
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 27: Departure
No recuerdo exactamente cuándo cerré los ojos. Solo sé que los volví a abrir el sábado en la mañana.
Los días pasaron como si fueran uno solo.
Miércoles, Jueves y Viernes.
Todo igual.
No salí de la cama, no respondí mensajes, no comí. Solo me levanté para ir al baño y luego volví a hundirme en las sábanas. El mundo siguió girando pero yo me quedé atrapado en el mismo segundo en el que Tom me dijo que le daba asco.
No podía escapar de esa frase, de su voz fría, de la maldita punzada en el pecho cada vez que la recordaba.
Tal vez me lo merecía.
Me di la vuelta en la cama, sintiendo el vacío del cuarto pesando sobre mí. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía completamente solo.
Pero hoy no podía quedarme así.
Me forcé a moverme, a salir de la cama aunque cada músculo de mi cuerpo se sintiera pesado, como si mi propia tristeza me estuviera hundiendo en el colchón.
Hoy tenía que alistar mis maletas, mañana me iba. Me senté al borde de la cama, sintiéndome mareado en cuanto me puse de pie. Mi cuerpo protestaba, demasiado débil por los días sin comer bien.
No importaba.
Caminé hasta mi armario, sacando mi maleta y comenzando a meter mi ropa sin demasiado cuidado: sudaderas, pantalones y camisas.
Nada de esto me importaba, solo quería largarme de este lugar, pero entonces, cuando fui a buscar más cosas, mi mano tropezó con algo.
Algo que no debería estar ahí; una foto. La miré en silencio, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía un poco más.
Era nuestra foto favorita. Tom y yo, sonriendo y felices. Cerré los ojos con fuerza, apretando la mandíbula mientras el peso de la nostalgia caía sobre mí.
Eso era parte del pasado ahora, o al menos, eso quería decirme a mí mismo. Pero mis pensamientos me traicionaron.
Recordé aquel día, el mismo día en que Tom se enteró de todo.
Desapareció, nadie sabía dónde estaba, fui a su casa con Georg y Gustav, creyendo que podría estar ahí pero no lo estaba.
Lo único que encontramos fue a Simone, con los ojos rojos de tanto llorar.
— Tom vino hecho una furia…
Nos dijo con la voz rota.
Lo entendimos, sabíamos por qué.
Yo subí las escaleras hasta su habitación, con una pequeña esperanza absurda de que tal vez él estaría ahí pero no, lo único que encontré fueron los pedazos de lo que alguna vez fuimos; fotos, cartas, regalos. Todo roto, todo destrozado, todo reducido a basura.
Me arrodillé en el suelo, no pude evitarlo, sintiendo cómo las lágrimas caían sin poder detenerlas… me dolió, me dolió más de lo que debería. Gustav y Georg me encontraron ahí, llorando en medio de los restos de mi propio corazón roto. Me abrazaron y me dijeron que todo estaría bien.
Pero nada estaba bien, nada lo estaría nunca más. Aun así, recogí cada foto, cada carta rota, cada pequeño pedazo de lo que Tom había destruido en su rabia y las reparé como pude.
Las volví a pegar con cinta transparente y las dejé ahí porque, aunque él quisiera olvidarlo… Yo no podía.
Me obligué a salir de esos recuerdos, apretando los labios, tomé aire y seguí con mi maleta. Uno a uno, guardé el resto de mis cosas. Doblaba la ropa sin cuidado, lanzaba las cosas dentro sin importar si se arrugaban o no, solo quería terminar con esto.
Con cada prenda que metía, con cada objeto que dejaba caer dentro, sentía que iba arrancándome un pedazo de lo que había sido mi vida en este lugar, pero no importaba.
No quería seguir aquí, no podía seguir aquí.
Cuando terminé, exhalé con cansancio y miré a mi alrededor, el cuarto estaba en completo silencio, igual que yo. Me acerqué a la ventana y corrí las cortinas, el sol entró de golpe, iluminando el espacio con su luz cálida. El aire fresco se coló por la ventana abierta, pero no hizo ninguna diferencia en mí.
Todo seguía sintiéndose vacío.
Miré a mi alrededor, a mi propio departamento, sintiéndolo ajeno por primera vez, simplemente yo… ya no perteneciera aquí.
Tal vez nunca lo hice.
Sabía que, si les decía a Georg o a Gustav que me iba, no me dejarían.
Y no voy a mentir, ellos llamaron miles de veces, me mandaron mensajes, incluso vinieron hasta aquí, tocaron la puerta, insistieron… pero nunca abrí. No quería escuchar sus voces diciéndome que todo estaría bien, que las cosas mejorarían, que me quedara.
Porque no era cierto, las cosas no mejorarían, nada estaría bien. Tom me odia y ahora tiene a Peyton.
¿Para qué seguir aquí?
Si me iba en silencio, sin avisar, sería menos doloroso para ellos y para mí. Era la mejor opción, ¿No? O de eso me quería convencer.
Todo estaba listo, pero había un vacío extraño dentro de mí, como si aún faltara algo, pero, ¿Qué más podía hacer? Nada iba a cambiar, Tom no iba a aparecer mágicamente para decirme que todo fue un malentendido, Georg y Gustav no iban a aceptarlo sin pelear, y yo… yo solo estaba cansado.
Tal vez caminar un rato me ayudaría a despejar la mente. Salir y ver las calles de Berlín por última vez antes de irme.
Después de todo, pasé años aquí. Años en los que reí, lloré, me enamoré y perdí todo lo que creí tener. No podía irme sin al menos despedirme en silencio de la ciudad.
Me puse una chaqueta y salí de mi departamento, el viento era frío, pero se sentía bien. Caminé sin rumbo, observando todo con más detalle del que normalmente prestaba. La cafetería de la esquina donde solía comprar café con Tom, la librería donde pasaba horas cuando no quería regresar a casa, las bancas de la plaza donde a veces nos reuníamos todos después de clases. Todo seguía igual, pero para mí, nada era lo mismo.
Seguí caminando hasta llegar a un parque cercano. Las hojas de los árboles se mecían suavemente, algunas ya cayendo con el cambio de estación. Me senté en una banca y dejé que el aire frío me despeinara.
Saqué mi teléfono y, sin pensarlo demasiado, busqué el contacto de Astrid.
No podía irme sin despedirme de ella, marqué y esperé.
— Bill — su voz sonó alerta al otro lado de la línea — ¿Qué pasa? ¿Dónde has estado…?
Sonreí un poco, aunque sin ganas.
— Nada, solo quería llamarte para despedirme.
Hubo un breve silencio antes de que hablara otra vez, esta vez con tono preocupado.
— Por favor, dime que no vas a hacer nada estúpido.
No pude evitar reír un poco.
— No me voy a tirar de un quinto piso, si es lo que piensas.
— Entonces, ¿Qué pasa?
Exhalé despacio, observando las ramas moverse con el viento.
— Mañana me voy a Hamburgo.
Silencio y total silencio.
— ¿Qué?
— Voy a irme con mis padres.
— Bill… — su voz sonó más preocupada — ¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?
No respondí de inmediato, porque ni siquiera yo tenía una respuesta clara. A veces era un si definitivo, pero otras un no rotundo.
— Solo… necesito alejarme de todo esto. No quiero seguir aquí.
Astrid suspiró pesadamente.
— Mierda… Voy a extrañarte.
— Yo también.
— Quisiera verte antes de que te vayas, pero estoy cuidando a mi abuela.
— No te preocupes — dije, aunque en realidad me habría gustado verla — Solo… no le digas a nadie, por favor.
— Lo prometo.
Hubo una pausa, como si ella buscara qué más decir.
— Solo quiero que sepas que aquí tienes gente que te quiere, Bill. No importa lo que pase.
Mi garganta se cerró un poco, pero me obligué a mantener la voz estable.
— Gracias, Astrid.
Nos quedamos en silencio unos segundos más antes de despedirnos. Cuando colgué, volví a guardar el teléfono en mi bolsillo, lo apagué y apoyé los codos en mis rodillas, mirando al suelo.
El tiempo dejó de existir para mí.
Me quedé sentado en esa banca, con la mirada perdida en algún punto indefinido, sintiendo el viento frío contra mi piel y escuchando los sonidos lejanos de la ciudad. Al principio, mi mente estaba llena de pensamientos, recuerdos, preguntas sin respuesta. Pero con cada minuto que pasaba, todo se fue apagando hasta que solo quedó el silencio.
No supe en qué momento la luz del sol comenzó a desvanecerse.
Las sombras de los árboles se alargaron lentamente sobre el suelo, los murmullos de la gente disminuyeron y las luces de los postes se encendieron una por una. Vi pasar personas caminando con prisa, algunos con bolsas de compras, otros tomados de la mano. Vi niños corriendo antes de que sus padres los llamaran para volver a casa, vi cómo las bancas del parque se iban quedando vacías hasta que finalmente solo quedé yo.
Me sentía vacío, no estaba triste, no estaba enojado. Solo… estaba.
La noche cayó sin que me diera cuenta. El parque ahora estaba casi desierto, con apenas unas cuantas personas caminando por los senderos iluminados. Suspiré y saqué mi teléfono del bolsillo, encendiéndolo después de horas apagado.
La pantalla se iluminó de golpe con un sinfín de notificaciones:
25 llamadas perdidas de Gustav
18 llamadas perdidas de Georg
Pero lo que me sorprendió fueron las 11 llamadas perdidas de Tom…
También había mensajes, todos de ellos, aún así, no los abrí. No quería leer nada.
Sabía que Gustav y Georg estaban preocupados, que probablemente querían verme después de estos días sin hacerlo. Y Tom… bueno, ¿Que podía decirme él? Ni siquiera sé porque llamo, no tiene motivos ¿No?
Apagué la pantalla del teléfono y lo guardé de nuevo en mi bolsillo.
Me levanté lentamente de la banca, sintiendo mis músculos entumecidos después de tantas horas sin moverme. La noche se había asentado por completo, y las luces de los edificios y faroles iluminaban las calles con un brillo frío.
No tenía ganas de volver al departamento, tampoco tenía ganas de quedarme aquí más tiempo.
Así que simplemente caminé sin rumbo, sin destino. Solo dejé que mis pies me llevaran a donde quisieran, sin pensar demasiado en ello. Fue entonces cuando, sin darme cuenta, terminé en uno de los lugares que más recuerdos me traían: aquella cafetería en la que Tom y yo solíamos refugiarnos cuando llovía.
La reconocí al instante; el letrero con luces neón parpadeaba débilmente sobre la entrada, y el aroma a café recién hecho llenaba el aire. Por un momento, volví a ser el Bill de antes, el que entraba de la mano de Tom mientras él se reía de alguna tontería que había dicho en el camino.
Recordé con claridad la primera vez que me llevó allí antes de todo el accidente.
«Tienes que probar este café, Bill. Es el mejor de todo Berlín. Y como tú eres un adicto a la cafeína, se que te va a gustar.»
Yo había rodado los ojos, dudando de sus palabras, pero al final terminé dándole la razón, y desde ese día, cada vez que el clima se ponía frío o simplemente queríamos escapar un rato, terminábamos en ese mismo lugar, sentados en la mesa junto a la ventana o simplemente podíamos uno para cada uno y nos íbamos a nuestro departamento, el clima frío siempre fue nuestro favorito.
Miré a través del vidrio, el lugar seguía igual. La misma decoración rústica, el mismo barista que siempre nos atendía con una sonrisa. Pero la mesa en la que solíamos sentarnos ahora estaba ocupada por una pareja desconocida, riendo entre sorbos de café.
El estómago se me revolvió, pero seguí caminando. A los pocos minutos, sin siquiera pensarlo, terminé en el cine al que íbamos cuando queríamos distraernos.
Otra vez, los recuerdos me golpearon.
«¿Película de terror o comedia?»
«Por favor, Tom. Sabes que las películas de comedia son mejores.»
«Buena elección, supongo.»
Habíamos discutido tantas veces sobre qué película ver, pero al final siempre cedíamos el uno por el otro. Me quedé observando la cartelera por un momento, sintiendo una punzada en el pecho. No importaba qué película estuviera en cartelera ahora. Lo único que me importaba era que no tenía a Tom a mi lado para discutir sobre cuál ver.
Seguí caminando, pero el siguiente lugar fue aún peor.
El restaurante de pizzas.
El mismo en el que Tom me había llevado aquella vez que insistía en que jugaramos Láser Tag, antes de que todo se fuera al demonio. Me detuve frente al lugar, sintiendo un nudo en la garganta.
Recordé el día en que entramos allí por primera vez.
«Mira esto, Bill. Aquí tienen las mejores combinaciones de pizza. Está es la clásica de pepperoni, la de cuatro quesos que es una obra de arte, la de pollo con champiñones, y esta… ¡La de carne ahumada con salsa barbacoa! Es una locura, tienes que probarla.»
Había terminado probándola, y me gustó. Ahora, esa mesa en la que habíamos estado juntos estaba vacía.
Tragué saliva y apreté los puños. Todo, todo, absolutamente todo me recordaba a él. Cada maldito rincón de esta ciudad tenía algo suyo; algo nuestro.
Y saber que ya no tenía a Tom, que todo lo que alguna vez tuvimos ahora estaba roto, dolía más de lo que podía soportar.
Así que hice lo único que podía hacer en ese momento. Seguí caminando, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en la noche. Las luces de la ciudad brillaban a mi alrededor, los autos pasaban, la gente reía y hablaba en las calles, pero todo sonaba lejano, como si estuviera en un mundo distinto al de ellos.
No importaba cuánto intentara ignorarlo, cada paso que daba me llevaba a otro recuerdo.
Terminé en el puente donde Tom y yo solíamos sentarnos cuando necesitábamos un respiro de todo. Apoyé los brazos en la baranda y miré el agua oscura del río. La primera vez que vinimos aquí fue después de un examen difícil en la universidad. Tom estaba molesto porque pensaba que lo había hecho mal, así que nos sentamos en el borde, balanceando los pies en el aire mientras él se quejaba.
«Voy a reprobar. Lo sé. Puedo sentirlo.»
«No seas dramático, Tom. Seguro te fue bien.»
«No, Bill. No lo entiendes. Mi instinto me dice que lo cagué.»
Y al final, había aprobado con una nota más alta que la mía.
Me reí sin humor al recordarlo. Esa fue una de las noches en las que simplemente nos quedamos ahí, sin decir mucho. Solo disfrutando la presencia del otro en silencio.
Respiré hondo y cerré los ojos por un momento, dejando que el viento frío me golpeara el rostro. Tal vez, si me quedaba lo suficiente, el río se llevaría todos mis recuerdos junto con la corriente.
Pero sabía que no era tan fácil.
Me alejé de allí antes de que los pensamientos se volvieran demasiado pesados. El siguiente lugar al que llegué fue un skatepark donde había obligado a Tom a hacer un truco.
Lo vi en mi cabeza tan claro como si estuviera pasando en ese mismo instante.
«Tú puedes, Tom.»
«¡Me voy a caer joder!»
«¡No te vas a caer! Por favor intent—… ¡mierda!»
Y se doblo el tobillo.
Me llevé una mano a la boca para ahogar una risa. No sabía si me estaba riendo o si estaba a punto de llorar. Quizás ambas cosas.
Suspiré y seguí adelante.
La última parada fue inevitable; la universidad. Me detuve frente a la entrada, mirándola con resentimiento, aquí fue donde todo cambió, donde Tom descubrió la verdad, donde, por primera vez, me miró con odio en los ojos.
Me llevé una mano al pecho, como si pudiera calmar el dolor con solo tocarlo. Todo lo que alguna vez tuvimos había quedado en ruinas y aunque había tratado de convencerme de que podía seguir adelante, de que irme a Hamburgo era lo mejor, en el fondo sabía la verdad.
No quería irme porque amara Hamburgo, quería irme porque ya no podía soportar este lugar sin Tom, porque todo, absolutamente todo me recordaba a él.
Cuando llegué a mi departamento, ya era casi la una de la madrugada. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente seguía dándole vueltas a todo. Me tiré en la cama sin cambiarme de ropa, sin siquiera meterme bajo las cobijas. Solo me quedé ahí, mirando el techo, sintiendo el peso de todo lo que había vivido en las últimas horas.
Cerré los ojos y deseé, aunque fuera por un segundo, dejar de pensar.
No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando desperté, la luz del día ya se colaba por las cortinas. Me levanté con lentitud, sintiendo el cuerpo adolorido por haber dormido en una mala posición. Con pesadez, me metí al baño, me di una ducha rápida y me vestí con lo primero que encontré. No tenía mucho que hacer, todas mis cosas ya estaban empacadas en las dos maletas que me llevaría. Lo demás… bueno, no me lo podía llevar.
Miré alrededor del departamento, vacío ahora, sin vida. Nunca había estado tan apegado a este lugar, pero aun así, sentía un nudo en la garganta al saber que era la última vez que lo vería.
Sin pensarlo demasiado, tomé mi celular y pedí un taxi. No podía quedarme más aquí. Cuando el auto llegó, bajé con mis maletas y las acomodé en la cajuela. Me subí al asiento trasero y miré por la ventana mientras el taxi avanzaba por las calles. Todo se veía tan normal, la gente caminando apurada, el tráfico de siempre, las tiendas abriendo, los cafés con sus mesas llenas de personas tomando su desayuno.
Pero para mí, todo se sentía… lejano.
Casi irreal.
Cuando llegamos al aeropuerto, el taxista me ayudó a bajar las maletas. Le pagué y, con un último respiro profundo, caminé hacia la entrada.
Mis padres se habían encargado de comprar el boleto con anticipación, así que lo tenía en el celular. Me acerqué a la zona de registro, entregué mis maletas en el mostrador para que las enviaran a la bodega del avión y solo me quedé con mi mochila.
Después de pasar por los controles de seguridad, me dirigí a la sala de espera. El aeropuerto estaba lleno de gente. Familias despidiéndose, parejas abrazándose antes de partir, personas viajando solas como yo.
Me senté en una de las sillas, mirando la pantalla donde anunciaban los vuelos. Mi vuelo a Hamburgo ya estaba en la lista. Los minutos pasaron hasta que la voz por los altavoces resonó por todo el lugar.
«Pasajeros con destino a Hamburgo, favor de abordar. El vuelo partirá en diez minutos.»
Mi corazón se apretó… era real. Me puse de pie con las piernas un poco temblorosas y me dirigí a la puerta de embarque. Le mostré mi pase al personal y seguí avanzando por el pasillo hasta entrar al avión.
Busqué mi asiento y suspiré aliviado cuando vi que estaba junto a la ventana. Mis padres habían pensado en todo. Me senté, ajusté el cinturón de seguridad y apoyé la cabeza contra el cristal. No miré a mi alrededor, no me importaba quién más estaba en el avión.
El anuncio de la azafata me sacó de mis pensamientos.
«Por favor, aseguren sus cinturones de seguridad. En breve, el vuelo con destino a Hamburgo despegará.»
Sentí un ligero temblor en las manos mientras aseguraba que todo estuviera en orden. No era mi primer vuelo, pero algo en esta situación hacía que mi pecho se sintiera pesado. Tal vez porque esta vez no era un simple viaje, era un punto de quiebre.
Era dejar atrás todo lo que conocía.
Cerré los ojos por un momento y me obligué a respirar hondo cuando el avión comenzó a moverse por la pista. Se alineó, aceleró, y de repente, sentí ese tirón en el estómago cuando las ruedas se despegaron del suelo. Me aferré al apoyabrazos mientras el avión ascendía y, cuando la vibración se estabilizó, solté un suspiro y miré por la ventana.
Berlín.
Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, cada vez más pequeñas mientras subíamos más alto. Vi calles que conocía, edificios que había visitado mil veces, lugares donde había reído, llorado, vivido.
Todo se veía diminuto ahora.
Me quedé mirando hasta que las nubes cubrieron todo y ya no pude ver nada más.
&
No sé en qué momento me quedé dormido. Tal vez fue el cansancio acumulado de días sin comer bien, sin dormir más de unas pocas horas. Tal vez era simplemente mi cuerpo rindiéndose después de tanto desgaste emocional.
Cuando abrí los ojos, el avión estaba en calma. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero afuera, el cielo ya no tenía el mismo tono que cuando despegamos.
Antes de que pudiera moverme, una azafata se acercó con una sonrisa educada y dejó una bandeja frente a mí.
— Aquí tiene su comida, joven.
Parpadeé, un poco desorientado, y miré el plato frente a mí; pan, queso, ensalada y algo que parecía pollo con arroz. No era la gran cosa, pero después de días con el estómago vacío, se veía como la mejor comida del mundo.
No lo pensé demasiado y comí en silencio. Sentí cómo mi cuerpo agradecía cada bocado. No era solo el hambre física, sino algo más… algo que me recordaba que todavía estaba aquí, que mi cuerpo aún existía, que necesitaba cuidarme aunque mi mente estuviera hecha un desastre.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que la voz del piloto sonó por los altavoces.
«Damas y caballeros, en breve iniciaremos nuestro descenso a Hamburgo. Por favor, aseguren sus cinturones de seguridad.»
El avión descendió lentamente, y sentí ese pequeño vacío en el estómago cuando tocamos tierra. La vibración de las ruedas contra la pista me hizo cerrar los ojos por un segundo. Ya estaba aquí.
Hamburgo.
El piloto habló por los altavoces, anunciando nuestra llegada y pidiendo a los pasajeros que permanecieran en sus asientos. Solté un suspiro y me quedé quieto, observando por la ventana cómo el avión avanzaba lentamente hasta detenerse por completo.
La voz de la azafata nos indicó que podíamos desabrocharnos los cinturones y comenzar a bajar. Me tomé un momento antes de ponerme de pie, me sentía extraño, como si mi cuerpo apenas estuviera reaccionando a todo lo que estaba pasando.
Tomé mi mochila, me aseguré de que tenía todo, y seguí a los demás pasajeros hasta la salida. Apenas crucé la puerta del avión, un aire distinto me golpeó el rostro.
Era el mismo aire de siempre, el que había respirado durante la mayor parte de mi vida, pero esta vez se sentía diferente. Como si, después de tanto tiempo, hubiera vuelto a casa… aunque ni siquiera sabía si podía seguir llamando a este lugar así.
Atravesé el pasillo del aeropuerto con paso tranquilo, sin prisa. Miré a mi alrededor, recordando la última vez que había estado aquí, cuando me fui a Berlín lleno de sueños, metas y una vida nueva por delante. Ahora volvía con las manos vacías, sin saber qué hacer con todo lo que había perdido.
Cuando llegué a la zona de equipaje, esperé a que aparecieran mis dos maletas en la banda transportadora. Todo se sentía tan automático, tan mecánico. Como si estuviera en piloto automático, haciendo lo que tenía que hacer sin realmente pensarlo.
Pero entonces, cuando levanté la mirada… los vi. Mi madre y mi padre. Ahí estaban, de pie, buscándome entre la multitud. Y cuando sus ojos se encontraron con los míos, el nudo en mi garganta se hizo más grande.
Solté las maletas y caminé hacia ellos, sintiendo cómo mis pasos se volvían más rápidos sin darme cuenta.
Mi mamá fue la primera en abrazarme, un abrazo fuerte, cálido, de esos que hacen que todo el dolor parezca menos pesado, aunque sea solo por un momento.
— Te extrañé tanto — murmuró contra mi cabello, sujetándome con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera de nuevo.
Mi papá no tardó en unirse al abrazo. No era un hombre de muchas palabras, pero el modo en que me sostuvo decía más que cualquier cosa. No sabía si había tomado la mejor decisión al venir aquí, no sabía si esto realmente me ayudaría a seguir adelante o si solo estaba escapando.
Pero en este momento, solo podía aferrarme a este abrazo y permitirme sentir que, tal vez, después de todo… no estaba tan solo.
Después de eso, el camino a casa fue silencioso. Mi mamá hablaba de cosas pequeñas, intentando llenar los espacios con su voz, pero yo apenas la escuchaba. Asentía de vez en cuando, mirando por la ventana del auto mientras Hamburgo pasaba frente a mis ojos.
Todo se veía igual, las mismas calles, los mismos edificios, la misma ciudad que dejé atrás hace cuatro años. Pero yo no era el mismo.
Al llegar a casa, me recibió el aroma familiar de siempre. Era extraño cómo algunos lugares podían sentirse exactamente igual sin importar cuánto tiempo pasara.
Mi habitación estaba tal como la había dejado, la cama perfectamente hecha, los estantes con los mismos libros y recuerdos de mi adolescencia. Me dejé caer en el colchón, sintiendo cómo el cansancio me envolvía. Cerré los ojos, buscando la tranquilidad que tanto necesitaba, pero, de repente, una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Fue como si el aire se hubiera estancado a mi alrededor, y un escalofrío me bajó por la espalda. No podía explicar qué era, pero de repente me sentí… desconectado. Como si algo estuviera sucediendo en algún lugar lejano, algo que no podía ver ni oír, pero que podía sentir; una sensación de vértigo y preocupación total que me arrastraba a un hueco profundo. Me estremecí, pero… no le di tanta importancia, lo deje pasar porque ahora estaba aquí, en casa, con mis padres… Pero una parte de mí seguía allá.
Con ellos, con él, con Tom.
Me giré en la cama, observando la oscuridad del techo.
No sé cuánto tiempo pasará antes de que pueda volver a verlo. O si siquiera volveré a verlo alguna vez.
Pero por ahora… esto es todo.
Este es mi final, al menos por ahora.
Continúa…
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