

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 38: Fights and statements
— Te juro que en estos últimos dos días, Tom ha estado encima tuyo como si fueras un imán y él una cuchara — dijo Andreas, dando otro sorbo a su café y mirando a Bill con una ceja alzada.
Bill soltó un suspiro largo, como si eso pudiera sacarle el fastidio por los poros.
— Sí… pero no voy a hablar con él.
— Ajá.
— ¡No voy a hablar con él! — insistió Bill, como si repetirlo lo hiciera más real.
Andreas lo miró divertido, con esa sonrisa de “ya te descubrí”.
— Aunque haya dicho todo eso… no va a pasar nada — añadió Bill, con firmeza.
— Claro, claro… — Andreas asintió, pero era imposible tomárselo en serio con esa sonrisa burlona en los labios.
Bill lo fulminó con la mirada.
— ¿De qué te ríes, eh?
— De ti, obvio. No te hagas. Te conozco desde que usabas delineador de glitter sin vergüenza alguna. Te leo la cara como si fueras un PDF abierto: lo sigues amando.
Bill se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.
— No seas ridículo.
— ¡Ay, por favor! Se te nota en los ojos, Bill. Bueno, también se nota que tienes ganas de aventarle una silla, pero el amor sigue ahí, escondido entre las ganas de asesinarlo.
Bill se quedó callado, apretando la mandíbula.
— Además, se le nota a él también. Está arrepentido… o confundido… o arrepentido y confundido al mismo tiempo, que es básicamente el resumen emocional de Tom.
— Andreas… — suspiró Bill, cansado — No sé. No queda mucho tiempo. Faltan cinco días y se acabó, terminamos el trabajo y volvemos a nuestras vidas. Esto… Esto nunca pasó.
— Ay, ya vas a empezar con tus telenovelas — respondió Andreas, negando con la cabeza y dejando la taza sobre la mesa con fuerza dramática — «Esto nunca pasó». ¡Por favor! Eso suena como algo que diría una señora que se acostó con el jardinero.
Bill soltó una risita, a pesar de sí mismo.
— No, en serio, Bill. Ustedes dos… Son almas gemelas.
Bill lo miró con los ojos abiertos como platos.
— ¿Tú te drogaste antes de venir o qué?
Andreas sonrió, acomodándose en la silla como si se preparara para contar una historia de las buenas.
— Escúchame. En alguna vida pasada ustedes dos fueron pareja, lo sé. Probablemente vivían en un castillo, uno tocaba la guitarra mientras el otro tejía coronas de flores o algo así. Y ahora, en esta vida, volvieron a encontrarse porque sus almas no se pueden olvidar.
— ¿Qué carajos estás diciendo…?
— ¡Estoy siendo profundo! Por una vez en mi vida, déjame ser místico, maldita sea.
Bill ya se estaba riendo.
— En serio, Bill. Sus caminos siempre se van a cruzar, en esta vida, en la siguiente, en una donde sean gatos o astronautas o lo que sea. Ustedes siempre van a encontrarse porque eso hacen las almas que se aman.
Hubo un silencio.
Bill lo miró, sin saber si reír, llorar o llamar a emergencias.
— ¿Ya acabaste, Shakespeare?
— Sí — dijo Andreas, sacando una galleta del bolsillo como si todo lo anterior no hubiera pasado.
— No tiene sentido nada de lo que dijiste.
— ¿Y qué? El amor no tiene sentido tampoco, y mira cómo te tiene.
Bill se cruzó de brazos de nuevo, pero esta vez su expresión no era tan dura, era como si una parte de él, muy al fondo, quisiera creer en toda esa locura romántica, aunque no lo admitiría ni bajo tortura.
Andreas solo le guiñó un ojo, mientras masticaba su galleta.
— Tú ríete, pero cuando estés besándolo bajo la lluvia, te vas a acordar de mí.
— Cállate.
— Lo haré… Cuando seas feliz con él.
— Cállate, Andreas.
Pasaron unos largos minutos en silencio, el único sonido era el de Andreas comiendo sus galletas despreocupadamente.
— Bueno, ya se acabaron — dijo, sacando la bolsa de galletas como si estuviera mostrando una evidencia. La agitó un poco frente a Bill para que viera que no quedaba ni una mísera migaja.
— ¿Y eso es mi culpa? — preguntó Bill, alzando una ceja.
— No, pero me estás viendo con cara de hambre — respondió Andreas con seriedad dramática mientras sacaba unos billetes de su billetera — Anda, ve por más y cómprate lo que quieras.
Bill lo miró con sospecha.
— ¿Desde cuándo eres tan generoso?
— Desde ahora. Considera esto un acto de amor fraternal, o… de desesperación.
Bill entrecerró los ojos.
— Eso suena a trampa.
— ¡Que no! Solo… Tráeme unas galletas y si quieres, café para ti, adicto.
— No soy adicto — refunfuñó Bill, tomando el dinero.
— Por favor, Bill. Si el café fuera una persona, ya estarías casado con él y tendrías tres hijos.
— Al menos no sería tan molesto como tú.
— ¿Ves? Eso es lo que dice un adicto en negación.
Bill ya se estaba alejando mientras murmuraba:
— Voy por el maldito café.
— ¡Y por las galletas! ¡Galletas, Bill, no lo olvides! ¡Las de chocolate, no las de avena como señora deprimida!
Bill alzó la mano como despedida sin mirar atrás. Camino y llegó al mostrador, ordenó dos cafés y una caja de galletas lo suficiente grande como para ellos dos.
La cafetería olía delicioso, pero Bill no tenía humor para nada. Iba refunfuñando mientras equilibraba los cafés calientes, la bolsa de galletas, una servilleta que se caía con cada paso y una chocolatina extra que se había autoregalado para sobrevivir a Andreas.
— ¡Joder! — murmuró cuando un vaso casi se volcó — Si esto se cae, alguien va a morir.
Tenía el ceño fruncido, los brazos al límite y la paciencia en negativo.
— ¿Por qué mierda no traen bandejas en este lugar? ¿Qué somos, bárbaros?
Una mano apareció de repente y tomó uno de los cafés antes de que se estrellara contra el suelo.
— Woah, cuidado ahí.
Bill levantó la vista, aliviado.
— Gracias, pensé que iba a-
La sonrisa se le congeló al ver la cara de Tom frente a él, su expresión cambió de inmediato.
— Devuélvelo.
— No, no, espera — dijo Tom, levantando las manos con una sonrisa ladina — Yo lo llevo. Mira cómo estás, se te va a caer todo.
— Eso espero — respondió Bill, apretando los dientes — Y si no se me cae, te lo voy a tirar a la cara.
Tom rio por lo bajo mientras tomaba parte de las cosas de las manos de Bill.
— Tranquilo, no vine a molestarte. Solo… Necesitabas ayuda.
— No necesito nada de ti.
— ¿Estás seguro? Porque desde donde lo veo, casi se te cae todo… Aunque no de la forma que a mí me gustaría — le guiñó un ojo.
Bill lo miró con una mezcla de asco y confusión.
— Si no estuviera sosteniendo este puto café y las galletas, te habría roto una silla en la cabeza.
— Qué romántico — dijo Tom, como si fuera un cumplido.
— Eres un idiota.
— Y tú eres hermoso cuando estás enojado.
— ¡Tom!
— ¡Ya, ya! No te alteres, solo te estoy ayudando. Yo camino contigo, te dejo las cosas y desaparezco.
Bill resopló molesto, pero no le quedaba otra. Sus manos ya estaban temblando por tanto cargar, y muy en el fondo aunque no lo admitiría ni borracho, una partecita suya se sentía cálida por ver a Tom… Tan Tom.
— Camina rápido — dijo finalmente sin mirarlo.
— A la orden, mi príncipe del mal humor — sonrió Tom, siguiéndolo como si nada.
Bill caminaba con paso firme, sosteniendo aún su parte del cargamento mientras Tom iba a su lado con cara de que nada le afectaba en la vida, como si no acabara de recibir amenazas de muerte.
Por la cabeza de Bill solo pasaban miles de preguntas «¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser tan molesto? ¿Y por qué mierda me ayuda como si esto fuera normal? No es normal. No somos normales. Esto… Esto no debería pasar.»
Lo miró de reojo.
Y encima sonríe, sonríe como si no hubiera roto nada. Como si no doliera. Idiota… Hermoso idiota.
Tom, por su lado, iba feliz. Está molesto. Perfecto. Eso significa que todavía le importaba, según él. No le lanzó el café en la cara, eso es un avance. Por su cabeza, miles de posibilidades «Tal vez si le digo que el café huele como él… No, no, demasiado. O sí… Nah, mejor no. Pero qué guapo se ve cuando frunce el ceño».
Y mientras tanto, a unos metros más adelante Andreas estaba sentado en la mesa, viendo un video en su celular y comiéndose las uñas como si esperara el final de una telenovela. Cuando vio que venían juntos, tragó saliva.
«Oh, mierda, funcionó. FUNCIONÓ. ¡Mi plan maestro de las galletas funcionó!»
Y entonces Tom levantó la mirada, y Andy sintió que lo escaneaba de pies a cabeza.
«Ay Dios. Tiene mirada de cuñado psicópata… Pero sexy» Pensó.
Bill, al ver la expresión de Andy, casi se tropezó. Le lanzó una mirada que decía “ni se te ocurra decir una sola palabra o te mato con este café hirviendo”. Andy sonrió. Era su señal para hablar más.
— Tom, ¿Verdad? — dijo, con una sonrisa de «yo sé cosas».
Tom dudó un segundo, pero asintió con curiosidad.
— Eh… sí. ¿Tú eres…? — recordaba haberlo visto en la oficina de Leandro el primer día que vio a Bill, pero nunca presento tanta atención realmente.
Bill ya se estaba preparando mentalmente para desintegrarse.
— ¡Andreas! El famosísimo mejor amigo de Bill desde niños.
Bill le hizo una seña con la mano detrás de Tom, claramente un “cállate, maldita sea”, pero Andreas la ignoró.
— Me ha hablado mucho de ti.
— ¿Ah, sí? — preguntó Tom, levantando una ceja mientras dejaba el café y las galletas sobre la mesa. «¿Habla de mí? Bien… Eso significa que piensa en mí. Punto para mí.»
Bill solo se repetía en la cabeza que Todo se había acabado. Perdió el control de esta conversación, quería que la tierra lo tragara en ese instante.
Tom se sentó como si estuviera en su casa. Bill le pasó el café a Andy con un bufido, se sentó y justo cuando iba a tomar el suyo Tom se lo quitó sin remordimientos.
— ¡Oye! — Bill lo fulminó — ¿Qué haces? ¡Ese es mi café!
Tom lo olió, cerró los ojos y sonrió.
— Lo siento, es que… Se veía delicioso. El café, igual que… Bueno, todo.
Bill solo pudo mirarlo como si quisiera que explotara.
— Idiota. Cómprate el tuyo.
— Ya estoy aquí, sería tonto levantarme. Además, este ya está a temperatura perfecta.
Andy se rió mientras daba un sorbo al suyo.
— Ay, qué romántico todo. Esto parece más un reencuentro de ex novios que una entrega de galletas.
— ¡No somos ex nada! — gritaron los dos al unísono, y luego se miraron.
Silencio raro, Tom fue el primero en romperlo, medio riendo:
— Oye Andy… ¿Siempre es así de malhumorado o soy yo el problema?
— Ah, no — dijo Andy — Siempre es así… pero contigo es especial.
Bill se levantó como si fuera a irse.
— Me largo.
— ¡No! — Tom lo jaló por la manga, suavemente — Quédate, por favor. Solo quiero… Estar contigo, un rato. Aunque sea así, con tus insultos y tus miradas de “te odio”.
Bill resopló, pero no se soltó.
— Eres imbécil.
— Pero un imbécil que todavía te quiere — respondió Tom, mirándolo como si eso fuera lo más obvio del mundo.
— Wow, wow, wow, wow… — dijo Andreas, levantando las manos como si estuviera deteniendo una avalancha — ¿Cómo que aún lo amas? ¿Lo haces?
Tom lo miró serio. No desvió la mirada ni un segundo, sin miedo, sin juegos.
— Sí. Lo amo. Y me arrepiento de cada maldita palabra que dije hace dos años. Sé que fui un imbécil, sé que lo arruiné, pero también sé que él… — miró a Bill, que fingía estar muy interesado en una mancha inexistente en la mesa — Que él no me ha olvidado. Aunque se esfuerce mucho por actuar como si sí.
Bill resopló, sin atreverse a mirarlo.
— Ah sí, claro. Porque fingir es mi talento oculto. ¿No será que eres tú el que se está inventando una novela?
— ¿Ves? — Tom sonrió apenas — Ya estás hablando como antes.
Andy los miraba como si estuviera viendo un partido de tenis.
— Esto está mejor que cualquier telenovela que he visto. Pero ya, enfoquémonos: ¿Cómo planeas reconquistarlo, Romeo? ¿Flores? ¿Cartas? ¿Una serenata con mariachis?
— Ya sé lo que le gusta — respondió Tom, medio divertido, medio retador — Pero igual te escucho. No me vendría mal mejorar mis técnicas.
—¡Diablos! — gritó Bill, golpeando la mesa con la palma — Yo también estoy aquí, ¿Saben? ¡No soy un maldito fantasma entre ustedes dos, par de idiotas!
Andy alzó una ceja.
— Solo quiero ayudarte a que vuelvas con tu novio.
— ¡NO es mi novio! — Bill parecía que iba a explotar.
Tom, tranquilo como si nada, se cruzó de brazos con media sonrisa.
— No recuerdo haber terminado contigo, la verdad. Técnicamente, seguimos siendo novios.
Bill giró hacia él tan rápido que casi se rompe el cuello.
— ¿Estás borracho? ¿O simplemente estás más estúpido de lo normal? ¡Claro que terminamos! ¡¡Hace dos años!!
Andy se encogió de hombros.
— No hubo una conversación oficial, que yo sepa.
— ¡Andy, cállate! ¡No sabes nada!
— ¡Claro que sé! — respondió ofendido — Me lo contaste tú, ¿Recuerdas? Todas las madrugadas en las que llorabas y te ponías emo viendo películas con perros moribundos. Lo sé todo.
Tom parpadeó.
— ¿Películas con perros moribundos?
— ¡No veas eso! — chilló Bill, tapándose la cara — ¡Eso no fue lo importante!
Tom se rió bajito, con los ojos clavados en él.
— ¿Entonces qué te dijo, Andy? — le preguntó sin despegar la mirada — ¿Qué te dijo de mí? Espero que hayan sido cosas buenas…
Andy miró a Bill, buscando permiso. Bill no dijo nada. Solo bajó la mirada y suspiró, derrotado.
— Me dijo que lo rompiste. Que nunca había sentido un vacío así. Que después de todo lo que vivieron, no podía entender cómo alguien que lo amaba podía hacerle tanto daño.
Tom tragó saliva. Su sonrisa se desvaneció, igual que el aire en sus pulmones.
— Lo sé — dijo, bajo pero claro — Me odio por eso. Pero si tú supieras… Todo lo que he pensado, todo lo que he querido hacer desde que recuperé esos recuerdos… Bill, te juro que me arrepiento. Cada día, cada noche. Cada vez que me río con alguien más y pienso que debería ser contigo. Cada vez que cocino algo y me acuerdo de tus caras raras. Me arrepiento… Porque te amo. Todavía. Siempre.
Bill seguía en silencio sin decir ni una palabra. Solo lo miró de reojo, con los ojos brillando, pero sin lágrimas.
Andy también se había callado. Por primera vez, entendía que ese no era su momento para hablar.
Un silencio denso se apoderó de la mesa. Solo el vapor del café seguía subiendo, como si también estuviera conteniendo la respiración.
— Lo entiendo — dijo Bill al fin, su voz más baja, pero con una carga intensa — Para mí tampoco fue fácil, Tom.
Tom alzó las cejas, sorprendido por ese tono tan serio, pero antes de que pudiera decir algo, Bill lo fulminó con una mirada que podría haber encendido fuego.
— Pero tú te fuiste. Con la maldita perra de Peyton.
Andy abrió los ojos como platos. Uy…
Tom abrió la boca para responder, pero Bill no le dio tiempo.
— ¿Quieres que me crea todo ese discurso de redención mientras te coqueteabas con ella? ¡Con la misma que me quería ver fuera de tu vida!
— ¡Bill, yo no recordaba nada en ese momento!
— ¡Y eso qué! — gritó Bill, golpeando la mesa de nuevo — ¿Disfrutaste estar con esa maldita bruja? ¿Te divertías, Tom?
Tom apretó la mandíbula, intentando contenerse.
— En ese momento… Peyton era agradable. No sabía nada, no sabía quién eras tú para mí. No recordaba.
— ¡Oh, claro! ¡Agradable! — Bill hizo un gesto exagerado, como si se riera pero por dentro estaba prendiendo fuego — ¿Y qué fue lo que te hizo abrir los ojos, eh? ¿La voz del amor? ¿Una señal del universo?
Tom lo miró a los ojos, esta vez con fuerza.
— Fue el accidente. ¡El segundo accidente, Bill! Por culpa de ella. Otra vez. Ahí fue cuando lo recordé todo, todo lo que tú y yo… Lo que nosotros éramos.
Bill bufó.
— ¡Como si eso fuera bueno! ¡Como si eso lo arreglara todo! ¡Claro, amnesia 2.0! ¡Perfecto!
Andy estaba en medio de la mesa, viendo a ambos discutir, atrapado en una tormenta. Tom gritaba, Bill también. El café estaba abandonado, las galletas a medio comer, y Andy… Andy solo pensaba:
«Wooow. Esto se siente exactamente como cuando mis papás peleaban por la custodia del perro. ¿Soy el perro? ¿Soy el hijo? ¿Soy el sillón roto? No lo sé, pero quiero desaparecer.»
— Además — soltó Bill, clavando su mirada en Tom — Actuaste como un idiota total cuando te enteraste de lo nuestro.
— ¿Perdón? — Tom alzó las cejas, sorprendido.
— ¡Sí! ¡Un completo imbécil! — Bill lo señaló, lleno de rabia — Tu reacción no fue nada linda. Huiste, te encerraste, nos echaste. ¡Ni siquiera intentaste entenderlo! Te cegaste por completo. ¡Te portaste como si yo fuera el malo!
Tom frunció el ceño, apoyando ambas manos en la mesa.
— ¿Y cómo querías que reaccionara? ¿Que te abrazara? ¿Que mágicamente me llegaran los recuerdos como en una telenovela? ¡No fue fácil, Bill! ¡Ethan me lo gritó en frente de toda la maldita universidad con fotos de nosotros! ¡Fotos que yo no recordaba! ¡Y cuando te miré a los ojos, no dijiste nada!
Bill bufó, indignado.
— ¡¿Y qué querías que hiciera, Tom?! ¡¿Que armara un PowerPoint con efectos y música de fondo?! ¡También me impactó lo que dijo Ethan! ¡Yo no sabía cómo reaccionar! ¡Pero no fue mi culpa! ¡Y cuando tú saliste corriendo, ¿Recuerdas eso?! ¡Yo te seguí! ¡Georg y Gustav también! ¡TE ROGAMOS que hablaras con nosotros, que nos escucharás y tú solo… ¡Te hiciste el sordo como un idiota!
Tom desvió la mirada, frustrado.
— ¡Estaba con la cabeza explotando! — gritó, golpeando la mesa con el puño, haciendo que el café de Andy casi se volcara — ¡Saber que tenía una relación que no recordaba… ¡NO FUE FÁCIL!
Bill lo miró con una mezcla de rabia y dolor.
— ¡Y eso no te dio derecho a romper todos nuestros recuerdos!
— ¿Qué…? — murmuró Tom, sorprendido.
— ¡Sí! — Bill lo miró con seriedad, respirando agitadamente — ¡Cuando fuimos a tu casa pensando que estabas ahí, entré a tu habitación y encontré las fotos, las cartas, LOS REGALOS… Todo roto! ¡Trozos por el suelo como si no significaran nada! ¡Y fui yo quien lo reparó todo!
Tom lo miró con los ojos muy abiertos.
— ¿Fuiste tú… Quien reparó las fotos?
Bill bajó la mirada, su voz se volvió más baja.
— Eso ya no importa…
Tom rodó los ojos, como restándole importancia, y eso fue la chispa final.
— ¡¿Vas a poner los ojos en blanco ahora, en serio?! ¡¡Eres increíble!!
Andy, en medio de los dos, solo se llevó la mano a la cara.
— Y luego — continuó Bill, con la voz temblando — Enterarme de que andabas con esa maldita bruja de Peyton… ¡Fue como morir! ¡Y para colmo me entero de que vivían juntos! ¡Haciendo Dios sabe qué cosas! ¡QUÉ ASCO, TOM!
Tom apretó la mandíbula.
— ¡Fue por impulso! ¡Por rabia!
— ¡FELICIDADES! ¡TE FELICITO POR TUS GRANDES DECISIONES! ¡DE VERDAD, DEBERÍAS DAR CHARLAS!
Mientras los gritos seguían, Andy apenas podía mover la cabeza de un lado a otro, siguiendo el intercambio de acusaciones como si estuviera viendo una final de tenis con cuchillos. Solo pensaba: ¿Si me desmayo me llevan en ambulancia o me dejan morir en paz?
— ¡Nunca debiste confiar en ella! — Bill seguía gritando — ¡Te advertimos todos! ¡Pero tú, terco como siempre!
— ¡No sabía en quién confiar! ¡Me levanté con otros pensamientos en la cabeza! — Tom también estaba al borde — ¡Tú estabas frente a mí todos los días, pero nadie me decía nada! ¡¡Ni siquiera tú!!
— ¡Porque los médicos dijeron que si te lo decía podía dañarte más! ¡¡¿Querías que te lo gritara a la cara y que me odiaras para siempre?!!
— ¡¡Lo entiendo, pero hubiera sido mejor eso!!
Andy se deslizó lentamente hacia abajo en su asiento, cubriéndose con una servilleta como si eso lo hiciera invisible. “Diosito, si estás viendo esto, no fui tan mal hijo… Solo quería una galleta.”
— ¡¿Entonces para qué estás aquí, Tom?! ¡¿Para hacerme más mierda la vida?! ¡¿Para recordarme lo fácil que fue reemplazarme por ella?!
— ¡¡NO!! — gritó Tom, golpeando la mesa esta vez — ¡¡Estoy aquí porque te amo, idiota!!
Otro silencio. Un silencio de esos que duelen en los oídos. Andy solo asomó la cabeza por encima de la servilleta.
Bill lo miró. Su respiración estaba acelerada, sus ojos brillosos, y por un segundo… Uno solo… Pareció que iba a quebrarse.
Pero no lo hizo, porque era Bill y Bill no caía tan fácil como antes.
— Pues tu amor llega tarde, Tom. Muy tarde.
Se dió media vuelta, tomó su celular y se fue caminando como si no estuviera a segundos de llorar.
Tom se quedó sentado, respirando, temblando apenas.
Andy lo miró. Ya no había bromas mentales. Solo… comprensión.
El silencio que quedó tras la tormenta verbal era espeso, incómodo… Hasta que Andy lo rompió con calma:
— No te rindas.
Tom soltó una risa amarga, pero no dijo nada.
— En serio — insistió Andy, recargando los codos en la mesa mientras lo miraba fijo — No puedes rendirte ahora, Tom. No después de todo lo que dijiste.
Tom negó con la cabeza, sus ojos fijos en el vaso medio vacío de café que tenía frente a él.
— No pienso hacerlo. Ni por un segundo. — suspiró, cansado, pero firme — Sé que Bill se está protegiendo. Lo sé perfectamente. Está tan jodidamente herido que no confía ni en su sombra.
— Y tiene razones — dijo Andy, sin suavizar las palabras — Pero tú también las tienes. Y se nota. O sea, se nota que quieres arreglar esto de verdad. Aunque lo hagas medio mal… — rió un poco, y Tom alzó una ceja.
— Gracias por la fe — rodó los ojos, pero sin malicia.
Andy se encogió de hombros con una sonrisa tranquila.
— Mira, con paciencia todo se logra. Aunque te ponga muros, aunque grite, aunque parezca que te odia… No lo hace. Está aterrado porque te ama y cuando uno ama así… Perder duele el triple.
Tom lo escuchó en silencio, porque cada palabra, por muy simple, se sentía real.
— ¿Y qué hago si cada vez que intento hablar con él me lanza una bomba emocional diferente? — preguntó finalmente Tom, con una sonrisa resignada.
Andy le dio un leve golpe en la frente con dos dedos.
— Sigues hablando. Una y otra vez hasta que escuche. No puedes dejar que el orgullo gane. Él lo tiene demasiado fuerte por los dos.
Tom suspiró otra vez, largo y hondo, como si necesitara sacar todo de adentro.
— Tienes razón…
— ¡Claro que tengo razón! — dijo Andy, levantándose de su silla de golpe — ¡Y además el tiempo corre, señor Kaulitz!
— ¿Qué?
Andy miró su reloj.
— Tic… Tac… Tic… Tac… Cinco días, ¿Recuerdas? — alzó las cejas — ¿O esperas declarártele en la puerta del aeropuerto con una canción y pétalos volando en cámara lenta?
Tom rió por lo bajo.
— Lo consideré.
— Pues no. Mejor ve ahora. Mientras la rabia está caliente, tal vez hasta se cansa de gritarte y… Te escucha.
Tom dudó. Lo conocía. Conocía cada esquina del temperamento de Bill, cada forma en la que podía cerrarse como un libro blindado con candado triple.
— Conociendo a Bill… No va a querer escucharme. No ahora.
Andy volvió a sentarse, mirándolo con una mezcla de sabiduría y sarcasmo de amigo fastidiado.
— Sí. Pero conociéndote a ti, igual vas a ir. Así que ahórrate el drama y muévete antes de que lo alcance alguien más y decida besarle el trauma.
Tom puso cara de “me cago en todo” y se levantó con un gruñido.
— No me jodas con eso.
— Solo digo… Que si yo fuera Bill, me dejaría besar. Está guapo — dijo Andy encogiéndose de hombros mientras sorbía su café.
Tom alzó una ceja, fingiendo estar ofendido.
— ¿Quieres que te lo tire encima?
Andy sonrió con inocencia.
— ¿A mí o a él?
— Te odio — murmuró Tom.
— Te amo, suerte.
Porque aunque Bill lo mandara al diablo una vez más… Su amor era más terco que su pasado.
Tom salió de la sala casi chocando con la puerta. Solo tenía 50 minutos antes de que terminara su hora de almuerzo y necesitaba encontrarse con Bill ya. No podía dejar que la conversación terminara así, no otra vez, no con ese nudo en la garganta y los ojos de Bill brillando de rabia… y tristeza.
Recorrió el edificio preguntando a todos, hasta que llegó a la recepción. La recepcionista levantó la vista de su celular, algo sorprendida por su apuro.
— ¿Viste a Bill? El chico de cabello oscuro y delgado.
— Ah… sí — dijo ella, pensativa — Salió hace unos minutos. Lo vi caminando por la calle, pero después… ya no supe más.
— Gracias — dijo Tom, antes de salir corriendo, ignorando las miradas curiosas de los demás.
Corrió, se perdió entre la gente, escaneó cada rostro que se cruzaba con el suyo, miró entre autos, entre árboles, en callejones. Su corazón golpeaba como si tuviera miedo de no lograrlo.
“Por favor… que no se haya ido lejos. Que esté aquí. Que me escuche, solo una vez más…”
En un pequeño parque, apartado del ruido, entre árboles y una banca oxidada, Bill estaba ahí. Sentado, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo como si esperara a que el mundo desapareciera.
Tom sonrió suavemente. No porque fuera divertido. Sino porque el destino, una vez más, le había dado una oportunidad. Se acercó con cautela, sus pasos amortiguados por el pasto húmedo, hasta quedar frente a él. Se aclaró la garganta con suavidad, rompiendo el silencio con una sola nota.
Bill lo miró… y enseguida desvió la mirada con enojo.
— ¿Cómo me encontraste? — preguntó sin ganas.
Tom se encogió de hombros, sin borrar la media sonrisa.
— No lo sé. Quizás es el destino. O simplemente… Que siempre hay algo que nos une. Siempre terminamos encontrándonos, incluso cuando no queremos.
— Vete, Tom — le dijo Bill con un suspiró.
— No. No me voy a ir sin hablar contigo. Pero sin pelear. Solo quiero… que hablemos.
Bill negó con la cabeza, pero no se movió.
— Sé que te hice mucho daño — dijo Tom, su voz más suave ahora — Te lo voy a repetir mil veces si hace falta: estoy arrepentido. Cada palabra que dije hace dos años… No las sentía. Fueron por rabia, por miedo, por confusión. Si tuviera una máquina del tiempo, no volvería a decirlas, lo juro. Cometí miles de errores, pero especialmente contigo. Tuve las señales frente a mí… y fui tan idiota que ni las vi.
Bill lo miró finalmente, con los ojos húmedos.
— Sí. Lo que pasó… Lo que dijiste… todavía duele, y no es fácil, Tom. No es fácil volver a confiar cuando has sangrado tanto por alguien.
Tom tragó saliva. Dio un paso más cerca.
— Si quieres que sea otro tipo de persona para complacer lo que mereces, lo haré. Iría hasta el fin del mundo si eso significa tener una sola oportunidad más contigo. Estos años sin ti… Fueron una tortura. Intenté convencerme de que estaría mejor sin ti, que era lo mejor, pero cada día sin ti fue una muerte lenta. Y ahora que estás frente a mí, me doy cuenta de que no puedo dejarte ir otra vez. Eres todo lo que quiero. Lo único que necesito.
— No lo sabes — susurró Bill, negando otra vez — No sabes si de verdad has cambiado. Y yo… no sé si puedo confiar en ti otra vez.
Tom se agachó frente a él, con la mano sobre su pecho.
— Entonces dime cómo cambiar. Dime qué hacer. Si tengo que reinventarme por completo, lo haré. Solo… no me cierres la puerta.
Justo cuando iba a decir algo más, Tom sintió cómo su cuerpo se tensaba de golpe. Algo helado le recorrió la nuca. Sus ojos, por reflejo, se desviaron hacia uno de los árboles grandes que estaban detrás de Bill.
Allí, entre las sombras y las hojas, vio a Jörg.
Parado, imperturbable, con su mirada severa clavada en él, negando con la cabeza lentamente, como si desaprobara lo que estaba diciendo, como si quisiera que se callara, que retrocediera.
El corazón de Tom se desbocó. El sudor frío bajó por su espalda. Sintió cómo la presión bajaba, su visión se nublaba levemente, pero apretó la mandíbula y tragó saliva. No. No ahora. No podía parecer un loco frente a Bill, no frente a la persona por la que estaba intentando reconstruirse.
Así que solo cerró los ojos un segundo, respiró hondo y forzó una sonrisa, como si nada pasara.
— Tom… ¿Estás bien? — preguntó Bill, notando cómo su rostro había palidecido un poco.
— Sí… sí. Solo… Me siento un poco mareado. El calor — mintió con voz débil, sin apartar completamente los ojos del árbol.
Pero Jörg ya no estaba ahí.
Tom apretó los labios con fuerza, aún con la visión un poco borrosa, pero decidió seguir. No podía quedarse callado, no cuando aún tenía cosas que decir, no cuando lo tenía allí, a solo centímetros.
— Bill… Sé que no puedo borrar lo que pasó. Pero… Si tengo que pasar el resto de mi vida demostrándote que soy alguien diferente, alguien que vale la pena… lo haré. Porque lo que siento por ti no es algo que desapareció. Está aquí, latiendo, gritando. Y si para tenerte debo pelear con el mundo… que arda el mundo entonces.
Bill bajó la mirada.
— No lo sabes… No puedes decirlo tan fácil.
— Sí lo sé — insistió Tom, dando un paso más cerca — Dejaría todo por ti. Todo. Mi orgullo, mi miedo, mi vida entera si hace falta. Eres como ese maldito hueso que un perro no suelta aunque esté roto. Y yo soy ese perro, Bill. A lo mejor suena patético… Pero es lo que soy. No puedo soltarte, no quiero soltarte.
El silencio entre los dos fue pesado y doloroso. Bill no respondió de inmediato. Solo parecía estar luchando con sus propios pensamientos.
— No sé si quiero pensarlo — murmuró finalmente, con la voz quebrada — No sé si puedo.
Las palabras le dieron un pequeño corte al corazón de Tom. Sintió cómo se le desinflaba el pecho, le rompía un poco, como si una pequeña grieta más se abriera en su alma… Pero asintió con suavidad, porque lo entendía.
— Está bien… — dijo en voz baja — Pero no voy a rendirme. No esta vez. No solo van a ser palabras bonitas, Bill. No soy solo promesas al viento. Voy a ganarme tu confianza con hechos. Voy a demostrarte que merezco volver a estar en tu vida. Aunque tenga que volver a empezar desde cero.
Bill no dijo nada.
Solo se levantó del banco, con la mirada aún evitándolo. Y sin una palabra, echó a andar.
Tom se quedó ahí, en medio del parque, sintiéndose como una hoja arrastrada por el viento. Como si el alma se le hubiera quedado sentada en ese banco.
Miró al suelo, tragó saliva… y entonces alzó la mirada.
Volvió a estar ahí.
Jörg.
Apoyado en el mismo árbol, sonriendo. Esa sonrisa de mierda, como si disfrutara verlo caer una y otra vez.
Tom apretó los puños con rabia contenida. Por un segundo, pensó en gritarle, en decirle que se largara, que ya no iba a permitir que su sombra lo controlara, pero no. No valía la pena. No más.
— Que te jodan — murmuró entre dientes.
La figura sonrió aún más… y desapareció. Como siempre.
Tom cerró los ojos por un instante, aspiró hondo y se limpió una lágrima solitaria que había escapado sin permiso.
“No voy a rendirme, Bill. Aunque el universo entero quiera que lo haga.”
Continúa…
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