Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 28: Tragic accident

Narrador omnisciente

Ese día, cuando Bill se fue de la universidad rápido, Georg y Gustav se quedaron con una sensación extraña en el pecho.

Gustav no podía ignorar la incomodidad que lo carcomía al saber que Tom había dicho esas palabras horribles a Bill. No entendía qué había pasado exactamente en su cabeza, pero tenía claro que no podía dejarlo así.

Por eso, en cuanto salieron de clases. Primero fue por Bill, pero él había desaparecido así que solo quedaba Georg, Gustav prácticamente lo obligó pese a la negación de Georg de querer hablar con Tom después de lo que había dicho. 

Lo encontraron en la universidad, como si nada.

— Tenemos que hablar — fue lo primero que dijo Gustav, con el tono más serio que pudo.

Tom ni siquiera pareció sorprendido.

— No hay nada que hablar.

Georg le lanzó una mirada.

— ¿Cómo que no?

Tom suspiró y se cruzó de brazos.

— Mi madre ya me explicó todo.

Se hizo un silencio y Gustav parpadeó.

— ¿Qué?

— Ella me dijo la verdad. Me explicó por qué lo hicieron.

Georg y Gustav intercambiaron miradas.

— ¿Y entonces?

Tom bajó la mirada y apretó la mandíbula.

— Que fui un idiota.

La confesión cayó en el aire como un golpe seco.

— Me arrepiento de todo lo que le dije a Bill — desde ese día, Tom había dado muchas vueltas en la cama, la culpa era mucho más grande y sus pensamientos volaban en miles de posibilidades. 

Georg soltó un suspiro.

— ¿Vas a disculparte con él?

— Sí — respondió Tom, sin dudar. Levantó la vista con el ceño fruncido — ¿Dónde está?

Y ahí estaba el problema.

— No sabemos. Se fue de la universidad rápido, sin decir nada y no responde el celular.

Tom sintió una punzada en el pecho, algo no estaba bien.

— Llamémoslo.

Intentaron, pero nada. Intentaron de nuevo: nada.

Tom miró la pantalla de su celular con frustración, viendo cómo la llamada se iba al buzón.

— Tal vez solo necesita tiempo — murmuró Georg, tratando de sonar optimista.

Pero en el fondo, los tres sabían que algo estaba mal. Dos días pasaron, y Bill seguía sin dar señales de vida.

Tom lo intentó varias veces más. Incluso llegó a escribirle mensajes diciendo que quería hablar con él, pero no obtuvo respuesta.

Y eso lo estaba volviendo loco.

Por más que intentara concentrarse en su vida, no podía dejar de pensar en él. En lo que le había dicho, en la forma en la que Bill lo había mirado antes de irse.

Aún no tenía claro qué iba a decirle si lo encontraba. Solo sabía que tenía que hacerlo.

Pero no sabía que ya era demasiado tarde…

&

Domingo del medio día, un día perfecto para hacer compras. Peyton conducía mientras Tom miraba por la ventana con la mirada perdida.

— ¿Y crees que deberíamos llevar algo más? — preguntó ella, revisando la lista de compras.

Tom apenas parpadeó.

— No sé.

— Tal vez necesitemos más leche.

— Sí.

— Y deberíamos comprar más toallas para el baño.

— Ajá.

— Y tal vez podríamos comprar una maldita bomba para que explote todo y así te despiertas de una vez.

— …No.

Peyton giró los ojos con fastidio.

— Por Dios, Tom. ¿Te puedes concentrar en lo que estamos haciendo?

Él solo suspiró. La verdad, no tenía energía para discutir. Desde hacía días, todo le parecía monótono, sin sentido. Se había esforzado por seguir con su vida como si nada, pero la realidad era que la ausencia de Bill lo afectaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Aun así, compraron todo lo necesario y finalmente regresaron al departamento.

Pero en cuanto abrieron la puerta…

— ¡¿QUÉ DIABLOS PASÓ AQUÍ?! — el grito de Peyton resonó por todo el lugar.

Tom apenas alcanzó a reaccionar antes de notar el absoluto desastre que los rodeaba; el suelo estaba lleno de almohadas destrozadas, ropa esparcida por todos lados, una bolsa de papas rota en la esquina y un charco de agua sospechoso cerca del sofá.

Y en medio del caos, sentado con su cola moviéndose lentamente de un lado a otro, estaba Scotty.

El pequeño perro levantó las orejas al ver a Tom y corrió hacia él, moviendo la cola con emoción.

Tom lo miró y luego miró el desastre.

— Bueno… al menos no prendió fuego al departamento.

Peyton, en cambio, estaba roja de la ira.

— ¡Estoy harta! ¡Ese maldito perro no puede seguir aquí!

Tom levantó a Scotty en brazos y el perrito le lamió la cara.

— Tranquila, seguro solo tenía energía acumulada.

— ¡No, Tom! — exclamó Peyton, señalando con el dedo el desastre — ¡Ya es suficiente! ¡Tienes que sacarlo de aquí ahora mismo!

Tom frunció el ceño, pero Peyton no le dio oportunidad de responder.

— Es él o yo.

Tom apretó la mandíbula. Miró a Scotty, luego miró a Peyton.

— …Está bien.

Antes de que ella pudiera seguir con su drama, simplemente se dio la vuelta y salió del departamento con Scotty en brazos. Caminó sin rumbo por un rato, tratando de decidir qué hacer con el perro. No iba a dejarlo en la calle, eso era seguro.

Después de un rato, llegó a la casa de Gustav y para su sorpresa, Georg también estaba ahí.

— Eh… ¿Por qué traes un perro? — preguntó Georg, alzando una ceja.

— Sorpresa.

Los dos lo miraron esperando una mejor respuesta, así que Tom les contó todo. Cómo había encontrado a Scotty en la playa, flaco y abandonado, cómo le había dado comida y cuidado hasta que se recuperó. Y cómo Peyton finalmente perdió la paciencia y le exigió que se deshiciera de él.

Cuando terminó la historia, Georg soltó una carcajada.

— ¿Y dices que hizo un desastre en el departamento?

— Sí.

— ¿Y rompió cosas?

— Sí.

— ¿Y dejó un charco de quién sabe qué?

— Sí.

Gustav y Georg se miraron entre ellos… y luego sonrieron con satisfacción.

— Bien hecho, Scotty.

— Buen chico.

Tom rodó los ojos.

— Sí, sí, muy gracioso. Ahora, ¿Alguno de ustedes puede quedárselo? Solo por un tiempo.

Georg se encogió de hombros.

— Yo puedo.

Tom asintió y le pasó a Scotty.

— Gracias.

Scotty movió la cola con entusiasmo, completamente ajeno a todo el drama.

— Muy bien, ahora sí. Lo del perro ya está resuelto, pero hay algo que quedó pendiente.

Tom suspiró.

— ¿Qué cosa?

— ¿Qué diablos haces con Peyton?

Gustav asintió de inmediato.

— Sí, Tom. En serio, ¿Qué mierda estabas pensando?

Tom miró hacia otro lado, incómodo.

— No es tan complicado. Después de todo lo que me enteré… — su voz se volvió más tensa —  Me fui a tomar sin control.

Georg y Gustav intercambiaron una mirada.

— No me sorprende.

— Yo tampoco lo haría.

— Y luego… — Tom apretó la mandíbula — Ella apareció.

Hubo un breve silencio.

— …No — Gustav puso cara de incredulidad — Tom, dime que no hiciste lo que creo que hiciste.

Tom se pasó una mano por la cara.

— Me acosté con ella.

Georg dejó caer la cabeza hacia atrás con frustración.

— ¡Eres un imbécil!

— Sí, gracias, eso ya lo sé.

Gustav negó con la cabeza.

— No, pero en serio, ¿Cómo demonios terminaste en la cama con ella?

Tom encogió los hombros, sintiéndose cada vez más incómodo con la conversación.

— Estaba borracho, me dijo lo que quería escuchar, y pasó.

— Y aún así te acostaste con ella.

— ¡Fueron solo dos veces!

— ¡Como si eso mejorara las cosas!

Tom suspiró, fastidiado.

— Miren, ya entendí. Fue un error.

Georg y Gustav seguían viéndolo con cara de decepción.

— ¿Y después qué? — preguntó Georg — ¿Ella te manipuló para que fueran novios?

Tom abrió la boca para responder… pero se quedó en silencio, porque la verdad era que Peyton no lo había obligado a nada.

Él fue el que le pidió ser su novia.

Lo hizo porque estaba enojado, porque quería demostrar que lo de Bill y él no significaba nada. Porque su ego de mierda no podía soportar la idea de que lo hubieran engañado.

Se sintió aún más estúpido.

Georg lo miró con seriedad.

— Tom, no te hagas ilusiones. Lo de ustedes es solo sexo. No hay corazón.

El de trenzas se pasó una mano por la cabeza y dejó escapar un suspiro pesado.

— Ya lo sé. Ya les dije que no siento nada por ella.

— Entonces, ¿Por qué sigues con ella?

Tom se quedó en silencio por unos segundos.

— Porque fue mi ego.

Georg y Gustav lo miraron con atención.

— ¿Tu ego?

— Sí — Tom apretó los puños — Quería demostrar que lo de Bill y yo no significaba nada. Quería demostrar que me daba igual — se quedó callado por un momento antes de soltar una risa sin humor — Pero ahora que sé la verdad… — Georg y Gustav no dijeron nada, esperando que terminara la frase. Tom bajó la miradab — Ahora estoy confundido.

Total y absoluto silencio. Tom no sabía qué más decir, no sabía qué se suponía que debía sentir. Todo era un desastre en su cabeza.

De repente, Gustav se aclaró la garganta.

— Si bueno, ¿Quién tiene hambre? Puedo hacer algo rápido.

Georg y Tom lo miraron con incredulidad.

— ¡Gustav!

— ¡Estamos hablando en serio!

Él solo se encogió de hombros.

— Bueno, yo también. ¿No quieren un sándwich o algo?

Georg cruzó los brazos y miro a Tom con seriedad.

— Tom, tienes que terminar con Peyton.

— Sí, ya sé.

— No, en serio — Gustav lo señaló — No la necesitas, nunca la necesitaste. Y mientras más tardes en cortar con ella, más difícil se va a volver.

Tom suspiró y apoyó los codos en sus rodillas, enterrando el rostro entre sus manos.

— Lo sé.

Y en serio lo sabía. Peyton le daba igual. En realidad, ahora que convivía más tiempo con ella era algo insoportable, siempre eran peleas, que por la ropa tirada, que por el perro, no había días de tranquilidad. Al fin y al cabo, solo había sido su ego el que lo metió en esta situación de mierda. Y ahora… ahora tenía que arreglarlo.

— Pues hazlo — Georg lo animó — Es lo mejor.

Gustav asintió.

— Sí, Tom. No puedes seguir con ella. ¿Para qué? ¿Para arrastrar más esta mentira?

Tom se quedó callado por unos segundos.

— Sí — levantó la cabeza, ya decidido — Tienen razón.

Los chicos sonrieron triunfales.

— Claro que tenemos razón.

— Tom, tu lugar no es con Peyton.

— ¿Ah, no?

Georg sonrió de lado.

— No. Es con Bill.

Tom puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír un poco.

— No empieces con eso.

— Es la verdad — Gustav sonrió — Ustedes dos eran inseparables.

Tom los miró con una ceja levantada.

— ¿Ah, sí?

— ¿Bromeas? — Georg se rió — Parecían una maldita pareja casada.

Tom se quedó pensativo. Él no recordaba del todo eso, solo pequeños blashbacks, pero imaginarlo con más detalle le dio algo de gracia.

— Pues no me acuerdo muy bien. 

— Oh, pero nosotros sí.

Gustav asintió.

— Bill te mimaba todo el tiempo. En serio, se desvivía por ti.

— Y tú lo consentías como si fuera un niño.

Tom sonrió con diversión.

— Suena a que lo tenía malcriado.

— Lo tenías.

Los tres se rieron un poco pero luego, la risa se apagó. Porque Tom seguía sin poder hablar con Bill.

— ¿Y ustedes ya lograron contactarlo?

Los chicos bajaron la mirada.

— No — admitió Georg.

— Sigue sin contestar — agregó Gustav.

— Fuimos a su departamento, pero nadie abrió.

— Y… nos rendimos.

Tom frunció el ceño.

— ¿Se rindieron?

— Tom… — Georg suspiró — No podemos hacer nada si él no quiere hablar con nosotros.

Tom no respondió, se sentía raro. ¿En serio Bill no quería saber nada de ellos? Fue un idiota por decirle aquellas palabras, ahora lo sabia y entendía el porque no quería hablar específicamente con él. 

Algo en su pecho se apretó con incomodidad, suspiró y se puso de pie.

— Voy a ir con mi mamá un rato.

Los chicos lo miraron con sorpresa.

— ¿En serio?

— Sí. Tengo que hablar con ella.

Georg sonrió.

— ¿Vas a volver a casa?

— Sí.

Gustav sonrió también.

— Bien. Es lo mejor.

— Sí — admitió con convicción. 

Tom salió de la casa de Gustav con la cabeza hecha un desastre. El aire frío de la tarde le golpeaba la cara, pero ni siquiera eso era suficiente para calmar el torbellino que tenía dentro. Su mente no dejaba de darle vueltas a todo lo que acababan de decirle. Terminar con Peyton, volver con su madre, pedirle perdón a Bill… si es que alguna vez lograba encontrarlo.

Caminar por las calles le daba una falsa sensación de paz, como si el simple hecho de moverse pudiera ordenar su cabeza. 

Cuando llegó a la casa de su madre, se quedó parado frente a la puerta por varios segundos. Su corazón latía con fuerza, y por un instante pensó en darse la vuelta y largarse. Pero sabía que no podía hacerlo. No otra vez.

Finalmente, tocó el timbre.

Simone abrió la puerta casi de inmediato, como si hubiera estado esperando su llegada. Su rostro pasó de la sorpresa al alivio en cuestión de segundos, y sin decir una palabra, lo envolvió en un abrazo fuerte, apretándolo contra su pecho.

Tom cerró los ojos y se dejó abrazar, sintiendo calidez en medio del frío que lo había estado consumiendo.

— Tom… — susurró Simone, con la voz quebrada — Mi niño…

— Hola, mamá… — murmuró él, con un nudo en la garganta que apenas podía controlar.

Se quedaron así por varios minutos, sin necesidad de decir nada más. A veces, los abrazos hablaban por sí solos.

Finalmente, Simone lo soltó y lo hizo entrar a la casa. El lugar olía a hogar, a ese aroma familiar que siempre lo había reconfortado cuando era niño. Todo seguía igual, pero él sentía que había pasado una vida entera desde la última vez que había estado allí.

Se sentaron en la sala, y Simone lo miró con ternura, como si pudiera ver a través de él, como si supiera que su hijo estaba hecho pedazos por dentro.

— ¿Cómo estás, cariño?

Tom bajó la mirada, jugueteando con sus propias manos.

— Confundido… — admitió en voz baja — He hecho tantas cosas mal, mamá… ni siquiera sé por dónde empezar.

Simone le tomó la mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los de él.

— Lo importante es que lo entiendas, Tom. Que estés aquí, dispuesto a arreglar las cosas.

Tom apretó los labios con fuerza, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir.

— Voy a volver… — susurró — Quiero volver a casa… contigo y Nataly.

La sonrisa de Simone se iluminó, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.

— Eso me hace muy feliz, hijo…

Se quedaron en silencio por un momento, dejando que la noticia se asentara en el aire.

Pero la paz duró poco.

Tom suspiró, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba aún más.

— Necesito hablar con Bill, mamá…

Simone bajó la mirada, con una sombra de tristeza en sus ojos.

— Lo sé…

— ¿Lo has llamado?

— Sí… muchas veces.

— ¿Y?

— No contesta.

El corazón de Tom se hundió un poco más. Había esperado esa respuesta, pero escucharla de los labios de su madre lo hizo sentir como si le hubieran clavado una daga en el pecho.

— Tal vez… tal vez está ocupado — dijo, más para convencerse a sí mismo que a ella.

Simone lo miró con ternura y le acarició el cabello, como cuando era niño.

— Tal vez, mi amor…

Él se quedó sentado en el sillón de la sala, sintiendo cómo el peso de la conversación con su madre todavía lo aplastaba. Su mente seguía atormentándolo con la imagen de Bill alejándose cada vez más, como si fuera una estrella fugaz que había cruzado su vida por un instante antes de desaparecer en la inmensidad del cielo.

Justo cuando estaba perdiéndose aún más en sus pensamientos, el sonido de su teléfono lo sacó de golpe de su trance. Se quedó mirando la pantalla con el ceño fruncido al ver el nombre que aparecía en ella. Peyton.

Rodó los ojos y suspiró con fastidio antes de responder.

— ¿Qué? — preguntó sin molestarse en disimular su mal humor.

— ¿Qué demonios pasa contigo, Tom? — la voz aguda de Peyton explotó al otro lado de la línea — ¿Dónde diablos estás?

Tom cerró los ojos un segundo, intentando no perder la paciencia.

— En la casa de mi mamá — respondió con frialdad.

Hubo un breve silencio.

— ¿En la qué? — preguntó ella, como si no hubiera escuchado bien.

— En la casa de mi mamá — repitió con más desgano que antes — ¿Algo más?

— ¿Qué haces ahí? ¡Se supone que teníamos cosas que hacer juntos!

Tom resopló, completamente harto de su drama.

— Ya te dije dónde estoy. No tengo nada más que decirte.

Y sin darle tiempo a responder, colgó la llamada sin ninguna culpa. Se tiró de nuevo en el sillón, pasándose una mano por el rostro con cansancio. Pero la paz no le duró ni un minuto porque, de repente, escuchó un grito emocionado desde las escaleras.

— ¡¡TOM!!

Antes de que pudiera reaccionar, Nataly bajó corriendo y se lanzó sobre él, rodeándolo con los brazos en un fuerte abrazo. Tom sonrió con ternura y la abrazó de vuelta, sintiendo una calidez que hacía mucho no experimentaba.

— ¡Sabía que ibas a volver! — exclamó ella, separándose un poco para mirarlo con una sonrisa enorme — ¡Sabía que no te ibas a quedar con esa bruja!

Tom rió suavemente. Nataly nunca había escondido su desprecio por Peyton, y ahora no era la excepción.

— Voy a volver — le confirmó, revolviéndole el cabello con cariño.

— ¡Qué bueno! — dijo ella, dando un par de saltitos por la emoción — Esa mujer es una bruja, Tom, una bruja. Me da escalofríos.

Tom rió otra vez, asintiendo.

— Ya no te vayas nunca más, ¿Sí?

Él sintió un nudo en la garganta ante la dulzura de su hermana.

— No lo haré.

Después de media hora más, hablando con su madre y Nataly, algo dentro de él hizo clic.

Se puso de pie de golpe.

— Ya no voy a perder más tiempo.

Salió de la casa de Simone con la determinación grabada en cada paso. Iba a dejar todo esto atrás. Su relación con Peyton había sido un error, y ahora lo veía con claridad. Había sido su orgullo herido, su rabia, su necesidad de probar algo que no tenía sentido. Pero ya no más.

No había avanzado ni dos metros cuando una figura se interpuso en su camino. Peyton estaba allí, apoyada contra su auto con los brazos cruzados, su pie golpeando el suelo con impaciencia. Sus ojos estaban inyectados en furia, y su mandíbula estaba tan tensa que parecía que en cualquier momento iba a estallar.

— ¿Dónde demonios estabas? — espetó, su voz con un tinte de histeria.

Tom soltó un largo suspiro.

— Te lo dije, en la casa de mi madre.

— ¿Y por qué carajos no me contestabas?

Tom pasó una mano por su cara, cansado.

— Porque si.

Peyton apretó los labios en una fina línea con la respiración agitada.

— Sube al auto.

— No, voy a caminar.

— Tom, te dije que subas al maldito auto.

Había algo en su tono que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Tom, pero no tenía ánimos de discutir en plena calle. Bufó y abrió la puerta del copiloto, sentándose con fastidio.

Peyton arrancó con demasiada fuerza, acelerando más de lo necesario. Tom frunció el ceño.

— Tranquila.

Ella rió sin humor.

— ¿Tranquila? ¡Te desapareciste horas por ese maldito perro!

Tom se apoyó en el respaldo del asiento, mirando por la ventana con fastidio.

— No exageres.

— ¡Sí exagero, porque soy tu novia y tú te largas sin avisar nada! — su tono estaba fuera de control, su respiración errática — ¿Sabes lo ridícula que me vi llamándote como una estúpida mientras tú estabas desaparecido con ese perro asqueroso?

— No es un perro asqueroso.

— ¡Lo es! ¡Ese animal debería estar en la calle, que es donde lo encontraste!

Tom cerró los ojos, tratando de contener la ira que se acumulaba en su pecho.

— Mira, no quiero discutir.

— ¡Claro que no! Porque para ti todo es muy fácil, ¿No? — se burló ella, acelerando más de lo normal.

Tom sintió una punzada de incomodidad al notar lo rápido que iban.

— Baja la velocidad.

— No.

— Peyton, baja la velocidad.

Ella lo ignoró. Sus pupilas estaban más dilatadas de lo normal, su expresión demasiado tensa, como si estuviera en otro mundo.

Tom la observó mejor y una sensación desagradable se instaló en su estómago.

Peyton no estaba en sus cinco sentidos.

Tal vez no lo había notado antes porque estaba demasiado distraído con sus propias emociones, pero ahora era obvio. Sus movimientos erráticos, su respiración pesada, su agresividad…

No estaba sobria y estaba manejando como una loca.

— Mierda… — susurró Tom, su cuerpo poniéndose en alerta.

— ¿Qué? — espetó ella, aún con la mirada fija en la carretera.

— ¿Qué te metiste?

Peyton rió.

— ¿Y a ti qué carajos te importa?

Tom se tensó.

— Dímelo.

— No seas dramático, solo es algo para relajarme.

Tom sintió cómo la preocupación se transformaba en rabia.

— ¿Estás drogada? ¿Y manejando?

— No estoy drogada, exagerado de mierda.

— Peyton, estás fuera de control.

— ¡No estoy fuera de control!

Pero claro que lo estaba. Tom se sentía aún más frustrado, 

— Mira, esto fue un error, solo voy a ir y recoger mis cosas. Se acabó, estoy harto — soltó de golpe, de una u otra forma tenía que decirlo. Tom la miró de reojo antes de dejar caer la cabeza contra el respaldo del asiento con un suspiro — Estás actuando como una paranoica — soltó con frialdad.

— ¡¿Cómo quieres que actúe, Tom?! — Peyton giró la cabeza bruscamente hacia él, sus ojos brillando con rabia — ¡De repente desapareces y me ignoras como si no importara, y ahora me sales con que todo fue un error?!

Tom se pasó una mano por la cara, sintiendo el inicio de un dolor de cabeza.

— Porque fue un error — dijo finalmente, con la voz más firme de lo que esperaba — Nunca debió pasar nada entre nosotros, Peyton.

Ella apretó los dientes y negó con la cabeza de inmediato, como si se negara a aceptar lo que estaba escuchando.

— No.

— Sí — corrigió Tom, su paciencia pendiendo de un hilo — ¡Sí, Peyton! ¡Dios, estuve confundido, no sabía en qué mierda estaba pensando! Pero ahora lo tengo claro.

Sentía que le hervía la sangre. Peyton estaba manejando como una loca, su rostro tenso y sus manos aferradas con fuerza al volante, como si con eso pudiera controlar algo más que el auto, todo parecía ir en cámara rapida. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban a través de la ventana, pero Tom apenas las notaba. Solo podía concentrarse en la presión en su pecho, en el peso de las palabras que acababa de soltarle y en la manera en que ella se negaba a aceptarlas.

— No puedes hacer esto — susurró, con una voz que estaba al borde del colapso.

Tom apretó los dientes, tratando de mantener la calma.

— Peyton, sí puedo. Y lo voy a hacer.

Ella rió. Una risa vacía y rota.

— No.

— Sí — insistió Tom, con los nudillos blancos de tanto apretar sus propias manos — ¡Mierda, Peyton, basta! Esto nunca debió pasar. ¡Fue un error! — volvió a decir. 

Ella golpeó el volante con ambas manos, frustrada.

— ¡Cállate! ¡Cállate, maldita sea!

Tom la miró con incredulidad.

— ¿En serio? ¿Ahora me vas a decir qué hacer?

Ella lo fulminó con la mirada, respirando agitadamente.

— Tú… tú fuiste el que empezó todo esto.

Tom se quedó en silencio por un momento, porque sí, tenía razón. Fue él quien la buscó, quien decidió lanzarse a esta relación por pura rabia y despecho. Pero ahora lo veía claro, lo había hecho por las razones equivocadas y tenía que hacerle entender.

— Lo sé — admitió con los dientes apretados — Pero ya se acabó.

Peyton negó con la cabeza frenéticamente, perdiendo aún más el razonamiento.

— No.

— Sí. Cuando lleguemos al departamento, voy a empacar mis cosas y me voy.

Peyton se mordió el labio, temblando de ira.

— No puedes hacerme esto — rogó. 

Tom bufó, curvando las cejas hacia abajo.

— Deja de decir eso.

— ¡No puedes hacerme esto! — gritó ella de repente, golpeando el volante de nuevo.

Tom sintió que la presión en su cabeza aumentaba.

— ¡Por el amor de Dios, Peyton! ¡Deja de hacer esto más difícil de lo que ya es!

— ¿Difícil para quién, Tom? — espetó ella, con los ojos brillando con lágrimas de furia — ¡Tú eres el que está terminando todo como si nada! ¡Como si yo no importara!

Tom pasó una mano por su cara, exasperado. 

— ¡Porque no es real, Peyton! ¡Tú lo sabes!

Ella lo miró con el ceño fruncido, pero en el fondo, sus ojos reflejaban algo que parecía… miedo.

— ¿No es real?

Tom tragó saliva, sintiendo el peso de sus propias palabras.

— No lo es. Esto fue un error, un maldito error.

Peyton respiró entrecortadamente, sus manos aferrándose aún más fuerte al volante.

— No… — susurró, sacudiendo la cabeza.

Tom sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

— Peyton…

— No puedes dejarme — dijo de pronto, su voz quebrada pero con una convicción aterradora.

Tom sintió que algo iba mal.

— Peyton, baja la velocidad, estás drogada y completamente fuera de si. 

Pero ella no lo hizo, al contrario, pisó el acelerador de golpe. El auto rugió al responder y Tom sintió su estómago caer.

— ¡¿Qué carajos estás haciendo?! — gritó, girándose hacia ella con una mezcla de rabia y alarma.

Peyton solo tenía los ojos fijos en la carretera, su mandíbula tensa y su respiración agitada.

— Si no es conmigo, no es con nadie.

Tom se quedó helado por un segundo, procesando sus palabras.

— Peyton, esto no es gracioso.

— No me estoy riendo.

El auto seguía aumentando la velocidad. Tom vio las luces de otros vehículos pasando más rápido, el sonido del motor rugiendo como una bestia descontrolada.

— ¡Baja la maldita velocidad!

Ella rió, pero no era una risa normal. Era una risa rota, desesperada.

— No puedo vivir sin ti, Tom.

— ¡Joder, Peyton, ni siquiera me amas!

Ella lo miró de reojo con una sonrisa amarga.

— No lo entiendes, ¿Verdad?

Tom sintió un sudor frío recorrer su espalda.

— Peyton, para.

Pero ella no lo hizo, el auto iba demasiado rápido. Tom se lanzó hacia el volante, tratando de girarlo, pero ella lo apartó bruscamente con un manotazo.

— ¡No me toques!

— ¡Vas a matarnos!

Tom se agarró del tablero con fuerza cuando el auto tomó una curva demasiado cerrada. Su corazón latía con fuerza, y su paciencia, ya de por sí desgastada, terminó de romperse.

— ¡Si no eres mío, no serás de nadie!

Tom sintió cómo se le helaba la sangre. Ella iba a matarlos. 

— ¡Basta, Peyton! ¡Detén el auto ahora mismo! 

Pero ella no escuchó, ajena a la voz de Tom y todo el ruido de fondo, su pecho dolía y la confesión de Tom no había ayudado mucho que digamos. El coche derrapó peligrosamente al pasarse un semáforo en rojo. Un claxon sonó estruendosamente, y Tom sintió un golpe de adrenalina cuando vio un camión acercándose demasiado rápido.

Todo pasó en cuestión de segundos.

Tom se lanzó hacia el volante con todas sus fuerzas, logrando girarlo lo suficiente para evitar el impacto directo, pero no del todo. El auto se tambaleó, perdió estabilidad, y entonces sintió el golpe.

Un estruendo ensordecedor, cristales explotando y el cuerpo de Tom siendo lanzado hacia adelante con violencia.

Y luego, oscuridad.

&

Luces intermitentes iluminaban la escena con destellos rojos y azules, reflejándose en los restos de vidrio esparcidos por el asfalto. El sonido de las sirenas cortaba la noche, mezclándose con las voces apresuradas de paramédicos y oficiales que trabajaban en medio del caos.

Un policía hablaba por radio, su tono serio y urgente.

— Accidente automovilístico. Dos heridos en estado crítico. Se requiere traslado inmediato.

Cerca de los restos del vehículo destrozado, los paramédicos trabajaban con rapidez. Uno de ellos se inclinó sobre la camilla y miró a su compañero.

— Este está muy mal, tiene múltiples heridas y su pulso es inestable. Necesitamos llevarlo al hospital ya.

— ¿Y el otro?

— Está grave, pero estable… aunque va a necesitar atención urgente.

El sonido metálico de las camillas deslizándose en la ambulancia fue seguido por el portazo de las puertas cerrándose con fuerza.

— Vamos, avisen a los familiares — ordenó uno de los oficiales mientras las ambulancias arrancaban a toda velocidad, perdiéndose entre las luces de la ciudad.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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