuadros raros que él ama, mi guitarra en una esquina, y una alfombra que Scotty decidió destruir pero igual la dejamos porque ya es parte del desastre que amamos. Sí, Scotty sigue con nosotros. Es como nuestro hijo peludo, el más mimado, el más travieso.

Nataly ya tiene dieciocho y aún no lo puedo creer. Está a un paso de la universidad, quiere estudiar psicología o algo con arte, todavía no decide. La veo y me cuesta no ponerme nostálgico a veces, porque creció tan rápido… Pero sigue siendo mi hermana, a veces viene a hablar con Bill sobre sus problemas adolescentes. Por suerte, nuestro departamento queda cerca del de mamá, así que puedo verlas seguido. A veces los tres: mamá, Nataly y Bill, se ponen a hablar de cosas que no entiendo y me terminan haciendo bullying entre risas.

Los papás de Bill también se mudaron a Berlín. Él insistió tanto… no quería tenerlos lejos. Ahora viven a diez minutos. Siempre que pueden, nos visitan, o a veces vamos nosotros. A su madre le encanta cocinar para nosotros, aunque siempre dice que extraña que Bill viva con ella. Y su padre… Bueno él está conforme. En el momento que fuimos a visitarlos cuando aún vivían en Hamburgo para explicarles todo, lo entendieron. Fui claro con mis sentimientos, los errores que cometí. No voy a mentir, estaba de los nervios, pero tener a Bill a mi lado mientras me sostenía de la mano fue una gran ayuda. Al final, todo quedó bien entre nosotros y supongo que para Gordon ver a su hijo feliz era más que suficiente, incluso me hizo prometerle que lo cuidara o me daría una golpiza, aunque lo dijo en broma, pero aún así no pude evitar tragar seco. Fue loco, pero lindo. 

Bill sigue trabajando con Andy, y les va más que bien. Ya tienen varios clientes importantes. No solo editan campañas y producen contenido visual, también asesoran a marcas importantes, dan talleres y se mueven como si el mundo creativo fuera suyo. El último proyecto que firmaron los puso en boca de muchos. No fue suerte, fue talento y dedicación. Siempre me impresionó la forma en que Bill podía convertir una simple idea en algo brillante. 

Yo también tuve suerte. Hace un año me ascendieron a Jefe de Análisis Financiero. Suena aburrido, lo sé, pero me gusta. Me da estabilidad, me da rutina, me da la tranquilidad de saber que tengo cómo sostener todo lo que amo.

Después de ese primer año de volver con Bill, decidí ir a terapia también. 

No fue fácil. No me levanté un día y dije: «Uy sí, quiero revolver mis heridas». No. Fue por él.

Porque raras veces soñando con mi padre. Con su voz, con su abandono… con esa jodida sensación de que, no importa lo que hiciera, nunca iba a ser suficiente.

A veces lo escuchaba en mi cabeza, juzgándome, gritándome. «Eres un error. No vales nada. Nadie se quedaría contigo.»

Y por más feliz que estuviera, por más que Bill durmiera a mi lado todas las noches, esa voz seguía ahí escondida, era un eco constante que me rompía en silencio.

Hasta que una noche, Bill me encontró llorando en el baño. No dije nada, solo lo abracé. Me aferré a él como si fuera mi ancla, mi salvación y en ese abrazo, por fin lo dije todo.

Me apoyó sin dudar. Me buscó una psicóloga, me acompañó a la primera sesión. Se quedó esperándome afuera y gracias a él, entendí que sanar no era traicionar a mi pasado. Era liberarme de él.

Meses después, dejé de escuchar la voz de Jörg. No porque lo perdonara, sino porque dejé de cargar con su mierda, y todo eso… fue más fácil porque Bill estuvo a mi lado. Su voz desapareció, su cara se esfumó. Sus recuerdos ya no dolían. 

Sentía un peso menos en mis hombros. 

Hoy, estamos en una boda. No la mía. Aún… pero sí una muy especial.

Linda y Gustav, después de tanto tiempo juntos, decidieron casarse. Al fin. Y no lo hicieron a lo grande, ni en una iglesia enorme, ni con cientos de invitados que ni conocían. No. Lo hicieron a su manera, en una finca preciosa, rodeada de árboles, luces colgantes como luciérnagas y flores silvestres por todos lados.

Georg y yo nos encargamos de ayudarlo cuando nos contó de sus intenciones. Planeamos como le iba a pedir matrimonio: fue en un atardecer en la playa, decoramos todo de flores blancas y los pétalos caían como un camino. Todo había salido perfecto, y cuando Linda le dió el «Si», juro que Georg y yo nos emocionamos más que Gustav.

Ahora, la ceremonia fue al atardecer también. El cielo se pintaba de dorado y rosa, y el aire olía a jazmín y a hogar. Bill y yo fuimos padrinos y Dios… estaba tan jodidamente guapo con ese traje beige claro, sin corbata, el pelo recogido en una coleta baja (porque decidió que lo quería tener largo y rubio) y esa sonrisa que me partía en dos. Yo solo podía mirarlo y pensar: «cómo carajos llegué a tener tanta suerte.»

Gustav estaba parado frente a Linda, con los ojos vidriosos, y su voz temblaba cuando empezó a decir sus votos:

— Linda… No tengo palabras suficientes para agradecerte por haber sido mi amiga, mi compañera, mi hogar durante todo este tiempo. Eres perfecta para mí y eso es todo lo que necesito. Hoy y siempre, prometo amarte y respetarte, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en la tristeza, todos los días de mi vida. 

Linda le sonrió con esos ojitos llenos de lágrimas, y le apretó las manos antes de hablar también:

— Gustav… tú eres mi calma, mi abrazo cuando el mundo se cae a pedazos. Si alguna vez dudé del amor, tú fuiste la respuesta. No prometo no discutir, no llorar, no enojarme, pero sí prometo quedarme. Siempre quedarme…

Todos estábamos llorando. Hasta yo, aunque tome la excusa de que algo se me había entrado al ojo. 

Y en medio de todo eso, sentí la mano de Bill tomar la mía y me la apretó. No dijo nada, solo me miró.

Y en esa mirada me dijo todo. «Tú y yo también. Algún día.»

Y sí. Me emocioné porque de solo imaginarlo me daban ganas de llorar como un crío. Llamar a Bill «mi esposo».

Cuando Linda termino sus votos, fue como si el aire se llenara de electricidad, como si hasta los árboles contuvieran el aliento. Y entonces, sin más, él la tomó por la cintura, ella le rodeó el cuello y se besaron.

Un beso largo, lleno de historia y promesas.

Todos empezamos a aplaudir, a gritar, a chiflar. Mi madre abrazaba a Nataly y lloraba con una servilleta en la mano, mientras los papás de Bill se sonreían de lado a lado.

Georg estaba grabando todo con el celular mientras Susanne le decía que lo bajara y disfrutara el momento.

Andy aplaudía tratando de ocultar sus lagrimas, y yo… bueno, yo tenía a Bill de la mano y juro por Dios que su sonrisa valía más que todo el jodido oro del mundo.

Después del beso, empezó la música. Linda y Gustav caminaron hacia el centro de la pista donde los esperaba su primer baile como esposos. Las luces se bajaron un poco, y en el aire flotaba una canción suave, de esas que no necesitan letra para calarte hondo y empezaron a moverse, despacio, mirándose, riéndose bajito, hablando entre ellos como si el resto del mundo no existiera.

La pista estaba rodeada por velas y lucecitas blancas colgantes que parecían estrellas bajitas. Y mientras bailaban, todos los mirábamos con ese nudo en la garganta que solo da el amor bonito.

Scotty se había sentado en la falda de mi madre, estaba con un moño negro que le puso Bill, viéndolo todo como si supiera lo importante que era.

Después del vals, invitaron a todos a la pista.

Nataly corrió a sacar a Bill a bailar y él, aunque al principio dijo que no sabía, terminó dejándose llevar entre risas. Georg y Susanne también se animaron, bailando entre ellos con ánimo.

Andy arrastró a mi madre a la pista, y ella se quejaba, pero tenía la risa floja y los cachetes rojos de tanta emoción. Los papás de Bill bailaban pegaditos, como dos jóvenes enamorados que volvían a encontrarse después de años.

Y yo…

Yo me quedé mirando todo eso un segundo, congelado. Porque era hermoso, porque por fin estábamos todos bien, porque después de tanto dolor, de tantas batallas, de tantas cicatrices… ahí estábamos: enteros y felices.

Bill regresó a mi lado. Tenía un vaso de vino en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón. Me miró con leve puchero. Sin decir nada, me tendió la mano.

— ¿Bailas conmigo, Kaulitz?

— Toda la jodida vida, Trümper — le respondí, mientras Bill se quedaba mirándome con la boca abierta. Así sin más, empezamos a caminar— ¿Qué, no te vas a echar para atrás ahora, verdad? — le dije, cuando ya habíamos llegado por completo a la pista. 

— ¿Tú bailando? Esto quiero verlo — se rió, esa risa suya que siempre se me cuela entre las costillas y me deja vulnerable.

— Prepárate para ser humillado.

No había mucha gente todavía, la mayoría ya se había ido a sentar, así que teníamos espacio. La canción que sonaba era una mezcla entre algo medio romántico y algo medio alternativo.

Lo tomé de la cintura y él rodeó mi cuello con los brazos, acercándose más.

— Así que… ¿Vienes mucho por aquí, guapo? — murmuró, riéndose cerca de mi oído.

— Depende. ¿Los hombres hermosos como tú siempre se aparecen en bodas así?

— Solo si hay pastel gratis.

Nos movimos lento, pegaditos, riéndonos sin parar de algunas tonterías que soltaba sin pensarlo, solo para hacerlo reir. Y no sé si era el vino, o la música, o el hecho de que tenía sus manos sobre mí, pero todo se volvió más fácil.

Más real… Más nosotros.

— ¿Te acuerdas cuando bailamos la primera vez? — le pregunté.

— ¿Cuando me pisaste tres veces seguidas y luego dijiste que era mi culpa pero en realidad era porque no sabías bailar?

— ¡Mentira! Tú no te sabes dejar llevar.

— Tú no sabes bailar — me sacó la lengua, yo rodé los ojos. 

— ¿Ah, no? — y ahí le giré, lo bajé un poquito de espaldas como si fuera una peli de los 50. La risa que soltó fue tan fuerte que todos alrededor voltearon — Yo solo bailo contigo. 

— ¡Tom! — me pegó en el pecho, pero no se separó — ¡Eres un ridículo!

— Pero soy tu ridículo — le dije, bajito.

Y entonces nos besamos. Uno de esos besos que no están planeados, de esos que simplemente pasan porque no besarlo sería criminal.

Con sus dedos enredados en la tela de mi camisa y con mis manos apretando su espalda como si necesitara recordarme que estaba ahí, conmigo, de verdad.

Cuando la canción cambió, él no se alejó. Se quedó pegado a mí, apoyando su frente contra la mía, con los ojos cerrados un segundo.

— Estoy feliz — susurró.

— Yo también.

— Y con hambre.

— Bill, ¿No puedes tener un momento profundo sin mencionar comida?

— No, si estoy contigo — me guiñó un ojo y nos reímos como idiotas.

Después de un rato, cuando ya habíamos bailado lo suficiente como para que mis pies me pidieran tregua, fuimos a sentarnos en una de las mesas más cercanas al jardín.

Las luces colgaban sobre nosotros, era como si el cielo hubiera bajado un poquito para vernos. Bill se sentó al lado mío, pegado como siempre, con las piernas rozándome. Se quitó la chaqueta y suspiró.

— No pensé que lloraría tanto — confesó, mirándome de lado.

— Tú lloras hasta con comerciales de bebé.

— ¡Tienen buena música de fondo!

— Eres un caso perdido — le dije, y él sonrió como si le encantara ser mi caso perdido.

Le pasé un vaso con jugo porque ya habíamos bebido suficiente por ahora y se lo tomó en dos tragos. Nos quedamos mirando cómo los demás bailaban, con Scotty correteando entre los invitados, jugando a ser un mesero con una servilleta en la cabeza. Mamá se reía como no la había visto reír en años. Vi a Nataly hablando con un chico, que más le vale tener intenciones serias.

Los papás de Bill estaban abrazados, tomándose fotos con Linda. Y Georg, bueno… él estaba bailando como un loco junto a Gustav, no lo pensé dos veces y saque mi celular para capturar el momento. 

— ¿Qué haces? — me preguntó Bill cuando noto mis intenciones. 

— Capturar el momento cariño, capturar el momento… — le di una sonrisita cómplice antes de sacar miles de fotos e incluso videos. Cuando Gustav se alejo para ir con linda, la voz de Bill me atrapó. 

— ¿Tú crees que nosotros… algún día? —preguntó bajito, mirando las manos entrelazadas de Linda y Gustav.

— ¿Qué?

— Casarnos — me miró, pero esta vez serio. Sus ojos tenían ese brillo raro que aparece cuando uno se atreve a soñar en voz alta. Hasta a mí me hacía muchas veces ilusión, sonreía como idiota de solo pensarlo, siempre lo hacía. 

Lo miré un segundo y luego sus labios.

— Tú dime el día, y lo hago hasta en pijama.

— No me digas eso, que yo sí te caso en crocs.

— Mira que yo me aparezco con algún traje tonto 

— Y yo firmo encantado.

Nos reímos. Nos besamos otra vez y nos abrazamos. Y por un momento, no hubo nada más que eso.

La música seguía sonando a lo lejos, mezclándose con las risas, el tintinear de copas y el sonido dulce del viento entre los árboles, pero yo ya no escuchaba nada.

Solo lo miraba a él. Es como si todo de él fueran como imanes que me atraían cada vez más. 

Con la chaqueta sobre los hombros, los labios medio mojados por el jugo que acababa de tomar, y esa sonrisa pequeña que solo me dedicaba cuando estaba feliz de verdad.

— Ven — le dije, levantándome.

— ¿A dónde?

— Confía en mí.

Le tendí la mano y él no dudó.

Nos alejamos del jardín, de la pista, de la fiesta y de todo lo demás. Caminamos entre los árboles del lugar, hasta encontrar una zona donde las luces colgantes apenas alcanzaban a brillar. Estábamos solos, rodeados de naturaleza y estrellas. Solo nosotros dos, como siempre terminamos, de algún modo.

Me detuve y lo miré.

— Te traje aquí porque quería decirte algo… Sin que nadie más lo escuchara — comencé, con la voz más seria que me he escuchado a mí mismo en mucho tiempo.

Bill se quedó callado y atento. Su mirada intensa me atravesó como si supiera que algo importante venía.

— Desde que estoy contigo… siento que mi vida es otra. Como si antes de ti solo hubiera estado sobreviviendo. Todo lo que dolía, todo lo que arrastraba de mi… Ahora pesa menos porque tú estás. Porque tú me ayudaste a soltar, a enfrentarlo todo, a enfrentarme a mí mismo sin huir — le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos.

Sus ojos brillaban llenos de felicidad — Contigo me siento más yo que nunca

— me acerqué más, nuestras frentes se rozaron — Y quiero pasar el resto de mi vida demostrándotelo.

— Tom… —susurró, su voz tembló, pero no retrocedió.

— Te amo, Bill Trümper. Te amo por lo que haces, te amo por cómo me miras, te amo porque me haces reír… Te amo porque me enseñaste que soy capaz de sentir amor y no quiero pasar ni un solo día más sin que lo sepas.

Él sonrió. Esa sonrisa chiquita y rota que me hacía querer abrazarlo hasta volverlo a armar. Se lanzó a mis brazos y me abrazó con todo el cuerpo, con toda el alma.

— Yo también te amo — me dijo, con la voz escondida entre mi cuello — Te amo por tantas cosas que ya no las puedo contar, pero sobre todo, te amo porque… cuando estoy contigo, ya no tengo miedo del futuro.

Nos quedamos así, apretados, con el mundo desapareciendo. 

Y entonces, él alzó la cabeza. Me miró con los ojos más puros que le había visto nunca.

— ¿Prometes quedarte?

— Prometo hacerte reír cada día. Prometo tomarte fotos hasta cuando estés despeinado, prometo decirte lo increíble que eres, aunque a veces se te olvide y prometo que cuando seas un viejo gruñón, igual voy a seguir robándote besos.

Bill se rio entre lágrimas.

— ¿Y prometes amarme incluso cuando tenga arrugas y canas?

— Sobre todo entonces — dije, besándolo despacio. Nos quedamos ahí, en medio del silencio, el mundo no existiera más allá de ese rincón que acabábamos de hacer nuestro. La brisa era suave y el corazón… tranquilo…. Y eso era lo más fuerte de todo.

Tranquilo.

Después de tanto caos, tanto dolor, tantos días de correr sin saber a dónde. Después de perderme, de olvidarlo, de no reconocerlo… ahí estaba yo. Sintiéndome en casa.

Porque Bill era eso: mi hogar.

— ¿Sabes qué pensé cuando te vi por primera vez? — dije en voz baja, mientras acariciaba su espalda.

— ¿Qué? — susurró, sin despegarse de mí.

— Que eras imposible. Demasiado perfecto para ser real y sin embargo… aquí estás. Aquí estamos. Después de tanto, después de todo y no me cabe en el pecho la suerte que tengo de poder mirarte así… Ahora todo vale la pena.

Él levantó la cabeza y me miró como si le acabara de prometer el universo. Con esa ternura suya que desarma hasta las defensas más fuertes, con esa fragilidad hermosa que solo él podía convertir en fuerza.

— Gracias por quedarte — me dijo, tan bajito que casi no lo escuché.

— Gracias por encontrarme —respondí.

Nos sentamos después, sobre un banco de piedra medio escondido entre los árboles. Él apoyó la cabeza en mi hombro, y yo entrelacé nuestros dedos, admirando el cielo sobre nosotros.

— ¿Sabes qué me asusta a veces? — dijo de pronto.

— ¿Qué?

— Que todo esto… se nos olvide. Que un día no recordemos lo que sentimos, lo que fuimos… lo que somos.

Sonreí. No por burla, sino por lo profundo que era todo con él. Siempre, y si era necesario, iba a encontrarlo en esta y en millones de vidas más. Solo para tenerlo conmigo.

— No vamos a olvidarlo, Bill. Aunque el tiempo pase, aunque la vida cambie, aunque nos salgan arrugas y la memoria nos juegue sucio… Siempre va a haber algo que se quede. Algo que no se borre.

Lo miré.

Me miró.

— ¿Y sabes cómo se llama eso? — pregunté, con la voz cargada de algo que no sabía si era amor o eternidad.

— ¿Cómo?

Recuerdos… Porque tú, Bill Trümper… vas a vivir en cada parte de mí. En mi risa, en mi música favorita, en los domingos con desayuno en la cama, en los cafés que tomamos en silencio, en los abrazos cuando tenemos miedo. Vas a estar en mi voz cuando cante en la ducha, en el olor de nuestra almohada, en el reflejo de nuestras fotos viejas. Vas a ser las ganas de seguir. El motivo. La historia que le contaré a cualquiera que me pregunte qué se siente amar de verdad. Y cuando la vida avance y todo cambie, aún entonces… vas a ser mi recuerdo favorito. Mi más grande certeza, mi siempre, mi todo, mi presenté, mi pasado, mi futuro. Mi vida. 

Y en ese instante lo supe.

Bill Trümper sería, eternamente y para siempre, parte de mis recuerdos.

F I N

OMG, no puedo creer que ya llegamos al final. Fue intenso, pero valió la pena 😉 Gracias por la visita. No te vayas sin dejar un comentario 😉

por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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