
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 31: Reality check
By Tom
Un puto mes.
Había pasado un mes desde que desperté y, honestamente, me sentía como una maldita alma en pena. Nada se sentía real, nada me sabía a nada. Me movía, hablaba, respiraba… pero por dentro estaba jodidamente muerto.
Cuando abrí los ojos y vi a mi mamá y a los demás en la habitación, pensé que tal vez todo había sido una pesadilla. Que en cualquier momento Bill entraría, me gritaría por haberme puesto en peligro y me abrazaría hasta romperme, pero no pasó.
Porque Bill no estaba, se había ido. No respondía llamadas, no había dejado rastro. Se había largado. Y yo… yo no podía culparlo.
Yo lo empujé lejos, yo fui el imbécil que le dijo que me daba asco, yo fui el que lo destruyó.
Me lo merecía… me lo merecía tanto, que cuando Georg y Gustav me contaron que habían decidido no ir a buscarlo después de enterarse del embarazo de Peyton, lo entendí. No era algo que Bill tenía que saber, no cuando él estaba intentando seguir adelante, lejos de la mierda que yo había convertido en su vida.
«Bill tiene que ser feliz lejos de mí.»
Eso fue lo que les dije y lo creía.
Pero, joder, cómo dolía. ¿Cómo se supone que uno sigue con su vida cuando lo único que quiere está a kilómetros de distancia?
Cada día en este puto hospital se sintió un castigo. Estaba pagando por todos mis errores, por cada vez que lo lastimé, por cada momento en el que fui un cobarde de mierda. Porque, sí, me acordaba de todo, cada maldito detalle.
Desde la primera vez que lo vi, desde la primera vez que supe que era mío, desde la primera vez que lo dejé ir. El universo se estaba divirtiendo conmigo, asegurándose de que sintiera en carne viva lo que era estar sin él.
Y ahora, después de un mes en este infierno, me iban a dar de alta.
Genial.
Como si eso cambiara algo, como si al salir de aquí la jodida culpa fuera a desaparecer.
Pero no, porque la realidad era esta: Bill se había ido.
También estaba el embarazo, esa mierda me tenía jodido. Al principio pensé que era una jodida broma de mal gusto, pero cuando las expresiones serias de mi madre, Georg y Gustav no cambiaron, supe que no.
Mi mente empezó a conectar fechas sin que pudiera evitarlo. Recordé cuánto tiempo dijo mi madre que tenía Peyton de embarazo y conté hacia atrás. No había margen de error, las fechas encajaban perfectamente. La jodida realidad me golpeó en la cara antes de que pudiera procesarla del todo.
Peyton estaba embarazada y el bebé era mío. Era como si la vida se estuviera burlando de mí, como si dijera: «Mira, Tom, aquí tienes otro error del que no puedes huir.»
No tenía idea de qué sentir, no podía ni pensar. ¿Cómo mierda había pasado esto? Bueno, sabía cómo había pasado, pero… ¿Por qué? Peyton no era más que un error tras otro. Una distracción estúpida. Y ahora, de alguna jodida manera, estaba atado a ella por algo que nunca planeé. Algo que, para bien o para mal, ya estaba ahí.
Pero el bebé… No era su culpa, no era su culpa que yo fuera un imbécil, no era su culpa que su madre fuera una maldita víbora. Y, por mucho que quisiera mandar todo a la mierda, no podía dejar que ese bebé sufriera las consecuencias de nuestras estupideces.
Así que cuando los policías vinieron cinco días después de que desperté, tuve que hacer lo que nunca pensé que haría: cubrir a Peyton. No porque me importara ella, no porque la quisiera. Sino porque no iba a dejar que mi hijo creciera con su madre en la cárcel y su padre siendo un desastre andante.
Les dije que todo había sido un accidente. Que la pelea se nos fue de las manos, que Peyton estaba drogada y que no tenía intención de hacerme daño.
Pura mierda.
Pero era la única opción que tenía. No presenté cargos, no hice nada.
Los policías al final lo dejaron pasar. Me dijeron que si en algún momento quería proceder, aún podía hacerlo. Pero honestamente, lo último que quería era seguir metido en más mierda de la que ya tenía encima.
Metí mi ropa en la mochila con movimientos lentos. Cada vez que me inclinaba, una punzada de dolor me recordaba que mis costillas seguían hechas mierda. Pero, honestamente, ese dolor era lo de menos.
Mi cabeza estaba en otra parte. Bill, siempre Bill.
Sabía que no debía pensar en él. Sabía que era mejor así, que lo había lastimado demasiado y lo único que me quedaba era dejarlo ir. Pero, joder, dolía. Dolía más que estas costillas rotas, más que cualquier herida que hubiera tenido en mi jodida vida.
— ¿Ya tienes todo, cariño? — preguntó mi madre, doblando una de mis camisas antes de meterla en la bolsa.
Me encogí de hombros.
— Sí.
Ella sonrió con esa calidez que solo las madres tienen. Desde que desperté, no me dejaba solo ni un maldito segundo. Estaba feliz. Era la única persona genuinamente feliz en todo este puto desastre.
— Vas a estar bien, Tom. Todo va a estar bien.
Solo asentí. No tenía ánimos de hablar.
Suspiró, pero no dijo nada más. Me ayudó a terminar de empacar y cuando todo estuvo listo, me dio unas palmaditas en la espalda.
— Voy a hablar con el doctor antes de que nos vayamos, ¿Sí? ¿Puedes ir saliendo?
— Sí.
Me colgué la mochila al hombro y salí al pasillo del hospital. Apenas di un par de pasos cuando una voz me detuvo.
— ¿Tom?
Me giré, encontrándome con una pareja que no reconocía. Un hombre y una mujer, de unos cuarenta y tantos. Se veían algo nerviosos.
— Eh… ¿Los conozco?
— No, pero… somos los padres de Peyton — dijo la mujer, dando un paso al frente — Soy Susan y él es mi esposo, Leandro.
Peyton.
Claro, los recordé. Aunque Peyton me habia hablado de ellos y me dijo sus nombres, nunca los conocí en persona. Apreté la mandíbula, preparándome para lo peor.
— Solo queríamos decirte… que estamos realmente avergonzados por lo que hizo Peyton — dijo el hombre — No debió hacerte eso. No hay justificación para lo que hizo.
La mujer asintió con tristeza.
— Ella tenía que pagar las consecuencias de sus actos.
Suspiré.
— No lo hice por ella — ambos me miraron con confusión — No la protegí porque ella me importará — aclaré, con la voz más seca de lo que pretendía — Lo hice por el bebé — Susan apretó los labios, visiblemente conmovida — No quería que creciera sin un padre. Yo sé lo que es eso. Sé lo que es esperar a alguien que nunca va a llegar — mi mandíbula se tensó — Y no quiero que mi hijo pase por lo mismo.
Hubo un silencio, luego, Leandro asintió lentamente.
— Eres un buen hombre, Tom.
Solté una risa vacía. Sí, claro, un buen hombre. Ojalá lo fuera.
Susan y Leandro parecían querer decir algo más, pero antes de que pudieran hacerlo, la voz de mi madre nos interrumpió.
— ¡Susan! ¡Leandro! — saludó con cortesía mientras se acercaba — No esperaba verlos aquí.
Ambos sonrieron con algo de incomodidad.
— Vinimos a hablar con Tom — explicó Susan — Queríamos disculparnos después de todo lo que nuestra hija hizo.
Mi madre me miró de reojo, esperando ver mi reacción. Yo solo suspiré, porque honestamente, ya quería largarme de este hospital.
Después de un par de palabras más, nos despedimos y finalmente salimos del hospital. Subimos al taxi en silencio, pero apenas avanzamos un par de calles, solté lo que estaba pensando.
— No entiendo cómo alguien como Peyton puede tener unos padres así.
Mi madre suspiró.
— No lo sé — admitió — A veces los hijos no son reflejo de los padres.
No dije nada más.
Cuando llegamos a la casa, sentí un maldito déjà vu. Había pasado algo de tiempo desde la última vez que crucé esa puerta, pero la sensación era la misma. La última vez que volví así de jodido a esta casa fue después del accidente que me dejó en coma dos años. Y ahora, otra vez el mismo dolor, la misma mierda.
Solté un suspiro y fui directo al sillón, dejándome caer con pesadez. No tenía ganas de hacer nada. Solo quería quedarme ahí, existiendo sin pensar.
Mi madre dejó las llaves sobre la mesa y me miró con algo de preocupación.
— Voy a salir a recoger a Nataly del colegio. ¿Vas a estar bien solo?
Asentí sin mirarla.
— Sí, mamá. Ve tranquila — ella me estudió por unos segundos, como si no terminara de creerme. Pero al final, solo suspiró y tomó su bolso — No tardes —murmuré sin ganas.
— Volveré en un rato — respondió antes de salir.
La puerta se cerró y el silencio de la casa era insoportable. Me pasé una mano por la cara, tratando de sacudirme la sensación de vacío, pero no sirvió de nada. Mi cabeza seguía dándole vueltas a lo mismo. A él.
Bill.
Bill.
Bill.
No podía dejar de repetir su nombre en mi cabeza, era un eco eterno. Mi propio cerebro castigándome recordándome lo que perdí.
Lo que arruiné.
Me incliné hacia adelante y apoyé los codos en mis rodillas, mirando el suelo sin verlo realmente. Me ardía el pecho, me ardía la garganta.
Lo amaba. Dios, lo amaba tanto.
Apreté los puños con fuerza. Me arrepentía, me arrepentía más de lo que podía expresar con palabras. Debería haberle dicho la verdad en cuanto recuperé la memoria, debería haber ido corriendo a buscarlo y haberle suplicado que me perdonara. Pero no lo hice, en vez de eso, lo dejé ir.
Idiota. Cobarde. Maldito imbécil.
Un nudo se formó en mi garganta, y de repente, sentí que no podía respirar.
Me puse de pie de golpe y me dirigí a mi habitación. Ni siquiera pensé en lo que hacía. Mi cuerpo se movió solo, como si supiera exactamente a dónde tenía que ir. Abrí uno de los cajones y saqué la caja que había encontrado en la habitación de mi madre.
La abrí con manos temblorosas encontrándome con las fotos, cartas y regalos. Todos reparados, cuidadosamente reconstruidos, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de pegar cada pedazo que había roto en mi furia.
Gracias a Dios mi madre los reparó. Pero ahora, sosteniéndolos, sintiendo el dolor en cada fragmento que una vez destrocé con mis propias manos, agradecía que al menos ella hubiera salvado estos pedazos de lo que una vez fuimos.
Tomé una de las fotos.
Éramos Bill y yo, mi respiración se entrecortó. Ahora sí recordaba ese día, lo recordaba con tanta claridad que dolía.
Había sido uno de esos días perfectos, de esos en los que nada más importaba. Nos habíamos reído tanto. Estábamos juntos, abrazados, con el sol golpeando nuestros rostros y nuestras sonrisas grabadas para siempre en ese pedazo de papel.
Pero ahora solo quedaba esto, solo quedaba el vacío. Un sollozo se me escapó antes de poder contenerlo y hundí los dedos en mi cabello, sintiendo cómo mi visión se nublaba.
— Lo siento… — susurré, como si Bill pudiera escucharme — Dios, lo siento tanto…
Mi mente me jugó una mala pasada y por un momento, creí verlo frente a mí.
No como un recuerdo, sino como si estuviera ahí, en mi habitación, mirándome con esos ojos que tanto amaba.
— Lo siento… — volví a repetir, sintiendo cómo las lágrimas caían por mi rostro — Lo arruiné todo, Bill. Todo. Y lo peor es que no puedo hacer nada para arreglarlo — mi voz se quebró — Me arrepiento de cada palabra que te dije. Cada jodida palabra… Quisiera volver atrás y borrar todo. Quisiera haber despertado antes, haberme dado cuenta antes… No sé cómo vivir con esto, Bill. No sé cómo seguir adelante si no estás aquí.
Me mordí el labio con fuerza, como si eso pudiera contener el dolor.
— Pero te dejé ir… Porque eso es lo que mereces. No mereces estar con alguien como yo. No después de todo lo que te hice.
El Bill de mi mente no respondió, solo me miró con tristeza. Cerré los ojos con fuerza, sosteniendo las fotos contra mi pecho como si eso pudiera devolverme lo que había perdido.
Como si pudiera traerlo de vuelta, pero la realidad era cruel. Estaba solo. Me aferré aún más a la foto con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Las lágrimas caían sin control, calientes, pesadas, empapando mi rostro sin que pudiera hacer nada para detenerlas.
No quería detenerlas.
Me lo merecía, todo esto me lo merecía.
Abrí una de las cartas con manos temblorosas. El papel estaba un poco arrugado, con algunas marcas donde seguramente mis propias manos la habían destrozado en otro tiempo.
Pero ahora estaba entera. Como si alguien hubiera juntado cada pedazo con paciencia…
Con amor.
Mi visión borrosa apenas me dejó leer las primeras líneas:
«Tom…»
Solo ver mi nombre escrito con su letra me destrozó. Una punzada de dolor atravesó mi pecho, y un sollozo fuerte se me escapó de los labios.
«Te amo.»
Hundí el rostro en mis manos y lloré. Lloré como un niño, lloré como un maldito idiota que lo había perdido todo por su propia estupidez. Cada carta tenía palabras de amor, promesas, sueños que habíamos construido juntos y que yo mismo me encargué de destruir.
— ¡Dios! — grité, arrojando la carta sobre la cama mientras mi cuerpo se estremecía de pura desesperación — ¡Lo arruiné todo!
Mi respiración se volvió errática. Me llevé una mano a la boca, intentando ahogar los sollozos, pero no podía. No podía dejar de llorar.
Porque lo perdí… perdí a Bill y lo peor es que no fue por culpa de nadie más. No fue el destino, no fue una tragedia ajena a nosotros; fui yo. Yo fui quien lo empujó lejos, yo fui quien lo hirió con palabras que ahora me atormentaban como cuchillas clavándose una y otra vez en mi alma.
«Si alguna vez te amé, entonces gracias a Dios lo olvidé. Porque ahora, solo con
verte, me das asco.»
Me llevé ambas manos a la cabeza y cerré los ojos con fuerza, como si pudiera arrancarme ese recuerdo de la mente.
Pero no se iba, nunca se iba.
— No es verdad… — susurré, con la voz quebrada — Nada de eso fue verdad.
Quería gritárselo al mundo, quería viajar en el tiempo, volver a ese maldito momento y agarrar a ese Tom estúpido, ciego y lleno de rencor, y hacer que se tragara cada palabra. Quería tomar a Bill entre mis brazos y decirle cuánto lo amaba.
Decirle que aún lo amaba.
Que nunca dejé de hacerlo, que cada segundo sin él era un infierno, que su ausencia me estaba matando.
Apreté los labios y tomé otra foto. Era una de nuestras favoritas.
Estábamos en la playa, con el sol reflejándose en su piel, su sonrisa iluminando toda la maldita imagen. Yo lo tenía abrazado, besándolo en la mejilla mientras él reía.
Me miré a mí mismo en la foto; ese Tom… ese Tom era feliz porque lo tenía a él y ahora… Ahora solo me quedaban estos recuerdos rotos.
Me dejé caer sobre la cama, abrazando las fotos y las cartas contra mi pecho como si fueran lo único que me mantenía a flote.
Las lágrimas seguían cayendo y no tenía fuerzas para detenerlas, no tenía fuerzas para hacer nada más que hundirme en mi propia miseria.
Y lo peor de todo era que lo merecía, merecía cada maldito segundo de este dolor.
El tiempo se volvió un concepto sin sentido, podría haber pasado media hora, una hora, tal vez más, no lo sabía. Solo sabía que el dolor seguía ahí, el peso en mi pecho no desaparecía, las lágrimas tampoco.
Estaba tirado en la cama, aferrado a las fotos, a las cartas, a los restos de lo que una vez fue lo más hermoso en mi vida.
— Perdóname… — susurré, mi voz ronca y rota — Perdóname, Bill… — las palabras salían solas, incoherentes, entrecortadas por los sollozos — Yo no quería… Yo nunca… — cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo la desesperación me ahogaba — Juro que nunca quise hacerte daño…
Las fotos se veían borrosas a través de mis lágrimas.
Mi mente jugaba conmigo, veía su rostro, su sonrisa y luego, su mirada destrozada. La misma que tenía cuando le dije aquellas palabras.
«Si alguna vez te amé, entonces gracias a Dios lo olvidé.»
Un sollozo fuerte me sacudió el cuerpo.
— ¡No es verdad! — grité al vacío, con la voz quebrada — ¡No es verdad!
Mi respiración estaba agitada, mi mente descontrolada.
—Llévenme de vuelta al día en que nos conocimos… — mis labios temblaron — El día en el que te conocí… — cada palabra era un reflejo de lo que sentía — No sé qué se supone que debo hacer… atormentado por tu fantasma…
El fantasma de Bill me perseguía.
No podía escapar de él. Mi mente se aferraba a cada recuerdo, cada risa, cada beso. Cerré los ojos, como si pudiera transportarme en el tiempo, como si pudiera regresar a aquel momento en el que lo conocí y evitar todo este desastre.
No importaba cuánto lo deseara, el daño estaba hecho y yo estaba solo.
El sonido de la puerta principal abriéndose hizo que me sobresaltara. Me apresuré a limpiar mis lágrimas, pasando las manos por mi rostro con desesperación.
No podía dejar que me vieran así, no podía mostrarles lo jodido que estaba. Guardé rápidamente las fotos, las cartas, todo, en el cajón donde las había encontrado. Me aseguré de cerrarlo bien, como si al hacerlo pudiera enterrar también todo este dolor.
Caminé hacia el espejo, me miré; ojos hinchados, piel pálida. La imagen de un jodido cadáver con vida. Suspiré, pasé las manos por mi rostro de nuevo y traté de componerme.
Forcé una sonrisa.
No podía preocuparlas.
Salí de la habitación y bajé las escaleras, justo cuando vi a mi madre y a Nataly dejando algunas cosas en la sala.
Nataly me vio y, sin pensarlo, corrió hacia mí.
— ¡Tom! — gritó emocionada.
Su pequeño cuerpo se lanzó contra el mío en un abrazo fuerte. Un dolor punzante atravesó mi torso y solté un quejido.
— ¡Auch! — murmuré entre dientes, apretando los ojos por el dolor en mis costillas.
Pero la abracé de vuelta, no importaba cuánto doliera ella era mi hermana.
Mi madre suspiró y la regañó con suavidad.
— Nataly, con cuidado. Tu hermano todavía está herido.
— ¡Perdón, perdón! — se separó de mí rápidamente y me miró con preocupación — ¿Te duele mucho?
Negué con la cabeza y le sonreí.
— Nah, estoy bien, peque. Solo no me rompas más huesos.
Ella rió bajito, aunque sus ojitos todavía reflejaban preocupación.
La noche cayó, y la casa estaba en completo silencio. Los tres estábamos sentados en la mesa, tomando té o café, sin decir nada.
Solo existiendo.
Yo, hundido en mis propios pensamientos de mierda porque, aunque sabía que era estúpido, tenía esa maldita esperanza dentro de mí.
Esa esperanza de que, en cualquier momento, alguien llamara a la puerta, de que, cuando la abriera, él estuviera ahí con una bolsa de pasteles en la mano, como aquella vez cuando salí del hospital hace unos meses. Que me mirara con esos ojos grandes y hermosos, que su voz llenara el vacío en mi pecho.
No lo trataría con indiferencia como la última vez.
Sino que correría hacia él, lo abrazaría, lo besaría… Le diría que todo estaría bien, que todavía lo amaba.
Pero no pasó, la puerta nunca se abrió, nadie tocó, nadie vino. Solo era yo y mis putas ilusiones.
Cómo siempre.
Bajé la mirada a la taza entre mis manos y tragué saliva fingiendo que no me dolía.
Nataly dejó su taza en la mesa y se frotó los ojos, con sueño.
— Ya me voy a dormir — murmuró, mirando a mamá y luego a mí.
Se acercó primero a ella, dándole un abrazo apretado, y después se volvió hacia mí.
— Buenas noches, Tom — dijo antes de estirarse y darme un beso en la mejilla.
Yo solo sonreí un poco y le revolví el cabello con suavidad.
— Duerme bien, peque.
Ella asintió y se fue, dejándonos en silencio otra vez. La casa se sentía demasiado callada, demasiado vacía, hasta que mamá rompió el silencio.
— Tom… — su voz sonó tranquila, pero había un peso en ella — ¿Qué piensas sobre el embarazo de Peyton?
Fruncí el ceño y me quedé callado ¿Qué se supone que debía pensar? ¿Qué importaba lo que pensara, si ya todo estaba dicho?
Suspiré, pasándome una mano por el rostro antes de hablar.
— No hay mucho que pensar, mamá. Solo sé que… voy a estar con ella por mi hijo — ella me miró con atención, sin interrumpirme — Ese bebé no tiene la culpa de mis errores — continué — No tiene la culpa de cómo fue concebido ni de la mierda en la que estamos metidos. Pero lo que sí sé es que no lo voy a dejar — bajé la mirada a la taza vacía en mis manos — No lo voy a dejar solo, como mi padre me dejó a mí.
Sentí a mamá removerse un poco en su asiento, la miré y noté cómo bajaba la mirada, recordando lo que pasó con mi papá. Sabía que, aunque ella siempre trató de darnos lo mejor, el abandono de Jörg me jodió de maneras que ni yo entendía.
Tragué saliva y seguí hablando.
— No le daré esa vida a mi hijo. No voy a ser tan cruel como mi padre y dejarlo como si no importara una mierda — mamá me miró con tristeza — Así que… tal vez tenga que vivir con Peyton, no lo sé — murmuré con amargura — Pero será solo por mi hijo.
Apreté los puños, sintiendo cómo el dolor y la rabia se mezclaban.
— Él va a tener todo el amor y el cariño que a mí me faltó. Después de todo, es mi hijo… y no lo dejaré.
Un silencio pesado cayó sobre la sala hasta que mamá habló otra vez.
— Si esa es tu decisión, te apoyo — dijo con suavidad y me miró con ese amor incondicional que ahora mismo, necesitaba y agradecía — Pero, Tom… ten cuidado. No tomes decisiones apresuradas solo por la culpa o el miedo. Piensa en lo que realmente es mejor para ti y para el bebé.
Asentí levemente.
— Lo sé.
— Peyton… — suspiró — No es una persona estable. Solo quiero que estés seguro de que puedes manejar esta situación sin que te haga más daño.
— Estoy seguro — mentí.
Ella me miró un segundo más y luego asintió.
— Está bien. Solo recuerda que aquí tienes a tu familia.
— Gracias, mamá — susurré, pero, en el fondo, me pregunté si realmente tenía un futuro en todo esto.
O si ya me había jodido para siempre.
&
Había pasado una semana.
Una semana en la que había tratado de convencerme de que estaba tomando la mejor decisión, de que lo hacía solo por mi hijo.
Por eso, estaba aquí, parado frente a la casa de Peyton, respiré hondo antes de tocar la puerta y no pasó mucho tiempo antes de que Susan me abriera, con una expresión de sorpresa.
— Tom, pasa, por favor.
Entré y vi a Leandro sentado en la sala. Me hizo un gesto para que me acercara y tomara asiento.
Me senté, manteniendo la mirada firme.
— Estoy aquí porque quiero ser parte de la vida de mi hijo — dije directamente — Y eso significa que voy a vivir aquí.
Susan y Leandro se miraron entre sí.
— Tom — dijo Susan, con una sonrisa suave — Eso es muy noble de tu parte.
Leandro asintió.
— Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, hijo.
Me tensé un poco al escuchar cómo me llamaba, pero no dije nada.
— No es necesario que compartas habitación con Peyton — continuó — Puedes dormir en otro cuarto si eso te hace sentir más cómodo.
Asentí.
— Eso estaría bien.
Y justo en ese momento, la voz que menos quería escuchar interrumpió la conversación.
— ¿Tom?
Giré la cabeza y la vi parada en el umbral de la sala, con una expresión de sorpresa… pero sobre todo de emoción. Ella sonrió y se acercó rápidamente.
— Sabía que vendrías — murmuró — Sabía que me amas.
Intentó abrazarme, pero di un paso atrás de inmediato.
— No estoy aquí por ti — dije fríamente — Estoy aquí por mi hijo. Solo por él.
Su sonrisa se congeló, los ojos se le llenaron de confusión y después de algo más… ¿Dolor? Pero me dio igual, antes de que pudiera decir algo, Susan intervino.
— Peyton, sube a tu habitación.
Ella apretó los puños.
— Pero, mamá…
— A tu habitación — repitió Leandro, con tono firme.
Peyton me miró de nuevo, como si esperara que yo dijera algo, pero no lo hice. Finalmente, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se fue.
Yo solo la observé alejarse, había luchado por alejarme de ella, y ahora… Estaba en el mismo punto de inicio, de nuevo.
— En tres días traeré mis cosas — dije, manteniendo mi tono neutral — Solo quería informarles sobre mi decisión.
Susan y Leandro me miraron con comprensión.
— Lo entendemos perfectamente, Tom — dijo Leandro — Sabemos que no es una situación fácil para ti.
— Ni para nadie, en realidad — añadió Susan con suavidad — Pero valoramos lo que estás haciendo por el bebé.
Asentí, sin decir nada más.
— Bueno — suspiré — Creo que eso es todo. No quiero quitarles más tiempo, solo vine a decir esto.
Me puse de pie, listo para marcharme, pero Susan intervino.
— ¿Por qué no te quedas a comer?
Negué con la cabeza de inmediato.
— No, está bien. No quiero interrumpir.
— No interrumpes nada, Tom — insistió con una sonrisa amable — En serio, quédate.
Leandro también asintió.
— Nos gustaría que te quedaras.
Vacilé por un momento. No estaba acostumbrado a este tipo de ambiente… tan tranquilo, tan diferente. Finalmente, acepté.
— Está bien.
Nos trasladamos al comedor y, mientras Susan servía la comida, me sorprendí observándolos, ellos eran amables, comprensivos, nada que ver con su hija. ¿Cómo demonios Peyton podía haber salido así, con unos padres como estos?
— Tom — me llamó Leandro, sacándome de mis pensamientos — Sé que no es un tema fácil, pero… ¿Cómo te sientes con todo esto?
Suspiré, jugando con el tenedor entre mis dedos.
— No sé cómo describirlo — confesé — No sé qué sentir.
Susan me miró con ternura.
— Es normal.
Leandro asintió.
— Es una gran responsabilidad.
— Lo sé. Y no me malinterpreten, no me estoy quejando de mi hijo. Solo que… esto no era algo que tenía planeado en mi vida.
— Las mejores cosas en la vida suelen ser inesperadas — dijo Susan.
Pensé en Bill… Sí, a veces lo inesperado también podía ser lo mejor que te pasaba en la vida y, a veces, lo inesperado también podía destruirte.
— No quiero ser como mi padre — solté de repente.
Hubo un silencio y bajé la mirada, sintiendo el peso de mis propias palabras.
— No quiero abandonarlo — continué — No quiero que mi hijo crezca sintiéndose solo.
Susan me sonrió con dulzura, asintiendo algo dudosa.
— Entonces ya estás haciendo más de lo que crees, Tom.
Me quedé en silencio. Leandro tomó un sorbo de su bebida y luego me miró con curiosidad.
— Tom, ¿Qué estudias? — preguntó.
Me acomodé mejor en la silla.
— Economía — murmuré.
Él asintió, algo interesado por mi respuesta.
— Buena elección. Es una carrera bastante versátil.
— Sí, lo es — admití.
Susan sonrió.
— Eso es genial, Tom. ¿Cuánto te falta para terminar?
— Dos años.
Leandro dejó su vaso en la mesa.
— Si en algún momento necesitas ayuda cuando termines, puedo echarte una mano para conseguir trabajo. En mi empresa siempre estamos buscando contadores y economistas.
Lo miré sorprendido.
— ¿En serio?
— Por supuesto. Es un área fundamental en cualquier negocio.
Asentí, realmente agradecido.
— Gracias. Lo tendré en cuenta.
Susan intervino con suavidad.
— ¿Y tienes pensado seguir estudiando?
Jugueteé con mi tenedor, pensativo.
— No lo sé…
— Deberías hacerlo — dijo ella con firmeza, pero con calidez — Tus estudios también son importantes, Tom. Ser padre no significa que tengas que abandonar tus propios sueños.
Suspiré, pero termine asintiendo.
— Sí, pero con todo esto… El bebé, Peyton… no sé cómo equilibrarlo.
— No estarás solo — aseguró Susan — Puedes contar con nosotros.
Leandro asintió.
— Además, la universidad te abrirá más puertas. Sería una lástima que dejaras algo en lo que has trabajado tanto.
Bajé la mirada. Nunca nadie me había dicho algo así, siempre había estado por mi cuenta, siempre me las había arreglado solo. Y no precisamente porque no me ayudaran. Claro que mi madre se interesaba también, pero nunca quise angustiarla con mis responsabilidades así que lo hacía todo yo solo.
Y ahora estas dos personas, que prácticamente eran unos desconocidos para mí, estaban ofreciéndome apoyo como si fuera parte de su familia.
— Gracias — murmuré.
Susan me sonrió.
— Solo piénsalo, ¿Sí?
Asentí lentamente. Leandro se recargó en la silla con un aire relajado y me miró con interés.
— Y dime, Tom… además de la universidad, ¿Qué otras cosas te gustan?
Me encogí de hombros, suspirando pesadamente.
— No tengo mucho tiempo libre, pero cuando lo tenía… me gustaba tocar la guitarra.
Susan sonrió sorprendida.
— ¿En serio? Qué bonito. ¿Desde cuándo tocas?
— Desde los quince, creo. Mi mamá me compro una en mi cumpleaños ya que siempre quise una.
Leandro asintió con aprobación.
— Eso es admirable. La música es un talento que requiere disciplina.
— Sí, bueno, hace tiempo que no toco… Pero sí, siempre me gustó.
— Pues deberías retomarlo cuando puedas — sugirió Susan — A veces es bueno tener algo que nos ayude a desconectarnos de todo.
— ¿Y ustedes? — pregunté, por cortesía — Sé que es empresario, pero ¿En qué área trabaja?
Él sonrió.
— Construcción. Tengo una empresa que desarrolla proyectos inmobiliarios, edificios de oficinas, residenciales, ese tipo de cosas.
Asentí algo sorprendido por dentro.
— Eso suena… grande.
— Lo es — dijo con una risa ligera — Me tomó años levantarla, pero me gusta lo que hago.
Susan se inclinó un poco hacia la mesa.
— Yo estudié administración, pero dejé mi carrera cuando nació Peyton para dedicarme a la familia.
— Eso es un trabajo en sí mismo — comenté.
— Y muy demandante. Pero me gustó criar a Peyton… aunque a veces no sé en qué fallamos — su sonrisa se borró de a poco, pero lo oculto.
El ambiente se tornó un poco más tenso con ese comentario.
— No creo que hayan fallado — dije sin pensar mucho, Peyton era… Un desastre. Y si de algo estaba seguro; es que ellos no habían cometido errores.
Susan suspiró.
— Quisiéramos creer eso, Tom, pero Peyton ha tomado decisiones muy equivocadas.
— Sí — dijo Leandro, cruzando los brazos — Y no queremos excusarla. Sabemos que lo que hizo estuvo mal y debe asumir las consecuencias.
Se notaba en sus rostros que realmente estaban avergonzados y decepcionados por el comportamiento de su hija… No supe qué responder.
— Solo queremos hacer lo correcto por el bebé — dijo Susan — No podemos cambiar lo que pasó, pero podemos asegurarnos de que ese niño tenga una mejor vida.
Bajé la mirada, asintiendo débilmente.
— Sí… eso es lo único que me importa ahora.
Hubo un breve silencio, pero no incómodo.
— Y… ¿Cómo es tu familia, Tom? — preguntó Susan, con curiosidad.
Me tensé un poco.
— Pues… vivo con mi mamá y mi hermana. Mis padres se divorciaron cuando tenía once años.
Leandro frunció el ceño.
—¿No tuviste más relación con tu padre?
Solté una risa seca.
— No.
Susan me miró con compasión, frunciendo los labios antes de hablar;
— Lo siento mucho, Tom.
Negué con la cabeza, no había nada que lamentar. Lo hecho, hecho estaba.
— No importa. Ya es cosa del pasado.
Leandro suspiró, mirándome un par de segundos.
— Debe haber sido difícil para tu madre criar sola a dos hijos.
— Sí, lo fue. Pero siempre hizo lo posible por darnos lo mejor.
Susan asintió, mirando un punto fijo en la mesa.
— Por cómo hablas de ella, se nota que la admiras mucho.
Asentí. Mi madre era… Lo mejor que me ha pasado.
— Sí, lo hago.
Leandro tomó su vaso de agua y me miró con seriedad, pero con amabilidad.
— Bueno, Tom, por lo que veo, has pasado por muchas cosas, pero sigues aquí. Y no cualquiera tiene esa fortaleza.
No supe qué responder. Susan puso una mano sobre la mesa.
— Tienes un buen corazón, Tom. A pesar de todo lo que has vivido, sigues queriendo hacer lo correcto.
Sentí un nudo en la garganta, algo parecía revolverse en mi estómago. Me aclaré la voz.
— Gracias…
Susan sonrió con calidez.
— No tienes que agradecer. Es la verdad.
Continúa…
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