Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 29: Trapped in the dark

El sonido intermitente de las máquinas llenaba la habitación de hospital, un pitido constante que marcaba el ritmo de un corazón luchando por mantenerse firme. Tubos conectados al cuerpo inerte de Tom se alzaban como serpientes enredadas, suministrando oxígeno y sueros que mantenían su cuerpo con vida. Sus heridas eran graves: múltiples contusiones en la cabeza, una fractura en el cuello, dos costillas rotas y varios hematomas en el torso. Pero lo peor era el traumatismo craneoencefálico. El impacto del accidente lo había dejado en coma, atrapado en un abismo donde su mente no dormía, pero su cuerpo estaba paralizado.

Desde fuera, parecía inconsciente. Para los médicos, era solo cuestión de tiempo, esperando a que su cuerpo decidiera despertar, pero en su interior, Tom estaba despierto.

No podía mover un solo músculo, no podía abrir los ojos ni responder a los estímulos, pero podía escuchar. Podía sentir la presencia de quienes entraban en la habitación. Y, sobre todo, podía recordar.

Al principio, fueron fragmentos dispersos. Voces sin rostro aunque sabía perfectamente quién era. Risas ahora no tan lejanas. Hasta que, de pronto, una imagen se dibujó en su mente:

Un festival de música. Universidad. Ruido de guitarras y desafinaciones que rasgaban el aire. Él, con los brazos cruzados, observando con expresión de fastidio a un chico en el escenario que tocaba la guitarra de la peor manera posible.

— Dios, qué desastre — bufó en voz baja, pues para Tom, él podría hacerlo mejor.

— Sí, es un desastre — respondió alguien a su lado.

Tom giró la cabeza y ahí estaba él. Piel pálida. Ojos delineados. Labios curvándose en una pequeña sonrisa de burla.

Bill.

El recuerdo avanzó como una película sin control. Pasaron de criticar juntos el pésimo talento del guitarrista a reírse de la banda entera. Luego, sin darse cuenta, estaban compartiendo una cerveza sentados en la hierba, hablando de cualquier cosa como si se conocieran de toda la vida.

Desde el primer día, todo con Bill fue diferente. No hubo ese nerviosismo incómodo de los primeros encuentros, ni dudas disfrazadas de indiferencia. Con él, todo encajó de inmediato, como si el universo hubiera decidido que sus caminos debían cruzarse de esa manera, sin rodeos ni juegos.

Pasaron tres meses conociéndose, construyendo algo que ni siquiera podían nombrar, pero que estaba ahí, creciendo entre ellos. Tom no se consideraba gay, jamás se había sentido atraído por otro hombre… pero con Bill era distinto. No se trataba de etiquetas ni de definiciones. Bill lo hacía sentir de una manera que nunca antes había sentido con nadie más. Lo hacía reír con una facilidad absurda, lo retaba sin miedo y lo miraba como si fuera capaz de ver dentro de él, más allá de la imagen que mostraba al mundo.

Bill había puesto su mundo de cabeza.

Y aunque Tom no sabía qué significaba todo eso, sí sabía que no quería perderlo.

El 2 de octubre de 2007, esa certeza lo llevó a hacer algo que nunca creyó que haría.

Esa noche, la ciudad brillaba a lo lejos, pero Tom solo podía mirar a Bill. Estaban sentados en la azotea, con el viento fresco despeinándolos y la botella de vino a medio terminar entre ellos. Bill reía por alguna tontería que Tom había dicho, su risa era ligera, brillante, y por un momento, Tom sintió que todo en su vida había llevado a ese instante.

Porque con Bill todo era diferente.

Su mundo había sido un caos de ruido, fiestas y relaciones pasajeras, pero Bill… Bill era calma y tormenta a la vez. Lo hacía sentir en casa sin importar dónde estuvieran, lo hacía reír sin esfuerzo, lo hacía desear cosas que nunca había imaginado.

Tom tragó en seco, sintiendo su corazón latir con fuerza.

— ¿Qué? — preguntó Bill con diversión, notando su mirada fija en él.

Tom negó con la cabeza, sonriendo apenas.

— Nada… — murmuró — Solo… estaba pensando en algo.

— ¿Y qué es?

Tom tomó aire. Sus manos temblaban un poco, pero no iba a detenerse. No podía. Se levantó despacio y se paró frente a Bill, tendiéndole una mano.

— Ven.

Bill frunció el ceño con curiosidad, pero tomó su mano sin dudar. Tom lo guió hasta el borde de la azotea, donde las luces de la ciudad se extendían ante ellos como un mar infinito.

— Quiero que seas mi novio — dijo Tom de repente.

Bill se quedó inmóvil.

— ¿Qué?

Tom sonrió, con el viento despeinándole las trenzas, con los ojos llenos de algo que nunca había mostrado antes.

— Eso — soltó una risa nerviosa, frotándose la nuca, pero siendo sincero. El peso de las palabras era demasiado, sus dedos tamborilearon contra su pierna, como si estuviera buscando un acorde perdido en su propia respiración —  Quiero que seas mi novio — se detuvo por un momento, tomando aire, lo que estaba a punto de decir era más difícil que cualquier canción que haya tocado — No sé cómo funciona esto, no sé qué significa para ti, pero sé lo que significa para mí. Y sé que no quiero que seas solo alguien con quien paso el tiempo. Quiero que seas… tú — sus ojos brillaban, reflejando algo más profundo que las luces de las estrellas — Desde que te conocí, todas mis canciones tienen sentido. Antes, solo tocaba melodías porque eran bonitas, porque sonaban bien. Pero ahora… ahora cada acorde tiene tu voz, cada nota me recuerda a ti. Eres el estribillo que se repite en mi cabeza, el eco que no quiero que se apague — tragó saliva, su pecho subía y bajaba con nerviosismo, pero también con una emoción sincera — Nunca pensé que una persona pudiera sentirse como una canción. Pero tú… tú eres como esas melodías que empiezan suaves y terminan arrasándote por completo. Eres la música que suena en mi cabeza incluso cuando hay silencio — se rió bajito, negando con la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba diciendo. Pero su mirada nunca se apartó de la de Bill — No quiero que esto sea solo un momento bonito, una canción de amor pasajera. Quiero que seas mi mejor composición, la que nunca me cansaría de tocar. Quiero aprender cada una de tus notas, cada pausa, cada suspiro. Porque si hay algo que he aprendido desde que llegaste, es que la mejor melodía es aquella que se siente en el alma… y tú eres la única que quiero escuchar por el resto de mi vida.

Tom se alejó lentamente, dándole un último vistazo a Bill antes de girarse hacia la pequeña esquina donde había dejado sus cosas. Revolvió entre sus pertenencias hasta que sus dedos encontraron lo que buscaban: su guitarra. Pasó la mano por la madera con un cariño reverente, como si estuviera a punto de confesarle un secreto. Luego, con pasos suaves, regresó junto a Bill, que seguía en el mismo lugar, inmóvil, como si su mente aún estuviera procesando cada palabra que había dicho.

Tom sonrió ante esa imagen. Era lo más hermoso que había visto jamás.

Aclaró su garganta suavemente, llamando su atención antes de apoyar la guitarra contra su cuerpo y posicionar sus manos sobre las cuerdas.

— Esto es para ti — susurró, sin apartar la mirada de él.

Y entonces tocó. Las notas flotaron en el aire, suaves e íntimas, estaba poniendo en cada una de ellas todo lo que su voz ya no podía decir. No era una canción de amor predecible, no era algo aprendido de memoria; era una melodía nacida de su propio pecho, compuesta en cada latido que Bill había provocado en él. Cada acorde era un susurro de todas las veces que lo había mirado en silencio, de todas las palabras que no había sabido cómo decir hasta ahora.

La música no mentía. Y en ese momento, bajo la luz de las estrellas, con la brisa nocturna acariciándolos, Tom le estaba diciendo de la manera más pura y sincera: Tú eres mi canción.

Cuánto Tom finalmente termino de tocar, la expresión de Bill no había cambiado. Tenía miedo, miedo a que diga que no. Así que solo lo miro esperando que dijera algo, cualquier cosa. 

Bill también lo miró fijamente, su corazón martillándole el pecho.

— ¿Estás seguro?

Tom asintió, sin apartar la mirada.

— Más de lo que he estado de cualquier otra cosa. Pero… no quiero que sea algo de lo que tengamos que hablar con el mundo. No todavía. Quiero que sea solo nuestro. Algo especial.

El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Era un silencio cargado de emociones, de todo lo que aún faltaba decir con palabras.

Entonces, Bill sonrió.

— Ven aquí.

Tiró suavemente de Tom y lo abrazó, apoyando su frente contra la suya. Él cerró los ojos, dejándose envolver por su cercanía, por su olor, por la sensación de que, por primera vez en su vida, estaba exactamente donde debía estar.

— Es un sí — susurró Bill contra sus labios.

Tom exhaló, aliviado, emocionado, completamente perdido en él.

Y bajo la luz de las estrellas, con la ciudad como testigo, se besaron. Un beso lento, sin prisas, lleno de promesas y sentimientos que ninguno de los dos terminaba de entender, pero que estaban ahí, ardiendo en sus pechos.

Cuando Tom llevó a Bill a conocer a Simone y a Nataly, todo fluyó con una naturalidad sorprendente. Simone lo recibió con una calidez inmensa, abrazándolo como si ya fuera parte de la familia, y Nataly, con su energía contagiosa, no tardó en adorar a Bill. Las risas, las historias compartidas y la complicidad en el ambiente hicieron que Bill se sintiera en casa.

Por su parte, Bill también quiso que Tom conociera a sus padres, aunque fuera a la distancia. Así que, una noche, con el teléfono entre sus manos y el corazón latiéndole con fuerza, les hizo una videollamada. Rebeca y Gordon, desde Hamburgo, saludaron con sonrisas sinceras y cálidas. No hubo preguntas incómodas, dudas, ni miramientos. Solo amor. Solo felicidad por ver a su hijo tan pleno.

En ese instante, Tom supo que no había vuelta atrás.

La memoria lo llevó más lejos, recordando cómo después de solo dos meses de relación, se mudaron juntos. El departamento quedaba cerca de la universidad, podían ir caminando, compraban comida juntos, discutían sobre qué serie ver por las noches y dormían enredados el uno con el otro como si separarse fuera imposible.

Siete meses de felicidad absoluta.

Hasta el accidente.

El recuerdo regresó con toda su intensidad.

— ¿Te amo y lo sabes, no? — la voz de Bill, dulce y nerviosa, llenó su mente. 

Estaban en el auto. Él conducía. Bill lo miraba con esa expresión que siempre lo desarmaba.

Tom sonrió en la memoria, girando el rostro solo un segundo para responder.

— Lo sé… — le dió una rápida mirada— Yo también

— ¿Tú también qué? Anda dilo… — Bill fingió estar molesto.

Tom rió.

— No lo haré.

Entonces, el pelinegro se lanzó sobre él, riendo, haciéndole cosquillas.

— ¡Bill! — rió — Bill… Ya basta, estoy al volante.

Pero Bill no paró.

— Oh no lo haré Kaulitz. 

Así que Tom frenó en seco apagando las luces, la carretera estaba oscura y solo el sonido del motor era lo que se escuchaba.

Bill, confundido, miro hacia el frente.

— ¿Tom? 

El de trenzas sujetó su rostro con ambas manos y lo besó, robándole la respiración.

— Yo también te amo mucho, mi Bill.

Bill iba a responder, pero entonces… Luces cegadoras y un camión directo hacia ellos.

— ¡Tom, cuidado!

Y después… Negro.

En la cama del hospital, el monitor cardíaco mostró una alteración en el ritmo de Tom. Su cuerpo seguía inmóvil, pero dentro de su mente, algo había cambiado.

El silencio lo envolvía como una prisión invisible. Afuera, las máquinas seguían con su ritmo monótono, bombeando aire a sus pulmones y marcando el pulso de un corazón que seguía latiendo, pero dentro de él… solo había oscuridad.

Tom ya había recordado todo.

Desde el momento en que conoció a Bill hasta el último segundo antes de perderlo todo. Cada instante que compartieron, cada risa, cada beso, cada caricia en la madrugada cuando la ciudad dormía y ellos se refugiaban en su propio universo.

Todo estaba ahí.

Y con esos recuerdos llegó el peso de la culpa, aplastándolo como un muro imposible de derribar.

Cada mirada, cada palabra, cada promesa rota.

Bill.

Ahora, más que nunca, tenía que despertar. Pero no podía, entonces ¿Que seguía despues? Con un Tom totalmente arrepentido tratando de abrir los ojos y arreglar lo que había roto. 

Su corazón comenzó a latir con fuerza, no por una reacción física, sino porque la angustia dentro de él era insoportable. ¿Qué había hecho?

¿Cómo pudo hacerle eso a Bill?

Desde el momento en que despertó sin memoria, lo rechazó, lo lastimó sin siquiera pensarlo. Se dejó manipular, se dejó llevar por la rabia de haber sido engañado… y, en el proceso, le rompió el corazón a la única persona que realmente había amado.

Aún lo ama.

Y ahora, atrapado en su propio cuerpo, sin poder moverse, sin poder hablar, sin poder buscarlo para pedirle perdón, el dolor lo devoraba por dentro.

Los días pasaron:

Uno.

Dos.

Tres.

Cuarto. 

Cada día, su madre venía a verlo y cada día, Tom la escuchaba llorar a su lado.

— Otra vez… otra vez lo mismo… — la voz de Simone se quebró entre sollozos, acariciando su mano fría — Dos años esperando a que despertaras… y ahora esto.

Tom quería gritar, quería decirle que la escuchaba, que estaba ahí, que esta vez sería diferente.

Pero su cuerpo no respondía.

El llanto de su madre le desgarraba el alma. No solo le había causado un dolor inimaginable a Bill, sino también a ella.

Otra vez en coma, otra vez sin saber si despertaría… Otra vez dejándola sola.

Pasaron cuatro días más. Simone seguía visitándolo. Algunas veces le hablaba, otras solo se quedaba en silencio, tomando su mano, como si con solo tocarlo pudiera hacer que regresara.

Y no solo ella, también Georg y Gustav fueron a verlo.

— Tienes que despertar, Tom… — Gustav suspiró, dejando caer la cabeza entre sus manos — No puedes dejarnos así.

— No seas idiota, hermano… Tú puedes con esto — Georg apretó los puños, conteniendo la frustración — No te atrevas a rendirte.

Tom los escuchaba y dentro de su mente, gritaba con todas sus fuerzas. Pero su cuerpo seguía atrapado.

La conversación en la habitación era lo único que rompía el silencio. Tom podía escucharlos, atrapado en su propio cuerpo, incapaz de moverse, incapaz de hacer algo más que ser un prisionero de su propia mente.

Ambos estaban sentados cerca de él, hablando entre susurros, como si él no pudiera oírlos, pero lo hacía. Cada palabra que decían llegaba con claridad a sus oídos, aunque no podía reaccionar.

— ¿Lograste contactarlo? — preguntó Georg de repente.

Tom no entendió al principio, pero cuando Gustav respondió, su corazón pareció detenerse.

— No… Su celular sigue fuera del área de servicio.

El aire en los pulmones de Tom parecía más pesado, como si la realidad de esas palabras lo aplastara.

Bill.

Lo habían estado buscando pero no podían encontrarlo.

— ¿Y fuiste a su departamento? — insistió Georg, como si se negara a aceptar lo peor.

— Sí — Gustav suspiró, sonando cansado — Fui el lunes, pero una vecina me dijo que él se fue con maletas en mano el mismo día en el que Tom tuvo el accidente.

Tom sintió un golpe en el pecho, como si le hubieran arrebatado el poco aire que podía tomar.

Bill se fue. No solo había cambiado de número, había desaparecido por completo.

Nadie sabía a dónde, no había dejado rastro. Tom quería moverse, quería abrir los ojos, quería gritar y preguntar por qué.

Pero no podía. Solo podía quedarse ahí, sintiéndose peor con cada segundo que pasaba. Georg y Gustav salieron del hospital en completo silencio. Lo que habían descubierto sobre Bill los había dejado con una sensación de vacío y frustración. Entendían por qué se había ido. Después de todo lo que pasó con Tom, después de todo el dolor que sufrió al verlo con Peyton, tenía sentido que simplemente desapareciera. Bill no era del tipo de persona que enfrentaba situaciones así de frente, especialmente cuando se trataba de protegerse a sí mismo.

— No podemos dejarlo así — dijo Gustav después de un rato, con el ceño fruncido — Tenemos que encontrarlo.

— Pero ¿Cómo? — Georg suspiró, cansado — Si se fue sin decirnos nada, es porque no quiere que lo encontremos.

— Aún así, no podemos quedarnos de brazos cruzados — insistió Gustav.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Georg miró su reloj y chasqueó la lengua.

— Voy a la universidad a recoger unos papeles de mi casillero. Ven conmigo y ahí seguimos pensando.

Gustav asintió y se subieron a un taxi, dirigiéndose hacia la universidad.

&

Ya en la cafetería del campus, se sentaron en una mesa apartada, cada uno con un café en la mano.

— Debe haber algún lugar al que haya ido — dijo Georg, removiendo el líquido dentro de su taza — No puede haber desaparecido sin más.

— Alguien tiene que saberlo… — murmuró Gustav y en ese momento, sus ojos se iluminaron y golpeó la mesa con emoción — ¡Astrid!

Georg lo miró con confusión.

— ¿Astrid?

— Sí, Astrid. Son mejores amigos, ¿No? Si alguien sabe dónde está Bill, es ella.

Georg lo pensó por un momento y asintió. Era la única opción lógica.

— Vamos a buscarla.

Salieron de la cafetería y comenzaron a recorrer los pasillos en busca de ella. Después de preguntar un par de veces, finalmente la encontraron en un aula, hablando con Lexi.

— Astrid — la llamó Georg, acercándose.

La pelirroja levantó la mirada y les sonrió levemente.

— Hola, chicos.

— ¿Podemos hablar un momento? —pidió Gustav con tono serio.

Astrid arqueó una ceja, pero asintió. Lexi miró la escena con curiosidad antes alejarse de Astrid con un simple “Ire al baño”.

Cuando quedaron solos, Georg fue directo al grano.

— ¿Sabes dónde está Bill?

Astrid pareció tensarse un poco, pero rápidamente disimuló.

— No… No tengo idea — dijo, tratando de sonar natural recordando perfectamente las palabras de Bill — También lo he estado buscando, pero no me contesta.

Georg entrecerró los ojos.

— Astrid… por favor.

Gustav dio un paso al frente y decidió intentarlo de otra manera.

— Entendemos por qué Bill se fue, pero esto es importante. Sé que sabes lo que pasó con Tom y el escándalo en la universidad, pero las cosas cambiaron.

Astrid cruzó los brazos, sin decir nada.

— Tom se arrepintió — continuó Gustav— Y si Bill estuviera aquí, se lo diría él mismo.

— ¿Y qué? — Astrid levantó una ceja — ¿No se supone que estaba con Peyton? Eso lo destruyó.

Georg y Gustav intercambiaron miradas.

— Sí — Georg suspiró — Pero todo tomó un rumbo diferente. Tom se dio cuenta de su error y estaba listo para terminar con Peyton. Iba a hacerlo, pero…

Astrid los miró con el ceño fruncido, esperando a que continuaran.

— Tuvo un accidente — terminó Gustav — Y fue culpa de Peyton, estoy seguro. 

Los ojos de Astrid se agrandaron.

— ¿Qué?

Georg asintió.

— Fue un milagro que sobreviviera.

Astrid desvió la mirada, sintiéndose aún peor. No tenía idea de que las cosas habían escalado tanto. Miró a ambos chicos y suspiró.

— Está en Hamburgo — confesó al final — Se fue con sus padres.

Gustav y Georg se miraron con alivio. Finalmente, tenían una pista.

— Gracias, Astrid — dijo Gustav con sinceridad — Esto nos ayuda mucho.

— Sí, pero hay un problema — intervino Georg, frunciendo el ceño — ¿En qué parte de Hamburgo?

Gustav parpadeó, dándose cuenta de que tenía razón. Bill nunca había hablado demasiado sobre su familia, y mucho menos sobre su hogar en Hamburgo.

— ¿Tú sabes algo? — le preguntó Georg a Astrid con esperanza.

Ella negó con la cabeza.

— No… Bill nunca me hablaba demasiado de sus padres. Sé que se llaman Rebeca y Gordon, pero nada más. No mencionaba direcciones, ni detalles… solo que los extrañaba de vez en cuando.

Georg soltó un suspiro frustrado y Gustav se pasó una mano por el cabello.

— Bueno… al menos tenemos algo — dijo Georg, tratando de ver el lado positivo — Astrid, si Bill te vuelve a llamar, ¿Podrías tratar de sacarle información sutilmente?

Ella solo mordió su labio, insegura, pero al final asintió.

— Lo intentaré.

— Gracias — dijo Gustav con una sonrisa, antes de darle un leve golpecito en el hombro — Nos avisas si sabes algo, por favor.

Los chicos se despidieron y salieron del aula, dejándola sola. Astrid se quedó mirando a la nada, dándole vueltas a todo lo que acababa de pasar. Salió del salón simplemente sentándose en una de las bancas del patio.

— ¿Todo bien? — levantó la mirada y vio a Lexi acercándose con curiosidad, sentándose a su lado — ¿Qué pasó?

— Se trataba de Bill — murmuró Astrid, suspirando.

Lexi la miró con interés.

— ¿Están preocupados por él?

— Sí — admitió —  Y los entiendo, después de todo…

Lexi asintió lentamente, apoyando un codo sobre la mesa.

— Lo que pude ver, es que Bill estaba bastante mal — comentó.

Astrid se cruzó de brazos, con una mirada pensativa.

— Me lastimaba verlo así… Y ahora no sé si hice bien en decirles dónde estaba. Quizá sí, o quizá no…

Lexi le dio una mirada comprensiva.

— Querías ayudar. No tiene nada de malo.

— Solo… Hubiera querido pasar más tiempo con él antes de que se fuera — susurró Astrid con tristeza — Pero ahora ya no está.

Lexi le puso una mano en el hombro en un intento de consolarla.

— Tal vez puedas hacerlo cuando lo encuentren.

Astrid suspiró con pesadez, abrazándose a sí misma mientras miraba la mesa fijamente. 

— Fue tan sorpresivo… — habló, su voz teñida de nostalgia — Se fue en un abrir y cerrar de ojos — cerró los ojos con frustración, sintiendo un nudo en la garganta — Y lo peor es que… nunca le dije lo que sentía.

Lexi frunció los labios, comprendiendo el peso de sus palabras.

— ¿Te arrepientes?

— Mucho — susurró — Me lamento no haberle dicho nada, porque ahora… ya no está. Se fue, y no sé si lo volveré a ver — Astrid apretó los puños con fuerza — Y luego todo el escándalo en la universidad… — continuó, su voz llena de resentimiento — Cuando Ethan soltó toda la verdad… Yo ni siquiera sabía lo que había pasado. Me enteré como todos, viendo a Bill en medio de ese caos.

Lexi asintió con gravedad.

— Fue un desastre.

— Lo fue — murmuró Astrid — Pero, al final, Bill tuvo sus motivos para irse… Lo de Tom lo afectó más de lo que muchos creen. En una ocasión me contó todo, y estaba destrozado — bajó la mirada, sintiendo el ardor en su pecho — Yo solo… hubiese querido decirle: Déjame que yo te sane Bill, él solo te lastimó. Pero no podía ser tan egoísta en pensar solo en mis sentimientos y dejar de lado los de Bill. Su sufrimiento y tristeza. Así que solo estuve ahí para él, ofreciéndole lo único que tenía en ese momento: mi amistad. Un hombro donde llorar y sentirse escuchado, siendo un poco de apoyo en todo su caos. 

Lexi la miró con tristeza.

— Le quitó su brillo, ¿No?

Astrid asintió con los ojos vidriosos.

— Sí… Y odio que haya sido así…

&

El sonido del teclado resonaba en la habitación en completo silencio. Georg y Gustav estaban sentados frente al escritorio de este último, la luz fría de la pantalla iluminando sus rostros con el brillo característico de la computadora.

Habían llegado directamente a la casa de Gustav después de salir de la universidad, convencidos de que podían encontrar alguna pista sobre Bill si buscaban lo suficiente. No tenían mucho, solo un nombre de ciudad y la esperanza de que, de alguna forma, Bill hubiera dejado un rastro.

— A ver… — Georg tecleó con rapidez mientras se acomodaba en la silla — Lo primero será buscar por el nombre de los padres de Bill, ¿Cierto?

— Sí — asintió Gustav — Gordon y Rebeca.

Georg escribió los nombres en el buscador, pero inmediatamente una larga lista de personas con los mismos nombres apareció en la pantalla. Algunos perfiles eran privados, otros no tenían fotos claras, y ninguno tenía algo que indicara que estaban relacionados con Bill.

— Bueno… — Georg suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la silla — Esto no está funcionando.

— Era de esperarse — admitió Gustav, cruzándose de brazos — No los conocemos en persona, y Bill nunca nos mostró fotos de ellos.

Se quedaron en silencio por un momento, intentando pensar en otro enfoque. Entonces, Georg chasqueó los dedos y se inclinó de nuevo hacia la pantalla.

— Vamos al perfil de Bill. Tal vez tenga a sus papás agregados.

Gustav movió el mouse rápidamente y abrió la cuenta de Bill. Se dirigieron a la lista de amigos y comenzaron a revisar uno por uno. Sin embargo, tras varios minutos de búsqueda, ambos fruncieron el ceño.

— No puede ser… — murmuró Georg — ¿¡Cómo es que no tiene a sus papás agregados!? ¡Si yo tengo hasta a mi abuela!

Gustav soltó una pequeña risa, pero la frustración seguía presente.

— Bill siempre fue reservado con su familia… No es tan raro, si lo piensas.

Georg hizo una mueca, pero no discutió. Volvieron al perfil de Bill y comenzaron a revisar sus fotos. Sabían que era difícil que encontraran una pista tan fácilmente, pero algo les decía que no debían rendirse todavía.

Fueron bajando poco a poco, pasando por imágenes más antiguas, viendo la evolución de su estilo, su cabello cambiando de largo a cortó, sus poses relajadas o juguetonas… Hasta que una foto llamó su atención.

Era una imagen vieja, posiblemente de hace varios años. Bill aparecía en el centro, con el cabello negro y largo hasta los hombros, viéndose un poco más joven, tal vez de unos 15 años. A su lado, estaban un hombre y una mujer, ambos sonriendo a la cámara. Debían ser sus padres.

Pero lo más importante no era eso.

— La casa — susurró Gustav, inclinándose hacia la pantalla — Mira el fondo.

Detrás de Bill y sus padres se veía claramente la fachada de una casa. No era una casa llamativa, pero se notaba acogedora, con un pequeño jardín al frente y una puerta blanca.

Georg se enderezó y señaló la pantalla con entusiasmo.

— ¡Esto es algo! ¡Tal vez no sepamos la dirección exacta, pero conocemos la casa!

— Sí, pero Hamburgo es grande… — Gustav suspiró, aunque su expresión mostraba un ligero destello de esperanza — Aún así, esto es más de lo que teníamos antes.

Se quedaron mirando la imagen en silencio, como si pudieran descifrar más detalles solo con observarla el tiempo suficiente. Sabían que aún les faltaba mucho por descubrir, pero al menos, tenían un punto de partida.

— Tal vez si encontramos más fotos similares podamos deducir algo… — dijo Georg, con renovada determinación.

— O podríamos buscar la foto en Google Imágenes para ver si aparece en algún sitio… — con la foto abierta en la pantalla, Gustav tomó una captura y la subió a un buscador de imágenes — Si tenemos suerte, tal vez haya algo… — murmuró, esperando los resultados.

Pero en cuanto la página cargó, ambos se quedaron en silencio. El buscador les mostró decenas de casas prácticamente idénticas, algunas con ligeras variaciones en el color de la fachada, otras con diferentes puertas o ventanas, pero todas compartiendo la misma estructura básica.

Georg frunció el ceño.

— No puede ser… — murmuró, pasando la mirada por la interminable lista de casas similares — ¿¡Pero qué demonios!?

Gustav también se mostró confundido, desplazando la página hacia abajo solo para encontrar más y más imágenes del mismo estilo.

— Parece que este diseño de casa es bastante común en Hamburgo…

Georg apretó la mandíbula y soltó una risa sin humor.

— ¡No me jodas! ¿¡Quién demonios construye todas estas casas!? ¿Acaso el arquitecto solo tenía una idea y la copió en toda la maldita ciudad?

Gustav dejó escapar una leve risa, pero también estaba frustrado.

— Supongo que en algunos barrios usan un mismo modelo para todas las casas…

— ¡Pues qué falta de originalidad! — exclamó Georg, llevándose las manos a la cabeza — ¡Maldita sea, no puede ser tan difícil encontrar una casa específica en Hamburgo!

Gustav suspiró y se recargó en el respaldo de la silla.

— Tranquilo. Al menos sabemos que es una casa común, lo que significa que Bill no vivía en un barrio de lujo o en un lugar extremadamente exclusivo.

Georg lo miró con una mezcla de incredulidad y exasperación.

— ¡Ah, claro! Eso ayuda muchísimo, Gustav. Ahora solo tenemos que recorrer cada maldita calle de Hamburgo hasta encontrarla. ¡Genial!

Gustav rodó los ojos.

— Dije que es un punto de referencia, no que tengamos que caminar toda la ciudad.

Georg gruñó y se pasó una mano por la cara, claramente agotado.

— Esto es una pesadilla…

— No esperabas que fuera fácil, ¿O sí? — Gustav cruzó los brazos, mirándolo con calma — Bill no quiere que lo encuentren, así que obviamente no dejó rastros evidentes.

Georg suspiró, resignado.

— Lo sé, lo sé… Pero es frustrante. Siento que estamos cerca, pero al mismo tiempo, no tenemos nada.

Gustav asintió, entendiendo la sensación.

— Tal vez debamos pensar en otro enfoque. Esta foto es útil, pero necesitamos más información.

Georg se quedó en silencio por unos segundos, mirando fijamente la pantalla.

— ¿Y si buscamos en los comentarios?

Gustav parpadeó.

— ¿Qué?

— La foto de Bill con sus padres. A lo mejor alguien comentó algo en su momento. Alguna pista, un nombre, cualquier cosa.

Gustav frunció el ceño, pero enseguida volvió a la publicación. Con un poco de suerte, tal vez alguien había dejado escapar más información de la que Bill hubiera querido.

Y si no… Tendrían que seguir buscando.

Bajaron hasta la sección de comentarios en la foto de Bill con sus padres. Había varias reacciones, la mayoría eran emojis de corazones y mensajes simples como «Qué linda foto», «Tu familia se ve genial»,  o «No sabía que te parecías tanto a tu mamá».

Georg suspiró.

— Nada útil hasta ahora…

Gustav asintió y siguió desplazándose por los comentarios.

— Mira este… — dijo de repente, señalando un comentario de hace años— «Ese día estuvo increíble. Espero que la próxima vez nos veamos de nuevo en el mismo lugar».

Georg se inclinó hacia la pantalla, con los ojos entrecerrados.

— ¿Quién lo escribió?

— Un tal… Andreas G.

— ¿Y quién diablos es Andreas G.?

Gustav hizo clic en el perfil, pero la página no mostraba mucha información. Era una cuenta privada y no tenía ubicación visible.

Georg gruñó con frustración.

— ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?

Siguieron revisando, pero los demás comentarios eran igual de inútiles. Un par de personas que tampoco conocían escribieron cosas como «Hermosa familia», «Hace mucho que no nos vemos, Bill», y «Esa casa se ve acogedora».

Pero ninguno mencionaba una dirección, un barrio o algo realmente útil.

Después de varios minutos de revisar sin éxito, Georg se dejó caer en la silla con un suspiro pesado.

— Nada. No hay ni una sola pista.

Gustav se frotó la cara, igual de frustrado.

— Al menos lo intentamos…

Georg lo miró con el ceño fruncido.

— No, no podemos rendirnos. Bill está en algún lugar de Hamburgo, y vamos a encontrarlo.

Gustav lo observó en silencio por un momento y luego asintió.

— Tienes razón. Vamos a buscar más a fondo. 

&

El sonido constante del monitor cardiaco llenaba la habitación mientras los médicos revisaban los últimos resultados de Peyton. A diferencia de Tom, sus heridas no eran tan graves. Había sufrido golpes y algunos cortes superficiales, pero nada que pusiera en riesgo su vida.

— Los signos vitales son estables — informó una de las enfermeras mientras ajustaba el suero intravenoso — No hay fracturas graves, solo contusiones leves y una herida en la frente que requirió sutura.

El médico a cargo revisó la tablet con los últimos análisis de laboratorio.

— No hay signos de hemorragias internas ni conmoción severa. Si todo sigue así, podrá ser dada de alta en próximos días, con la indicación de reposo y seguimiento médico.

Las enfermeras asintieron y continuaron con sus respectivas tareas, anotando todo en la ficha de la paciente. Sin embargo, una de ellas frunció el ceño al revisar los nuevos resultados que acababan de llegar al sistema.

— Doctor… Hay algo más.

El médico levantó la vista.

— ¿De qué se trata?

La enfermera dudó por un segundo antes de entregar la hoja con los análisis actualizados. El doctor la tomó y repasó los valores con la mirada hasta que sus ojos se detuvieron en un punto específico.

Su expresión cambió.

— Esto… — parpadeó, asegurándose de que no estaba leyendo mal — Esto no estaba en los análisis anteriores.

Las enfermeras se miraron entre sí con expectación.

El médico tomó aire y habló con firmeza:

— La señorita Peyton tiene diecisiete días de embarazo.

Silencio.

El monitor cardiaco siguió sonando con su pitido monótono, mientras la revelación flotaba en el aire como una bomba a punto de explotar.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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