
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 48: What we deserve

By Tom
El traqueteo suave del tren me adormecía, pero no tanto como la calidez de su cuerpo recostado contra el mío. Bill dormía con la mejilla sobre mi hombro, envuelto en su abrigo de lana y su bufanda color crema que apenas dejaba ver su mandíbula. Cada vez que respiraba, un mechón de su cabello se movía un poco y yo solo… lo miraba.
La última semana fue un torbellino. El escándalo con Peyton, la confrontación con sus padres, la verdad saliendo a la luz. Leandro le quitó todo: cuentas, tarjetas, auto. Lo último que supimos fue que se fue de su casa y según Astrid, (que se enteró por Lexi) fue directo a pedirle ayuda a Ethan, pero incluso él la mandó a volar. Aunque hubo una última vez que Peyton me encontró y trato de rogarme, pero no se lo permití, le dije cosas dolorosas, cosas que la dejaron aún más humillada y ahora estaba arrastrándose por el suelo como un maldito gusano.
No voy a mentir. Fue un alivio. No por venganza (bueno, si) sino porque por fin… estábamos libres.
Era viernes otra vez. Una semana exacta desde que empecé este plan y aunque tuve que posponer el viaje por todo lo que ocurrió, hoy estábamos aquí juntos. Y no necesitaba nada más. Bill también les había hablado a Rebeca y Gordon para decirles que se quedaría en Berlín conmigo. De hecho, el próximo mes tendríamos que ir a hablar y explicarles todo. Estaba nervioso por ver a sus padres después de todo lo sucedido, aunque tiempo atrás ya los había vistos, pero eso no justificaba todo lo que pasó con el tiempo. Me tenía nervioso porque… Porque le cause daño a Bill y, probablemente no me quisieran ver ni en pintura. Tal vez Gordon me de una gran golpiza y…
— ¿Ya falta mucho? — murmuró Bill, medio dormido, interrumpiendo mis pensamientos.
— Casi llegamos — le respondí, con la voz baja, acariciándole la mano bajo la manta que compartíamos.
Llegamos al amanecer. El frío se colaba por las rendijas de la estación de la montaña, pero ni el clima pudo borrar la sonrisa que se le dibujó en el rostro cuando vio el paisaje: pinos cubiertos de nieve, montañas recortadas contra el cielo azul y las pequeñas cabañas a lo lejos.
Un hombre mayor, con gorro de lana y barba blanca, nos esperaba con un cartelito que decía “Kaulitz”. Nos guió montaña arriba por un sendero entre árboles congelados hasta la cabaña, y cuando abrió la puerta… Bill se quedó sin palabras y yo… Yo también.
Era justo como en las fotos.
Madera cálida, una chimenea encendida, alfombra tejida en el centro del cuarto, la cama con mantas gruesas, y una ventana que mostraba el bosque y las montañas como si fuera un cuadro.
— Aquí es — dijo el hombre, sonriendo — Disfrútenlo. Nadie los molestará.
— Gracias — respondí, apretando su mano antes de que se marchara.
Bill no dijo nada por unos segundos. Caminó hacia la cama y luego al ventanal, maravillado. Y después volteó a verme con una ceja levantada.
— ¿Solo es una habitación?
— Sí — respondí, tan inocente como pude, encogiéndome de hombros.
— Tom… — me dijo con tono entre sospechoso y divertido.
— ¿Qué? Técnicamente es un cuarto. Uno grande… Con chimenea… Cama… y tú.
Bill dejó su mochila a un lado de la cama sin contestarme. Rei internamente mientras colocaba el pequeño bolso con nuestras cosas en un rincón, al lado de la chimenea. El fuego seguía crepitando y yo… estaba exactamente donde quería estar.
— Esto es como de película — dijo Bill, mirando una vez más a su alrededor con los ojos brillando.
— Y recién comienza — le respondí con una sonrisa ladina, sacando un papel doblado de mi abrigo. Lo desenrollé con cuidado y se lo mostré.
— ¿Qué es eso?
— Nuestro itinerario — frunció el ceño con diversión y tomó el papel, que tenía garabateado con mi pésima letra:
1. Teleférico.
2. Ski.
3. Café caliente.
4. Caminata por el sendero nevado.
5. Sorpresa.
— ¿Sorpresa?
— Ajá — le guiñé un ojo — Pero para eso necesitamos apurarnos, así que muévete, cariño.
— Tom — rodó los ojos, dejando el mapa sobre la cama — Tenemos todo el día.
— No soy paciente, ángel.
Nos abrigamos mejor. Yo con mi chamarra negra, gorro, guantes y botas para nieve. Bill se puso una parka blanca con detalles plateados, bufanda gris y unos guantes peludos que me daban ganas de no dejar de tocar.
Caminábamos uno al lado del otro, nuestras pisadas crujían sobre la nieve y nuestras respiraciones se veían en el aire como pequeños fantasmas.
El camino hacia el teleférico estaba bien señalizado, pero aun así llevé mi mapa. A decir verdad, no conocía muy bien la zona, pero había investigado todo lo que pude. El sendero bajaba un poco y luego se abría en una pequeña explanada. Desde allí, ya se podían ver los cables de acero suspendidos en el aire, que se perdían hacia arriba, entre las montañas.
— Wow — susurró Bill, deteniéndose a mirar hacia arriba — ¿Hasta dónde llegan?
— A la cima — respondí, tomando su mano con decisión — Y allá es donde vamos.
Nos acercamos al puesto donde vendían los boletos. Un señor mayor, con mejillas rojas por el frío y una sonrisa amable nos atendió. Bill se quedó observando los carritos que subían y bajaban lentamente, como cápsulas flotantes de cristal, mientras yo pagaba por los boletos.
— ¿Primera vez en teleférico? — nos preguntó el hombre mientras nos entregaba los tickets.
— Sí — dijo Bill, antes de que yo pudiera hablar — Bueno, mía. Él… actúa como experto.
— Pero ni idea de nada — admití, riendo. El hombre se rió también y nos deseó suerte. El embarque era sencillo. Una pequeña puerta de metal se abrió y una cabina completamente cerrada se detuvo frente a nosotros, balanceándose apenas. Tenía ventanales por todos lados y un par de bancos a los lados. Subimos, y apenas se cerraron las puertas detrás de nosotros, el carrito arrancó suavemente.
Bill se sentó frente a mí, pegado a la ventana, con las manos apoyadas en el vidrio.
La cabaña comenzó a alejarse rápidamente, y el suelo bajo nuestros pies se volvió más y más lejano. Pronto, todo era blanco y gris, con destellos verdes de los árboles. El silencio era suave, apenas roto por el sonido mecánico del cable deslizándose por la polea.
— No pensé que me diera tanta impresión — dijo Bill en voz baja, sin apartar la vista de la montaña.
— ¿Estás bien?
— Sí. Solo… es más alto de lo que pensé.
Me acerqué a él y le pasé un brazo por los hombros.
— Confía en mí. Lo bueno está allá arriba.
Él me miró, y su expresión cambió. Su ceño fruncido se suavizó, sus labios se curvaron ligeramente.
— ¿Sabes? Hace unos meses no podía imaginar algo así contigo.
— ¿Un viaje?
— No. Esto — apoyó su cabeza en mi hombro, como lo había hecho en el tren — Sentirme seguro contigo.
Lo abracé más fuerte.
— Yo tampoco, pero aquí estamos, y no pienso desaprovecharlo.
La cabina alcanzó una zona donde el paisaje se abría completamente. Las montañas a lo lejos brillaban por el reflejo del sol en la nieve, y desde esa altura, todo parecía diminuto e inofensivo.
— Esto es increíble — susurró Bill.
— ¿Te gusta?
— Me encanta.
Nos quedamos así por un rato en silencio, admirando la belleza del invierno desde el cielo. Cada vez que el carrito pasaba por una torre, se movía un poco y Bill me agarraba más fuerte del brazo. Yo aprovechaba para abrazarlo más, besarle la frente o hacer algún comentario tonto para hacerlo reír.
Cuando por fin llegamos a la cima, el viento nos recibió con fuerza. Bajamos de la cabina y nos encontramos en una plataforma de madera con vista panorámica. Allí arriba, había un pequeño restaurante, bancos cubiertos de nieve, y un mirador.
Bill se acercó al borde del mirador, con sus mejillas rojas por el frío y sus ojos brillando de emoción.
— Tom…
— ¿Sí?
— Gracias por traerme aquí.
— Gracias por venir.
Me acerqué por detrás y lo abracé, escondiendo mi cara en su cuello, respirando su olor entre el aroma del bosque helado.
Era apenas el inicio del día y ya era perfecto, porque, aunque él no lo sabía… la verdadera sorpresa no era esta vista.
La verdadera sorpresa venía después.
Ya lo tenía pensado.
Después del ski, del café caliente, de las risas y las torpezas, cuando estuviéramos caminando por el sendero nevado, justo al atardecer… cuando el cielo se tiñera de naranja suave, y la nieve comenzara a reflejar tonos dorados… Ahí sería.
Ése era el momento.
Lo había soñado tantas veces, había ensayado palabras que seguramente olvidaría cuando llegara la hora, y aun así… no podía esperar más. Lo había perdido una vez y no iba a dejar que volviera a pasar.
A lo mejor alguien diría que era muy pronto. Que recién estábamos reconstruyendo lo nuestro.
Pero también era cierto que yo no podía seguir haciéndome el fuerte cuando en realidad, cada mirada suya me desarmaba cada sonrisa me devolvía la vida.
Ya no quería seguir posponiendo lo inevitable.
Yo lo amaba.
Con todo lo que era, con todo lo que fui.
Y con todo lo que, a su lado, todavía podía llegar a ser.
Cuando finalmente llegamos al área de ski. Vimos que habían varias cabañas pequeñas donde alquilaban equipo, y detrás de ellas, la pista se desplegaba como una serpiente blanca, rodeada de árboles. Había principiantes cayéndose, niños gritando emocionados y profesionales bajando a toda velocidad.
Al llegar al local, el tipo que atendía nos miró y preguntó si necesitábamos equipo completo. Yo dije que sí y le lancé una sonrisa rápida. Bill, mientras tanto, leía las instrucciones de seguridad pegadas en la pared.
— ¿Estás nervioso? — le pregunté mientras nos probábamos las botas.
— No — mintió sin pestañear — Solo me estoy preparado. Hay una diferencia entre temer y ser precavido ¿Vale?
— Ajá… ¿Sabes que la última vez que esquié terminé en un arbusto, no?
Bill alzó una ceja.
— ¿Y eso debería calmarme?
— No, pero al menos sabes que estamos igual de jodidos — salimos con los esquís puestos, caminando como pingüinos con tacos. El viento había bajado un poco y el cielo se abría más, dándole a todo ese tono de azul limpio.
— Dios mío — dijo Bill al llegar al borde de la pista para principiantes — ¿Cómo demonios se frena esto?
— Con fe.
— No me digas, Tom. ¿Con qué se frena de verdad?
— Con las piernas, pero la fe ayuda. Ven, vamos juntos.
Nos lanzamos lentamente, yo primero y luego él. Bill bajaba a paso de tortuga, los brazos extendidos, haciendo ruiditos de pánico cada vez que ganaba un poco de velocidad.
— ¡NOOO! ¡NO, NO, NO! ¡TOM, ME VOY A MORIR!
— ¡Solo deja que fluya!
— ¡ESTOY FLUYENDO AL CAOS!
Finalmente, se cayó de lado en la nieve con un quejido. Rodó una vuelta y se quedó ahí tirado como estrella de mar… luego se echó a reír. Fui hasta él, quitándome los esquís y me dejé caer a su lado.
— Casi lo logras — dije con una sonrisa enorme.
— Casi me matas — respondió entre risas.
—No sería yo si no pusiera tu vida en peligro un poquito. Además, estamos a mano: recuerda la vez que me obligaste a patinar y eso termino en un esquince.
Rodó los ojos, y luego me miró, ya sin burlas. Tenía la cara roja y la risa, pero los ojos brillaban.
— Estoy feliz — dijo.
Nos quedamos ahí, en la nieve un rato. Sin prisa. Con las montañas como testigos y las carcajadas de otros a lo lejos. Luego hicimos un par de bajadas más (donde yo casi me parto el alma dos veces y Bill… ni hablar) cuando nuestras manos ya estaban frías por dentro de los guantes, decidí que era hora de la siguiente parada.
— Vamos por café.
— Sí, por favor. O me voy a convertir en un bloque de hielo.
Nos fuimos caminando hasta llegar, la cafetería de la montaña estaba decorada con lucecitas cálidas, madera tallada y olor a pan recién horneado. Encontramos una mesa cerca de la ventana, desde donde se podía ver toda la pista, pedimos café caliente, strudel de manzana y algo que Bill no sabía pronunciar pero le sonó adorable.
— ¿Qué más hay en tu lista secreta, eh? — me preguntó mientras se relamía la espuma del café.
— Ya leíste todo.
— Pero… ¿Me vas a hacer caminar más?
— Sí.
— ¿Mucho?
— Sí.
— ¿Valdrá la pena?
— Por ti… siempre.
Y se quedó mirándome, y juro que cada vez me perdía más en esos ojos.
El sol comenzaba a descender cuando terminamos el café. Bill se relamía los labios, satisfecho.
— ¿Y ahora? — preguntó, recogiendo su bufanda.
— Ahora — le dije, con el corazón ya apretándome el pecho — Empieza lo mejor.
Bajamos de nuevo en el teleférico, en silencio. Ya no necesitábamos palabras. Sus dedos se rozaron con los míos, y aunque no se atrevió a tomarlos, yo lo hice.
Caminamos por un sendero estrecho, cubierto de nieve compacta. Los árboles altos a los lados parecían custodiar el paso, y el cielo sobre nuestras cabezas era un festival de colores: rosado, anaranjado, violeta… como si el mundo se estuviera incendiando solo para nosotros.
El viento acariciaba las ramas y levantaba pequeños copos que brillaban como polvo de estrellas.
— ¿Esto también estaba en tu lista? — preguntó Bill.
— Esto no estaba en la lista… esto era otra cosa.
Seguimos un poco más. En el horizonte, los últimos rayos del sol pintaban las montañas de dorado. Era como si el tiempo se detuviera solo para regalarnos ese momento.
Y fue ahí. Justo ahí donde supe que tenía que hacerlo.
Lo tomé de la mano. Bill se detuvo, extrañado, pero yo me volví hacia él.
— Bill… espera un segundo — él me miró, parpadeando por el reflejo del sol en sus pupilas.
— ¿Qué pasa?
Tragué saliva. Todo lo que había ensayado… se me fue al demonio.
— Lo que voy a decirte… — suspiré — lo tenía ensayado. Lo tenía todo escrito, palabra por palabra… pero se me olvidó.
Bill sonrió, confundido, ladeando la cabeza.
— ¿Y eso es bueno o malo?
— Eso es… real. Porque lo que vas a escuchar ahora no viene de un papel. Viene de acá — toqué mi pecho, justo donde el corazón ya hacía un escándalo. Él no dijo nada, solo esperó — Perdí muchas cosas en mi vida, Bill. Amigos, tiempo… recuerdos. Pero lo peor que perdí… fuiste tú — bajó la mirada un segundo, tragando saliva — Y no me refiero a olvidar. No hablo del accidente. Hablo de perderte después… cuando te alejaste de mí y yo… te deje irte sin poder detenerte. Y juro por Dios… que desde ese día algo en mí supo que sin ti, nada tenía sentido.
— Tom… — murmuró, levanté una mano y se la acaricié suavemente. Estaba helada.
— No me malinterpretes. Sé que no todo fue culpa tuya. Yo también fallé. También me dejé arrastrar por el dolor, por la rabia, por la culpa… Pero ahora estoy aquí. Y tú también, y lo único que me importa es que este instante es real. Que te tengo otra vez frente a mí. Que, a pesar de todo, no te rendiste conmigo.
Los ojos se le estaban llenando de lágrimas.
— Y ahora que Peyton se fue, ahora que ya no hay más sombras… lo único que quiero es seguir caminando a tu lado. Todos los días. Aunque discutamos. Aunque nos equivoquemos. Aunque la vida vuelva a golpearnos — me acerqué más — Quiero despertarme contigo. Dormirme contigo. Saber que si alguna vez pierdo la memoria de nuevo… vas a ser lo primero que quiero recordar.
Él jadeó apenas. Los ojos ya cristalinos, abiertos de par en par.
— Entonces… — susurré, y mi voz tembló— no te voy a preguntar si quieres ser mi novio.
Frunció el ceño, descolocado.
— ¿No?
Negué con una sonrisa nerviosa.
— No. Porque eso suena a volver al punto cero y tú y yo… no somos punto cero. Somos una historia que se rehace.
Le tomé ambas manos, apretándolas.
— Así que… Bill, ¿Te gustaría volver a escribir la historia conmigo? Sin tildes, sin puntos finales… solo comas, paréntesis, notas al pie. Tú y yo. Lo que fuimos, lo que somos. Lo que podríamos ser.
El silencio fue eterno y el corazón se me detuvo.
— Ya sé que es muy pronto. Lo sé. Quizás debería esperar más, darte espacio… pero no puedo. No quiero perderte otra vez. No quiero imaginar un futuro sin ti…
—Tom…
— Y si me dices que no… lo voy a entender. Juro que lo haré, pero si hay una mínima posibilidad, aunque sea mínima…
Y ahí fue cuando me calló, porque puso sus dedos sobre mis labios.
— Cállate, por favor.
Me congelé.
— ¿Qué…? — él negó con la cabeza, una lágrima resbalándole por la mejilla, y luego sonrió.
— También te quiero, idiota. También te amo. Y claro que sí, Tom. Sí quiero escribir esa historia contigo.
— ¿Sí? — dije, temblando.
— ¡Sí! — rió entre lágrimas.
No supe en qué momento lo abracé. Solo sé que lo hice con fuerza, como si mi cuerpo recordara cómo era tenerlo cerca y no quisiera soltarlo nunca más. Él me rodeó también, su nariz escondida en mi cuello y nuestros corazones latiendo al mismo ritmo.
— Estás temblando — me susurró.
— Es que no me creo que esto esté pasando — respondí.
Nos separamos apenas unos centímetros. Suficientes para mirarlo, para admirar sus ojos, el rubor en sus mejillas, sus labios húmedos por el frío… y entonces supe que no podía esperar más.
Mis manos lo tomaron con cuidado del rostro. Como si fuera frágil, porque era lo más valioso que jamás habría tocado.
Y me acerqué, milímetro a milímetro. Podía sentir su piel vibrar bajo mis dedos, y por un segundo, por un microsegundo, quise hablar. Decirle algo más. Confesarle que este beso lo había soñado cada noche desde que lo perdí.
Pero no pude.
Porque fue él quien cerró los ojos primero, y entonces… yo también los cerré y lo besé.
Dios.
Lo besé.
Y no fue como lo recordaba. Fue mejor.
Fue todo lo que había soñado y aún más. Sus labios estaban suaves, cálidos, con ese leve temblor que no sabía si venía de él… o de mí. Me aferré a su cintura, temiendo que si no lo hacía, flotaría. Porque eso era él: aire. Luz. Vida.
Y mi corazón no podía seguir el ritmo. Se me desbordaba.
Mis labios se movieron despacio sobre los suyos. Con cuidado, con hambre, con miedo. Cada roce era una súplica, cada segundo, una promesa. No quería apurarme, no quería arruinarlo.
Él respondió con la misma delicadeza.
Sus manos subieron a mi cuello, luego a mis mejillas, y me atrajo más cerca, Bill me necesitaba tanto como yo a él.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No por el frío, por él.
Por ese suspiro entre el beso, por ese instante donde nuestras bocas se separaron solo un poco, apenas para respirar… y entonces volvieron a encontrarse con más fuerza.
Oh, Bill…
Me perdí.
Totalmente.
Me hundí en él como si ese beso fuera mi casa.
Y no había ruido.
No había gente.
Solo nosotros.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que me dolía el pecho, pero no importaba, porque sus labios estaban ahí, porque eran míos otra vez.
Nos besamos como si no existiera el pasado… Ni el dolor… Ni los errores.
Nos besamos como si hubiéramos estado esperándonos toda la vida para este momento exacto y lo sabía.
Sabía que ese beso… era un nuevo comienzo.
Cuando me separé apenas unos centímetros, me quedé ahí. Respirando su aliento, con la frente pegada a la suya.
— Creo que es mejor ir a la cabaña… —susurré, porque no podía decir nada más.
Bill sonrió, era como si supiera que acababa de destruirme por dentro, y luego bajó la mirada, tímido y adorable.
Y yo pensé:
«Estoy jodidamente enamorado de este chico.»
Y me reí bajito, sin poder evitarlo, porque no podía ser más feliz.
Porque ese beso, era amor…
Ese beso era todo.
Continúa…
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