

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 42: A chance to be ourselves again
Estaba parado frente a su puerta, sintiendo cómo mi corazón golpeaba tan fuerte que era un milagro que no se saliera. Respiré hondo, cerré los ojos un segundo y antes de perder el valor, toqué el timbre.
Unos segundos… dos… tres.
Alcé mi mano derecha a punto de tocar con los nudillos, pero el clic de la cerradura me hizo bajar el brazo de golpe. Frente a mi, la persona que más amo.
Bill.
Y juro que, aunque eran las dos de la tarde, y estaba en pijama, despeinado y sin su típica sombra negra en los ojos… Nunca lo había visto más hermoso. Bueno siempre es irreal, pero sin maquillaje lo es aún más, aunque cuando lo tiene se ve radiante de igual forma.
Se me secó la boca.
— ¿Tom? — preguntó, sorprendido, mirándome con esos ojos grandes que parecían más brillantes aún sin maquillaje. Me forcé a reaccionar para no parecer tan idiota y le sonreí, nervioso.
— Hey… — dije, mi voz saliendo más aguda de lo normal. Tosí un poco para corregirme — Hola, Bill.
Él solo apoyó un hombro en el marco de la puerta, cruzándose de brazos. Se veía sexy… No, no, tengo que dejar esos pensamientos a segundo plano, joder.
— ¿Qué haces aquí otra vez? — su tono no era exactamente hostil, pero tampoco amigable. Aun así, no retrocedí. Recordé cada palabra que me había repetido frente al espejo retrovisor mientras venia de caminó.
«Tom, no te vas a rendir.»
Me aclaré la garganta.
— Sé que… Bueno, las cosas se pusieron algo tensas — empecé, jugando con el anillo en mi dedo por los nervios — Pero te dije que no iba a rendir. Y, bueno… aquí estoy — me miraba con esa cara que no lograba descifrar, pero no me detuvo. Así que seguí — Solo quería saber si… si hoy tenías planes. ¿Vas a salir o algo? — pregunté, casi conteniendo la respiración. Posiblemente él me mienta para librarse de mí. Y si es así, no va a quedar otra opción más que secuestrarlo unas horas.
Bill entrecerró los ojos, dudando un momento, luego negó con la cabeza.
— No, nada — ¡Sí, carajo, no tiene nada que hacer! Entonces ya no hay necesidad de secuestrarlo, o tal vez si, si me dice que no…
— Increíble — dije, sonriendo genuinamente, ahora los nervios ya se me habían pasado a segundo lugar. Solté un pequeño suspiro, mientras lo miraba a los ojos y movía mi piercing de forma inconsciente con mi labio — Entonces… — di un paso pequeño hacia él, sin invadir su espacio — ¿Me darías el honor de acompañarme? — pregunté, inclinándome un poco como si hiciera una reverencia — Prometo que te va a encantar el lugar.
Intenté sonar caballeroso, seguro. Y lo estaba logrando, no quería parecer inseguro de mis decisiones y actos frente a él, siempre al grano.
Bill parpadeó como si procesara la invitación. Yo solo me quedé ahí, mirándolo, rezando por qué me dijera un increíble «si».
— No tengo opcion ¿Verdad? — dijo él mientras miraba al suelo, solté un bufido mientras negaba con la cabeza y sonreía.
— No — susurré — De igual manera… Te hubiese llevado a la fuerza — volví a sonreí, él levantó la mirada y le guiñe un ojo.
— Estas loco…
— Por tí — solté de manera rápida — Bien, alístate y ponte lindo, aunque siempre estás lindo, pero más lindo de lo habitual ¿Vale? No tardes — ni yo mismo entendí lo que dije, porque parecía más un maldito trabalenguas que algo dicho con fluidez, me regañe mentalmente. Bill solo negó con la cabeza y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara al departamento. No lo dude dos veces y camine hacia el interior, fui directo al sillón dejándome caer como una pluma.
— Estaré listo en unos minutos — si, claro, unos minutos. Yo conocía demasiado bien a Bill y «unos minutos» significaba más de una hora, pero eso no importaba, acepto todo con tal de estar cerca de él.
— Bien… — ví como camino hacia su habitación y entro dando un portazo.
Solté todo el aire que había estado conteniendo. Saqué mi celular y empecé a mover el dedo por la pantalla sin ver realmente nada, solo para no pensar demasiado.
Media hora pasó lenta. Había revisado mis mensajes, redes sociales, hasta había jugado un nivel ridículo de algún jueguito tonto solo para no ponerme a caminar de un lado a otro, pero en cuanto escuché la puerta abrirse, mi cabeza se alzó de golpe.
Y entonces lo vi salir. Bill… era simplemente impresionante, sabía cómo llamar la atención aunque ni lo intentará.
Su maquillaje estaba perfecto, esos ojos delineados de negro que parecían dos joyas oscuras brillando bajo la luz. Llevaba una chaqueta ajustada, una camiseta sencilla pero que en él parecía sacada de una pasarela, unos jeans ajustados, y esas malditas botas que siempre parecían hechas para él. Cada detalle, cada movimiento, era tan naturalmente suyo.
Me levanté de inmediato, sin poder evitar mirarlo de arriba abajo y creo que él lo notó porqué alzó una ceja, divertido.
— Se te van a caer los ojos, Kaulitz.
Solté una risa nerviosa, pasando una mano por mi nuca.
— ¿Cómo no se me van a caer? Si tengo a un maldito ángel enfrente — él rodó los ojos, aunque vi que la comisura de sus labios se curvaba apenas, como si intentara esconder una sonrisa.
— Como sea… — bufó, dándose la vuelta hacia la puerta. Aproveché el momento para apurarme y abrirle la puerta del departamento, dejando que saliera primero como todo un caballero. Caminamos en silencio hasta el auto, el sol de la tarde bañándonos con su luz tibia. Corrí a abrirle la puerta del copiloto, inclinándome en una pequeña reverencia.
— Su carruaje, señor — Bill soltó una risa nasal, negando con la cabeza antes de meterse al auto. Me apresuré a dar la vuelta y subirme. En cuanto encendí el motor, el silencio entre nosotros no se sintió incómodo. Era un silencio cargado, sí, pero de algo diferente…
Mientras me incorporaba al tráfico, lancé una mirada rápida hacia Bill, el solo tecleaba algo en su celular sin prestar real atención hacia las calles.
Intentaba manejar tranquilo, o eso intentaba aparentar. Por dentro, mis nervios iban a mil de nuevo. Sentía las manos sudadas sobre el volante, el corazón algo acelerado, y ni siquiera Bill había dicho nada todavía.
— ¿A dónde vamos? — preguntó de pronto, con una ceja arqueada. Vi que guardo su celular y se giro para verme.
— A un lugar fresco — le respondí, sin despegar los ojos del camino — Para respirar un poco… desconectarnos.
Mi celular vibró sobre el soporte. Era un mensaje de Georg. Aproveché el semáforo en rojo para revisarlo.
-Todo listo. Gustav y yo terminamos de armar todo. Te mandé la ubicación exacta. Y sí… nos esforzamos, así que más te vale que funcione, idiota.
No pude evitar sonreír. Tecleé rápido con una sola mano:
-Les debo la vida. Díganle al campo que allá vamos.
Volví a concentrarme en el camino. El paisaje iba cambiando poco a poco. Las estructuras de la ciudad se fueron convirtiendo en árboles, colinas suaves y flores. Sentí a Bill moverse en su asiento.
— Tom… — dijo despacio — Esto ya no es la ciudad
Me encogí de hombros, sonriendo de lado.
— Nah, estamos cerca aún. Confía en mí.
Rodó los ojos, pero no preguntó más. Tomé la desviación que Georg me había mandado, un pequeño sendero de tierra escondido entre árboles altos. Manejé despacio, sintiendo cómo el aire se volvía más limpio, más fresco. Aparqué a un lado y bajé primero. Revisé el mapa que Gustav me había marcado y le abrí la puerta a Bill.
— Por aquí — le dije, extendiéndole la mano.
Caminamos juntos entre árboles hasta que, al rodear unas ramas, el lugar apareció. Y, joder… era aún más perfecto de lo que me imaginaba. Todo verde, colinas de fondo, flores en el borde, y en el centro, bajo un árbol enorme, una mesa larga con mantel blanco, luces colgando de las ramas como luciérnagas.
Bill se detuvo de golpe al igual que yo.
— Wow… — murmuró — Qué… qué lindo… — me quedé mudo. Aunque ya sabía que estaría así, verlo con mis propios ojos, montado y brillando con esa luz natural me dejó sin aire.
— Wow… sí… — me salió sin pensar. Luego carraspeé y me corregí rápido — Digo… sí, lo hice.
— ¿Tú lo hiciste?
Asentí, llevándome una mano a la nuca.
— Con estas manitas.
Me lanzó una mirada sospechosa, pero no dijo nada. Solo volvió a mirar el lugar con esos ojos grandes y brillantes.
Caminamos unos metros más con pasos lentos. Cada vez que miraba a Bill me daban ganas de pellizcarme. No por comprobar si era real… sino porque se veía tan malditamente bonito, tan él, que me dolía el pecho.
Nos acercamos a la mesa y él se detuvo un segundo, mirando todo como si estuviera entrando a otro mundo. Me giré hacia él con una sonrisa suave.
— Siéntate — le dije, señalando uno de los extremos.
No discutió. Solo se sentó, y suspiro por lo bajo. Hice lo mismo, me senté al frente de él mientras ponía mis manos en la mesa y entrelazaba los dedos.
— El paisaje es muy hermoso — agregó, barriendo el lugar con la mirada. La brisa le movía un poco el cabello y se veía… joder. Imposible.
— Sí… — dije, mirando hacia el mismo punto que él y después lo miré a él — Pero no tanto como tú.
Bill giró la cabeza lentamente, frunciendo apenas el ceño, como si intentara no sonreír. Así que, para evitar que me lanzara un comentario sarcástico, cambié de tema rápido.
— ¿Tienes hambre? — estaba por negar con la cabeza, ya iba a abrir la boca, lo vi venir… pero lo interrumpí sin piedad — Como sea, lo tomaré como un sí.
Bill soltó una carcajada, negando con la cabeza. Caminamos hacia la mesa y, para mi alivio, Gustav y Georg no habían fallado: todo estaba perfecto. Verduras frescas, condimentos, utensilios, una pequeña parrilla al costado ya lista, carbón, encendedor. Incluso había una hielera con bebidas y un par de mantas por si bajaba la temperatura más tarde. Esos dos realmente pensaron en todo.
Me froté las manos.
— Manos a la obra.
— No me digas que vas a cocinar… — dijo Bill, cruzándose de brazos, con media sonrisa.
— Pues sí — respondí, caminando hacia la parrilla — Aprendí.
— Que yo recuerde, tú ni sabías hervir agua — soltó con burla.
Me reí.
— Eso era antes. Ahora soy casi un chef. Hoy te voy a sorprender — Bill alzó ambas cejas, claramente entretenido con la idea. Mientras me acomodaba el delantal que Georg dejó colgado, uno con dibujos de tomates… muy gracioso, saqué el pescado que habían dejado en una caja para que se mantenga en buena temperatura, lo limpié con cuidado, como me enseñó mamá hace unos meses, y empecé a preparar todo.
— ¿En serio vas a hacer pescado a la parrilla? — preguntó Bill, mirando desde su asiento como si aún no lo creyera. Y quién me viera ahora, si antes era un desastre, ahora era tolerable…
— Con ensalada incluida — respondí, levantando una zanahoria.
Bill soltó una risa por lo bajo. Se acercó a la mesa a la vez que se cruzaba de brazos. Mientras lo veía ahí, entre las luces colgantes, las ramas de los árboles y la luz del atardecer que comenzaba a dorar todo…
Pasaron unos minutos y el pescado ya chispeaba sobre la parrilla. Me agaché un poco para ajustar el calor, pasé la espátula con cuidado para que no se pegara y lo giré con paciencia. Todo iba bien. La ensalada estaba lista, el pan en su sitio, y por una vez no estaba arruinando nada.
Sentí la mirada de Bill sobre mí. No de esas miradas superficiales, sino una más profunda… como si estuviera decidiendo algo en su cabeza.
— Tom… — dijo de pronto, con voz suave. Me enderecé un poco, pero no me giré aún. Sabía por el tono que venía algo serio — Por lo que pasó… perdón si dije algo que te lastimara.
Solté un suspiro, dejé la espátula sobre la mesa de al lado y me giré hacia él.
— Lo entiendo completamente, Bill — lo interrumpí antes de que pudiera seguir — De verdad. No te tienes que disculpar. Te dije cosas horribles, hice cosas aún peores… si me hubieras dicho todo lo que pensabas de mí, igual lo habría aceptado. Pero estoy aquí porque quiero demostrarte que cambié. No solo decirlo… hacerlo.
Bill bajó la mirada por un momento, jugando con sus manos sobre la mesa, como si buscara las palabras correctas. Luego alzó los ojos y me miró de frente.
— Ayer lo pensé… mucho — su voz salió algo rota, pero firme — Estoy herido por todo lo que pasó. Lo que hiciste… lo que me dijiste. Me dolió más de lo que puedo explicar — mi pecho se encogió. No por culpa, sino por lo que significaba que él aún estuviera ahí, sentado frente a mí, diciéndome todo eso — Pero el Tom que tengo en frente ahora… no es el mismo de antes — su mirada se suavizó un poco, como si por fin pudiera respirar — Y no sé qué va a pasar mañana, o si esto va a funcionar, pero… Quiero creerte.
Volví a la parrilla, intentando ocultar la maldita sonrisa que se me formaba sola. Revisé el pescado, ya casi estaba listo, y mientras lo hacía, le respondí sin mirarlo esta vez, porque si lo miraba iba a querer correr y abrazarlo como un idiota.
— No sabes lo que significa eso para mí, Bill. No tienes idea. Solo… déjame demostrarte que puedo ser el Tom que mereces. Nada más. Día a día.
Se hizo un silencio suave entre nosotros. No incómodo. De esos silencios que se sienten como un abrazo largo, donde no hace falta decir nada más.
El pescado terminó de cocerse justo entonces. Lo serví con cuidado en los platos, agregando la ensalada al lado.
— Listo — dije, dejándole uno frente a él — Pescado a la parrilla cortesía de Chef Tom. Pruébalo bajo tu propio riesgo.
Bill sonrió apenas, y tomó el tenedor.
— Si me muero, que sepas que moriré sorprendido — probó el primer bocado con cuidado. Me miró de reojo, como si estuviera evaluando cada gramo de sabor — Hmm… — murmuró, masticando lentamente — No está mal. Me sorprendes, Tom.
— ¿“No está mal”? — fruncí el ceño — Es el mejor pescado que vas a comer en toda tu vida. Agradece que no cobro por esto.
Se rió bajito, dejando el tenedor sobre el plato.
— Antes de que te creas demasiado, quiero dejar algo claro — dijo, volviéndose un poco más serio — Esto no significa que todo esté bien. No estamos juntos, no estoy listo para eso, pero sí… estoy dispuesto a ver si puedo volver a confiar en ti. Solo eso.
Asentí de inmediato, sin protestar, sin preguntar más.
— Lo entiendo. De verdad, Bill. Si en algún momento algo que haga no te gusta, si sientes que te estoy fallando otra vez… no tienes que decir nada más. Esta es tu decisión, tu tiempo. Yo solo quiero estar a la altura.
— Bien. Estás a prueba, Tom — dijo, casi como una sentencia — Una sola cosa que me haga dudar… y ya no habrá otra oportunidad.
Me mordí el labio y puse mi mano en el pecho, fingiendo drama.
— Lo juro, su señoría. No decepcionaré.
Él rodó los ojos, pero sonrió. Volvió a tomar el tenedor y siguió comiendo y yo hice lo mismo. Estaba por meter otro bocado cuando frunció ligeramente el ceño.
— ¿Sabes qué le faltó a esta ensalada?
— ¿Qué?
— Brócoli — lo miré horrorizado, deteniendo el tenedor a medio camino — Le hace un poco mas de verde a esta ensalada… — ¿Más verde? ¿Que acaso con la jodida lechuga no era suficiente? Ni de broma le pondría brócoli.
— ¡Qué asco, Bill! — arrugué la cara — Sabes que detesto el brócoli… ¿Cómo te atreves a sugerir… Eso?
— ¡Era broma! — se rió, alzando las manos en señal de inocencia — Solo quería ver tu cara.
— Pues casi me atraganto — tomé un poco de agua y fingí limpiar mi boca como si me hubiera contaminado — Solo de pensarlo me dieron náuseas. Brócoli… Bill, ¿Quieres arruinar este momento?
Él soltó una carcajada, y ese sonido… ese sonido era mejor que cualquier cosa que hubiera cocinado. Se le formaban arruguitas en la comisura de los ojos cuando se reía de verdad y era simplemente perfecto.
— Eres un exagerado — dijo, todavía sonriendo.
— Y tú un caos — respondí, señalándolo con el tenedor — Vienes a destruir el equilibrio de mis deliciosas ensaladas.
— Si eso te asusta, no quiero imaginar qué pasaría si te invito a una noche de sushi.
Me quedé pensativo un segundo y fingí alarma.
— ¿Tiene brócoli?
— No.
— Entonces acepto.
Cuando mire al horizonte el cielo se estaba tiñendo de tonos anaranjados y rosados, y el sol comenzaba a ocultarse lentamente detrás de los árboles. Me quedé en silencio por unos segundos, observando el horizonte con esa mezcla de asombro y paz que pocas veces se experimenta en la vida, esa sensación de paz que te reconforta el alma.
— Mira eso, Bill — le dije, señalando con el mentón hacia el oeste — El sol, escondiéndose despacio como si le diera vergüenza irse… Es bonito, ¿No? — Bill volteó a mirar y asintió, con ese brillo silencioso en los ojos que me mataba — Por cierto… Andreas me contó que van a trabajar en otra empresa por tres semanas ¿Es cierto? — dije, con la voz más calmada de la que esperaba.
Bill se tensó un poco, pero luego asintió otra vez.
— Sí… ya es casi un hecho. Solo estoy terminando de confirmar los detalles.
— Perfecto — dije casi sin pensar — Tres semanas. Es tiempo suficiente para pasar contigo, para mostrarte que no soy el mismo idiota de antes — hubo un silencio breve. La brisa movía su cabello con suavidad y por un instante solo lo miré. Se veía tan… Irreal — Pero… — dije sin poder evitar que me temblara un poco la voz — ¿Y después qué? ¿Después de esas tres semanas volverás a Hamburgo, cierto? — Bill bajó la mirada, sin responder. El silencio me dolió más que cualquier palabra — No importa — me apuré a decir — Iría detrás de ti si es necesario.
Él alzó la vista y me miró con esos ojos que siempre parecían ver más allá.
— ¿Y tu trabajo?
Me encogí de hombros, sonriendo con un poco de tristeza, pero convencido de cada palabra que salía de mi boca.
— ¿Te he dicho que dejaría todo por ti, Bill? — él solo me miró. No dijo nada, pero no necesitaba hacerlo. Su silencio decía más que mil respuestas — Por ti — continué —… Me reinvento. Me desarmo si hace falta. No te pido que me creas hoy, pero déjame intentarlo.
Bill se quedó unos segundos más sin hablar, y luego solo dijo:
— En estos días estás a prueba… veremos.
Y asentí, como quien acepta un reto que vale la vida entera. Cuando el sol ya se había ocultado del todo y el cielo comenzaba a teñirse de un azul más profundo, Bill y yo nos quedamos un rato en silencio, simplemente disfrutando la brisa y el sonido tranquilo del lugar. El pescado ya estaba terminado, los platos medio apilados a un lado. Me levanté de pronto, sin pensarlo demasiado.
— ¿A dónde vas? — preguntó Bill, alzando una ceja.
— Ya vuelvo.
— ¿Y si desapareces? ¿O si un secuestrador te lleva? Será mi culpa por dejarte ir solo.
Sonreí con ganas, sin mirarlo siquiera.
— Lo tomaré en cuenta, por si escucho ramas crujir detrás de mí.
El camino hasta el auto no era largo, pero tres minutos bastaron para sentir que me alejaba demasiado…
Llegué al maletero y lo abrí. Ahí estaba mi guitarra. Cubierta aún por su funda negra y con ese olor a madera que me encantaba. La tomé con cuidado, acariciando el estuche. Me quedé ahí parado unos segundos, con la guitarra en las manos, y cerré los ojos.
Era imposible no pensar en todo lo que habíamos vivido. Las canciones que escribimos. Las veces que Bill se acostaba sobre mi pecho mientras yo tocaba acordes sueltos sin sentido, solo para que él se relajara. O las veces que improvisaba una letra ridícula solo para hacerlo reír. La música era nuestro lenguaje secreto y tener esa guitarra ahí, hoy, ahora… se sentía como si algo volviera a nacer.
Suspiré hondo y regresé con ella entre los brazos, cruzando de nuevo el campo verde. Cuando llegué Bill me miraba con una mezcla de sorpresa, con los ojos puestos en la guitarra.
— ¿Acaso vas a hacerme una serenata privada? — dijo, con esa media sonrisa suya que siempre me enredaba. Me encogí de hombros mientras me sentaba a su lado.
— Hace mucho que no la toco — admití, y acaricié el mástil con suavidad — Pero tenerla en las manos otra vez… es irreal. Hoy… hoy es un momento especial — finalmente la saqué por completo del estuche y apoyé la guitarra sobre mi pierna y empecé a afinarla, girando las clavijas con movimientos suaves, afinando de oído como siempre me gustó hacerlo. El sonido de las cuerdas llenó el ambiente despacio, y Bill se acomodó mejor en su asiento, en silencio.
Toqué los primeros acordes sin pensar demasiado, dejando que mis dedos se movieran por la madera como si recordaran un idioma que mi mente había olvidado. La melodía salió suave, tímida al principio, pero cada nota tenía mi nombre escrito. Era como si mis emociones estuvieran buscando su propia voz, y esta noche con Bill frente a mí, con su mirada tranquila y ese aire entre los dos tan lleno de algo que no sabía nombrar, esa voz por fin encontró un canal.
— No perdí el toque — murmuré, sin alzar demasiado la vista, como si estuviera hablándole a las cuerdas y no a él — ¿Me ayudarías con la letra? — le pregunté, levantando por fin la mirada. Lo vi inclinar un poco la cabeza, curioso.
— ¿La letra?
Asentí.
— No sé… algo me dice que tú podrías completarlo mejor que nadie.
— Vale… — y sin decir más, entonó con su voz suave — …Zoom into me, zoom into me, I know you’re scared when you can’t breath… I will be there, Zoom into me.
La canción nos atrapó. El ambiente, la guitarra, su voz. Era como si de pronto el mundo se hubiera reducido a este campo, a estas notas, a la mirada fija entre nosotros. No sabía cuándo comenzamos a acercarnos. Solo pasó. Como si su voz fuera una cuerda invisible y yo, sin notarlo, me hubiera ido inclinando hacia él. Nuestros ojos estaban fijos, nuestros rostros más cerca de lo que debería ser normal. Y no era casualidad. No era accidente.
Me vi reflejado en sus pupilas, y el corazón me dio ese salto tan estúpido… pero tan real.
Bill no dejó de cantar.
— Zoom into me… Zoom into me… I know you’re scared… When you can’t breath… I will be there… Zoom into me…
Y entonces.
Pling.
La notificación del celular de Bill interrumpió el momento. Ambos parpadeamos al mismo tiempo, como si hubiéramos despertado de un sueño. Bill se echó un poco hacia atrás, bajó la mirada a su celular. Yo también me incorporé, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo. Maldita notificación que me arruinó el momento y placer de besarlo.
— Lo siento — murmuró él, revisando la pantalla sin demasiado interés, pero aprovechando la excusa para romper la tensión.
— No pasa nada — dije. Mi voz sonó más baja de lo que pensaba. Guardé silencio un segundo más, mis dedos aún sobre la guitarra, bajé la mirada y dejé que mis dedos siguieran recorriendo las cuerdas. Esta vez, sin pensarlo demasiado, empecé a tocar esa melodía.
Esa.
La que salió de mí corazón años atrás. La que salió de mí esa noche nerviosa donde reuní todo el coraje que tenía para pedirle a Bill que fuera mío. La canción sin nombre, hecha de emociones crudas y sinceras. La que sólo él conocía. Nosotros.
Las primeras notas flotaron en el aire. La brisa las empujaba suavemente en su dirección, como si el universo también recordara.
Cada nota era una parte de mi. De lo que era antes, de lo que soy cuando estoy con él. Levanté la vista y lo vi congelarse. Sus ojos se abrieron un poco, no por sorpresa… sino por memoria.
— Tom… — susurró — No has olvidado esa canción — negué despacio, con una sonrisa que se me escapó sin permiso.
— No podría. Esa canción no nació de un papel ni de una idea. Fue hecha de pedazos de mí. De lo que sentía por ti. De lo que aún siento…
Bill bajó la mirada y por un segundo pareció contener el aliento.
— Yo tampoco la olvidé… — confesó. Dejé que el final de la canción se deslizara en el silencio hasta extinguirse. Luego me levanté con suavidad y caminé hasta donde estaba el pequeño termo que había traído, casi olvidado al costado de las demás cosas. Serví un poco en los vasos que tenía guardados y me acerqué para ofrecerle uno.
— ¿Café? — dije con una media sonrisa. Bill lo tomó sin decir nada al principio, solo asintió con una mirada suave. Se llevó el borde del vaso a los labios y suspiró.
— Gracias — murmuró.
Fue entonces que mi celular vibró en el bolsillo. Lo saqué y vi el mensaje de Georg:
-Ya estamos por allá. En 10 min recogemos todo. ¿Siguieron vivos o Bill te tiró una copa en la cara?»
No pude evitar reírme.
Bill me miró con una ceja alzada.
— ¿Qué pasa?
— Nada, solo que… el equipo de logística ya viene en camino.
— ¿Equipo de qué?
— Georg y Gustav. Las sillas, la mesa, la parrilla… todo es alquilado. Bueno, semi-alquilado. Digamos que Georg hizo algún truco extraño con un primo suyo que trabaja en eventos y nos dejaron todo por unas horas. Ellos se encargan de devolverlo.
Bill abrió los ojos como platos.
— Dios… no puedo creer que Georg esté metido en esto.
— Y Gustav también. Créeme, hasta discutieron por el color de los manteles.
— Ahh, entonces si Georg y Gustav están metidos en esto… ¿Ellos montaron todo esto? — preguntó Bill, entrecerrando los ojos como si ya hubiera descubierto el crimen.
Tragué saliva y sonreí torcido.
— ¿Qué? ¿Ellos? ¡No, claro que no! — mentí con descaro, luego bajé un poco la voz, buscando sonar convincente — O sea… sí, les pedí ayuda para conseguir algunas cosas, pero el resto lo armé yo — dije, moviendo las manos vagamente hacia el mantel, las flores, las velitas… cada detalle que claramente no había hecho yo. Bill me miró, muy poco convencido. Estaba seguro de que si fruncía el ceño un poco más fuerte, podía leerme la mente. Así que antes de que dijera algo más, lo interrumpí — ¿Tienes frío?
Él dudó un poco, mirando a su alrededor. Ya el aire era más fresco, típico del anochecer.
— Un poco. Sí, algo — fui hacia la manta doblada que estaba cerca de la canasta y la sacudí. Me acerqué y se la coloqué suavemente sobre las piernas, acomodándola un poco más de lo necesario, solo para alargar el momento. Imposible no querer envolverlo entero.
— Si quieres — dije con la mejor cara de inocencia que me salió — Para que no tengas más frío… puedo abrazarte — le dediqué una sonrisa ladeada, esperando que me dejara. Él solo soltó una risa suave.
— Esa es una excusa bastante barata, Tom. Sé más creativo la próxima vez.
— ¿Barata? — hice una mueca, llevándome una mano al pecho — Estoy siendo vulnerable, Bill. Me rompes el corazón.
Rodó los ojos, pero no dijo nada más y en ese momento, vi dos siluetas acercarse a lo lejos. Los reconocí de inmediato: Gustav caminando como si tuviera prisa por terminar la tarea, y Georg, con una caja bajo el brazo y el celular en la otra mano, sin dejar de quejarse por algo.
— Ah, no… — murmuré.
Bill levantó la vista también.
— ¿Son…?
—Sí.
Gustav fue el primero en llegar. Me dio un golpecito en el hombro, como saludo.
— ¿Todo bien, romántico?
— Gracias por venir, de verdad. Ya casi nos íbamos — le dije, bajito. Bill se puso de pie, aún con la manta en las manos, y entonces lo vieron.
—Wow… ¡Tanto tiempo, Bill! — dijo Gustav, con una sonrisa sincera antes de abrazarlo fuerte. Bill se quedó quieto un momento, sorprendido, pero luego respondió el abrazo.
Georg no tardó en seguirlo.
— Te cambiaste de número y nunca llamaste. Pero te lo perdono, porque mírate… sigues igual que siempre.
— Y tú igual de molesto — le dijo Bill, sonriendo antes de abrazarlo también.
— Te extrañamos — agregó Gustav mientras sacaba algunas cosas del lugar — En serio.
— Yo también los extrañé — respondió Bill, más bajito.
Y mientras ellos recogían las cosas, Bill quiso ayudar, yo me hice el loco porque no quería hacer nada.
— Ey, yo puedo llevar algo — dijo, avanzando pero Georg lo detuvo con un gesto de manos.
— No, no, no. Invitado especial no carga. Tú relájate.
— Exacto — dijo Gustav, ya metiendo la parrilla desarmada al maletero del auto de Georg — Nosotros nos encargamos. Solo asegúrate de no dejar que este idiota — me señaló — Vuelva a cocinar sin supervisión.
— ¡Oye! — protesté.
Media hora después, todo estaba recogido. Gustav y Georg, como dos máquinas, habían dejado el lugar impecable. La parrilla limpia, la manta doblada, la mesa y las sillas ya acomodadas en el maletero del auto de Georg. Cuando terminaron, nos acercamos todos hacia el camino y como era de esperarse, nos despedimos.
— Gracias de verdad, chicos — les dije, dándole un apretón de hombros a Gustav y luego a Georg.
— Nos vemos pronto, Bill — le dijo Gustav, extendiéndole los brazos.
Bill lo abrazó con una sonrisa.
— Claro, fue lindo verlos otra vez.
Pero justo cuando íbamos hacia mi auto, Georg se me acercó por un lado y me agarró del brazo con disimulo.
— Eh, ven, Kaulitz, un segundo — me hizo caminar unos pasos lejos de ellos, mientras Gustav y Bill se quedaban hablando de… no sé, probablemente de música o del clima o de los dos años que se perdieron — ¿Y? — preguntó Georg, directo al grano, con una ceja levantada — ¿Hubo algún avance? — me pasé una mano por el cuello, mirando hacia Bill de reojo.
— Sí… — sonreí, sin poder evitarlo — Bill… Al parecer está dispuesto a intentar derribar esa barrera. Dijo que estaré a prueba, que depende de mí ganarme su confianza de nuevo.
Georg asintió despacio, sonriendo con ese aire de hermano mayor que siempre tiene cuando me ve hablando en serio.
— Eso es un avance enorme, Tom. No lo arruines con esa cabezota que tienes.
Reí, medio avergonzado, y asentí.
— Haré lo que sea por no arruinarlo.
Volvimos con los otros dos justo a tiempo para la despedida final.
— Algún día de estos tenemos que salir como en los viejos tiempos — dijo Gustav, dándole una última palmadita a Bill.
— No lo duden — respondió Bill, con una sonrisa — Siempre estaré libre para ustedes.
Nos despedimos, los vimos subirse al auto y alejarse entre los árboles y la brisa fresca de la noche. Yo abrí la puerta del copiloto para Bill, y luego rodeé el auto para subirme. Puse el cinturón, arranqué y tomé el camino de regreso a la ciudad.
Después de unos minutos de silencio cómodo, le recordé:
— Mañana tenemos que estar en la empresa temprano, ¿Lo recuerdas?
— Sí… — dijo, mirando por la ventana — Estoy nervioso.
— ¿Por qué? — lo miré un segundo antes de volver la vista a la carretera — Tú y Andreas trabajaron muy duro en ese rediseño. Estoy seguro de que lo hicieron increíble.
— Sí… eso espero — respondió, pero su tono era más de duda que de certeza. Le sonreí con suavidad, queriendo que me creyera más a mí que a sus inseguridades.
— Bill, escucha. Tienes una mente brillante y un talento que muchos envidiarían. Esa presentación va a ser un éxito porque tú pusiste el corazón ahí. Y si algo llega a salir mal, que no va a pasar, lo enfrentarás como todo lo que haces: con coraje, con creatividad, y con estilo… mucho estilo.
Vi de reojo cómo sus labios se curvaban apenas.
— Gracias… Necesitaba escuchar eso.
— Siempre que lo necesites — dije — Para eso estoy — encendí la radio sin pensar mucho, solo por llenar el silencio, pero en cuanto reconocí los primeros acordes, mis dedos se congelaron sobre el volante.
«Look at the stars, look how they shine for you…»
Sentí que el pecho se me apretaba.
— ¿La recuerdas? — pregunté, sin apartar la vista del camino, pero notando cómo Bill giraba un poco la cabeza hacia la radio — Siempre escuchábamos esta canción — Él no respondió de inmediato. Solo cerró los ojos por un segundo, como si ese fragmento lo hubiera llevado también a otro tiempo.
— Sí… — dijo finalmente. No sabía por qué, pero me sentí obligado a decirle la verdad, aunque fuera mínima.
— Nunca me cansé de escucharla en estos dos años sin ti.
Él tardó un poco en responder, pero cuando lo hizo, su voz fue suave.
— Yo tampoco… Siempre que la escuchaba, pensaba en ti.
Volteé apenas para mirarlo. Su rostro seguía sereno, pero había algo en sus ojos, una nostalgia escondida entre pestañas que me hizo sonreír.
No dije nada más. Dejé que la música nos envolviera.
Varios minutos pasaron, y ya estábamos adentrándonos en la ciudad otra vez. Las luces de los autos frente a nosotros formaban una fila interminable; había tráfico, claro, pero por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
— Mañana estaré contigo todo el tiempo, ¿Sabes? — le dije, rompiendo el silencio cuando el semáforo en rojo nos obligó a detenernos — En la empresa, en la presentación… No te vas a librar de mí.
Bill soltó una leve risa.
— ¿Eso es una amenaza?
— No — respondí, girando hacia él con una media sonrisa — Es una promesa —él negó con la cabeza como si quisiera disimular la sonrisa que se le escapaba, pero la vi igual y me bastó.
El camino hasta su departamento fue tranquilo. Aparqué frente al edificio y ambos bajamos del auto. Me aseguré de sacar a escondidas la peonia que había guardado en el compartimento secreto del auto, justo detrás de mi asiento. Había pasado por una florería cuando iba de camino al departamento de Bill, solo para conseguirla. La escondí detrás de mi espalda mientras lo alcanzaba.
Subimos los escalones uno a uno, en silencio, pero sin incomodidad. Al llegar frente a su puerta, Bill sacó sus llaves y se giró apenas hacia mí.
— Gracias por lo de hoy, Tom… En serio.
Negué despacio, con una sonrisa sincera.
— No, gracias a ti por darme una oportunidad… — dije, y entonces extendí la mano con la flor, con un poco de nerviosismo — Para que no te olvides de que estoy intentando hacer las cosas bien — Bill miró la flor por un segundo. Luego la tomó con delicadeza entre sus dedos y solo asintió, sin decir nada, pero sus ojos decían más de lo que cualquier palabra hubiera logrado — Buenas noches, ángel — le dije, dando un paso hacia atrás — Sueña conmigo.
Bill soltó una risa baja, negando con la cabeza.
— Egocéntrico — murmuró, divertido — Pero duerme bien tú también.
— Ojalá sueñe contigo — añadí, guiñándole un ojo.
— Idiota — susurró con una sonrisa más amplia, y entonces abrió la puerta. Antes de entrar, me miró una vez más. Solo una mirada, breve… pero suficiente para dejarme temblando por dentro — Adiós, Tom.
— Adiós, Bill.
Y me quedé ahí, mirando la puerta cerrarse lentamente mientras la peonia desaparecía en el interior del departamento… con él.
Continúa…
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