
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 23: Bad decisions
El vacío en mi pecho no desapareció al despertar, seguía ahí.
Un puto agujero negro tragándome entero, recordándome todo lo que había pasado ayer, incluso trate de mentirme diciendo que todo fue una mala pesadilla, pero no, todo era real porque al despertar, estaba en la habitación de Peyton. Todo era real, no podia mentirme.
El sonido insistente de mi celular me sacó de mis pensamientos. Mire la pantalla iluminada con miles de llamadas perdidas desde ayer. Mi madre, Gustav, Georg y por supuesto; Bill.
No… No quería escucharlos. Tomé el teléfono y lo apagué sin pensarlo dos veces.
Que se jodan, que se jodan todos.
Cerré los ojos y suspiré, tratando de calmarme, pero fue entonces cuando algo más golpeó mi cabeza como un maldito ladrillo.
La borrachera… Peyton.
Giré lentamente la cabeza y ahí estaba ella, aún dormida a mi lado, con su cabello revuelto sobre la almohada y la sábana cubriéndole hasta la cintura. No sabía cómo carajos había terminado aquí. O bueno, sí sabía. Solo que no quería pensar en eso.
Mi estómago se revolvió.
Pasé una mano por mi rostro, sintiendo la resaca golpearme junto con una jodida confusión que no me dejaba respirar.
Mierda.
No recordaba todo con claridad, pero estaba seguro de que había pasado; me acosté con ella.
Me cubrí los ojos con el antebrazo y solté un suspiro largo. No sabía qué mierda sentir al respecto, ni siquiera sabía qué carajo estaba haciendo con mi vida en este punto.
Solo sabía que nada tenía sentido…
Y ahora estaba aquí acostado, mirando el techo, tratando de juntar los pedazos de mi mente, cuando sentí que Peyton se movía a mi lado. De repente, su cabeza estaba en mi pecho, como si todo estuviera bien, como si esto fuera normal.
— Lo de ayer fue un error — murmuré sin rodeos. Mi voz sonó rasposa, como si me hubiera tragado arena — No debió haber pasado. Estaba borracho — y era verdad, no debió haber pasado, estaba borracho, vulnerable y con la cabeza jodida, solo habia sido sexo, ¿No? Nada más. Así que trate de apartarla pero en lugar de alejarse, levantó la cabeza y me miró con una sonrisa.
— No, Tom — susurró, con una dulzura que me hizo rechinar los dientes — Pasó. No puedes cambiarlo — si, no podía cambiarlo… — Además — continuó ella, con un tono más meloso — Me gustas mucho, Tom. De verdad. Y anoche… — su sonrisa se hizo más grande — Anoche fuiste increíble.
No respondí. No porque no tuviera nada que decir, sino porque no sabía cómo carajos responder a eso.
Hubo un silencio incómodo.
Luego, Peyton suspiró suavemente y se apartó de la cama.
— Voy a hacerte el desayuno — anunció, como si nada. La vi levantarse y agarrar mi polera del suelo. Se la puso, y la maldita le quedaba enorme, apenas cubriéndole hasta las rodillas.
No dije nada, solo la vi.
Permanecí acostado un rato más, mirando el techo, dejando que el silencio se estirara hasta que se volvió insoportable. Finalmente, solté un largo suspiro y me obligué a moverme. Me senté en la cama, pasándome las manos por la cara en un intento de despejarme, pero fue inútil. Todo en mi cuerpo gritaba agotamiento.
Me puse los pantalones sin mucho apuro. Como Peyton tenía mi polera, me quedé con el torso al descubierto. Caminé hasta el espejo de la habitación y me miré.
Jodido desastre.
Mi reflejo no me devolvió nada nuevo: ojos hinchados, piel pálida y el cabello desordenado como si hubiera pasado por una tormenta. Respiré hondo, como si eso pudiera hacerme sentir menos mierda, pero no funcionó.
Agaché la vista y vi mi bandana tirada en el suelo. Me agaché para recogerla y volví al espejo. Lentamente, la até sobre mi frente, asegurándome de que quedara firme. Luego pasé las manos por mi cabello, tratando de acomodarlo, aunque era un esfuerzo inútil.
No importaba cuánto intentara arreglar mi apariencia. Lo que estaba roto dentro de mí no se iba a acomodar tan fácil.
Me obligué a salir de la habitación, arrastrando los pies hasta la sala. El olor a café recién hecho llenaba el aire, y mi estómago gruñó en respuesta. No me había dado cuenta de lo jodidamente hambriento que estaba hasta que vi la taza que Peyton me extendía.
— Aquí tienes — dijo con una sonrisa, como si esto fuera lo más normal del mundo. Como si yo no me estuviera cayendo a pedazos.
Agarré la taza sin decir nada y me dejé caer en la mesa. El calor del café me reconfortó un poco, pero no lo suficiente como para calmar la tormenta en mi cabeza. Mientras le daba un sorbo, ella desapareció en la cocina y volvió con un sartén y un plato con huevos revueltos y me lo puso en frente.
No me molesté en hablar. Agarré el tenedor y comí en silencio, concentrado solo en masticar y tragar. Lo necesitaba. Algo que me distrajera, algo que no me hiciera pensar en nada más.
El silencio se alargó hasta que Peyton se sentó frente a mí con su propio desayuno. Me miró con esa expresión que ya conocía demasiado bien, como si estuviera analizando cada maldita reacción mía antes de soltar la bomba.
— ¿Vas a ir a la universidad hoy? — levanté la vista lentamente, mirándola como si hubiera dicho la estupidez más grande del mundo.
— ¿Hablas en serio? — solté, dejando el tenedor en el plato con más fuerza de la necesaria. Ella ladeó la cabeza con una pequeña sonrisa.
— Bueno, tenía que preguntar.
Bufé.
— Obvio que no voy a ir — dije con fastidio — Seguro que Georg, Gustav o Bill están por ahí, y no tengo ganas de verles la jodida cara.
— Lo entiendo — dijo ella, encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa — Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. ¿En verdad quería eso? ¿Quedarme aquí?
Pensé en mi casa, en mi madre llamándome, en el asco que me daba todo. Pensé en la universidad, en el hecho de que no solo tendría que ver a los demás, sino que me enfrentarían con más preguntas que no quería responder.
Solté un suspiro pesado.
— Está bien —dije finalmente, este lugar era lo mejor que tenía ahora — Me quedo.
— Estás en tu casa, no te preocupes — si claro, mi casa… — Yo iré a la universidad, hoy tengo un examen importante y no puedo faltar.
— Entiendo — estaría aquí solo.
— Bien ehh… Iré a cambiarme, tú sigue desayunando Tom.
Una vez que Peyton se fue, decidí darme una ducha, tal vez eso me relajaría más.
Claro que no.
Seguía igual.
Tal vez ver la televisión me distraiga ¿No?
Tampoco.
Cada vez que intentaba borrarlo, me venía a la mente con un flash repetitivo. Cada minuto, cada segundo. Esto era más mierda de lo que imaginé. No podía simplemente quedarme aquí como un idiota dejando que la rabia, tristeza y miles de preguntas me coman el cerebro, necesitaba salir, pero, ¿A donde ir?
Bah, no importaba.
Me levanté del sofá y agarre mi chaqueta mientras caminaba hacia la puerta, la abrí y sali de ahí.
Ayer fue un día radiante, con sol y nubes dispersas. Pero hoy, el cielo parecía reflejar mi estado de ánimo: gris y amenazante, como si las nubes estuvieran cargadas de lágrimas.
Seguí caminando sin rumbo, mis pies llevándome por instinto mientras mi mente estaba en otro lugar. Miraba al suelo, perdido en mis pensamientos, y casi no me di cuenta de que un coche había frenado bruscamente a mi lado. El conductor me lanzó una mirada furiosa y me soltó una infinidad de insultos que, honestamente, merecía. Me limité a suspirar y seguir caminando, sin siquiera mirar hacia atrás.
Después de un rato, mis pies me llevaron de nuevo a esos jardines. Era el mismo lugar al que había ido antes, rodeado de árboles altos y una fuente que borboteaba suavemente. Me detuve en seco, mirando a mi alrededor con una mezcla de confusión y frustración.
— Malditas piernas — murmuré para mí mismo — ¿Por qué me trajeron aquí de nuevo?
Ahora, esa risa que me había venido a la mente la primera vez que habia venido aquí cuando no sabía una mierda ahora tenía sentido
Bill…
Antes no podía ver la cara de esa persona, como todo en mis recuerdos, pero ahora sabía quién era.
Esa conexión… Bill.
Esa sensación de vacío… Bill.
Esa pieza importante del rompecabezas que me faltaba… Bill
Esa persona que se suponía que le daria sentido a todo lo demás… Bill.
Esos blashbacks ahora tenían sentido.
Me quedé ahí, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el parque frente a mí. Era el mismo lugar, el mismo maldito lugar donde me senté hace tiempo sin saber nada. Antes, no tenía ni puta idea de lo que me faltaba, de lo que se suponía que debía recordar. Ahora lo sabía.
Y aún así… El vacío seguía ahí, solo que diferente.
Respiré hondo y cerré los ojos por un momento, dejando que el aire frío llenara mis pulmones. Quería apagar mi mente, dejar de pensar, pero el jodido destino parecía tener otros planes. Porque, de repente, ya no estaba solo en ese banco.
Las risas resonaron en mi cabeza primero, ligeras y despreocupadas. Luego, las imágenes llegaron como una ola golpeándome de lleno.
Bill estaba ahí, frente a mí.
Pude ver su sonrisa, esa sonrisa que ahora entendía que había sido mía. Sus ojos brillaban con algo que en ese momento no supe interpretar, pero que ahora… Joder, ahora era evidente.
Era felicidad, era amor.
Yo estaba ahí, junto a él, con una expresión que solo ahora puedo reconocer como pura adoración. Como si, en ese momento, Bill hubiera sido todo para mí.
— No hagas trampa, Kaulitz — su voz sonó en mi cabeza, clara como el maldito agua.
— ¿Yo? ¿Trampa? Por favor, Trümper, no me hagas reír — respondí en ese recuerdo, con una sonrisa de lado.
Y de repente, ¡Pum! El recuerdo se hizo más fuerte, más real, como si estuviera reviviéndolo en tiempo real. Bill me golpeó el hombro con suavidad, fingiendo estar indignado, pero su risa lo delató. Yo me burlé, como siempre lo hacía, y él se cruzó de brazos, intentando no sonreír.
— Eres un tramposo, Tom.
— Y tú eres un mal perdedor — le respondí, sintiendo la calidez en mi pecho, esa misma calidez que ahora me quemaba.
Ese recuerdo… Esa sensación…
Y ahora, estaba aquí, con el presente y el pasado mezclándose en mi mente.
Me levanté de golpe del banco, sintiendo una rabia jodida arder en mi pecho.
Que se joda, que se joda todo.
Mi corazón gritaba una cosa, pero mi mente otra completamente diferente. ¿A quién debía escuchar? ¿Al maldito sentimiento de nostalgia que me oprimía el pecho, o a la realidad que me golpeaba en la cara recordándome que todos me habían mentido?
Solté un resoplido frustrado y me puse la capucha de mi sudadera, metiendo las manos en los bolsillos mientras comenzaba a caminar sin rumbo fijo. Las calles pasaban borrosas a mi alrededor, pero no me importaba. Solo necesitaba alejarme, despejar mi cabeza, aunque sabía que eso era imposible en este punto.
Después de unos minutos, mis ojos se encontraron con un café.
Ese café.
El mismo en el que había pasado antes sin recordar nada, sin saber que alguna vez había estado ahí con alguien. Pero ahora lo sabía, ahora todo era claro como el agua.
Había estado ahí con Bill.
Mi mandíbula se tensó, mis manos se hicieron puños dentro de los bolsillos. Aparté la mirada y seguí de largo, como si ignorarlo pudiera hacer que el peso en mi pecho desapareciera.
Caminé sin fijarme en el tiempo, dejando que mis pies me llevaran sin un destino en mente. Podrían haber pasado diez, quince, veinte minutos, no lo sabía ni me importaba. El bullicio de la ciudad se fue apagando poco a poco, hasta que el sonido del tráfico y las voces fue reemplazado por algo completamente diferente.
El sonido de las olas.
Fruncí el ceño y levanté la vista.
Estaba en la playa, no tenía idea de cómo había terminado ahí, pero tampoco era como si importara. Me acerqué hasta la orilla, sintiendo el viento salado golpearme la cara, revolviendo mis trenzas. Me quedé ahí, viendo las olas romper contra la arena, escuchando ese sonido hipnótico.
Me acerqué más a la orilla, sintiendo la arena ceder bajo mis zapatillas. No había mucha gente en la playa, lo cual estaba bien. No tenía ganas de ver a nadie, solo quería estar con mi puto desastre mental.
Más adelante, vi una pequeña estructura de madera con mesas y hamacas colgando, vacías. Me acerqué sin pensarlo demasiado y me dejé caer en una de las bancas. Desde ahí, tenía una vista perfecta del mar, de las olas rompiendo suavemente contra la arena.
Solté un suspiro, apoyando los antebrazos en mis piernas y entrelazando las manos.
Hice bien, hice bien en no escucharlos.
Si realmente me querían explicar algo, ¿Por qué mierda no lo hicieron antes? Si Ethan no lo hubiera dicho públicamente seguiría en esa burbuja.
Pero entonces, como una maldita broma de mi propia cabeza, el pensamiento contrario llegó.
¿Y si la cagué alejándome? ¿Y si de verdad me hubiera detenido a escucharlos cuando me gritaron que parará?
Chasqueé la lengua, frustrado.
Los humanos somos tan jodidamente contradictorios. Primero decimos que no, luego nos preguntamos qué habría pasado si hubiéramos dicho que sí. Nos convencemos de que tomamos la mejor decisión, pero en el fondo, la duda sigue ahí, jodiéndonos.
Me quedé ahí, mirando el mar sin realmente verlo, dejando que el viento hiciera lo suyo con mi cabello. Había algo hipnótico en las olas rompiendo contra la orilla, en ese sonido repetitivo.
Saqué un cigarro del bolsillo de mi chaqueta y lo encendí, llevándolo a mis labios con una lentitud mecánica. Inhalé profundo, sintiendo cómo el humo quemaba un poco mi garganta antes de exhalarlo en una larga bocanada.
No tenía ni puta idea de qué iba a hacer.
Volver a la universidad no era opción. No después de todo el drama de ayer. Volver a casa… Tampoco.
¿Y si simplemente me quedaba aquí todo el día?
Era tentador.
Apreté los labios y solté un suspiro, dándole otra calada al cigarro.
Podía sentir el cansancio metido en mis huesos, pero no era solo físico, era mental, emocional. Como si estuviera cargando con demasiadas cosas encima y mi cuerpo me estuviera pidiendo a gritos que parara.
Pero ¿Cómo cojones se supone que haga eso?
Volteé la cabeza un poco, observando el lugar y luego las hamacas. Pensé en tumbarme en una, solo para ver si lograba dormirme un rato, pero la idea de quedarme aquí expuesto me incomodaba.
Tiré la colilla del cigarro al suelo y la apagué con la suela del zapato.
Salí de la playa con la capucha puesta, metiendo las manos en los bolsillos mientras caminaba sin rumbo. Mi mente seguía hecha un desastre, pero el hambre empezaba a ganarle la batalla a mi orgullo.
Metí la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón, buscando algo. Pero cuando no sentí nada de lo vacía que estaba, solté un suspiro frustrado.
— Joder… — murmuré.
Me lo había gastado todo la noche anterior. Whisky, cigarrillos y quién sabe qué más. En ese momento me pareció buena idea, porque quería callar los pensamientos en mi cabeza, pero ahora… Ahora me estaba maldiciendo a mí mismo.
No tenía dinero para comer algo decente en algún restaurante, así que la única opción era volver al departamento de Peyton y ver qué podía hacer con lo que hubiera ahí.
Tomé un camino diferente al que había usado antes, esquivando calles que me resultaban familiares. No quería volver a pasar por el café donde todo me recordaba a Bill.
Después de unos quince o veinte minutos caminando, llegué al edificio. Subí en el ascensor, sintiéndome más cansado de lo que debería, y cuando estuve frente a la puerta, saqué la llave que Peyton me había dado.
Entré al departamento y dejé caer las llaves en la mesa. Todo estaba igual que antes, silencioso y perfectamente ordenado. Caminé directo a la cocina, con la única idea en mente de encontrar algo que pudiera comer.
Abrí una caja con la esperanza de encontrar algo que pudiera calmar el maldito agujero en mi estómago, pero lo único que vi fueron unas cuantas botellas de agua y un par de recipientes con comida que no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban ahí.
— Genial… — murmuré, cerrandola de golpe.
Fui a los armarios y empecé a abrirlos uno por uno, esperando encontrar algo que no requiriera demasiada habilidad para cocinar. Había paquetes de pasta, arroz, latas de atún, algo de pan… Nada que me resolviera el problema de inmediato.
Suspiré y me apoyé contra la encimera, cruzándome de brazos.
Miré de nuevo los estantes, pensativo.
— Bueno, ¿Qué tan difícil puede ser hacer pasta? — murmuré para mí mismo.
Saqué el paquete y me quedé mirándolo buscando instrucciones. Hervir agua, añadir sal, cocinar por diez minutos.
— Pan comido — dije con confianza.
Puse una olla grande en la estufa y la llené con agua. Mientras esperaba a que hirviera, abrí el refrigerador para ver qué podía acompañar con la pasta. Había algunas verduras, queso y… Carne.
— Perfecto.
Saqué la carne y la dejé en la encimera. Luego, agarré una sartén y la puse en otro quemador, encendiendo el fuego. Todo iba bien, hasta que me di cuenta de que no tenía idea de cómo se cocinaba una maldita salsa.
Revisé en los estantes hasta que encontré una lata de tomate triturado.
— Esto servirá — mire la fecha y me di cuenta que vencia en seis meses, también tenía instrucciones así que haria el trabajo más fácil ¿No?
Abrí la lata y la eché directo en la sartén caliente sin pensar demasiado. El aceite comenzó a chisporrotear y tuve que dar un paso atrás cuando algunas gotas saltaron hacia mí.
— ¡Mierda! — tomé una cuchara y removí la mezcla, esperando que no se quemara. Mientras tanto, la olla de agua empezó a hervir y recordé que tenía que echar la pasta. Agarré el paquete y lo vertí todo de golpe.
El problema llegó cuando intenté cocinar la carne. La puse en una sartén con un poco de aceite, pero cuando fui a darle la vuelta, me di cuenta de que se estaba pegando horriblemente.
— ¿En serio? — bufé, intentando despegarla con una espátula.
En ese momento, la salsa empezó a burbujear demasiado, amenazando con salirse de la sartén. Corrí a bajar el fuego, pero al hacerlo, sin querer moví la olla de pasta y un poco de agua hirviendo se derramó en la estufa.
— ¡Joder! — era un completo caos. La carne pegándose, la salsa derramándose y la pasta empezando a pegarse entre sí porque no la había removido ni una sola vez.
Me llevé una mano a la cabeza y solté un suspiro. ¿Cómo algo tan sencillo se había vuelto un desastre?
Agarré la espátula y traté de despegar la carne de la sartén, pero parecía que se había fusionado con el metal.
— ¡No puede ser! — gruñí, forzándola con más ganas dejando rayaduras.
Al final logré despegarla… Junto con una capa negra y carbonizada que definitivamente no se veía apetecible.
— Bueno, esto es proteína… Supongo — volví a la pasta y la removí con un tenedor, pero algunas partes ya estaban demasiado blandas y otras seguían duras.
— Genial. Pasta mal cocida, carne chamuscada y una salsa que parece lava. Todo un chef con estrella Michelin.
Aun así, no iba a rendirme. Apagué la estufa y decidí que tenía que comerlo sí o sí, porque no tenía otra opción. Agarré un plato y empecé a servir.
Primero la pasta, que salió en un bloque medio pegajoso. Luego la salsa, que estaba demasiado líquida porque le había echado agua para que no se pegara. Y por último, la carne, que más que jugosa parecía un pedazo de carbón.
Me senté en la mesa y miré mi obra culinaria tragando saliva.
— Bueno… La intención es lo que cuenta — tomé el tenedor y pinché un poco de pasta con salsa. Me la llevé a la boca y… No estaba tan mal, pero tampoco era algo para presumir. Luego intenté un pedazo de carne.
Mordí y el crujido fue tan fuerte que casi pensé que me había roto un diente.
— ¡Dios, qué mierda es esta! — me tapé la boca y tragué como pude. Nunca en mi vida había probado algo tan seco y duro.
Dejé los cubiertos y me eché hacia atrás en la silla, soltando un suspiro.
— Definitivamente, necesito aprender a cocinar — miré el desastre en la cocina y pensé en que todavía tenía que limpiar todo. O mejor aún… necesito dinero para pagar comida ya hecha.
Terminé la pasta, dejando la carne olvidada a un lado del plato. No iba a torturarme más con eso.
No estuvo tan malo… Si ignoramos que la pasta estaba medio aguada y la salsa sabía más a tomate crudo que a otra cosa.
Suspiré y miré la cocina. La sartén con la carne quemada seguía ahí, la olla tenía restos de pasta pegados al fondo, y la encimera estaba llena de gotas de salsa y agua.
— Si dejo esto así, Peyton me va a matar — me puse de pie, llevé los platos al fregadero y abrí el grifo, dejando correr el agua caliente sobre los trastos. Agarré la esponja y comencé a frotar con fuerza la sartén, que parecía una pieza de carbón en lugar de un utensilio de cocina.
¿Cómo demonios la gente hace esto todos los días sin quemar la casa?
Me tomó un buen rato dejar todo más o menos decente. Limpié la encimera, enjuagué el fregadero y me aseguré de que no quedara evidencia de mi intento fallido de chef.
Cuando terminé, me apoyé contra la mesa, soltando un suspiro.
Bueno… Al menos no incendié nada. Pequeña victoria.
Me quedé ahí unos segundos, sintiendo el cansancio acumulado del día. No solo por cocinar, sino por todo lo que había pasado. Todo el maldito día había sido una montaña rusa.
Sacudí la cabeza.
— Lo que sea… Un problema a la vez.
Y con eso, me fui a tirar al sofá, dejando que el agotamiento hiciera lo suyo.
&
Me desperté sintiendo algo cálido sobre mí.
Parpadeé un par de veces, tratando de enfocar la vista. El sofá. Me quedé dormido en el sofá.
Me incorporé un poco, sintiendo la tela suave de una manta sobre mi cuerpo. Fruncí el ceño, confundido. ¿Manta? No recordaba haberme tapado con nada.
Justo cuando intentaba entender qué pasaba, un sonido me sacó de mis pensamientos. Algo se movía en la cocina.
Me froté la cara, entrecerrando los ojos cuando la luz artificial me golpeó. Tardé un poco en adaptarme. Miré hacia la gran ventana de la sala. Era de noche, no solo tarde… Bien de noche.
Me giré hacia la cocina y ahí estaba Peyton, moviéndose de un lado a otro mientras cocinaba.
Me quedé viéndola sin decir nada. Aún estaba procesando el hecho de que me había quedado dormido como un anciano en el sofá y que, de alguna manera, tenía una manta encima.
Ella se dio cuenta de que me había despertado y sonrió.
— En hora buena, dormilón. Ya casi está la cena.
Solté un resoplido, pasándome una mano por el cabello.
— ¿Qué hora es?
—Las ocho.
— Mierda… — murmuré.
— Llegué hace una hora — dijo mientras removía algo en una sartén — Te vi dormido y no quise despertarte. Se notaba que lo necesitabas, así que te cubrí con la manta y me puse a cocinar. Supuse que tendrías hambre cuando despertaras.
Me quedé en silencio un momento, mirando la cocina. El olor a comida era fuerte, mucho mejor que lo que había cocinado yo antes.
Me pasé una mano por la cara y solté un suspiro.
— Bueno… eso es inesperadamente amable de tu parte.
— Alguien tiene que asegurarse de que no te mueras de hambre.
No dije nada, pero me levanté, caminando lentamente hacia la cocina. Si iba a seguir dependiendo de Peyton para comer, lo mínimo que podía hacer era ver qué diablos estaba preparando.
Me acerqué a la cocina, aún con la cabeza medio nublada por el sueño, y me apoyé en la encimera. Ella seguía moviéndose con confianza entre la estufa y la encimera.
Cuando me incliné un poco para ver mejor, fruncí el ceño.
— ¿Qué es eso?
— Hamburguesas.
— ¿Hamburguesas?
— Sí, Tom, hamburguesas. Pan, carne, queso, ya sabes — me rasqué la nuca, observando cómo ponía unas rebanadas de queso sobre la carne caliente para que se derritieran. El olor era jodidamente bueno.
— Bueno, esto es inesperado — murmuré, echándole otro vistazo a la cocina. Había papas fritas en una bandeja, pan tostándose en una sartén y un par de platos listos en la encimera — La verdad, te agradezco — dije, sentándome en una de las sillas — Intenté cocinar en la tarde, pero fue un desastre total.
— ¿Qué hiciste?
— Quise hacer algo rápido y fácil. Pensé que pasta con salsa de tomate era una buena idea, pero de alguna forma terminé con un sartén lleno de carbón y mi salsa sabía horrible.
— ¿Cómo sigues vivo, Tom?
— Magia.
Rodó los ojos y terminó de armar las hamburguesas, luego puso un plato frente a mí con una de ellas y un montón de papas fritas.
— Anda, come antes de que te mueras de hambre.
Bufé, pero no me hice del rogar. Agarré la hamburguesa y le di un buen bocado.
Joder.
— Okey, esto está bueno — admití con la boca medio llena.
Peyton sonrió con satisfacción mientras se sentaba con su propia comida.
— Sabía que te gustaría.
Seguimos comiendo en silencio por un rato. Solo se escuchaban los sonidos de los cubiertos y el crujir de las papas. Después de terminar de comer, me quedé en la mesa, dándole vueltas a mi teléfono sin realmente prestarle atención. No tenía sueño, pero tampoco ganas de hacer nada más.
Peyton recogió los platos y los dejó en el fregadero, mirándome de reojo antes de estirarse con flojera.
— Creo que me voy a dormir — dijo con un tono relajado. Asentí sin más, sin intención de moverme — Puedes venir conmigo si quieres — agregó casualmente.
Le lancé una mirada rápida, levantando una ceja.
— No tengo sueño.
Ella sonrió de lado, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados.
— No tienes que dormir — suspiré y me pasé una mano por la cara — Lo de ayer… pasó. Ya — su tono era tranquilo, como si estuviera explicando algo obvio.
No dije nada. Me quedé callado, sin saber si quería responder o no.
— ¿Y qué? — solté al final, sin mirarla.
— ¿Y qué? — repitió ella con una pequeña risa — ¿No te gustó?
— No es eso.
— Entonces… — se acercó un poco más, inclinándose ligeramente hacia mí — ¿Por qué actuar como si fuera un problema? — porque lo era, tal vez — Tom — continuó ella en un tono más suave — Nos gustamos. No hay nada malo en eso.
Aparté la mirada, fingiendo que mi teléfono era mucho más interesante de lo que realmente era.
— No quiero pensar en eso ahora, tengo suficiente con la mierda de ayer, Georg, Gustav, Bill y el idiota de Ethan.
— Pero es algo que está ahí. No puedes ignorarlo — solté un resoplido y me recargué en la silla, sintiendo que mi cabeza pesaba más de lo normal — Además — continuó ella, acercándose un poco más — Tarde o temprano tendrás que volver a la universidad y los vas a ver.
Me quedé en silencio. Las palabras de Peyton daban vueltas en mi cabeza, una y otra vez. Volver a la universidad era inevitable. Si no lo hacía pronto, me darían de baja y no estaba dispuesto a perderlo todo por esa mierda.
Pero si volvía…
Tendría que verles la cara a Georg y Gustav, y mucho peor, a Bill.
No quería.
No quería lidiar con sus explicaciones, con su lástima, con la culpa en sus ojos cuando me miraran. No quería escuchar a Bill intentar justificarse o ver a Georg y Gustav detrás mío.
Y, sobre todo, no quería que nadie pensara que Ethan tenía razón.
Que Bill y yo…
Negué con la cabeza, sintiendo la frustración crecer en mi pecho.
La humillación de ayer todavía ardía. Ethan se había asegurado de que todos supieran la verdad. Las fotos en los casilleros, las miradas, los murmullos…
No.
No iba a darles el gusto de verme quebrado.
Ahora, pensándolo mejor… si estaba con Peyton… Si todos me veían con ella, si le dejaba claro a todo el mundo que me gustaba, que estábamos juntos, entonces nadie tendría razones para seguir con esa estúpida historia.
Y Bill…
Si estaba con Peyton, Bill no tendría motivos para hablarme.
No tendría razones para buscarme, para tratar de arreglar lo que fuera que había entre nosotros.
Era lo mejor.
Peyton aún me miraba, esperando.
Tragué saliva y levanté la vista hacia ella.
— No puedo cambiar lo que pasó anoche — dije al final, retomando ese tema de nuevo.
Peyton no respondió de inmediato, pero la manera en que me miraba mostraba que estaba analizando cada una de mis palabras.
— Pasó por algo — continué — Porque me gustas.
Las palabras salieron con más facilidad de la que esperaba.
Peyton ladeó la cabeza, con una pequeña sonrisa en los labios.
— ¿De verdad?
— Sí.
No podía dar marcha atrás ahora.
No quería.
No quería pensar en Bill, en Georg, en Gustav. No quería recordar sus caras ni lo que sentí cuando vi esas fotos. Lo único que importaba era que estaba con Peyton ahora.
— Me gustas, Peyton — repetí, más seguro esta vez.
Ella se quedó en silencio por un momento más antes de acercarse, rozando su nariz con la mía.
— Entonces… ¿Qué significa esto?
Tomé aire. No lo dudé.
— Sé mi novia.
— ¿Eso es una petición o una orden?
— Como quieras verlo.
Ella soltó una risa baja antes de envolver mis brazos con los suyos.
— Me gusta cómo suena.
Y sin decir nada más, sus labios encontraron los míos. Peyton era linda, no iba a negar eso. Tenía un buen cuerpo, sabía cómo moverse, cómo mirarme con esa mezcla de dulzura y deseo que haría caer a cualquiera. Pero fuera de eso… Ya está.
No sentía esa urgencia por verla, no pensaba en ella cuando no estaba cerca, no me nacía buscarla. Me gustaba porque tenía que gustarme, porque era la opción más lógica en este desastre.
No podía permitirme dudar. No después de lo que Ethan había hecho, no después de la humillación pública.
No era amor, ni siquiera estaba seguro de que fuera atracción real. Era necesidad, orgullo herido, una forma de demostrar que no me importaba todo lo que había descubierto.
Continúa…
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