

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 40: Favorite flowers
By Tom
El día anterior había sido increíble, o al menos para mí. Después de ir al café, lo único que quería era alargar el momento lo más que pudiera. Bill había estado tan cerca y tan lejos al mismo tiempo… Y sí, puede que intentara acercarme como si nada, con alguna broma tonta, con miradas que a veces se me escapaban más de lo debido… Pero no, él seguía manteniendo esa distancia como si yo fuera una especie de virus.
Y lo peor es que lo entiendo, pero igual me jode.
A la salida del trabajo me ofrecí a llevarlos a su departamento. Obvio, Bill protestó, que podían pedir un taxi, que no molestara… pero Andy me ayudó (bendito sea), y al final, con un suspiro resignado, Bill aceptó. Me sentí como si hubiera ganado un mini trofeo. No solo los llevé a salvo, sino que ya sabía dónde vivía Bill ahora. Información valiosa, gracias universo.
No es que vaya a contratar a un equipo de detectives para que lo sigan las 24 horas, ni que vaya a instalar cámaras en su departamento para ver qué hace… ¿O sí? No, claro que no. Tal vez, solo tal vez, le deje un pequeño regalo en la puerta. Un ramo de flores, quizás.
No, no estoy obsesionado. Para nada.
Hoy era sábado. Día libre. No tenía que ponerme la máscara de “Tom Kaulitz, el profesional”. Podía ser simplemente yo.
Me di el lujo de levantarme a las once. Once. Un milagro. Sentí el cuerpo pegado a las sábanas como si alguien me hubiera echado pegamento durante la noche. Cuando logré levantarme, fui directo al espejo. Error fatal.
— ¿Qué demonios…?
Tenía la mitad de las trenzas deshechas, el pelo apuntando hacia direcciones locas y una cara de zombi recién salido de la tumba. Me observé con detenimiento: párpados caídos, boca entreabierta, ojeras que parecían que llevaba tres vidas sin dormir.
— Perfecto, Kaulitz. Sexy es tu segundo nombre.
Ironía, por supuesto.
Me puse ropa ancha, como en los viejos tiempos. Sudadera, pantalones flojos y me miré una vez más en el espejo.
—Este soy yo —dije, medio riéndome.
Bajé las escaleras rascándome la cabeza y estirándome como un gato viejo. Apenas puse un pie en la cocina, el olor a comida me pegó directo. Mamá estaba empezando a preparar el almuerzo. Nataly estaba ahí también, ayudándola a picar algo.
— Por fin despiertas — dijo mamá sin voltearse, con esa voz que mezcla burla y cariño a partes iguales — Seguro tienes hambre. No te hice desayuno porque estabas durmiendo como una piedra, así que decidí no molestarte.
— Gracias por eso — murmuré, todavía medio dormido.
— Buenos días, dormilón — dijo Nataly con una sonrisita traviesa.
— Hola, enana — le respondí, despeinándola con cariño mientras pasaba.
Vi que mamá estaba a punto de preparar algo para mí, pero me adelanté.
— No te preocupes, lo hago yo.
Abrí la alacena y saqué dos rebanadas de pan. Luego abrí el refri, encontré jamón, queso, mayonesa (la de siempre, no esa rara que compran a veces) y me puse manos a la obra. Mientras el pan se doraba en la sartén, me preparé un jugo de naranja… Bueno, en realidad, usé lo que quedaba de la caja porque alguien (Nataly) se había acabado casi todo. Igual me dio para un vaso medio decente.
— Hombre independiente haciendo su propio desayuno, qué maravilla — dijo mi madre en tono sarcástico.
— Claro que si — le respondí con la voz ronca, mientras cerraba el sándwich.
Y ahí estaba yo. Sentado a la mesa, con mi jugo, un sándwich perfecto y el cabello aún un desastre, pero ya sin tanta cara de muerto.
Y sí, lo único que pasaba por mi cabeza era una cosa: cómo demonios iba a hacer para volver a ver a Bill hoy. Porque sí, necesitaba pasar más tiempo con él. Aunque fuera en silencio, aunque me mirara con esa mezcla de fastidio y resignación, aunque no me tocara ni por accidente. Solo… estar cerca.
Solo eso.
— ¿Y qué pasó con tus trenzas? — preguntó Nataly, masticando un pedazo de manzana con esa expresión de quien claramente ya sabía la respuesta pero igual quería escucharlo de mi boca.
Levanté la vista, medio indignado, y señalé mi cabeza.
— Ni idea, la verdad. Seguro me puse a hacer piruetas en la cama mientras dormía. O soñé que era trapecista — me encogí de hombros — Esto ya es preocupante.
Nataly soltó una risita mientras mamá intentaba contener la suya. Me miraron con esa cara de “qué desastre eres, pero igual te queremos”.
Seguimos hablando un rato, entre comentarios al aire y bromas tontas. El desayuno improvisado no estuvo nada mal, y cuando terminé el último trago de jugo y le di la última mordida al sándwich, empujé la silla hacia atrás con decisión.
— Voy a salir — dije, levantándome.
—¿A dónde? — preguntó mamá desde la estufa, dándose vuelta para verme con el ceño levemente fruncido.
Señalé mi cabeza con los dos dedos.
— A hacerme esto, que ya está más que la mierda — dije, señalando las pobres trenzas medio muertas en mi cabeza — Voy a la barbería del centro, donde me hacen las africanas.
Mamá asintió, pero yo noté algo raro. Miré a mi alrededor. Faltaba alguien importante.
— ¿Y Scotty? — pregunté, frunciendo el ceño de inmediato.
— Lo saqué hace unos minutos al patio, estaba muy inquieto — respondió mi madre mientras picaba una que otras verduras más.
Me quedé en silencio unos segundos. Una parte de mí quería decirle que no hiciera eso, que no lo dejara solo ni por un minuto. Porque aún me acuerdo, porque la imagen de aquel día no se me borra.
Lo habían dejado un rato en el patio, nada más… un momento. Yo estaba en casa, creí que todo estaba bien, pero Scotty es muy inquieto, salió corriendo hacia la calle, feliz e inocente, sin saber nada del peligro. Solo recuerdo mi corazón saliéndose del pecho al oír el chirrido de las llantas. Un coche se detuvo justo a tiempo. Por poco, por tan poco. Scotty temblaba, y yo… casi colapso. Por eso, desde ese día me puse manos a la obra, instale rejas alrededor del patio para evitar otro accidente así.
Tragué saliva y no dije nada.
Salí directo al patio. El sol me pegó en la cara, y el aire fresco me ayudó a calmarme un poco. Busqué con la mirada entre las sombras del árbol y el pasto un poco alto. Y ahí estaba. Scotty, tirado con su panza sobre la hierba, mordisqueando su juguete favorito, ese hueso de peluche que ya ni forma tiene.
Apenas me vio, se puso de pie y corrió hacia mí, moviendo la cola como si hubiéramos estado separados por siglos. Me puso las patitas en las piernas y soltó un par de ladridos suaves, contento.
— Eh, colega — le dije con una sonrisa, agachándome para acariciarle la cabeza — Casi me matas del susto, ¿Sabes?
Me lamió la mano y apoyó su cabeza contra mi pierna como si me entendiera.
Lo metí de nuevo en la casa, sin decir nada a mamá o Nataly, que seguían charlando animadamente en la cocina. Subí las escaleras y Scotty me siguió como mi sombra. Apenas abrí la puerta de mi cuarto, él saltó de un brinco a mi cama… que, honestamente, estaba deshecha.
— Haz como en tu casa, eh — le dije, tirando un cojín fuera de la silla antes de entrar al baño.
Me lavé la cara con agua fría, me cepillé los dientes, no hacía falta cambiarme; la ropa cómoda era perfecta. Y bañarme, ni hablar. Me había bañado anoche, con agua caliente y todo, así que tenía margen. Me calcé los tenis, me miré al espejo una última vez y me puse el único gorro que tenía a mano: uno de lana enorme.
— Pórtate bien, ¿Sí? — le dije a Scotty, que seguía echado panza arriba sobre mi cama, con la lengua medio de fuera — Cuando vuelva, te saco a pasear. Nos vamos a comer de todo en la calle, ¿Te parece? Papas fritas, pizza, helado… Tú y yo contra el colesterol.
Movió la cola y me miró como si hubiera entendido cada palabra. Me agaché para rascarle detrás de las orejas.
— Lo prometo, amigo.
Bajé las escaleras con él siguiéndome, pero lo dejé en la puerta del pasillo antes de ir a la cocina. Mamá y Nataly seguían ahí, con un aroma a comida que ya me hacía querer cancelar el plan solo por almorzar.
— Ya me voy — les avisé, agarrando mi celular junto a la puerta.
— ¿Y a qué hora regresas? — preguntó mamá sin voltear, concentrada en picar zanahorias.
— Cuando ya no parezca un vagabundo — respondí, acomodándome el gorro. Luego miré a ambas y dije, serio — No saquen a Scotty si no van a estar con él, ¿Vale? Ya saben cómo es, inquieto como su dueño.
— Lo prometo — respondió mamá, levantando la mano con una sonrisa suave.
Me despedí con un gesto y salí.
A los cinco segundos de estar afuera, me di cuenta de que no tenía las llaves del auto.
— Genial… — murmuré, mirando el cielo como si quisiera que Dios me respondiera. Me debatí unos segundos entre regresar por ellas o dejar que el universo decidiera mi día. Ganó el universo, o más bien, ganó mi flojera. Así que caminé hasta la parada del bus, porque claramente el destino había decidido que hoy no era mi día.
Como para no perder la costumbre, no había ni un puto taxi a la vista, pero el autobús llegó bastante rápido, como una bendición del cielo. Pagué, me senté al lado de la ventana y dejé que mi cabeza se fuera por un rato mientras el paisaje avanzaba sin esperarme.
No pensé en nada importante. O sí, pero me hice el tonto. Lo cierto es que el viaje se me fue en un suspiro.
Me bajé, crucé la calle y caminé una cuadra hasta llegar a la barbería de siempre. A esa hora, estaba medio vacía, con música relajada de fondo y ese olor a productos capilares que ya era familiar.
— ¡Tom! — saludó Manuel, levantando la mano desde el fondo.
Manuel era mi amigo de siempre en este lugar. El tipo que me salvaba la cabeza y, de paso, me escuchaba hablar mierda mientras me hacía trenzas perfectas.
— ¿Qué onda, hermano? — le dije, sonriendo mientras caminaba hacia él y me quitaba el gorro.
Me miró y parpadeó.
— ¿Qué carajos te pasó? — dijo señalando mi cabello, que estaba entre trenzas medio desechas, otras colgando y una parte ya suelta.
— Ni idea. Creo que soñé que estaba en una guerra, perdí, y esto fue el precio a pagar — contesté con un encogimiento de hombros.
— Esto no es guerra, es genocidio.
Me reí.
— ¿Me puedes arreglar, doctor?
— Tú siéntate y deja que haga magia.
Me dejé caer en la silla. Cerré los ojos por un segundo mientras Manuel comenzaba a desatar lo que quedaba de mis antiguas trenzas. El ruido de los autos afuera, la música suave en el fondo y el murmullo ocasional de otros clientes formaban una especie de burbuja perfecta para desconectarse.
Y ahí, justo ahí, cuando sentí que podía pensar con claridad, apareció el mismo pensamiento de siempre: Bill.
&
Caminamos durante más de una hora. Scotty estaba como enloquecido, olfateando cada esquina, saludando a cada perro que pasaba como si fueran sus primos perdidos y jalando la correa con esa energía que solo él tenía. Yo, por mi parte, disfrutaba el clima, ese aire medio nublado y cálido que te hace sentir vivo. Ya había arreglado el desastre en mi cabeza y quedé como nuevo, para mí suerte no tomo mucho tiempo así que aproveche en volver rápido a casa y salir con Scotty como se lo había prometido.
Nos detuvimos en un parque a mitad de camino. El tipo de parque donde los niños gritan, las abuelas sacan sus sillas plegables y los árboles lanzan sus hojas como si fueran confeti.
— A ver, campeón — dije, sacando la pelotita de goma del bolsillo — Hora de demostrar tus reflejos.
La lanzaba, él corría como si fuera su última misión en la tierra, la atrapaba, regresaba y me empujaba la pierna con la nariz, exigiendo otra ronda. Y otra, y otra.
Yo solo reía. Se me olvidaba todo: la empresa, el estrés, las cosas con Bill. Al menos por un rato.
Después de ese momento de felicidad canina, seguimos caminando unas cuadras más hasta que, como caídos del cielo, encontramos un puestito de hot dogs que ya conocíamos. Era uno de esos de carrito, con sombrilla roja y todo, atendido por un señor que ya nos saludaba con una sonrisa.
—¡Hey! aquí tenemos los mejores hot dogs, vengan, no se van a arrepentir, lo prometo — dijo el hombre.
— Eso espero — le respondí, soltando la correa por un momento mientras le pedía un par.
Después de un tiempo, Scotty ya llevaba uno y medio, yo iba por el tercero. La gente que pasaba nos miraba entre divertidos y desconcertados.
— No me juzguen — murmuré mientras me relamía los dedos — Soy feliz así.
Cuando terminamos, pagué al hombre y agradecí, seguimos caminando. Fue entonces que lo vi.
Justo al doblar una esquina, apareció una florería pequeña pero preciosa, con flores desbordando los estantes como si quisieran escaparse de sus jarrones. Y ahí, en el centro, estaban esas flores.
Sus favoritas.
Me detuve en seco. Scotty me miró con cara de «¿Y ahora qué?», ladeando la cabeza.
Me acerqué sin pensarlo. La señora que atendía era una mujer mayor con gafas grandes, un vestido floreado y el tipo de sonrisa que uno imagina que solo las abuelas tienen.
— ¿Te gustan? — preguntó con dulzura.
Asentí, tragando saliva.
— Son hermosas. A mi pareja… — mentí, claro que sí, en mi cabeza nunca dejamos de serlo, así que aún lo éramos ¿No? Bueno, tal vez solo soy yo queriendo engañar a mi cerebro — Le encantan.
— Pues deberías llevártelas. Mira qué bonitas están, ¿No te gustaría hacer sonreír a esa persona especial?
Yo sonreí también, con la boca cerrada, como si algo me apretara por dentro.
— Sí… creo que sí.
Me ayudó a elegir un ramo grande, decorado con cinta beige y papel vegetal, todo bien elegante, como si fuera para una ocasión importante. Porque, en realidad, lo era. Bill era mi persona importante.
— Hacemos entregas, por si no puedes llevarlas tú…
— ¿En serio? — pregunté, sorprendido — Sería genial. ¿Puedo darles la dirección?
— Claro que sí. Anótala aquí.
Escribí la dirección del departamento de Bill con cuidado.
— ¿Quieres incluir una nota?
Me quedé callado un momento. Ella me pasó un bolígrafo y un pequeño cartón con bordes dorados. Apoyé el codo en la repisa de madera y comencé a escribir:
Cada pequeña cosa me recuerda a ti. Y aunque sé que no quieres verme, o que a veces te incomodo solo con estar cerca, no puedo evitar pensarte. Estas flores son tan hermosas como tú. Aunque no puedan decir todo lo que yo quiero, al menos tal vez puedan arrancarte una sonrisa.
T.K.
Doblé la notita y se la pasé a la señora. Ella la metió cuidadosamente entre las flores.
— Llegarán en una hora, te lo prometo.
Le agradecí con una sonrisa más sincera esta vez, agarré la correa de Scotty, que había estado sentado como un buen chico, y nos alejamos. Habíamos caminado bastante ya. El clima seguía perfecto, y Scotty parecía más feliz que nunca, su cola moviéndose como un ventilador de techo. Yo también me sentía… no sé, tranquilo. En paz. Como si por fin pudiera disfrutar de un sábado sin presiones, sin nada pendiente. Bueno, más o menos. Siempre había un “Bill” flotando en algún rincón de mi cabeza.
Podía imaginar su reacción cuando reciba las flores y, eso me ponía inquieto ¿Y si no le gustaban? ¿Y si las tiraba en cuanto supiera que yo se las mande? No, no… Hay que ser positivos. Aunque me hubiera encantado dárselas yo mismo, pero lo menos que quiero es incomodarlo, como siempre. ¡Joder! ¿Por qué todo esto tiene que ser tan… Complicado? Meh, yo me lo busque.
Seguimos caminando y llegamos a una de esas calles llenas de tiendas de ropa, música alta saliendo de las vitrinas, luces, perfumes en el aire, gente por todos lados. Y yo ahí, caminando como turista con un perro feliz al lado, mirando cada escaparate como si tal vez, tal vez, fuera a comprar algo.
Nunca compraba nada, pero igual me gustaba fingir, solo quería encontrar un lugar para comer alguna pizza y ya. Doblé una esquina y me detuve en seco.
Se me heló el alma.
Apenas alcancé a verlo, pero bastó para que todo mi cuerpo entrara en modo ALERTA MÁXIMA. Estaba ahí. Él estaba ahí.
Bill. Hablando con alguien. Un tipo, ¿Quién carajos era ese idiota?
Retrocedí tan rápido que casi me tropiezo con Scotty. Lo agarré del arnés y lo arrastré conmigo de nuevo hacia la esquina.
— ¡Shhh, Scotty! ¡Silencio! — le susurré como si estuviéramos en una misión encubierta de la CIA. Me pegué a la pared y me asomé apenas un poquito. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que algún pájaro iba a caer desmayado por el estruendo. Desde ahí, podía ver a Bill riéndose. ¡Riéndose! ¿¡Con ese tipo!?
— ¿Quién eres tú, imbécil? — murmuré bajito, con la ceja arqueada — ¿Y por qué estás logrando que mi Bill se ría?
Scotty se sentó a mi lado, mirándome como si estuviera loco. Bueno, tal vez lo estaba, pero tenía mis razones ¡Mías!
— ¡No me mires así! — le susurré, aún espiando — Esto es importante. Esto es… Devastador.
Me volví a asomar. El tipo tenía el cabello peinado como si fuera modelo y se movía con esa seguridad que solo los tipos con culpa tienen. Tenía cara de “yo hago yoga, leo libros raros y entiendo a las plantas”. Un imbécil de manual. Ya me caía mal.
— ¿Desde cuándo Bill sale con eso? — mascullé, entre indignado y… Okey, sí, celoso. Celoso y totalmente herido, fue como si me hubieran echado un puto balde de agua fría, un golpe de realidad tan intenso que juro que sentí mi corazón romperse como un pan seco. Por un momento se me pasó a la cabeza que Bill me mintió cuando le pregunté si había conocido a alguien nuevo. No, no, imposible… Prefiero pensar que me dijo la verdad, pero…
¿Y si de verdad estaba saliendo con ese idiota? ¿Desde cuándo? ¡¿Y por qué tenía que verlo justo hoy que me sentía tan bien, tan libre?!
— Esto tiene que ser una maldita broma del universo — negué con la cabeza, derrotado y dramático. Me volví a asomar. Bill se despidió del tipo con un abrazo rápido y el otro se fue caminando. Okay… al menos no hubo beso. PUNTO PARA MÍ. Pero aún así, yo seguía ahí, escondido con mi perro en una esquina como un acosador, con el corazón en la boca.
— ¿Y si era su primo? ¿O su terapeuta? ¿O el tipo del internet que repara computadoras a domicilio? — empecé a decir en voz baja, a lo loco, negándome a aceptar las otras voces de mi cabeza, esas que decían «¡Es su novio!» «¡Es su cita!» — ¡O tal vez es un modelo para una campaña publicitaria que Bill está diseñando! ¡Sí! ¡Eso tiene sentido! Pero por qué carajos se reía tanto con él, ¡¿Eh?!
Scotty solo me dio un lengüetazo en la mano. Como diciendo “Relájate, dramático.”
— ¿Crees que me estoy pasando? — le pregunté.
Él movió la cola.
— Sí, tienes razón. Estoy loco, pero ¡¿Cómo no voy a estar loco si veo a Bill con un desconocido que probablemente tenga abdominales y moto y tal vez a él le guste?! ¡¿Cómo?!
Suspiré largamente. Me quité la bandana un segundo, pasé la mano por mi cabeza, me la volví a poner y cerré los ojos.
— No puedo con esto, Scotty. Esto no estaba en mis planes hoy.
Me quedé ahí unos minutos más, como un idiota. Bill ya no estaba, se había metido a la tienda. Yo ya no tenía excusa para seguir espiando, pero el nudo en el pecho me seguía apretando.
— Vamos, chico. Vamos a casa antes de que me agarre llorando en plena calle. Ya he hecho suficiente el ridículo por hoy.
Y con eso, me alejé de la esquina, con Scotty caminando a mi lado… y una idea dando vueltas en la cabeza.
¿Y si ya era demasiado tarde?
&
La noche cayó rápido, yo seguía en mi cama con la mirada perdida en el techo. Después de ver a Bill con ese… Bueno, se me fue el ánimo para todo. Solo recuerdo que llegué a casa, subí las escaleras, cerré la puerta y me tumbé en la cama. Ya sé que puedo estar exagerando pero… Dolía.
¿Así se sentía Bill cada vez que me veía con Peyton? Ahora lo entiendo. Quemaba por dentro, como un fuego que se expande por todo tu ser y te deja hecho polvo. Preguntas que te atormentan la cabeza y peor aún: no tienen respuesta, te hacen pensar hasta explotar tu mente. Un sentimiento amargo que te hace creer que lo perdiste todo y no tiene solución.
Supongo que es un karma a pagar un dolor que yo mismo cause. Y ahora, ahora el universo me lo está haciendo sentir en carne y hueso.
Pero no, no puedo simplemente quedarme cruzado de brazos viendo cómo el amor de mi vida se aleja. Me prometí hacer todo lo posible para mantenerlo a mi lado, reconquistarlo…
Todo tiene una explicación y seguro está la tendría también.
Porque Bill no es algo pasajero, no es algo que quiero olvidar con el tiempo. Bill se clavó en mi ser y es imposible sacarlo. Quererlo iba a dolerme de verdad, pero si tenía que sufrir solo para estar con él, al carajo lo haría. Le daría mi corazón en bandeja de plata, solo él tenía el don para hacerme feliz, solo él podía destruirme si quisiera…
— Te ves tan patético, Tom…
Esa voz… Esa maldita voz que siempre me atormentaba en mis peores momentos volvió a aparecer.
Jörg.
Estaba de pie en una esquina de mi habitación, mirándome fijamente… Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Nunca me acostumbraría a qué apareciera a su antojo. Nunca.
— Bill ya no te quiere ¿Es tan difícil entenderlo? Supéralo, Tom. No podrás reparar algo que tú mismo destruiste — rió, esa maldita risa que trataba de borrar de mi mente, de todos lados.
— Tú qué sabes de eso ¿Eh? Yo lo intento, trato de solucionar las cosas. Algo que tú nunca hiciste conmigo…
— Ríndete. Nunca serás suficiente, Tom.
— ¡Cállate de una puta vez! Sal de mi mente, sal de mi vida ¡Déjame en paz! ¡Deja de atormentarme! — me senté de golpe en la cama mirándolo fijamente, con una rabia tan intensa que sentía que en cualquier momento iba a explotar. Jörg solo sonrió y se evaporó, desapareciendo por completo. Por fin.
Odio cuando me hace dudar. Odio que diga esas cosas, que quiera convencerme de que todo lo hago mal, que siempre me repita que alejo a las personas de mí solo por mi estúpida actitud… Odiaba esto.
Sali de mi habitación con una idea en la cabeza. No iba a darle el gusto de verme fracasar.
Al llegar a la puerta principal me encontré con mi madre, ella me miro extrañada, seguro preguntándose a dónde saldría a estas horas de la noche.
— Tom, cariño ¿Que…?
— Voy a volver rápido, no te preocupes — no le di tiempo de responder, simplemente tome las llaves que estaban en la mesita al lado de la puerta y salí. Crucé la reja y me subí a mi auto encendiéndolo, el motor rugió dando marcha.
Todo el camino lo pase en silencio, las calles estaban tranquilas, solo con el brillo de las luminarias y la Luna. Una hermosa Luna llena. Me recordó a Bill: sus ojos transmitían ese brillo tan bonito y sincero, un brillo que hace perderte en ellos. Mis preferidos siempre van a ser sus lindos ojitos, la luna debe estar celosa… Bill brilla más que ella. Y joder… Sus labios, tan carnosos de un color rosa natural, los cuales quiero volver a probar. Me muero por besarlo y abrazarlo como antes, sentirlo mío. Solo mío.
Al salir del carro, lo vi. El edificio de departamentos de Bill se alzaba frente a mí, iluminado por esa tenue luz anaranjada de las farolas. Se me aceleró el corazón. Respiré hondo y crucé la calle.
El guardia me miró desde su cabina, y por un segundo temí que me detuviera, pero solo levantó la mano en un gesto tranquilo. Claro, me reconocía. Ayer me vio llegar con Bill y Andreas. Supongo que mi hermosa cara griega quedó registrada en su memoria.
Subí al piso de Bill sin encontrarme a nadie. Toqué la puerta, un poco impaciente, lo admito. Bueno, bastante. Me arreglé el pelo con los dedos y me acomodé la chaqueta como si eso fuera a ayudar en algo. La puerta se abrió y apareció Andreas.
— ¿Tom? — dijo, como si fuera una sorpresa, pero sin cerrar la puerta.
— Hola… ¿Está Bill?
— Sí, pero salió hace rato a comprar comida para nosotros. Debe estar por volver. ¿Quieres pasar mientras?
Asentí sin dudar. No iba a dejar pasar esta oportunidad de oro. Crucé la puerta, y el departamento olía a incienso suave y a flores frescas. Flores que yo había mandado.
— ¿Quieres agua, cerveza, una limonada…? — preguntó Andreas mientras cerraba la puerta detrás de mí.
— Agua está bien, gracias.
Me senté en el sofá y miré a mi alrededor. Todo estaba perfectamente ordenado, Bill siempre había sido muy perfeccionista, con la limpieza era igual.
Andreas volvió con el vaso de agua y se dejó caer en el sillón frente a mí. Le agradecí, mientras le daba un sorbo al agua.
— Por cierto… Las flores que mandaste — dijo, señalando con la cabeza un jarrón en la mesa — Están muy lindas.
Levanté una ceja, entre curioso y esperanzado.
— ¿Le gustaron? — pregunté, como si de eso dependiera mi vida.
Andreas sonrió con ese gesto de “te voy a decir la verdad aunque duela” Mierda, mierda y más mierda… Seguro no le gustaron y todo se fue al carajo…
— Intentó disimular que no, pero yo lo conozco. Le gustaron mucho.
Suspiré, dejando caer la cabeza hacia atrás.
— Ojalá… — me quedé un momento en silencio, viendo el techo, pensando en lo que venía. En lo poco que me quedaba —Tengo que aprovechar el tiempo que me queda con él… Ya no queda mucho.
Andreas soltó una carcajada suave y negó con la cabeza, como si acabara de oír al tipo más tonto del mundo.
— Ay, Tom… Tú no sabes, ¿Verdad?
Me enderecé, frunciendo el ceño.
— ¿Saber qué?
— Hoy en la tarde nos ofrecieron un contrato aquí mismo, en Berlín. Una tienda de perfumes nueva que quiere renovar toda su imagen.
— ¿Una tienda? ¿Qué tienda?
— Velours Essence. Es nueva, pero quieren empezar con todo. El concepto, branding, todo. Y bueno, cuando terminemos con Leandro, vamos a trabajar con ellos.
Lo miré, con la boca entreabierta, tratando de procesar lo que acababa de decir.
— ¿O sea que… no se van a Hamburgo?
— No, no por ahora. Nos quedamos tres semanas más. De hecho, pasamos la tarde organizando cómo vamos a trabajar con la agencia que nos contrató.
Una sonrisa se me escapó antes de poder detenerla. Tres semanas. Tres putas semanas más con Bill cerca. No podía creerlo. Entonces por eso estaba hablando con ese idiota afuera de la tienda… Y yo haciendo todo un drama en mi cama como si ya hubiera perdido mi última oportunidad. «su cita» ¡Buah! Que Imaginación de mierda tengo.
Y ahora… el universo me regalaba tres semanas más.
Le iba a sacar el jugo a cada maldito minuto.
De pronto, el sonido de las llaves abriendo la puerta me alarmaron, seguro era Bill. Me levanté de golpe del sillón, deje el vaso en la pequeña mesa al centro de la sala y me arregle lo mejor que pude, sacudiendo mi ropa limpiando el «polvo». Inexistente, pero igual.
— ¡Sorpresa! — dije apenas Bill cruzó la puerta.
Él se detuvo en seco con la bolsa de papel con comida en la mano y los ojos bien abiertos.
— ¿Qué diablos haces aquí?
Sentí que me derretía un poco. Estaba tan guapo… el cabello medio despeinado por el viento, la chaqueta caída de un hombro, esa mirada entre confundida y molesta que solo él podía hacer tan jodidamente adorable.
— Te lo voy a decir, pero… — me giré hacia Andreas, que nos observaba con una mezcla de diversión y resignación — ¿Me lo puedo robar dos horas… o más?
Él levantó ambas manos con una sonrisita.
— Yo no soy su mamá.
Bill puso los ojos en blanco y negó de inmediato.
— No. No. No, Tom. No voy a ningún lado.
Pero yo lo veía. Sí quería, solo que su cerebro de orgulloso estaba tratando de convencerlo de lo contrario. O tal vez el mío.
Lo vi abrir la boca para seguir protestando, así que actué rápido: lo atrapé del brazo, tomé la bolsa de comida de su otra mano y la dejé en la mesa más cercana antes de que pudiera resistirse más.
— ¡Oye! ¡Tengo hambre! ¡Esa comida es mía! — se quejó, arrastrado por mí como si pesara medio kilo.
— ¡Me voy a comer los dos platos! — gritó Andreas desde adentro, ya dejándose caer en el sofá.
— ¡Ya déjate de drama! — le dije a Bill mientras lo guiaba hacia la puerta — Yo te voy a llevar a comer. Mejor que eso que pediste, te lo juro.
— Pero… pero… pero, esto es secuestro, ¿Sabes? Me estás llevando en contra de mi voluntad.
Sonreí como un idiota. Me encantaba cuando se quejaba así, con ese tonito medio indignado que usaba solo conmigo. Mil pensamientos me invadieron al mismo tiempo. Las veces que lo escuché decir tonterías mientras me abrazaba, las risas que compartimos, las madrugadas en las que hablábamos de cualquier cosa… Estaba ahí, tan cerca otra vez y por unos segundos me sentí completo.
Atravesamos el vestíbulo del edificio, y frente al guardia de seguridad actuamos normales. El tipo apenas nos miró, igual que antes.
Pero ya afuera, Bill volvió a forcejear un poco.
— Tom… ¡Tom! ¡Déjame! No he comido en todo el día, joder.
Yo solo miré al cielo dramáticamente.
— Dios, dame paciencia… o lo mato.
— ¡Te escuché, imbécil! — no pude evitarlo. Solté una carcajada mientras lo llevaba hasta el auto, abriendo la puerta del copiloto y prácticamente metiéndolo como si fuera un gato rebelde. Cualquier persona que nos estuviera mirando pensaría que lo estoy secuestrando, bueno tal vez si.
Luego corrí al asiento del piloto, cerré, y en cuanto estuve dentro apreté el seguro de puertas.
Conociéndolo, era perfectamente capaz de tirarse en movimiento si le venía la gana.
Lo miré de reojo.
— Ni se te ocurra intentar escaparte.
Él cruzó los brazos, con esa cara que mezclaba “te odio” con “pero me encantas” en partes iguales.
— Esto no va a quedar así.
— Ya veremos, Trümper. Ya veremos.
Arranqué el auto con una sonrisa idiota en la cara. Había conseguido lo que quería: estar con él. Y, al menos por ahora, no había forma de que escapara.
Continúa…
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