Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 39: Make the most of your time

El viernes amaneció más gris que de costumbre. O al menos así lo sentía Tom, quien no dejó de pensar en todo lo ocurrido el día anterior. La conversación con Bill seguía dando vueltas en su cabeza como un disco rayado. Tenía apenas cuatro días. Cuatro días para lograr que Bill lo viera con otros ojos otra vez, para que al menos le permitiera intentar reconstruir lo que una vez fueron, y si tenía que seguirlo hasta Hamburgo, lo haría sin dudarlo.

El motor de su coche rugió al apagarse, Tom bajó del auto con las llaves en la mano, haciéndolas girar entre sus dedos distraídamente. Las hacía dar vueltas como si así pudiera encontrar alguna respuesta a su dilema emocional. Caminó con paso firme hasta el edificio, atravesó el lobby y sin rodeos se dirigió hacia el área donde probablemente estaría Bill.

— ¿Aún no han llegado? — preguntó al ver a Marcos.

— Todavía no — respondió este con tono tranquilo.

— Vale, gracias.

Tom alzó la mirada hacia las interminables escaleras como si fuera el Everts. Bufó. Definitivamente no estaba de humor para una sesión de cardio.

— Ni loco — murmuró, presionando el botón del ascensor.

Entró al elevador y, una vez dentro, apoyó la espalda contra la pared mientras alzaba la mirada al techo, como si de repente las luces pudieran iluminarle el alma también. Entonces, justo antes de que las puertas se cerraran, una mano se interpuso. El ascensor se abrió de nuevo… Y ahí estaba ella.

— Joder… — susurró Tom entre dientes, bajando la vista rápidamente.

Ria entró con una sonrisa, colocándose a su lado. La música instrumental de fondo sonaba incómodamente alegre para lo que él sentía.

— Buenos días, Tom — dijo ella con tono suave.

— Ah… buenos días, Ria — respondió él, sin dejar de mirar la pared, como si fuera la obra de arte más fascinante del mundo.

El silencio se extendió por unos segundos, hasta que ella decidió romperlo.

— Sabes… Me gustó mucho tu camisa el otro día. Azul te queda bien, resalta tus ojos — comentó, dándole una mirada de arriba abajo con descaro.

Tom ladeó la cabeza ligeramente hacia ella, soltó una sonrisa falsa y respondió:

— Gracias. También me queda bien el negro, por si algún día muero por dentro otra vez.

Volvió a mirar al frente como si nada, dejando a Ria medio confundida.

— Creí que lo del chico fue solo una excusa para no salir a comer conmigo — dijo ella, cruzándose de brazos.

— Lo fue — admitió sin rodeos — Lo resolví después, claro, pero sí, fue una excusa.

— ¿Y no piensas que eso fue un poco… cruel? — preguntó, frunciendo el ceño.

— No tanto como hacerme perder el tiempo. Mira, Ria… Eres guapa, no lo voy a negar, pero ahórrate el esfuerzo conmigo. No va a pasar nada.

— ¿Qué? ¿Ni una oportunidad?

Tom suspiró y se giró hacia ella solo un poco.

— A ver. Te voy a dar un consejo: los hombres no siempre queremos lo que brilla más. A veces queremos algo que no podemos tener, algo que no se da por completo. Deja de insistir tanto, juega al misterio. Te aseguro que algún otro caerá en tus redes, pero yo… yo no soy ese tipo. Yo ya estoy atrapado en otra red, una más jodida.

Las puertas del ascensor se abrieron. Tom salió con tranquilidad, sin mirar atrás.

— Que tengas buenos días — dijo antes de irse caminando hacia su oficina, dejando a Ria con la boca medio abierta y el ego magullado.

Tom entró a su oficina después de su encuentro en el ascensor como si nada hubiera pasado, aunque por dentro sentía que había tirado una bomba. Cerró la puerta con calma, se dejó caer en la silla giratoria y soltó un suspiro largo, de esos que solo salen cuando uno está estresado pero decidido.

Por suerte, el escritorio estaba casi limpio. Solo unos papeles sueltos, una botella de jugó y su laptop abierta. El día anterior se había quedado unas cuantas horas extra, terminando todo su maldito trabajo como si estuviera por irse de vacaciones… pero no. Su destino no era la playa, era Bill. Y si adelantar pendientes significaba tener más tiempo libre para perseguir al amor de su vida, entonces se desvelaba todas las veces que hicieran falta.

— Todo sea por ti, joder… — murmuró, arrastrando la botella de jugó hacia él.

Desde ayer, Tom no podía pensar en otra cosa que no fuera pasar más tiempo con Bill. Sabía que no podía forzarlo, que no debía presionar, pero… necesitaba estar cerca de él. Un poco más, solo un rato más. Como antes.

El problema era que aún estaban en horario laboral, y salir sin permiso no era lo más responsable, incluso si ya había terminado todas sus tareas. Sus dedos tamborilearon nerviosos contra el escritorio, mientras su mente buscaba una solución. Leandro no estaba ese día, lo cual era raro, pero… podía llamarlo.

Tom tomó el teléfono y marcó.

— Buenos días, Leandro.

— Tom, qué sorpresa. ¿Todo bien? — respondió al otro lado, con un tono algo más relajado de lo habitual.

— Sí, sí, todo bien. Solo que… fue raro no verte en la empresa hoy — comentó con sinceridad.

— Estoy atendiendo unas cosas familiares — explicó Leandro sin dar detalles, y Tom no quiso insistir.

— Entiendo. Mira, seré directo… ¿Podrías darme una o dos horas de permiso? Ya terminé todo lo que tenía que hacer, revisé los pendientes y dejé todo listo.

Hubo una breve pausa.

— ¿Ya hiciste todo tu trabajo?

— Sí.

— Entonces no hay problema, Tom. Aprovecha ese tiempo, a veces hace falta — le respondió con un tono amable. No era que se diera las libertades de dar permisos a sus empleados, pero el gran cariño hacia Tom fue una excepción. 

— Gracias, en serio — dijo con alivio y una sonrisa.

Colgó, y por primera vez en la mañana, sintió que todo encajaba.

Media hora después, tras cerrar la laptop y comprobar que no tenía más correos urgentes, se levantó con decisión. Se frotó las manos y salió de la oficina.

El pasillo estaba relativamente tranquilo. Caminaba con calma, pero su cabeza iba a mil por hora: «Ayer estaban en la sala del fondo… Tal vez están ahí otra vez. Vamos, instinto, no me falles ahora.»

Al llegar frente a la puerta, se asomó primero como espía. Solo su cabeza apareció en el marco, espiando sigilosamente. Sus ojos brillaron al ver a Bill y Andreas allí, de espaldas, conversando.

Entró con sigilo, y con pasos sutiles se acercó directamente a Bill. En cuanto estuvo detrás de él, levantó las manos y le tapó los ojos.

— ¿Qué diablos? — saltó Bill, claramente sobresaltado.

Andy estalló en carcajadas y se giró con una sonrisa burlona.

— Adivina quién soy — susurró Tom cerca de su oído, bajando la voz.

— No tengo tiempo para tus juegos, Tom — soltó Bill, quitándose las manos con brusquedad, aunque no podía evitar una ligera sonrisa al reconocer su voz.

Tom, impulsivamente, se inclinó y le plantó un beso en la mejilla antes de que se alejara.

— Ups… perdón, fue automático — dijo él con una media sonrisa, nervioso, rascándose la nuca como niño atrapado robando galletas.

— Pues contrólate — respondió Bill, girándose hacia él pero sin irse, como si… tal vez… no hubiera estado tan molesto por ese gesto.

Andreas simplemente se cruzó de brazos, viendo la escena y no era para menos, cada vez que ambos tenían interacción siempre se sentía como una película, llena de drama, tensión y, a veces… ¿Amor? 

— ¿Interrumpo algo importante? — preguntó Tom, haciendo como que miraba a su alrededor, aunque todos sabían que solo tenía ojos para Bill. Cómo un crío que apenas está teniendo su primer romance. Tal vez Bill no fue su primer TODO, pero absolutamente fue el que le enseño el significado del «amor», de querer y ser querido, mirarse a los ojos y que el mundo pase a segundo plano, que sean las únicas personas a su alrededor. 

— No — dijo Andy divertido — Aunque ahora… creo que podríamos usar tu cara para la campaña de «clientes intensos».

Tom rió y levantó las manos.

— Culpable, pero es que no puedo evitarlo cuando tengo poco tiempo y muchas ganas.

— ¿Poco tiempo? — preguntó Bill, arqueando una ceja.

— Sí. Hoy es viernes, ¿No? Me quedan sábado, domingo… Y el lunes es la presentación — dijo Tom con un tono entre ligero y decidido — Eso significa que solo tengo cuatro días para que me des otra oportunidad. Cuatro días para convencerte de que soy el imbécil más encantador que hayas conocido y que vale la pena intentarlo otra vez.

Andy se aguantó las ganas de aplaudir. «¡Por Dios, alguien denle un Oscar o un contrato de telenovela YA!»

Tom le sostuvo la mirada a Bill con seriedad, sin juegos esta vez.

— Y si tengo que subir y bajar todos los pisos de este edificio diez veces al día, sentarme frente a tu oficina como perrito esperando una galleta, o mandarte café con notas… Lo haré. No me importa si me ves como un ridículo, lo único que quiero es que me veas.

Bill lo miró en silencio. No lo mandó a la mierda. Y eso… Para Tom, ya era ganancia.

Bill lo miró con cara de «¿Es en serio?» después de unos segundos y aunque por dentro admitía que había sido lindo… No iba a dejarse llevar tan fácil.

«Qué bonito… pero no. No, Bill, eso ya no va a pasar. Nunca más.» Su mente gritaba eso mientras su corazón hacía mariposas y escándalos como adolescente enamorado.

— ¿No tienes trabajo o qué? ¿Por qué estás aquí como mi sombra? — soltó, cruzándose de brazos y tratando de sonar serio.

Tom sonrió con orgullo, como si esperara justo esa pregunta.

— Ayer me quedé horas extras para adelantar todo. Me fui tardísimo. Y hoy terminé la poca mierda que quedaba en media hora… solo para tener tiempo libre contigo. No tengo nada que hacer más que molestarte y lo voy a disfrutar.

Bill abrió la boca pero no supo qué decir. Solo le salió un simple:

— Ah…

Andreas, que había estado revisando unos archivos en la mesa, levantó la mirada con una sonrisa gigante.

— Wow, eso es… Muy romántico, Tom. Trabajar de más para pasar más tiempo con Bill. Eso sí que no se ve todos los días, ¿Eh?

Tom se encogió de hombros con una media sonrisa.

— Cuando uno quiere, hace lo que sea. Incluso sacrificarse unas horas extras. 

Andy rió, pero de pronto los miró a ambos, luego a la puerta, luego de nuevo a ellos… y sintió el golpe sutil pero potente de la realidad: estaba de más. Completamente.

— Me siento como ese amigo que carga las mochilas mientras la parejita camina delante… — dijo, haciendo una mueca — Voy a ir a comprar más de esas galletas de chocolate. Me encantan.

Se giró hacia ellos, sonrió y añadió:

— No se maten… o sí, pero sin que yo vea. Chaito.

Y salió silbando bajito mientras cerraba la purta.

Tom no perdió ni un segundo. Apenas se quedaron a solas, se acercó un poco más a Bill y le dijo con una sonrisa:

— Ya que estamos los dos… ¿Quieres ir a caminar un rato? Solo un paseo, nada raro.

— No — respondió Bill rápido.

— ¿No? ¿Por qué no? Vamos, no seas amargado. Solo vamos a caminar — insistió Tom, como si «caminar» significara «acércate a mí lentamente y déjame amarte otra vez».

— No quiero — Bill giró la silla dándole la espalda, aunque no podía evitar ese leve temblor en sus dedos.

— ¿Y si te digo que encontré una cafetería con el café que te encanta?

— Tampoco.

— ¿Y si te digo que vi un gatito ayer y pensé en ti porque se parecía a ti cuando te enojas?

— Tom…

— ¿Y si te digo que si no sales conmigo me voy a poner a cantar aquí mismo?

Bill giró con una mirada de advertencia, sabía que cantar para el de trenzas nunca fue un don, ni siquiera le gustaba, pero por Bill lo haría sin dudarlo. 

— No te atrevas.

Tom se llevó la mano al pecho.

— ¿Así de cruel eres? Y yo que me estaba preparando para cantarte My Heart Will Go On.

— ¡No! — dijo Bill firme, y agregó rápidamente — Además, tengo trabajo.

Tom entrecerró los ojos, mirando alrededor.

— ¿Trabajo, eh? No te veo muy ocupado. Veo una silla giratoria, un café a medio tomar, y un chico muy sexy evitando salir conmigo.

Bill rodó los ojos.

— Andreas va a volver en cualquier momento. Tenemos que terminar unas cosas…

— Hmm… okey, mentiroso — soltó Tom, con una sonrisita que lo delataba todo — Ni tú te crees eso, Bill.

El pelinegro chasqueó la lengua, frustrado por cómo lo había pillado, pero no dijo nada. Solo se giró otra vez, escondiendo una sonrisa que se le escapaba sin querer.

Tom estaba a punto de decir algo más, pero la puerta se abrió de golpe. Andy entró rápido, murmurando:

— ¡Mi celular! ¡Siempre me pasa lo mismo, carajo! — lo encontró encima del escritorio y lo agarró aliviado.

— Vamos… — dijo con voz casual — Bill, Por favor — volvió a insistir, no aceptaría un «No» por respuesta. 

— No — Bill no dudó ni medio segundo.

— Vamos, te va a hacer bien salir un rato — insistió Tom, con esa mirada de perrito que sabía usar perfectamente.

— Porque… hay cosas que editar todavía, ya te lo dije — se excusó Bill, cruzándose de brazos — Vi los videos otra vez y no me convencieron, hay partes que quiero cambiar.

Andy se giró con una ceja levantada y sonrió.

— Déjalo, Bill. Yo me encargo de eso. Anda, ve a respirar aire fresco con Tom un rato, te va a servir.

Tom, con una sonrisa de oreja a oreja, se volteó hacia Bill:

— ¿Ya ves?

Bill lo fulminó con la mirada. Esa mirada que decía «te voy a matar» y Andy solo le respondió con una sonrisita tierna y culpable, como si dijera «sorry not sorry». Sus intenciones estaban claritas.

Tom se giró otra vez, poniéndose frente a Bill, ya en modo niño desesperado:

— ¿Vamos? ¿Sí? ¿Po-r-fa-vor? — alzó las cejas, juntó las manos como si estuviera rezando — ¿Siii? ¿Siii? ¿Siii? ¿Sí?

— ¡No! — soltó Bill.

— ¿Siiiii?

— ¡No!

— ¿Por favooor?

— Tom…

— ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí?

— ¡AY, ESTÁ BIEN! — Bill exhaló, alzando las manos con fastidio — Pero solo porque quiero salir un rato. Nada más.

No iba a caer en sus redes. ¿Verdad?

No. Claro que no. Ni loco… ¿O sí?

— ¿A dónde vamos? — preguntó mientras agarraba su chaqueta.

Tom tragó aire con fuerza.

— ¡Es sorpresa!

Salieron de la sala y caminaron por el pasillo mientras Andy los miraba irse, sonriendo como quien acaba de cumplir su buena acción del día.

Bajaron por el ascensor y cuando salieron al lobby, Bill frunció el ceño.

— ¿Y por qué vamos al estacionamiento?

— Porque te voy a llevar en mi auto, por supuesto — dijo Tom como si fuera lo más obvio del mundo.

— ¿En tu auto?

— Ajá.

Caminaron por el estacionamiento hasta que Tom sacó las llaves de su bolsillo y con un click, encendió las luces delanteras de su coche. El auto respondió con un «bip» suave.

— ¿Ese es tuyo? — preguntó Bill con una ceja levantada.

— Sí, señor — dijo Tom con orgullo. Mientras se acercaba, presionó otro botón en las llaves y desbloqueó las puertas con un pitido. Luego abrió la puerta del copiloto con un gesto elegante y una sonrisa ladeada — Suba, joven Trümper.

Bill puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una leve sonrisita. Se subió al auto con un suspiro resignado, y Tom rodeó el vehículo para meterse al asiento del conductor. Encendió el motor con ese sonido suave, se acomodó y salieron del estacionamiento.

— ¿Y cómo lo compraste? — preguntó Bill de pronto, mirando el interior limpio y bien cuidado del auto — O sea, este no es un auto cualquiera. Te salió caro, ¿No?

Tom sonrió con nostalgia, sus ojos clavados en la carretera.

— Lo compré en mi último año de universidad. Estudiaba en el día y trabajaba en la noche… Ahorré cada maldito centavo. Fue un año duro, pero al final lo logré. Me acuerdo que cuando me lo entregaron, lloré. No por el auto en sí, sino porque era la prueba de que había podido con todo.

Bill lo miró de reojo, y aunque no dijo nada, sintió una punzada en el pecho. Ese era el Tom que le gustaba, el que se esforzaba, el que luchaba por lo que quería.

Y ahora… ese mismo Tom estaba intentando luchar por él.

— Wow… — susurró, bajito.

Tom lo escuchó, y sonrió apenas.

— No era solo un carro. Era libertad y ahora… — le lanzó una mirada rápida de lado — También va a ser el que me lleve de vuelta a ti.

Bill suspiró, sin saber si reír o patearlo por seguir lanzando frases que le hacían temblar las defensas.

El camino se volvió tranquilo por un momento. El silencio llenó el auto, solo la música flotando entre ellos. El semáforo cambió a rojo y Tom frenó con cuidado. Entonces, sin decir nada, se inclinó hacia el asiento trasero, buscando algo con una mano mientras mantenía la otra en el volante.

Bill lo miró, frunciendo el ceño con curiosidad.

— ¿Qué haces? — preguntó, apenas inclinándose un poco hacia él.

Tom volvió a sentarse bien, y en su mano traía una flor.

No cualquier flor.

Era una Peonía rosa. La favorita de Bill.

La sujetaba con delicadeza y su sonrisa… joder, su sonrisa era suave.

— Para ti — dijo, extendiéndosela sin dejar de mirarlo, como si le estuviera ofreciendo su corazón y no una flor.

Bill se quedó en silencio. Literalmente mudo. La tomó con cuidado, sintiendo un nudo raro en la garganta.

— Yo… — tragó saliva — Pensé que… Que ya no te acordabas.

Tom lo miró, ahora sin sonrisa, con los ojos firmes, intensos.

— ¿Cómo podría olvidarme de eso? ¿De ti? — hizo una pausa breve — No. No lo haría y no voy a hacerlo. No otra vez.

Bill desvió la mirada al parabrisas. Afuera, el mundo seguía girando. Adentro, su corazón latía fuerte.

Un recuerdo lo golpeó de repente.

-«Y esas son mis flores favoritas, por si algún día te nace regalarme algo»- le había dicho, riéndose, en uno de esos días en que estaban sentados en el césped del campus, cuando aún eran un «nosotros».

Y desde ese momento, cada vez que se veían, aunque fuera solo un ratito, Tom aparecía con una peonía. A veces envuelta, a veces recién comprada, a veces robada de algún jardín que no quería admitir, pero siempre, siempre había una flor.

«Una flor para una flor», le decía Tom en broma, aunque se notaba que lo decía en serio.

Bill volvió al presente. A la peonía que ahora sostenía entre los dedos, a Tom, mirándolo de reojo mientras el semáforo cambiaba a verde.

— Gracias — murmuró, sin poder evitarlo.

— De nada — respondió Tom, volviendo a mirar al frente mientras aceleraba de nuevo.

Y por dentro, Bill no podía evitar sentir algo que no quería admitir. Porque… ¿Cómo carajos podía defenderse de alguien que aún recordaba su flor favorita?

¿Y a dónde diablos lo estaba llevando ahora? Porque su estómago ya no sabía si era ansiedad… o mariposas.

Después de unos minutos más conduciendo, Bill reconoció la calle. Frunció el ceño, confuso, mirando por la ventana. No… no puede ser. ¿Aquí?

Tom estacionó el auto justo enfrente, salió primero y, sin decir mucho, caminó hacia la puerta de Bill y la abrío. Lo miro, sonriendo con una chispa que no se podía apagar.

— ¿Vas a quedarte ahí?

Bill bajó lentamente, mirando el letrero de la cafetería que conocía demasiado bien. Su cafetería, la favorita, la que visitaban cuando solo eran amigos, y también cuando ya no lo eran.

Entraron, y Tom fue directo a la esquina, a esa mesita redonda junto al ventanal donde siempre se sentaban. Como si su cuerpo recordara el camino exacto, como si los pies le obedecieran a los recuerdos. Bill lo siguió, sin decir nada, con el corazón un poco más blando de lo que quería.

Se sentaron frente a frente.

El mismo lugar, la misma vista, las mismas sillas que chirriaban un poquito si te movías muy rápido.

Todo estaba igualz pero nada lo estaba.

Tom lo miró de reojo, como si aún no pudiera creerse que estaba ahí con él. Como si su mente tratara de reconstruir algo a partir de pedazos rotos. Como si, por un momento, pudiera fingir que nada se había perdido.

— Tantos recuerdos, ¿No? — susurró con una media sonrisa, mientras apoyaba los codos en la mesa — Hasta huele igual.

Bill solo lo miró un segundo antes de desviar la mirada hacia la ventana, sin decir nada. Por dentro estaba revuelto.

Alguien se acercó, alguien joven con delantal azul y una sonrisa amable.

— ¿Lo de siempre? — preguntó, reconociéndolos. Aunque paso el tiempo, era imposible olvidarlos, siempre habían sido clientes frecuentes y, ahora, verlos despues de mucho tiempo fue extraño, pero no dijo nada.

Bill asintió, y pidió su amado café con un pretzel. Tom pidió lo mismo, pero añadió unas galletas.

Y cuando se alejó, Tom aprovechó el silencio para hablar bajito.

— ¿Sabes algo? A mí nunca me gustó el café — dijo, mirando la mesa vacía con una pequeña sonrisa.

Bill lo miró sin entender al principio.

— ¿No?

Tom negó con la cabeza.

— No. Ni un poco. Me parecía amargo e innecesario… No era lo mío — hizo una pausa — Pero tú lo amabas. Lo bebías como si fuera parte de ti. Y yo… — se encogió de hombros, con una risa baja — Me empezó a gustar. No porque cambiara de opinión, sino porque tú lo amabas. Y pensé que si a ti te hacía feliz, tal vez podría hacerme feliz a mí también.

Bill bajó la mirada hacia la mesa. Sus dedos se enredaban entre sí, tensos.

Tom siguió hablando, con una voz suave y temblorosa:

— Lo probé por ti. Para que tuvieras con quién compartir una taza, para tener una excusa más para quedarme más tiempo contigo, para entenderte un poquito más. Y ahora, después de todo, creo que terminé enamorándome del café… y de ti al mismo tiempo.

Bill sintió un golpe en el pecho, uno de esos que te hacen respirar hondo sin querer.

Le dolía. Porque era bonito, demasiado bonito y porque sabía que una parte de él todavía sentía.

Pero no debía y no podía decirlo. Así que solo respondió:

— Eres un idiota.

Tom sonrió, bajando la mirada, como si eso fuera exactamente lo que necesitaba oír. Porque ese «idiota» no venía con veneno. Venía llena de nostalgia.

Y justo en ese momento, la persona volvió con sus cafés humeantes y aunque Bill intentaba mantenerse firme, el aroma lo hizo cerrar los ojos un segundo.

¿Qué se supone que iba a hacer con todos esos recuerdos?

Tom revolvió lentamente el café con la cucharita de metal, sin apartar la vista de Bill, que estaba jugando con la servilleta entre los dedos. El silencio era cómodo… o lo era hasta que Tom lo rompió.

— ¿Y qué fue de tu vida… Cuando te fuiste a Hamburgo?

Bill lo miró con cierta sorpresa. 

— Pues… — suspiró, dejando la servilleta a un lado — Terminé mis estudios, y con la ayuda de mi papá logré abrirme paso en algunas agencias. Fue raro al principio, pero Andreas y yo armamos un equipo. Éramos buenos juntos — rió apenas, como si eso todavía le sorprendiera — Y… nada, de ahí todo fluyó. Trabajamos duro. Mucho.

Tom asintió, como si ya lo hubiese imaginado. Bill era una tormenta cuando se lo proponía.

Hermosa, intensa y letal.

Tom bebió otro sorbo de café y, con una sonrisa torcida, soltó una pregunta «casual».

— ¿Y… estuviste con alguien en esos dos años?

Bill lo miró y por dentro se rió, pero por fuera solo alzó una ceja con cinismo.

— No.

— ¿En serio?

— En serio. No tenía cabeza para eso. Ni corazón tampoco.

Tom sintió una ola de alivio. Quiso que no se le notara, pero era imposible. Claro que quería que Bill hubiese encontrado la felicidad si no era con él, pero…

— ¿Y tú…? — preguntó Bill de pronto — Quiero escucharlo todo. Detalladamente esta vez. Lo que pasó con Peyton.

A Tom se le borró la sonrisa. Dejó la taza en la mesa con cuidado.

— Fue el mismo día que te fuiste — comenzó con voz baja — Había hablado con Georg y Gustav esa tarde. Les dije que quería terminar con ella. Que ya no aguantaba. Era un error todo eso. Ella era… insoportable. Manipuladora, controladora. No sé cómo me dejé envolver.

Hizo una pausa, y Bill no dijo nada. Solo lo observaba, en silencio sin juzgar.

— Fui a casa de mi mamá. Le conté. Ella estaba feliz. Sentí que por fin estaba tomando una buena decisión — tragó saliva — Pero cuando salí de su casa… Peyton estaba afuera apoyada en su auto. Me gritaba que subiera. Que quería hablar. Y yo, como idiota, subí. Para no hacer escándalo, para no armar un drama en la calle — su voz tembló un poco — Pero fue el peor error.

Tom respiró hondo, como si necesitara fuerza para seguir. Bill solo lo miraba, con la mandíbula tensa.

— Discutimos. Le dije que todo había sido un error. Que no podía seguir así. Y fue ahí cuando me di cuenta de que iba drogada. Por su forma de hablar, de manejar… sus pupilas — cerró los ojos unos segundos — Le dije que parara el auto. Que no estaba bien y ella me dijo… dijo que si no era suyo, no sería de nadie.

La cucharita temblaba entre sus dedos.

— Se pasó un semáforo. Vi la luz roja, el claxon de un camión. Grité. Intenté desviar el volante. Recuerdo que el auto giró, todo se puso de cabeza… y luego… — Tom bajó la voz, con los ojos vidriosos — Luego, todo fue negro.

Bill tragó saliva. Sus dedos se habían congelado sobre la mesa. 

— Estuve en coma — continuó Tom, sin mirar al frente — Y… en ese estado… te recordé. Todo el tiempo. Tus risas, tus quejas, tu forma de mirar las estrellas, de cantar entre dientes. Y… me odié.

Me odié por las cosas que te dije, por haberte dejado ir así.

Hubo un pequeño silencio. Tom pareció dudar. Y luego dijo:

— Desperté por… — se detuvo. Miró al techo como buscando otra respuesta. Bajó la mirada, no quería recordar a su padre — No importa. Solo desperté.

Bill supo que había algo más. Algo que dolía más de lo que Tom estaba dispuesto a decir, pero no lo presionó.

— Me dijeron que Peyton estaba embarazada. Y sí… el bebé era mío.

No la denuncié, fue por el bebé. No tenía la culpa de nada. Quise hacerme cargo. Porque… no quería ser como mi padre — Tom parpadeó y se relamio los labios — Me fui a vivir con sus padres. No queria perderme del crecimiento del bebé, y… No supe que seguía con las drogas. O quizá no quería verlo. Pero un día entré a su habitación y… — su voz se quebró — Estaba tirada en el suelo. Sangrando. No respondía, la llevamos al hospital, pero… ya era tarde. No hubo nada que hacer por el bebé.

Bill apretó los labios, con la mirada clavada en las manos de Tom, que ahora estaban cerradas.

— Me dolió —dijo Tom — Me dolió más de lo que pensé. Me encariñé con él. Era lo único que tenía… Y quería amarlo como a mí nunca me amaron — suspiro antes de conectar su mirada con Bill — Peyton es pasado. Su adicción se salió de control y sus padres no tuvieron más remedio que internarla, pero lo del bebé…

Bajó la cabeza y por un segundo, a Bill se le rompió algo dentro.

— Tom… — susurró Bill, pero no sabía qué más decir. Y tal vez no tenía que decir nada.

Porque a veces, el dolor no necesita palabras, solo necesita compañía.

&

La luz blanca del pasillo se reflejaba en las paredes estériles. Era el mismo color que había visto durante los últimos dos años: blanco. Sin vida.

Pero hoy… hoy era diferente. Hoy la puerta no se abría para otra evaluación o medicamento. Hoy se abría… para salir.

El doctor sostenía una carpeta entre las manos mientras hablaba con formalidad y tono esperanzador.

— Tu evolución ha sido notable, Peyton. Has respondido bien al tratamiento y los exámenes psicológicos muestran avances muy positivos. Te damos el alta, pero recuerda que el seguimiento es obligatorio, ¿sí?

Ella solo asintió, sonriendo un poco. Sus ojos iban de su madre al doctor, y luego a su padre, que apenas la miraba con las manos cruzadas.

— Gracias, doctor — dijo su madre, estrechándole la mano — Gracias por todo.

El doctor asintió y se fue, dejando el espacio en silencio. Fue entonces cuando su padre, ese hombre tan duro pero con el corazón justo donde debía, se acercó a ella con los ojos ligeramente húmedos.

— Vamos a casa, hija.

Ella apenas pudo asentir antes de que su madre la abrazara primero con fuerza, como si necesitara asegurarse de que estaba realmente ahí, mejor y entera. Y luego fue su padre. No era del tipo que abrazaba… pero lo hizo. Breve, pero real.

Los trámites fueron rápidos. Parecía que sus padres ya lo tenían todo arreglado desde antes, como si hubieran contado los días para ese momento. Y de pronto, sin más, Peyton iba sentada en el asiento trasero del auto de su papá, con su madre a su lado, el bolso en las piernas y los ojos perdidos en las calles que desfilaban fuera de la ventana.

Habían cambiado tantas cosas, pero había algo que no cambiaba. Una idea que le ardía en la mente.

— ¿Y Tom?

La pregunta fue simple, pero el silencio de sus padres lo dijo todo.

— Peyton… — empezó su madre, girando la cabeza hacia ella.

— Ya déjalo — dijo su padre, sin girar un solo centímetro al volante.

Peyton frunció los labios, pero no se rindió.

— Solo quiero saber. Nada más. ¿Está bien?

— Sí — dijo su padre finalmente, sin mirarla — Está bien y eso es todo lo que necesitas saber.

Ella no respondió. Miró por la ventana y asintió lentamente, como si aceptara, pero por dentro… por dentro ardía.

Tom.

Ese nombre había sido un mantra en su cabeza todos los días. Ese rostro, esas manos, esa maldita sonrisa que la volvía loca. Al principio, sí. Fue un capricho, algo que quería solo por diversión, pero cuando lo tuvo… Cuando conoció realmente a Tom… Se enamoró.

Jodidamente se enamoró de él.

No podía sacárselo de la cabeza. Ni los medicamentos, ni las terapias, ni los meses entre esas paredes pudieron borrarlo.

— Papá… mamá… — murmuró con voz baja — Yo sé que cometí muchos errores. Lo sé. Sé que le hice daño… y que me pasé de muchas líneas, pero… yo de verdad lo amé.

Su madre se giró hacia ella, con tristeza en la mirada.

— Peyton…

— De verdad, mamá. Sé que no lo hice bien. Que fui impulsiva, que dije cosas horribles, que actué como si él fuera un premio, pero cuando lo perdí… — sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayó ninguna — Cuando lo perdí, me di cuenta de lo increíble que es. Cómo sonríe, cómo cuida a la gente, cómo se esfuerza, cómo ama…

Su voz se quebró.

— Y no pude dejar de pensar en él. Ni un día. Yo… Yo solo quería que me amara de nuevo y no supe cómo hacerlo sin… sin ser esa versión rota de mí.

Su padre la miró por el espejo retrovisor en silencio.

— Y ahora lo estás haciendo de nuevo — dijo él, sin suavidad — Queriendo que te ame cuando ya no está en tus manos.

Tienes que dejarlo ir.

Peyton cerró los ojos, y por primera vez en meses, no pensó en las paredes blancas ni en los horarios del internado.

Pensó en la piel de Tom, en su mirada decepcionada y en la posibilidad de volver a estar cerca de él.

Aunque sea solo un poco, aunque sea por última vez.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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