Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 41: Doubt what I feel? No

— Tom —murmuró Bill, mirándome de reojo mientras se llevaba un pedazo de su comida a la boca.

Yo estaba hipnotizado. No sé si era el brillo que le daban las luces del restaurante, o el hecho de que masticara lento como si estuviera en una maldita publicidad de comida, pero juro que podía verlo con toda la devoción del mundo. Y sí, probablemente estaba babeando  internamente. Un poquito. Tal vez mucho.

— Tienes… las pestañas más largas que he visto en mi vida — dije sin pensar, como si fuera lo más lógico del mundo en ese momento.

Bill rodó los ojos y masculló mi nombre como si estuviera al borde de lanzarme el tenedor.

— Tom… — qué bonito sonaba mi nombre en su boca. Aunque viniera acompañado de un tono tipo «¿Quieres que te tire esto a la cara?».

— Ya terminaste, ¿No? — le sonreí, ignorando su intento de parecer rudo. Él asintió, dejando los cubiertos sobre el plato. Llamé al mesero, pedí la cuenta, y pagué sin dudar, porque sí, cuando salgo con el amor de mi vida, no lo dejo pagar ni la servilleta — Bueno, mi príncipe, vámonos — me levanté con energía y le extendí la mano como si fuéramos a bailar un vals.

Bill me miró, miró mi mano… y simplemente se levantó sin tocarla, caminando hacia la salida como si no me conociera.

Me quedé con la mano en el aire, pestañeando.

— Ajá… se hace el difícil — murmuré, guardándome una sonrisita mientras iba tras él. Afuera, el aire estaba más fresco, ideal para lo que venía.

— Bueno, ahora sí, ¿Me vas a llevar a mi departamento o qué? — preguntó Bill, metiéndose las manos en los bolsillos, serio. Yo lo miré con una sonrisota y, en lugar de responder, lo tomé del brazo y empecé a caminar con él como si supiera perfectamente a dónde íbamos. Porque sí. Lo sabía — ¿Tom? ¿A dónde carajos vamos ahora? — soltó, girando la cabeza hacia mí, confundido.

— Ya lo verás — le guiñé un ojo mientras lo arrastraba conmigo. 

Caminamos unos cuantos minutos más. Bill no dejaba de mirar a todos lados, seguramente preguntándose hacia dónde lo llevaba ahora. Hasta que, finalmente, se detuvo en seco al ver las palmeras recortadas contra el cielo oscuro, la arena clara bajo los focos cálidos de las farolas y el agua tranquila reflejando las luces a lo lejos. Tal como lo había planeado. Bueno… medio planeado.

— ¿La playa? — dijo con una ceja arqueada, con ese tonito que mezcla sarcasmo y sorpresa — Qué original, Kaulitz — rodé los ojos mientras soltaba una risa nasal y me dejaba caer sobre una de las sillas vacías bajo las palmeras.

— La playa, ajá — repetí, estirando los brazos detrás de la cabeza — Pensaba en ir a nadar desnudos y así… ya sabes, por la adrenalina, por los viejos tiempos.

Lo dije medio en broma. O no. Tal vez un 60/40. Tal vez 70/30.

Bill soltó una carcajada mientras se sentaba en la silla al lado, cruzando las piernas como si estuviera demasiado cómodo con la situación y al mismo tiempo a punto de lanzarme algo.

— Eres un idiota. ¿Puedes dejar tus malditos chistes en doble sentido por cinco minutos?

— No son chistes, amor — me encogí de hombros, girándome un poco para poder mirarlo mejor — Solo estoy siendo honesto. Aunque igual te advierto que si nos metemos al agua y la marea se pone intensa, no te suelto.

Él solo suspiró, con esa media sonrisa que se le escapa cuando no quiere admitir que le divierte lo que digo.

Levanté la vista un momento y la Luna todavía seguía en todo su esplendor. Como una lámpara gigante y muda, observándonos desde lo alto.

— Mira la luna — le dije, señalando con la cabeza. Bill levantó el rostro y por un segundo, se quedó en silencio, como si realmente le hubiera impactado — Es bonita, ¿No? Pero no brilla tanto como tú — seguía mirándola, así que aproveché. Lo observé con calma. Ese perfil suyo que me partía el alma y me la armaba de nuevo con la misma facilidad — Juro que no hay nada allá arriba que pueda competir con cómo luces cuando te ríes. O cuando frunces el ceño porque hago alguna idiotez — me incliné un poco hacia él — Ni la luna, ni las estrellas, ni esta noche perfecta tienen la mitad del brillo que tú llevas adentro, Bill.

Él seguía sin mirarme, pero su respiración cambió, apenas. Como si no supiera qué decir, o no quisiera romper el momento.

— Y no es cursilería, te lo juro. Es solo que… ¿Cómo no decirlo? Si cada vez que te veo me siento en casa. En paz. Aunque a veces me quieras matar, igual.

Sonreí, sin querer arruinarlo con más palabras. Me bastaba con eso. Con el silencio, con él mirando la luna y yo mirándolo a él. Porque en mi cabeza, ese momento era perfecto y si me preguntaban qué era el amor… bueno, probablemente era esto.

Juro que jamás en mi vida había visto a alguien brillar tanto solo por existir. Me incliné un poco más en la silla, apenas unos centímetros, pero entonces me di cuenta de algo importante: él no se había alejado. Es más, parecía completamente absorto. Y en mi cabeza, eso solo significaba una cosa.

Me levanté ligeramente, acercándome más.

Y justo en ese instante, él giró la cabeza. Nuestros rostros quedaron tan cerca que hasta sentí su respiración contra mi mejilla. El corazón me dio un salto tan fuerte que casi lo escuché gritar ¡Es ahora, TOM, AHORA!

Vale, vale, tengo que estar tranquilo… este es el momento, tengo que besarlo… ¿O no? No, sí. ¿Sí? ¿NO? ¡¿Voy a ser muy intrusivo?!

El debate interno era una guerra civil y yo, claramente, estaba perdiendo.

¿Y si sí quiere? ¿Y si no? ¿Y si tengo mal aliento? ¡¿Por qué no compré chicles?!

Para cuando quise darme cuenta, ya había cerrado los ojos. Mi cara estaba cada vez más cerca de la suya y, sin quererlo, ya estaba frunciendo los labios. Como si estuviera chupando un caramelo. Qué clase de escena de comedia fallida estaba protagonizando, no lo sé, pero me sentía absolutamente estúpido.

— ¿Qué haces? — la voz de Bill me cayó como un balde de agua fría directo al ego. Abrí los ojos de golpe. Mi cara estaba a menos de diez centímetros de la suya.

— ¡Ah! Eh… yo… — me alejé tan rápido que casi tiré la silla en el proceso — Tenías algo en el labio. Y yo… tenía un caramelo en la boca. Sí. Eso.

— ¿Un caramelo?

Asentí tan rápido que creo que me hice esguince en el cuello.

— Sí. Uno ácido, súper fuerte. Lo estaba saboreando, por eso la cara. Ya sabes. Muy… muy intenso. El sabor, digo.

Bill parpadeó y luego, soltó una carcajada que le sacudió los hombros. Literalmente se estaba riendo de mí, no conmigo, DE MÍ. Y aún así se veía jodidamente hermoso.

— Eres un idiota — dijo, entre risas — Creí que te ibas a desmayar o algo — me crucé de brazos, tratando de parecer digno mientras mi alma lloraba.

— Pues perdón por intentar cuidar tu labio… digo… por chupar mi caramelo… digo… lo que sea, olvídalo.

Él seguía riéndose. Mi corazón, mientras tanto, moría lentamente.

— ¿Y qué sabor era ese caramelo?

— Mmm… desesperación con un toque de vergüenza — bufé, encogiéndome de hombros y mirando al mar — Edición limitada.

Silencio y luego otra risa de su parte.

Yo quería derretirme y que la arena me tragara, pero como eso no pasó, solo me froté la nuca, incómodo, y solté lo primero que se me ocurrió:

— ¿Y si vamos por un cafe? Ayuda con los sabores intensos. Y también con el trauma emocional. Lo leí por ahí.

Y sin mirar atrás, empecé a caminar hacia los puestitos, porque si no podía besarlo, al menos podía hacer que me amara por alimentar su alma con café.

Volví con dos cafés en la mano. Bueno, técnicamente eran esos cafés en vasos plásticos con tapa y popote que daban en los puestitos de la playa, pero ¿Quién necesitaba algo elegante cuando el corazón estaba en llamas? Le ofrecí uno a Bill sin decir nada, solo extendiéndoselo con una sonrisa un poco más torpe de lo que me gustaría admitir.

— Gracias — murmuró él, dándole un sorbo sin mirarme — me volví a sentar a su lado, el aire nocturno aún cálido, con el murmullo del mar de fondo y las luces suaves de las farolas filtrándose entre las palmeras.

— Vale… ahora sí me voy a poner serio — dije, dejando mi vaso a un lado. Lo vi rodar los ojos un poco, como si ya supiera por dónde iba esto, pero no me importó. Tenía que decirlo una y mil veces más — Mira, Bill… yo sé que he sido un idiota. Que lo arruiné todo y que lastimé a la única persona que realmente me importaba, pero quiero que sepas que cada cosa que estoy haciendo, cada palabra, cada paso, es para volver a entrar en tu corazón. Porque no quiero otra cosa. Al carajo todos. Yo solo te quiero a ti — él no dijo nada. No me miraba siquiera, pero tampoco se iba — Eres como ese aire que necesito para respirar. Y sí, puede sonar cursi o exagerado, pero es la verdad. Es como si me faltaras y todo lo demás perdiera sentido — me incliné un poco hacia él, buscando su mirada, pero seguía evitando la mía — Mira, sé que el pasado no se borra. Aunque quisiera borrarlo solo para no haber cometido esos errores… errores que dolieron, que me rompieron también, que te rompieron. Pero ya no quiero vivir ahí, Bill.

Tomé su mano con cuidado. Estaba fría, pero no se apartó.

— Mi pasado pudo ser una total mierda, pero ahora mi presente es radiante… — respiré hondo, sentí cómo me temblaba el pecho, pero seguí — ¿Y sabes por qué? Porque tú eres mi presente. Mi ahora. Eres todo, Bill — él tragó saliva, pero no dijo nada. Seguía ahí, solo escuchando — Peyton… eso fue un error. Una sombra estúpida de alguien que no soy. Eso fue mi pasado, uno del que me arrepiento profundamente. Pero tú… Tú eres la luz que quiero seguir. Quiero pasar cada segundo a tu lado, construir algo contigo otra vez, si me dejas… — sentí que algo en su rostro se movió. Tal vez una duda. Tal vez una grieta — Me prometí que te reconquistaría, y no voy a dejar de intentarlo. Porque sé que, en el fondo de ese corazón al que rompí, aún hay un lugar para mí. Aunque esté escondido, aunque esté cubierto por miedo y enojo… lo sé. Y no me voy a rendir.

— Ya — su voz fue firme y cortante. Lo miré, un poco congelado. Él giró el rostro por fin y me miró con esos ojos que yo solía conocer tan bien — Cállate, Tom.

Me quedé quieto. Con su “cállate” aún retumbando en mi cabeza, aunque ya había pasado un minuto, tal vez dos, pero no lo solté, no podía, y aunque sus palabras eran duras, su mano seguía en la mía.

— Okey… — dije, bajito, casi susurrando — Pero eso no cambia lo que hay en mi corazón… y lo que está ahí… eres tú.

Lo vi cerrar los ojos por un instante, como si le doliera escucharlo, como si quisiera que no lo dijera.

— No tienes que hacer nada, Tom. Yo nunca te pedí que hicieras nada — murmuró, retirando al fin su mano de la mía. Y no sé qué fue, pero sentí que algo dentro de mí se rompía. Como una línea invisible que había estado sosteniéndome hasta ese momento. Me dolió. Mucho.

— No me lo pediste — respondí con la voz rasposa, con ese nudo en la garganta que estaba a punto de estallar — Pero aún así… aún así yo lo hice. Porque no podía no hacerlo, Bill. No puedo seguir viviendo sin intentar todo por recuperarte — me miró en silencio. Y yo… yo solo seguí hablando, como si cada palabra fuera una cuerda lanzada al abismo para no caer del todo — ¿Qué quieres que haga para volver a ti? ¿Arrancarme el corazón y entregártelo? ¡Está bien, lo hago! ¡¿Qué más necesitas?! Hago todo por ti… ¡Soy capaz de hacer locuras, de romper las reglas, de ir en contra de todo el mundo si hace falta! Solo por una oportunidad. Solo por ti — me incliné hacia él, más cerca, sin darme cuenta, con el café olvidado a mis pies y el ruido del mar volviéndose un zumbido lejano — Si me lo pidieras… renunciaría a todo. A todo lo que tengo, lo que soy. Lo dejaría todo atrás con tal de volver a estar contigo.

— No — me cortó, y esta vez su voz fue más firme — No es amor lo que sientes, Tom. Es culpa. Solo estás confundido. Estás buscando la forma de arreglar tus errores porque te sientes culpable del daño que me hiciste. Nada más — me quedé helado. Cada palabra suya me dolió como si me arrancaran el aire de los pulmones.

— ¿De verdad piensas eso? — mi voz tembló, pero no me importó — Sí… sí quiero remediar mis errores. Claro que sí. Porque te fallé, Bill, y me odio por eso. Pero no es solo culpa. No es una deuda lo que quiero saldar… ¡Es amor! ¡Es que te amo con locura, carajo! — sentí las lágrimas picarme los ojos pero parpadeé rápido, apretando los dientes. No iba a llorar. No aún — Te amo tanto que asusta. Que me paraliza. Que me hace hacer cosas como estas, como rogarte, como exponerme sin miedo. Porque me enseñaste a amar, Bill… y ahora no sé cómo dejar de hacerlo. Incluso si muero hoy, mañana, en un mes, mi alma va a seguir amándote, mi corazón nunca va dejar de latir por tí… ¿Y sabes qué? Te buscaría en esta y en otra vida solo para tenerte a mi lado, para estar contigo. Quiero que todo sea como antes, o mucho mejor. Quiero ser quien sane las heridas que tienes, el motivo de tus risas, quiero ser tan importante para ti como tú lo eres para mí. Quiero envejecer a tu lado, juntos. Porque mientras esté vivo, quiero darte todo mi amor cada día. 

Él no dijo nada. Solo me miraba con ese rostro duro que conocía muy bien… pero sus ojos, sus ojos ya no brillaban con rabia. Brillaban con dolor, igual que los míos.

— ¿Recuerdas que dijiste que nunca olvidará lo de nosotros? — a mi mente vino ese recuerdo… 

«-Bueno, entonces no lo olvides, ¿Sí? – dijo finalmente.

– ¿Olvidar qué?

– Esto. Nosotros. Tú y yo…»

— No te he olvidado, siempre estás en mi cabeza. Entonces, ¿Por qué dices que estoy confundido? Yo sé muy bien lo que quiero, no estoy confundido estoy decidido, Bill. Soy devoto a tí ¿Entiendes? Eres mi enfermedad, una incurable. Si me pides que me aleje, no podría, no quiero alejarme, no otra vez. Entonces… ¿Qué quieres que haga? 

— Solo… llévame a mi departamento — dijo él, cortando el silencio como si acabara de arrojar una piedra en el océano.

Lo miré, esperando algo más. Una explicación, una señal. Cualquier cosa.

Pero no hubo nada.

Solo asentí, tragando lo que quedaba de orgullo y con una sonrisa fingida dibujada torpemente en mis labios, respondí:

— Vale… vamos.

Y eso fue todo. Caminamos por las calles sin decir una sola palabra, como si lo anterior nunca hubiera ocurrido, como si yo no acabara de desangrarme emocionalmente frente a él. El sonido de nuestros pasos sobre la acera era lo único que nos acompañaba. Cada paso sentía como si arrastrara una piedra en el pecho. Lo único que podía hacer era observarlo de reojo y preguntarme si realmente aún me amaba. 

Llegamos al auto. Me adelanté para abrirle la puerta del copiloto, porque aunque me doliera todo, no iba a dejar de ser quien soy. No iba a desquitarme con él. 

Ni una palabra durante el trayecto.

La ciudad pasaba por la ventana y el silencio dentro del coche me estaba volviendo loco, pero no me atrevía a romperlo. Tenía miedo de que cualquier palabra más solo lo alejara aún más.

Después de un tiempo que se sintió eterno, llegamos.

Me bajé del coche sin decir nada, le abrí la puerta del copiloto como si todavía pudiera hacer algo bien. Él bajó y dio un paso antes de detenerse. Me giré para acompañarlo, al menos hasta la puerta de su departamento.

— No es necesario que me acompañes — dijo sin mirarme — Sé muy bien el camino.

Y se fue.

Sin una mirada atrás.

Yo solo me quedé ahí, con las llaves en la mano y el alma a medio caer. Lo vi caminar, su silueta alejándose entre la tenue luz de las farolas, y no pude moverme hasta que lo perdí completamente de vista.

Entonces volví al auto, cerré la puerta con fuerza, me senté, y…

Golpeé el volante, repetidas veces. No con rabia. Con desesperación.

— ¡Mierda! — susurré, apoyando la frente en el volante, dejando que ese silencio que había en el coche ahora fuera un refugio para mi dolor.

Porque dolía y lo peor de todo… era que todavía lo amaba con cada pedazo roto de mí.

&

El domingo había amanecido soleado. Ridículamente soleado. El tipo de día que parece burlarse de ti cuando estás hecho mierda por dentro, pero bueno… al menos la vida me había dado un par de horas sin pensar en Bill. Mentira.

Llevaba todo el camino hasta la maldita cafetería pensando en Bill.

Georg me había llamado esta mañana con su clásico tono animado, como si no se le acabara nunca la batería. 

-“¡Ey, viejo! Gustav y yo vamos a un café como en los viejos tiempos, ven». 

Caminé por la calle mirando la dirección que me había mandado y, cuando giré la esquina, casi me da algo.

— No me jodas…

Era esa cafetería. La que tiene mesitas afuera con sus sombrillas blancas como sacadas de una postal. Justo esa. En la que una vez había estado con Bill. Genial. Ahora también los domingos iban a doler.

Apreté los dientes y respiré hondo.

Al menos no iba a estar solo con mis pensamientos.

Los vi. Ahí estaban: Georg con sus lentes de sol enormes como si fuera alguna especie de estrella de cine, y Gustav con cara de “¿Por qué acepté venir aquí con este imbécil?” como siempre.

Me acerqué con las manos en los bolsillos y una sonrisa fingida, pero con cariño.

— Ey, ancianos. ¿No es muy temprano para verlos?

Georg se rió fuerte mientras levantaba el vaso de jugo como si fuera champagne.

— ¡Mírenlo! El más sexy de toda la ciudad ha llegado.

— Idiota — le solté entre dientes, aunque no pude evitar sonreír un poco.

Gustav alzó una ceja, dándome su clásica mirada analítica

— ¿Estás bien?

Me senté en la silla libre frente a ellos, soltando un suspiro mientras me echaba un poco hacia atrás.

— No, pero estoy vivo. Eso ya es ganancia, ¿No?

El mesero se acercó en ese instante y Georg pidió un brunch, Gustav su eterno café negro, y yo…

— Solo agua, porfa.

El mesero me miró raro.

— ¿Agua?

— Sí. El agua es pura, refrescante y no te recuerda a tu ex — le dije sonriendo de lado.

Georg casi se atraganta de la risa.

— Dios, estás muy dramático, Kaulitz.

— No estoy dramático. Estoy limpiando mis emociones. Es diferente.

Gustav se cruzó de brazos, serio como siempre.

— ¿Qué pasó ahora?

Me quedé en silencio un segundo. Bajé la mirada a la mesa y sonreí, pero no con humor.

— Nada. Lo de siempre. Lo intento, y aún así… no soy suficiente.

Georg me miró con confusión.

—¿Pero qué diablos te pasa?

Me reí con amargura mientras jugaba con la servilleta entre los dedos. Luego suspiré, lento, como quien se rinde.

— Bill…

Ambos se quedaron callados.

— ¿Bill? — repitió Gustav con la ceja arqueada, como si no lo hubiese entendido bien.

Georg frunció el ceño de inmediato.

— Pero… Bill está en Hamburgo.

Levanté la vista, medio sonriendo.

— Sí, eso creía yo también, pero al parecer, al universo le gusta verme sudar — bufé, echándome hacia atrás en la silla — Me encontré con él en la empresa… bueno, en la que pensé que iba a ser mi nueva vida laboral tranquila. Consigo trabajo con Leandro y pum… Bill aparece. Resulta que también trabaja ahí. Marketing, ya sabes.

— No jodas… — Georg murmuró, incrédulo.

— ¿Y te lo cruzaste así como así? — Gustav parecía genuinamente confundido.

— Sí. Yo estaba entrando a la oficina de Leandro con unos papeles, y ahi sentados en su oficina vi a dos chicos, cuando Leandro me los presento y escuché su nombre todo en mí se paralizó. Se giró, lo vi, y confirmé que era él, casi me da un infarto en medio de la oficina. Fue como si alguien hubiera abierto el baúl de mis sentimientos con una patada — dije sin pensar mucho, notando cómo se me escapaban las emociones en cada palabra — Y en ese momento todo el “Bill está mejor sin mí” se fue al carajo. Lo vi. Solo… lo vi. Y lo supe. El pelinegro tenía que volver a ser mío.

— A ver, a ver, a ver — Georg alzó ambas manos en el aire — ¿Cómo que Bill y tú se reencontraron así como así y tú no nos dijiste nada antes?

— Lo estoy diciendo ahora, ¿No?

Gustav entrecerró los ojos, como si por fin estuviera conectando los puntos.

— Espera… ¿Entonces por eso estás con esa cara desde que llegaste?

— Ajá.

— Y por eso solo pediste agua.

— Ajá.

Georg se echó hacia atrás, soltando un silbido largo.

— Hermano… eso está fuerte.

— Sí, y lo peor es que… — me rasqué la nuca, incómodo — Parece que me odia. No lo culpo, la verdad. En el pasado fui un idiota con él. Cometí errores tan grandes que me da vergüenza hasta pensarlos. Pero ahí estaba, enfrente de mí, y en lugar de huir, sentí que todo en mí gritaba que debía recuperarlo.

Gustav murmuró:

— ¿Y cómo reaccionó él?

— Como si fuera una cucaracha en su zapato. Frío y seco… distante. Lo entiendo. No tengo derecho a pedirle nada, pero no puedo evitar sentir lo que siento.

Georg se cruzó de brazos y miró a Gustav, luego a mí.

— ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Reconquistarlo?

Lo miré fijo. Mi respuesta salió más segura de lo que pensaba:

— Voy a hacer lo que sea para que me dé otra oportunidad. Aunque sea solo para hablarme sin esa barrera. No lo voy a presionar, pero tampoco me voy a rendir. No otra vez.

Los dos me miraron con una mezcla de sorpresa y preocupación. Gustav suspiró.

— Dios, Tom… cuando te enamoras, te enamoras hasta los huesos, ¿Eh?

Sonreí apenas, con un nudo en la garganta.

— Es que nunca dejé de estar enamorado.

— ¿Y qué pasó después? ¿Te lo volviste a encontrar o algo?

Me quedé en silencio por unos segundos, girando el vaso de agua con los dedos. Luego los miré a los dos y solté un suspiro largo.

— Sí… ayer.

— ¡¿Qué?! — soltaron los dos al mismo tiempo.

— ¡Ayer! ¡¿Cómo que ayer?! — Georg se inclinó sobre la mesa, yo solo asentí — Tom, ¡¿Y apenas lo cuentas ahora?!

Me encogí de hombros, intentando no sonreír por lo exagerado que sonaba.

— Bueno, no quería hacer drama…

— ¡Pero esto es drama del bueno, hermano! — Georg me apuntó con el dedo — Suelta todo, ¡Vamos!

Gustav solo asintió, más callado pero con los ojos clavados en mí.

— Lo lleve a comer… — empecé, bajando un poco la voz, no sé por qué, como si alguien más fuera a escuchar — Bueno lo lleve a la fuerza. Después de ver que no lo dejaría ir aceptó a regañadientes. Y ahí estaba yo, mirándolo como tonto mientras él comía y solo pensaba en lo hermoso que es y en cómo lo extraño. Le dije un par de cosas bonitas… bueno, muchas cosas bonitas — reí un poco, nervioso — Pero él solo se hacía el rudo, me dijo “Tom” como intentando detenerme, pero no me callé. Lo llevé a la playa después, ya sabes, con las farolas y las sillas esas que dan al mar… quería hacer algo especial.

— ¡La playa! — Georg ya estaba indignado — ¿Le llevaste a la playa? ¿Qué sigue, fuegos artificiales y un mariachi?

— Casi — me reí — Le dije que la luna no brillaba tanto como él, que es mi presente y mi todo. Ya sabes… me puse muy romántico. Hasta intenté… bueno… — me cubrí la cara un segundo — ¡Intenté besarlo!

— ¡NO! — Georg golpeó la mesa — ¡¿Le intentaste dar un beso?!

— ¡Sí! ¡Pero me detuvo! — negué, medio avergonzado — Me preguntó “¿Qué haces?” y yo me sentí como el idiota más grande del universo, así que le dije que tenía un caramelo en la boca y por eso hacía caras raras…

Gustav se llevó una mano al rostro, tapándose la risa.

— Dios, Tom…

— Lo sé, lo sé. Un desastre. Luego le compré un café para compensar el momento incómodo… nos sentamos y quise hablar en serio, le dije todo lo que siento, todo lo que me arrepiento, lo que haría por él… Que en el pasado fuí un idiota — me encogí de hombros con tristeza — Pero él solo… me dijo que me calle.

Ambos se quedaron helados.

— ¿Qué? — preguntó Georg, sin poder creerlo.

— Dijo que solo estoy confundido. Que quiero arreglar mis errores por culpa — me encogí aún más. Tragando saliva. Recordarlo me dolía de nuevo — Y cuando le pregunté qué quería que hiciera… solo me dijo “llévame a mi departamento”.

— Ay, mierda… — murmuró Gustav.

— Le abrí la puerta del auto, conduje en silencio, le abrí la puerta otra vez… Y cuando quise acompañarlo, me dijo que no era necesario, que ya sabía el camino. Y se fue — apreté la mandíbula— Solo se fue. Y yo me quedé ahí… solo, como un tonto, golpeando el volante como si eso fuera a solucionar algo.

El silencio se instaló un momento en la mesa. Georg se rascó la barbilla, visiblemente incómodo por verme así.

— Wow… eso fue… jodido.

— ¿Y ahora qué vas a hacer? — preguntó Gustav.

Los miré a ambos, con esa tristeza esperanzada que no se va del pecho.

— No lo sé. Pero no me voy a rendir. Me prometí que lo reconquistaría… y me quedan tres semanas. Solo tres.

Georg chasqueó la lengua.

— Pues más te vale hacerlos contar, Romeo.

— Necesito que me ayuden a recuperarlo — solté de una, sin rodeos, con el vaso de agua aún en la mano como si estuviera brindando.

— ¿Qué?

— Sí, ¡Eso mismo! — apoyé los codos sobre la mesa, bajando la voz — Necesito de su ayuda para que Bill vuelva a mirarme como antes… como si no quisiera matarme cada vez que abro la boca.

— ¿Nos estás pidiendo ayuda para reconquistarlo? — preguntó Gustav, alzando una ceja.

— Sí. O sea… iba a pedírselos igual. O chantajearlos, lo que pasara primero.

Georg me miró con los ojos entrecerrados.

— ¿Chantajearnos?

— Ajá.

Gustav frunció el ceño.

— ¿Con qué?

— Con fotos — dije con simpleza.

— ¿Qué fotos? — disparó Gustav, ya sospechando lo peor.

— ¿Tom Kaulitz, de qué fotos estás hablando? — preguntó Georg, cruzando los brazos.

Mierda, hablé de más, pero ya no había marcha atrás. Suspiré pesadamente y los miré a los dos con una sonrisa ladeada.

— ¿Recuerdan cuando fuimos a ese bar hace dos años? Cuando nos pusimos hasta el culo y mi madre dijo que se quedaran a dormir porque no podían ni caminar…

— Mmm… — Gustav parpadeó — Sí, creo que sí.

— Bueno… durmieron en mi habitación y yo desperté primero.

Ambos se tensaron al mismo tiempo.

— Tom… — dijo Georg con tono de advertencia.

— Y estaban en la pose más ridícula que vi en mi vida. Así que… les tomé fotos — dije encogiéndome de hombros, como si fuera lo más normal del mundo — Era material de chantaje puro. No podía dejarlo pasar.

Saqué mi celular, deslicé entre álbumes con nombres sospechosos hasta que encontré el tesoro que había guardado hasta en mi computador. Les pasé el teléfono.

— Mira esa belleza.

Georg entrecerró los ojos frente a la pantalla.

— Mierda… ¿Ese soy yo? ¿Por qué tengo un calcetin en el hombro?

— ¡¿Por qué le tomaste una foto a mi calcetín de Spiderman?! — soltó Gustav, completamente indignado.

Solté una carcajada, casi me atraganto del recuerdo.

— Porque si — me incliné hacia adelante y les quité el celular antes de que pudieran borrar algo.

— En fin, el punto es: ¿Me ayudan?

Ambos me miraron, y sin más, Georg asintió seguido de Gustav. Bien, al menos contaba con ellos, como en los viejos tiempos. 

— Claro que sí. ¿Estás loco? Por supuesto que te ayudamos, idiota.

— Sí — dijo Gustav con una sonrisa — Además, tú me ayudaste con Linda, ¿Recuerdas?

Georg rió.

— Y a mí con Susanne. Todavía no sé cómo hiciste que pensara que soy interesante.

— Tengo mis trucos — me encogí de hombros, bromeando.

— Pues prepárate, Kaulitz — dijo Georg, juntando las manos con una sonrisa — Vamos a reconquistar a ese pelinegro, así sea lo último que hagamos.

Los miré, sintiendo cómo esa chispa en mi pecho se encendía otra vez. No estaba solo. Tal vez había cometido errores gigantescos… pero estos dos siempre habían estado ahí. Y ahora, iban a estar para lo más importante de mi vida: recuperar a Bill.

— Gracias, en serio — dije más bajito, con sinceridad y ellos solo asintieron.

— Vale, vale, enfoquémonos — dijo Gustav, apoyando los codos en la mesa con seriedad — ¿Qué cosas le gustan a Bill?

— ¡El café! — solté sin pensarlo, y luego me quedé callado, viendo al vacío unos segundos — Ama el café… no como la gente normal, no. Él podría casarse con un buen espresso.

— Anotado — dijo Georg como si estuviera tomando apuntes mentales — ¿Qué más?

— Las peonías — dije, y sonreí apenas con el recuerdo — Le encantan. 

— ¿Le has mandado flores? — preguntó Gustav.

— Sí. Ayer mismo le mandé un ramo. Con una nota… y mi alma, básicamente.

Georg se rió y lo fulmine con la mirada. 

— Bueno, entonces no repitamos eso. Necesitamos algo más… algo especial. Un lugar. Una experiencia que le llegue.

Me quedé pensando, dándole vueltas a todo. Tenía que ser algo que le gustara… algo que no fuera típico. Nada de cenas en restaurantes caros o paseos por el centro.

— ¿Qué tal una galería de arte? — soltó Gustav — A él le gustaba eso, ¿No?

— Sí… pero no creo que quiera mirar los cuadros conmigo — dije, suspirando — A menos que los cuadros estén insultándome.

— Tranquilo, bonito, a Bill le encantan esas cosas… — siguió Gustav y yo solo asentí, pero una galería no me convenció del todo. 

Georg chasqueó los dedos.

— ¡Ya sé! ¡Caída en paracaídas!

Me atraganté con el agua que estaba tomando y me eché hacia atrás con los ojos abiertos como platos.

— ¡¿QUÉ?! ¡¿Estás loco?! ¡No quiero ni ver una altura en video, menos saltar de un avión!

— Vamos, sería inolvidable. ¡A Bill seguro le gusta lo extremo!

— ¡Bill odia despeinarse con el viento, Georg! — protesté — Y yo… simplemente no. No quiero morirme por amor, literalmente.

Gustav se rió por lo bajo mientras movía la cabeza.

— Bien, nada de alturas — dijo, mirando a Georg con cara de “ya cállate”. Luego se giró hacia mí — ¿Qué tal un paseo por el bosque? Hay uno cerca del lago, tiene senderos bonitos, es tranquilo… y podrían hablar sin ruido ni gente.

— ¿Y si sale un oso? — dije de inmediato — ¿O un ciervo asesino? No quiero arriesgarme a terminar siendo parte del menú de la naturaleza.

Georg soltó una carcajada y levantó una mano.

— Bien, ¿Entonces qué tal un paseo en globo aerostático?

— ¡¿Tú quieres matarme, verdad?! — respondí, medio riendo. Nada de alturas o me voy a desmayar y no quiero crear una escena tan vergonzosa frente a Bill— ¿Quién demonios pensaría en eso?

— Yo — dijo Georg, alzando las cejas con orgullo, solo él tenía esas ideas, pobre Susanne.

— Ya basta — dije entre dientes, masajeándome la sien — Tiene que ser algo más… real. Quiero tocarle el corazón — me quedé en silencio unos segundos, hasta que la idea me llegó — ¿Y si… lo llevo al campo?

Ambos me miraron.

— ¿El campo? — repitió Gustav.

— Sí — dije, ya medio emocionado — Hay uno a las afueras, es hermoso. Césped verde, flores silvestres, sol, tranquilidad. Y puedo prepararle yo mismo una cena. Nada complicado. Una manta, una canasta, café caliente… es sincero.

Georg alzó las cejas, sorprendido.

— ¿Tom Kaulitz cocinando?

— ¿No te acuerdas que hice el desayuno de tu aniversario cuando te peleaste con Susanne? — repliqué.

— ¡Tienes razón! — se rió Georg — Y estaba bastante decente.

— Gracias por el cumplido — bufé, pero sonreí.

Gustav asintió, como si ya lo aprobara todo.

— Eso sí suena bien. Sincero, bonito y no incluye osos.

— Ni globos aerostáticos — agregué mirando a Georg, quien levantó las manos.

— Vale, vale. Lo dejo en tus manos, Cupido.

— Voy a necesitar su ayuda para montar todo — dije, mirándolos fijamente — Y ustedes no van a zafarse.

— No nos zafaremos — dijo Gustav — Te vamos a ayudar a reconquistarlo.

— Como debe ser — añadió Georg con una sonrisa.

Y en ese momento lo supe: el plan estaba en marcha. Si todo salía bien, Bill Trümper seria mío otra vez.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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