

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 4: Between memories and connections
— ¿Entonces solo por eso terminaste con tu ex? — eso sí que era algo estúpido para terminar una relación.
— Si ya lo se, es algo estúpido ¡Pero no te rías! — eso solo hizo que soltará mas carcajadas, ella me dió un leve golpecito en el hombro.
— ¡Auch! Ese fue un golpe bajo… — hice una mueca falsa de dolor mientras fingía dolor intenso en dónde me había dado el golpecito, si no hacia drama no era yo — Creo que… Me facturaste el hombro — cerré los ojos acostándome dramáticamente en la cama — Vamos… Tienes que llamar al doctor.
— Que dramático Tom — abrí uno de mis ojos, viendo cómo sonreía y luego volví a cerrarlo.
— No me puedes culpar por reírme, tenía que hacerlo — bostece, estirando mis brazos hacia arriba — Además, terminar solo porqué él no te permitió conducir su auto es algo estúpido…
— Él era un idiota de todos modos. Ni siquiera parecía su novia, solo un trofeo que presumía en la universidad y eso me llevo al límite — tenía razón, ese idiota no tenía porqué haberla tratado así, como si solo fuera un trofeo y por unos segundos me puse en sus zapatos — Y bueno… A los hombres no les gusta que sepas más de mecánica que ellos, les da en su pequeño orgullo…
— Buen punto… Pero a mí no me molesta que una mujer sepa más que yo en esas cosas, es más, estaría agradecido — bufé, alzando mis cejas en un rápido movimiento — No entiendo porque a otros les afecta.
— No digo que todos sean iguales, solo la mayoría….
Eran las dos de la tarde, y estaba con Peyton en mi habitación hablando. Ella había venido de visita estos últimos tres días, tres días en los que nos habíamos acercado más, pero no más de lo suficiente, solo llevando una amistad genuina, no es que buscará algo más, no, claro que no… Bueno, no lo sé, pasar el tiempo con ella era muy entretenido, siempre me hacia reír y sabía cómo sacar un tema de conversación cuando no había ninguno.
Y también porque no había venido nadie a visitarme, ni mi madre, ni Bill… Aunque entendía el porque mi madre no venia y era por su trabajo, pero de Bill era raro, considerando que estuvo una semana pegado a mí como una garrapata y, ahora había desaparecido, no… No tenía que importarme en lo más mínimo, es más, es mejor si no viene.
— ¿Tom? — sacudí la cabeza viendo a Peyton con curiosidad.
— ¿Eh? — no había escuchado nada más de lo que pudo haber dicho antes de meterme en mis pensamientos.
— Te pregunté si tú también tienes alguna ex novia… Vamos, cuéntame.
— Ah… Tuve muchas en la secundaria, nada duradero — me miro expectante, esperando que continuara hablando — Bueno, yo siempre había sido así desde que tengo memoria. Aún recuerdo como todas las chicas me adoraban en la secundaria, amaba ese tipo de atenciones de parte de ellas hacia mí. No las culpo, si yo fuera ellas, también me enamoraría de mí — agregué esto último con un poco de orgullo al recordar esos tiempos.
Recibía cartas a montones todos los días sin falta, siempre aparecían en mi mochila. Algunas les prendía fuego… Otras las leía con Georg y Gustav para reírnos de ellas.
Las rastas en ese tiempo me iban muy bien, y resaltaba entre todos los demás chicos, pero también me traían problemas con el director y los profesores, según ellos por «dar un mal ejemplo a todos» ¿Que culpa tenía yo de que todos esos idiotas quisieran ser igual que yo? Nada.
De cualquier manera, yo era el número uno entre todas esas copias baratas mías. Solo lo hacian para tener la atención de las chicas ya que sabían que todas morían por mí. Idiotas…
— Bueno en ese tiempo tenía rastas, mi color natural de cabello es rubio así que ya te doy una idea ¿Me imaginas así? — ella negó y asentí continuando con mi historia — En si, me aburrí de ellas, quería iniciar la universidad con un nuevo aspecto, tuve fuertes dolores de cabeza tratando de escoger algún corte que me gustará y con el cual me sintiera cómodo… — tome una pausa para respirar y sonreí — Entonces finalmente, después de algunos cortes fallidos, decidí teñir mi cabello de color negro y hacerme estás trenzas. Pero respondiendo tu pregunta, no… No recuerdo tener novia antes de todo el accidente — todos los recuerdos en la universidad eran algo confusos para mí, solo tenía recuerdos de los inicios hasta cierto punto, mejor dicho, solo recordaba el primer año de universidad, supongo que después nada especial.
— Entiendo… ¿Entonces no ha venido alguna chica por aquí llorando tu nombre? — dijo, riendo.
— Ni una sola… Tal vez me volví un santo en la universidad, quien sabe — rei también.
Ella rio suavemente, y la verdad es que me gustaba cómo sonaba. Era ese tipo de risa que parecía contagiar el aire, como si de repente todo fuera un poco menos pesado.
— Así que un santo — repitió, burlona — No sé si creerte. Algo me dice que eras peor.
— ¿Yo? Para nada. Era el típico chico que iba de casa a clases y de clases a casa — dije, encogiéndome de hombros — Bueno, excepto por las veces que terminaba en alguna fiesta, pero eso no cuenta, ¿No?
— Definitivamente cuenta — respondió con una sonrisa que no podía disimular.
Me reí y moví la cabeza en señal de rendición. Aunque el tema me hacía sentir confuso de mis recuerdos, me gustaba hablar con ella. Había algo en su manera de escuchar, en cómo sus ojos se quedaban fijos en los mios, como si realmente le importara lo que decía.
— Bueno, hablando de ser santo o no, ¿Puedes ayudarme? Necesito sentarme. Esto de estar acostado tanto rato ya me está matando la espalda.
— ¿Necesitas ayuda con algo más? — preguntó mientras se levantaba de la silla donde estaba sentada.
— Con esto basta, gracias.
— Claro, pero si te caes no me culpes, ¿Eh? No soy enfermera.
Ella se acercó, y yo apoyé una mano en su hombro para impulsarme hacia arriba. Aunque intenté hacerlo con cuidado, mi cuerpo se sentía débil y no sabía porque, el movimiento resultó más torpe de lo que esperaba.
— ¿Seguro que estás bien? — me miró, inclinándose un poco más para sostenerme con firmeza.
— Sí, sí… Creo que solo necesito un segundo — murmuré, tratando de no parecer más vulnerable de lo necesario.
Ella me sujetó con ambas manos, ayudándome a incorporarme. Logré sentarme en la camilla, pero de alguna manera, al intentar acomodarme mejor, perdí el equilibrio. En un reflejo rápido, ella también perdió estabilidad, y en un instante sus manos estaban en mis brazos y mi frente casi rozaba la suya, ¡Mierda!
Nos quedamos quietos. Muy quietos. Podía sentir su aliento, el aroma sutil de su perfume mezclado con la desinfectante esterilidad del hospital. Era como si todo se hubiera congelado. Mi mirada se encontró con la suya, y por un segundo, nada más importó.
— Tom… — susurró, casi inaudible.
No pude responder. No sabía qué decir, y sinceramente, no quería romper el momento. Había algo reconfortante en su cercanía, algo que había estado buscando sin saberlo desde que desperté en este lugar.
El hechizo se rompió cuando la puerta se abrió de golpe.
— Espero no estar interrumpiendo nada — dijo la voz con un tono neutral, pero con un leve toque de sarcasmo que no pasó desapercibido.
La voz era familiar, y al girar la cabeza lo vi, era Bill, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de sorpresa, incomodidad y algo más que no pude identificar bien.
— Bill… — susurré con molestia, entrecerrando los ojos — ¿Que no te enseñaron a tocar la puerta?
Él se quedó quieto en el marco de la puerta, tratando de decir algo.
Peyton dio un paso atrás rápidamente, apartándose de mí como si hubiera sido atrapada haciendo algo indebido.
— Solo estaba ayudándolo a sentarse — su tono calmado pero con un leve tinte de nerviosismo.
Bill no dijo nada por unos segundos, sus ojos moviéndose de Peyton a mí, y luego de vuelta a ella. Finalmente, soltó un suspiro.
— Bueno, parece que llegué justo a tiempo.
— ¿»Justo a tiempo» para qué? —pregunté, todavía tratando de recuperar la compostura.
— Para ver cómo estás, obviamente. Hace tres días que no vengo, pensé que ya te habrías olvidado de mí — respondió con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos.
Peyton aprovechó el momento para dirigirse a la puerta.
— Los dejo. Necesitan ponerse al día — me sonrió — Emm… Ahora vuelvo, te traeré un poco de agua — me lanzó una última mirada antes de salir.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Bill se acerco y se sentó en la silla junto a mi cama, apoyando los codos en sus rodillas mirándome fijamente, como si esperara algo de mi que no podía darle.
— ¿Que? — ladeé la cabeza viéndolo.
— ¿Nueva amiga? — preguntó, con un tono casual y una sonrisa que no coincidía con la intensidad de su mirada ¿Qué pretendía?
— Sí… La conocí hace unos días en la azotea. Ha sido agradable hablar con alguien que no sea el personal del hospital.
Ví como la sonrisa de Bill se desvanecía apenas un poco. Bajó la mirada jugando con las mangas de su chaqueta.
— Ya veo. Bueno, me alegra que no te hayas sentido solo estos días.
No respondí. La verdad, su ausencia los últimos días me había dejado indiferente. No es que lo extrañara. Aunque decía conocerme bien, para mí no era más que un extraño. Uno que, además, había decidido aparecer y desaparecer a su antojo.
— Perdón por no haber venido antes — continuo tratando de mantener la conversación — He estado ocupado con cosas de la universidad… ¿Cómo te sientes?
— Igual. Mejorando poco a poco, supongo.
— Eso es bueno — respondió, pero su voz sonaba distante. Se quedó en silencio de nuevo, como si estuviera buscando las palabras adecuadas — Mira, sé que probablemente no soy la persona que más quieres ver ahora mismo, pero estoy aquí porque me importas, Tom.
Eso me hizo mirarlo directamente a la cara. Había algo en su tono, una sinceridad que no pude ignorar por más que quería. Pero al mismo tiempo, no sentí nada. Era como si hablara de alguien más, no de mí.
— No es eso — susurré, intentando ser cortés — Es solo que… no sé cómo se supone que debo sentirme contigo. Cada vez que le pregunto a mi madre, me esquiva el tema. Y tú… tú tampoco me dices nada claro. Solo vienes, me miras como si esperaras algo de mí, pero no dices qué — hice una pausa, tratando de ordenar mis pensamientos — No entiendo por qué nadie puede ser honesto conmigo. Si tú… si tú eras alguien importante en mi vida, amigo, conocido, mejor amigo antes del accidente ¿Por qué no me lo dices? — mi voz sonaba más firme ahora, casi reclamándole — ¿Crees que voy a recordarlo solo porque sí? ¿O es que temes que, aunque me lo digas, no signifique nada para mí?
Él respiró hondo, como si estuviera tratando de encontrar la mejor forma de decirlo sin derrumbarse.
— Eso… Eso tienes que recordarlo por ti mismo, Tom. Son las indicaciones del médico — dijo finalmente, con un tono bajo, casi suplicante.
Fruncí el ceño, frustrado.
—¿Por qué? ¿Qué tan malo puede ser que me lo digas? ¿Qué diferencia haría? Estoy aquí, sentado, intentando juntar piezas de un rompecabezas que ni siquiera sé si tienen todas las piezas, y tú… Tú solo te quedas ahí, mirándome como si esperaras un milagro.
Bill cerró los ojos un momento y suspiró.
— Porque no quiero forzarte. No quiero ponerte en una posición en la que sientas que tienes que reaccionar de cierta manera solo porque te lo dije yo. Esto… esto no funciona así, Tom.
—¿Y cómo se supone que funcione? —repliqué, mi voz subiendo ligeramente — Estoy perdido, Bill. Literalmente perdido. Y siento que todos saben algo que yo no sé, pero nadie tiene la decencia de decírmelo.
Él se quedó en silencio, sus ojos brillando con una tristeza que no entendía del todo, todos evitaban ese tema, sentía que me ocultaban más cosas, muchas más, cosas importantes de mi vida.
— Lo siento, Tom… — murmuró, sin darme una respuesta clara.
Asentí lentamente, pero no añadí nada. La puerta se abrió antes de que pudiera intentarlo.
— ¿Tom? — preguntó Peyton, entrando con una sonrisa y su habitual energía.
— Pasa… — la mire antes de que Bill pudiera decir algo.
Peyton me miró y luego lanzó una mirada rápida hacia Bill, notando la atmósfera tensa.
— Bueno — camino hacia mi, dejando una botella de agua en la mesita.
— Gracias…
— De nada. Te dejo con… — hizo una pausa, como si no recordara o no quisiera decir el nombre de Bill — Bueno, te dejo. Si necesitas algo, estaré en la azotea. Ya no los molesto más.
Salió rápidamente, dejándonos de nuevo en el incómodo silencio.
— Ella parece preocuparse bastante por ti — dijo Bill, sin mirarme.
— Es agradable tener a alguien con quien hablar.
— ¿Y yo qué soy? — frunció el ceño y solo suspiré, su tono ahora más firme.
La pregunta me tomó por sorpresa. No tenía una respuesta clara, y mi silencio lo dijo todo — Lo entiendo… — bajo la cabeza — Necesitas más tiempo… Perdón.
Permanecimos unos segundos en silencio, como si estuviéramos intentando reponernos de algo. Luego, él levantó la cabeza y cambió el tono de su voz, tratando de sonar más tranquilo.
— Por cierto, Georg y Gustav van a venir más tarde a verte. Dijeron que pasaban después de la universidad.
Fruncí el ceño ligeramente al escuchar sus nombres, aunque esta vez la familiaridad era inmediata.
— ¿Georg y Gustav? — repetí, más por confirmar que por sorpresa.
— Sí, tus amigos. Seguro que estarán felices de verte.
Asentí, esta vez sintiéndome un poco más cómodo. Georg y Gustav eran nombres que sí significaban algo para mí. Podía recordar nuestras salidas, sus bromas, nuestras conversaciones interminables sobre música y tonterías. Pero entonces me golpeó otra duda.
— ¿Cómo los conoces? — pregunté, mirándolo fijamente.
Bill dudó un segundo, como si no hubiera esperado la pregunta.
— Bueno, los conozco porque… — titubeó y luego forzó una sonrisa — Los conozco por ti.
— Claro, por mí — repetí, dejando que la ironía se colara en mi tono.
Él no respondió. Bajó la mirada, como si hubiera algo más que quisiera decir pero no pudiera. Decidí no insistir. Cada vez que intentaba obtener respuestas, todo lo que recibía era el mismo muro de silencio o evasivas, me hartaba todo eso, pero yo mismo me encargaría de obtener toda esa información por mi cuenta. Me recosté contra la almohada, fingiendo desinterés.
— Genial, entonces los veré después —dije, cortante, para terminar con el tema.
Bill apretó los labios y asintió.
— Sí… Ellos siempre saben cómo animarte — murmuró, pero su voz sonaba apagada, como si mis palabras le hubieran dolido más de lo que quería mostrar.
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Después de unos treinta minutos, el cuarto se llenó de ruido. Georg y Gustav llegaron como una puta tormenta, soltando bromas y carcajadas apenas cruzaron la puerta, me miraron con una sonrisa antes de saludar a Bill con un gesto de cabeza, él estaba en un rincón de la habitación perdido en sus pensamientos. Honestamente, me alivió verlos. Necesitaba un respiro de la mierda tensa que acababa de pasar con Bill.
— ¡Ah, Tom! — dijo Georg, soltando una risa mientras dejaba una bolsa llena de cosas en la mesa junto a la cama — ¿Cómo va esa recuperación? ¿Ya te acuerdas de lo guapo que soy o todavía no?
— Si ese fuera mi criterio para recuperarme, mejor me quedo como estoy — me reí, tratando de seguirles la corriente.
Gustav se dejó caer en la silla más cercana, sacando una lata de refresco de su mochila.
— ¿Y qué tal? ¿Te tienen comiendo puras cosas insípidas acá o ya te trajeron comida decente? — preguntó Gustav.
— Más o menos.
— Te trajimos algo, Tom. Es comida de verdad, no la que dan aquí. Aunque no sé si tu estómago está listo para algo decente.
— Lo que sea que no sepa a plástico será un milagro. Gracias por venir, chicos.
Georg se sentó en una silla junto a la mia, mirándome con atención, se cruzó de brazos, evaluándome como si fuera un maldito experimento.
— ¡Míralo! Si parece que lo atropelló un camión y se levantó para pedir otra vuelta.
— Y tú pareces salido de un mal comercial de shampoo — respondí con un intento de sonrisa.
— No pareces tan jodido como esperaba. ¿Seguro que te despertaste de un coma y no de una buena fiesta?
— Por ahora está tranquilo, pero nunca se sabe — hablo Bill con una media sonrisa, cruzándose de brazos desde el otro lado de la habitación, ganándose nuestra atención.
Que se vaya a la mierda… Solo quiero sacarles información a Gustav y Georg para ver si se animan a decirme algo.
— Oigan, ya que están aquí, ¿Ustedes saben algo de mí que yo no? Porque parece que últimamente todo el mundo sabe cosas que yo no recuerdo.
Ambos intercambiaron una mirada rápida, esa típica mierda de «sabemos algo pero no lo diremos».
Ellos no, por favor…
Bill, desde su lugar, soltó un suspiro pesado.
— ¿En serio vas a empezar con eso de nuevo? — me miró, alzando una ceja.
Georg se rascó la nuca, claramente incómodo, todos los estábamos, pero yo quería respuestas y no evasivas.
— Bueno, no es como si quisiéramos ocultarte nada, Tom, pero… Hay cosas que tal vez sería mejor que recuerdes por tu cuenta.
— ¿Otra vez con eso? — repliqué con frustración en mi voz — Parece que todos creen saber qué es lo mejor para mí.
— Mira, Tom — empezó Gustav, siempre el diplomático del grupo— Bill solo intenta hacer las cosas más fáciles para ti. No quiere presionarte.
— ¿Más fáciles? — negué con una risa amarga — ¿Qué parte de esto es fácil? No sé quién es. Y no entiendo porqué tú… — señale a Bill, observándolo con rabia. Él muy cabrón solo rodó los ojos, me estaba sacando de mis casillas de verdad — …Pareces tan jodidamente afectado cada vez que hablamos.
— No es eso — intervino Gustav, intentando calmarme — Es solo que… Algunas cosas tienen más sentido cuando las descubres por ti mismo. Tom, lo único que te podemos decir es que hay cosas que, cuando estés listo, tendrán sentido.
— ¡Joder con eso de “cuando estés listo”! Llevo casi dos semanas despertando cada día con la sensación de que algo falta. Actúan como si yo fuera el problema — respire hondo, antes de volver a enfrentarlos, ya estoy al límite — Escuchen, estoy cansado de que todos actúen como si yo estuviera siendo injusto o impaciente. No entiendo nada de lo que está pasando. Recuerdo casi todo, excepto a tí Bill. Y cuando te pregunto, te cierras como si fuera un puto secreto de estado. ¿Qué se supone que haga con eso? No soy un mago, quiero saber que paso hasta cierto punto de mi vida en el que no puedo recordar más… ¿Es tanto pedir?
El silencio que siguió fue incómodo. Incluso yo sabía que estaba siendo un imbécil, pero no podía evitarlo. Era como si todo lo que me rodeaba estuviera diseñado para hacerme sentir más perdido de lo que ya estaba.
— ¿Sabes qué? Cambiemos de tema. Tom, ¿Quieres empezar con un sándwich o prefieres una bebida? — como siempre, me estaban evadiendo lo que tenía por derecho a saber… Simplemente no podía sacarles está información a ellos. No ahora.
Por un momento, pensé que había ido demasiado lejos, pero estaba en mi derecho. Me pasaron un sándwich junto a un jugo de naranja y los comí lentamente.
— ¿Sabes qué? Deberías distraerte un poco. Gustav, ¿trajiste la baraja? — Georg se giro hacia Gustav y él solo sonrió sacando una baraja de cartas de su mochila.
— ¿Y qué vas a hacer tú? ¿Perder como siempre?
— Prepárate para perder tú, Gustav. Te daré una paliza — por primera vez en todo el día, solté una sonrisa genuina, vaya que milagro…
Gustav mezclaba las cartas mientras Georg le lanzaba provocaciones baratas y yo me apoyaba contra el respaldo de la cama, sintiéndome un poco más relajado.
— ¿Listos para ser humillados? — preguntó Gustav con una sonrisa burlona mientras repartía.
— Por favor, Gustav, tú pierdes hasta en el solitario — respondió Georg, acomodándose en la silla con ese aire confiado característico de él.
Empezamos a jugar. Cada tanto, Georg hacía algún comentario sarcástico para molestar a Gustav, y yo me encontraba riéndome más de lo que esperaba. Fue un pequeño respiro de toda la mierda que llevaba encima.
Al fondo Bill seguía sentado en una esquina, con los brazos cruzados y la mirada fija en nosotros. No decía nada, pero podía sentir su presencia como si estuviera buscando algo que criticar.
— ¿Y qué más has hecho estos días, Tom? — preguntó Georg, lanzando una carta sobre la mesa con un golpe exagerado— Además de comer y dormir.
Aproveché la pausa para tomar un sorbo de jugo, pensando en cómo responder.
— Bueno… conocí a alguien.
Eso llamó la atención de los dos. Gustav levantó la mirada de las cartas y Georg dejó escapar un silbido bajo.
— ¿»Alguien»? — preguntó Georg con una ceja levantada— ¿Y eso?
— Una chica — bufé, tratando de sonar casual.
Georg se inclinó hacia adelante con interés.
—¿Cómo que una chica? A ver, cuéntanos.
Me encogí de hombros, jugando con la carta en mi mano.
— Fue en la azotea. Subí porque necesitaba un respiro, pero me sentí un poco mareado y casi me desmayé. Ella estaba allí y me ayudó.
— ¿Y luego? — presionó Gustav.
— Nos pusimos a hablar un rato. Es bastante fácil conversar con ella. Me contó sobre su familia, su papá está pasando por aquí ya que fue enyesado por romperse el tobillo… Y bueno, seguimos hablando desde entonces.
— ¿Así nomás? ¿»Nos pusimos a hablar»? ¿No hay más detalles? — Georg solo soltó una risa corta y dejó caer sus cartas sobre la mesa.
— Es todo lo que hay, por ahora —respondí con una sonrisa pequeña — Es agradable. No hay nada más que eso.
Georg asintió con una mueca de escepticismo, pero no dijo nada más. Gustav, en cambio, simplemente siguió jugando como si la conversación no le interesara mucho.
Bill, sin embargo, rodó los ojos de manera casi imperceptible. Apenas si movió la cabeza, pero lo noté.
— ¿Y qué? — dije, dirigiéndome directamente a él — ¿También tienes algo que decir?
— Nada. Solo que es interesante cómo confías tanto en alguien que acabas de conocer — su tono cuidadosamente neutro, aunque la forma en que apretó los labios traicionaba lo que realmente pensaba.
— No creo que sea asunto tuyo —respondí, sin alzar la voz pero dejando claro que no iba a dejar pasar su comentario.
Bill no respondió, simplemente volvió a recostarse en la silla, mirando hacia otro lado como si la conversación hubiera terminado. Pero algo en su expresión me dejó claro que no lo estaba.
Me quedé mirando las cartas en mi mano, pero mi mente estaba en otra parte. La verdad es que, desde que conocí a Peyton en la azotea, no podía dejar de pensar en ella. Había algo ahí, algo que no sabía cómo describir. No era la conexión que sentía que debía estar buscando, pero tampoco podía ignorarla.
— No lo sé — dije finalmente, soltando un suspiro pesado — Es… raro. Siento algo con esta chica, pero no es lo que estoy buscando. Solo que, joder, tampoco puedo recordar lo que debería sentir. Y ustedes solo se dedican a ocultarme lo que quiero saber.
Gustav evitó mi mirada, claramente incómodo, mientras barajaba las cartas de manera distraída. Georg, en cambio, dejó caer las suyas sobre la mesa, apoyando los codos con calma y entonces soltó, como si nada;
— Pero, para ser justo, hay algo que siempre fue obvio para todos menos para ti — lo dijo tan despreocupado que me dejó desconcertado. ¿De qué carajo estaba hablando ahora?
— ¿Disculpa? — ¿Que? ¿Obvio para todos? No, no era nada «obvio» para mí — ¿Y eso qué se supone que significa?
Georg alzó las cejas, señalando sutilmente hacia Bill con un movimiento de cabeza, mientras Gustav trataba de contener una risa.
— Nada, nada… Solo que, bueno, algunas cosas no necesitan un gran flashback para entenderse ¿Entiendes? — joder, solo me enredaban más.
— Georg, ¿puedes no hacer esto más raro de lo que ya es?
— Es justamente lo que dije que no hagan, y es lo primero que hacen. ¡Genial! — Bill se levantó de golpe, llevándose una mano a la cara como si estuviera a punto de perder la paciencia del todo — ¿Saben qué? Me largo a la cafetería. No voy a aguantar más si me quedo aquí escuchando sus tonterías.
La silla rechinó contra el suelo cuando la empujó hacia atrás con fuerza, joder estaba volviéndose loco.
— ¿Qué mierdas le pasa ahora? — levante las manos en un gesto de incredulidad mientras veía cómo salía de la habitación casi a zancadas.
Georg se rió por lo bajo, claramente más divertido que preocupado.
— Es Bill. Siempre tiene un puto drama en la punta de la lengua.
— No es solo eso — intervino Gustav, cruzándose de brazos— Está… Raro. Más de lo normal, quiero decir.
—¿»Raro»? — repetí, frunciendo el ceño — Lo único raro aquí es que parece estar encabronado conmigo por algo que ni siquiera entiendo.
— ¿Y te importa entenderlo? Porque no parece que estés muy interesado en averiguar qué le pasa — Georg levantó una ceja, acomodándose en la silla.
— Joder, ¿Y por qué debería? — solté, con más fuerza de la que pretendía— ¿Por qué nadie me explica nada? Parece que todos esperan que yo sepa algo que no recuerdo.
Gustav soltó un suspiro pesado, como si ya hubiera tenido suficiente.
— No sé qué decirte, Tom. Pero tal vez no ayuda que hables tanto de «Esa chica»
— ¿Por qué? — pregunté, fastidiado — Porque parece que todos ustedes tienen algo que decir sobre lo que hago, con quién hablo, y cómo respiro.
— Relájate, hermano. Nadie te está diciendo cómo vivir. Solo que tal vez deberías pensar un poco antes de soltar las cosas como si nada. Especialmente cuando hay alguien que está claramente al borde de un puto colapso — Georg se rió de nuevo, pero esta vez con un tono más serio.
Me quedé callado, mirando hacia la puerta por donde Bill había desaparecido. Por más que no quería admitirlo, sabía que había algo más detrás de su actitud. Pero, joder, ¿cómo se suponía que debía lidiar con eso si nadie me decía lo que estaba pasando?
Continúa…
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