
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 25: The reason
Saqué las llaves del bolsillo y las sostuve por un momento, sintiendo su peso frío en mi mano. No tenía ganas de entrar.
Peyton se quedó en el auto, entendiendo que este era un asunto que tenía que manejar solo. Me dijo que tomara el tiempo que necesitara, pero sabía que si tardaba demasiado, probablemente vendría.
Suspiré y metí la llave en la cerradura, girándola lentamente esperando, rogando, que mi mamá no estuviera en casa.
Pero, apenas di un par de pasos dentro, la vi. Estaba en la sala, sentada en el sofá, con los ojos enrojecidos y húmedos llorando.
Y cuando levantó la cabeza y me vio ahí, se quebró aún más. Su rostro se contorsionó en puro alivio y desesperación. Más lágrimas cayeron, y antes de que pudiera decir algo, se levantó de golpe y corrió hacia mí, abrazándome con tanta fuerza que me dejó sin aire.
— ¿Dónde estabas? — su voz se rompió contra mi hombro — Dios, Tom… Estaba tan preocupada… No respondías mis llamadas, mis mensajes… — sentí cómo su cuerpo temblaba contra el mío, cómo su desesperación se aferraba a mí como una soga invisible.
Y me sentí un maldito, porque después de todo, ella era mi madre. La mujer que me dio la vida, la que siempre estuvo ahí cuando mi padre nos falló, la que me cuidó, la que me consoló cuando todo se iba a la mierda.
No debería hacerla pasar por esto.
Pero no podía lidiar con más emociones en este momento. Así que, con la voz más neutral que pude reunir, dije:
— Solo vine por mi ropa y otras cosas. Estoy bien, no te preocupes.
No la miré a los, solo me solté de su agarre con cuidado y me dirigí hacia las escaleras sin decir nada más. Sentí su mirada clavada en mi espalda mientras subía, pero no me detuve.
Al llegar a mi habitación, todo estaba en su lugar, más ordenado de lo que lo había dejado la última vez. Suspiré, suponiendo que mi madre lo había recogido.
Fui directo al armario, estirándome para alcanzar una maleta en la parte superior. La bajé y la puse sobre la cama antes de empezar a meter mi ropa sin pensar demasiado en ello. Solo quería salir de ahí lo más rápido posible.
Pero cuando abrí el cajón del velador, algo me hizo detenerme. Lo que encontré dentro me dejó helado.
Las fotos… las cartas.
Todo lo que había roto estaba ahí, pero… pegado con cinta transparente, con cuidado. Cada fragmento, cada pedazo de papel, cada trozo de fotografía… Todo había sido reparado.
No estaba intacto, no estaba como antes, seguía roto pero alguien y seguramente fue mi madre, tenía que ser ella. Había intentado recomponerlo.
Me quedé ahí, sosteniendo una foto que tenía pliegues marcados por donde se había rasgado.
La foto de Bill y yo. Mi corazón dio un vuelco en mi pecho, mi respiración se volvió pesada porque yo los había roto, yo los había destruido.
Pero ahora estaban aquí y no podía dejar de mirarlos. Cerré el cajón con más fuerza de la necesaria. No podía seguir viendo eso, no podía permitirme pensar en lo que significaba.
Volví a concentrarme en mi maleta, en la ropa, en las pocas cosas que realmente necesitaba llevarme. Terminé de meter todo y cerré la cremallera, listo para largarme de ahí de una vez por todas.
Pero entonces la vi en un rincón del armario, cubierta por una fina capa de polvo, estaba mi guitarra.
Me quedé mirándola por un momento, había pasado tiempo desde la última vez que la toqué. No podía dejarla aquí, fui hasta ella y la agarré con cuidado, sintiendo su peso familiar en mis manos.
Y con la guitarra, la maleta y otra bolsa colgando de mi hombro, bajé las escaleras.
Esperaba que mi madre se quedara en silencio, que simplemente aceptara que no tenía ganas de hablar. Pero cuando llegué al final de la escalera, me encontré con su mirada, llena de lágrimas.
— Tom… — su voz estaba rota — Tenemos que hablar. Por favor.
Apreté la mandíbula, no quería hablar de nada… pero, era mi madre, era la mujer que siempre estuvo ahí para mí, la que lloró durante meses cuando el divorcio se hizo oficial… la que pasó noches enteras tratando de ocultar su dolor, mientras yo, siendo un niño, la escuchaba llorar al otro lado de la pared. Y ahora… Ahora era yo quien la hacía llorar.
Mi pecho se apretó con fuerza. No… no iba a ser como él, no iba a ser como Jörg.
Suspiré y asentí con dificultad.
— Está bien… A ti sí te escucharé — sus ojos brillaron con un alivio tan intenso que me dolió más de lo que esperaba.
Porque si habia dicho que se jodiera y que no quería escuchar nada, tenerla frente a mi era totalmente diferente.
Dejé mis cosas a un lado y nos sentamos en el sofá. Ella seguía llorando, y ver su rostro empapado en lágrimas hizo que algo en mi interior se rompiera.
No podía verla así, no después de todo lo que había pasado, no después de haber prometido que nunca haría algo que la lastimara.
Con suavidad, tomé su rostro entre mis manos y limpié sus mejillas con los pulgares.
Ella sollozó, pero poco a poco empezó a calmarse. Respiró hondo antes de hablar, como si necesitara armarse de valor.
— Cuando despertaste… Fue un alivio, Tom. Un alivio enorme — su voz aún temblaba, pero ya no lloraba — Verte ahí, en esa cama, sin saber si ibas a abrir los ojos algún día… Fue una tortura. Fueron dos años de angustia, de miedo, de rezar todas las noches porque despertaras.
Yo solo la miré, sintiendo una opresión en el pecho.
Dos años… Como olvidarlo.
— Pero cuando lo hiciste… — esbozó una sonrisa pequeña, aunque sus ojos seguían reflejando dolor — Cuando lo hiciste, todo pareció estar bien otra vez… hasta que me di cuenta de que no recordabas a Bill.
Tragué saliva.
— Mamá…
— Al principio pensé que era una broma tuya — continuó, ignorando mi intento de interrumpirla — Pero cuando vi tu desconcierto… Cuando escuché la pregunta en tu voz… Supe que algo estaba mal.
Bajé la mirada lentamente, no quería recordar esa parte.
— Los médicos lo confirmaron después — siguió diciendo ella — Amnesia parcial. Solo olvidaste a Bill.
Era jodidamente ridículo. De todas las cosas que mi mente pudo haber borrado… Solo él desapareció.
— No te lo dijimos porque eran las indicaciones del médico — explicó — No porque quisiéramos ocultarte la verdad, Tom. No porque quisiéramos hacerte daño.
Me quedé en silencio.
— Él dijo que si te lo decíamos de golpe… Podrías reaccionar mal. Que la confusión sería peor, que podías bloquearlo aún más. Dijo que tenías que recordarlo por tu cuenta.
Mis manos se cerraron en puños sobre mis rodillas.
— Por eso nunca te lo dijimos. Por eso nadie lo hizo. No era para lastimarte… era por tu bien.
Sentí un nudo en el estómago.
Me quedé callado, procesando sus palabras, y en mi cabeza comenzaron a resonar otras voces.
«Puede tratarse de perdida de memoria por el fuerte choque automovilístico. En unos minutos pasarán a buscarte unos enfermeros para llevarte.»
.
El médico…
«Bueno, no es como si quisiéramos ocultarte nada, Tom, pero… Hay cosas que tal vez sería mejor que recuerdes por tu cuenta.»
Georg.
Lo dijo la primera vez que me visitó en el hospital.
Y luego…
«Porque no quiero forzarte. No quiero ponerte en una posición en la que sientas que tienes que reaccionar de cierta manera solo porque te lo dije yo. Esto… esto no funciona así, Tom.»
Bill.
Él también me lo había dicho y, ahora, fuera de todo ese humo de rabia e incompetencia que me había rodeado hasta hace poco, hasta escuchar las palabras de mi madre. Es que pude ver mejor las cosas y replantearme esa idea en la cabeza… No me mintieron, nunca lo hicieron.
Era yo quien no había querido escuchar.
Cerré los ojos con fuerza, me sentía… No sabía cómo me sentía.
Porque ahora entendía que no lo hicieron por maldad, pero al mismo tiempo… al mismo tiempo seguía confundido.
No solo por los recuerdos, sino por lo que se suponía que debía sentir.
No sabía qué hacer con esto, no sabía qué hacer con Bill porque ahora estaba con Peyton.
Ella suspiró y se secó los ojos con la manga de su suéter. Su voz sonaba más calmada, pero aún podía notar la angustia en sus ojos cuando habló.
— Nos dimos cuenta de que estabas sospechando — dijo en un tono bajo, como si admitirlo en voz alta hiciera que todo empeorara — Georg, Gustav, Bill y yo lo notamos. Por eso evitábamos el tema… Porque no sabíamos cómo manejarlo — no me sorprendía que lo hubieran notado, raras veces siempre los confrontaba con aquello, pero eso solo confirmaba lo que había sentido todo este tiempo: que me estaban ocultando algo. Que todos sabían algo que yo no. Y aunque ahora entendía por qué lo hicieron, seguía sintiéndome extraño — Pero lo que pasó en la universidad… — continuó mi madre, con un temblor en la voz — Eso fue inesperado. Nadie quería que lo descubrieras así, menos por culpa de alguien que solo quiso hacerte daño.
Ah, claro. Ethan, ese imbécil.
Mi mandíbula se tensó al recordar sus palabras, cómo lo había dicho todo con tanta malicia, con la única intención de verme derrumbarme frente a todos.
— No importa — murmuré al final, con la mirada fija en la mesa. No quería hablar más de eso. Mi madre me miró con preocupación, como si pudiera ver más allá de mi respuesta, su voz bajó un poco más cuando preguntó:
— ¿Estás bien? ¿Has tenido alguna dificultad? — mi primer instinto fue decirle la verdad. Decirle que mi cabeza no había estado bien desde ese maldito día, que los recuerdos venían como destellos que apenas podía entender, que había momentos en los que el dolor punzante en mi cabeza era insoportable y los mareos me hacían sentir que iba a perder el control. Pero si lo hacía, se preocuparía más. Y ya la había hecho llorar suficiente.
Así que simplemente negué.
— Estoy bien.
Vi cómo su expresión se relajaba, aunque no del todo. Dejó escapar un suspiro aliviado y sonrió apenas, como si quisiera convencerse a sí misma de que estaba diciendo la verdad.
— Menos mal… Al menos no pasó a mayores — no respondí. Porque sí había pasado a mayores, al menos en mi cabeza. Todo esto se sentía como una maldita bomba de tiempo, y yo estaba atrapado en medio del desastre. No sabía qué hacer con la información. No sabía cómo se suponía que debía sentirme respecto a Bill. Y lo peor de todo es que, en el fondo, sentía que me estaba ahogando en un mar de emociones que no podía comprender del todo.
Necesitaba espacio, necesitaba tiempo.
— Mamá — dije al fin, levantando la mirada — Me voy a quedar en la casa de alguien por ahora — no mencioné nombres porque, sinceramente, no quería hacerlo.
Mi madre parpadeó un par de veces, como si procesara mis palabras con cautela, pero al final solo asintió.
— Está bien — su voz sonaba suave, pero también resignada — Si necesitas tiempo, lo entiendo… Pero no te desaparezcas, Tom. Por favor.
— Te llamaré.
— Promételo.
Respiré hondo, sintiendo un peso en el pecho.
— Lo prometo.
Me miró como si quisiera decir algo más, pero en ese momento, un par de golpes sonaron en la puerta. Se levantó rápidamente y fue a abrir, desde donde estaba sentado, pude ver su expresión confundida cuando vio quién estaba del otro lado.
— Señora Simone — la voz de Peyton — Mucho gusto en verla de nuevo.
En cuanto escuché su voz, me llevé una mano a la cara y suspiré. No podía quedarse en el maldito auto, ¿Verdad?
Mi madre frunció ligeramente el ceño.
— Hola…
— ¿Tom sigue aquí?
Ella dudó un segundo antes de asentir y apartarse de la puerta.
— Sí… pasa.
Peyton entró y caminó directo hacia mí con una sonrisa. Me puse de pie sin mucho entusiasmo, porque ya sabía que algo iba a decir que me haría querer meterme debajo de la tierra.
— ¿Todo bien? — preguntó, mirándome como si nada.
— Sí — respondí, aunque probablemente sonó más cortante de lo que pretendía. Ella se giró hacia mi madre y luego de vuelta a mí, como si esperara que dijera algo más. Y cuando no lo hice, decidió hacerlo ella.
— Bueno, como ya sabe… Tom se está quedando conmigo — sentí a mi madre tensarse levemente, pero antes de que pudiera decir algo, Peyton soltó la maldita bomba sin dudarlo — Porque Tom es mi novio.
La puta madre. Quise morirme en ese momento.
Me llevé una mano a la cara y exhalé con frustración, ¿Era en serio? ¿De verdad tenía que abrir la boca justo ahora?
Ella me miró con una sonrisa como si nada, mientras mi madre fruncía el ceño, ahora más confundida que antes. Yo solo quería que la maldita tierra me tragara.
El ambiente se sintió incómodo por unos segundos después de que Peyton habló, pero yo ya no quería seguir con esa conversación. Mi madre seguía con la expresión confundida, y yo no tenía ánimos de explicarle nada. Solo quería cambiar de tema y pensar en otra cosa antes de que me explotara la cabeza.
Entonces, de repente, me acordé de Nataly.
— Oye, mamá… — dije, pasando una mano por mi nuca — ¿Dónde está Nataly? — ella pareció sorprendida por la pregunta, como si no esperara que mencionara a mi hermana en ese momento. Pero pronto su expresión se suavizó y sonrió un poco.
— Está arriba, en su cuarto. Está haciendo tarea…
— ¿Sabe que estoy aquí?
— No. Le dije que estabas en casa de un amigo. No iba a contarle todo esto, Tom — asentí, entendiendo su punto. Nataly era lista, pero no era justo meterla en todo este desastre.
— Voy a verla — dije finalmente, alejándome un poco de Peyton y mi madre.
— Está bien.
— Ahora vuelvo — no esperé más y subí las escaleras con pasos firmes, sintiendo un leve peso en el pecho. Era raro pensar que no la había visto en todos estos días, y considerando que ella siempre estaba pegada a mí cuando cuando estaba en casa, su ausencia se notaba más de lo normal.
Cuando llegué a la puerta de su cuarto, toqué un par de veces antes de girar la perilla y entrar sin esperar respuesta.
El cuarto de Nataly era exactamente como lo recordaba: con las paredes llenas de pósters y series que le gustaban, una estantería con libros y muñecos, y su cama cubierta con una colcha de algún color pastel. Sin embargo, mi mirada no se quedó en los detalles. Se dirigió directamente a la figura pequeña que estaba en la esquina del cuarto, sentada en el suelo con las piernas cruzadas.
Ella estaba ahí, con la cabeza gacha, jugando con algo entre sus manos. No supe si eran sus muñecas, algún juguete nuevo o su teléfono, pero lo que sí supe fue que no levantó la mirada ni se giró cuando entré.
— Nataly… — dije con voz tranquila, esperando que al menos se dignara a mirarme.
Nada.
Ni un movimiento, ni una respuesta, solo el silencio. Ya la conocía lo suficiente para saber lo que significaba eso; estaba enojada conmigo.
Me adentré más en la habitación y me dejé caer al suelo junto a ella, apoyando la espalda contra la cama.
— Peque… — murmuré, intentando llamar su atención, pero ella ni siquiera parpadeó.
Rodé los ojos y volví a intentarlo, inclinándome un poco hacia ella.
— Nataly, ¿Qué te pasa?
Nada… era como si no existiera para ella.
— ¿Qué pasó? ¿Por qué estás enojada conmigo? — hubo unos segundos de silencio hasta que, finalmente, Nataly soltó un suspiro dramático y me miró con el ceño fruncido.
— Porque eres un tonto.
Fruncí el ceño, confundido.
— ¿Qué?
— ¡Que eres un tonto! — repitió, esta vez con más énfasis.
Me giré un poco para verla mejor, apoyando un brazo sobre mi rodilla doblada.
— ¿Por qué dices eso? A ver, cuéntame bien, ¿Qué hice ahora?
Nataly cruzó los brazos con un gesto exagerado y giró la cabeza hacia otro lado, haciéndose la digna.
— Escuché todo.
— ¿Todo qué?
— Desde que llegaste a la casa — dijo con tono de obviedad — La conversación con mamá… Y también cuando saliste de la habitación.
Parpadeé un par de veces.
— ¿Me estabas espiando?
— ¡No! — protestó de inmediato — Solo… salí un poquito a la baranda de las escaleras y se escuchaba todo.
Genial.
— Y entonces, ¿Qué fue lo que escuchaste exactamente?
— A la bruja — soltó sin dudarlo.
Tuve que contener una carcajada.
— ¿A la qué?
— A la bruja, Tom — fruncí el ceño, todavía sin entender hasta que cayó la ficha.
— Espera, ¿Te refieres a Peyton?
Nataly asintió con desagrado.
— Si, ella — me llevé una mano a la boca para disimular mi risa, pero ella lo notó de inmediato — ¡No te rías, Tom! ¡Es en serio!
Eso solo hizo que me diera más risa.
— Vale, vale, está bien — dije, levantando las manos en señal de rendición — Pero dime, ¿Por qué es una bruja ahora?
Nataly bufó, como si la respuesta fuera demasiado obvia.
— Escuché cuando dijo que te estás quedando con ella.
— Ahh, eso. Bueno…
— ¡Y también escuché cuando dijo que eran novios!
Ahí sí me quedé en silencio.
Ella me miraba con cara de total desagrado, como si acabara de decirle que la llevaría a un internado en el otro lado del mundo.
— Eww, Tom ¿Cómo puedes salir con Peyton? Ella es como las brujas de las caricaturas. ¡No quiero que me toques la ropa después de que ella te haya abrazado!
Ahora sí solté la carcajada.
— Dios, Peque, estás exagerando.
— ¡No estoy exagerando! ¡Es serio!
Poco a poco dejé de reír y solté un suspiro, rodeándola con los brazos en un abrazo.
— Vamos, Peque, no te pongas así — pero en cuanto lo hice, Nataly se removió en mis brazos y me empujó con las manos en el pecho.
— ¡Te dije que no me abraces si ella te abrazó antes!
Solté otra risa y alcé las manos en señal de paz.
— Tranquila, tranquila. No me abrazó, lo prometo.
Me miró con suspicacia por unos segundos, pero al final sonrió y me devolvió el abrazo con fuerza. Sonreí de lado y le revolví el cabello, ganándome un gruñido de queja de su parte.
— ¡Tom! ¡No hagas eso! — me reí por lo bajo y apoyé mi frente en la suya por un instante antes de soltarla — Deberías quedarte aquí — murmuró de repente, con voz bajita.
— Nataly…
— No quiero que te vayas con esa — insistió, mirándome con un leve puchero.
Me pasé una mano por la cara y suspiré.
— Solo serán unos días.
— ¡Por favor, por favor! — insistió, tomándome de los brazos y sacudiéndome un poco.
Cerré los ojos un momento y negué con la cabeza.
— Nataly, tú no entiendes…
— ¡Sí entiendo! — su respuesta fue inmediata y llena de convicción. Pero… no, ella no entendía. No todo.
Pasé saliva y solté un suspiro.
— Tengo que irme, Peque. Volveré cuando me sienta listo, lo prometo — ella bajó la mirada con una pequeña mueca, pero asintió — Haz tus tareas, ¿Sí?
— Sí…
Hice una pausa y la miré con una media sonrisa.
— ¿Quieres bajar conmigo?
Pero Nataly frunció el ceño y negó de inmediato.
— No quiero ver a Peyton.
Sonreí con un toque de diversión y asentí, comprendiendo su punto. Si no le agradaba, como que me ha dejado claro desde un principio, no la iba a obligar y hacer que diga algún comentario fuera de lugar.
— Está bien.
Me puse de pie y me incliné para besar su cabeza antes de salir de la habitación. No quería irme con esa sensación en el pecho, pero tampoco podía quedarme. No todavía.
Bajé las escaleras en silencio, sin hacer ruido. Cuando llegué a la sala, vi a mi mamá y a Peyton sentadas en los sofás, sin decir nada. Por dentro, agradecí que ella no estuviera hablando. Al menos cerró la boca.
Suspiré y avancé hasta ellas.
— ¿Nos vamos, cariño? — preguntó ella, con su sonrisa de siempre.
Ni siquiera la miré.
— Nos mantenemos en contacto — le dije a mi mamá, inclinándome para abrazarla.
Ella me devolvió el abrazo con fuerza, más de la que esperaba.
— Cuídate, por favor.
— Lo haré — murmuré. Me separé y tomé mis cosas. Peyton recogió una bolsa y salimos de la casa. Caminamos en silencio hasta el auto. Dejé la maleta y la guitarra en los asientos traseros antes de subirme. No hablamos en el camino, yo no tenía ganas, y por suerte, ella tampoco.
Cuando llegamos al departamento, ella me miró con su tono dulce de siempre.
— Puedes dejar tus cosas en la habitación.
Solo asentí y caminé hacia el cuarto.
Dejé la maleta sobre la cama y comencé a sacar mi ropa, doblándola sin mucho cuidado y metiéndola en el armario. Mi guitarra quedó apoyada contra la pared. Todo lo hice en piloto automático. Mantener mis manos ocupadas era mejor que pensar demasiado.
Cuando terminé, salí del cuarto y la ví en la cocina, preparando la comida.
— Voy a salir un rato.
— ¿Eh? Pero, Tom… — ya estaba tomando mis llaves antes de que pudiera terminar.
— Vuelvo luego — y sin darle oportunidad de decir nada más, salí del departamento.
Necesitaba aire.
Las calles estaban llenas de gente, ruidos, luces… Demasiado. Las voces, las bocinas de los autos, todo me taladraba la cabeza. No ayudaba en nada.
No pensé mucho en mis pasos. Simplemente me encontré caminando de nuevo hacia la playa.
Cuando llegué, el sonido del mar me alivió un poco. Me senté en la arena, dejando que la brisa me golpeara la cara. Las palabras de mi mamá seguían dando vueltas en mi cabeza.
No lo hicieron por maldad, no querían que sufriera. Era por mi bien.
Apreté la mandíbula y bajé la mirada.
Joder… Tenían razón, Georg, Gustav, mi mamá… Bill.
Todos trataron de hacer lo mejor para mí, y yo los alejé. Los traté como si me hubieran traicionado. Pero la verdad es que ellos solo intentaban protegerme.
Y ahora que lo entendía, solo me sentía culpable y, lo peor era que no sabía qué hacer con eso.
Quería llorar, quería llorar, maldita sea. Pero nada salía. Solo estaba ahí, sintiéndome como la mierda.
De repente, sentí algo cálido y húmedo en mi mano. Parpadeé y miré hacia abajo encontrándome un perro pequeño que me estaba lamiendo los dedos.
Lo reconocí de inmediato.
— ¿Tú otra vez? — murmuré, con una media sonrisa, el perro ladeó la cabeza, como si intentara entender lo que decía — No tengo más comida esta vez.
No pareció importarle. Solo movió la cola con más fuerza y apoyó una pata en mi rodilla.
Suspiré y pasé una mano por mi rostro.
— Bah… No sé por qué te cuento esto, pero supongo que no vas a juzgarme, ¿Verdad? — el perro solo me miró con esos ojitos brillantes — Bien, escucha… — dije, acomodándome en la arena — Estoy hecho un desastre; mi vida es un desastre. No sé qué hacer con todo esto, es como si mi cabeza estuviera jugando conmigo, dándome recuerdos a medias, haciéndome sentir cosas que ni siquiera entiendo.
El perro inclinó la cabeza de nuevo.
— Bill… — susurré, y solté una risa sin ganas — Ni siquiera sé si tengo derecho a decir su nombre así. La última vez que hablé con él… Bueno, no fui nada agradable ni amable — suspiré y apoyé los codos en mis rodillas, mirando el mar — ¿Sabes qué es lo peor? — seguí hablando, sin importarme que el perro no pudiera responder — Que ni siquiera sé si quiero recordarlo. Porque… ¿Y si lo hago y me doy cuenta de que todo esto es peor de lo que creo? ¿Y si recordar duele más? — el perrito volvió a lamerme la mano que me hizo soltar una risa breve y negué con la cabeza — Eres pésimo dando consejos.
El perro se levantó sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras en mis piernas, como si quisiera que lo alzara.
— Pff… Está bien, ven aquí — lo tomé con cuidado y lo puse en mi regazo. Pasé una mano por su cabeza, acariciándolo con suavidad. Apoyó su hocico contra mi brazo y cerró los ojos. Suspiré, dejando que el aire frío me llenara los pulmones. Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía por dónde empezar. Pero ahí estaba yo, desahogándome con un perro callejero en medio de la playa, como si él pudiera darme alguna respuesta — ¿Sabes? —murmuré, pasando una mano por mi cara — Todo esto empezó desde hace unos dias… — el pequeño solo inclinó la cabeza, como si me estuviera escuchando de verdad — Hay un tipo en la universidad… Ethan. Un cabrón de mierda — solté una risa — Parece que le encanta joderme la vida — mis dedos se apretaron sobre la arena — Un día de esos me soltó una mierda que… Joder, que me jodió — la rabia subió por mi pecho, igual que aquel día — No sé por qué lo dejé meterse en mi cabeza. Pero lo hizo. Y me afectó más de lo que debía — suspiré, recostándome sobre mis codos — Después, Peyton. Ella era… fácil. No en el mal sentido… Le pedi que fuera mi novia solo para demostrar que Ethan estaba equivocado. Que todos los que dijo no era cierto. Solo para callarlo, solo para demostrar que lo que dijo era una maldita mentira — cerré los ojos un momento, sintiendo el viento frío en mi cara — Pero no la amo. No estoy con ella porque quiero. Estoy con ella porque mi maldito ego me hizo creer que tenía que demostrar eso… — abrí los ojos de nuevo, viendo las olas romper contra la orilla — Y ahora estoy atrapado en esta mierda y lo único que sé es que no soy feliz.
El perro volvió a lamerme la mano, como si intentara consolarme.
— Eres un buen oyente, al menos — murmuré, esbozando una sonrisa débil.
Lo miré por un momento, notando que ya estaba oscureciendo. El cielo se había cubierto de nubes grises, y el viento se había vuelto más frío.
— Parece que va a llover — comenté, viendo el cielo.
El perro ladeó la cabeza.
— ¿Cómo te llamas, eh? — pregunté, sin esperar una respuesta obvia.
El solo me miró con sus ojitos brillantes, me reí, negando con la cabeza.
— A ver… Buddy. ¿No? ¿Max? ¿Rocky? —El perro no reaccionó a ninguno de esos nombres — fruncí el ceño y seguí intentando — Jack. Toby. Rex. Cooper. Zeus. Bruno. ¿Nada?
El perro seguía mirándome sin moverse.
— A ver, esta es mi última opción… Scotty.
El perro movió la cola de inmediato y levantó las orejas.
— ¿Scotty? — repetí, sorprendido — el ladró una vez y se acercó más a mí — Oh, así que ese es tu nombre — sonreí, rascándole detrás de las orejas — Entonces seguro tuviste dueño antes, ¿Eh? ¿Y te dejaron aquí a tu suerte? —Scotty solo movió la cola, feliz de la atención. Suspiré, sintiendo una punzada en el pecho — Bueno, Scotty, se viene la lluvia. Deberías ir a donde sea que vayas cuando esto pasa — lo bajé de mi regazo y me puse de pie — No tengo más comida, así que mejor busca a tus amigos perrunos o algo así — le di una última palmadita en la cabeza y comencé a caminar de regreso.
Pero a los pocos pasos, escuché patitas siguiendo mis pasos. Me giré y ví a Scotty estaba ahí, siguiéndome.
Fruncí el ceño.
— No, en serio. Vete a otro lado. No tengo nada para ti.
Di unos pasos más, Scotty también
Me detuve, él también.
— ¿En serio? — solté una risa breve, negando con la cabeza — No puedes seguirme, Scotty.
Caminé de nuevo y, como era de esperarse, Scotty me siguió otra vez. Me llevé una mano a la cara, frustrado, pero no pude evitar sonreír.
— Joder, ¿Qué voy a hacer contigo? — miré al cielo. El viento era más fuerte ahora, y la tormenta estaba a punto de caer. Scotty temblaba un poco por el frío, y ahora que lo veía bien, estaba demasiado flaco. Suspiré, rindiéndome — Está bien. Puedes venir conmigo… Por ahora. Pero solo hasta que mejores y te consiga una familia, ¿Entendido?
Scotty solo movió la cola, feliz.
Negué con la cabeza y seguí caminando, esta vez con un nuevo compañero siguiéndome de cerca.
Pero de repente, la lluvia empezó a caer con fuerza, empapándome en cuestión de segundos. Maldije entre dientes. Aún me faltaban unos diez minutos para llegar al departamento, y el frío se colaba por cada parte de mi cuerpo.
Miré a Scotty, que caminaba a mi lado con las orejas gachas y la cola entre las patas. Estaba temblando.
— Mierda… — suspiré.
Sin pensarlo dos veces, me agaché, lo alcé en brazos y lo envolví con mi chaqueta, tratando de cubrirlo del agua. Scotty se acurrucó contra mi pecho, aún tiritando, mientras yo apretaba el paso.
Corrí lo más rápido que pude, esquivando charcos y sintiendo cómo mi ropa absorbía toda la maldita lluvia. Para cuando llegué al edificio, estaba chorreando agua como si me hubiera metido a una piscina con ropa.
El recepcionista levantó la mirada cuando entré.
— ¿Puedo meter un perro aquí o hay alguna regla sobre mascotas? —pregunté sin rodeos, ajustando el agarre en Scotty. El hombre solo me miró con curiosidad, luego sonrió levemente.
— Casi todas las familias aquí tienen perros. No hay problema.
Asentí, aliviado.
— Gracias.
Me giré sin decir más y me dirigí hacia el ascensor, dejando un rastro de agua en el suelo. Subí, saqué las llaves con dificultad porque tenía las manos frías y Scotty en brazos, y finalmente entré al departamento.
Peyton estaba en el comedor, comiendo algo, y en cuanto me vio, frunció el ceño.
— ¿Dónde estabas?
Cerré la puerta tras de mí y solté un largo suspiro.
— Salí a caminar, te lo dije.
Ella me miró de arriba abajo y luego posó los ojos en el bulto que llevaba en mis brazos.
— ¿Qué es eso?
— Un perro.
— ¿Qué? — dejó su tenedor y se levantó de la silla con rapidez — Tom, no. ¡Déjalo donde lo encontraste!
Rodé los ojos y bajé a Scotty al suelo.
— Es solo un perro… y… Esta pequeño y solo.
— ¡No me gustan los perros! — exclamó ella, dando un paso atrás — Además, está mojado y apesta. ¡Va a ensuciar todo!
— No exageres.
Scotty, libre al fin, hizo lo que cualquier perro haría: sacudirse con fuerza para secarse. Las gotas de agua salieron disparadas en todas direcciones, y Peyton soltó un grito escandalizado.
— ¡Mira lo que hizo!
Scotty le ladró una sola vez, como si le respondiera.
Contuve una carcajada y puse los ojos en blanco.
— Voy a limpiar, relájate.
Pero no, ella siguió reclamando, pero yo ya había desconectado mis oídos. Que si el perro mojado, que si la alfombra, que si el olor, que si las enfermedades. Nada de lo que decía me importaba.
— No es para tanto — dije con desgana mientras levantaba a Scotty en brazos otra vez — Solo será por unos días, hasta que encuentre una familia para él.
— ¡No, Tom! ¡Llévalo a un refugio, o donde sea!
Ignorándola por completo, caminé hacia el baño con Scotty, quien parecía estar disfrutando del caos.
— Ven, enano, vamos a limpiarte — abrí la puerta del baño y cerré detrás de mí, asegurándome de que Peyton no pudiera seguir protestando. Scotty me miró desde el suelo con la cabeza ladeada, como si supiera que algo malo estaba por pasar — Ni creas que te vas a escapar — murmuré, arremangándome la sudadera empapada.
Abrí la llave de la tina y dejé que el agua se templara antes de meter a Scotty. En cuanto el agua tocó sus patas, intentó saltar fuera, pero lo sostuve con ambas manos.
— No, no, no, quédate ahí — dije, tratando de mantenerlo dentro — No me hagas la vida más difícil — pero el muy condenado pataleó y salpicó todo el baño, empapándome aún más — ¡Scotty, joder!
Suspiré y, resignado, empecé a buscar algo con qué lavarlo. Como no tenía ni idea de qué usar, abrí el mueble donde Peyton guardaba sus cosas.
Había un montón de botellas con nombres elegantes y etiquetas raras. Agarré una al azar.
— «Hidratación profunda con extracto de almendras y miel» — lo leí en voz alta y me encogí de hombros — Suena bien — apreté la botella y dejé caer un montón de crema en mis manos antes de empezar a untársela. Scotty me miró con una mezcla de confusión y resignación mientras lo cubría con esa cosa — ¿Tienes el pelo seco? — pregunté en broma — Bueno, ya no.
Tomé otra botella.
— «Shampoo revitalizante con aroma a rosas y lavanda».
Me encogí de hombros y le eché un chorro generoso en el lomo de Scotty.
Él solo estornudó.
— Sí, sí, ya sé que hueles como un jardín, pero te aguantas — froté su pelaje con ambas manos, formando espuma hasta que parecía una nube con patas. El caos siguió por unos minutos más, con Scotty intentando escapar y yo luchando por mantenerlo dentro de la tina sin que el baño terminara convertido en una piscina.
Cuando finalmente lo enjuagué y lo saqué del agua, ya no sabía quién estaba más mojado, si él o yo.
Agarré una toalla, lo envolví bien y lo froté para secarlo.
— Ya, ya, tranquilo — murmuré mientras él se sacudía de nuevo, empapando el espejo — lo llevé hasta la cama y lo dejé ahí envuelto, como un burrito de toalla — Quédate ahí. No te muevas. Me voy a bañar y vuelvo.
Scotty parpadeó, pero no protestó.
Me quité la sudadera y la camiseta mojadas, las dejé en el suelo del baño y me metí a la regadera, abriendo el agua caliente. El calor me golpeó de inmediato, relajándome un poco después del frío de la lluvia.
Pasé las manos por mi rostro y suspiré.
— Vaya día… — no tardé demasiado. Me aseguré de no mojar demasiado mis trenzas, solo lo suficiente para limpiarlas bien sin arruinar el peinado. Después, me envolví en una toalla y salí, sintiendo el vapor chocar contra mi piel.
Scotty seguía en la cama, aunque ahora su cabeza asomaba fuera de la toalla.
Sonreí de lado y me acerqué, tomando otra toalla para seguir secándolo.
— Vamos, no pongas esa cara. Ahora hueles mejor que yo — pero de repente, la puerta se abrió de golpe.
— ¡¿Por qué demonios ese perro tiene mi toalla?! — gritó Peyton desde el umbral.
Me giré lentamente, viendo cómo miraba a Scotty con una expresión de puro asco.
— Porque es una toalla — respondí con simpleza — Para secarse. ¿Para qué más?
— ¡Tom! ¡Ese animal puede tener pulgas, bacterias, quién sabe qué cosas!
Rodé los ojos.
— No tiene pulgas, lo acabo de bañar.
— ¡¿Con qué lo bañaste?!
No tuve que responder, porque Peyton entró al baño y sus gritos fueron respuesta suficiente.
— ¡¿Usaste mis shampoos?!
Me incliné en la cama, apoyándome en un codo mientras terminaba de secar a Scotty con calma.
— Sí, pero no te preocupes. Te compraré otros iguales — no me escuchó, o si lo hizo, no le importó. Siguió farfullando algo sobre lo caros que eran sus productos, lo desconsiderado que era y que ahora su baño olía a perro mojado al igual que todo el departamento.
Eventualmente, se fue de la habitación, cerrando la puerta con un golpe.
Yo solo me encogí de hombros y volví mi atención a Scotty, que me miraba como si toda la escena le hubiera parecido un espectáculo de lo más entretenido.
— Ni digas nada — murmuré, frotando su cabeza con la toalla — Ya estás listo.
Scotty sacudió el cuerpo una última vez, esponjándose ahora que estaba seco. Yo me levanté, fui por ropa y me cambié rápido, poniéndome una sudadera limpia y unos pantalones cómodos.
— Quédate aquí, enano — le dije al perro, asegurándome de que se acomodara en la cama antes de salir de la habitación.
Apenas puse un pie en la sala, vi a Peyton de brazos cruzados, aún molesta.
— Tengo hambre — dije casualmente.
Ella bufó, mirándome con frialdad.
— Hice comida. Sírvete tú mismo.
— Gracias — respondí con total tranquilidad. Fui hasta la cocina, tomé un plato y me serví sin problemas. Luego, con la misma calma, volví a la habitación con la comida en las manos.
Scotty, que seguía en la cama, levantó la cabeza y olfateó el aire apenas entré.
— ¿Hueles eso, eh? — pregunté divertido mientras me agachaba, dejé el plato en el suelo y observé cómo el perro se acercaba con cautela antes de empezar a comer con entusiasmo.
— Sí, sí, no te emociones tanto — murmuré, sentándome en el suelo junto a él — Come tranquilo.
Lo vi devorar la comida con ganas, sintiéndome un poco mejor al menos por haberle dado algo caliente.
Continúa…
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