
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 46: Plans carried out

By Bill
Ya era el tercer día que Tom actuaba raro, o bueno, raro a mi manera de entenderlo.
Primero miraba el celular como si tuviera los planos secretos del Área 51 escondidos ahí, como si un simple vistazo mío pudiera desatar una guerra mundial. Y segundo… luego de eso, se comportaba como si nada, como si no me hubiera apartado el teléfono de la vista, como si no se fuera al baño a contestar llamadas que siempre atendía delante mío sin ningún problema.
Lo peor es que no podía evitar notarlo.
Y lo odiaba. Odiaba notar esas cosas, odiaba sentirme así, como si volviera a tener diecisiete años y me estuvieran escondiendo algo… como si todo eso que habíamos empezado a construir, piedra por piedra, pudiera tambalear por un simple detalle….O por una mentira.
Y para colmo, los mensajes seguían llegando de ese número desconocido.
Nunca con un nombre, nunca con una foto. Solo frases sueltas, algunas ambiguas, otras que daban directamente en el blanco. Y todas venían acompañadas de un sentimiento frío en el pecho. Uno que me hacía cerrar el celular apenas leía la notificación.
No quería pensar lo peor, no quería ser esa versión de mí que no confía, que se sabotea, que se mete ideas en la cabeza, pero joder, Tom estaba actuando como un bipolar de mierda.
Una parte de mí quería enfrentarlo. Otra parte… se moría del miedo de tener razón.
Me revolví en la cama, me giré de un lado a otro, pataleé un poco contra las sábanas como niño frustrado. Maldito viernes.
Me levanté con el humor por el suelo y los pensamientos a media ebullición. Me metí a la ducha más por necesidad que por ganas, y me lavé los dientes mientras aún tenía espuma del shampoo escurriendo por el cuello. Iba a tener una reunión con la dueña de Velours Essence, la nueva marca con la que trabajaríamos algunos conceptos de marketing. No era una cita estrictamente laboral, pero sí tenía que ir bien vestido, hablar de proyecciones, de dirección visual, de identidad de marca y todo eso que solía encantarme cuando mi cabeza no estaba hecha un nudo por un chico con trenzas y problemas de comunicación.
Salí de la habitación ya cambiado. Opté por una chaqueta negra, algo minimalista pero con presencia. Una camisa blanca con cuello ligeramente abierto, pantalón entallado y botas oscuras que hacían un sonido sólido en el piso del departamento. Al menos me veía bien. Me sentía como mierda, pero me veía bien. Supongo que eso contaba para algo.
Andy ya no estaba, así que solo le dejé un mensaje de voz y me fui sin desayunar. Uno, porque ya iba medio tarde, y dos, porque honestamente no tenía ganas de pasar tiempo en la cocina fingiendo que la tostadora no me juzga por mis decisiones.
Bajé las escaleras del edificio rápido, como si así pudiera dejar los pensamientos atrás, pero seguían ahí, igual que la vibración ocasional del celular en mi bolsillo.
Un taxi me dejó frente Velours Essence. Me bajé con los lentes puestos, y de vista, relajado, aunque por dentro quisiera arrancarme el pecho y revisar qué demonios estaba mal en él.
&
La reunión fue tan buena como podía esperarse en medio de mi caos.
Hablamos durante horas. Proyecciones de ventas, lanzamiento de la nueva línea de fragancias. Todo era hermoso, sin embargo, mientras ella hablaba, yo pensaba en los mensajes, en el maldito número desconocido.
No lo mencioné y no dejé que se notara.
Sonreí, porque a veces se me da muy bien fingir que todo está bajo control. Hasta que salí y me di cuenta de que no había comido absolutamente nada en todo el día. Supongo que saltarme el desayuno no fue una buena idea después de todo y mi estómago gruñó como si me odiara.
Genial. Ahora tengo hambre y ansiedad. El combo perfecto.
Caminé por la calle con paso firme y algo de prisa hasta encontrar un restaurante cercano que ya había visitado otras veces. Algo discreto, nada pretencioso, con una terraza medio escondida entre plantas artificiales y sombra. Me senté en una mesa individual, pedí una limonada, pasta con salsa cremosa y un panecillo de entrada. Algo reconfortante, algo que me llenara el estómago y dejé de parecer que tengo una ballena ahí dentro.
Apoyé los codos sobre la mesa y dejé caer el peso de la cabeza sobre mis manos. Exhalé fuerte, cerrando los ojos un momento.
—Vaya, vaya… el mundo es un pañuelo, ¿No?
Abrí los ojos de inmediato. Esa voz, esa maldita voz… Solo significaba una cosa: peligro.
Peyton se sentó con toda la desfachatez del universo justo frente a mí. Perfectamente arreglada, con esa forma suya de hablar que siempre sonaba como si dijera algo amable… pero siempre con un cuchillo escondido detrás de la espalda.
— ¿Qué demonios…? — me enderecé de inmediato, soltando las manos sobre la mesa. Mi tono fue seco — ¿Qué haces aquí?
— Ay, no pongas esa cara — dijo, haciendo un puchero. Ni una gota de vergüenza — Vi que estabas solo y pensé… ¿Por qué no saludar a un viejo conocido?
— Porque los viejos conocidos como tú no son bienvenidos — espeté sin rodeos — Lárgate. No tengo absolutamente nada que hablar contigo.
— Ay, Bill… — dijo bajando la mirada, como si de verdad le doliera. Maldita descarada — Tus palabras hieren, ¿Sabías?
— Y tú hieres personas. ¿Te parece si lo dejamos a mano?
Ella sonrió, esa misma que usaba cuando quería manipular, cuando se hacía la víctima, cuando empezaba su acto.
— Está bien. Seré directa — dijo, entrelazando los dedos sobre la mesa como si estuviéramos por firmar un contrato de paz. En serio no podía creer su falta de vergüenza — Solo quería hablar contigo… de Tom.
Tom.
No me sorprendió.
Lo vi venir desde el momento en que se sentó. Peyton no sabe hablar de otra cosa que no sea de Tom. Tom esto. Tom allá. Tom hizo esto. Tom me dijo esto. Que va.
— Di lo que tengas que decir y vete. Eres una descarada — murmuré, apretando la mandíbula.
— Seguro ha estado actuando raro estos días, ¿Cierto? — preguntó como si nada — ¿Más distante? ¿Más nervioso?
— ¿Tú qué sabes de eso?
— Oh… mucho, cariño. Mucho más de lo que crees — hizo una pausa breve y luego soltó — Seguro ya te dijo que me vio en el evento, ¿Verdad? Que no significa nada. ¿Eso dijo?
Me quedé en silencio. No respondí porque no lo necesitaba. Ella lo supo por mi mirada.
— Claro. Claro que dijo eso — musitó — Pero la verdad es otra, Bill. Él y yo… tenemos una historia. Una historia fuerte ¿Y sabes qué? Estuvimos a punto de tener un bebé. Eso no se borra fácilmente, ese tipo de cosas se quedan tatuadas en la piel y el alma.
Maldita.
Maldita sea ella y su veneno.
— ¿Y qué? — solté — ¿Vas a fingir que perdiste ese bebé por obra divina? Tom me contó todo, Peyton. Me dijo cómo lo arruinaste, cómo te drogabas, cómo mentías. Así que no vengas ahora con tu papel de víctima porque nadie te lo cree.
— Tú no me crees, pero él sí. Me escribe, ¿Sabes? Hablamos. No tan seguido como antes, pero lo suficiente como para saber que no me ha superado del todo. Que estás ahí… porque yo no lo estoy. Eres el reemplazo, la segunda opción disfrazada de primera.
— Cállate — le espeté — Deja de hablar, deja de decir estupideces.
Ella soltó una risita nasal y se inclinó apenas hacia adelante.
— ¿Te duele porque sabes que es verdad?
— No — respondí, tan firme que me sorprendí a mí mismo — Me duele porque todavía hay gente como tú en el mundo. Que manipula, que se mete donde no la llaman, que jode todo lo que toca, pero ya no me importa — me incliné yo también hacia ella, sosteniéndole la mirada — Mentir siempre fue tu don, pero yo ya no te creo. Y si Tom está actuando raro… sé que no es por ti, porque él y yo estamos reconstruyendo algo, y tú, Peyton… tú eres solo los escombros que quedaron de lo que destruiste.
Ella apretó los labios. Su sonrisa desapareció un segundo, pero no tardó en volver.
— Ya veremos — murmuró, poniéndose de pie con rapidez — Ya veremos quién cree a quién cuando todo se derrumbe otra vez.
La miré sin miedo, sin rastro de duda en mi cara.
— Entonces ve preparándote para ver cómo me quedo de pie entre los restos, y tú no.
Y la vi marcharse. Solté todo el aire que ni sabía que estaba guardando, y me recosté en la silla mientras me llevaba una mano a la cabeza con frustración.
La comida llegó justo en ese momento. No había probado ni una maldita entrada, pero de pronto tenía hambre de nuevo, no por necesidad, sino por ansiedad. Lo que me acababa de decir me dejó una espina… No por lo que dijo en sí, porque sé lo mentirosa que es, sino por cómo demonios sabía ella que Tom había estado actuando raro. ¿Cómo sabía algo tan específico?
Tragué a prisa mientras trataba de calmarme, pero no podía. ¿Y si había algo más? No… no podía quedarme con la duda. Dejé el dinero en la mesa sin esperar el cambio y salí prácticamente corriendo hacia la empresa.
Cuando llegue, subí directo a la oficina de Tom sin molestarme en decirle algo a la recepcionista que me vió raro. El corazón me latía con fuerza por correr, pero no por el esfuerzo… Sino por la mezcla de emociones.
Cuando entré, Tom levantó la vista con sorpresa, con unos papeles aún en la mano. En su cara podía notar la confusión por verme ahí en su oficina de la nada. Está era la segunda vez que llegaba sin avisar.
— ¿Bill? Tú… ¿Todo bien?
Cerré la puerta detrás de mí y solté el aire que había estado conteniendo. Me crucé de brazos.
— Yo… — no sabía ni cómo empezar, asi que fui directo al grano y sin rodeos — Tuve una vista totalmente desagradable ¿Sabes quién? Peyton. Esa bruja vino a verme cuando yo estaba de lo más tranquilo en un restaurante a punto de comer. Se sentó a hablar conmigo como si no hubiera destruido absolutamente todo — dije todo tan rápido que no se si Tom me entendió.
— ¿Qué quería?
— Envenenarme — dije directo — Como siempre. Dijo que habías estado actuando raro últimamente, y no le creí… Pero sí has estado raro — entrecerré los ojos viéndolo con sospecha. Tom se tenso apenas un poco, pero lo noté — Así que vine a preguntártelo. No porque le crea a esa bruja, sino porque no quiero quedarme con la duda. Quiero escucharlo de tu boca.
Tom me miró como si acabara de morder un limón. Literalmente frunció la cara de una forma tan tonta que tuve que contener una risa.
— ¿Qué? ¡¿Qué te dijo esa maldita ahora?!
— Que ustedes todavía se aman, que tú la buscas a escondidas, que ella es tu verdadera prioridad y yo solo soy la segunda opción. Mencionó lo de su bebé y que eso no se borra así nada más… Cosas así. Ya sabes… lo típico de ella.
Tom se puso de pie de inmediato.
— ¡¿Qué?! ¡Eso no es verdad! Bill, no la escuches. Yo no… no tengo ni idea de qué carajos está diciendo. Esa mujer está loca. ¡Obsesionada! — se pasó las manos por la cabeza — ¡Joder! Yo… Si, me he estado comportando raro, pero no estaba nervioso por eso.
— ¿Entonces no es eso? — pregunté, bajando un poco la guardia. Si no era por eso, entonces ¿Por qué era? — ¿No tiene nada que ver con lo que ella dijo?
Él negó, acercándose a mí.
— No. Estaba raro porque… maldita sea, quería que fuera una sorpresa. Estaba planeando un viaje para nosotros dos. Lo tengo todo armado, por eso me notaste raro, por eso evitaba decirte cosas. Quería que fuera especial, no… esto.
Me quedé en silencio, analizando sus palabras. Bajé la mirada un segundo, tratando de procesar.
— Entonces… ¿Era eso? ¿Estabas actuando raro por eso?
— Sí. Solo por eso. Bill, no sabes cuánto me alegra que hayas venido a preguntármelo. Si te lo hubieras guardado… Eso sí hubiera sido peor. Seguirías dudando de mí e incluso, tal vez te comías el cuento de Peyton, y lo último que quiero es que vuelvas a sentirte inseguro por culpa de esa loca.
Lo miré, sintiendo que la rabia que me invadía empezaba a drenarse poco a poco. Sus palabras… se sentían sinceras, se notaban sinceras.
— Lo sabía… — dije, medio riéndome, medio aliviado — Sabía que era una mentirosa de mierda, pero igual necesitaba escucharlo. No podía con esa espinita.
Tom se acercó más y tomó mis manos.
— Gracias por confiar en mí lo suficiente como para venir a pedirme la verdad. No quiero que nadie vuelva a meterse entre nosotros. Menos ella, no acepta un no por respuesta: esa mujer está mal, Bill. Y tengo que quitármela de encima. De verdad.
Asentí. Peyton era muy obsesiva y eso lo noté desde hace mucho. Una persona así siempre es peligrosa.
— Yo tampoco quiero que vuelva a interferir. Solo vine porque necesitaba la verdad. Gracias por dármela… Aunque me hayas arruinado la sorpresa — dije con una sonrisa.
Tom soltó una risa.
— Lo arruinó Peyton, no yo.
— Ya, ya, no le des más crédito del que merece — dije, y luego lo miré con una ceja alzada — ¿Íbamos a irnos de viaje como en las películas o qué? — pregunté con una sonrisa burlona, todavía digiriendo lo que acababa de pasar.
Tom soltó una risa por lo bajo, pero después su expresión cambió, como si una sombra le cruzara los ojos.
— Sí, íbamos a irnos… pero ahora mismo solo puedo pensar en otra cosa.
Fruncí el ceño.
— ¿En qué?
— En ella, en Peyton. Bill, ya me harté. Está loca… ¿Y si le pongo una orden de alejamiento?
— ¿Qué? — me reí sin poder evitarlo — ¿Una orden de alejamiento?
Tom me miró en serio.
— No estoy bromeando.
— Tom… — suspiré y me crucé de
brazos, quería seguir hablando pero él me interrumpió.
— Ella haría cualquier cosa por separarnos. Lo hizo hace dos años, y no te voy a mentir, eso me da miedo, pero esta vez… esta vez no podrá. Tenemos algo más fuerte que antes. Somos más fuertes que antes.
Me quedé en silencio un momento pensativo. Estaba procesando sus palabras. Tom tenía razón, ella haría cualquier cosa para separarnos como lo hizo antes, pero ahora… Ahora no íbamos a dejar que nos maneje a su antojo.
— Tal vez sí… — murmuré.
— Pero igual voy a buscar una forma de destruirla — se alejo de mí, sentándose en uno de los sofás que estaban ahí. Le seguí el ritmo y me senté a su lado también.
— ¿Qué? — pregunté, sabiendo que Tom no lo decía solo por decir.
— No quiero que vuelva a hacernos daño. Ni a ti, ni a mí, ni ahora, ni después, ni nunca. Se metió con lo más importante que tengo, Bill. Y no voy a quedarme de brazos cruzados. Ella no tuvo piedad cuando nos separó… ¿Yo por qué tendría que tenerla ahora? Si es necesario, yo seré su karma.
— Tom… — puse una mano en su pecho, intentando calmarlo — No hagas locuras. Yo creo que… el destino se va a encargar de ella. El karma llega tarde, pero llega — compartía su enojo, pero… tratar de alejarla era una cosa, pero lo que mencionaba Tom era otra muy distinta….
Él negó con la cabeza de inmediato.
— No. No esta vez. Si la ignoramos y seguimos como si nada, va a volver. Siempre vuelve y cada vez más dañina. Bill, no voy a esperar a que vuelva a jodernos cuando menos lo esperamos. Si sigue interfiriendo entre nosotros, entonces le voy a dar de su propia medicina.
Lo miré fijamente. No era solo enojo, era una mezcla de dolor, rabia e impotencia acumulada. Tom había callado muchas cosas, había aguantado demasiado, y ahora estaba al límite.
— ¿Qué vas a hacer, Tom?
— No lo sé todavía… — admitió, bajando la voz — Pero algo. No puedo permitir que siga envenenando todo. Esta vez voy a protegerte… a protegernos.
Suspiré, y aunque una parte de mí quería decirle que se calmara, que lo dejara pasar… otra parte no podía evitar sentirme seguro sabiendo que él ahora no estaba dispuesto a dejar que nadie nos rompa de nuevo.
— Entonces… vamos a cuidarnos los dos, pero prométeme que no harás una estupidez.
Tom me miró un poco más tranquilo, pero todavía con esa chispa decidida en la mirada.
— Te lo prometo… — dijo, y tras un suspiro pesado, se levanto del sofá y caminó de un lado a otro con esa energía que siempre aparecía cuando se le cruzaba una idea por la cabeza. Lo conozco. Cuando sonríe solo con una comisura y se cruza de brazos mientras piensa, significa una cosa: algo se le acaba de ocurrir. Algo grande.
— ¿Qué? — le pregunté, alzando una ceja. Ya lo veía venir.
Tom giró lentamente, con esa sonrisa traviesa.
— Tengo una idea.
— ¿Qué estás planeando ahora? — pregunté, recargando la cabeza en el respaldo de su sillón, ya resignado a lo que se venía.
— Vamos a hacerle creer a Peyton que sus planes están funcionando — soltó, como si nada — Que te dejó pensando, que logró confundirte, que sembró su veneno y estás empezando a dudar de mí. Que nos está separando poquito a poquito.
Parpadeé.
— ¿Quieres manipular a la manipuladora?
— Tal cual. Vamos a manipular a la que manipula. Vamos a jugar con su propio juego. Si le hacemos creer que está ganando, va a bajar la guardia y ahí es donde le vamos a dar la vuelta.
Me quedé en silencio por un momento, procesando. Por un lado, sonaba bien… pero por otro…
— No lo sé, Tom… — le dije, un poco dudoso — Cuando hablé con ella en el restaurante fui claro. Le dije que no le creía ni una maldita palabra. Tal vez no se trague ese cuento de que me hizo dudar.
Él sonrió aún más.
— Bill… la conozco. Mejor de lo que quisiera. Está desesperada, hambrienta por atención. Con que le lances una mínima señal de duda, se va a aferrar a eso como sanguijuela. Solo necesita creer que tiene el control y si le damos eso… Va a empezar a cometer errores.
No pude evitar reír por lo bajo.
— Dios… eres peor que ella.
— ¿Que? No soy tan malo, cariño — dijo con una sonrisa burlona.
— ¿Y qué? ¿Todo esto es parte del plan maestro ahora?
— Sí. Tanto, que voy a cancelar el viaje. Lo vamos a mover para la próxima semana. Así todo se nos hace más fácil.
Abrí los ojos.
— ¿Puedes hacer eso? O sea… ¿Cancelar todo con tan poco tiempo de anticipación?
— Los del hotel y los del tren tienen política flexible. Se puede, no es tan grave.
— ¿Seguro que quieres hacer eso? Iba a ser nuestra escapada… sin esa bruja, solo tú y yo — Tom se acercó a mí, apoyó las manos en el respaldo del sillón y bajó el rostro hasta quedar frente a mí.
— Confía en mí.
Lo miré fijo unos segundos y asentí.
— Vale… voy a confiar, pero si esto explota en nuestras caras, me vas a llevar ese viaje planeado aunque sea en burro, ¿Me oíste?
Tom se rió, pero se volvió a poner serio de inmediato. Se dejó caer en el sillón frente a mí y, de pronto, se quedó callado.
— ¿Qué pasa ahora?
Me miró pensativo.
— Dime una cosa, Bill… ¿Para ti son suficientes dos años en rehabilitación? — sentí un cosquilleo incómodo en el pecho. Sabía a qué se refería, esa pregunta no venía de la nada.
— ¿A qué viene tu pregunta?
— Solo respóndeme.
Suspiré.
— Pues… depende. Varía de la persona y de su situación. No hay una regla.
Tom chasqueó los dedos.
— ¡Exacto! Y justo por eso… para mí, dos años son muy poco. No me lo trago.
— ¿No te tragas qué?
— Que Peyton esté limpia, que de verdad dejó las drogas. Todo ese discursito barato de «disciplina» y «paciencia»… esas no son palabras que van con ella, Bill. Esas palabras le dan alergia.
Lo miré un poco más serio. No quería llevarle la contraria, pero tampoco podía dejarme llevar por su paranoia.
— Tom… no tienes pruebas.
— No las necesito.
— Sí las necesitas — repliqué — Porque si no, todo esto son suposiciones. Nada concreto. Y si por magia divina es verdad, necesitarías las evidencias, si no las tienes, nadie te va a creer. Aunque… No lo creó…
— ¿Y si no lo son? ¿Y si tengo razón? No sería la primera vez que nos engaña, Bill. No sería la primera vez que nos usa.
— Lo sé, pero no vamos a caer tan bajo como ella, ¿Cierto?
Tom se quedó mirándome, con ese silencio que no era afirmación… pero tampoco negación.
Justo cuando estaba por cerrar la conversación, cuando pensaba que ya nada más podía salir de este día… me vino a la mente.
— Oye, espera — le dije a Tom de pronto. Me llevé la mano al bolsillo del pantalón y saqué el celular — Creo que ya sé quién estuvo enviándome esos mensajes raros — busqué entre los chats y encontré lo que quería. Le mostré la pantalla — ¿Ves esto?
— ¿Un número desconocido? — murmuró, tomando el teléfono para mirar más de cerca — “Él va a cansarse de ti otra vez.” ¿Qué carajo es esto?
— Eso. Mensajes que he estado recibiendo desde hace días. Pensaba que era alguna estúpida broma… pero ahora creo que no.
Tom alzó la mirada.
— Es Peyton.
— Eso creo yo también.
Él apretó la mandíbula y me devolvió el teléfono con una media sonrisa sarcástica.
— Bueno, si vuelve a escribirte, le contestas. Dale la razón, hazle creer que está ganando. Va a saltar como rata en aceite.
— Ya ya está bien, voy a hacerlo — dije entre suspiros — Pero me debes un Spa cuando esto acabe, porque esta mujer me agota.
Tom asintió y sonrió.
— Te voy a dar más que un Spa, Bill.
— Tom… — le advertí. Me puse de pie y me sacudí las manos — Bueno. Ya no te quito más tiempo de trabajo, anda, sé productivo o algo — él se levantó también, caminando hacia mí.
— Tú puedes quitarme diez, cuarenta, una hora, mil años… nunca me voy a cansar.
Me detuve en seco, mirándolo con una ceja alzada.
— ¿Qué fue eso? ¿Acabas de recitar poesía o que?
— No… ¿Por?
— Tom, estás diciendo tonterías.
— No son tonterías. Son verdades disfrazadas y si no te ríes, te beso.
— Estás enfermo.
— ¡De amor!
— Dios mío — resoplé, dándome la vuelta para irme pero no llegué a abrir del todo la puerta porque, en un segundo, Tom ya estaba detrás de mí, rodeándome con los brazos.
— No te vayas todavía…
— Tom — advertí sin moverme — Te recuerdo que esta es tu segunda oportunidad. Si no me sueltas, ya no va a haber una tercera.
— Me la voy a ganar — susurró, y su voz fue directamente a mi oído. Luego, sin avisar, sus dedos se colaron por mi cintura y comenzaron a hacerme cosquillas.
— ¡Ah! ¡Tom! ¡No, no, no! — me retorcí entre risas, intentando liberarme — ¡Joder! ¡Me haces cosquillas!
— Dime que me amas — rió él, aumentando la intensidad.
— ¡Te odio ahora mismo! ¡Suéltame!
— Dilo — dijo en mi oído.
— ¡Ya! ¡Suéltame! ¡Suéltame!
Y zas.
No fue mi intención… De verdad que no, pero le metí un codazo justo en el estómago.
— ¡AAAAH! — se quejó, soltándome de inmediato y doblándose como si le hubiera disparado.
— ¡Dios! ¡Tom! ¡Perdón! ¡No era para tanto! ¡Fue reflejo!
— Respira… Kaulitz… respira… — jadeó con voz entrecortada.
— ¿Te saqué el aire?
— No… me sacaste la vida — dijo dramáticamente — Era el último aliento de un hombre enamorado. Lo acabas de apagar. ¿Estás feliz?
— ¡No me hagas sentir peor! — le grité, aunque no podía dejar de reírme.
— Yo… confiaba en ti… — siguió actuando, tambaleándose como en película — ¡Eso fue… traición! ¡Golpe bajo! ¡Tu amor me lastima físicamente!
— Te dije que me sueltes. ¡Te lo advertí!
— ¡Pero pensé que lo decías en tono sexy, no mortal! — dijo, entre jadeos falsos, dejándose caer dramáticamente sobre el sofá — ¡Llama a emergencias! ¡Diles que tu amor me destruyó!
— Dios mío, estás tan dramático.
— Estoy herido, por dentro y por fuera.
— Bueno, pues ahora sí me voy. Ya cumplí con arruinarte el día — reí.
— No. Me lo arreglaste. Te amo, incluso si casi me matas.
Me detuve en la puerta, sonriendo.
— Entonces cuida tu estómago la próxima vez que me abraces sin permiso.
— ¿Y si la próxima vez no te suelto, pase lo que pase?
— Tom…
— Voy a traer chaleco antibalas.
— Eres imbécil.
— Pero tu imbécil.
— ¡Adiós!
Y cerré la puerta con una risa en los labios, mientras escuchaba a Tom quejarse dramáticamente desde dentro.
Continúa…
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