
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 47: Today I see you fall
Nuestros planes estaban saliendo exactamente como planeamos.
Tal vez no a la velocidad con la que una mente obsesiva como la de Tom quisiera, pero estaban cayendo. Como fichas de dominó, lentamente, pero una tras otra.
El mensaje más reciente no tenía nada particularmente brillante, pero era suficiente para darme cuenta de que Peyton seguía creyendo que me estaba envolviendo entre sus telarañas. Qué tierna. Casi me da pena.
Le contesté, como siempre, con palabras neutras, frases como: «creo que tienes razón» y esa pizca de duda que sabía que ella sabría leer como «lo estoy logrando».
Idiota.
— Entonces… ¿Cuántos mensajes van ya? — preguntó Tom sin despegar los ojos de su laptop, desde la esquina de su cama, en su cuarto. Su cuarto que, irónicamente, yo había ordenado porque lo traía patas arriba.
— Más de veinte — respondí, dejando que mis dedos rozaran la superficie pulida de una repisa. Mis ojos viajaron por los objetos, y entonces vi las fotos, cartas y regalos. Oh claro, yo los reparé en el ataque de irá que tuvo Tom cuando se enteró de todo, pero no los había visto hasta ahora…
— Pensé que las habías botado — le dije sin pelos en la lengua, sintiendo un nudo extraño en la garganta. Uno que ni siquiera sabía que estaba ahí.
Tom giró lentamente y me miró con esos ojos de perrito arrepentido que sabía usar demasiado bien.
— Nunca — dijo en voz baja — Gracias por repararlas… sé que fui y actué como un idiota.
No le contesté. No porque no quisiera, sino porque algo en su tono me desarmó. Me acerqué un poco, lo suficiente para ver lo que hacía. Quería cambiar de tema y dejar las cicatrices en el pasado.
— ¿Qué haces tanto ahí metido? — pregunté con un tono más relajado, curioseando la pantalla.
— Estoy hablando con la clínica de rehabilitación de Peyton — contestó, sin girarse del todo — Quiero saber si realmente estuvo limpia… si lo de su “recuperación” fue real o no.
Me incliné un poco más, intrigado.
— ¿Y te dicen algo?
— No mucho. Como no soy familiar, no tengo acceso a su historial clínico — dijo, apretando la mandíbula, frustrado.
— Y aún así te tomas la molestia de intentarlo — dije, cruzándome de brazos, alzando una ceja.
Tom suspiró, luego me miró de reojo con esa expresión que siempre usaba cuando tenía un plan.
— Podría servir de ayuda alguien de adentro… un enfermero, por ejemplo.
— Estás loco — contesté sin dudar, pero con una sonrisa torcida — Completamente loco.
— Estoy desesperado — dijo con voz ronca, con ese brillo en los ojos que decía más que mil palabras — Si no encuentro pruebas, no tengo nada como tú dijiste.
— ¿Y piensas chantajear a un enfermero?
— Preferiría llamarlo… negociación estratégica.
Rodé los ojos y me senté a su lado en la cama, lo suficientemente cerca como para que mis rodillas rozaran las suyas.
— ¿Sabes qué es lo peor? Que no me sorprende. Nada. De. Esto.
— Entonces no me odies por ser coherente — respondió, sonriendo apenas.
— ¿Odiarte? Por favor — dije, dándole una palmadita en el brazo — Solo estás tomando a un par de decisiones ilegales lejos de convertirte en un supervillano.
— ¿Uno sexy?
— Ni siquiera lo dudes — dije, antes de ponerme de pie. Caminé hacia su armario, abrí las puertas y observé la mezcla de camisetas anchas, pantalones caídos y alguna que otra prenda que ni entendía por qué seguía ahí. Alcé una ceja.
— Nunca entendí por qué usabas ropa tan… gigante. Desde que te conozco, pareces una cortina caminante — comenté, revolviendo entre una pila de sudaderas — Es como si tuvieras una enemistad personal contra las tallas justas.
Tom levantó la mirada de su laptop, con una sonrisa ladina.
— Porque hasta un saco de papas me queda bien. ¿Te molesta que sea tan bendecido? — se pasó una mano por las trenzas como si estuviera en una pasarela — Este cuerpo fue diseñado por los dioses con fines únicamente estéticos.
Rodé los ojos, aguantando la risa.
— Claro, claro. Me imagino a Zeus puliendo tu mandíbula con cincel celestial.
— Exactamente — dijo, señalándome con seriedad — Y Afrodita se puso celosa, por eso nací con esta cara.
Me tapé la boca, riéndome entre dientes mientras seguía sacando ropa.
— Qué modestia la tuya, Kaulitz.
— La modestia está sobrevalorada. Además, ¿Para qué mentir? El traje me queda espectacular, sí, pero no hay nada como una buena camiseta tres tallas más grandes para dejar que el arte respire — se inclinó hacia atrás como si posara para una foto.
— Wow. Sí que te quieres, ¿Eh?
— Me amo, pero también me quiero más cuando tú me miras así — me dijo, apuntando con la cabeza hacia mí, con una sonrisita que sabía exactamente lo que hacía.
Me volví hacia él para ocultar la risa y acomodé una camiseta en su sitio.
— Entonces… ¿Sabes lo que haré?
— ¿Qué? ¿Admitir que estás perdidamente enamorado de mí?
— No — dije, girándome con una ceja alzada — Voy a esconderte toda la ropa ancha. A ver si así dejas de parecer un vagabundo.
— Bill, por favor — dijo, llevándose una mano al pecho fingiendo dolor — No le hagas eso a mis fans.
— ¿Tus fans? ¿Quiénes? ¿Tus plantas?
— ¿Y tú? — preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisita canalla — ¿No eras presidente del club?
— Renuncié.
Él soltó una carcajada, esa que se le escapaba sin querer cuando realmente se reía, no la que usaba para coquetear, sino la auténtica. Justo cuando se acomodaba mejor en la cama como si estuviera a punto de soltar otro de sus monólogos egocéntricos, unas patitas comenzaron a rascar la puerta con insistencia.
— Scotty — dije automáticamente, poniéndome de pie.
— Siempre hace eso cuando quiere entrar. No le gusta sentirse excluido.
Fui a abrirle. El pequeño entró moviendo la cola con un ventilador, casi se resbala en el piso de madera. Me agaché y lo acaricié de inmediato, besándole la cabeza y murmurándole cosas como si fuera un bebé.
— Scotty… ¿Qué haces tú tan solito, eh? ¿Quién es el perrito más bonito del mundo? ¿Tú? ¿Si, tú? — le dije, llenándolo de mimos mientras él me lamía la barbilla feliz.
Detrás, Tom me observaba como si le estuviera siendo infiel en vivo y en directo.
— Wow… — dijo con voz falsa de indignación — ¿A Scotty sí le das besos y a mí ni uno? Increíble.
— Ay por favor… — murmuré, sin dejar de acariciar al peludito.
— No, no. Estoy herido, devastado y humillado — Tom se tiró sobre las sábanas dramáticamente — No sabía que el peludo de cuatro patas era tu favorito. ¡Traición!
— Estás discutiendo con un perro — dije, mirándolo con una ceja arqueada. Tome a Scotty en brazos y me senté en la cama de nuevo.
— ¡Porque el perro tiene más privilegios que yo!
— ¡Y eso es culpa tuya! — lo señale — ¿Por qué tienes que tener un perro tan bonito, eh? — me rei sin poder evitarlo — ¿Estás celoso de Scotty?
—No — se incorporó con cara seria — Pero me recuerda a ti.
Lo miré entrecerrando los ojos.
— ¿Me estás diciendo perro?
— ¡No! No, no, claro que no — rió nervioso, levantando las manos — Jamás me atrevería. Tú no eres un perro… eres más como un gato.
— Qué alivio… — murmuré con sarcasmo, dándole un empujoncito con el pie mientras Scotty se acurrucaba en mi regazo.
— Oye — Tom se enderezó un poco, esta vez con un tono más suave — ¿Te acuerdas de esa última vez que salimos? Antes de que… bueno, ya sabes. Todo se fuera al demonio.
Me tensé un poco, pero asentí. Había muchas últimas veces que me dolían recordar, pńero también había una, justo antes del caos, que se sentía especial.
— Salimos a caminar — continuó — Lo importante es que… ¿Recuerdas que nos encontramos un perro callejero? Uno pequeño que me seguía porque se me cayó una galleta al suelo.
Me quedé en silencio, mirando a Scotty.
— Le diste todas tus galletas — murmuré, sonriendo débilmente — Casi lo había olvidado — confesé, sintiendo una punzada en el pecho.
— Yo no.
Me miró durante un largo rato, luego bajó la vista hacia Scotty, que ya se había acomodado entre mis piernas, medio dormido.
— Un día en la playa… necesitaba desaparecer del mundo… él apareció — dijo con voz baja — Me miró como si me conociera y no me dejó solo. Se quedó ahí, en silencio, hasta que dejé de llorar y no supe por qué, pero me lo llevé… — hizo una pausa — Como si algo de ti me hubiera guiado de nuevo.
— Tom…
— Era el mismo, Bill. El mismo perro. Me di cuenta, era él y no sé si eso fue suerte, destino, casualidad… Pero lo agradezco.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba. Como si una parte del pasado encajara de nuevo. Como si aquel último recuerdo perdido entre el caos hubiese encontrado su camino de vuelta a mí.
— Quizás él también necesitaba volver a casa — susurré, acariciando las orejas suaves de Scotty.
Tom se acercó sin decir nada más y apoyó su frente contra la mía.
— Tú siempre fuiste mi hogar. Incluso cuando no recordaba por qué.
Nos quedamos en silencio un rato. No de esos silencios incómodos, sino de los que pesan suave, como una manta caliente en medio del invierno. Scotty seguía dormido, ajeno a toda la electricidad que flotaba entre Tom y yo.
Él no apartaba la mirada. Me observaba como si no pudiera creerse que estaba aquí. Como si cada segundo temiera que me desvaneciera de nuevo.
— ¿Sabes? — dijo con la voz un poco más ronca, más baja — Esos dos años sin ti fueron una tortura.
Lo miré sorprendido.
— Tom…
— De verdad — insistió, con una sonrisa apagada — Intenté convencerme de que estaba mejor sin ti, pero todo me dolía — me quedé callado, tragando saliva — Y ahora estás aquí — siguió — Y se siente tan jodidamente bien.
Hubo un momento. Uno de esos que no sabes si es real o parte de algo que imaginaste toda la vida. Tom me miró los labios, se los relamió como si no pudiera evitarlo, como un reflejo, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
— Me muero por volver a besar esos labios — dijo, medio riéndose, como si no creyera lo que acababa de soltar — Como antes, como si nada hubiera cambiado.
Mi corazón se detuvo un segundo. No supe qué responder, ni siquiera podía hablar. Solo lo miré y él me miró a mí. Se inclinó un poco, muy poco, pero lo suficiente como para que supiera que iba a hacerlo. Iba a besarme.
Yo también me acerqué, muy lento, como si ese espacio entre los dos quemara. Una parte de mi gritaba que lo haga, pero otra me decía que aún era muy pronto, era una batalla interna entre mi necesidad y mi conciencia. ¿Y lo peor? Quería que ganará mi necesidad.
Y justo cuando nuestros labios estaban por rozarse, la puerta se abrió de golpe.
— ¡Chicos! Ya está la comi- ¡¡OH!! — Simone entró sin tocar, sonriendo — Perdón, no sabía que estaban… eh, aquí con Scotty.
Nos separamos tan rápido que Scotty chilló molesto por haber sido empujado sin querer. Yo me hice el loco mirando al perro, Tom se giró como si estuviera viendo algo MUY interesante en la pared.
— Eh… sí… comida, ¡Claro! — dijo Tom, fingiendo estirarse — Qué hambre ¿No? Qué coincidencia, justo estábamos diciendo “ojalá ya esté lista la comida” — rió nervioso al igual que yo.
— Sí… — murmuré, bajando la vista mientras me rascaba la nuca — Gracias, Simone. Ya bajamos en un momento.
— Perfecto. Les dejé las servilletas bonitas. Las que tienen los perritos — dijo feliz — Porque pensé que irían bien con Scotty.
Y salió como si nada. Cuando la puerta se cerró, Tom se dejó caer sobre el colchón y cubrió su cara con una almohada.
— No puede ser. NO PUEDE SER — dijo ahogado entre la tela — ¡Tenía un pie en el cielo y mi madre me lo pateó!
Me reí. No pude evitarlo.
— Es lo que pasa cuando no tocan la puerta — dije, encogiéndome de hombros.
— Dios mío, ¡Esto fue un crimen! — Tom se incorporó y me miró, indignado y aún riéndose — Estábamos a dos centímetros, Bill. ¡DOS! Y ahora mi corazón va a demandar a mi madre.
— Y mi cara va a explotar — dije, todavía rojo como tomate.
— ¿Quieres que bajemos ya… o prefieres que volvamos a los dos centímetros después de comer? — me guiñó un ojo con descaro.
— Baja tú primero — murmuré, fingiendo no mirar sus labios — Yo… Necesito respirar.
— Vale, pero guarda los labios, ¿Sí? No quiero que nadie más se los robe mientras no estoy.
Y salió con esa sonrisa que siempre me dejaba sin saber si quería matarlo… o besarlo.
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No sé si decir que soy feliz, pero estoy en paz. Supongo que eso es lo más cerca que se puede estar. Me reí solo, justo cuando un perro pasó corriendo con una salchicha robada en el hocico.
Fue ahí cuando vi a Peyton otra vez apareciendo como si el universo se burlara de mí.
Traía gafas oscuras y un café en la mano. Muy casual, como si no estuviera siguiéndome, como si no apareciera SIEMPRE que menos la quiero ver. Sabía que ella estaba detrás de mi para meter más de su veneno en mi. Es por eso que estaba en esta plaza y, «casualmente» ella aparecería.
— Vaya, vaya… — dije cuando estuvo cerca — ¿Otra coincidencia? ¿O ahora también paseas por esta plaza casualmente?
— No estoy siguiéndote, Bill — sonrió con ese tonito que ya me da náuseas. Si claro, pura coincidencia, ese cuento solo se lo come ella — Es el destino. Aparecí porque… bueno, tal vez el universo quiere que hablemos.
— Ah claro, el universo — dije tomando un sorbo exagerado de mi bebida — Seguro también te dijo que me lanzaras indirectas pasivo-agresivas. ¿Qué quieres, Peyton?
Ella suspiró y se sentó a mi lado sin que la invitara.
— Solo quiero que pienses. Que veas las cosas como son. Tom… no es para ti. Él me ama a mí. Te está utilizando, Bill, porque te tiene cerca, porque le das lástima.
Lástima, dijo. Casi escupo el frappé de la risa, pero mantuve mi mejor cara de tristeza.
— Ya… — dije, bajando la mirada como si me doliera — Supongo que lo noté. Él está actuando raro. Y tú estás ahí, y bueno… ¿Qué puedo hacer?
— Exacto — dijo ella, inclinándose un poco como si me tuviera atrapado — Ustedes dos no funcionan. En cambio, conmigo, Tom ríe, se relaja. Me busca, lo pasamos bien. Te guste o no… tú solo estorbas. Siempre has sido un obstáculo entre nosotros.
Me llevé una mano al pecho como si me acabaran de dar una puñalada de dolor, cuando en realidad estaba conteniendo la carcajada que me subía por la garganta.
— Quizás… — murmuré, trágico nivel Oscar — Tal vez soy solo eso… un error en su vida.
— Oh créeme, lo eres… — ¡Ja! El único error fue ella y aún así tiene la decencia de decir lo contrario.
— Pero… Aún así duele.
— Tienes que superarlo, Bill. Lo de ustedes dos nunca iba a funcionar.
— Ahora creo que tienes razón — susurré lo más bajo posible, mientras me acomodaba el cabello hacia atrás. Ella sonrió, sonrió, porque esta gente de verdad cree que vive en un cuento.
— Lo sabía, Bill. Sabía que lo entenderías.
— Sí, claro — dije mientras me limpiaba una lágrima imaginaria — Debo aceptar que tú lo conoces mejor. Después de todo, fuiste tú quien aprovechó al tenerlo en tu cama cuando estaba borracho. ¿No?
Ahí la sonrisa se le congeló un segundo, pero intentó disimularla.
— No fue como piensas.
— Ah no, claro que no — me levanté, tomando mi vaso casi vacío — De hecho, nada es como pienso, ¿No? Qué bueno que tengo a ti para abrirme los ojos.
Le di una palmada en el hombro con una sonrisa. No iba a estar un segundo más a su lado o me iba a soltar a reír a montones y paso de ello.
— Gracias, Peyton. En serio. Esto me abrió el corazón. Cuídate mucho, ¿Sí?
Y me fui caminando como si me hubiera destrozado el alma, pero por dentro, estaba a carcajadas.
Seguro esta pensando que me había hundido mucho más, que estaba logrando separarme de Tom. Que me había convencido.
Y eso… me da aún más risa.
Cuando llegué al departamento, lo primero que olí fue ajo. Ajo y cebolla.
Andreas estaba en la cocina, con un delantal negro y la sartén llena de algo que chisporroteaba sabroso.
— ¡Hola! — saludó sin girarse — ¿Te fue bien la salida?
— Mejor de lo que te imaginas — respondí, dejando las llaves en la repisa — Peyton apareció de la nada.
— ¿Otra vez? — soltó, girándose ahora sí con cara de fastidio — Esa mujer es una plaga.
— Literalmente le di el show de mi vida fingiendo que me dolía todo lo que me decía — reí — Estoy seguro de que se fue pensando que logró arruinarme el día.
Andy sonrió mientras volvía a revolver la sartén.
— Me debes los detalles — dijo — Pero primero, anda y quítate esa sudadera. Ya hace calor y hueles a calle.
— Gracias por la dulzura, Andy — respondí sarcástico, y me fui directo a mi habitación.
Me quité la sudadera y me quedé en camiseta. Fue en ese momento cuando el celular vibró.
Era Tom, así que respondí de inmediato.
— ¿Hola, Tom?
– ¡Hola! ¿Dónde estás?
— En mi departamento, ¿Por?
– Perfecto, voy para allá.
— ¿Qué? ¿Por qué? ¿Pasó algo?
– ¡Sí! Buenas noticias, Bill. Esto te lo tengo que decir, pero no por teléfono.
Me quedé en silencio un segundo, procesando.
— …Está bien — acepté, curioso — Te espero.
Colgamos. Me quedé un momento mirando el celular. ¿Ahora qué?
Decidí darme una ducha rápida. Algo me decía que iba a necesitar estar bien despierto para lo que fuera que Tom traía entre manos.
Salí, me vestí con ropa más fresca y cómoda, y justo cuando me estaba secando el cabello con la toalla, sonó el timbre.
— ¡Ya voy! — escuché a Andy desde la cocina. Fui hacia la sala y ahí estaba Tom, sonriendo como si hubiera descubierto el tesoro perdido de algún emperador.
— Hey — saludó, y nos dimos un abrazo rápido.
— Hola — respondí con una sonrisa — ¿Qué es eso tan importante?
Tom me miró como si no pudiera contenerse más.
— Ya tengo las pruebas. Ya está, esa bruja pronto no estará más en nuestras vidas.
Nos sentamos en el sofá, solo él y yo. Andreas, sabiendo que esto era serio, ni se metió.
— ¿Qué pruebas? — pregunté.
Tom se inclinó hacia mí.
— ¿Recuerdas que te dije que no podía acceder a los registros de Peyton porque no soy familiar? Bueno… eso ya no es un problema. Un enfermero… uno de los que trabajó en su rehabilitación… me ayudó.
— ¿Lo convenciste?
— Digamos que usé mis encantos — dijo con una media sonrisa — Y algo de estrategia. Nada ilegal, solo… conversación y oportunidades.
— ¿Y qué te dijo?
— Que mis sospechas eran ciertas. Peyton nunca dejó las drogas. Jamás. Solo lo fingió durante todo el proceso, compraba dentro de la clínica. Y lo peor: alguien ahí dentro se las vendía, probablemente con comisión.
— ¿Qué?
— Sí. Y ese enfermero… el que me ayudó… bueno, él recibía dinero de ella para falsificar sus análisis. Literalmente compró su rehabilitación.
Me quedé en shock.
— Entonces…
— Entonces tengo los registros, mensajes, y hasta grabaciones que él me dio para protegerse si ella lo traicionaba. Me dijo que estaba cansado de fingir por ella, me dio todo. Y Bill… estoy listo para enviárselo a Leandro.
— ¿A su papá?
— Sí. Él tiene que saber. Ella les mintió a todos, no puede seguir manipulando la vida de la gente. No después de todo lo que hizo.
— Pero… sus padres — dije con algo de duda — ¿No crees que puedan tomarlo mal? Que piensen que solo quieres vengarte…
Tom negó con la cabeza.
— Leandro fue bueno conmigo. Él tiene derecho a saber la verdad y si eso significa que ella pierde su herencia, su credibilidad, y todo lo demás… pues bien. No es justo que siga beneficiándose mientras destruye a los demás. Ella no es una víctima, es una amenaza.
— Y… ¿Estás seguro de que es buena idea?
— Más que nunca. No puedo protegerla con mi silencio, eso ya lo hice antes, pero ahora… Ahora no.
— ¿Y cuándo piensas decirle la verdad a sus padres? — pregunté con cautela.
Tom me miró como si fuera obvio.
— Hoy mismo.
Me lo soltó así, sin más.
— ¿Hoy? ¿No crees que sería mejor esperar hasta mañana? No sé… ¿Pensarlo mejor?
— No, Bill. Necesito que sea hoy. No quiero seguir dándole tiempo a esa mujer. Que este jueguito terminé ya.
Tragué saliva. La determinación en sus ojos era tan intensa que por un segundo sentí miedo, pero no por mí… por ella.
— Bueno… — dije, bajando la voz — Cuando estaba en la plaza, ella estaba ahí también. No sé si sigue por ahí, pero…
Tom se levantó como si acabara de sonar una campana de box.
— Vamos.
— ¿Qué?
— Si. Ya no hay que perder más tiempo Bill.
Y ahí estábamos: Tom, conduciendo atentó al frente. Un maletín negro en los asientos traseros que contenía todos los archivos, y yo sentado a su lado.
Pasaron algunos minutos en silencio, solo por el suave sonido de una canción de la radio. Al llegar, estacionamos el auto al frente de la casa de Leandro y cruzamos la calle, él repasaba mentalmente todo.
— No hay forma de que se salga con la suya — murmuraba — No después de todo esto. Manipuló a todos, compró su salida, usó a sus propios padres como escudo. Es hora de que alguien le diga basta.
Tom estaba a punto de tocar el timbre cuando escuchamos un automóvil detenerse. Me gire para ver: un taxi se estacionó cerca, mientras Peyton salía de este con toda la tranquilidad del mundo, fruncí el ceño al verla. Que estrés.
Y cuando nos vio, fue como si el universo le hubiera jugado una broma muy pesada.
Frunció el ceño, luego sonrió, confundida.
— Miren lo que tenemos aquí — dijo acercándose con paso seguro — ¿Juntos otra vez? Qué raro.
Tom soltó una carcajada suave.
— Hablando del rey de Roma…
— ¿Qué hacen juntos? — preguntó, mirando de uno a otro con sospecha.
Yo sonreí con todo el veneno posible.
— Oh, magia. Todo se arregló entre nosotros — respondí con sarcasmo — Pero dime algo… ¿De verdad creíste que me estabas manipulando? ¿En serio pensaste que iba a creer todas las estupideces que me dijiste? ¿Que me iba a hundir por tus palabras? Peyton, por favor…
— Yo solo te abrí los ojos — dijo, ya empezando a perder su tono de control.
— No, tú solo me mostraste lo desesperada que puedes estar cuando no tienes el control — le respondí — Cada vez que me hablabas, era como ver a alguien ahogarse agarrándose de lo primero que encuentra. Patético.
— Tom y yo aún nos vemos — dijo rápido, desesperada, como si tuviera que tirar su última carta.
Tom se echó a reír.
— Falso.
Y luego, su voz cambió. Se volvió dura y cortante.
— Eres tan tonta… — le dijo — ¿De verdad pensaste que no lo iba a descubrir? ¿Que no iba a atar cabos? Tu jueguito se acabó, Peyton.
Ella parpadeó, desconcertada.
— ¿Qué?
— No te hagas la loca. Lo sé todo. Tu rehabilitación fue una farsa. Le pagaste a un enfermero para falsificar tus análisis. Nunca dejaste las drogas, las comprabas ahí dentro. Nunca estuviste limpia, solo actuaste para salir rápido, fingiste para engañar a todos, incluso a tus propios padres.
Su rostro cambió. Primero incredulidad, luego miedo, luego rabia.
— ¿De qué estás hablando? — hablo como si no fuera real, como si lo que Tom estuviera diciendo fuera algo irreal
— Tengo pruebas. Todo y en unos minutos, se las voy a entregar a tus padres.
— No… no puedes hacer eso — balbuceó, ahora dándose cuenta que esto iba serio — No puedes destruir mi vida así.
— ¿Yo? — Tom levantó una ceja — Tú sola la destruiste, Peyton. Yo solo voy a hacer que tu máscara se caiga.
Me quedé quieto, observándola. Era extraño, durante tanto tiempo, ella había tenido el control. Había jugado con todos, moviendo hilos, creado caos, pero ahora… solo parecía una sombra de sí misma.
— Anda, Bill — dijo Tom, sin mirarla más.
Peyton se acercó un poco más a nosotros, desesperada.
— ¡No pueden hacer esto! ¡¡No pueden!! ¡¡Van a arrepentirse!! ¡¡Tom, por favor, no lo hagas!!
En cambio, Tom paso de ella y tocó el timbre dos veces. Yo solo podía observar como Peyton cada segundo se desesperaba más.
— ¡Tom! ¡Por favor! Mis padres ya no me darán otra oportunidad, ¿Sabes lo que significa eso? ¡Hazme caso maldita sea!
Claro, perder todo el dinero que le darían sus padres era lo único importante para ella. Sin su dinero, ya no podría comparar para sus vicios, sus caprichos y la vida tan cómoda que tiene, lo perdería, pero es lo que se merecía.
Quise agregar algo más para callarla de una buena vez, pero la puerta se abrió de golpe. Leandro y Susan, los dos con expresión confundida.
— ¿Qué está pasando aquí? — preguntó Leandro, mirando a Peyton y luego a nosotros.
— No los escuchen — gritó ella, poniéndose frente a ellos como si eso fuera a detener algo.
— ¿Podemos hablar? — preguntó Tom, con voz firme, mirando directamente a Leandro.
— ¿Sobre qué? — replicó él, más alerta ahora.
— Es importante — dijo Tom.
— ¡No! — gritó Peyton — ¡Son mentiras! ¡Van a meterles cosas en la cabeza!
— ¡Silencio, Peyton! — dijo Susan, por primera vez levantando la voz — Ya. Que hablen.
Nos hizo un gesto para entrar, y lo hicimos. El ambiente en la sala era irreal. Peyton lloraba sin parar, murmurando cosas entre dientes. Yo me mantuve de pie, junto a Tom. Él dejó el maletín sobre la mesa, pero no lo abrió aún.
—No quiero que esto parezca un ataque personal — comenzó Tom, dirigiéndose a Leandro y Susan — Ustedes han sido amables, atentos, incluso cuando no tenían por qué serlo conmigo, pero no puedo seguir permitiendo que les mienta, que manipule a la gente que quiero. Todos tienen un límite y, el mío colapso cuando quiso interferir entre Bill y yo.
— Tom, por favor, no — susurró Peyton, temblando.
— ¡Calla, Peyton! — Leandro rugió con un tono que me puso la piel de gallina — ¡Te advertí que te alejaras de Tom! ¡¡TE LO ADVERTÍ!!
Ella se encogió, pero sus lágrimas seguían fluyendo. Yo solo miraba. A Tom, ella, a los padres. Era como presenciar el colapso de una bomba cuidadosamente contenida durante meses.
— Ella quiso manipularme — dije, por fin — Quiso separarnos. Me envió mensajes desde un número oculto, fingiendo ser alguien más. Me decía cosas para hundirme, para que no confiara en Tom.
Saqué mi teléfono y busqué los mensajes. Se los mostré a Susan y Leandro.
— Eso no es mío — dijo Peyton, desesperada — ¡Eso no lo escribí yo!
— ¿No? — le pregunté, con una sonrisa amarga y sin dejar de mirarla, llamé al número que me había escrito. El sonido del celular de Peyton llenó el silencio.
— No nos puedes engañar, Peyton — dije en voz baja — Siempre supe que eras tú, solo te seguí la corriente, pero cada palabra que dijiste me alejaba más de ti, no de Tom.
Ella negó con la cabeza, con la respiración entrecortada.
— Yo no quería… yo solo…
— Tú destruiste mi vida hace tiempo —dijo Tom, sin titubear — Pero no pienso dejar que la destruyas otra vez. Estoy harto. Lamento decirles esto — miró a Leandro y Susan — Pero tengo que hacerlo.
— ¡No! ¡NO! — gritó Peyton, avanzando hacia él, pero Leandro la tomó del brazo.
— ¡BASTA! ¡ES SUFICIENTE! — bramó — ¡Cállate de una vez! — ella se desplomó en el sofá, sollozando como si se le hubiese acabado el aire.
Tom abrió el maletín. Sacó carpetas, documentos, capturas y demás.
— Peyton no solo mintió. Fingió estar en rehabilitación, le pagó a un enfermero para que falseara sus análisis. Nunca dejó las drogas, nunca se recuperó. Solo actuó para salir rápido. Tengo pruebas de todo.
Y las puso sobre la mesa. Leandro las miraba sin parpadear, Susan también. Yo solo miré a Tom, a ese Tom que se mantenía de pie, entero y fuerte.
— ¿Eso es cierto? — preguntó Susan, con la voz apenas audible — ¿Es cierto todo esto?
— Lo es — dijo Tom, sin dudar — No vine a hablar sin pruebas. Ella no cambió, solo aprendió a esconderse mejor. A actuar mejor.
Leandro no decía nada. Sus manos estaban apretadas sobre sus rodillas y la mandíbula tensa. Miraba al vacío, como si lo que acababa de escuchar no pudiera encajar en su cabeza.
— Yo… yo no quise — sollozó Peyton — ¡Yo estaba mal! ¡Tenía miedo! ¡Me sentía sola!
— ¿Sola? — Leandro alzó la voz por encima de su llanto — ¿Sola, Peyton? ¿Después de todo lo que hicimos por ti? ¿Después de haber confiado una vez más?
— ¡Papá, por favor…!
— ¡NO ME LLAMES ASÍ! — explotó otra vez — ¡NO TE ATREVAS!
Susan se llevó una mano a la boca, conteniendo el temblor. Yo me quedé congelado, con los ojos aún clavados en Tom.
Leandro se pasó una mano por la cara, con los ojos encendidos, no de rabia, sino de algo mucho peor: decepción.
— Tratamos de confiar en ti. Te dimos otra oportunidad después del accidente que le provocaste a Tom, cuando tú misma provocaste ese choque por capricho, por impulsividad. Y él… — miró a Tom — Él ni siquiera te denunció. Te protegió. ¿Y tú qué hiciste?
— ¡Yo estaba en shock! ¡No sabía lo que hacía!
— ¡Y después vinieron las drogas! — siguió, ignorándola — El infierno que nos hiciste vivir, las mentiras, las noches en vela. ¡Y aun así! Te buscamos ayuda. Te llevamos a rehabilitación. ¡Creímos en ti! ¡Quisimos creerte!
— ¡Lo intenté! ¡Intenté cambiar! — gritó Peyton — ¡Lo juro!
— ¿Intentaste? — Leandro soltó una risa sin alegría — ¿Llamas “intentar” a sobornar a un enfermero para falsificar tus análisis? ¿A fingir que estabas bien mientras seguías envenenándote?
— Yo… ¡Tenía miedo de que me dejaran sola otra vez!
— ¿Y la pérdida del bebé? — intervino Susan, por fin con lágrimas corriendo por su rostro — ¿Te acuerdas de eso, Peyton? ¿O también lo vas a justificar?
El silencio fue tan brutal que dolía respirarlo. Peyton cerró los ojos, como si pudiera desaparecer, como si con solo negarse a ver, nada de esto hubiera pasado.
— ¡Fue un accidente…! — susurró.
— ¡NO! — gritó Leandro — No fue un accidente ¡Fue seguir destruyéndolo todo! ¡Te lo advertimos una y otra vez!
Tom bajó la mirada. Me acerqué más a él, sentí su respiración entrecortada, no podía imaginar cuánto le costaba revivir todo eso, pero estaba ahí, firme.
— Te pedimos solo una cosa — siguió Leandro, ya sin fuerza en la voz — Que te alejaras de Tom. Que lo dejaras vivir en paz. ¡¡Y ni eso fuiste capaz de respetar!!
— ¡LO AMO! — gritó Peyton, llorando con histeria — ¡¡LO AMO, MALDITA SEA!!
Tom levantó la mirada.
— No. No me amas. Me necesitas, porque no sabes quién eres si no estás destruyendo a alguien más.
Peyton se quedó paralizada y temblando. Leandro volvió a hablar, más bajo.
— Ya no quedan más oportunidades, Peyton. Las tuviste todas. Y las desperdiciaste. Nosotros quisimos creer, porque después de todo… eras nuestra hija, pero ya no queda nada. No puedo seguir viendo cómo arrasás con todo lo que tocas. No puedo seguir defendiéndote, no después de esto.
Peyton rompió a llorar como nunca. Se cubrió la cara con las manos, como una niña castigada, como una niña rota.
— Lárgate — dijo Leandro — No ahora. No en este momento, pero te digo algo: te vas sin nada, nosotros te compramos todo, pero de esta casa no te llevas ni una ropa.
Susan no lo contradijo. Solo se quedó quieta. Sentí tanta pena por ellos, Peyton, alguien así de podrida y dañada no merecía a esas personas como padres.
Leandro se giró hacia Tom. Su mirada era una mezcla imposible de orgullo por su entereza, dolor por todo lo vivido… y culpa. Una culpa que no sabía cómo sostener.
— Tom — dijo, la voz grave — No hay palabras suficientes… para decirte cuánto lo lamento. Todo lo que ella te hizo… Lo que te quitó.
Él se quedó quieto. Cerró los ojos un segundo, respirando profundo. Lo vi luchar con lo que sentía, lo vi morderse el labio como tantas veces hacía cuando estaba a punto de quebrarse… pero no lo hizo. Abrió los ojos y lo miró de frente.
— Ustedes no son culpables de los errores de Peyton — dijo con firmeza, pero sin dureza — Sé que hicieron lo que pudieron. Que trataron, que creyeron, que confiaron. Como todos.
Leandro bajó la mirada, pero Tom no dejó que se hundiera en la culpa.
— No los culpo — continuó — Sé lo que es amar a alguien que no sabe cómo dejar de destruirlo todo. Que pide ayuda, pero no la acepta. Que te abraza con una mano y con la otra te apuñala.
Susan no aguantó más. Se le escapó un sollozo y caminó hacia Tom. Dudó por un instante… y luego lo abrazó.
— Lo siento tanto, hijo… — murmuró contra su pecho.
Tom parpadeó, sorprendido, pero no se apartó. Solo levantó los brazos y la rodeó con cuidado. Leandro se acercó también. Ya sin palabras, ya roto.
— No tienen que disculparse por ella —dijo Tom, con los ojos brillando.
Leandro asintió despacio. Y en su mirada había algo nuevo: era como si por fin entendiera que amar no significa tolerarlo todo, que perdonar no es olvidar y que el dolor, cuando se repite, ya no es culpa del otro. Es una herida que uno decide dejar abierta.
Por fin.
Por fin alguien había detenido el ciclo. Y por fin, después de tanto… Tom y yo estábamos saliendo juntos de una escena, no como víctimas. Sino como sobrevivientes.
Continúa…
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