
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 49: Under the light of the flames
La noche había envuelto la cabaña con un manto suave de estrellas y silencio, roto solo por el crepitar constante del fuego en la chimenea. El reflejo anaranjado bailaba en la piel de Bill, que estaba acurrucado contra mí, con la copa vacía entre los dedos y los ojos brillando de cansancio.
Mi barbilla descansaba sobre su cabeza mientras mis brazos lo envolvían. Su espalda estaba pegada a mi pecho, y sus piernas enredadas entre las mías, como si no hubiera un mañana al que temer. Su perfume aún se mezclaba con el olor a madera quemándose, y por un segundo, pensé que si el tiempo se detenía justo aquí, ahora, sería perfecto.
— Fue un buen día — susurró él, apenas un murmullo que me hizo vibrar por dentro — No lo cambiaría por nada.
— Yo tampoco… — murmuré, bajando un poco para rozar su oreja con los labios — Pero este momento… Este… Está ganando por goleada.
Se rió, y la vibración de su pecho contra el mío fue como un empujón directo al corazón.
— Te pasas — susurró.
— ¿Yo? — alcé una ceja, con una sonrisa ladeada — ¿Tú sabes cuántas veces pensé en tenerte así? Acurrucado, riéndote, respirando tranquilo. Mío…
Sentí su respiración contenerse un segundo.
— ¿Y cuántas veces fueron?
— Demasiadas para contarlas.
Un silencio cómodo se instaló. Su dedo libre jugaba con los hilos del suéter que yo llevaba, acariciando el tejido, como si no quisiera que este instante acabara nunca. Yo tampoco.
Incliné un poco mi rostro hasta que su mejilla rozó la mía. Él se giró solo un poco, apenas lo justo para que nuestras narices se tocaran. Sus ojos me miraban desde muy cerca, y yo ya no recordaba de qué color era el fuego, porque el verdadero incendio estaba dentro de mí.
— ¿Tom…? — susurró.
— Dime — pero no terminó la frase. Solo se quedó ahí mirándome, con la boca medio abierta. Y sin pensarlo más, bajé los ojos a sus labios. Sentí su aliento golpearme suave… y entonces ya no hubo vuelta atrás.
Me acerqué, lento. Muy lento. Lo suficiente como para que mi pecho palpitara sin control, lo suficiente como para que él pudiera huir si quería… pero no lo hizo. Solo se quedó ahí esperando y temblando.
— Voy a besarte… — dije, sin dejar de mirarlo — Y no porque deba, ni porque sea lo correcto. Sino porque no puedo más, porque necesito sentirte de nuevo.
Él no respondió con palabras. Solo cerró los ojos y fue suficiente.
Mis labios rozaron los suyos con suavidad. Primero apenas un contacto tembloroso, como si ambos quisiéramos memorizar la sensación sin romperla. Luego, él inclinó apenas la cabeza… y el beso se hizo real.
Profundo y dulce.
Mi mano subió a su mejilla, y la suya se aferró a mi brazo, como si necesitara algo a lo que aferrarse mientras el mundo se detenía.
Era su boca, su aliento, su sabor. Todo era Bill. Todo era mío otra vez y sentí cómo el fuego de la chimenea ya no era lo más cálido de esa habitación.
Nos separamos apenas para respirar. Sus ojos me miraban como si él también estuviera cayendo, como si no pudiera creerse que estuviera ahí. Conmigo de nuevo.
— No sabes cuánto extrañé esto… — susurré, tocando su frente con la mía. Él sonrió, y sin decir nada más, me besó esta vez él. Más seguro y decidido. Más urgente.
Su cuerpo se giró sobre el mío lentamente, hasta quedar frente a frente. Nuestras respiraciones se mezclaban, nuestras manos empezaron a recorrer caminos que conocían bien… y que querían redescubrir.
Pero de un momento a otro me detuve en seco.
— No quiero presionarte a nada — dije, acariciando su mejilla. Quería ir bien con él, aunque las malditas ganas me estén diciendo cosas muy distintas ahora.
— ¿Quien dijo que me estás presionando a esto? Es algo que los dos queremos — eso fue suficiente para soltar una suave risa y volver a besarlo con mayor intensidad.
Su suéter resbaló por sus hombros con mi ayuda, algo desesperada por mis movimientos torpes, pero decididos, su piel tibia, blanca se expuso ante mis ojos. Mis dedos la recorrieron como si la necesitara para vivir y tal vez sí. Tal vez sí la necesitaba.
— Tom… — dijo mi nombre con voz rota y yo me perdí. Lo recosté sobre las mantas mientras el fuego iluminaba cada rincón de su rostro. Su boca, roja por mis besos, sus ojos, abiertos solo para mí.
Me acerque lo suficiente y le bese los labios de nuevo. Mis brazos a los costados para no aplastarlo.
Mi lengua pidió permiso para entrar a su boca, Bill entre abrió los labios y aproveché ello, mi lengua se desplazó por dónde quisiera, tocando su piercing y jugueteando con el, nuestras respiraciones eran irregulares y sus jadeos leves me estaban volviendo loco. De vez en cuando nos separamos para tomar un poco de aire, pero volvíamos a unir nuestros labios como si la vida nos fuera en ello.
De un momento a otro deje de besarlo para recorrer con mis labios todo su cuello. Él arqueaba el cuello dándome más acceso, iba dejando marcas para que supieran que era eternamente mío, que las vieran, al diablo las personas.
Una de mis manos bajo hasta su cadera haciendo presión ahí, mis labios seguían en lo suyo, bajando cada vez más. Desabroché los botones restantes con la mirada de Bill en la mía, sin despejarla un segundo. Le sostuve la vista con una sonrisa que me devolvió. Se acomodó mejor entre las sábanas dándome una vista jodidamente sexy de su cuerpo.
— No te recordaba así… — dije en broma, mientras me acomodaba mejor sobre él.
— Hay muchas cosas que cambiaron — lo dijo con un tono de voz tan sensual que fue imposible no soltar una corta risa. No porque diera risa, sino porque sabía cómo provocarme.
Me atrajo para volver a unir nuestros labios, le sostuve del cuello y mi mano que aún estaba en su cadera recorrió toda su piel expuesta como una serpiente.
Sentí como sus manos iban tocando mis hombros hasta dirigirse al cierre de mi chamarra, dudaba un poco en si debía bajarla o no.
— ¿Asustado? — rei.
— Tonto — dijo en medio del beso. Cuando pense que se había rendido, el cierre de la chamarra bajandose me hizo darme cuenta que cambio de opinión, sonreí mientras lo ayudaba a quitarmela. Aún tenía más ropa, pero me la quito de un abrir y cerrar de ojos, algo que me sorprendió de él. Recorrió mi torso desnudo con las llenas de sus dedos, como si quisiera memorizar cada parte de mi.
Lleve mi otra mano a sus muslos y los levante hacia mi cadera para tener un mejor acceso entre sus piernas. Una ola de suspiros se desató por toda la habitación. La tensión se hacía más grande con cada segundo que pasaba.
Me separé un poco solo para verlo otra vez a los ojos, pero mi vista se fue a su cuello, sin duda me pase con las marcas… Pero relucen jodidamente bien con su piel de porcelana.
Hice lo mío, trace con mis dedos todo su cuerpo mientras el se retorcía debajo mío. Mi tacto era suave y lento, muy lento.
— Estás precioso… — murmure cuando llegue al cierre de su pantalón. Le di una mirada que el supo comprender muy bien y solo cerro los ojos. Solté todo el aire que tenía y me arrodille con mis dos piernas al lado de sus caderas. Yo ya estaba más que duro, pero quería alargarlo un poco más — Que bonito tatuaje… — dije, refiriéndome a la estrella en su cadera derecha. Suponía que se la había hecho cuando se fue a Hamburgo porque no lo recordaba con tatuajes, cosa que lo hace más sexy todavía.
No le di tiempo de responder cuándo me incline hacia el tatuaje y lo repasaba con mi lengua, el tinte en su piel era adictivo, lo succione y deje un poco de saliva. Todo su cuerpo sabía tan bien, dulce y suave.
Subí mis besos por su estómago hasta su pecho, sentía su respiración entrecortada cada vez que le mordía la piel, obvio sin hacerle daño, pero disfrutando de este pequeño juego de placer. Llegué a uno de sus pezones que ya estaba más que duro, antes de besarlo, mire hacia arriba encontrándome con una imagen totalmente placentera: Bill estaba con los ojos cerrados mientras sus manos se aferraban a las sábanas, su respiración era aún más irregular cuando noto que había parado.
Sonreí de lado y con mi lengua moví un poco mi piercing, fascinado por la imaginen frente a mi. Me incitaba a hacerle muchas más cosas. Lleve mi boca a su pecho y finalmente a uno de sus pezones, succionando o simplemente mordiendolos a mi antojo, escuchaba sus gemidos y eso me incitaba a seguir y no pararar.
Me tome unos segundos para respirar, tome suavemente su mejilla y lo acerqué un poco más a mí, con nuestros labios casi juntos.
— Te necesito — después de decir aquello lo bese con algo de urgencia, apremiandolo a que me siguiera el beso.
Comencé a dejar un camino de besos de su cuello hasta su mandíbula y de su mandíbula a sus labios de nuevo, a la vez que mis manos bajaban por su espalda hasta sus caderas, presionándolas un poco con mis manos.
Tomé su labio inferior entre mis dientes suavemente tirando de el, antes de soltarlo y separarme un poco, nuestros ojos se cruzaron, vi su mirada suplicante, llena de deseo, me acerqué a su oído y le mordí el lóbulo.
— Joder, Tom… — susurró él mientras sus uñas se clavaban a mi espalda rasguñandola.
— Shh… — lo calle con un beso, luego con otro, mis manos tocaban sin pudor sus nalgas por encima del pantalón a mi antojo. Él gimió bajito sobre mi boca lo que hizo que sonreía. Su lengua jugaba con mi piercing y la mía con el suyo.
Lo necesitaba, o iba a explotar por completo.
Me reincorpore y baje mis manos hasta el cinturón de su pantalón, desabrochandolo con una lentitud desesperante hasta para mí. La hebilla tintineó apenas, como si ese sonido marcara el inicio de algo que habíamos contenido demasiado tiempo.
Mis dedos temblaban un poco… no de duda, sino de todo lo que llevaba adentro. Deseo, sí… pero también miedo. Culpa. Amor. Ese maldito amor que nunca se fue.
— Dime que esto está bien… — murmuré contra su cuello, dejando un beso suave justo debajo de su oreja, donde sé que se estremece.
— Está más que bien — susurró, y esa fue mi sentencia. Bajé su pantalón lentamente, ayudándole a liberarse de el entre caricias, hasta dejarlo a medias de sus muslos. Su ropa interior se tensó por la erección evidente, y no pude evitar sonreír con los labios apenas rozando su piel. Yo hice lo mismo, quedando únicamente en boxer, con una erección más que evidente.
— Mira lo que me haces… — le dije en voz baja, llevándome una de sus piernas a mi cintura mientras me deshacía del boxer.
Mi boca volvió a la suya con hambre. Ya no había espacio entre nosotros. Nuestras caderas se rozaban con desesperación, nuestros cuerpos encajaban como si hubieran sido hechos para este instante, para volver a encontrarse, para fundirse hasta no saber dónde empieza uno y termina el otro.
— ¿Estás listo?
Asintió, mordiéndose el labio, con los ojos fijos en mí, brillando por la lujuria… y por algo más. Algo que solo él y yo entendíamos. Le baje su boxer lentamente mientras él acallaba sus gemidos.
Mis dedos fueron hacia sus labios, Bill entendió y abrió la boca humedeciéndolos despacio con la lengua.
No aparté la mirada.
Quería que ver cómo lo hacía.
Cómo me perdía por él.
Cómo todo mi cuerpo y mi deseo eran suyos.
Cómo lo hacía mío de nuevo.
— Mírame… — le pedí con voz grave cuando bajo la vista, mis dedos rozando sus labios mientras me observaba con los ojos muy abiertos, dilatados de anticipación.
Llevé los dedos hacia su entrada con cuidado, acariciándolo apenas, sintiendo su cuerpo estremecerse ante mi toque.
— ¿Así te gusta? — pregunté entre dientes, comenzando a moverlos lentamente. Luego, un poco más rápido hundiendo más en él, preparándolo para mí.
— Tom… — jadeó, aferrándose a mi nuca con desesperación. Me tocaba las trenzas, las líneas de mi cuero cabelludo, trazando un camino suave y de vez en cuando apretaba una cuando movía mis dedos con las profundidad.
— No… dímelo bien. Quiero oírlo de tu boca. ¿Así? ¿Así te gusta que te toque?
— Sí… joder, sí… más… — gimió contra mi cuello dándome besos que me erizaban la piel por completo.
Seguí un poco más, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba, cómo lo aceptaba todo, cómo se arqueaba hacia mí, buscando más fricción entre nuestros cuerpos ya humedos, quería más de él, Bill quería más de mí. Entonces metí el tercer dedo.
— Estás tan jodidamente perfecto, Bill… no tienes idea de lo que me haces sentir — le dije. Aparte un poco de su cabello que se pegaba a su rostro. En eso, retiraba mis dedos y me acomodaba entre sus piernas.
— Entonces hazme sentirlo… todo, Tom… no pares… no me sueltes — dijo él, con la voz rota de necesidad. Me posicioné y entré con lentitud, sintiendo su cuerpo abrirse para mí, envolviéndome, haciéndome maldecir por lo bajo mientras lo tomaba de las caderas.
— Mierda… tan jodidamente caliente… — solté entre jadeos, comenzando a moverme con ritmo, con fuerza, pero también con devoción.
Él lloraba mi nombre. Gritaba mis gemidos. Arañaba mi espalda y se arqueaba bajo mí como si lo estuviera salvando. Como si esto nos estuviera devolviendo el alma.
— Más fuerte, Tom… más profundo…
— ¿Así, amor? ¿Así te gusta? — le gruñí contra la boca, aumentando la intensidad.
— ¡Sí! No te detengas… no te vayas nunca…
— Nunca, Bill… ni aunque me lo pidas — jadeé — Te voy a amar hasta que no pueda respirar.
Nuestros cuerpos se chocaban con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Nuestros nombres, nuestras promesas, nuestros pecados… todo se quemaba entre esas sábanas.
El sudor resbalaba por mi espalda mientras lo embestía más fuerte, más profundo, con un ritmo tan salvaje como desesperado. Sus uñas se clavaban en mis hombros, su cuerpo temblaba debajo del mío, su voz era puro fuego.
— Tom, ma-…
— ¿Más? — gruñí con una sonrisa torcida mientras salía casi por completo para volver a enterrarme hasta el fondo con una sola embestida brutal — Voy a follarte tan bien que no vas a poder caminar mañana, Bill. Te lo juro…
Su grito se ahogó en mi boca cuando lo besé con violencia, mordiéndole el labio inferior, mientras sus piernas me rodeaban con fuerza, atrayéndome aún más. Pero no me bastaba. No me alcanzaba.
Lo giré con un movimiento firme, colocándolo sobre sus rodillas frente a mí, con las manos apoyadas sobre la cama. Su espalda arqueada, su cabello cayendo por un lado, el cuerpo entero ofreciéndose como una visión que me dejó sin aliento.
— Mírate… joder… — susurré, pasándome la lengua por los labios — Estás tan perfecto así… tan mío…
Lo tomé de las caderas y lo penetré de nuevo desde atrás, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba al principio y luego se rendía por completo. Mi pelvis chocaba contra su trasero con un ritmo sucio, delicioso, brutal. Cada vez más fuerte. Más húmedo. Más desesperado.
— ¡T-Tom! Joder… — gemía él, aferrándose a las sábanas, con la voz entrecortada.
— ¿Te gusta así? — le susurré, inclinado sobre él, mordiendo su hombro mientras lo embestía sin tregua — ¿Te gusta sentirme tan adentro?
— Si, joder, si… — susurró apenas audible. Le tomé el cabello y lo jalé suavemente hacia atrás, obligándolo a arquearse más, a gemir más alto. Mi mano libre recorrió su pecho, bajando por su abdomen hasta acariciarlo por delante, sintiéndolo duro y húmedo, temblando bajo mi toque.
— Estás tan jodidamente caliente — jadeé en su oído — Te sientes como un maldito sueño. Mi sueño, Bill…
Lo dejé caer de nuevo sobre el colchón y lo hice girar, buscando su boca mientras aún lo tenía dentro. Y sin salir, levanté sus piernas sobre mis hombros y lo penetré más profundo, rozando el punto exacto que lo hacía gritar mi nombre como si no hubiera un mañana.
— ¡Tom! ¡Ahí…! Mhm… no pares… me voy a correr…
— No todavía… — dije, deteniéndome apenas, sosteniéndolo al borde — Quiero que lo sientas todo. Quiero ver tu cara cuando te vengas para mí. Mírame… quiero que lo hagas mirándome — lo tomé de las caderas con fuerza y comencé a moverme otra vez, más rápido, más sucio, mientras mi mano se cerraba sobre su erección, masturbándolo al ritmo exacto de mis embestidas — Mírame, joder… mírame cuando acabes…
Su cuerpo se arqueó bajo el mío, temblando, colapsando tras el orgasmo.
Bill se desplomó sobre las sábanas, jadeando como si hubiera corrido por su vida. El cabello revuelto sobre la almohada, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando frenéticamente.
Y aún así…
— ¿Te rendiste? — le susurré con una sonrisa torcida, besando su cuello, su clavícula — Porque yo no he terminado contigo, amor.
Él me miró con los ojos medio cerrados, apenas consciente, el cuerpo todavía sacudido… pero se mordió el labio y asintió con un gemido débil.
— No… termines… — susurró, ronco, sucio, hermoso — Quiero… más de ti.
Me incorporé solo un poco y lo tomé por la cintura, haciéndolo girar sobre mí hasta que quedó montado en mis caderas, con mis manos guiándolo. Aún seguía dentro. Aún lo sentía caliente, húmedo, envolviéndome.
— Entonces muévete… — le ordené, con la voz densa y la mirada fija en su boca — Cabálgame, Bill… muéstrame lo que me perdí todos estos malditos años.
Y él lo hizo. Con las piernas temblorosas pero llenas de fuego, comenzó a subir y bajar sobre mí, soltando gemidos rotos que llenaban toda la cabaña. Se apoyó en mi pecho, me arañó los hombros, se aferró a mis costillas mientras me montaba sin piedad, mientras su piel chocaba contra la mía una y otra vez.
Bill se inclinó hacia adelante de pronto, jadeando contra mi oído, y entonces me sorprendió bajando su mano hasta mi erección, masajeándola con descaro mientras seguía cabalgándome sin descanso.
— ¿Sí? ¿Te gusta, Tom? —murmuró con voz ronca — ¿Te gusta cómo te aprieto así?
— Joder, Bill… — gemí con los dientes apretados, los ojos a punto de cerrarse por completo del placer.
En eso, hizo algo que casi me mata: lamió su mano y la deslizó por su pecho hasta su garganta, luego la bajó hasta tocarse su entrada mientras aún estaba dentro de mí. Me miró con una sonrisa perversa, medio cerrando los ojos por el exceso de estímulo.
— ¿Quieres verme tocarme mientras te cabalgo? ¿Quieres ver cómo me vengo con tu nombre en la boca?
— Dios… sí. Hazlo, hazlo… — jadeé, sosteniéndolo por la cintura, completamente rendido.
Y así fue, se masturbó sobre mí mientras seguía montándome, con el cuerpo vibrando de deseo, con la piel enrojecida y el sudor bajando por su cuello. El sonido de sus dedos mojados, el ritmo de sus caderas, el gemido cada vez más roto de su voz…
— ¡Tom! Voy a…
— Córrete para mí una vez más, Bill… vamos.
Con un grito entrecortado, se vino sobre mi abdomen, su cuerpo sacudiéndose de placer, los músculos tensos, los ojos cerrados con fuerza. Y aún con las piernas temblando, siguió moviéndose, como si no pudiera detenerse.
Lo atrapé por la espalda, lo sujeté fuerte, y comencé a empujar desde abajo, invadiéndolo una y otra vez.
— Así… — susurré, tomándolo de la cadera con fuerza, ayudándolo a moverse más rápido — Estás tan apretado… me vuelves loco.
— Tom… — gimió, con la cabeza hacia atrás — Mierda, me siento tan lleno… tan jodidamente lleno de ti…
Su cadera chocaba contra la mía con un ritmo frenético, delicioso, mientras yo le besaba los pezones, el cuello, la garganta, sin parar de gemir.
— Te ves tan hermoso cabalgándome así… ¿Sabes cuánto soñé con esto? ¿Con tenerte así de nuevo? — le susurré— No voy a dejarte ir nunca más, Bill. Te voy a follar hasta que olvides todo lo que duele.
— ¿Ah sí? Q-quiero verlo.
Y lo hice.
Con un movimiento, lo tumbé boca arriba de nuevo, sus piernas abiertas a mi lado, su cuerpo ya rendido pero aún suplicante. Me hundí en él con una embestida tan profunda que los dos gritamos.
— ¡Ahhh… Tom!
— Shh… estoy aquí… voy a darte todo, amor…
Me moví más lento ahora, pero sin dejar de darle profundo. Cuidando cada movimiento. Cada jadeo. Cada espasmo de su cuerpo exhausto pero hambriento.
Su cuerpo se retorcía por debajo, entre gemidos bajos y miradas cargadas de amor. Lo besé lento, suave… mientras lo embestía.
— Mírame, Bill… Mírame mientras me vengo otra vez dentro de ti…
— Sí… — susurró, acariciándome la mejilla — Termina en mí… hazme tuyo, Tom.
Lo tomé del rostro y lo besé con todo.
Y cuando llegué, exploté con un gemido ahogado en su boca, con el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Me derramé dentro de él con el cuerpo entero temblando, aferrado a él, a su alma, a su todo.
Caí sobre su pecho, jadeando, tembloroso.
— Joder… joder, Bill…
— Nunca me habías hecho el amor así — susurró con voz ronca, acariciándome el cabello, aún con las piernas enredadas a mi cintura — Nunca me habías tocado así… como si yo fuera el fin del mundo.
Me apoyé en mis codos para mirarlo, cubierto de sudor, bello hasta en su vulnerabilidad.
— Porque para mí… lo eres.
Lo besé lento. Con lengua. Con deseo aún palpitando. Y entonces, empecé a salir de su interior, lo envolví en mis brazos, cubriéndonos con la manta.
— No me dejes ir, Tom… — murmuró, a punto de dormirse entre jadeos.
— Nunca. Ni aunque el mundo se queme.
Bill suspiró contra mi clavícula, y acomodó su rostro sobre mi pecho, justo donde podía oír mi corazón. Se dejó caer del todo, rendido, pequeño, confiado.
Pasé los dedos por su espalda con lentitud, en un vaivén hipnótico, y lo sentí temblar un poquito, pero no de frío… sino de emoción contenida.
No dijo nada. Solo me abrazó más fuerte. Sus dedos buscaron mi costado, su nariz se escondió en la curva de mi cuello, y su cuerpo se relajó poco a poco contra el mío.
El silencio que se instaló no fue incómodo. Fue como una canción sin letra. Solo se oía la lluvia leve afuera, el crujir de la madera por el calor de la chimenea, y nuestras respiraciones lentamente encontrando el mismo ritmo.
— Tom… — susurró, somnoliento.
— ¿Sí, cariño?
— Gracias por quedarte. Gracias por volver a buscarme… aunque yo decía lo contrario.
Lo apreté más fuerte y besé su cabello, una, dos, tres veces.
— Solo estabas esperándome. Y ahora estamos juntos otra vez. Te dañe y tú solo te protegias, protegias tu corazón.
Lo sentí rendirse por completo. Su cuerpo se hizo más liviano, su respiración más profunda. Se quedó dormido sobre mi pecho, con sus piernas aún enredadas con las mías, con su alma completamente desnuda… y segura.
Lo observé un rato, en silencio, como si mirar fuera mi manera de seguir diciéndole todo lo que ya no necesitaba palabras.
Deslicé la mano por su espalda con la punta de los dedos, sintiendo su piel cálida bajo mi toque.
— Te amo — murmuré al fin, aun sabiendo que ya no me escuchaba.
El sueño empezaba a jugarme sucio a mí también, mis párpados se sentían pesados, solté un leve bostezo mientras miraba la chimenea que aún mantenía su llama medio encendida.
Ahora sentía que podía rendirme yo también, porque él estaba ahí, porque yo también estaba ahí, porque ya no estábamos solos.
Me dormí con una sonrisa… con el corazón lleno…
Con mi Bill entre los brazos y eso fue más de lo que pude desear, tenerlo en mis brazos. Mío completamente.
Continúa…
OMG, sólo queda el final 😉 Gracias por la visita.