Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 22: Lies of the past

Tom tenía apenas 11 años cuando su mundo enteró empezó a derrumbarse. Esa noche, lo despertaron los gritos. Al principio creyó que eran parte de algún sueño extraño, pero no; las voces eran demasiado reales. Con el corazón acelerado, salió de la cama, bajó las escaleras en puntillas y se ocultó detrás de la pared que daba a la sala. Desde ahí, veía a sus padres discutiendo.

Simone estaba de pie, con los brazos cruzados y las lágrimas marcando caminos en sus mejillas, mientras Jörg, con una expresión fría y dura, apenas parecía afectado.

—¡Dime la verdad, Jörg! — exigió, su voz temblando, pero sin perder la fuerza — ¡No me hagas parecer una loca! ¡Sé que estuviste con esa mujer otra vez! ¡Admite que me engañaste!

Tom frunció el ceño. ¿»Otra vez»? ¿De qué hablaba su madre?

Jörg suspiró con cansancio.

— ¿De verdad tienes que hacer esto a estas horas, Simone? — respondió con frialdad — ¿No puedes dejarlo pasar?

— ¡No puedo dejarlo pasar! — gritó ella — ¡No cuando estás destruyendo nuestra familia!

Tom sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

¿Familia destruida?

No entendía qué estaba pasando, pero algo en sus entrañas le decía que todo estaba a punto de romperse.

— ¡Nuestra familia! — se burló Jörg con una risa amarga — Deja de romantizar todo esto. Hace años que esto no funciona.

— ¡Porque tú te encargaste de que no funcione! — Simone lo señaló con el dedo tembloroso — ¡Tú fuiste quien metió a otra mujer en nuestra vida, quien traicionó todo lo que construimos!

Otra mujer.

Traición.

Las palabras flotaban en la mente de Tom, pero no tenían sentido.

Su papá no haría algo así. No podía.

— ¿Sabes qué? Sí, estuve con ella. ¿Eso es lo que quieres escuchar? — admitió finalmente Jörg con una brutalidad que hizo que Simone retrocediera, como si le hubieran dado una bofetada.

El estómago de Tom se apretó con fuerza.

No.

No, su papá no podía haber dicho eso.

Seguro lo había entendido mal o su papá estaba mintiendo. Sí, seguro era eso.

— ¡Eres despreciable! — gritó Simone, con la voz quebrada — ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! ¡¿Cómo pudiste hacerle esto a Tom?!

— ¿A Tom? — repitió Jörg con desdén — No mezcles a Tom en esto. Él no tiene por qué enterarse de nada.

— ¡No me digas que no lo mezcle! — respondió Simone, su tono más alto y desesperado — ¡Él tiene derecho a saber que su padre es un maldito mentiroso y un traidor!

— ¡Cállate, Simone! — gritó Jörg, perdiendo finalmente la paciencia — ¡No soy un traidor! ¡Eres tú la que nunca supo cómo ser una buena esposa! ¡Siempre criticando, siempre exigiendo! ¡Tal vez si hubieras sido un poco menos amargada, no habría tenido que buscar a alguien más!

Simone jadeó, sus palabras le quitaron el aire.

— ¿Eso es lo que piensas de mí? — murmuró, con la voz rota — ¿Que soy una mujer amargada? ¿Que merezco que me hayas hecho esto?

— No lo dije por mal, pero si insistes en dramatizarlo… — Jörg se encogió de hombros, desinteresado.

El corazón de Tom latía con fuerza.

Ya lo sabía.

Lo había escuchado todo pero no quería saberlo, no quería entenderlo. Su papá no haría algo así, él no era así.

— ¡Eres un monstruo! — lo señaló, su cuerpo temblando de pura rabia — ¡Nunca pensé que fueras capaz de algo así! ¡Yo confié en ti! ¡Tom confió en ti!

Tom sintió que el pecho le ardía.

No.

No.

No.

Cerró los ojos con fuerza y se tapó los oídos con las manos, como si eso pudiera borrar lo que acababa de escuchar.

No podía ser cierto.

Su papá siempre le había dicho que los hombres de verdad eran leales. Que las promesas eran sagradas, que nunca se debía traicionar a la familia.

No podía ser cierto. No podía…

Temblando, giró sobre sus talones y subió las escaleras lo más rápido que pudo.

Se encerró en su habitación, asegurándose de girar la llave y se dejó caer al suelo.

No estaba llorando.

No podía llorar porque eso haría que todo fuera real, así que se abrazó a sí mismo, con la mente revuelta y el estómago hecho un nudo.

Era mentira, tenía que ser mentira, su papá no era así, su papá era bueno.

Era su héroe.

Cerró los ojos y trató de recordar todas las veces que su padre lo había abrazado, las veces que le había prometido que siempre estarían juntos, que nada los separaría.

Los recuerdos se sentían distantes; borrosos y algo dentro de él se quebró un poco. Pero no quiso verlo, no quiso aceptarlo.

Así que se quedó en el suelo, con el corazón latiendo demasiado rápido y el miedo trepando por su garganta. Tal vez, si se quedaba ahí lo suficiente, todo desaparecería. Tal vez, cuando despertara, nada de esto habría pasado.

Pero no era así. 

Pasaron dos meses. Luego tres. Y Jörg nunca volvió después de esa noche.

La casa se sentía vacía sin él, pero no era solo su ausencia lo que lo hacía todo peor… Era el silencio, el silencio de su madre, que apenas hablaba, que se encerraba en su cuarto por horas.

El silencio de Nataly, que no entendía nada, pero que cada noche llamaba a su padre entre balbuceos.

El silencio de Tom, que ya no sabía que pensar.

La escuela dejó de importarle. Sus calificaciones bajaron, sus tareas se acumulaban sin tocar, no veía el punto de hacerlas. Se metió en problemas más de una vez, ya fuera por contestarle mal a un maestro o por empujar a algún compañero que le preguntaba por qué su papá ya no lo recogía. Pero nada de eso importaba.

Nada importaba.

Y entonces, el día de la audiencia llegó.

Tom no entendía del todo cómo funcionaban esas cosas. Sabía que sus padres se estaban divorciando, que todo lo que alguna vez había sido su familia estaba desmoronándose, pero no entendía qué significaba estar en esa sala con el juez mirándolo como si él tuviera que tomar una decisión.

Nataly estaba en brazos de Simone, jugando con el dobladillo de su blusa, completamente ajena a todo. Jörg estaba al otro lado de la sala, serio e inexpresivo. No se había molestado en mirarlo ni una sola vez.

Tom sintió el mismo nudo en la garganta que lo había estado asfixiando durante meses.

— Tom — habló el juez, con un tono amable que no sirvió de nada — ¿Quieres decirnos algo?

Tom no respondió.

— ¿Quieres vivir con tu mamá o con tu papá?

La pregunta golpeó más fuerte de lo que esperaba ¿Por qué tenía que elegir? ¿Por qué tenía que decidir algo que él no rompió?

— Sé que esto es difícil, pero solo queremos saber cómo te sientes.

Cómo se sentía.

Tom bajó la mirada, sus manos se apretaron en sus rodillas. ¿Cómo se sentía?

Se sentía roto.

Se sentía solo.

Se sentía como un niño que solo quería que su papá lo mirara y le dijera que todo iba a estar bien, pero no iba a pasar, nada iba a estar bien. Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso, silenciosas y desesperadas.

El juez esperó su respuesta mientras Simone le acariciaba la espalda con ternura.

Pero Tom solo lloró.

Lloró porque no podía responder, lloró porque ninguna respuesta iba a devolverle su familia.

— Tom, ¿Te sientes más cómodo viviendo con tu madre?

No respondió. Seguía mirando sus manos, sintiendo su pecho pesado y su respiración entrecortada.

— Tu mamá y tu papá te aman mucho, pero necesitamos saber qué es mejor para ti y tu hermana.

Su hermana.

Tom levantó la mirada hacia Nataly, que seguía jugando con el dobladillo de la blusa de Simone, sin entender lo que estaba pasando. Ella ni siquiera hablaba bien aún. No sabía nada de divorcios ni de abogados ni de peleas en la madrugada.

Tom tragó saliva con dificultad.

— No sé… — susurró.

El juez asintió con paciencia.

— Lo entiendo. Pero dime, ¿Te gustaría quedarte con tu mamá y ver a tu papá los fines de semana?

Tom miró a su madre, luego a su padre.

Quería decir que sí. Quería decir que no. Quería salir corriendo de ahí y despertar en un mundo donde esto no estuviera pasando.

Pero en lugar de eso, las lágrimas volvieron a salir y solo pudo asentir, sintiendo que su pecho se rompía un poco más con cada segundo que pasaba.

Y así se decidió.

La primera semana con su padre fue… Normal, más normal de lo que esperaba.

Jörg intentó hacerlo sentir mejor de la manera en que los adultos creen que pueden arreglar todo con palabras bonitas y regalos caros.

— El corazón no siempre elige lo que queremos, hijo — le dijo en su primer fin de semana juntos, mientras le entregaba una caja con el videojuego que Tom había mencionado meses atrás — Pero eso no significa que no te ame.

Tom miró el juego y luego a su padre.

No entendía qué significaba eso. No entendía por qué su padre hablaba como si no tuviera otra opción.

Lo que sí entendía era que Jörg lo estaba consintiendo más de lo normal.

Ese primer fin de semana, hubo helado después de la cena, una visita al parque de diversiones, juguetes nuevos y hasta un permiso para dormir tarde viendo películas. Era como si intentara compensar algo, como si quisiera demostrar que seguían siendo una familia aunque todo se sintiera tan mal.

Y Tom, que aún tenía 11 años, que aún lo amaba a pesar de todo, quiso creerle.

Quiso creer que tal vez su padre sí lo quería, que tal vez, con el tiempo, todo se arreglaría. Intentó convencerse de que su mente le estaba jugando una mala pasada.

A veces los adultos dicen cosas enojados que no son ciertas, ¿Verdad?

Eso era lo que su padre alguna vez le había dicho. 

— No fue así, hijo. No es lo que piensas.

Pero entonces, ¿Por qué su mamá había llorado tanto después? ¿Por qué se habían separado?

Tom no entendía. Solo sabía que su mundo estaba roto y que ahora tenía que dividir su tiempo entre dos casas, entre dos versiones de la historia que no podía comprender.

Los fines de semana con Jörg continuaron. A veces eran buenos, a veces su padre se esforzaba tanto en hacerlos sentir normales que Tom casi podía creer que nada había cambiado.

Pero el tiempo pasó.

Y una tarde, cuando Jörg pasó por él como siempre, lo llevó a una casa diferente.

— ¿Dónde estamos? — preguntó Tom, frunciendo el ceño.

Jörg sonrió.

— Mi nueva casa.

Tom sintió un nudo en el estómago antes de siquiera entrar. Pero en la sala de la casa, la vio; una mujer de cabello rubio, con un bebé en brazos, esperándolos en la sala con una sonrisa amable.

— Tom — dijo su padre, como si esto fuera algo natural, como si no estuviera a punto de hacerle pedazos el corazón — Quiero que conozcas a tu hermanito.

Hermanito.

Tom sintió que todo el aire escapaba de su pecho. Por un momento, se quedó congelado. Ni siquiera miró al bebé, que movía sus pequeñas manos en el aire sin saber nada del mundo. Solo miró a su padre, buscando algo, pero Jörg solo lo miró con la misma expresión paciente de siempre. 

Tom no dijo nada en toda la visita.

Esa noche, cuando regresó con su madre, no habló del tema. No lloró, no gritó… Solo se quedó en silencio.

Pero el siguiente fin de semana, cuando empacó su mochila y se sentó afuera de la casa a esperar a su padre… Él nunca llegó.

Tom se quedó sentado en las escaleras con su maleta al lado, mirando la calle, esperando que el auto de su padre apareciera en cualquier momento.

No lo hizo…

1 de septiembre.

El sol apenas se asomaba cuando Tom despertó, se sentó en la cama de golpe, con una emoción que no sentía desde hace meses.

Era su cumpleaños.

Y su papá lo había llamado esa mañana.

«Feliz cumpleaños, campeón. Hoy es un día especial, ¿Sabes? Vamos a celebrarlo juntos».

Tom se aferró a esas palabras como un náufrago a un pedazo de madera en medio del mar.

Su papá vendría.

Después de meses sin verlo, después de fines de semana esperando en vano con su mochila lista, su papá por fin vendría.

Se levantó apresurado y corrió escaleras abajo, donde su mamá terminaba de decorar el pequeño espacio que habían preparado en la casa.

Había globos azules, su color favorito. Había un pastel de chocolate, su favorito. Había amigos y primos, juegos y música.

Pero lo único que Tom realmente quería era que su padre estuviera ahí. Las primeras horas pasaron rápido, los invitados llegaron, y Tom los saludó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

A cada rato, se asomaba por la ventana, a cada rato, sacaba su teléfono para revisar si había algún mensaje, una llamada, algo.

Nada.

El reloj avanzó, el sol empezó a bajar, los invitados comenzaron a felicitarlo. Su mamá le pidió que apagara las velas, pero él se negó.

— Voy a esperar a papá.

Simone le acarició el cabello con tristeza, pero no insistió.

Las risas y las conversaciones a su alrededor se volvían un ruido de fondo, las sillas vacías se veían más grandes, los minutos se sentían como horas. Tom dejó de correr a la ventana y empezó a esperarlo en la entrada.

Solo.

Apretaba en sus manos un dibujo que había hecho para él: una hoja arrugada con una versión infantil de ellos dos, sonriendo, con su letra «Papá y yo». 

La fiesta se fue apagando, los niños se fueron yendo, el sol se ocultó y el pastel ya estaba partido.

Pero su papá nunca llegó.

Y cuando la noche cayó por completo, Tom subió a su cuarto sin decir una palabra, se acostó con la ropa del cumpleaños aún puesta y miró el techo.

El dibujo quedó arrugado en un rincón y su teléfono nunca sonó, y cuando cerró los ojos, entendió que, quizás, su padre nunca había planeado venir.

Promesas rotas.

Después de su cumpleaños, Tom empezó a entender que su padre era un fantasma, uno que aparecía y desaparecía cuando le convenía.

Pero como todo niño, todavía creía, todavía esperaba.

«Te llevaré a ver ese partido, campeón, te lo prometo.»

Mentira.

«El próximo fin de semana iremos a pescar, será increíble».

Mentira.

«Voy a comprarte esa bicicleta que querías, ya la tengo apartada».

Mentira.

«Esta vez no fallaré, hijo».

Mentira. Mentira. Mentira.

Siempre lo mismo.

Los fines de semana que debía pasar con Jörg eran un juego cruel de probabilidades. Algunas veces sí venía pero ya no lo llevaba con él, solo convivían dos minutos y luego, Jörg se iba. 

Otras veces, simplemente no aparecía.

Tom pasaba horas esperando en la entrada con su mochila al hombro, mirando la calle, convencido de que, en cualquier momento, su padre llegaría.

Pero el sol se iba, las luces de la calle se encendían y Simone salía, con una tristeza contenida en los ojos para decirle que entrara.

«No va a venir, Tom».

A veces Jörg llamaba después, con una excusa tonta.

«El trabajo me retuvo, campeón. La próxima vez, te lo compenso, ¿Sí?».

Tom apretaba el teléfono con fuerza. No quería llorar, no quería que su voz sonara temblorosa.

«Sí, papá.»

Y volvía a creer, volvía a esperar, volvía a ilusionarse con cada promesa. Solo para que se rompiera una y otra vez.

Con el tiempo, dejó de emocionarse cuando su padre decía que harían algo juntos, pero, en el fondo, aún quería creerle.

Hasta que llegó otro cumpleaños.

13 años.

Misma historia.

Su padre llamó por la mañana con la misma promesa gastada:

«Feliz cumpleaños, hijo. Hoy es especial. Voy a pasar por ti en la tarde y celebraremos juntos».

Tom no dijo nada, ni siquiera le preguntó a qué hora vendría, no le dijo que lo estaba esperando. Simplemente colgó y fue a la escuela como cualquier otro día.

Cuando volvió a casa, su madre había preparado algo pequeño, pero bonito. Había pastel, algunos amigos y globos en la sala.

Pero no había ninguna silla reservada para su padre.

Tom lo esperó de todos modos.

Esperó… Y esperó, pero nunca llegó, ni siquiera llamó esta vez. Ese día, cuando sopló las velas, no pidió un deseo, ¿Qué iba a desear? 

Que su padre lo quisiera, que esta vez no lo dejara esperando. Sabía que los deseos no servían de nada y cada promesa era otra mentira más, cada ausencia se volvía un poco más grande. Los recuerdos de su padre comenzaron a desdibujarse en su mente.

Ya no recordaba con claridad su rostro.

Si cerraba los ojos, podía imaginar la voz, el tono cálido con el que le decía «campeón», pero la imagen se volvía borrosa.

Quizás su padre ya no venía porque ya no lo quería, quizás nunca lo quiso. 

Pero entonces llegó su cumpleaños número 14.

Otra llamada y otra promesa.

«Esta vez sí iré, hijo. Lo juro».

Tom sostuvo el teléfono entre los dedos y respiró hondo.

«Sí, papá».

Era la última vez que iba a creerle, solo una última vez. Pero como siempre, fue la misma historia. 

Tom subió las escaleras con los puños apretados. No dijo nada, no miró a nadie, solo se encerró en su habitación y cerró la puerta con fuerza.

El sonido retumbó en la casa, pero nadie se atrevió a ir tras él. Se dejó caer en la cama con la garganta cerrada y el pecho ardiendo.

Se suponía que esta vez iba a ser diferente, se suponía que su padre lo quería, se suponía que él importaba.

Pero no, mentiras, siempre mentiras.

Cerró los ojos y recordó todas las veces que se había sentado en la entrada esperando. Todas las veces que se había ilusionado con las palabras vacías de su padre, todos los cumpleaños que había pasado con la misma estúpida esperanza. Y cada recuerdo era como un cuchillo.

Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra, imparables. Se cubrió la cara con las manos y sollozó, no quería que nadie lo escuchara, no quería que su madre viera lo roto que estaba, no quería que nadie supiera cuánto dolía, cuánto ardía esa sensación de no ser suficiente, de no valer lo suficiente para que su padre se quedara, de ser tan fácil de abandonar.

Siguió llorando hasta que le dolió el pecho, hasta que se quedó sin aire, hasta que su cuerpo entero se sacudía por los sollozos ahogados.

El amanecer se filtró por las cortinas cuando Tom abrió los ojos, le ardían, le dolía la cabeza. Aunque nada podía ser peor porque se sentía vacío.

Pero no podía quedarse ahí.

Se levantó con movimientos lentos, su cuerpo pesando toneladas. Se limpió la cara con la manga de su sudadera y caminó hacia su pequeño escritorio. Allí, dentro de una vieja lata donde solía guardar tesoros infantiles, tenía algunos billetes arrugados que había ahorrado durante meses.

Los tomó sin pensarlo dos veces y los guardó en el bolsillo.

No podía seguir esperando, no podía seguir creyendo.

Tom bajó las escaleras con una calma que no sentía, con su mochila colgada de un hombro. En la cocina, Simone preparaba el desayuno, mientras Nataly jugaba con una cuchara en la mesa.

— ¿Dormiste bien, cariño? — preguntó su madre con una sonrisa cansada.

Tom solo asintió.

No podía mirarla mucho tiempo, no quería que notara nada raro. Se acercó a Nataly y le revolvió el cabello con suavidad.

— Nos vemos luego, peque — murmuró, forzando una sonrisa.

Nataly le sonrió. 

— ¡Bye, Tommy! — balbuceó. 

Se giró hacia su madre.

— No tengo hambre. Me voy — dijo simplemente antes que su madre le ofreciera la comida.

— Pero… está bien, cuídate — respondió Simone, dándole un beso en la cabeza.

Si ella supiera, si supiera que no iba al colegio, si supiera que estaba a punto de hacer algo estúpido.

Salió de la casa y caminó hasta la parada del autobús escolar. Pero cuando vio el amarillo brillante del autobús acercándose, no se movió. Esperó a que pasara de largo, esperó hasta que todo estuvo en silencio.

Y luego caminó hacia otra parada, más lejos, donde subió a un autobús diferente. Un autobús que lo llevaría a la otra casa, a la casa de su padre.

El camino fue largo. El paisaje pasó frente a sus ojos, pero Tom no lo veía. Su mente estaba atrapada en recuerdos, en promesas rotas, en todas las veces que su padre le había dicho «Voy a verte más seguido», «Vamos a pasar más tiempo juntos», «Eres mi campeón».

Mentiras, siempre mentiras.

Cuando finalmente el autobús se detuvo, Tom bajó sin pensarlo demasiado. Recordaba el camino.

Ya lo había recorrido hace tiempo, cuando su padre lo llevó. Caminó por calles desconocidas, con la mochila colgando floja de un hombro. El sol estaba en lo alto cuando finalmente reconoció la casa.

Una casa bonita, grande y perfecta. Su corazón latía fuerte en su pecho, se paró frente a la puerta y levantó la mano para tocar el timbre pero se quedó ahí, congelado.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué esperaba encontrar?

No lo sabía.

Bajó la mano lentamente y, sin pensarlo demasiado, rodeó la casa. Sus pasos eran silenciosos hasta que encontró la ventana. Era una ventana grande que daba directo a la sala. Se asomó y entonces vió a su padre.

Feliz.

Feliz con esa mujer que ya había visto, más joven que su madre, sentada junto a él en el sofá. Y luego, su mirada se posó en el niño pequeño que caminaba hacia él con los bracitos extendidos.

Rubio, pequeño e inocente.

Su padre lo levantó en el aire con una sonrisa que Tom no recordaba haber visto jamás en su rostro.

— Eso es, Noah — dijo Jörg, con una risa llena de amor — ¡Muy bien, campeón!

Tom sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.

«Campeón».

Ese era su apodo, ese era su nombre. Su padre solo lo llamaba así a él.

¿O no?

Porque ahí estaba; diciéndoselo a otro niño, a otro hijo, a uno que sí se quedaba, a uno que sí valía la pena.

Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas, se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.

No podía hacer ruido, no podía dejar que lo vieran.

Pero dolía.

Dolía más de lo que jamás había imaginado.

Se quedó ahí, viendo a su padre abrazar a su nuevo hijo, viendo cómo le daba todo lo que a él le había negado, viendo cómo reía, cómo lo amaba, cómo le daba todo lo que Tom había esperado durante esos años.

Y en ese momento, entendió algo; no había espacio para él en esa casa, nunca lo hubo. Él era solo un error, un problema, algo que su padre había dejado atrás sin esfuerzo.

Las lágrimas seguían cayendo y cuando ya no pudo soportarlo más, se apartó de la ventana y empezó a correr.

Corrió sin rumbo, corrió hasta que sus piernas le dolieron, hasta que su pecho ardió, hasta que todo su cuerpo gritaba por detenerse.

Pero no podía, no quería.

Tom no sabía cuánto tiempo corrió, solo sintió el ardor en sus piernas, el aire quemando su garganta, el peso en su pecho creciendo con cada paso.

Pero ni siquiera eso podía distraerlo de la verdad que se había negado a creer porque amaba a su padre. 

Se detuvo en una calle cualquiera con las manos apoyadas en sus rodillas, intentando respirar. Pero no podía, todo dentro de él se sentía como si estuviera colapsando, como si algo se estuviera rompiendo en mil pedazos y no pudiera hacer nada para detenerlo.

Las lágrimas volvieron, furiosas e incontrolables. Lloró ahí, en medio de la calle, sin importarle si alguien lo veía, sin importarle nada más. Porque en ese momento, nada más importaba.

Porque su padre no lo había elegido, porque su padre había decidido amar a otra familia, porque su padre tenía a otro hijo y con él sí se quedaba, con él sí era cariñoso, con él sí era un padre de verdad.

Y todo este tiempo, mientras él lo había estado esperando, mientras había creído en sus promesas vacías, mientras había seguido llamándolo papá, su padre ya lo había reemplazado.

Se había olvidado de él, se había olvidado de su madre, de Nataly, de todo lo que alguna vez tuvieron.

Y lo peor no era eso, lo peor era que ahora entendía. Ahora ya no podía mentirse más, ahora ya no podía seguir fingiendo que lo que había escuchado aquella noche no era cierto.

Había sido infiel.

Se había burlado de su madre, le había mentido, había jugado con su confianza hasta el último momento y Tom, en su terquedad, había querido aferrarse a la idea de que todo estaría bien. Que su padre regresaría, que su familia seguiría unida, que nada de lo que había escuchado era real.

Pero sí lo era, siempre lo fue.

Era como si un cuchillo se clavara en su pecho, retorciéndose más con cada imagen en su cabeza: su padre riendo con su esposa, alzando en brazos a su hijo pequeño, llamándolo «campeón» con esa voz llena de orgullo y cariño.

Nunca había sonado así con él, nunca le había sonreído de esa forma, nunca lo había abrazado como si realmente lo amara.

Algo dentro de Tom cambió.

El dolor seguía ahí, pero ahora ardía de una forma diferente. Ahora, junto a la tristeza, sentía algo más. Algo frío, algo que le carcomía el estómago y le erizaba la piel.

Odio.

Odiaba a su padre.

Por haberlos abandonado, por haber jugado con ellos, por haberle hecho creer que lo amaba, cuando la verdad era que nunca había sido suficiente para él.

No era lo bastante bueno, no valía lo suficiente y nunca lo haría.

Así que dejó de correr, dejó de llorar y solo caminó lento y sin rumbo, sin saber siquiera por qué lo hacía.

Hasta que se dio cuenta de que estaba de regreso en casa, no recordaba haber tomado un autobús, no recordaba haber cruzado calles. Solo recordaba el vacío en su pecho y la sensación de que el mundo entero se había vuelto gris.

Cuando abrió la puerta, su madre ya estaba ahí y su expresión cambió en cuanto lo vio.

— ¿Dónde estabas? — preguntó, preocupada — Me llamaron del colegio. Dijeron que no fuiste. ¿Tom, qué está pasando?

Él no respondió.

No podía, no tenía fuerzas para fingir que todo estaba bien, y por primera vez en mucho tiempo, dejó de intentarlo.

Sintió que sus piernas fallaban y cayó de rodillas en el suelo. Y antes de que pudiera detenerse, antes de que pudiera morderse la lengua y tragarse todo lo que sentía como hacía siempre, un sollozo escapó de su garganta.

Simone se agachó de inmediato, sosteniéndolo por los hombros.

— Tom… ¿Qué pasa?

Pero él no podía hablar ni respirar. Solo lloraba, con el pecho sacudiéndose violentamente, con las manos apretadas contra el suelo sintiendo que se ahogaba.

Su madre lo abrazó sin hacer preguntas y eso solo lo hizo llorar más. Porque Simone nunca había sido así con él. Siempre había sido fuerte, estricta, seria. Pero ahora, en este momento, estaba abrazándolo con desesperación, como si supiera que Tom estaba al borde del colapso, como si entendiera que algo se había roto dentro de él.

— No… — logró decir, con la voz destrozada — No estaba equivocado.

Simone frunció el ceño, sin entender.

— Tom, dime qué pasó.

Él negó con la cabeza y apretó los dientes, con el cuerpo temblando.

— Esa noche… — susurró — Lo escuché todo, mamá — su madre se quedó en silencio — Lo escuché decirlo — continuó, con la voz ahogada — Escuché cuando dijo que no te quería y… — las palabras se quedaron atoradas por los sollozos. 

Simone cerró los ojos, no quería hablar de eso, siempre había evitado el tema, siempre había fingido que esas palabras no existían.

Pero ahora Tom no podía hacer lo mismo, no después de haberlo visto con sus propios ojos.

— Yo… Yo no quería creerlo — murmuró — Pensé que todo estaría bien. Pensé que él… Que era mentira, todo — su madre lo miró con dolor en los ojos — Pero no lo era — apretó los puños — No.

Simone tragó saliva.

— ¿Fuiste a verlo?

Él asintió.

— Tenía que verlo.

— ¿Y qué viste?

Tom dejó salir una risa rota. 

— Todo lo que no quería ver.

Simone no dijo nada, solo lo abrazó más fuerte y Tom, por primera vez en su vida, se permitió aferrarse a ella…

Con el tiempo, Tom desarrolló una especie de coraza. No confiaba en nadie completamente, y cuando alguien le mentía, era como una puñalada directa a su pecho. Cada mentira, por pequeña que fuera, lo transportaba a aquella noche en las escaleras, escuchando cómo su padre destrozaba todo lo que él creía real.

En la secundaria, Tom empezó a mentir. Al principio eran cosas pequeñas: decirle a Simone que había hecho la tarea cuando no lo había hecho, inventar excusas para faltar a clases o para justificar las llamadas de los profesores. Mentir se volvió un refugio, una forma de controlar las cosas a su manera. Sin embargo, había una regla inquebrantable que nunca rompía: él podía mentir, pero no soportaba que le mintieran. Si alguien osaba mentirle, su reacción era explosiva, cargada de ira y resentimiento.

Cuando tuvo su primera relación seria con una chica llamada Stefany, el patrón se repitió. Todo parecía ir bien hasta que un día, sin querer, escuchó a sus amigos murmurar algo que no debía haber oído.

— ¿Stefany? ¿No estaba con su ex el otro día? — dijo uno, riendo.

Tom sintió un escalofrío recorrer su espalda.

— Sí — respondió otro — Los vi en el mismo café donde solía ir con Tom. Se veían bastante… cómodos.

El corazón de Tom se encogió en su pecho. No quería creerlo. No podía. Pero la duda comenzó a envenenarlo.

Esa misma noche, la enfrentó.

— Dime la verdad — exigió con voz tensa — ¿Volviste a ver a tu ex?

Stefany se quedó en silencio. Solo ese silencio bastó para que su mundo se hiciera pedazos.

— No es lo que piensas, Tom…

— ¿No es lo que pienso? — soltó una risa amarga — ¡Dime entonces qué es!

— Fue solo una vez…

— ¿Solo una vez? ¿Quieres que eso me haga sentir mejor? — su pecho subía y bajaba con la respiración agitada — ¡Dijiste que nunca me mentirías!

— No quería lastimarte…

— ¡Pues lo hiciste! — gritó, sintiendo cómo todo se rompía dentro de él — ¡Me mentiste! ¡Me traicionaste!

Su voz resonó en la habitación, pero no tanto como el eco de su pasado. No era solo Stefany. Era su padre. Era su madre llorando. Era él mismo, con el corazón destrozado y sintiéndose otra vez como ese niño de once años.

El recuerdo de esa noche lo perseguía constantemente. Había noches en las que soñaba con las palabras de Jörg, con la mirada de Simone, con su propio llanto ahogado en el rincón oscuro de las escaleras. Y aunque intentaba enterrarlo, el trauma estaba demasiado arraigado en él.

En sus años universitarios, Tom se había convertido en alguien carismático, sociable y directo. Pero bajo esa fachada, seguía siendo el niño herido que había aprendido a no confiar en nadie. Era un maestro mintiendo, pero un juez despiadado cuando alguien lo hacía con él.

Cada mentira lo regresaba a aquellos años de decepción o a aquella noche en esa esquina donde se escondía, escuchando cómo su héroe se desmoronaba. Cada traición lo hacía sentir como ese niño pequeño que no tenía control sobre su vida, que solo podía observar cómo todo lo que amaba se rompía en mil pedazos.

Años después, Simone trató de hablar con él sobre lo que había pasado. Intentó explicarle que no todos los errores eran imperdonables, que las personas mentían a veces para protegerse, para evitar el dolor. Pero Tom no podía aceptar eso. En su mente, una mentira era una mentira, y cada una tenía el potencial de destruirlo como aquella noche, como esos años.

— ¿Sabes lo que aprendí esos años, mamá? — le dijo una vez, en uno de los pocos momentos en los que se atrevió a hablar del tema — Que las mentiras no solo destruyen al que las dice, sino a todos los que están alrededor. No quiero ser como él, pero tampoco quiero que nadie me trate como si fuera estúpido. No lo voy a permitir.

Simone lo miró con tristeza, sabiendo que Tom había cargado con el peso de esa noche durante toda su vida. Ella también lo había hecho, pero la diferencia era que ella había aprendido a seguir adelante. Tom, en cambio, parecía estar atrapado en un ciclo interminable de dolor y desconfianza.

Pero ahora… 

¿Qué culpa tenían ellos de mentirle a Tom, si era por su bien?

Eso era lo que el médico les había dicho.

«Tiene que recordar por si mismo, forzarlo sería peor».

Algo era claro: la amnesia de Tom no era total. Solo había olvidado a Bill, lo que significaba que todos sus recuerdos relacionados con él habían desaparecido. No solo había olvidado cómo se conocieron, sino también momentos anteriores a ese encuentro. La mente humana es un enigma, y determinar una fecha exacta para la pérdida de memoria era casi imposible. Sin embargo, tras múltiples chequeos médicos, lo más probable era que Tom hubiera olvidado incluso algunos meses antes de conocer a Bill.

Pero ahora, todo había salido a la luz.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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