

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 26: Flee
By Bill
No importaba cuánto lo intentáramos.
Georg, Gustav y yo seguimos buscándolo, tratando de explicarle, de hacerle entender. Pero Tom nos humilló, nos trató como basura, como si no valiera la pena ni respirar el mismo aire que él.
Nos dejó claro que éramos una mierda y que nunca más quería saber de nosotros. Cada vez que intentábamos acercarnos, él nos apartaba con palabras llenas de veneno. Pero yo no podía rendirme, no todavía. Por eso, cuando lo vi solo en los pasillos, supe que era mi oportunidad. Me acerqué, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que me iba a romper el pecho.
— Tom… — él me miró, y el asco en su expresión fue como un puñetazo directo al estómago.
— ¿Otra vez tú?
Me costó tragar saliva.
— Solo quiero hablar contigo.
Tom bufó con fastidio.
— No hay nada de qué hablar.
Negué con la cabeza, desesperado.
— Esa mentira fue por tu bien, nunca quise hacerte daño.
Su risa fue cruel.
— ¿Por mi bien? No me hagas reír, Bill. Lo único que hicieron fue joderme la vida.
El dolor me apretó la garganta, era imposible respirar.
— Solo… dime que todo volverá a ser como antes — las lágrimas caían como manantiales por mis ojos, tenía que rogarle, por última vez.
—No puedo forzar algo que no va a pasar nunca, Bill… — él estaba sin expresión alguna, mi dolor y lágrimas parecían ser indiferentes para él, como siempre — No puedo recordarte, es más, ni siquiera quiero hacerlo.
Mis pulmones dejaron de funcionar y todo en mi interior se desplomó.
— Tom…
— Cómo sabes… Peyton es mi novia, ella es mucho mejor que tú — el aire se volvió denso, difícil de respirar — Ella me complace en todo. ¿Y tú? — su sonrisa era cruel — Ja. Por favor. Me das asco — mi cuerpo se paralizó — Nos amamos, entiéndelo.
Mis labios temblaron y sentí que todo dentro de mí se rompía en mil pedazos. Me quedé en silencio por varios segundos.
Y entonces, con la voz rota, susurré:
— Te amo, pero no puedo aferrarme a algo que ya no es mío — mis lágrimas caían, implacables. Pero Tom solo se rió, se rió como si nada de esto importara, pero yo no soporté más. Mis pies se movieron solos, alejándome de él.
Corrí.
Corrí sin rumbo, con la garganta cerrada y el corazón hecho trizas, el mundo se volvía borroso, el suelo se sentía inestable. Todo a mi alrededor empezaba a desmoronarse, como si la universidad se derritiera en sombras y cenizas.
Las voces se distorsionaban, el aire era irrespirable, las luces parpadeaban.
No entendía nada.
Y entonces de un golpe seco desperté de golpe con el corazón martillándome el pecho, los pulmones me dolían y mi piel estaba empapada en sudor.
Las sombras de mi habitación se extendían en la oscuridad. Me incorporé en la cama, respirando entrecortadamente.
Temblaba y mis manos estaban frías. Llevé los dedos a mi rostro y sentí la humedad de mis lágrimas.
Mi mirada recorrió el cuarto, aturdido.
Era un sueño… solo un maldito sueño, pero el dolor seguía ahí. Mi garganta se sentía seca, como si hubiera gritado en el sueño… ¿O lo hice de verdad?
Mi vista se deslizó hacia el reloj en mi mesa de noche.
7:00 a.m.
Suspiré, pasándome una mano por el rostro.
— Solo fue un sueño… — murmuré, pero ni siquiera mi propia voz sonó malditamente convincente.
Dolía.
Incluso ahora, despierto, podía sentir el peso de las palabras de Tom en mi pecho. La frialdad en su mirada, su voz carente de emoción… Me estremecí, tratando de alejar esa sensación.
Pero no podía, porque, aunque fuera un sueño, la última vez que hablé con él…
Aunque las palabras exactas fueron casi las mismas, la sensación de ser insuficiente, de ser nada para él, era real.
Cerré los ojos con fuerza y hundí la cabeza en la almohada, solo quería desaparecer por un momento, dormir más tiempo. Pero no podía darme ese lujo.
Respiré hondo y, con toda la flojera del mundo, me obligué a salir de la cama. Mis pies tocaron el suelo frío y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me pasé una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y me dirigí al baño sin siquiera encender la luz.
Abrí la llave de la ducha y esperé unos segundos hasta que el agua caliente empezó a correr. Me deshice de la ropa de dormir y me metí bajo el chorro, dejando que el agua cayera sobre mí.
Cerré los ojos, disfrutando la sensación por unos segundos.
El agua siempre me ayudaba a despejarme, a ordenar mis pensamientos… Aunque esta vez no estaba funcionando del todo.
Tom.
Ese jodido sueño, apreté los dientes y hundí los dedos en mi cabello mojado.
No podía seguir pensando en esto.
Agarré el shampoo y lo apliqué con movimientos mecánicos, lavándome el cabello con más fuerza de la necesaria. Luego el jabón, tallándome la piel como si así pudiera borrar los restos de ese maldito sueño.
Cuando terminé, apagué la ducha y tomé una toalla, pasándola rápidamente por mi cuerpo antes de envolverme con ella. Salí del baño y me paré frente al espejo.
Mi reflejo me devolvió la mirada.
Ojeras… genial.
Bufé y pasé la mano por el espejo empañado, despejando un poco la imagen. No importaba cómo me sintiera por dentro. Por fuera, tenía que verme perfecto.
Me dirigí al armario y revisé mi ropa. Siempre me gustaba vestirme bien, cuidar cada detalle. Elegí algo que me hiciera sentir bien, algo que reflejara quién era. Me puse la ropa con calma, ajustando cada prenda hasta que todo estuviera en su lugar.
Luego vino el ritual de siempre.
Mis cremas, cada una aplicada con exactitud. Me senté frente al espejo y tomé el delineador negro.
Con movimientos firmes y precisos, enmarqué mis ojos como siempre lo hacía. Me gustaba la intensidad que le daba a mi mirada, el contraste con mi piel. Era parte de mí, una armadura que usaba todos los días.
Cuando terminé, tomé mi perfume favorito y lo apliqué en los puntos clave.
Bien.
Ahora sí estaba listo. Me coloqué los anillos en los dedos y tomé mi bolso antes de salir de la habitación. Caminé hasta la cocina, abrí el refrigerador y observé su interior.
Había muchas cosas ahí: huevos, tocino, pan, leche, fruta… todo lo necesario para preparar un buen desayuno.
Pero, sinceramente, no tenía ganas de cocinar así que solo tomé un jugo y cerré la puerta del refrigerador con el codo.
Fui hasta el estante y saqué un vaso de vidrio, sirviendo el líquido con calma. Le di un sorbo, sintiendo el sabor dulce y ácido en mi lengua, no me quitaba el mal sabor de boca de hace rato, pero al menos me mantenía de pie.
Me quedé ahí unos minutos, tomando el jugo sin apuro.
No tenía prisa.
Siempre me levantaba temprano, así que todavía tenía tiempo de sobra antes de irme a la universidad.
Y como siempre, iría caminando. Era una costumbre, la universidad quedaba cerca, y caminar me ayudaba a despejarme un poco. Después de un rato salí de mi departamento sin prisa, cerrando la puerta con un leve empujón y guardando las llaves en mi bolsillo. Afuera, el sol ya pegaba fuerte, anunciando que sería un día de mierda para cualquiera que tuviera que caminar bajo su luz.
El pavimento aún estaba fresco, pero sabía que en unas horas se volvería un puto horno. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta y avancé por la calle, con el sonido de la ciudad llenando mis oídos.
Los autos pitaban como si la gente estuviera desesperada por llegar a ningún lado, los vendedores ambulantes gritaban sus ofertas como si la vida les fuera en ello, y uno que otro ciclista pasaba a toda velocidad sin importarle a quién casi se llevaba por delante.
Lo mismo de siempre.
La universidad no estaba lejos, así que me tomé mi tiempo. Al llegar, la entrada estaba abarrotada de estudiantes que entraban y salían como hormigas. Algunos con cara de dormidos, otros con energía insoportable para la hora que era.
Miré alrededor, pero ni rastro de Georg o Gustav.
— Genial — murmuré para mí mismo. Sabía que nos íbamos a encontrar en la cafetería, así que me dirigí directamente para allá.
Apenas entré, el olor a café me llego al estómago, un jugo no era suficiente, así que me dirigí al mostrador y me compré uno. La cafetería estaba tranquila a esta hora, con algunos estudiantes dispersos en las mesas, medio dormidos o repasando apuntes. Yo removía el café, viendo cómo el líquido giraba en círculos dentro de la taza.
No tardó mucho en llegar Gustav, dejándose caer en la silla frente a mí con su típica energía matutina, como si el día no fuera una completa mierda.
— Buenos días — dijo, acomodándose la mochila en el respaldo de la silla.
— Mhm — fue lo único que salió de mi boca.
Él me miró con el ceño fruncido, pero antes de que pudiera decir algo, Georg llegó y se dejó caer a mi lado con un suspiro cansado.
— ¿Dormiste algo? — me preguntó, aunque su tono dejaba claro que ya sabía la respuesta.
— No lo suficiente — murmuré, dándole un sorbo al café. Seguía caliente, pero no lo suficiente como para quemarme la lengua y hacerme sentir algo real.
Georg chasqueó la lengua, pero no dijo nada más.
— Bueno… — intervino Gustav, dándole un par de palmadas a la mesa — Hoy sí tenemos que hablar con Tom.
El silencio se apoderó de la mesa. Yo me quedé congelado, sintiendo cómo esas palabras removían la herida abierta en mi pecho. Georg tampoco dijo nada, y eso solo hizo que Gustav nos mirara con sospecha.
— ¿Qué carajos les pasa a ustedes dos? — nos miró a ambos, esperando alguna explicación.
Apreté la mandíbula. No quería decirlo en voz alta, no quería revivirlo, pero las palabras estaban ahí, golpeando mi cabeza sin piedad.
«¡Entre tú y yo nunca va a pasar nada! Si alguna vez te amé, entonces gracias a Dios lo olvidé. Porque ahora, solo con verte, me das asco.»
Mi estómago se revolvió. No importaba cuántas veces intentara hacerme el fuerte, esas palabras seguían doliendo como si me las hubiera dicho apenas hace un segundo.
— Bill… — Gustav me miró con el ceño fruncido.
No quería su lástima, así que tragué el nudo en mi garganta y fingí que no pasaba nada.
— No sé si hablar con Tom sea la mejor idea… — Georg dijo, su voz más seria de lo normal.
— ¿Y ahora qué? ¿Por qué lo dices? —Gustav lo miró, confundido.
Georg suspiró y se pasó la mano por el cabello, como si estuviera preparando el terreno para una bomba.
— Ayer hablé con él… — confesó.
Gustav entrecerró los ojos.
— ¿Y?
— Y puede que no quiera escucharnos — Georg me lanzó una mirada rápida antes de continuar — Cuando lo vi, estaba hecho mierda… le hable, me hizo enojar… y dije algo que probablemente no debí decirle.
— ¿Qué le dijiste? — pregunté, aunque parte de mí no quería saberlo. Conocía perfectamente a Georg y su gran boca cuando se enojaba. Al igual que Tom, siempre decían las cosas sin pensar cuando estaban enojados.
— Le dije que a nosotros no nos quería escuchar ni darnos una oportunidad… pero que a su padre sí le dio mil oportunidades y aún así le falló.
Un pesado silencio cayó sobre nosotros.
— Eres un idiota — solté, sintiendo una mezcla de enojo y frustración.
— ¡¿Qué mierda te pasa, Georg?! — Gustav le soltó un zape en la cabeza, pero el otro apenas reaccionó, cruzado de brazos y con cara de fastidio — Sabes que ese cabrón tiene daddy issues, ¿No?
— ¡Estaba enojado! — nos miró con las manos en alto, como si eso fuera una justificación — Él estaba actuando como un idiota, haciéndose la víctima cuando nosotros solo queríamos ayudarlo. ¡No iba a quedarme callado!
— ¡Pero le dijiste lo peor que podías decirle! — insistí, sintiendo la rabia burbujear dentro de mí — Sabes que Tom tiene problemas con lo de su papá, ¿Y se lo echas en cara?
— ¡Tú no estabas ahí! — Georg me señaló con el dedo — ¿Sabes cómo me miro? Como si fuera un extraño. Y para colmo ¡Dijo que somos unos doble cara cuando solo tratamos de protegerlo!
Gustav soltó una carcajada sin humor y negó con la cabeza.
— No me jodan… Esto cada vez se pone peor.
Y sí. Lo hacía. Cada palabra que Georg había dicho se sentía como un clavo más en el ataúd. Sabía que Tom estaba enojado, pero no pensé que llegaría al punto de decirnos doblé cara. ¿Acaso no entendía que solo intentábamos protegerlo? ¿Qué haríamos cualquier cosa por él?
Cerré los ojos y apreté los puños contra mis muslos. Me negaba a darle vueltas al asunto una vez más. No importaba cuánto hablara Georg, cuánto insistiera Gustav… ya no había nada que hacer.
— Es un caso perdido — dije en voz baja, sintiendo el peso de la derrota hundirse en mi pecho.
— ¿Qué? — Georg me miró como si acabara de decir una estupidez.
— Lo que escuchaste — me encogí de hombros, con la mandíbula apretada — ¿Para qué seguir insistiendo? Tom nos odia.
— No nos odia… — Gustav intervino, pero su voz no sonó tan convencida como hubiera querido.
— ¿Ah, no? — solté una risa amarga, apoyando los codos en la mesa, tallándome la cara con ambas manos — ¿Entonces por qué me dijo que le doy asco?
El silencio fue suficiente respuesta.
— ¿Que te dijo que…? — Georg intentó decir más, pero yo levanté una mano para callarlo.
— No, en serio — me reí sin ganas — Díganme. Explíquenme por qué alguien que no me odia diría algo así.
— Está herido — Gustav insistió — Y confundido.
— Y yo también lo estoy — lo miré directo a los ojos — Pero no por eso voy por ahí diciendo mierdas.
Georg suspiró y se pasó la mano por el cabello.
— Mira, yo sé que Tom es un idiota con problemas para expresar lo que siente, pero…
— ¡Pero nada! — me enderecé en la silla, sintiendo cómo la frustración me llenaba — ¡Se supone que éramos importantes para él! ¡Se supone que yo era importante para él!
Gustav se removió incómodo en su asiento.
— Bill…
— ¡No quiero escucharlo! — me levanté de golpe, haciendo que la silla rechinara contra el suelo. Mi respiración era pesada y mi pecho subía y bajaba con fuerza.
Por un momento, nadie dijo nada hasta que Gustav se aclaró la garganta y soltó, de la nada:
— ¿Saben que es lo peor?
Georg y yo lo miramos al mismo tiempo.
Gustav parpadeó un par de veces, como si acabara de darse cuenta de que había hablado en voz alta, y luego apretó los labios.
— Gustav… — Georg entrecerró los ojos.
— Nada, olvídenlo.
— No. ¡Suelta de una vez! — exigí, cruzándome de brazos.
Gustav tragó saliva y miró a los lados, como si quisiera asegurarse de que nadie más lo escuchara.
— Ayer… en la universidad… — empezó con cuidado.
— ¿Ayer en la universidad qué? — lo presioné.
Gustav se mordió el labio y luego soltó, de golpe:
— ¡Los vieron agarrados de la mano!
Mi cerebro tardó un segundo en procesarlo.
— ¿Qué?
— ¿Quien? — Georg también se inclinó hacia adelante.
— ¡Tom y Peyton! — Gustav nos miró a los dos, moviendo las manos con desesperación — ¡Los vieron agarrados de la maldita mano! ¡Y luego se besaron en medio de todos, como si fueran la maldita pareja del año!
Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara.
— No…
— Sí — Gustav asintió con vehemencia — ¡Y ahora todos en la universidad están diciendo que son novios!
Georg golpeó la mesa con el puño.
— Esa maldita bruja… ¡Ahora sí lo engatusó bien!
— ¡Obvio, idiota! — Gustav resopló, casi con histeria — ¡Esa zorra manipuladora lo tiene en la palma de su mano y Tom, como el idiota que es, le sigue el juego!
— ¡No puedo creerlo! — Georg se llevó las manos al rostro — ¡Maldita sea, Tom es un imbécil!
Yo… yo no podía procesarlo. Mis manos temblaban, mi mente era un desastre y me puse de pie de un salto.
Tom y Peyton… juntos. Agarrados de la mano. Besándose. Siendo una pareja a la vista de todos.
De repente, sentí ganas de vomitar.
Georg fue el primero en notarlo.
— ¡Bill, siéntate! — su voz fue firme, pero no enojada. Como si tuviera miedo de que me derrumbara ahí mismo.
No me moví. Mi mente seguía dando vueltas con la imagen de Tom y Peyton juntos, con la idea de que él, la persona que alguna vez decía amarme, ahora andaba por ahí de la mano con esa maldita víbora como si nada.
— Bill… — Gustav me miró con una mezcla de culpa y preocupación — Siéntate, por favor.
Apreté la mandíbula, cerré los ojos un momento y luego volví a hundirme en la silla.
Gustav se llevó las manos al cabello y bufó, claramente arrepentido por haber hablado.
— Mierda… no debí decirlo así.
— No, Gustav — solté una risa sin humor — En realidad, gracias. Es mejor que me entere por ti a que alguien más venga a restregármelo en la cara.
Él me miró como si no supiera si eso era sarcasmo o no.
— Bill…
— En serio — lo interrumpí, mirándolo con una extraña calma — Prefiero escucharlo de ti antes que ver fotos. O peor, que alguien me lo diga con toda la intención de lastimarme.
— Pero igual debí pensar antes de soltarlo así… — murmuró, pasándose la mano por la cara.
— No importa — me encogí de hombros, aunque mis manos aún temblaban debajo de la mesa.
— ¡Claro que sí importa! ¡Maldita bruja! — soltó Georg con rabia, apretando los puños sobre la mesa — No puedo creer que Tom haya caído en su juego.
Gustav asintió rápidamente.
— Es una víbora… ¡No, peor! Es un demonio con piel de ángel. Y ahora Tom está atrapado en su red de mentiras.
No dije nada, solo los miraba en silencio, sintiendo cómo esas palabras me clavaban como agujas en el pecho. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había terminado así?
— Pero espera… — dijo Gustav, como si de repente una idea le hubiera cruzado por la cabeza — Esto es demasiado conveniente.
Georg lo miró confundido.
— ¿A qué te refieres?
— A que Tom no estaba interesado en Peyton. O sea, hace días hablamos con él y dejó claro que no sentía nada por ella. Ni siquiera la veía de esa forma. Y de la nada… ¡Boom! Son novios.
Georg frunció el ceño, como si las piezas del rompecabezas estuvieran comenzando a encajar.
— Mierda…
— Algo hizo esa bruja — Gustav miró hacia el suelo, pensativo.
Yo no pude evitar fruncir el ceño. ¿Acaso realmente era tan obvio? ¿Tan simple como eso? ¿Había algo más que no había visto?
— Ethan tiene toda la culpa — Georg continuó, su tono más firme, como si todo hubiera encajado en su mente — Ese idiota fue quien le dijo todo a Tom.
— Lo odio — Gustav golpeó la mesa — ¿Pero como se enteró de todo?
Georg soltó una risa amarga.
— Es obvio. Peyton le dijo, esa maldita bruja está detrás de todo esto, ¿Recuerdan que nos restregó en la cara que sabía todo? Ella no le diría nada a Tom para «consolarlo» cuando él estuviera vulnerable. Y su juguete fue Ethan. Claro, ella no se iba a ensuciar las manos.
— ¡Ese imbécil se dejó manipular!
— ¡Por supuesto que lo hizo! — Georg exclamó, claramente frustrado — No me sorprendería que ella le haya endulzado el oído, lo haya llenado de mentiras y lo haya usado para que soltara la bomba en el peor momento posible.
Mis pensamientos volaban en mil direcciones, como si todo se estuviera desmoronando de nuevo. No podía creer lo que escuchaba, pero a la vez todo encajaba demasiado bien.
— Y después de que todo explotó… — Gustav suspiró, cansado — ¿Peyton aprovechó el caos para meterle más ideas a Tom y manipularlo para que fueran novios?
Georg asintió, su rostro serio.
— Exactamente.
Me quedé en silencio, escuchando sus palabras y, aunque no podía decir nada, sentí cómo todo lo que había pensado sobre Peyton y Tom comenzaba a tomar forma, como si la verdad estuviera al alcance de mi mano, pero el dolor de reconocerlo me retorcía las entrañas.
El sonido del timbre interrumpió mi tren de pensamientos, como una especie de despertador que me sacaba del vacío donde había caído. Me levanté de mi lugar junto a Gustav y Georg caminando por el campus.
— Bill, tenemos que hablar con Tom — dijo Gustav nuevamente con un tono serio, pero también con una especie de desesperación.
Yo sólo suspiré, sin ganas de pelear, sin ganas de hacer nada. Ya lo había intentado, ¿Verdad? Ya había hecho lo que pude. Si ahora Tom estaba con Peyton, que fueran felices… O al menos eso pensaba yo.
— No quiero. Si ahora son novios, pues que duren. Ya hice lo que pude, ¿No? — respondí sin mirar a Gustav, mi voz baja, no tenía ni fuerzas para levantarla.
Él me miró un momento, su mirada dura.
— No, Bill, no es todo. Aún falta — su voz sonó más firme, pero algo en su tono me hizo ver que no podía escaparme de esto — Hay mucho más que hacer.
Solté un suspiro, sabiendo que no podía huir de la situación. No quería seguir enfrentando todo esto. Así que, sin responderle, me di media vuelta y me encaminé hacia el pasillo que me llevaría a mi clase. Solo quería alejarme de todo esto, de Peyton, de Ethan, de Tom… De todo lo que me había arrastrado a este punto.
Mientras caminaba por los pasillos, mi mente solo podía llenarse de pensamientos negativos. Mi ira hacia Peyton y Ethan se fue acumulando, como una bola de nieve que no dejaba de crecer. ¡Maldita Peyton! ¡Y maldito Ethan! Todo esto había sido su culpa. Estaba tan ciego por el rencor y el dolor, que ni siquiera me di cuenta de que me estaba acercando a Tom.
Cuando lo vi, nos quedamos quietos, mirándonos a unos metros de distancia. Mis pensamientos comenzaron a desbordarse, como si toda la rabia y la tristeza se desataran de golpe. Pensé en cómo él, después de todo lo que habíamos compartido, me había dejado de lado tan fácilmente, cómo ahora era parte de esa maldita farsa.
Vi cómo Tom daba un paso hacia mí. Mi estómago se revolvió, pero no podía enfrentar esto, no iba a ceder a la esperanza de que él viniera a pedirme perdón o volviera a restregarme en la cara lo mucho que me odia o algo estúpido, pero esas ideas del «perdón» eran pensamientos tontos de mi cabeza, buscando un poco de fé. Así que, sin decir una palabra, me di la vuelta y tomé otro pasillo. Al menos podría escapar de su mirada.
Pero algo me impulsó a mirar hacia atrás, y cuando lo hice, nuestras miradas se encontraron, lo que hizo que un maldito nudo se formara en mi garganta. Él parecía como si quisiera decir algo, pero en ese momento, algo más pasó.
Peyton apareció de la nada, jalando a Tom del brazo. La manera en que lo hizo, como si fuera su propiedad me hizo sentir aún más vacío. En ese instante, algo dentro de mí se rompió, como si todo el peso del dolor me aplastara.
Me di cuenta de que no podía volver a confiar en él, ni en lo que había sido. En ese instante, me decepcioné aún más de lo que ya me había decepcionado. Mis pensamientos se tornaron oscuros y llenos de rabia. La verdad era simple: Tom ya no era mío, y nunca lo volvería a ser.
Peyton tuvo razón. Ella ganó, yo perdí y aquí estoy, siendo un tercero en su vida, él me odia y así sería, le daba asco y me lo dejo claro.
&
No tenía ganas de seguir en la universidad. Ni un puto segundo más. Apenas sonó la campana, recogí mis cosas y me largué antes de que Gustav me encontrara y empezara con su discurso de que «tenemos que hablar con Tom». Como si eso sirviera de algo, como si yo todavía tuviera algo que decirle.
También me aseguré de evitar a Tom y a su maldita novia, porque si veía un segundo más la cara de mosca muerta de Peyton, iba a terminar vomitando.
El camino a casa fue silencioso, y cuando llegué, el departamento estaba como siempre: vacío, sin vida, como yo. Cerré la puerta y me dejé caer en el sillón, sintiendo cómo la tristeza se me iba metiendo en los huesos. La idea de que Tom y Peyton eran novios de verdad me pegó más fuerte de lo que esperaba.
Me rendí. Ya no había nada que hacer.
Suspiré y saqué mi teléfono, dudando un momento antes de marcar. No llamaba a mis papás tan seguido, pero ahora mismo sentía que necesitaba hacerlo. Después de un par de tonos, escuché la voz cálida de mi mamá al otro lado de la línea.
— Bill, cariño, qué sorpresa — dijo, con ese tono dulce que siempre tenía conmigo — ¿Cómo estás?
Tragué saliva, sintiendo la presión en mi pecho.
— No tan bien… — admití, y por un momento pensé en dejarlo ahí, pero no podía. No ahora. Así que solté lo que tenía en la cabeza — Mamá, he estado pensando en irme a Hamburgo con ustedes.
Hubo un silencio. Pude imaginar su expresión de sorpresa.
— ¿Qué? ¿Por qué, cariño? ¿Pasó algo?
Pasaron mil pensamientos por mi mente. Tom. Peyton. Todo el puto desastre que se había vuelto mi vida.
— Solo… ya no quiero estar aquí —murmuré, sin fuerzas — Puedo seguir estudiando lo mismo allá sin perder los años, pero necesito irme.
Mamá suspiró, como si entendiera que algo más estaba pasando, pero no quiso presionarme.
— Si es lo que quieres, eres bienvenido aquí, Bill. Siempre lo serás.
Sus palabras me reconfortaron un poco, pero la tristeza no se iba. Solo asentí, aunque ella no podía verme.
— Gracias, mamá.
Tal vez esto era lo mejor. Tal vez realmente tenía que largarme de Berlín.
— Voy a hablar con tu papá para que arregle tu vuelo y lo de tu universidad— dijo ella con ese tono suave pero firme que usaba cuando tomaba decisiones rápidas — No te preocupes por eso, cariño.
— ¿Podría ser este fin de semana? — pregunté, con la voz más baja de lo que esperaba.
— Sí, claro — respondió sin dudar — Lo arreglaremos todo para que puedas venir lo antes posible.
Colgamos después de un par de palabras más, pero en cuanto la llamada terminó, mi cabeza se convirtió en un puto caos.
¿De verdad quería esto?
Me lo había repetido tantas veces, que sonaba lógico. Irme de Berlín, empezar de nuevo en Hamburgo, alejarme de todo este desastre… tenía sentido.
Pero en cuanto supe que realmente iba a pasar, me entró una maldita contradicción de mierda, ¿Qué estaba haciendo? ¿Huir? ¿Era eso? ¿De verdad iba a largarme solo porque Tom tenía novia? ¿Porque la universidad se había convertido en un infierno?
Sí. No. Sí. No.
Me pasé una mano por el cabello, frustrado.
Tal vez si me iba, todo sería más fácil. Pero también, si me iba, estaría dejando todo atrás. Todo.
Incluso la pequeña parte de mí que aún quería creer que Tom…
Sacudí la cabeza.
No. Tom ya lo dejó claro. Entre nosotros no iba a pasar nada. Y yo no podía seguir aquí, revolcándome en mi miseria.
Pero… ¿Y si…?
No. No hay peros. Ya tomé la decisión.
Me hundí en el sillón y cerré los ojos, tratando de callar la tormenta en mi cabeza. Pero no se iba. Estaba atrapado entre querer irme y querer quedarme. Entre rendirme y seguir intentando. Entre aceptar la verdad o aferrarme a algo que ya estaba roto.
Y lo peor de todo es que no tenía ni puta idea de cuál era la respuesta correcta.
Continúa…
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