Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 24: Pain and confusion

Cuatro días.

Habían pasado cuatro malditos días. Cuatro días usando la misma ropa, con la misma chaqueta y los mismos jeans.

El ayer intenté ir a la universidad, ya que era lunes y tenía materias importantes, pero por alguna razón no pude. No sé si fue la flojera, el hecho de que no tenía más ropa decente o simplemente porque mi cerebro no procesó la idea de entrar ahí después de todo lo que había pasado y tener que enfrentarme a todas aquellas miradas que se iban a cuchichear, señalarme y burlar de mí en mi cara o mis espaldas. Primero trate de convencerme que si podía, pero al final… 

Pero hoy, ya no había excusas. Tenía que ir sí o sí.

— Joder, ¿Cuánto tiempo más voy a usar esto? — me quejé en voz alta, estirando mi polera arrugada mientras me sentaba en el sofá.

Peyton pasó por la sala con una taza de café en la mano y me miró con diversión. 

— ¿Por qué no compraste ropa antes?

— No sé, ¿Tal vez porque no tengo dinero? — repliqué con sarcasmo.

Ella rodó los ojos y tomó su teléfono.

— Voy a comprarte ropa. 

— Espera, ¿Qué? — fruncí el ceño — No necesito que me compres ropa.

— Sí, sí necesitas. Te estás quejando desde que amaneció y, honestamente, si tengo que seguir viéndote con esa polera un día más, me voy a volver loca — resoplé, pero no dije nada más. Sabía que discutir con ella era una batalla perdida.

Un par de horas después, me lanzó una bolsa.

— Toma.

Saqué la ropa y la revisé. Camisetas oscuras, jeans anchos, unas sudaderas…

— ¿Cómo demonios supiste qué comprarme?

Ella se cruzó de brazos con una sonrisa satisfecha.

— Tengo buen ojo para estas cosas.

No lo iba a admitir en voz alta, pero me gustó. 

— Gracias.

— Sí, sí, cámbiate y apúrate, vamos a llegar tarde.

Me cambié en tiempo récord y nos subimos a su auto. Ella manejaba rápido, pero con confianza, como si estuviera en una carrera.

— ¿Siempre manejas así?

— Solo cuando voy con prisa — rodé los ojos y miré por la ventana. Hoy iba a clases y en la tarde pasaría por la casa de mi madre a recoger mis cosas. Aprovechando que seguramente estaría trabajando, podría entrar sin problemas y sacar toda mi ropa, o al menos eso espero. 

Cuando llegamos al estacionamiento de la universidad, Peyton buscó un lugar libre mientras yo miraba por la ventana. Me sentía raro volviendo después de todo el escándalo que se había armado, pero no iba a demostrarlo. Después de unos segundos ella apagó el motor y nos bajamos del auto.

— ¿Listo? — preguntó con una ceja en alto.

— Supongo… — respondí con una sonrisa. Caminamos hacia el patio principal y en cuanto llegamos, las miradas comenzaron. Murmullos, risas. Gente volteando a verme con sorpresa, curiosidad y hasta burla.

Claro, después de lo que Ethan había hecho, todos debían estar esperando ver cómo iba a reaccionar. Pero si algo sabía hacer, era manejar la situación.

Sin pensarlo mucho, tomé la mano de Peyton y la entrelacé con la mía. Pude notar su sorpresa cuando me miró, pero no dije nada. Solo seguí caminando con la frente en alto, como si nada importara, como si no me diera cuenta de todas las miradas.

El murmullo aumentó. La confusión se notaba en los rostros de los que pasaban junto a nosotros.

Perfecto.

— ¿Qué haces? — susurró Peyton sin soltarme.

— Tomando de la mano a mi novia — respondí con total naturalidad. Ella suspiró, pero no dijo más. Seguimos caminando como si no pasara nada —¿Qué clases tienes ahora? 

— Diseño arquitectónico

— Te acompaño — cuando llegamos a la puerta del aula, noté cómo todos dentro del salón nos miraban. Algunos con sorpresa, otros con incredulidad. Más murmullos, más miradas.

Aprovechando la atención, solté una sonrisa ladeada y, sin previo aviso, incliné la cabeza y la besé. Algunos se quedaron boquiabiertos, otros soltaron exclamaciones sorprendidas.

Cuando me separé, le guiñé un ojo a Peyton.

— Nos vemos luego, cariño.

Me di la vuelta y caminé por el pasillo, directo hacia mi casillero.

La última vez dejé todo ahí tirado y tal vez alguien tuvo la amabilidad de meter todas mis cosas dentro: mi mochila, mis cosas, mi dinero… o cabe la probabilidad que se las hayan robado, cosas que espero no sea así. 

Giré la combinación del candado con los dedos y lo abrí con un clic. Afortunadamente, ahí estaba mi mochila, intacta, tal como la había dejado. Solté un suspiro de alivio mientras la sacaba y me la colgaba al hombro. Al menos algo salía bien hoy.

Al terminar, aceleré el paso todos lo que pude. No quería encontrarme con Georg, Gustav o Bill, peor aún, con los tres.

Mi plan era simple: llegar a mi clase sin darles oportunidad de hablarme, sin enfrentarme a nada que me hiciera recordar la mierda de la que intentaba escapar.

Pero cuanto más rápido caminaba, más sentía ese maldito dolor en la cabeza. De repente, una punzada me atravesó el cráneo y tuve que detenerme en seco, tambaleándome un poco hasta apoyar una mano en la pared.

Respiré hondo, cerré los ojos y esperé a que pasara.

Joder.

No sabía si era la falta de sueño, el estrés o todo junto, pero la sensación me dejó aturdido unos segundos. Cuando el dolor se hizo más soportable, volví a enderezarme y seguí caminando, esta vez con la mente enfocada en la clase que tenía que tomar.

Me había perdido lecciones y si no quería atrasarme, tenía que ponerme al día. 

Pero justo cuando giré en un pasillo, escuché una voz familiar llamándome desde atrás:

— ¿Tom? ¡Tom!

Mierda, era inconfundible voz gélida de Georg.

Apreté la mandíbula y fingí que no lo había escuchado. No miré atrás, no le di oportunidad de seguir hablando.

Solo caminé más rápido.

Sentí su mirada clavada en mi espalda, pero no me detuve. Ni siquiera cuando su voz sonó más cerca. Llegué a la puerta de mi salón y entré sin mirar atrás. Cerré la puerta e inmediatamente sentí todas las miradas sobre mí.

Pude notar la sorpresa en sus caras, como si vieran un maldito fantasma. Y no los culpaba; desaparecí después del escándalo que se armó, y ahora aparecía como si nada.

Pero nadie se atrevió a decir nada.

Algunos desviaron la mirada rápidamente, otros apenas disimularon su curiosidad, pero al final todos fingieron que mi regreso no era gran cosa. Mejor para mí.

Fui a sentarme en mi lugar de siempre, y justo en ese momento entró el profesor. Solté un suspiro aliviado cuando vi que Georg no había logrado meterse al salón. Ese idiota era capaz de intentarlo solo para hablar conmigo, y lo último que quería era una conversación incómoda en medio de una clase.

Me hundí en mi asiento, saqué un cuaderno y fingí que todo estaba bien, aunque en realidad mi cabeza todavía daba vueltas.

&

Pasaron diez minutos desde que había comenzado el descanso, y yo seguía en el mismo lugar.

Me mordía las uñas y movía el pie sin parar, sintiendo una jodida ansiedad que me carcomía el pecho. No quería salir. Sabía perfectamente que si Georg me había visto, entonces seguro ya le había dicho a Gustav y a Bill, y ahora debían estar ahí afuera, esperando como buitres.

Pero necesitaba ir al puto baño.

Intenté convencerme de que no iba a pasar nada, de que podía ir sin problemas, hacer lo que tenía que hacer y después salir directo a mi otra clase sin cruzarme con ellos. Sí, sonaba fácil. Casi me lo creí.

Solté un suspiro y me pasé las manos por la cara antes de levantarme de golpe.

— A la mierda…

Salí del salón con paso rápido, sin mirar a los lados. Iba directo al baño, evitando a la gente que andaba por los pasillos, repitiéndome en la cabeza que no los encontraría, que podía hacerlo sin problemas.

Solo tenía que entrar, orinar y salir sin darles oportunidad de joderme.

Entré y me encerré en un cubículo, aprovechando la tranquilidad del lugar. Respiré hondo, tratando de calmarme, pero mi cabeza seguía llena de pensamientos que me quemaban por dentro.

Cuando terminé, fui directo al lavabo, abriendo el grifo y dejando que el agua fría corriera entre mis dedos antes de mojarme la cara. Necesitaba despejarme, sacarme toda esa mierda de la cabeza.

Me miré en el espejo por un segundo, con las gotas resbalando por mi piel y mi respiración pesada. «Recapacita, Tom. No vale la pena joderte por esto.» Pero ni yo mismo me creía esas palabras.

Suspiré y me sequé la cara con la manga antes de colgarme bien la mochila al hombro y salir del baño. Caminé directo a mi otra clase, rápido, sin mirar a nadie, sin detenerme… Pero no. Claro que no podía ser tan fácil.

En la esquina del pasillo, justo en mi camino, estaba Georg. De pie; esperándome.

El puto me había estado esperando.

Apreté la mandíbula y miré hacia otro lado, haciendo como si no lo hubiera visto. Como si no existiera. Pero él no se iba a rendir tan fácil. Se acercó a mí con paso firme, pero su voz sonó más calmada, como si estuviera midiendo sus palabras.

— Tom, tenemos que hablar.

No respondí.

— Por favor. Tenemos que explicarte todo.

Seguí sin decir nada, sin detenerme. Mi cara estaba seria, impasible. Si pensaba que iba a pararme a escuchar, estaba jodidamente equivocado.

— Tom…

Su voz sonaba cada vez más desesperada, pero yo solo apreté el paso, ignorándolo, como si fuera solo ruido de fondo, como si no me importara, como si todo esto no me doliera.

Pero él se movió más rápido y terminó parándose justo en mi camino, obligándome a detenerme.

— Tom, las cosas no son como tú crees.

Rodé los ojos con fastidio y traté de esquivarlo, pero Georg se puso de nuevo enfrente, bloqueándome el paso.

— Escúchame, ¿Sí? No puedes seguir ignorándonos como si fuéramos una mierda.

No dije nada. No iba a darle el gusto.

— Tu mamá está preocupada. ¿Sabes lo jodida que está porque desapareciste así sin más?

Mi mandíbula se tensó, pero no respondí.

— Deja de actuar como un maldito niño, Tom. Enfréntalo como un adulto.

Eso hizo que la furia subiera por mi garganta como fuego. 

— ¿Enfrentar qué, Georg? — solté con burla amarga — ¿El hecho de que todos ustedes me ocultaron la «relación» con Bill? ¿O que lo que me hizo Ethan no fue suficiente humillación y ahora también tengo que soportar que ustedes sean unos hipócritas?

Georg apretó los puños.

— No somos hipócritas. Solo…

— Váyanse al carajo — espeté con rabia, interrumpiéndolo — Todos ustedes — di un paso para irme, pero su voz me congeló en seco.

— Entonces a nosotros no nos quieres escuchar ni darnos una oportunidad… Pero a tu padre le diste mil oportunidades y aún así te falló

El golpe me dio directo al pecho; mi respiración se cortó.

Sentí la furia explotar dentro de mí, mezclada con un dolor que no quería reconocer y que había estado oprimiendo por tanto tiempo. Me giré lentamente, clavando mi mirada en Georg. No necesitaba un espejo para saber que mis ojos estaban llenos de rabia.

Él se dio cuenta de lo que había dicho.

— No, Tom, perdón. Yo no quise…

— Vete al infierno.

Su rostro se llenó de arrepentimiento, pero yo ya no iba a escuchar nada más.

Me giré y salí de ahí casi corriendo, sintiendo que la rabia y el dolor me sofocaban por dentro, al detenerme ví un salón vacío y entré sin pensarlo.

Me hundí en el suelo, con la espalda contra la pared y las manos temblorosas apretando mi cabeza. La rabia aún me ardía en el pecho, pero era un fuego extraño, uno que no quemaba hacia afuera, sino que se expandía por dentro, como una bomba a punto de estallar en mis entrañas.

Las palabras de Georg se repetían en mi mente como un eco interminable.

«Pero a tu padre le diste mil oportunidades y aún así te falló.»

Qué mierda sabía él sobre eso.

Qué mierda sabía él sobre lo que significaba esperar, esperar y seguir esperando algo que nunca iba a llegar. Mi respiración era errática. No porque estuviera cansado, sino porque dentro de mí todo estaba colapsando otra vez. Recordé esos días, esos años, ese maldito peso en mi pecho que nunca desapareció. Recordé la voz de mi padre al otro lado del teléfono, sonando tan real, tan segura, tan jodidamente confiable.

«Esta vez sí iré, hijo. Lo juro.»

Mentira.

Siempre era una mentira, pero yo me lo creía porque era un estúpido niño que solo quería que su padre lo quisiera, solo quería que cumpliera su palabra.

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo mi garganta se cerraba, cómo mi pecho se oprimía con ese sentimiento que odiaba tanto.

No era tristeza, no era solo enojo.

Era esa maldita mezcla de ambos, esa sensación de vacío y rabia que se acumulaba dentro de mí hasta que no podía respirar.

Recordé los días que pasé sentado en la entrada, esperando. Las veces que miré por la ventana cada cinco minutos, las veces que escuché el sonido de un auto y mi corazón latió más rápido, solo para darme cuenta de que no era él, las veces que mi madre me miró con esa expresión de lástima en los ojos, como si quisiera decirme algo.

Porque yo ya lo sabía.

Yo ya sabía que él no iba a venir, yo ya sabía que todo era una maldita farsa.

Pero aún así…

Aún así, cada año, cada puta vez que él llamaba y decía esas palabras, mi estúpido corazón volvía a creerle.

Volvía a esperar, volvía a ilusionarse y volvía a romperse. Golpeé el suelo con el puño, sintiendo un ardor en mis ojos que me negaba a dejar salir.

No.

No iba a llorar por esto otra vez, no iba a ser el mismo niño de siempre, esperando algo que nunca iba a llegar, no iba a dejar que las palabras de Georg me hicieran caer otra vez en ese agujero.

Pero, joder, dolía. Dolía porque, al final, lo que dijo era cierto.

Le di mil oportunidades y me falló todas.

Salí del aula después de tomar aire. Tenía que calmarme, tenía que hacer como si nada hubiera pasado. Caminé por el pasillo con la cabeza en alto, aunque sabía que mis ojos probablemente estaban un poco rojos. No importaba, nadie tenía que notarlo.

Pero, por supuesto, nunca me duraba la paz; apenas di unos pasos ahí estaba el idiota de Ethan con dos de sus nuevos amiguitos a su lado, bloqueándome el camino como si tuvieran algún maldito derecho sobre mí.

Suspiré, tratando de esquivarlo, pero su voz me detuvo.

— ¿Cómo te sientes, Tom? — canturreó con esa burla asquerosa en su tono.

No le respondí.

— ¿Todavía te duele la verdad?

Apreté la mandíbula.

Ethan me miró de arriba abajo y sus ojos se posaron en mi rostro.

— Awww — exclamó falsamente — ¡Estabas llorando!

Los idiotas a su lado rieron. Cerré los puños, pero me obligué a mantenerme en mi lugar. No iba a darle el gusto de reaccionar, por ahora.

— ¿Quieres algo, Ethan? — espeté, harto de su jueguito sucio.

— Oh, nada, solo quería saber cómo estabas — dijo con fingida inocencia — Ah, por cierto… Aún tengo algunas fotos que sobraron. ¿Las quieres?

Mi estómago se revolvió.

Las fotos, las mismas que había esparcido por toda la universidad, las mismas con las que me había enterado de toda la verdad de la peor manera posible.

Seguía sin responder, pero Ethan no necesitaba una respuesta para seguir.

— ¿Qué pasa? ¿Ya te besaste con Bill y solucionaron sus problemas de novios?

Mi sangre hirvió.

El tono con el que lo dijo, la burla, el asco en su voz.

— Oh, espera… — continuó, inclinando un poco la cabeza como si acabara de recordar algo — ¿O tan bien te la chupaba que te quedaste traumado?

Mis puños se cerraron antes de que siquiera procesara lo que había dicho y en menos de un segundo, mi puño se estrelló contra su cara. Un sonido seco contra su estúpida cara y Ethan se tambaleó hacia atrás con la nariz sangrando.

Y lo peor de todo fue que se rió.

— Las verdades duelen, ¿No? — se burló, limpiándose la sangre con el dorso de la mano.

Yo respiraba agitado, con los nudillos ardiendo y en ese momento supe que si me quedaba ahí un segundo más, iba a matarlo a golpes. Seguí caminando, tratando de controlarme, tratando de ignorarlo, pero Ethan nunca sabía cuándo callarse.

— ¿Qué? ¿Te vas? — gritó detrás de mí — Vamos, Tom, ¿Por qué tan sensible? Si solo digo la verdad. ¿O acaso me vas a negar que no te encantaba abrirle las piernas?

Me detuve en seco, con más ganas de dar vuelta y hacerlo mierda. Mis uñas se clavaron en mis palmas con tanta fuerza que dolió, mi respiración era pesada, mi pecho subía y bajaba con furia.

Iba a matarlo, iba a darle una golpiza que lo dejaría en el hospital.

Di un paso hacia atrás, listo para girarme y destrozarlo, pero entonces recordé el castigo que me dieron la última vez que le rompí la cara a otro idiota hace años, me había provocado al igual que Ethan y no dude en partirle la cara, y ahora, tener esos problemas de nuevo no traería nada bueno.

En eso, vi cómo uno de los idiotas que lo acompañaban se inclinó hacia él y le susurró algo al oído.

La expresión de Ethan cambió de inmediato. Su burla se desvaneció en un segundo y ahora estaba serio. No, más que serio… Ahora parecía igual de enojado que yo.

Fruncí el ceño, observándolo por el rabillo del ojo mientras me alejaba. ¿Qué mierda le habían dicho? Por un momento, incluso pensé que me seguiría, pero no lo hizo. Simplemente se quedó ahí, con los puños apretados y los ojos clavados en mí con una rabia que no entendía.

No le di más vueltas, no me importaba. sin decir nada más, seguí caminando. 

&

El día había sido una mierda tras otra y, como si no fuera suficiente, todavía tenía que lidiar con las palabras de Georg y las provocaciones de Ethan. Guardé mis cosas en la mochila de manera brusca, cerré el casillero con más fuerza de la necesaria y me colgué la correa en el hombro. Todo en mí estaba cargado de rabia contenida, el ceño fruncido, la mandíbula tensa, los hombros rígidos. No podía sacarme de la cabeza la forma en que Georg había dicho esas palabras, como si tuviera derecho, como si él supiera lo que se siente crecer con promesas vacías y una ausencia que nunca dejaba de doler. Y Ethan… Ethan con su maldita sonrisa de satisfacción, con su manera de escupirme en la cara lo que no recuerdo, con su forma de burlarse de algo que ni siquiera llego a comprender del todo.

Respiré hondo, tratando de calmarme, y me repetí a mí mismo que ya solo tenía que salir de aquí, encontrar a Peyton y largarme. No la había visto desde la entrada, lo cual me parecía raro, pero quizás solo estaba ocupada y necesitaba su espacio.

Caminé con paso rápido por los pasillos, la mirada fija en el suelo, con ganas de que el día terminara de una maldita vez. Pero el universo, que parecía estar en mi contra, tenía otros planes, como siempre.

Mi corazón dió un vuelco cuando lo vi a lo lejos, a unos metros de distancia y fue como si el tiempo se detuviera.

Todos los pensamientos en mi cabeza, toda la rabia que me quemaba por dentro, todo lo que me había llevado a este punto… Desapareció en un instante, se esfumó sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. Porque ahí estaba él. Bill. De pie mirándome.

Algo en mi pecho se encogió con tanta fuerza que me quedé sin aire. Mi corazón volvió a dar un vuelco extraño, pesado e incómodo. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, una sensación de vértigo en el estómago, como si estuviera cayendo en un maldito abismo sin fondo. No pude moverme, no pude reaccionar. Y eso me cabreó más que nada.

Porque no debería sentirme así, no después de todo. Pero mi cuerpo no me obedecía, mis pies no se movían, mis manos se apretaban en puños y mi respiración se entrecortaba sin que pudiera controlarla. Mi mente era un desastre, una tormenta de preguntas que me golpeaban una tras otra sin darme tregua. ¿En serio estuve con él? ¿En serio lo amé? ¿En serio le entregué una parte de mí que ni siquiera recordaba? ¿En serio fuimos eso?

Y lo peor… ¿Por qué no puedo dejar de mirarlo?

Sus ojos me decían algo, algo que no entendía, algo que me dolía, algo que hacía que mis entrañas se retorcieran. Había algo en su expresión, en la forma en que me miraba, que hacía que todo lo demás dejara de importar por un segundo. Pero yo no quería eso, no quería sentir esto, no quería que mi cuerpo reaccionara de esta manera, no quería que su sola presencia tuviera este efecto en mí.

Quería odiarlo y gritarle, pero no podía hacer nada. Solo quedarme ahí, congelado en el tiempo, mientras el mundo se reducía a esos ojos que me miraban con una intensidad que me desgarraba por dentro.

Y cuando por fin el mundo volvió a moverse de golpe, como si alguien hubiera presionado el botón de «play» en una película pausada. Aparté la mirada de Bill con brusquedad, sintiendo que, si lo seguía mirando un segundo más, me iba a romper por dentro. No. No podía quedarme ahí parado como un maldito idiota. Lo mejor era largarme, ignorarlo como si no existiera, como si nada de esto importara.

Di un paso atrás. Luego otro. Y, cuando estuve seguro de que podía moverme sin tambalear, giré sobre mis talones y tomé el pasillo de la derecha, alejándome de él sin mirar atrás. Tenía que encontrar a Peyton, tenía que salir de aquí, tenía que hacer cualquier cosa que no fuera quedarme ahí como un imbécil.

Pero no.

Porque, antes de que pudiera dar otro paso, sentí una mano aferrarse a mi brazo con fuerza y mi cuerpo se tensó al instante.

— Tom — su voz era urgente, cargada de algo que no quería descifrar.

Apreté los dientes.

No… No quería esto, no quería hablar con él, no quería escucharlo, no quería que me tocara.

Intenté soltarme con un tirón seco, pero su agarre se mantuvo firme.

— Por favor, espera — su voz sonaba entrecortada, como si estuviera conteniendo algo, como si estuviera al borde de algo. No me importaba.

— Suéltame — gruñí, sin mirarlo.

— Estoy preocupado por ti. Desapareciste y… — hizo una pausa, tragando saliva — ¿Dónde estabas?

Me giré bruscamente, fulminándolo con la mirada.

— ¿Te importa?

— Claro que me importa — su voz tembló un poco, pero no aflojó su agarre.

— Pues no debería.

— Tom, por favor…

— No es asunto tuyo — espeté, soltándome con más fuerza.

Bill negó con la cabeza, desesperado y los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de romperse.

— Sí lo es.

— No. No lo es — intenté alejarme otra vez, pero él volvió a sujetarme más fuerte esta vez.

Algunos estudiantes pasaban por ahí, mirándonos con curiosidad, algunos incluso riéndose. Mi rabia se disparó. No quería esto, no quería que nadie me viera así, no quería que pensaran que… Que había algo entre nosotros.

Porque no lo había… porque no podía haberlo.

— Bill — mi voz salió tensa en una clara advertencia.

— Solo escúchame, por favor. Sé que estás enojado, pero… Tenemos que hablar.

Respiré hondo.

No.

No, no, no, no.

Mi cuerpo entero ardía de frustración. Me dolía la cabeza, me dolían los músculos de tanto apretar la mandíbula.

Y exploté.

— ¡Ya basta! — lo aparté de golpe, sacudiendo mi brazo con tanta fuerza que casi lo hago tambalearse hacia atrás — ¡Deja de joderme, Bill! — grité, con el pecho ardiendo — ¡Déjame en paz! ¡No quiero escucharte! ¡No quiero hablar contigo! ¡No quiero nada de ti!

El pasillo entero se quedó en silencio, todos los que pasaban se detuvieron, podía sentir sus miradas clavadas en nosotros, podía sentir mi propia respiración agitada, mis puños temblando.

Él se quedó congelado. Sus labios se entreabrieron como si quisiera decir algo, pero no salió nada. Sus ojos brillaban con algo que no quería reconocer, algo que no podía soportar ver.

Y aún así…

— Por favor… — su voz fue apenas un susurro frágil, como si al decirlo se estuviera rompiendo en pedazos. Mi cuerpo entero se estremeció de rabia, frustración, dolor… No sabía qué mierda era, pero estaba ahí, quemándome por dentro como un incendio imposible de apagar.

— No, Bill — solté con dureza, mi voz goteando veneno — No más. No quiero hablar contigo, no quiero escucharte, no quiero absolutamente nada que tenga que ver contigo.

Él negó desesperado, dando un paso adelante, como si aún pudiera hacerme cambiar de opinión.

— Tienes que entender…

— No tengo que entender nada — lo interrumpí de inmediato, mirándolo con el ceño fruncido — No quiero entenderlo.

Bill tragó saliva, sus manos temblaban a los costados de su cuerpo, su respiración era errática. 

— Es que… Tú no sabes — su voz sonaba desesperada, como si estuviera aferrándose a lo poco que le quedaba — No sabes por qué pasó todo esto, por qué te lo ocultamos, por qué…

— ¡Y no quiero saberlo! — exploté otra vez, mi voz resonando en el pasillo, acallando todos los murmullos de los estudiantes que nos rodeaban. Sentía la sangre hirviendo bajo mi piel, el odio atascado en mi garganta, la necesidad de gritarle hasta que entendiera que no había vuelta atrás — ¡No quiero saberlo, Bill! ¡No me importa la jodida razón, no me importa lo que tengas que decir! ¡Déjame en paz de una puta vez!

— Pero, Tom…

— ¡No me llames así! — le grité con furia, mis ojos ardiendo — ¡No digas mi nombre como si todavía significara algo para ti! — sus labios temblaron y sus ojos… Joder, esos malditos ojos estaban cristalinos, vidriosos, llenos de algo que me hacía querer gritar aún más fuerte. Y fue ahí cuando lo dije. Cuando solté las palabras que sabía que lo destruirían — ¡Entre tú y yo nunca va a pasar nada! — silencio, total y absoluto silencio, pero yo no me detuve — Si alguna vez te amé, entonces gracias a Dios lo olvidé. Porque ahora, solo con verte, me das asco.

Bill se quedó paralizado. Su rostro perdió todo color, su cuerpo entero pareció encogerse, como si mi voz le hubiera dado un golpe en el estómago.

Todos los que estaban en el pasillo nos miraban con los ojos bien abiertos, como si hubieran presenciado un accidente en cámara lenta, como si no supieran qué hacer con lo que acababan de escuchar.

Pero ya no había vuelta atrás, ya estaba hecho.

Lo dejé ahí, destrozado en medio del pasillo, sin mirarlo una sola vez más. Y me largué.

Me largué porque, si me quedaba un segundo más, iba a romperme. Porque sentía las miradas clavándose en mi espalda, porque el aire se me hacía pesado, porque mi cabeza latía con cada maldita palabra que acababa de escupir.

¿Qué quería que hiciera? ¿Que me quedara ahí, viendo cómo se desmoronaba? ¿Que le dijera que todo estaba bien, que podíamos arreglarlo, que todo esto era una jodida película romántica y que al final íbamos a besarnos y a olvidarlo todo?

No.

Seguí caminando, con los pasos pesados y la respiración agitada, con el corazón golpeándome el pecho como si estuviera tratando de salirse. La rabia, el dolor, la confusión, todo seguía ahí, enredándose en mi garganta, ahogándome.

Vi a Peyton, estaba en el pasillo, con los brazos cruzados, claramente buscándome. Su expresión pasó de la confusión al alivio en cuanto me vio, pero no le di tiempo de decir absolutamente nada. Tomé su mano y la jalé con brusquedad.

— ¡Ey, qué..! — protestó, tropezando un poco mientras intentaba seguirme el ritmo — Tom, ¿Qué pasa? ¡Dios, me vas a hacer caer, más despacio!

No respondí. No podía.

No tenía fuerzas para hablar, ni ganas de explicarle nada, ni paciencia para lidiar con más preguntas. Solo quería largarme de ahí. Seguí caminando sin soltar su mano, casi arrastrándola conmigo hasta el estacionamiento.

— ¿Tom? — su voz sonaba preocupada ahora — ¿Puedes al menos decirme qué…?

Pero no la dejé terminar.

Solté su mano solo para abrir la puerta del auto y meterme de inmediato en el asiento del copiloto, cerrando de golpe. Ella parpadeó, procesando lo que acababa de pasar, pero no dijo nada más. Me estudió por un momento, luego suspiró y rodeó el auto hasta el lado del conductor.

Encendió el motor sin hacer preguntas y salimos de ahí.

Peyton condujo en silencio, no me preguntó por qué me veía así, solo manejaba, dejando que el ruido del motor llenara el vacío entre nosotros.

Yo seguía con la mirada clavada en la ventana, viendo la ciudad pasar en un borrón de luces y sombras, pero ni siquiera estaba prestando atención. No podía.

Porque mi cabeza no me dejaba en paz.

Porque en lugar de concentrarme en la rabia, en el odio, en todo lo que se suponía que debía estar sintiendo, mi mente se fue por otro lado.

A él.

A los momentos en los que Bill y yo no éramos un «desastre», a los momentos en los que las cosas entre nosotros… Simplemente fluían.

Me odié por eso. Me odié porque se suponía que no tenía que recordar nada de eso, se suponía que tenía que alejarme, de olvidarlo, de seguir adelante, pero ahí estaba mi cerebro, trayéndome cada maldito detalle de vuelta, como si quisiera torturarme.

Las pizzas, el láser tag, su risa cuando ganamos, cómo se quejaba de que no sabía jugar.

La noche en la que lo invité a salir después de la universidad sin pensarlo demasiado. Caminamos por las calles iluminadas, con un café caliente entre las manos, y hablamos de todo y de nada.

Las galletas.

El perro callejero.

Cómo se me cayó una galleta y antes de que pudiera recogerla, un perro apareció de la nada y se la robó.

Su carcajada, cómo terminé dándole todas mis galletas al perro porque se veía hambriento, cómo terminamos en una tienda comprándole más comida porque Bill dijo que no podía dejarlo con solo un par de galletas.

La despedida en el taxi, la forma en la que lo vi irse, sin saber que ese sería el último momento normal que compartiríamos antes de que todo explotara en mi cara.

Porque me agradaba, al principio ni siquiera me caía bien, no lo conocía, no sabía qué quería de mí ni por qué actuaba como si me conociera de toda la vida. Era frustrante. Me ponía de mal humor.

Pero lo que más me jodía, lo que más me sacaba de quicio, era que todos los demás parecían conocerlo tan bien. Georg, Gustav, mi mamá… Incluso Nataly. Todos hablaban con él como si fuera parte de mi vida, como si siempre hubiera estado ahí, como si fuera alguien importante.

Y lo peor de todo era que nadie me decía nada.

Todos sabían algo que yo no y lo sentía, lo notaba, lo veía en sus miradas, en las conversaciones a medias, en los silencios incómodos, en las malditas indirectas de Georg y Gustav. Lo sabía, sabía que me ocultaban algo.

Pero jamás pensé que fuera esto.

Jamás pensé que sería algo tan grande y ahora todo tenía sentido. Ahora entendía por qué Bill me miraba como si me conociera más de lo que yo me conocía a mí mismo, ahora entendía por qué se veía tan dolido cuando lo trataba como a un desconocido, ahora entendía por qué, cada vez que tenía esos malditos flashbacks, esas imágenes borrosas de alguien a mi lado, alguien riendo, alguien tocándome… Por qué cada vez que tenía esos recuerdos sentía algo en el pecho que no podía explicar.

Siempre había pensado que eran recuerdos de alguna chica.

Siempre había asumido que, antes del accidente, había estado con alguien y que, por alguna razón, mi cerebro estaba tratando de traerla de vuelta.

Pero no.

No era una chica: era Bill. El mismo Bill que tanto me pregunté quién era, el mismo Bill que estuvo ahí, con la mirada llena de dolor mientras yo lo empujaba lejos.

En cierta parte, me acostumbré a él.

Me acostumbré a verlo en los pasillos, a escucharlo, a tenerlo sentado junto a Georg y Gustav en la misma mesa, a su risa, a su mirada. Me acostumbré tanto que, cuando no estaba cerca, lo notaba.

Y ahora… Ahora todo se había jodido.

Apreté los dientes, sintiendo la presión en la mandíbula, sintiendo la rabia, el enojo, la confusión, todo mezclándose en mi cabeza.

No.

No.

Todo esto tenía que desaparecer, todo esto tenía que largarse de mi cabeza porque no iba a permitirlo, no iba a permitir que me afectara, no iba a permitir que…

— Tom… — Peyton habló por primera vez desde que arrancamos el auto, su tono cuidadoso, como si no supiera si debía decir algo o no.

No respondí, seguí viendo la ciudad pasar. Ni siquiera me di cuenta de que ya habíamos llegado al departamento hasta que Peyton apagó el motor y me dio una palmadita en el hombro para sacarme de mi trance. No dije nada, solo bajé del auto y la seguí como si estuviera en piloto automático, sin procesar realmente lo que hacía.

Entramos al edificio y subimos por el ascensor en silencio. Yo me apoyé contra la pared, con la mirada perdida en el suelo, sintiendo todo el peso de mis pensamientos hundiéndose en mi pecho. No podía quitármelos de encima, no podía sacarme a Bill de la cabeza.

Cuando las puertas se abrieron, salí primero y caminé directo al departamento. Apenas entramos, me desplomé en el sillón, tirando la mochila por ahí sin importarme dónde caía. Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos por un segundo.

— ¿Quieres algo de comer? — preguntó Peyton desde la cocina. Abrí la boca para decirle que no, pero entonces lo recordé.

Mierda.

Quería pasar por la casa de mi madre a recoger mis cosas. No se lo dije en el auto porque estaba demasiado metido en mi cabeza.

— Voy a ir a la casa de mi mamá — solté de repente, sin abrir los ojos.

— ¿Ahora?

— Sí, se me olvidó decírtelo en el auto — me enderecé un poco — Solo voy por ropa y lo que necesite.

— Vamos en el auto — dijo de inmediato.

Fruncí el ceño.

— Voy solo.

—Tom, ¿Vas a cargar todas tus cosas caminando? — me miró con una ceja alzada, cruzándose de brazos — No seas necio, vamos en el auto.

Abrí la boca para discutir, pero lo pensé mejor; no tenía ganas de cargar un montón de bolsas como un idiota.

— Está bien — cedí, suspirando.

— Bien, vamos — me puse de pie.  Pero antes de salir, fui a la cocina y saqué un vaso, llenándolo con agua. Me lo bebí de un solo trago, como si eso fuera a calmar la sequedad de mi garganta, pero no lo hizo. Algo seguía atascado ahí.

Lo ignoré.

Peyton tomó sus llaves y yo solo la seguí hasta el ascensor de nuevo, sin decir una palabra.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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