
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 37: Fight for him?
Narrador omnisciente
El sonido de la caja registradora se mezclaba con el bullicio de la tienda, los murmullos de las clientas indecisas y el tecleo incesante de las tarjetas pasando por el sistema. Astrid apenas podía disimular su fastidio mientras sonreía con la misma amabilidad falsa que llevaba practicando desde que comenzó su turno. Pero aquella clienta en particular… bueno, aquella mujer se estaba llevando todos los premios al «ser humano más insufrible del planeta».
— ¿No tienes este en otro color? Pero no en rojo, odio el rojo. ¿Quizás un beige, pero no tan beige? ¿Algo más como un beige cálido pero con un subtono frío? — preguntó la clienta, mirando a Astrid como si esperara que materializara una paleta de colores de la nada.
Astrid parpadeó. No entendió ni la mitad de lo que esa mujer acababa de decir, pero su protocolo de «mantén la calma y no la ahorques» estaba activado al cien por ciento.
— Voy a revisar en el sistema — respondió con su mejor voz de «por favor, lárgate ya».
— ¡Pero apúrate, eh! Que no tengo todo el día — exclamó la mujer, chasqueando la lengua y mirando su teléfono con el ceño fruncido, como si el simple hecho de existir en la misma habitación que Astrid le causara un dolor físico inaguantable.
Astrid respiró hondo. Contó mentalmente hasta diez. ¿Cómo era posible que alguien pudiera exudar tanta prepotencia en tan poco tiempo? La clienta se la pasaba dando órdenes como si la tienda fuera de su propiedad. “Le hace sentir que es la reina del mundo solo porque está comprando un labial y un rubor, por favor”, pensó Astrid, reprimiendo la necesidad de rodar los ojos.
Cuando finalmente la mujer se decidió por una compra tras probar unos veinte tonos diferentes y hacer que Astrid corriera por media tienda, se marchó con la nariz en alto, murmurando algo sobre cómo el servicio «dejaba mucho que desear».
Astrid dejó escapar un suspiro largo y profundo, como si acabara de sobrevivir a una guerra. Finalmente, algo de paz. Ya podía respirar. Ya podía…
— Disculpa, ¿Puedes atenderme a mí también?
La voz llegó en golpe directo al estómago. Familiar e inconfundible. Astrid se quedó congelada, no podía ser.
Parpadeó varias veces, como si su cerebro estuviera negándose a procesar lo que acababa de escuchar. Lentamente, giró la cabeza, sintiendo cómo el aire se atascaba en su garganta.
Y ahí estaba Bill, sonriéndole con esa expresión encantadoramente adorable y los brazos abiertos.
— ¡Sorpresa! — exclamó antes de atraparla en un abrazo repentino, ignorando por completo que Astrid seguía quieta como una estatua, sin poder reaccionar.
Su mente entró en cortocircuito. No lo había visto en dos años. Dos malditos años. Y ahora, como si fuera lo más normal del mundo, estaba aquí, abrazándola en medio de la tienda.
Astrid seguía sin moverse, su cerebro aún procesando todo.
—¿Estoy soñando? — susurró, sin siquiera darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Bill sonrió, esa sonrisa ladeada que tanto conocía, la que siempre usaba cuando intentaba aligerar la tensión.
— No, Astrid, no estás soñando. Soy yo, en carne y hueso — levantó las manos como si quisiera probarlo — Aunque lo entiendo, desaparecí como un fantasma y ahora aparezco de la nada.
Astrid se quedó quieta por un segundo más, procesando, tratando de asimilar que Bill estaba ahí, frente a ella, después de tanto tiempo. Luego, sin pensarlo dos veces, se lanzó a abrazarlo con fuerza.
— ¡Houdini! — exclamó, sintiendo cómo Bill soltaba una risa suave mientras le correspondía el abrazo — Te desapareces y ahora apareces aquí, como si nada. No puede ser…
— Lo sé, lo sé — murmuró él, apretándola un poco más antes de separarse — Perdón por llegar así sin avisar, sin siquiera llamar antes. Sé que esto no es precisamente el mejor lugar para reencontrarnos…
— ¡Por supuesto que no! — Astrid se apartó lo suficiente para verlo bien — ¿Por qué no me dijiste que estabas en Berlín? ¡Te habría ido a buscar! ¡Te habría hecho un altar! No sé, algo. Bill, han pasado dos años…
— Lo sé — repitió él, bajando la mirada un segundo antes de volver a verla — Pero quería que fuera una sorpresa… También, bueno, tenía miedo.
Astrid frunció el ceño.
— ¿Miedo? ¿De qué?
Bill suspiró, rascándose la nuca.
— De que estuvieras enojada, de que no quisieras verme después de tanto tiempo sin dar señales de vida… Yo… Te extrañé mucho, Astrid. Y lo siento por no haberte llamado nunca. En serio.
Astrid lo miró por unos segundos antes de suspirar y negar con la cabeza.
— No digas tonterías. Claro que te extrañé, idiota. No voy a decir que no me dolió que no llamaras, pero te entiendo. Solo… No vuelvas a hacerme esto, ¿Sí? Te lo perdono esta vez, pero la próxima te juro que te voy a cazar hasta el fin del mundo — Bill soltó una carcajada, y por un momento, Astrid sintió que todo volvía a ser como antes. Pero luego se le cruzó algo por la cabeza y entrecerró los ojos — Espera… ¿Cómo supiste que trabajo aquí? — preguntó, cruzándose de brazos.
Bill sonrió con algo de culpa.
— Fui a tu casa primero — admitió — Tu mamá me dijo que estabas aquí, así que vine directo.
Astrid puso los ojos en blanco.
— Claro, mi madre nunca sabe guardar un secreto — murmuró, pero luego le dedicó una sonrisa — Bueno, Houdini, ahora que te tengo aquí, vas a tener que contarme todo. Y digo, todo.
— Trato hecho.
Astrid estaba a punto de decir algo más cuando notó una sombra detrás de Bill. Frunció el ceño con curiosidad y levantó la mirada, encontrándose con un chico rubio, de ojos claros y una sonrisa desenfadada, que observaba la escena con interés.
— Oh, cierto — Bill se giró un poco y señaló al chico — Astrid, él es Andreas, un amigo de Hamburgo. Trabajamos juntos en diseño gráfico y marketing.
Astrid arqueó una ceja mientras lo miraba de arriba abajo.
— ¿Amigo? ¿Seguro que no es tu doble rubio perdido?
Andreas soltó una carcajada y le guiñó un ojo.
— Solo si tuviéramos la misma cantidad de maquillaje, tal vez.
Astrid soltó una risa sincera. Le cayó bien de inmediato. Tenía la misma vibra relajada y chispeante que ella, y eso siempre era una buena señal.
Bill, por su parte, rodó los ojos, pero con una sonrisa divertida.
— Bueno, si ya terminaste de analizar a mi amigo, ¿Me dirás a qué hora terminas?
Astrid miró el reloj y suspiró.
— En veinte minutos.
Bill sonrió.
— Perfecto. Quiero que vayamos a comer y ponernos al día. ¿Que dices?
Astrid cruzó los brazos, fingiendo estar pensativa.
— Mmm… ¡No sé, Bill! Desapareces dos años y ahora vienes con comida para sobornarme. ¡Esto suena sospechoso!
— Lo sé, lo sé, pero funciona, ¿No?
Astrid resopló, pero no pudo evitar sonreír.
— Está bien. Pero si pagas tú.
Bill puso los ojos en blanco.
— Como si eso fuera nuevo.
— Me conoces tan bien.
Andreas miraba la escena con diversíon. Se notaba que Astrid y Bill tenían una relación especial, de esas que no se rompen fácilmente con la distancia.
— Bueno, vayan a sentarse allá — señaló unos sillones en la esquina — En veinte minutos salgo y nos vamos.
— Entendido, jefa — dijo Andreas con un saludo militar burlón antes de jalar a Bill hacia los sillones.
Astrid los vio irse con una sonrisa en los labios. Todo esto se sentía tan irreal, pero, por primera vez en mucho tiempo, algo en su pecho se sintió en paz.
Cuando los veinte minutos pasaron, Astrid salió del vestidor con ropa más cómoda, sacudiendo un poco su cabello mientras miraba a Bill y Andreas con una sonrisa.
— Listo, podemos irnos — anunció, acomodándose la bolsa en el hombro.
— Genial, ya muero de hambre — dijo Andreas con una sonrisa.
Salieron de la tienda juntos, caminando por las calles mientras conversaban. La ciudad estaba iluminada por las luces de los negocios, los autos que pasaban, y la brisa nocturna era fresca sin ser incómoda.
— No puedo creer que sigas igual — dijo Astrid, mirando a Bill de reojo — Pensé que con los años ibas a cambiar, pero aquí estás, tan estirado como siempre.
Bill se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
— ¡¿Estirado yo?! Por favor, Astrid, mírame bien. Estoy relajado, suelto, casi como un espíritu libre.
— Sí, sí, claro — respondió ella con sarcasmo — Seguro que hasta meditas por las mañanas.
Andreas rió.
— Lo peor es que sí lo hace. Lo he visto.
Astrid puso los ojos en blanco, pero su sonrisa traicionaba lo mucho que estaba disfrutando la conversación.
— ¿Y tú, Andreas? — preguntó ella — Cuéntame algo de ti. Bill ya tuvo su momento sorpresa, ahora me toca conocer a su misterioso amigo de Hamburgo.
— Bueno, trabajo con Bill en diseño gráfico y marketing, pero mi verdadera pasión es hacer que la gente se ría con mis desgracias — dijo Andreas con una sonrisa divertida — Y sí, antes de que preguntes, eso significa que siempre me pasan cosas raras.
Astrid arqueó una ceja.
— Eso suena interesante.
— Créeme, lo es. Por ejemplo, una vez me quedé atrapado en un elevador con una señora que tenía claustrofobia. Fue toda una experiencia.
— ¿Qué hiciste? — preguntó Astrid, curiosa.
— Le dije que yo también tenía claustrofobia y empezamos a hiperventilar juntos. No ayudó en nada, pero al menos no estaba sola en su sufrimiento.
Astrid y Bill estallaron en carcajadas, mientras Andreas sonreía satisfecho.
— Definitivamente me agradas — dijo Astrid, dándole un leve golpe en el hombro.
— Me alegra escucharlo, porque creo que nos veremos seguido.
Después de caminar un rato más entre risas y bromas, llegaron a un local acogedor. La decoración era moderna pero con un toque cálido, el aroma a comida recién hecha flotaba en el aire, y había un ambiente relajado que los hizo sentirse cómodos de inmediato.
Se sentaron en una mesa cerca de la ventana, y un mesero se acercó para tomar su orden.
— Yo quiero una hamburguesa con papas y una soda grande — dijo Andreas sin dudar.
— Una ensalada César y un jugo natural, por favor — pidió Astrid.
— Yo quiero pasta al pesto y agua — dijo Bill.
El mesero asintió y se retiró. Mientras esperaban la comida, la conversación siguió fluyendo con la misma naturalidad.
— Entonces, Bill, ¿Qué se siente estar de vuelta? — preguntó Astrid, apoyando los codos en la mesa.
Bill suspiró, moviendo la cabeza de un lado a otro.
— Extraño. No pensé que iba a regresar, pero aquí estoy. Es como si nada hubiera cambiado, pero al mismo tiempo todo es diferente.
— Bueno, al menos tenemos trabajo asegurado — dijo Andreas — Y eso ya es un gran punto a favor.
— Sí, eso es cierto.
El mesero regresó con sus platos y los acomodó en la mesa. El aroma de la comida recién hecha los envolvió de inmediato.
— Buen sazón — dijo Bill, probando su pasta y asintiendo con aprobación — Vale la pena haber venido aquí.
— Definitivamente — agregó Andreas, ya devorando su hamburguesa.
Astrid sonrió y tomó un bocado de su ensalada, disfrutando el momento.
Después de un rato de silencio mientras comían, Bill dejó su tenedor y miró a Astrid con una expresión más seria.
— Ahora sí, dime todo.
Astrid lo miró fijamente por un segundo, entendiendo que se refería a lo que había pasado en su ausencia. Tomó aire, dejando su cubierto sobre el plato.
— Está bien…
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— ¡No se les ocurra entrar a la cocina! — gritó Tom desde ahí, mientras se escuchaban ruidos de ollas y sartenes chocando — ¡Este territorio está prohibido! ¡Zona exclusiva del chef Kaulitz!
— ¡Pero queremos ayudarte! — protestó Nataly desde el comedor — ¡Seguro estás haciendo un desastre allá!
— ¡Yo no quiero limpiar luego! — añadió Simone con tono burlón.
— ¡No necesito ayuda, gracias! La magia no se interrumpe — respondió Tom con dramatismo — Esto es sorpresa. Si entran… Las desheredo. ¡Lo digo en serio!
— ¡Ni que tuvieras herencia, tonto! — gritó Nataly, riéndose.
Simone negó con la cabeza, divertida, y luego le preguntó, levantando un poco la voz para que él la escuchara.
— ¿Y cómo estás? ¿Te sientes mejor desde que lo viste?
Tom se quedó callado por un momento. Solo se escuchó el burbujeo de la olla. Después, su voz salió más tranquila, bajando un poco la intensidad.
— Sí… O sea… Sí y no. Me puse feliz. Mucho. Pero también me dio miedo — dijo, removiendo la salsa — No sabía cómo reaccionar. Y cuando lo hice, creo que lo incomode — confesó, con una sonrisa mientras removía la pasta.
Nataly se asomó por el marco de la puerta sin entrar.
— ¿Y le vas a decir algo?
Tom sonrió un poco, aunque con tristeza.
— Quiero volver a enamorarlo. Lo juro. Así sea lo último que haga. Pero… no va a ser fácil. No después de cómo lo traté, de las cosas horribles que le dije. Si me odia, esta en todo su derecho.
— No te odia — dijo Simone, segura — Ese niño te amaba más que a nada. Y sé que te sigue amando. Solo está herido.
— Tú también te heriste, tonto — agregó Nataly — Esos dos años estuviste como zombie. Sonriendo, pero no vivías de verdad. No eras tú.
Tom tragó saliva.
— Lo sé. Me sentí muerto sin él… Había algo en mí que estaba apagado. Y cuando lo vi, cuando escuché su voz… Fue como la primera vez que me enamoré de él. Mi corazón se volvió loco. Literalmente.
Simone sonrió con ternura.
— Entonces lucha por él, porque te lo mereces y él también.
— Eso haré — dijo Tom, más decidido — Aunque… estoy preocupado por una cosa.
— ¿Qué cosa? — preguntó Nataly, arrugando el ceño.
— Según lo que investigué, Bill se va en cuanto termine ese trabajo con la empresa de Leandro. Solo está de paso… Así que tengo que actuar rápido. Pero también noté que no quiere verme. Apenas y me habla. Me evita.
Simone y Nataly se miraron.
— No es que no quiera verte — dijo su mamá con suavidad — Está protegiéndose. Tiene miedo de que lo vuelvas a romper, pero tú puedes demostrarle que no vas a hacerlo esta vez.
Tom respiró hondo.
— Entonces eso haré. No me importa cuánto tiempo me tome. No me importa si me rechaza mil veces. Voy a recuperarlo. Porque yo lo perdí… Pero no pienso dejarlo ir de nuevo.
Simone suspiró, apoyando los codos sobre la mesa mientras miraba a su hijo con ternura.
— Tom, cariño, si realmente quieres recuperar a Bill, tienes que demostrarle que has cambiado. Que no eres el mismo chico impulsivo que lo lastimó.
— Y que realmente lo amas — añadió Nataly con una gran sonrisa — No solo palabras bonitas, sino con hechos. A Bill le gustan los detalles, los pequeños gestos, ¿Sabes? Recuerdo cómo siempre hablaba de ti antes…
Tom se pasó una mano por el cabello, exhalando con frustración.
— Lo sé… Pero tengo miedo…
— No puedes rendirte. Aún tienes tiempo. Solo tienes que ser tú mismo y recordar por qué se enamoró de ti en primer lugar.
Tom dejó escapar una pequeña risa y se cruzó de brazos.
— Eso es lo que más me preocupa. Que ya no quede nada en él de ese amor que sentía por mí.
Simone solo negó desde su lugar, alzó un poco la voz asegurándose que Tom la escuchará.
— Déjate de tonterías. El amor no desaparece así como así. Pero depende de ti si logras encender esa chispa de nuevo o la dejas apagarse para siempre.
Tom sonrió levemente, más decidido que antes.
— Tienen razon. Lo voy a lograr, así sea lo último que haga.
De pronto, un olor peculiar lleno la cocina entera, un olor que alarmó al de trenzas cuando llegó a su nariz.
— ¡Mierda, mierda, mierda! — gritó, con una espátula en una mano y la otra moviendo desesperado la sartén. El olor a tostado le avisó que se había distraído demasiado — ¡Mi pasta nooo, no te mueras aún, bebé! — agitó la sartén suavemente, como si pudiera revivirla con amor.
Desde el comedor se escuchó una carcajada doble.
— ¡¿Estás bien allá, chef gourmet?! — gritó Simone, divertida.
— ¡Voy a llamar a los bomberos! — añadió Nataly, entre risas.
Tom soltó una risita también.
— Todo bajo control, señoritas. Esto es parte del show.
Se apresuró a apagar el fuego, probó la salsa, corrigió con una pizca de sal y un poco de albahaca, y al final sonrió satisfecho. Pasta con salsa cremosa de champiñones y pollo. Digna de un restaurante, o al menos de impresionar a su familia.
Salió de la cocina triunfante, con tres platos perfectamente servidos, equilibrando todo como si fuera camarero profesional.
— Señoritas… Les presento la obra maestra del día — anunció con voz exagerada mientras iba dejando los platos frente a ellas — «Fettuccine alla Tomcito con lágrimas de champiñón y caricias de pollo».
Simone negó con la cabeza, divertida.
—Eres un tonto.
— Pero un tonto que cocina rico — dijo Nataly con ojos brillantes — ¡¡Huele increíble!!
Tom se dejó caer en su silla con una sonrisa orgullosa.
— Gracias, gracias… No doy autógrafos durante la comida, pero acepto elogios y segundos platos.
Los tres se pusieron a comer, entre risas y contándose anécdotas tontas.
A la mañana siguiente, el despertador sonó a las 8:00 en punto, pero Tom ya estaba despierto. Se había levantado antes, se había duchado, y ahora se ponía una camisa azul clara con los botones desabrochados hasta el pecho porque “hace calor y la facha no se negocia”, según él.
— ¿Ya te vas? — preguntó Simone desde la cocina, con una taza de café en la mano.
— Sip — respondió Tom, ajustándose el reloj — Leandro me quiere temprano hoy… Ya sabes, finanzas, reportes, estrés.
Nataly apareció en pijama, con una tostada en la boca.
— ¡Trae pastel si hay junta! — gritó con la boca llena.
— Traeré — respondió Tom mientras salía — Pero lo esconderé, por insolente.
Subió a su auto, puso su playlist de hip hop noventero a todo volumen, y condujo rumbo a la empresa como si el tráfico no existiera. Aunque, siendo honestos, la cabeza no la tenía en los reportes ni en los correos sin responder.
La tenía en Bill.
Apenas entró al edificio, saludó a recepción, subió al ascensor con su taza de café a medio terminar que había comprado en un pequeño local de camino, y empezó la búsqueda nivel FBI por los pasillos, pero nada. Ni un rastro de Bill.
Disimuló, claro. “Viendo si cambiaron los cuadros de la pared”, decía mientras asomaba la cabeza por cada maldito cubículo. Pero Bill no estaba.
Ya resignado, llegó a su oficina, se sentó frente al escritorio y se puso a revisar los informes mensuales de egresos. Abría hojas, ajustaba cifras, revisaba balances. Lo suyo no era tan glamoroso como sonaba: era básicamente pelearse con números todo el día.
— Buenos días, Tom — dijo una voz suave pero cargada de intención.
Era Ria, mano derecha de Marcos en el área de diseño. Era muy hermosa, con su cabello rojo fuego, pero Tom, siendo Tom… solo la miró con expresión neutral.
— Buenos días, Ria — respondió sin apartar la vista del monitor.
Ella se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.
— ¿Trabajando desde temprano, eh? Qué dedicado.
— Ajá — Teclado, clic, clic, otro archivo.
— ¿No te cansas de esos numeritos? Yo ya estaría tirándome por la ventana — soltó con una risa coqueta.
Tom solo se encogió de hombros.
— Uno se acostumbra. Además, la ventana no se abre.
Ria soltó una risita nasal y dio un par de pasos dentro de la oficina.
— ¿Y qué dices si hoy almorzamos juntos? Así te distraes un rato… Y yo también.
Tom alzó la mirada. Por fin captó la indirecta. Se le notó en los ojos: ah, pensó. De esto se trataba.
Y con esa media sonrisa ladina que sacaba cuando se sentía un poquito cabrón, respondió:
— Mmm… No puedo. Voy a ir a buscar al amor de mi vida — dijo mientras le daba un sorbo a su café y volvía a mirar la pantalla como si nada, como si no hubiera soltado esa bomba con total descaro.
Ria lo miró con una ceja arqueada.
— Qué bromista eres…
— ¿Quién dice que bromeo? — respondió Tom, sin despegar los ojos de la pantalla, pero con una sonrisita.
Ria rio, algo nerviosa, y retrocedió hacia la puerta.
— Bueno… que tengas un buen día.
— Tú también.
Y cuando ella se fue, cerrando la puerta con un clic, Tom soltó el aire y se rascó la nuca.
— ¿El amor de mi vida? Qué mierda estoy diciendo… — murmuró, negando con la cabeza.
Pero en el fondo… sabía exactamente a quién se refería.
Después de horas el reloj marcó la hora del almuerzo y Tom se estiró en su silla con satisfacción. Había sido una mañana productiva, y eso lo ponía de buen humor. Se había entretenido con los números, el trabajo le había resultado hasta divertido «qué carajos me pasa, esto es preocupante» pensó, y ahora solo quería salir a despejarse.
Se puso de pie, acomodó su camisa y salió de la oficina. No había dado ni diez pasos cuando, mágicamente, ahí estaba Ría.
— ¡Tom! Justo te iba a buscar. ¿Ya almorzaste?
Tom suspiró internamente. Primero Peyton, ahora ella. No iba a cometer el mismo error dos veces.
— Voy de salida — respondió, directo al grano.
— ¿Sí? ¿A dónde? — preguntó ella, siguiéndolo como si fueran un maldito dúo dinámico.
— A comer.
— ¡Genial! ¿Vamos juntos?
Tom la miró de reojo. Por el amor de todo lo sagrado…
— No, gracias. Te dije que ya tengo planes.
Ria bufó, cruzándose de brazos.
— Ajá. ¿Y dónde está el famoso “amor de tu vida”? No lo veo por aquí.
Tom abrió la boca para responder, pero justo en ese momento, vio algo a lo lejos, o mejor dicho… a alguien. Era Bill, caminando distraído con su celular, ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor.
Tom sonrió internamente. Bingo.
Sin pensarlo dos veces, se acercó con paso firme y le palmeó el hombro de golpe. Bill casi lanzó el celular al techo del susto.
— ¡¿Qué mierda…?!
— Hola, amor — Tom sonrió con descaro.
Bill parpadeó confundido, hasta que lo reconoció.
— ¿Tom…?
— ¿Ya nos vamos a comer, cariño? — continuó Tom, ignorando la expresión de absoluto desconcierto en el rostro de Bill. Luego, giró hacia Ria con una sonrisa de victoria — ¿Ves? Aquí está el amor de mi vida.
Ría se quedó boquiabierta. Bill, por otro lado, parecía haber olvidado cómo respirar.
— … ¿Qué carajos acabas de decir?
— Que eres el amor de mi vida — repitió Tom con total naturalidad, como si estuviera hablando del clima.
— ¿Tú estás borracho?
— No, pero podríamos emborracharnos después si quieres.
Bill lo miró con una mezcla de incredulidad y ganas de golpearlo. Ria, por su parte, simplemente resopló, murmuró algo sobre “maldito bromista” y se alejó.
Tom la vio irse con satisfacción y luego se volvió hacia Bill con una sonrisa.
— Listo. Me libré de ella.
Bill aún lo miraba como si le hubieran salido dos cabezas.
— ¿Me quieres explicar qué mierda fue todo eso?
— Una solución creativa a un problema molesto — dijo Tom con una expresión inocente.
Bill cruzó los brazos.
— ¿Qué problema?
— Que la señorita ahí presente no entiende un “No”.
Bill suspiró, pasándose una mano por el rostro.
— Eres un idiota.
— Pero un idiota bonito.
— Un idiota sin remedio.
Tom se encogió de hombros.
— Bueno, pero no mentí.
Bill frunció el ceño.
— ¿De qué hablas?
Tom sonrió de lado, acercándose un poco más.
— Lo que dije. Sobre el amor de mi vida.
Bill se quedó en silencio. «No. No. No vas a caer en esto otra vez», se dijo a sí mismo, pero para su desgracia, su propio cuerpo lo traicionó, y sintió sus mejillas calentarse.
— Cállate.
Tom rió suavemente.
— Vamos a comer. Quiero hablar contigo un poco más, tengo que…
— No — lo interrumpió Bill, sin darle oportunidad a decir más.
— Vamos, Bill.
— No.
— Sólo un rato.
— Déjame en paz.
Y sin decir nada más, Bill se giró y se alejó con paso firme, dejándolo ahí plantado. Tom se quedó de pie, viendo cómo se iba. Sintió una punzada en el pecho, no estaba seguro de qué esperaba, pero definitivamente no era eso.
Genial. Justo lo que necesitaba, otro rechazo en su lista.
Continúa…
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