Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 44: Love and obsession?

Había pasado una semana desde el evento. Siete días que se sintieron como un respiro después de un naufragio. Desde aquel lunes agitado, Tom y Bill se habían ido acercando con naturalidad, el universo finalmente se había cansado de separarlos. Tom no le daba motivos para desconfiar de él, todo lo contrario: cada día sus sentimientos se iban haciendo cada vez más fuertes. El ambiente entre ellos era suave, estaban aprendiendo a quererse desde cero, sin olvidar lo que ya habían sido. Cada gesto, cada roce accidental de manos, cada sonrisa era una confirmación silenciosa de que sí, todavía estaban a tiempo.

Sorpresivamente, el trabajo también marchaba de maravilla. Tom estaba cumpliendo con creces, con ideas firmes, números bien organizados y un sentido de compromiso que Leandro no tardó en notar. Bill, por su parte, ya estaba avanzando en Velours Essence.

Y como una bendición, Peyton no había vuelto a aparecer desde el evento. Nada. Tom no bajaba la guardia, si algo sabía, era que Peyton atacaba cuando nadie la veía venir. Y el silencio no siempre era sinónimo de paz.

Ese fin de semana había sido perfecto: Tom, Simone, Nataly, Georg, Gustav, Bill y Andreas pasaron un día entero paseando por un lago después de una larga discusión de parte de Georg, Gustav y Tom de no querer volver a ir a un parque de diversiones después de la bochornosa situación que pasaron la última vez en una. Así que la mejor opción al final de todo, fue un lago: almorzando juntos y bromeando como una gran familia. Rieron, se tomaron fotos, hasta terminaron en un pequeño café con postres que Simone insistió en probar. 

Ahora era lunes de nuevo, y el reloj avanzaba rápido. Tom se encontraba en la oficina de Leandro, platicando animadamente con él. El hombre lo felicitaba con sinceridad.

— Si sigues así, no tardarás en subir de rango, Tom — dijo Leandro mientras hojeaba unos informes — Me alegra haberte dado esta oportunidad.

— Gracias — respondió el menor con una leve sonrisa — Estoy haciendo lo mejor que puedo.

— Y se nota. Empezaste como asistente, y ahora mismo ya estás haciendo más que varios de los antiguos. Si mantienes este ritmo…

El sonido de la puerta interrumpió la frase. Tom desvió la mirada, y se encontró con la persona que menos quería ver en ese momento. Por un instante, el de trenzas sintió que el aire se volvía más denso.

Leandro frunció el ceño de inmediato.

— ¿Qué haces aquí, Peyton? Te dije que debes avisarme antes de aparecerte como si nada.

— Solo quería verte, papá. Estaba aburrida y… — ella sonrió como si nada pasara — Pensé que podríamos almorzar juntos.

Tom se mantuvo en silencio, pero la tensión se le marcó en la mandíbula. Verla tan tranquila, tan segura, le removía las entrañas. Después de todo lo que había hecho…

Leandro suspiró y se volvió hacia Tom, intentando suavizar la atmósfera. Sabia que para él no era nada facil tener que lidiar con su hija por los errores del pasado y lo entendía. 

— En fin, Tom. Gracias por pasar a traerme los informes. Puedes irte si gustas, hijo — dijo de forma nerviosa tratando de aliviar la tensión — Ah, quizás viste a Peyton en el evento, salió de rehabilitación hace unas semanas…

Tom la miró de reojo, esa sonrisa fingida se le hacía insoportable.

— Sí, la vi… — respondió con voz medida, antes de dejar escapar un murmullo cargado de veneno — Dos años, ¿Eh? Parece muy poco para alguien tan… — la palabra «adicta» luchaba por salir de su garganta, pero guardo silencio inmediatamente por respeto a Leandro. 

Peyton mantuvo la sonrisa, pero sus ojos le brillaron con furia.

— Avancé rápido. Con mucha disciplina — respondió con voz dulce.

Tom no contestó. Solo se limitó a asentir con los labios apretados, aunque por dentro su mente trabajaba. Sabia que Peyton no podía haber dejado la adicción en tan poco tiempo ¿Dos años? Ese cuento no se lo creía. 

Leandro se inclinó hacia Peyton y le susurró algo al oído. Ella pareció enojarse, pero asintió. Tom no esperó más, giró sobre sus talones y salió de la oficina con las manos en los bolsillos y la cabeza aun más llena de pensamientos, pero no del tipo que te hacen querer tirarte por la ventana, como antes. No. Ahora eran pensamientos de esos que le sacan una sonrisita idiota mientras caminas por los pasillos, sin importar si alguien lo ve. Si, era lunes otra vez, pero no pesaba como solía. Y aunque acababa de ver a Peyton, esa presencia incómoda que parecía empeñada en arruinarle la paz, no iba a dejar que le jodiera el día. No hoy.

Además, la empresa se sentía más respirable últimamente. Desde ese incómodo momento con Ría en el ascensor, dónde también ya le había dejado las cosas claras, ya no le lanzaba miraditas raras ni buscaba excusas para hablarle. De hecho, ahora estaba detrás de uno nuevo, un tal Ismael, recién contratado para el área de recursos humanos, al que ya se le notaba el trauma desde el segundo día. Tom solo se limitaba a desearle suerte mentalmente cada vez que lo veía pasar con cara de «socorro» con ella detrás, como un chicle pegado al zapato.

Llegó a su oficina, soltó un suspiro y se dejó caer en la silla frente al escritorio. Las siguientes horas transcurrieron entre revisar correos, ajustar presupuestos y cuadrar unas gráficas que alguien había entregado mal. En medio de todo ese caos, se dio el lujo de abrir el chat con Bill.

—¿Ya te dije que me gustas mucho?

No tardó mucho en llegar la respuesta.

—Si, demasiadas veces, pero puedes decírmelo otra vez.

Tom sonrió.

—Bueno… Me gustas mucho. Y también cuando bostezas como gato o cuando te despeinas y no te das cuenta.

—Me estás distrayendo, Kaulitz.

—Ese es el plan, bonito.

Después de eso, trabajó un poco más. Luego otro mensaje.

—Por cierto, ayer dejaste tu aroma en mi abrigo. No lo lavé. Lo admito, lo olí como un enfermo.

Cuando el reloj marcó la hora de salida, Tom cerró su computadora y se estiró en la silla con una sonrisa que no se le borraba desde hacía días. Salió de la oficina silbando bajito, se despidió de los pocos que quedaban por ahí y bajó directo al estacionamiento. Ya en el auto, agarró el teléfono y le escribió de nuevo a Bill. 

—¿Ya comieron, o estoy a tiempo de salvarte de una intoxicación por la comida de Andy?

La respuesta no tardó ni dos minutos.

—¡Ja! Estúpido, no hemos comido. Justo me iba a levantar a cocinar algo.

—No hagas nada. Quédate ahí, bonito. En una hora o menos estoy en tu depa. Llevo tu comida favorita.

—¿Y de Andy qué? ¿Lo dejas morir de hambre?

—A los cuñados se los compra con comida… Aunque a Andy ya me lo tengo más que ganado.

Con una risita satisfecha, Tom puso el celular a un lado y arrancó. Se fue directo al restaurante favorito de Bill, pidió para los tres y antes de irse, hizo una parada por el café de Bill.

Cuando llegó al edificio, aparcó y subió con las bolsas en la mano, oliendo a comida rica y café recién hecho. Tocó el timbre y segundos después, la puerta se abrió y ahí estaba Bill, despeinado, en camiseta holgada y con cara de recién despierto, pero tan guapo como siempre.

— ¿Sabías que deberías tener cuidado con la forma en la que me miras? — soltó Tom con una sonrisa ladeada — Te ves tan bien así que me dan ganas de quedarme para siempre.

Bill bajó la mirada, disimulando la sonrisa y el sonrojo que ya se le subía a las mejillas.

— Cállate — murmuró, y lo abrazó rápido, medio escondiendo la cara en su cuello. Tom se dejó abrazar, cerrando los ojos un segundo. Ese tipo de cosas eran su droga, y no pensaba dejarla de nuevo.

— Como te dije, traje comida. Y café… Para ti — dijo mientras alzaba un poco la bolsa con el vaso aún tibio.

— ¿De verdad? Pensé que solo bromeabas… — dijo Bill, separándose solo para mirar con carita emocionada — Ay, te adoro — soltó sin pensar.

Tom alzó una ceja, divertido.

— ¿Me adoras por el café o por mí?

— No sé. Tal vez por ambas cosas — respondió el pelinegro, sonriendo más.

— Perfecto. Así tengo doble ventaja — ambos rieron bajito y Tom entró al departamento. Desde el fondo se escuchó la voz de Andy.

— ¡Si no trajiste postre, te vas!

— Traje comida. Así que me gano puntos igual — gritó Tom.

— ¡Te los ganaste desde que no dejaste que Bill cocine! — respondió Andy, asomando la cabeza desde el pasillo, ya con su mantita lista para el sofá.

Bill se fue un momento diciendo algo sobre que faltaban las cucharas mientras se perdía por el pasillo rumbo a la cocina. Tom aprovechó y le dio un leve puñetazo amistoso a Andy, que ya estaba acomodado en el sofá como si se tratara de una tarde de domingo.

— ¿Y ahora qué? ¿En serio no trajiste postre? — preguntó Andy con media sonrisa.

— No, pero si te portas bien, te lo traigo la próxima — respondió Tom, tirando la cabeza hacia atrás con esa confianza suya que parecía haber renacido desde que Bill volvió a su vida.

— Te estás esforzando mucho — dijo Andy sin mirarlo directamente.

Tom lo miró, medio ladeando la cabeza.

— ¿Eso es bueno o malo?

— Eso es… justo lo que Bill necesitaba.

Tom sonrió. No dijo nada, solo asintió, como si ese “justo lo que Bill necesitaba” fuera más que suficiente para entender que estaba en el camino correcto.

En eso, la voz suave de Bill regresó desde la cocina.

— ¡Ya voy! ¡No empiecen sin mí!

Tom y Andy se rieron entre dientes justo cuando Bill volvió, llevando las cucharas en una mano.

— Aquí tienen — dijo, repartiendo las cucharas y la comida mientras se sentaba al lado de Tom.

Él le sonrió como un idiota. Sí. Así, con todas las letras. Como un completo idiota enamorado. Bill se acomodó junto a él, rozándole el brazo sin querer y sin preocuparse por apartarse. 

Estaban los tres ahí, riendo bajito por cualquier tontería, comiendo como si no hubiera un mañana, Tom sintió que todo encajaba, que todo estaba bien. O casi todo.

Porque mientras Bill reía por un chiste tonto de Andy, él no podía evitar que un pensamiento le hiciera una sombra leve entre tanta luz: Peyton.

No le había dicho nada a Bill. Ni de que la vio en el evento, ni de que hoy se apareció en la oficina como si nada. Había decidido no arruinarle aquel día tan importante, y luego… bueno, simplemente no encontró el momento.

Pero no quería ocultárselo. No quería que se convirtiera en una de esas cosas que se guardan tanto que terminan pareciendo mentiras. Bill merecía saberlo, y él no pensaba volver a equivocarse con secretos que pudieran volverse armas.

Lo miró de reojo. Bill se estaba limpiando con una servilleta, tan metido en la charla con Andy que ni notó la mirada larga que le dedicaba Tom. Sonreía. Estaba tranquilo y Tom lo quería así. Tranquilo y feliz.

Suspiró bajito y volvió a comer, con la sonrisa aún bailando en los labios.

— ¿Qué? — le dijo Bill al notarlo mirándolo otra vez — ¿Tengo algo en la cara?

— No — respondió Tom — Solo tienes… Los ojos más hermosos que he visto.

Habían pasado ya un par de horas. Las risas con Andy habían cesado, la comida se había terminado, los vasos de café estaban vacíos y ahora Andy se había ido a su habitación, excusándose con un bostezo y una mano al aire.

— Estoy viejo, ustedes sigan siendo jóvenes y románticos — dijo antes de cerrar la puerta con un golpecito suave.

Tom se quedó sentado en el sofá, jugueteando con la etiqueta de una botella de agua que ya no pensaba abrir. Bill recogía las sobras con calma, pero al ver que Tom no se movía, se detuvo a mitad de camino y lo miró.

— ¿Pasa algo? — preguntó, con esa voz suave que siempre usaba cuando sabía que algo no andaba bien.

Tom alzó la mirada, con los ojos cargados de algo más que cansancio.

— Sí… bueno, no “algo malo” como tal, pero — se frotó la nuca, incómodo — quería decirte algo.

Bill se acercó y se volvió a sentar a su lado, esta vez con las piernas cruzadas sobre el sofá, totalmente enfocado en él.

— Dime.

Tom soltó un suspiro largo. De esos que uno guarda en el pecho y no se da cuenta hasta que necesita dejarlos ir.

— Te acuerdas del evento… El lunes pasado.

— Claro.

— Bueno… Ese día vi a… Peyton.

Bill no dijo nada de inmediato. Lo miró con atención, pero sin alarma. Solo esperó a que continuara.

— No te lo dije porque… no quería arruinarte ese momento. Era tu gran día, todo estaba saliendo perfecto, y yo… yo solo pensé que si te lo decía, lo ibas a pasar mal. Y no quería eso, pero ahora siento que debí contártelo antes. No sé. No quiero ocultarte cosas, no quiero que pienses que estoy… escondiéndote algo. Porque no lo estoy, y me siento mal por no habértelo dicho antes.

El silencio se instaló por un momento entre ellos.

Bill bajó la mirada hacia sus propias manos, que descansaban sobre sus piernas. Luego la alzó de nuevo, con los ojos tranquilos, no enojado, solo… Bill.

— Gracias por decírmelo ahora — dijo con sinceridad — Y no, no estoy enojado. Entiendo por qué no lo hiciste. De verdad lo entiendo.

Tom lo miró, aliviado pero aún algo culpable.

— ¿De verdad?

— Sí. No voy a mentirte: me enoja que ella haya estado tan cerca de ti sin que yo lo supiera, pero… también sé que no fue tu culpa. Lo que más importa es que me lo digas. Que no huyas de esto y no lo estás haciendo.

Tom apretó los labios, bajando la cabeza un segundo.

— No quiero que haya secretos entre nosotros, Bill. No más.

— Ni yo. Pero no te castigues por proteger un momento bonito. Fuiste cuidadoso, no mentiste. Eso… también cuenta — hubo un silencio suave. Tom sintió algo moverse dentro de su pecho. Un alivio…

— De todos modos — agregó — no pienso dejar que se acerque otra vez. Ya no. Esta vez sé exactamente cómo defenderme de sus mierdas.

Bill le tomó la mano con calma.

— Y esta vez no estás solo.

Tom lo miró. En sus ojos reclamos, solo compresión. Siempre juntos.

&

— No, no… no puede ser — murmuraba entre dientes, caminando de un lado a otro por su habitación, apretándose los brazos como si eso pudiera detener el temblor en sus manos — Él no puede… no puede haberse olvidado de mí así como así. 

Su voz temblaba, pero no de tristeza. Era frustración pura.

— Ese maldito… ese imbécil de Bill. Siempre ahí, como una maldita sombra, siempre estorbando, robándome lo que es mío. ¡MÍO!

Peyton se detuvo frente al espejo. Su reflejo la observaba con los ojos desorbitados, las ojeras marcadas y el cabello algo desordenado. Ni siquiera parecía ella, y lo sabía, pero ya no le importaba.

— Él me va a mirar otra vez. Él va a recordar lo que teníamos. Yo era lo mejor que le había pasado y lo sigo siendo… Solo está confundido —susurró, acariciando con los dedos el marco del espejo como si estuviera tocando la cara de Tom — Bill no se lo merece. No es nadie, no lo va a tener. No va a ganarme.

La ansiedad le apretaba el pecho. Sus pensamientos iban a mil. Se sintió mareada. Casi podía oír el zumbido en su oído izquierdo y fue entonces cuando lo decidió.

Fue hacia el cajón. El tercero, lo abrió de un tirón. Allí estaban las pastillas. Sus dedos ya las rozaban cuando sus piernas flaquearon un segundo. Se sostuvo de la mesa, ya estaba por sacarlas pero el sonido de la puerta la alertó…

— Peyton — la voz de su madre la congeló. Susan acababa de entrar sin tocar. Llevaba los brazos cruzados y una mirada neutra — ¿Qué haces?

Ella pestañeó un par de veces. Luego, sin perder más tiempo, cerró el cajón de golpe y se giró con la sonrisa más dulce que pudo fingir.

— Nada, solo estaba… buscando un esmalte. ¿Necesitabas algo, mamá?

Susan la observó unos segundos. Esa clase de segundos eternos donde el silencio te arranca más que mil palabras.

— Baja. Tu padre quiere hablar contigo. Algo sobre tus terapias. Dice que no has confirmado tu próxima sesión.

— ¡Ah! Sí, se me pasó… iré enseguida.

— Que no se te pase más, Peyton — Susan dio media vuelta sin más y se fue cerrando la puerta tras de sí.

La sonrisa de Peyton se borró en cuanto se fue. Se apoyó contra el borde de la cama, respirando con dificultad. La mandíbula le temblaba, las uñas se le clavaban en los muslos. Cuando se logro calmar, fue a su despacho.

— Siéntate — dijo Leandro sin siquiera mirarla, revisando algunos papeles en su escritorio.

Peyton obedeció. Cerró la puerta detrás de ella, conteniendo el temblor de sus dedos y sentándose con la espalda erguida.

— Me dijo tu madre que no confirmaste tu próxima sesión. Ya sabes que tus terapias son obligatorias, no tienes opción.

— Lo sé — dijo Peyton con voz tranquila — Ya lo solucioné. Comienzan en unos días.

Leandro alzó la mirada, como queriendo asegurarse de que no estaba mintiendo. Luego asintió, aunque sin fiarse del todo.

— Bien… pero antes de que te vayas… tenemos que hablar de Tom.

El nombre lo sintió como un balde de agua helada sobre el cuerpo. Apretó las manos en su regazo y no dijo nada.

— No quiero vueltas, Peyton. Solo quiero ser claro contigo — continuó su padre, firme pero sin levantar la voz — Lo que le hiciste fue inaceptable y yo estuve ahí, vi parte de eso. ¿Crees que se me ha olvidado?

Ella tragó saliva, bajando la mirada un segundo. Sus uñas se clavaban en la piel de su palma.

— Tom está bien ahora. Está feliz con Bill y, no pienso permitir que interfieras. Ya hiciste suficiente daño.

— ¡Pero lo amo! — soltó ella, gritando. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no eran las lágrimas de quien se arrepiente. Eran las de quien no acepta perder.

Leandro frunció el ceño.

— Eso no es amor, Peyton. Lo que hiciste con Tom no fue amor. Fue control, fue egoísmo, fue destrucción. El amor no se mendiga, no se fuerza y no se manipula.

— ¡Ustedes no entienden! ¡Él y yo teníamos algo real! ¡Bill fue…!

— Basta — Leandro se puso de pie. Su voz ahora era grave y dura — Fuiste tú quien arruinó todo. Él te defendió, impidió que vayas a la cárcel y tú le devolviste eso con el aborto del bebé, con la droga. Y ahora vienes a hablarme de amor…

Peyton respiraba agitada. Una vena le palpitaba en el cuello, pero no respondió. No tenía cómo, no había excusas que no se le quebraran a mitad de la lengua.

Leandro se volvió a sentar, frotándose el rostro.

— Tienes que dejarlo ir, Peyton. Por tu bien… y por el suyo.

Ella cerró los ojos un segundo. Fingió calmarse, fingió asentir con un gesto suave, aunque por dentro todo gritaba.

— Está bien, papá. Lo haré.

— Más te vale que así sea — murmuró él, volviendo a centrarse en los papeles. Ella se levantó en silencio y salió de la oficina. Cruzó el pasillo sin mirar a nadie. Entró a su habitación como si todo estuviera bien. Cerró la puerta lentamente.

Y entonces sonrió.

Porque claro que no iba a dejarlo ir.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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