
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 45: White lies
Tom llevaba un día actuando como si escondiera un secreto de Estado. El lunes se había ido mas tranquilo después de pasar un rato con Bill, con las risas aún haciendo eco en su cabeza y el aroma del café del pelinegro aferrado a su ropa como si no quisiera irse, pero ya era miércoles, y desde ayer andaba con el teléfono en mano más de lo habitual, hablando en voz baja, sonriendo solo, y borrando historiales de búsqueda como si estuviera ocultando una doble vida.
Pero no era eso.
Era algo mucho mejor.
Tom estaba planeando una escapada.
No una cualquiera, no de esas improvisadas donde uno termina empapado bajo la lluvia o en un motel espantoso con cucarachas.
Esto era especial.
Porque si algo sabía y adoraba de Bill, era que los días fríos le daban vida, al igual que él, ambos amaban ese clima, fresquito y frío. El viento, las bufandas enormes, las manos entumecidas que piden ser tomadas, las ventanas empañadas y el sonido crujiente de la nieve bajo las botas. Era como si el invierno hubiese sido inventado pensando en él, y si había un lugar en Alemania donde el frío era largo, era Zugspitze, la montaña más alta del país, un paraíso blanco incluso fuera de temporada navideña.
Ski, nieves eternas, chimeneas y atardeceres blancos.
Tom lo había visto todo en fotos, pero nada de eso le importaba tanto como imaginar a Bill ahí, envuelto en mil capas, riéndose con la nariz roja por el frío, quejándose de lo incómodo de las botas pero feliz.
Ese era su plan.
Y por eso llevaba desde ayer organizando todo: hospedaje, boletos, equipo de ski (aunque Bill probablemente se quejaría de caerse cada cinco segundos) comidas, paseos. Hasta había pedido una habitación con chimenea, no porque fuera necesario… sino porque la idea de ver a Bill dormido frente al fuego lo desarmaba por dentro.
Además, con su primer sueldo completo ya cobrado, ya había hecho lo responsable: compró cosas para su casa, le dio algo a su madre y ahora, lo siguiente en su lista era Bill.
Porque Tom tenía claro algo: Él estaba dispuesto a regalarle recuerdos nuevos.
Ahora mismo, la oficina de Tom estaba en silencio, salvo por el clic clic clic ansioso del mouse y las notificaciones en su teléfono.
— ¿Sí? Dos boletos, por favor. Ida y vuelta. De Berlín a Garmisch-Partenkirchen… Sí, exacto, cerca de Zugspitze — susurró, bajando la voz como si estuviera tramando un secuestro y no un viaje.
Le habían dicho que podía tomar un tren panorámico desde Berlín a Múnich, que era mejor opción que manejar seis horas y media con el riesgo de perderse o llegar con el trasero dormido. O un vuelo corto, pero menos mágico.
Él quería algo que se sintiera como un viaje, no como una escapatoria. El tren era perfecto. Además, Bill tenía libre ese fin de semana así que no había problema.
— Y la habitación… sí, con chimenea. ¿Vista a la montaña? Perfecto — sonrió, hundiéndose en la silla como si ya pudiera ver a Bill ahí, arropado con su gorrito ridículo de orejitas, que juraba odiar pero siempre terminaba usando.
Justo cuando le estaban por confirmar el itinerario completo, la puerta de su oficina se abrió de golpe. Tom se giró tan rápido que el teléfono casi se le cae.
— ¡Ah! Yo… eh… — colgó sin despedirse— Qué… qué sorpresa — tragó saliva fingiendo una sonrisa tan grande que no parecía natural — ¿Bill?
Él frunció el ceño con una media sonrisa.
— Hola a ti también, misterioso — se apoyó en el marco de la puerta — Solo venía a saludarte antes de ir a ver a Astrid… — sus ojos cafes bajaron al escritorio vacío — ¿Estabas ocupado?
— ¿Yo? No… o sea sí, pero no… o sea… — Tom se levantó de golpe, como si lo hubieran descubierto viendo algo ilegal — Solo… papeleo, ya sabes — pasó las manos por el escritorio, como buscando papeles inexistentes — Trabajo. Trabajo de oficina. Aburrido.
— ¿Seguro que estás bien? — preguntó Bill, acercándose con esa mirada afilada.
Tom asintió demasiado rápido.
— ¡Sí! Solo estoy un poco… distraído. Dormí mal, tal vez. tengo mucho en la cabeza.
Bill entrecerró los ojos.
— ¿Y por eso colgaste como si te estuvieran chantajeando?
Tom se rió, pero fue más un sonido tenso que una carcajada real.
— No… cosas de trabajo. Ya sabes…
Se hizo un silencio incómodo. Tom se cruzó de brazos y Bill también.
— Bueno… solo pasaba a saludarte — repitió Bill, ahora con menos sonrisa — No te molesto más — se giró hacia la puerta — Y no tienes que actuar raro conmigo, Tom.
Auch.
La puerta se cerró con un en seco. Tom se dejó caer en la silla, sintiendo que acababa de cagarla, Todo por querer mantenerlo en sorpresa, todo por planear algo bonito.
Pero claro… En su esfuerzo por no levantar sospechas, las levantó todas.
Unos segundos después, el teléfono volvió a sonar.
Tom cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio.
— Me lleva la mierda… — murmuró, aún con el pecho apretado.
Miró la pantalla: era el mismo número de antes. Suspiró, se pasó una mano por la cara y contestó.
— ¿Sí? ¿Hola?
— Señor Kaulitz, confirmamos su reservación. Dos boletos en tren, llegada el sábado al amanecer. La habitación en el lodge con chimenea también está lista. Le enviaremos los detalles por correo.
— Perfecto. Muchas gracias… — colgó.
La pestaña de su computadora mostraba fotos del hotel: techos empinados cubiertos de nieve, luces cálidas en ventanas empañadas y vistas alucinantes de las montañas.
El lugar soñado. Todo estaba saliendo perfecto. Menos él.
— Soy un imbécil — gruñó, dejando caer la frente contra el escritorio. Estaba tan jodidamente nervioso que parecía que escondía un cadáver y no un viaje.
Lo peor es que Bill pensaba cosas distintas.
Sin pensarlo, marcó el número de Gustav, porque si había alguien que sabía calmarlo en medio del caos emocional, era él.
Tu llamada se enviará al buzón…
— ¡Carajo, Gustav! — reclamó al aire, apretando el celular con frustración.
Pasaron minutos. Tom se levantó, caminó de un lado a otro como león enjaulado, miró el teléfono unas veinte veces y volvió a marcar.
Esta vez, Gustav contestó.
— ¿Tom? ¿Pasó algo?
— ¡¡Sí!! No. O sea, sí, pero no grave, solo… Dios. Ayúdame, por favor.
— ¿Qué hiciste ahora?
Tom soltó el aire como si se le fuera la vida.
— Estoy planeando algo lindo para Bill. Un viaje. Todo perfecto, romántico, helado y brillante. Zugspitze, nieve, tren, chimenea, todo… Y justo cuando estaba reservando… ¡Entra Bill a mi oficina! ¡Me ve todo raro, cuelgo como un idiota, y ahora cree que le oculto algo feo!
— ¿Y le dijiste tus planes?
— ¡¡No!! Porque es una SORPRESA, Gustav. No se dice “oye, te estoy ocultando algo pero no te preocupes, es bonito”. ¡No funciona así!
Gustav se rió del otro lado.
— Entonces te comportaste como un narco bajo vigilancia y lo arruinaste todo.
— Exacto. Me puse raro, nervioso, distante… — se dejó caer de nuevo en la silla — Parecía que planeaba fugarme con Peyton a las Bahamas.
— Wow, esa imagen fue perturbadora, pero entiendo — dijo Gustav — Mira, lo que estás haciendo es bueno, Tom, pero el error fue no confiar en que Bill entiende tu forma torpe de amar.
Tom se quedó en silencio.
— Es una mentira piadosa — siguió Gustav — Pero también son las que construyen momentos inolvidables si las usas bien. Solo tienes que calmarte y dejar de actuar como si escondieras cocaína en los cajones. Relájate.
— Sí… sí. Solo que parece que cuanto más quiero hacer algo lindo, más la cago — Tom suspiró — Y tengo miedo de que Bill, por un segundo, vuelva a desconfiar de mí. Eso me parte.
Gustav bajó la voz.
— Entonces, haz que cada segundo desde ahora valga el doble. Que no le quepa duda de que lo que sea que estás escondiendo es lo más hermoso que le podría pasar.
Tom sonrió un poco.
— Gracias, Gus.
— Y relájate, hombre. Respira. Estás planeando amor, no una operación encubierta.
Sí. Tenía razón. Solo tenía que dejar de parecer un criminal a punto de ser arrestado por la policia, pero sería imposible si quería que todo fuera una sorpresa. Tom era pésimo para mentir y se le notaba cuando lo hacía, eso sería un problema.
Mientras Tom colgaba el teléfono y se dejaba caer otra vez en su silla, suspirando con la cabeza hacia atrás como si acabara de correr, una sombra se movía lentamente por el pasillo exterior de la oficina.
Peyton estaba ahí, pegada a la pared, con el corazón latiéndole fuerte y los ojos entrecerrados, como quien encuentra oro en una mina que pensó abandonada.
No debía estar ahí.
Su padre había sido claro: «Tienes que dejarlo ir, Peyton. Por tu bien… y por el suyo.»
Pero claro, a ella no le importaba en lo más minimo.
La recepcionista, al verla llegar, apenas la miró dos segundos antes de sonreír y hacer como si nada. Era la hija de Leandro después de todo, podía entrar y salir a su gusto de la empresa y eso fue una ventaja a favor de ella.
Desde que llegó, escuchó que Tom hablaba por teléfono. El tono nervioso, las frases sueltas, los silencios. Se quedó parada justo al doblar el pasillo, con una de sus botas de tacón apoyada en la pared y el cuerpo inclinado hacia la puerta apenas entreabierta.
— “…Estoy planeando algo lindo para Bill… Un viaje… romántico, helado y brillante…”
Ah, con que eso era.
Su mirada se oscureció levemente.
— “…Y justo cuando estaba reservando, entra Bill… me vio raro, colgué como un idiota… ahora cree que le oculto algo feo…”
«Qué conveniente», pensó, con una sonrisa torcida.
Y cuando escuchó lo de las «mentiras piadosas» Peyton supo exactamente lo que tenía que hacer. Significaba que Tom actuaría raro con Bill, distante y nervioso, solo necesitaba mover las piezas a su favor.
La semilla de la duda.
Esperó unos segundos más. Luego se alejó en silencio, caminando por el pasillo con paso firme como si nada hubiera pasado.
Tom no la había visto.
Y lo mejor de todo… era que Bill ya estaba empezando a sospechar. Ella solo tenía que empujarlo un poquito más al borde, hacerle creer otras cosas por el comportamiento raro de Tom, algo se inventaría.
— Perfecto — susurró para sí, con una sonrisita venenosa mientras entraba en el ascensor.
&
El campus estaba empezando a vaciarse cuando Bill llegó. El cielo, opaco y cubierto por nubes de un gris pálido, dejaba caer una brisa fría que le revolvía los mechones sueltos del cabello. Se subió la bufanda y sonrió al divisar a Astrid saliendo del edificio acompañada por Lexi, ambas riendo por algo que Bill no alcanzó a oír, pero que claramente las tenía de buen humor.
— ¡Hey! — llamó, levantando una mano.
Astrid lo vio y agitó los brazos con exageración.
— ¡Justo a tiempo!
Lexi sonrió, también saludando.
— ¡Hola, Bill! Qué gusto verte otra vez.
No era la primera vez que se veían los tres. Desde que Bill visitó a Astrid la primera vez, se habían encontrado varias veces. Habían compartido cafés, y todo lo que pasó de sus vidas en esos dos años más a profundidad. De hecho, esa visita había sido planificada desde hacía días.
— ¿Nos sentamos? — sugirió Astrid, señalando uno de los bancos largos cerca del jardín central.
Se acomodaron ahí, resguardados por los árboles desnudos que crepitaban suavemente con el viento.
— ¿Qué tal estuvo la clase de hoy? — preguntó Bill, cruzando las piernas.
— Una lata — sonrió Astrid.
Rieron un rato, hablando de profesores y del grupo de teatro que Lexi se estaba animando a audicionar. Era una conversación tranquila.
Después de un rato, Bill se giró hacia Astrid con una sonrisilla pícara.
— ¿Y qué pasó con el chico del que me hablaste la otra vez?
Astrid levantó las cejas, pillada, pero no sorprendida.
— ¿El de las gafas? Aiden.
— Ese mismo. El que según tú “parecía salido de una novela” — citó Bill con tono burlón.
Lexi soltó una carcajada.
— ¡Te juro que eso dijo tal cual!
Astrid se llevó una mano al rostro, divertida.
— Ay, Dios… bueno, va fluyendo. Hemos salido un par de veces. Es lindo. No sé, me hace reír.
Lexi entrecerró los ojos.
— ¿Estás segura que él es el indicado para tí, Astrid?
La pelirroja la miró un momento, pensativa.
— No lo sé. Quiero pensar que sí… o al menos que puede ser alguien importante, pero voy con calma, ya sabes.
Bill la miró con serenidad.
— Tú fluye, Astrid. Y si no es, al menos te reíste.
— Exacto — dijo Astrid, dándole un codazo suave a Bill — ¿Y tú qué tal? ¿Cómo va todo con Tom?
Bill bajó la mirada y soltó el aire lentamente. No era la primera vez que hablaban del tema. Desde que les contó todo las chicas habían estado pendientes, apoyándolo con consejos y abrazos.
— Todo… va bien, creo — murmuró — Está haciendo un esfuerzo enorme por reconectarse conmigo. Lo noto. No es como antes, está más presente, más él… aunque hoy estuvo raro.
— ¿Raro cómo? — preguntó Lexi.
— Como nervioso. Entré a su oficina y casi tira el teléfono, me saludó como si yo fuera un inspector de Hacienda. No sé, se puso tenso de la nada.
Astrid frunció el ceño.
— ¿Le preguntaste qué pasaba?
— Me dijo que no era nada, pero… lo conozco. Algo escondía, y no lo digo con tono paranoico, solo… fue raro. Esa clase de cosas que uno siente.
— ¿Y crees que tenga que ver con…? — Lexi no terminó la frase.
Bill negó.
— No lo sé. Quiero pensar que no, que solo fue un mal momento o que tiene algo en la cabeza. No quiero empezar con las suposiciones otra vez.
Astrid le tocó la mano con cuidado.
— Lo estás haciendo bien, Bill. Le estás dando la oportunidad que se ganó. Y si hay algo más… lo vas a saber porque esta vez estás alerta.
Lexi asintió.
— Tal vez estaba organizando una sorpresa. Ya sabes cómo es Tom, si se le mete algo en la cabeza y se obsesiona. A veces hasta se olvida que tiene que actuar normal.
Bill sonrió con suavidad, aunque algo dentro de él seguía inquieto.
— Ojalá sea eso. No quiero volver a pasar por lo mismo.
Los tres siguieron hablando unos minutos más, pero ya se estaba haciendo noche.
— Bueno, yo me voy retirando — anunció Lexi mientras miraba su celular con una sonrisa suave — Mi galán ya está esperándome y seguro está helado. No quiero que se me congele el muchacho.
Bill soltó una risa ligera y Astrid alzó las cejas con picardía.
— ¿Galán, eh? Qué formal.
— Hoy toca noche de películas y ramen. Es lo más romántico que puedo pedir en mitad del caos — dijo Lexi, encogiéndose de hombros.
Bill la miró con una expresión tranquila. En uno de sus primeros encuentros de los tres, ella había sido honesta. Le habló de cómo Ethan se le había acercado, de una manera distinta. De cómo él mismo se había arrepentido por muchas de las cosas que había hecho. De cómo había ido a terapia, de cómo había hecho un esfuerzo por cambiar. Y aunque al principio fue extraño para Bill, entendía que el amor nace en terrenos rotos, pero eso no significaba que no pudiera florecer.
— Dile que no se le olvide traer el ramen picante — le dijo Bill mientras se ponía de pie para abrazarla — Y que cuide bien a mi Lexi.
— Siempre — respondió ella, sonriendo con sinceridad. Astrid también se despidió con un abrazo apretado. Luego observaron cómo Lexi se alejaba con su andar rápido, desapareciendo del campus
— Me gusta verla feliz — murmuró Astrid cuando volvieron a sentarse.
— Sí… es raro ¿Sabes? Pero en el buen sentido. No pensé que podría verlo así. A Ethan. Como algo distinto a la tormenta que causó.
Astrid lo miró de reojo.
— ¿Te duele?
— No — respondió Bill tras un segundo de reflexión — Me dolió antes, claro, ero ahora siento que… todos estamos tratando de sanar desde algún rincón. Y eso, de algún modo, me da esperanza.
Astrid le sonrió, orgullosa.
— Te admiro ¿Sabías? Por la forma en la que enfrentas todo. Lo que pasaste no fue pequeño, Bill.
— Lo sé. Pero no me gusta quedarme donde duele. Ya estuve ahí mucho tiempo.
Pasaron unos minutos más hablando de cosas al azar. El sol ya caía, tiñendo el cielo con un tono más gris.
— ¿Quieres caminar un rato? — propuso Astrid.
— Me encantaría.
Caminaron por las calles cerca del campus, esas llenas de cafés pequeños, faroles antiguos y el ruido distante de la ciudad que no se detenía nunca del todo. El aire era frío, pero agradable. Se sentía limpio.
— ¿Sabes? — dijo Bill tras un rato, mirando al cielo — Me da miedo tener esperanza con Tom.
— ¿Por qué?
— Porque cuando la tienes, es más doloroso si se rompe. Es como volver a abrir la herida, pero al mismo tiempo… siento que si no creo en él ahora, entonces nunca lo haré. Y quiero creerle, Astrid. Quiero que esta vez sea diferente.
Ella lo miró con atención.
— Y lo será. Lo están intentando los dos. Y sí, se han roto, han cometido errores… pero están ahí, todavía. No todo el mundo tiene esa suerte.
Bill se quedó callado unos segundos.
— ¿Tú crees que el amor puede resistir tanto?
Astrid asintió despacio.
— No creo que el amor resista todo, Bill. Pero sí creo que el amor real… resiste lo que vale la pena resistir y ustedes se aman. Eso es evidente.
Caminaron un poco más en silencio, con las luces de la calle titilando encima de ellos.
— Gracias por estar, Astrid — dijo Bill finalmente.
— Siempre, Bill. Para eso estoy, para recordarte quién eres cuando tú te olvides.
Sonrieron. Y aunque el viento soplaba frío, el pecho de Bill se sentía cálido.
Eventualmente Astrid tomó el bus en la parada de siempre, después de abrazar a Bill y decirle una última vez: “Confía en lo que sientes, no en lo que temés”. Bill le sonrió con cariño desde la acera, viéndola subir. Esperó a que el bus se alejara antes de llamar a un taxi para irse él también. El camino a su departamento fue silencioso, con la cabeza apoyada contra la ventana y las palabras de Astrid aún rebotando dentro de su pecho.
Al llegar a casa, abrió la puerta sin pensar en mucho… y se sorprendió al escuchar risas provenientes de la cocina.
— ¿Hola…? — dijo mientras se quitaba la bufanda.
— ¡Bill! — respondió Andreas desde la cocina — Justo a tiempo. La lasaña va a estar legendaria.
Tom apareció justo detrás de Andy, con una espátula en la mano. Sonreía. Estaba en su departamento como de costumbre después del trabajo. Tom caminó hacia él y lo abrazó sin decir nada más. Bill le devolvió el abrazo, corto pero cálido.
— ¿Están cocinando? — preguntó luego, cruzando los brazos mientras los miraba.
— Lasaña — dijo Tom, orgulloso — La receta es de Andy, pero la ejecución es 90% mía, que conste.
— Solo no incendien la cocina, por favor — bromeó Bill, arqueando una ceja.
Los tres rieron.
Pronto, Bill se unió a ellos. Comenzaron a preparar las capas: fideos, carne, salsa, queso, más fideos. Tom derramó un poco de queso adrede sobre la mano de Andy y este le devolvió el ataque con una cucharada de salsa que terminó en la mejilla de Tom. Bill, en respuesta, lanzó una pequeña ola de queso a ambos y así comenzó una mini guerra.
En medio de la risa, la harina en el suelo y el olor a salsa casera impregnando el ambiente, Bill sintió algo extraño y reconfortante: ya no notaba a Tom raro. Ya no sentía esa distancia sutil ni ese hilo invisible de nervios por su parte. Era como antes.
Cuando finalmente metieron la lasaña al horno, Andy se ofreció a salir a comprar los refrescos, pan de ajo y algo dulce para después. Tom y Bill se quedaron solos. Se sentaron en el sillón más calmados. Tom rodeó los hombros de Bill con su brazo.
— ¿Te divertiste hoy? — preguntó Tom con una sonrisa.
— Sí. Estuve con Astrid y Lexi. Charlamos, caminamos… me hizo bien.
— Me alegra — dijo él, acariciándole el brazo con suavidad — Me gusta verte así.
— ¿Así cómo?
— Tranquilo, sonriendo. Como tú.
Bill lo miró, entre suave y vulnerable. No dijo nada más. A veces no hacía falta.
Pero entonces, el celular de Tom vibró. Él lo miró de reojo y antes de que Bill pudiera girar apenas la cabeza para ver, Tom lo bloqueó y lo puso boca abajo sobre la mesita.
Bill lo notó. No dijo nada, pero su estómago se apretó un poco.
Pasaron unos segundos en silencio incómodo. Tom volvió a hablar, como si nada:
— ¿Y Astrid sigue viéndose con ese chico?
— Sí, están fluyendo, según ella — respondió Bill, forzando una sonrisa, tratando de seguirle el ritmo a esa nueva normalidad — ¿Tú crees en eso? ¿Fluir con alguien?
— A veces el amor es más simple de lo que creemos — dijo Tom, sin apartar los ojos de él — Otras veces no, pero si se siente bien… creo que vale la pena intentarlo.
Bill quiso creerle. Quiso aferrarse a esas palabras, pero algo dentro de él no dejaba de latir con inquietud.
Entonces, el celular de Tom sonó. Esta vez no vibró: sonó con su tono usual y fue como si el aire cambiara.
Tom se levantó sin mirar a Bill.
— Voy al baño. Ahora vengo.
— ¿Vas a atender ahí? — preguntó Bill, sin poder ocultar del todo su sorpresa.
— Es rápido — murmuró Tom mientras ya caminaba hacia el pasillo — Ya vuelvo.
Bill se quedó congelado, mirando hacia el pasillo como si pudiera ver a través de las paredes.
Tom nunca, nunca atendía llamadas privadas lejos de él. Siempre contestaba delante, sin importar de quién fuera. Era de esas personas que odiaban el misterio. Por eso… esto le pareció raro. Demasiado raro.
Bill no sabía cuánto tiempo llevaba sentado en el sofá, mirando en dirección al pasillo. La puerta del baño seguía cerrada y el silencio empezaba a pesarle.
Justo cuando su mente comenzaba a llenarse de ideas que no quería pensar… su celular vibró.
1 nuevo mensaje. Número desconocido.
Frunció el ceño. No era común que recibiera mensajes de números sin guardar. Dudó, pero lo abrió.
-“¿Y si no es tan sincero como crees? A veces la verdad se disfraza de ternura.”
Bill lo leyó dos veces… su corazón dio un vuelco pequeño.
¿Quién era?
¿A qué se refería?
¿Era sobre Tom?
Casi por reflejo, miró el número otra vez. No lo reconocía. Pensó en bloquearlo, en eliminar el mensaje y ya, pero no lo hizo.
Tom seguía en el baño y el mensaje seguía ahí. Como un zumbido apenas audible que no se iba.
Bill volvió a leerlo, sintiendo cómo una pequeña grieta comenzaba a abrirse otra vez dentro de él.
Continúa…
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