
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 43: Past mistakes afloat
Narrador omnisciente
La mañana comenzó con nerviosismo y emoción en el departamento de Bill. Él estaba frente al espejo, acomodando su cabello, intentaba convencerse a sí mismo de que todo saldría bien. Andy por su parte estaba terminando de colocarse una corbata mientras lo observaba desde el otro extremo de la habitación.
— ¿Ves? — dijo Andy con una sonrisa leve — Al final me hiciste caso.
Bill levantó una ceja, sin dejar de acomodarse el cabello.
— ¿En qué exactamente?
— En lo que te dije — respondió Andy mientras se acercaba a recoger su reloj del tocador — Que tal vez no podías vivir esperando que Tom fuera alguien distinto sin al menos darle la oportunidad de demostrarte que sí cambió.
Bill bajó la mirada. Sus dedos jugueteaban con los botones de la camisa.
— Lo recuerdo… — murmuró — Y no, no minimizo lo que hizo… No se me olvida, pero también sé que si me aferro a esas heridas, no voy a poder seguir adelante, y por más que traté… Nunca dejé de amarlo.
Andy sonrió con un dejo de orgullo.
— Al menos le estás dando una oportunidad. No para que vuelva a ser tu novio — aclaró, alzando las manos con una risa leve — Sino para que se gane tu confianza. Si lo logra, ya se verá después.
— No sé si tenga razón, Andy — respondió Bill, respirando hondo mientras agarraba su saco y lo vestía finalmente — Solo espero no arrepentirme.
— A veces… Uno también tiene que arriesgarse para tener algo que valga la pena.
Unos minutos más tarde, ambos salían del departamento. El cielo estaba despejado y el sol brillaba con fuerza.
El edificio de la empresa estaba decorado con pancartas elegantes, tonos sobrios, centros de mesa y luces colocadas para iluminar el logo rediseñado que pronto sería presentado. Empleados y asistentes del evento iban y venían, ultimando detalles.
Una gran pantalla estaba colocada en el escenario principal, frente a un grupo de asientos reservados para ejecutivos, socios e invitados importantes. El ambiente estaba cargado de expectativa.
Bill se detuvo un segundo frente a la entrada principal. Observó todo con los labios entreabiertos.
Andy, a su lado, le dio un leve codazo.
— ¿Listo para mostrarle al mundo lo que hicimos?
Bill inspiró profundo y asintió algo nervioso.
— Eso creó…
Apenas dieron unos pasos, Marcos los recibió con una sonrisa.
— ¡Bienvenidos! — exclamó, contentó — Nuestros invitados de honor… O más bien, los responsables de que hoy estemos aquí celebrando este rediseño. Pasen, siéntanse como en casa. Esto es gracias a ustedes.
Andy agradeció con una leve reverencia, mientras que Bill solo sonrió, aunque por dentro el corazón le latía con fuerza. Ambos caminaron unos pasos más y se detuvieron a contemplar todo lo que los rodeaba. Pantallas, banners, y proyecciones mostrando fragmentos del nuevo concepto visual de la empresa. Era extraño ver su trabajo tan expuesto. Era más que un diseño: era algo que habían parido desde cero, con miles de horas frente a la computadora.
En ese momento, Leandro se acercó con su andar seguro, seguido de Susan, ella más calmada con una sonrisa calida. Él estiró la mano, primero a Andy, luego a Bill.
— Quería felicitarles personalmente —dijo — Los diseños están increíbles. Modernos, frescos, y sobre todo, transmiten exactamente lo que queríamos. Muy bien hecho.
— Gracias — respondió Andy con firmeza.
— Nos alegra que le hayan gustado — añadió Bill con una pequeña sonrisa.
— Ah, y casi lo olvido — agregó Leandro — Les presento a mi esposa, Susan.
Susan, elegante pero con una dulzura evidente en su expresión, les ofreció una sonrisa amable y un apretón de manos.
— Un placer conocerlos. He escuchado mucho sobre este proyecto.
— Todo bueno, espero — bromeó Andy, sacándole una risa a la mujer.
— Claro que sí — contestó Susan. Hablaron por un buen tiempo y luego se alejaron hacia el área reservada para los socios y sus familias para recibirlos.
Ya más tranquilos, Andy y Bill se quedaron observando el lugar en silencio. Bill perdido en su mundo, como si realmente estuviera viendo los banners pero su mente trabajaba en otros pensamientos. Uno con nombre y apellido.
Fue entonces cuando Andy giró la cabeza hacia la entrada, entrecerrando los ojos.
— Mira, Bill… ahí viene tu príncipe azul —dijo en voz baja, con su tono sarcástico de siempre.
Bill salió de su trance, rodó los ojos y bajó la mirada rápidamente, reprimiendo una sonrisa tímida. Un leve sonrojo le coloreó las mejillas.
— Cállate, Andreas… O te pellizco.
— ¡Ey! ¡No te pongas violento! — respondió Andy con diversión.
Tom caminaba con paso seguro, vestido con un traje negro perfectamente ajustado a su figura. Las trenzas estaban perfectamente acomodadas, y su presencia simplemente se imponía. No por arrogancia, sino por esa mezcla extraña de seguridad y ternura que lo rodeaba cuando miraba a Bill.
Al llegar frente a ellos, Tom saludó a Andy con un apretón de manos y ese medio abrazo con un leve golpe en la espalda.
— Me alegra verte, Andreas — dijo Tom.
— Igualmente. Te ves… sorprendentemente presentable — bromeó Andy, haciéndolo reír.
Y entonces, Tom se volvió hacia Bill, sonriéndole con dulzura.
— Prometí que estaría aquí, ¿Recuerdas? — le dijo mientras lo rodeaba con los brazos y lo abrazaba — No pienso despegarme de ti ni un segundo.
Bill lo recibió con sorpresa, pero sin dudar. Le devolvió el abrazo, sintiendo esa mezcla de nervios y calidez que solo Tom podía provocarle. Era inevitable. Y Tom… bueno, Tom se veía más guapo que nunca.
Andy observó de reojo la manera en la que Bill lo miraba. Esa mezcla de incomodidad y mariposas en el estómago era demasiado evidente. Soltó un suspiro resignado y palmeó el hombro de Bill antes de dar un paso hacia atrás.
— Bueno… los dejo solos un rato. No hagan nada indebido — murmuró con una sonrisa torcida antes de girarse y alejarse con paso relajado, dejándolos a ambos parados frente al bullicio del evento, pero en su propio mundo.
Tom se pasó una mano por la nuca y miró a Bill con una expresión suave, de esas que no buscaban provocar nada, solo… estar.
— Te ves increíble, por cierto — le dijo sin rodeos — Aunque bueno… tú siempre te ves increíble.
Bill rodó los ojos con una sonrisa ladeada, pero no pudo ocultar cómo sus mejillas se teñían de un leve tono rosado.
— Tú también te ves bien — admitió, bajando la mirada brevemente. Tom sonrió, y por un segundo pareció olvidar todo lo que pasaba a su alrededor, las personas, la bulla, la música, todo se iba cuando estaban los dos únicamente.
— Oye, cuando todo esto termine… quería invitarte a cenar, pero no a cualquier lugar — agregó rápidamente antes de que Bill pudiera imaginar un restaurante caro o un plan formal — Quiero que vengas a casa, a la de mi mamá. Estarán ella y Nataly. Quieren verte.
Bill parpadeó.
— ¿En serio?
— Sí —afirmó Tom con decisión. Esa misma mañana antes de llegar a la empresa les había comentado a Simone y Nataly que intentaría traer a cenar a Bill a la casa. Ellas, felices aceptaron incluso diciendo que si no lo traía no lo dejarían entrar a la casa. Simone prometió hacer algo especial de cenar esperanzada con la idea — Las dos han preguntado mucho por ti, y sé que tú también… Bueno, que las extrañas. ¿O me equivoco?
Bill se quedó en silencio unos segundos, bajando la mirada, luego asintió lentamente.
— Sí… Sí las extraño. Mucho.
Tom no pudo evitar sonreír, visiblemente emocionado.
— Entonces será perfecto. Quiero que pasemos un momento bonito los cinco. Que hablemos, riamos… como antes. No sé, lo necesito y creo que tú también.
Bill levantó la vista y lo miró a los ojos algo desconcertado ¿Los cinco? Si solo eran Simone, Nataly, Tom y él… ¿Quien era ese otro individuo? Sin embargo, prefirió no preguntar.
— Está bien — dijo finalmente, con una sonrisa suave — Iré.
Tom asintió, ese simple “iré” fuera una semilla que acababa de encontrar tierra fértil para crecer.
— Gracias — susurró.
— Gracias a ti… por invitarme.
Se quedaron ahí unos segundos más, solo hablando de cosas pequeñas: de cómo Bill había dormido mal por los nervios, de cómo Tom había tenido que lidiar con que Nataly le ayudara a elegir la corbata.
Luego de unos minutos, el murmullo de la gente bajó lentamente cuando las luces del salón se atenuaron un poco y un foco iluminó la tarima. Bill se giró hacia Tom justo antes de subir con los ojos grandes y un poco temblorosos.
— Estoy nervioso — confesó en un susurro apenas audible.
Tom se inclinó hacia él, rozando su hombro con el suyo.
— Tú puedes, ángel — le dijo con voz firme y cálida — No te pongas nervioso, solo sé tú. Lo harás increíble — y sonrió con ese gesto suave que a Bill siempre lo tranquilizaba.
El pelinegro asintió con una pequeña sonrisa y fue hacia el escenario, donde Andy ya lo esperaba. Tom se quedó viéndolo alejarse, con el corazón latiéndole de una forma que no podía controlar. Un mesero pasó cerca y él, sin apartar los ojos de Bill, tomó una copa de vino tinto de la bandeja.
— A romperla — murmuró para sí mismo.
En el escenario, Andy le dio una palmada en la espalda a Bill antes de dar un paso adelante. Su voz resonó por los parlantes del salón.
— Buenos días a todos, gracias por acompañarnos en este evento que significa muchísimo para nosotros y para la empresa — dijo con confianza, luego se giró hacia Bill. Él tragó saliva y se acercó al micrófono. Tom lo miraba desde su lugar, sin pestañear.
— Hola… — empezó Bill, con una sonrisa nerviosa — Primero que nada, gracias por estar aquí. Este proyecto fue un reto enorme, no solo profesionalmente, sino también personalmente, pero valió la pena. Pusimos el alma en cada línea, en cada imagen, en cada concepto.
Andy asintió a su lado, orgulloso.
— Quisimos reflejar la esencia de la empresa con un lenguaje moderno, cercano, pero fiel a sus valores — continuó Bill — Y este rediseño no solo es un cambio visual… es una evolución.
Los aplausos comenzaron a sonar y Bill respiró con más calma. Andy lo miró y luego cedió el espacio a Leandro, quien subió con una sonrisa complacida. Él los felicitó por su trabajo, habló de la importancia de la transformación y cómo el futuro de la marca estaba seguro en manos tan creativas.
Detrás de ellos, se desplegó un enorme banner con el nuevo logo, el nuevo eslogan y una serie de videos proyectados en la gran pantalla mostrando todo el proceso creativo y sus aplicaciones: redes sociales, productos, identidad visual, campañas.
Tom no apartó la mirada ni un segundo. Mientras todos aplaudían y algunos grababan con sus celulares, él seguía ahí, con la copa en mano a medio terminar, con los ojos puestos solo en Bill.
Y Bill… Bill también lo buscó entre la multitud y lo encontró.
Sus ojos se encontraron, y en medio de la sala decorada, los aplausos, los flashes y las felicitaciones, ese cruce de miradas fue como desconectarse de la realidad. Mientras los videos seguían proyectándose en la gran pantalla y la multitud de asistentes se agolpaba para ver de cerca los detalles del rediseño comentando entre sí, elogiando a los diseñadores, Bill se dejó envolver por las felicitaciones desconectando las miradas que compartia con Tom. Un grupo de ejecutivos se le acercó con sonrisas amplias, ofreciéndole la mano, diciéndole frases como “tienen un gran futuro”, “esto supera nuestras expectativas”, “una renovación total, moderna”.
Tom, desde el otro extremo del salón, suspiro y caminó por todo el lugar observando los diseños con más detalle.
Sus pensamientos se quebraron al escuchar una voz familiar. Una voz que, si pudiera, borraría de cada rincón de su memoria.
— Tanto tiempo, Tom…
El tono no era arrogante, era suave, pero para Tom, sonó como un eco desde el mismísimo infierno.
Giró la cabeza con lentitud, como si todavía guardara la esperanza de que fuera producto de su imaginación, una mala jugada de su subconsciente. Pero no.
Porque ahí estaba Peyton, vestida con un conjunto blanco crema que la hacía parecer más frágil de lo que era en realidad, el cabello suelto cayéndole en ondas suaves por los hombros. Llevaba un brillo en los labios y esa sonrisa… esa maldita sonrisa que no traía nada bueno.
Los ojos de Tom se entrecerraron. Se le formó una presión en el pecho, la misma que le llegaba cuando se acordaba de todo lo que ella le hizo pasar. Su cuerpo se tensó, pero no dijo nada. Solo la miró con una mezcla de incredulidad, rabia contenida y… temor. Sí, un miedo sutil, porque ella no debía estar ahí. No después de todo.
Peyton dio un paso más cerca, notando su silencio.
— ¿Sorprendido? Me dieron de alta hace unos días — sonrió, como si eso fuese una buena noticia — Pensé que vendrías a visitarme, pero bueno… supongo que has estado ocupado.
Tom frunció apenas el ceño. Sus dedos se tensaron, apretando los puños.
— ¿Qué haces aquí? — su voz no fue dura, fue baja.
Ella bajó la mirada un segundo y luego volvió a subirla con esa sonrisa que quería parecer inofensiva.
— Uhm… — se encogió de hombros suavemente — Pues mi padre es el dueño ¿No? — rió — No sabía que tú estarías aquí también, pero… me alegra verte, Tom. De verdad.
El de trenzas tragó saliva.
Verla ahí, en ese momento exacto en que todo comenzaba a tomar forma con Bill otra vez, era como una maldita ironía del universo. La mujer que fue parte del caos más oscuro en su vida, ahí, parada frente a él, con los labios curvados y los ojos brillando.
— No deberías estar aquí — le dijo al fin, en voz baja.
— ¿Por qué? — respondió ella con suavidad, ladeando un poco la cabeza — ¿Porque tú lo dices? O… ¿Porque te hace daño recordarlo?
El corazón de Tom dio un vuelco.
Ella lo conocía. Sabía exactamente qué decir para hurgar donde dolía, pero él ya no era el mismo.
Ya no.
Soltó una breve risa seca, sin humor y dio un paso atrás, manteniendo la mirada fija en ella.
— No me haces daño, Peyton. Solo me recuerdas por qué elegí alejarme.
Y ahí, por un breve segundo, en los ojos de ella apareció una chispa. No de maldad, mo de burla. Sino de algo más… ¿Tristeza?
— Te extrañé, Tom — dijo de pronto, como si las palabras se le escaparan sin querer — Solo… quería que lo supieras.
Él parpadeó, con la mandíbula tensa.
— Pues yo no.
Y antes de que pudiera decir algo más, desvió la mirada hacia el escenario donde Bill aún conversaba con los ejecutivos. En su pecho, otra vez, esa sensación de querer proteger lo que por fin estaba recuperando.
Peyton lo miró también, y en su rostro apareció algo nuevo: una leve sombra de derrota, pero solo por un segundo.
— Lo noto — susurró.
Y con eso, se giró y se fue. Tom se quedó unos segundos más en silencio, viendo cómo Peyton se alejaba entre la gente. La sonrisa que había mostrado hacía apenas un instante ahora era solo una máscara más, una de tantas que sabía usar, porque sí, ella sabía cómo adaptarse, cómo ganarse a la gente, cómo aparentar ser algo que no era. Una moneda de dos caras. El tipo de persona que podía lanzarte flores con una mano y puñales con la otra.
Y aunque se había prometido no volver a tener miedo de ella… lo tenía. No por él. Sino por Bill, porque sabía lo que Peyton era capaz de hacer, lo que había hecho ya y lo que aún podía arruinar.
Pero esta vez sería diferente.
Esta vez no iba a quedarse de brazos cruzados. Si ella intentaba arrastrar con él… no iba a dejarse. Iba a ser el hombre que debió ser desde el principio. No más dudas, no más excusas, no más silencios.
Con esa decisión ardiéndole en el pecho, Tom se enderezó y caminó entre los grupos, esquivando conversaciones, sonrisas y copas. Lo vio solo, de espaldas, con las manos en los bolsillos, observando de lejos los banners, por suerte ya no estaba rodeado de ejecutivos o demás.
Se acercó con una media sonrisa y voz suave.
— Estuvo increíble todo, Bill… De verdad. Lo que hiciste es brillante — su tono era bajo.
Bill se giró, le sonrió con sinceridad y asintió.
— Gracias… — dijo, aún costandole procesar el cumplido viniendo de Tom — Ha sido agotador pero… lo logramos.
Tom lo miró un segundo más, con esa expresión que se le escapaba cuando lo veía: amor.
— No puedo esperar a que pase el tiempo para ir a mi casa…
Bill alzó una ceja, ligeramente confundido, y Tom se dio cuenta de inmediato de cómo sonó eso. Su expresión se transformó en una risa nerviosa y levantó ambas manos, como rindiéndose ante su propio error.
— ¡Digo! A cenar… con mi mamá. Y Nataly. ¡No a mi casa-casa! O sea, sí, pero… tú entiendes. ¡La cena!
Bill soltó una carcajada suave, cubriéndose la boca con los dedos. Ese tipo de carcajada que era solo de él. Con las mejillas sonrojadas, entre divertida y cómplice.
— Entiendo, Tom… Tranquilo.
— Gracias por no golpearme — bromeó Tom, aliviado de verlo sonreír así.
Por un momento, los dos se quedaron ahí, parados uno frente al otro, mientras la conversación de desviaba a temas diversos, ero lo que no sabían, lo que no sentían, era la mirada que se clavaba en ellos desde el otro lado del salón.
Peyton.
Entre la gente, con una copa en la mano, viéndolos con una expresión neutra. O eso parecía a simple vista, porque en sus ojos, muy en el fondo, había un brillo diferente. Una chispa que no tenía nada de nostalgia ni ternura.
Una chispa peligrosa.
&
La noche ya había caído sobre la ciudad, y el evento llegaba a su fin. Las luces cálidas del salón ahora contrastaban con la oscuridad que se veía por los ventanales. Ejecutivos, familiares e invitados comenzaban a despedirse, intercambiando abrazos. Bill se reía con Andy, rodeado de gente que lo felicitaba, pero Tom ya no estaba a su lado.
Se había escabullido para ir al baño, necesitaba un respiro. El ambiente, la tensión, todo lo que sentía por dentro… era demasiado. Se lavó las manos con calma, intentando calmar el nudo que le oprimía el pecho. Respiró hondo frente al espejo, se pasó una mano por las trenzas, luego se giró para salir.
Pero al abrir la puerta, ahí estaba Peyton apoyada contra la pared. Tom rodó los ojos al instante y siguió caminando, claramente dispuesto a ignorarla por completo para ir con Bill, pero no llegó muy lejos. Ella lo tomó del brazo.
— Tom… — murmuró con una voz suave.
Él se zafó de su agarre con brusquedad, el gesto cargado de rabia contenida.
— No me toques — su mirada era fuego puro — Déjame en paz, Peyton. Te guardo un poco de respeto solo porque Leandro es tu padre… pero honestamente, no entiendo cómo alguien tan decente puede tener una hija tan hija de puta.
Peyton lo miró herida, pero no se apartó. Dio un paso hacia él.
— Yo te amo, Tom… de verdad te amo. No puedo dejar de pensar en ti. Nunca he podido.
— ¿Amarme? — rió sin una pizca de humor — No, lo tuyo no es amor, Peyton. Es obsesión, manipulación, locura. Lo que pasó entre nosotros fue un maldito error. El peor error de mi vida.
Ella se mordió el labio, con los ojos humedecidos.
— Por favor… perdóname.
Tom soltó una risa vacía.
— ¿Perdonarte? — la miró con desprecio — Eso jamás. Me arruinaste la vida, manipulaste todo a tu favor. ¿Y ahora vienes a pedirme perdón? ¿Después de años? ¿Después de todo lo que me hiciste? — dio un paso hacia ella, con los ojos entrecerrados — Eres una maldita bruja. Una que no debería ni estar cerca de mí.
Ella negó con la cabeza, temblando.
— No puedo vivir sin ti, Tom…
— Pues aprende — escupió las palabras con dureza — Porque no quiero que me vuelvas a buscar nunca más. Nunca más, ¿Me escuchaste?
Ella tragó saliva, visiblemente afectada, pero entonces Tom inclinó la cabeza apenas, con una sonrisa oscura.
— Y por cierto… — añadió con una voz baja y cruel — Bill… Bill es todo lo que tú jamás vas a ser. No eres ni la mitad de lo que él es. Nunca lo fuiste. Él es luz. Tú… tú solo eres veneno.
Peyton parpadeó. La expresión de su rostro cambió por una fracción de segundo. Como si algo se rompiera dentro de ella, o eso aparentaba, pero Tom no se detuvo.
— ¿Quieres saber lo que siento por ti? Asco, repulsión, me das náuseas. No vuelvas a acercarte a mí. No te atrevas.
Y sin mirarla más, Tom giró sobre sus talones y se marchó, dejándola ahí sola en el pasillo, temblando, rota… pero no vencida.
Porque Peyton era muchas cosas y una de ellas, lamentablemente, era persistente.
¿Qué pasará ahora? ¿Pueden los errores del pasado quedarse donde pertenecen?
¿Es posible empezar de nuevo cuando el corazón todavía late por la misma persona?
Quizá sí. Porque a veces, solo basta una mirada, una sonrisa sincera, un roce de manos…
Porque el amor, cuando es real, cuando es profundo, siempre encuentra el camino de regreso, y ellos ya se miraron a los ojos y descubrieron la verdad:
Solo eran ellos dos. Siempre lo habían sido…
Tom volvió al salón, con el pecho todavía agitado pero decidido. Caminó hasta donde Bill y Andy que charlaban relajados, y sin pensarlo demasiado, pasó un brazo por la cintura de Bill, atrayéndolo con naturalidad.
Andy alzó una ceja y sonrió burlonamente al ver la escena, pero no soltó comentario alguno. Solo se cruzó de brazos y negó con la cabeza con una media sonrisa.
— Bueno, yo me voy al departamento — dijo al final — Estoy muerto.
— Descansa — le dijo Bill — Yo… voy con Tom.
Andy solo alzó las cejas, medio divertido, medio cómplice y se despidió con un gesto antes de salir por la puerta principal.
Tom y Bill tomaron el auto del primero y condujeron bajo las luces anaranjadas de la ciudad. El ambiente en el coche era silencioso pero cómodo.
Al llegar, Bill miró la fachada y frunció ligeramente el ceño.
— ¿Le pusiste cercas? — preguntó sorprendido.
Tom asintió, estacionando.
— Sí. Por seguridad.
Tom sacó las llaves y abrió la puerta. Bill se quedó unos segundos parado en el umbral. El olor familiar, el color de las paredes, los pequeños detalles… Todo seguía igual. Todo seguía oliendo a hogar.
Tom lo notó, sonrió con ternura y le tomó la mano con suavidad.
— Vamos. No muerden.
Y con esa frase, gritó desde el recibidor:
— ¡Mamá! ¡Nataly! ¡Ya llegamos!
Desde la cocina se asomaron dos rostros. Simone fue la primera en reaccionar. Se quedó boquiabierta un segundo, y luego sus ojos se humedecieron al instante.
— ¡Bill!… — casi grito, como si temiera que fuera una ilusión.
Bill asintió tímidamente.
— Hola, Simone…
Y no pasó ni medio segundo cuando ella cruzó la distancia y lo abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho.
— Cariño… ¡Mi niño precioso! — soltó con emoción — ¡Ay, no sabes cuánto te extrañamos…! ¡Mírate! Estás igualito, pero más hermoso que nunca. ¡Ay, Bill!
Nataly apareció detrás de ella, también con ojos vidriosos, y cuando Simone lo soltó, fue su turno. Lo abrazó fuerte, apoyando la cabeza en su hombro. Bill se sorprendió al verla ya que la última vez que la vio era más pequeña, ahora le llegaba por el hombro.
— ¡Pensé que no volvería a verte más! — dijo con la voz quebrada — ¡Dios, te extrañé tanto!
Bill no supo qué decir. Solo apretó los labios y devolvió los abrazos, emocionado, dejando que sus ojos también se llenaran de lágrimas.
Tom, mientras tanto, los miraba desde el marco de la puerta con una sonrisa suave, como quien por fin ve que algo en su mundo vuelve a encajar. Como quien empieza a sentir que, ahora sí, todo va a estar bien… Porque ¿Todo estaría bien, no?
— Aunque sabíamos que vendrías — dijo Simone con la voz emocionada — No deja de ser una sorpresa verte después de tanto tiempo… Ay, Bill, de verdad nos alegra tenerte aquí.
Nataly asintió enseguida, con una sonrisa brillante.
— ¡Sí! Ya está todo listo por si se mueren de hambre — dijo, secándose una lágrima rebelde — Y esta vez no hice cualquier cosa, ¡Preparé lo que siempre hacíamos los cuatro en los días especiales!
—¿Lasaña? — preguntó Tom, levantando una ceja con una sonrisa traviesa.
— Si — respondió Nataly, cruzándose de brazos con orgullo — ¿Qué clase de bienvenida sería si no?
Justo en ese momento, se escuchó el golpeteo rápido de unas patitas bajando por las escaleras. Bill giró el rostro, confundido, y Tom simplemente sonrió como si ya lo esperara.
— Ahí viene… — murmuró, divertido.
En un segundo Scotty apareció corriendo a toda velocidad por el pasillo, frenando apenas al ver a Tom. Saltó sobre él alegre, agitándole la cola como loco.
— ¡Scotty! — exclamó Tom, agachándose para acariciarlo con cariño — Ahí estás, amigo…
Bill se quedó quieto y sorprendido, mirando la escena sin entender nada.
— ¿Tienes un perro? — preguntó al fin, entre curioso y encantado.
Tom alzó la vista, aún acariciando a Scotty
— Sí. Se llama Scotty — dijo con una sonrisa — Me ayudó mucho… cuando todo se volvió difícil.
Scotty, como si supiera que era el centro de atención, se acercó a Bill y le olfateó las botas, moviendo la cola. Bill se agachó lentamente y lo acarició con cuidado.
— Es lindo… — dijo en voz baja.
Tom lo observó en silencio, sin decir nada, solo disfrutando de la imagen de Bill en su casa.
— Bueno, bueno, dejen la melosería — interrumpió Simone, frotándose las manos con una sonrisa — ¡Pasen a la mesa, que ya está todo listo! Y no me vayan a hacer esperar, que esto se enfría.
Tom soltó una pequeña risa y le tendió la mano a Bill para que se levantara del suelo tras acariciar a Scotty. Bill la tomó sin dudar, dejándose guiar hasta el comedor. El ambiente olía delicioso.
La mesa estaba impecablemente servida, con platos humeantes de lasaña, pan de ajo doradito.
— No puedo creer que sigas haciendo la lasaña como antes — comentó Bill mientras se sentaba.
— Algunas cosas no cambian, cariño — dijo Simone mientras lo observaba, y por un segundo, su mirada se nubló de emoción, aunque pronto sonrió otra vez — Aunque otras… pueden mejorar.
Todos tomaron asiento.
Tom no dejaba de mirar a Bill de reojo, como si aún le costara creer que estaba ahí, riéndose con su mamá y con Nataly, contándoles cosas del rediseño y cómo casi se muere de nervios al hablar frente a tantos ejecutivos.
Bill, por su parte, dejaba que la calidez lo envolviera. Algo dentro de él finalmente podía respirar.
Y tal vez el mundo aún era un lugar incierto, y tal vez el corazón de Bill aún no estaba listo para entregarse por completo…
Pero esa noche, su lugar era ese.
Su lugar era con ellos.
Su lugar… era con Tom.
Continúa…
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