Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 21: Raw truth

By Tom

El día comenzaba con un aire diferente.

Había despertado y para mi hermosa suerte, con buen humor, no todos los días tenía el privilegio de levantarme así ya que desvelarme haciendo tareas o miles de cosas era realmente agotador, pero aquí estaba, más fresco que una lechuga. Me estiré en mi cama con una media sonrisa, recordando lo bien que la había pasado. No tenía idea de por qué, pero la compañía de Bill era realmente agradable, tal vez lo juzgue mal sin «conocerlo» ¡Ja! Irónico. Era fácil estar con él, reírse, simplemente pasar el rato.

Y eso era bueno, ¿No? 

Suspire al recordar lo sucedido, compramos un café y unas galletas, caminamos por las calles nocturnas, hasta que a mí se me cayó un galleta y eso fue una causa para que un perro callejero me persiguiera casi seis cuadras, al final me rendí y le di todas mis galletas. 

Me levanté de mi cama y camine hacia la ventana de mi habitación. Aparte las cortinas y mire el cielo. Hoy era un buen día. El sol estaba radiante con algunas nubes dispersas, perfecto.

Bajé las escaleras con las manos en los bolsillos, y al llegar a la cocina vi a mi mamá sirviendo café mientras Nataly jugaba con una servilleta en la mesa.

— Mira nada más, el dormilón despertó — bromeó mi madre colocando una taza en la mesa, rodé los ojos, pero me senté de inmediato. El hambre me ganaba — ¿Dormiste bien? — preguntó mientras se sentaba también.

— Sí — me encogí de hombros mientras tomaba la taza de café y le daba un sorbo — ¿Tú?

— Como un bebé — respondió con una sonrisa — Aunque alguien estuvo viendo videos hasta tarde — alzó una ceja, mirando a Nataly.

La enana levantó la cabeza con la boca llena de pan, fingiendo que no había escuchado nada.

— ¿Yo? Nooo, para nada.

— Ajá, seguro — me reí y le despeiné el cabello antes de empezar a desayunar.

— ¿Cómo vas con la universidad? — preguntó mi mamá de repente, mirándome con atención — Si estás muy sobrecargado, puedes tomarte un descanso. No quiero que te exijas demasiado.

Solté un suspiro. Otra vez con eso.

— Estoy bien, mamá. Lo estoy manejando.

— Tom… Ya te lo dije antes: «No te forzarás más de lo necesario. Si en algún momento sientes que necesitas un descanso, lo tomarás. ¿Entendido?»

Me crucé de brazos y asentí.

— Lo sé, lo sé. Si me siento agotado, descansaré.

— Más te vale — respondió, pero sonrió de lado. Terminamos de desayunar en relativa calma, con Nataly contando alguna tontería del colegio. Cuando terminamos, mi mamá miró a la niña.

— Anda, ve a cambiarte. No quiero que llegues tarde.

Pero Mamá no se movió.

Fruncí el ceño y la miré.

— ¿No vas a cambiarte? — pregunté con curiosidad.

— Hoy no voy a trabajar — levanté una ceja.

— ¿No?

— No, hoy es mi día de descanso. Solo llevaré a Nataly a la escuela y después vendré a casa. Quiero preparar algo especial para el almuerzo.

Mi madre cocinando algo especial… Eso era raro

— ¿Y eso? — pregunté con una sonrisa burlona — ¿A qué se debe el milagro?

— Porque sé que hoy sales temprano y quiero que comas bien, no solo pizza o comida chatarra — me reí y me apoyé en la mesa con los brazos cruzados.

— Vaya, me siento un niño otra vez.

— Solo aprécialo, niño grande — solté un bufido, pero no dije nada más. Me levanté y llevé mi plato al fregadero. El día apenas comenzaba.

Mi madre a veces exageraba demasiado con eso de cuidarme. ¿Descansar solo para cocinarme algo? Bueno, no me quejaba, pero tampoco era un niño que necesitara que lo mimaran tanto.

Sin decir mucho más, subí las escaleras con calma y entré a mi habitación. Me cambié rápido, lo de siempre: una camiseta negra, jeans y mis tenis favoritos. Miré mi reflejo en el espejo mientras me pasaba una mano por las trenzas para acomodarlas un poco.

Ya estaba listo.

Tomé mi mochila, metí algunas cosas que necesitaba y salí de la casa. Por suerte, esta vez no tuve que esperar mucho por un taxi. Milagro, porque siempre me toca el peor tráfico y los taxistas más lerdos. Subí y di la dirección de la universidad, apoyando la cabeza contra el asiento mientras miraba por la ventana.

El camino fue rápido, sin mucho tráfico por suerte. Al llegar, bajé, pagué y me dirigí directo a la cafetería, seguramente encontraría a Georg, Gustav y Bill ahí. Pero al llegar no había ni rastro de ellos.

— ¿Dónde carajos están? — murmuré, sacando mi celular para ver si habían escrito algo, pero no tenía mensajes nuevos.

Me encogí de hombros y avancé un poco más, pero entonces noté algo raro. Varias miradas encima, miradas que se desviaban apenas hacía contacto visual con alguien. Algunos incluso se reían después de mirar su teléfono.

Fruncí el ceño, pero decidí ignorarlo. Tal vez era mi imaginación.

Salí de la cafetería y fui a los patios, seguro de que al menos ahí encontraría a alguien, pero tampoco había señal de ellos.

Bueno, ¿Y ahora?

Bufé, pasándome una mano por el cabello, aún sintiendo esas miradas incómodas sobre mí. Algo raro estaba pasando, pero no tenía ni puta idea de qué.

Decidí ir a mi casillero, tal vez era mejor dejar algunas cosas antes de seguir buscando. No podía ser que ellos no estuvieran, de los cuatro, yo era el último en llegar. 

Con cada paso que daba por los pasillos, las risas y los susurros parecían aumentar.

Y entonces lo vi: un puto papel pegado en mi casillero, y no solo en mi casillero.

Había papeles pegados por todos los pasillos.

Mi estómago se hundió cuando mis ojos se posaron en el primer cartel. Y entonces entendí por qué mierda todo el mundo me estaba viendo.

El aire se sintió pesado.

Mi mirada se quedó fija en el papel pegado en mi casillero, mi cerebro se negaba a procesar lo que estaba viendo.

Era una foto.

Mía y de… Bill.

Mi mano tembló ligeramente cuando la arranqué del casillero. No entendía una mierda.

Giré la cabeza y vi que no era solo una. Había más.

Fotos mías y de Bill, pegadas por todo el maldito pasillo.

— ¿Qué carajos…?

Arranqué otra. En una estábamos sonriendo, en otra estábamos abrazados. Y otra… Mierda.

¿Por qué estábamos besándonos en esta?

Mi respiración se aceleró. Mi corazón empezó a latir con fuerza, golpeando contra mi pecho como si quisiera salirse. La confusión me golpeó tan fuerte que por un segundo sentí que el suelo se movía.

Mis oídos se llenaron con risas. Susurros.

— ¿Qué mierda es esto? — murmuré, sintiendo que la cabeza me daba vueltas.

Los demás pasaban a mi lado, algunos con el celular en la mano, otros riéndose disimuladamente. Me estaban viendo, se estaban burlando.

Mi mandíbula se tensó y apreté las fotos con fuerza. Mis ojos recorrieron una y otra vez las imágenes.

— No puede ser… — susurré, sintiendo una opresión en el pecho.

Mi respiración era rápida, como si me faltara el aire. Algo no cuadraba. Algo no tenía sentido ¿No? Seguro era una broma.

Pero entonces una risa mas intensa llamo mi atención por completo.

Mi mandíbula se tensó y mis manos se cerraron con fuerza sobre las fotos arrugadas mientras mi mirada se clavaba en Ethan. 

— ¿Te gustó mi sorpresa, Kaulitz? — preguntó, con esa sonrisa de mierda que me daban ganas de borrarle a golpes. No respondí. Solo lo miré, con la sangre hirviendo y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho — Vaya, estás callado — continuó, con falsa inocencia — ¿Qué se siente que tus propios amigos y tu novio — hizo énfasis en la palabra, alargando la ‘o’ con burla — Te hayan mentido en la cara todo este tiempo? — las carcajadas a nuestro alrededor se intensificaron. Un nudo se me formó en la garganta, pero no dije nada — Vamos, dime, ¿Qué se siente? ¿Te duele? ¿Te arde? Porque, sinceramente, es patético, Tom. Tan rudo que te las das, pero al final solo eras un pobre imbécil al que su novio — otra vez esa maldita palabra — Le ocultó la verdad — cada palabra era como un golpe directo al pecho — ¿Por qué mejor no preguntas? — dijo, y de repente jaló a alguien de entre la multitud — Caleb, es tu turno.

Mis ojos se encontraron con los de Caleb, un viejo compañero. Él estaba ahí, con la boca entreabierta, mirándome como si quisiera decir algo, pero se lo tragara.

— Dilo — ordenó Ethan, dándole un empujón.

— Ethan, ya… — murmuró Caleb, desviando la mirada.

— ¡Que lo digas, mierda! — espetó Ethan con impaciencia.

El silencio duró segundos. Pero para mí, se sintió eterno.

Hasta que Caleb habló.

— Bill y tú fueron novios — mi mente se quedó en blanco — Georg y Gustav siempre lo supieron — continuó, pero su voz sonaba… ¿Culpable? — Ellos sabían todo.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Ahora… ahora todo encajaba.

Las fotos.

Las miradas incómodas de Georg y Gustav.

Las veces que sentí que había un hueco en mis recuerdos.

Las advertencias, los silencios, las evasivas.

Todo.

— Vaya, pobre Tom — se burló Ethan, fingiendo compasión — Toda una historia de amor perdida en su triste cabecita. ¡Qué tragedia!

Las carcajadas no cesaban.

Ethan estaba disfrutando cada segundo de esto, y yo… Yo solo quería desaparecer.

— ¿Y ahora qué, Tom? — canturreó, acercándose con esa jodida sonrisa de satisfacción — ¿Vas a salir corriendo detrás de tu novio ahora que ya sabes la verdad? — mi mandíbula se tensó más, no sabía que hacer, no sabía que decir solo estar ahí, parado — Tal vez hasta te reciba con los brazos abiertos — continuó, burlón — ¡Oh, Tom, amor mío, qué bueno que te enteraste! ¿Te imaginas? Sería hermoso, digno de una película romántica de mierda. Qué patético, en serio. Y pensar que te la dabas de tipo rudo. Pero mírate, engañado como un estúpido.

Me ardían los ojos. No. No podía perder la compostura.

Pero Ethan no terminaba.

Extendió la mano y, de repente, me restregó un puñado de hojas en la cara.

— Mírate — sonrió con asco — Son tal para cual. Qué jodido asco.

No. No. No.

Mis dedos apretaron las hojas hasta arrugarlas. Mi pecho subía y bajaba rápido.

Fui un maldito idiota.

Mi mente me llevó años atrás. Otra vez.

A las traiciones.

A las mentiras.

A la sensación de no poder confiar en nadie.

Y caí en la misma mierda.

— Míralo, está en shock — se burló de nuevo — Pobre, pobre Tom.

Cerré los ojos con fuerza. Ethan, que aún tenía esa maldita sonrisa en la cara, levantó la mirada hacia la entrada del pasillo y chasqueó la lengua con diversión.

— ¡Vaya, vaya! Miren quiénes llegaron al show — canturreó con burla.

Yo no necesitaba voltear para saber quiénes eran. Lo sentí.

Sentí cómo el aire cambió.

Sentí el silencio de golpe.

Sentí el maldito nudo en mi garganta hacerse más fuerte.

Lentamente, me di la vuelta.

Ahí estaban:

Georg. Gustav. Y Bill.

Venían hablando entre ellos, relajados, ajenos a todo… Hasta que vieron las fotos.

Hasta que me vieron a mí.

Se quedaron quietos.

Georg frunció el ceño, confuso. Gustav abrió los ojos con sorpresa.

Y Bill…

Bill palideció.

Ethan rió, cruzándose de brazos.

— ¿Qué se siente? — preguntó con falsa curiosidad — ¿Qué se siente mentirle en la cara a tu amiguito?

Nadie respondió.

Georg y Gustav intercambiaron miradas. Se notaba el pánico en sus caras.

Pero yo no los miraba a ellos.

Yo miraba a Bill.

A Bill, que no apartaba los ojos de mí. A Bill, que negó con la cabeza como si todo esto no estuviera pasando. A Bill, que parecía a punto de hablar… pero no lo hizo.

No pudo.

Porque Ethan volvió a reír y caminó directo hacia él.

Bill no se movió.

Yo tampoco.

— Vamos, Bill, di algo — inclinó la cabeza con burla — ¿Nada? — soltó con una risa baja — Vaya, qué conveniente. Porque tampoco tuviste nada que decir cuando decidiste mentirle en la cara, ¿Verdad, Bill?

Él seguía sin moverse, al igual que yo.

— ¿Qué pasa? — continuo, dando un paso hacia él, como si fuera un puto depredador oliendo sangre — ¿La lengua se te atoró con todas las mentiras que llevas tragándote? ¿O es que simplemente no tienes los huevos para enfrentarlo ahora?

Mis manos se cerraron en puños.

Georg y Gustav parecían petrificados. No decían nada. No hacían nada. Solo estaban ahí, con la culpa pintada en la cara.

— Qué jodido chiste — se rió y luego me miró, su sonrisa más amplia que nunca — ¿Y tú, Tom? ¿Cómo te sientes sabiendo que tus «amigos» te vieron todos los días en la universidad, hablaron contigo, rieron contigo… mientras a tus espaldas escondían esto?

Mi garganta se sentía seca.

— ¿Duele? — siguió Ethan, ladeando la cabeza — ¿Duele saber que cada puta persona en la que confiaste te mintió descaradamente? Que cuando despertaste en ese hospital, confundido, perdido, ellos estaban ahí… mirándote a los ojos y eligiendo no decir ni una mierda.

No dije nada. No podía.

Pero Ethan no necesitaba que hablara. Él quería ver cuán profundo podía enterrar la estaca y, lo estaba logrando.

— Y todo para qué, ¿Eh? Para proteger a Bill. Porque pobrecito Bill, su corazoncito no soportaría que su novio olvidara su gran y trágica historia de amor. Pero ¿Y tú, Tom? ¿Quién mierda te protegió a ti?

El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.

— Te jodieron bien, Kaulitz — dejó salir una carcajada, mirando las fotos pegadas en la pared — Pero míralo por el lado bueno: al menos ahora ya lo sabes.

Mi respiración estaba descontrolada.

Y en medio de todo eso, miré a Bill otra vez.

Y Bill… Bill no hizo nada.

No trató de explicarse, de explicarme. 

Solo estaba ahí, con esa expresión de mierda en la cara, como si quisiera que el puto suelo se lo tragara.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

— ¿Eso es todo? — mi voz salió ronca, rota, cargada de una decepción tan jodida que ni siquiera yo la reconocí — ¿No vas a decir nada?

Bill alzó la vista.

Por un segundo, vi su labio temblar.

Pero aún así, no habló y eso fue suficiente… Suficiente para que el vacío en mi pecho se hiciera más grande.

Las palabras de Ethan seguían resonando en mi cabeza como un maldito eco. No podía pensar, no podía respirar.

Y entonces, el sonido de un golpe.

Un puño chocando contra una mandíbula.

Georg.

Lo vi abalanzarse sobre Ethan con una rabia que nunca antes le había visto.

— ¡Eres un imbécil! — le gritó, con los puños apretados — ¡No tienes ni idea de nada, maldito cerdo! — él se tambaleó hacia atrás, llevándose una mano a la cara, sorprendido. Pero Georg no terminó ahí. Lo agarró de la camisa y lo empujó contra la pared con fuerza — ¡Cállate, maldito cobarde! ¡Cállate de una puta vez!

Gustav reaccionó enseguida, corriendo a separarlo antes de que las cosas se salieran aún más de control.

Pero yo ya no estaba ahí.

Yo ya no escuchaba, solo veía esas putas fotos pegadas en la pared.

Esa vida que no recordaba.

Ese «amor» que se me había arrebatado sin siquiera saberlo. Mis manos se movieron solas y arranqué la primera foto. La rompí en pedazos.

Luego otra.

Otra más.

Y otra.

Rompí cada una de ellas con una furia ciega, sin detenerme, sin respirar.

Pero entonces… El dolor.

Un ardor punzante en mi cabeza que me hizo tambalear, mi visión se volvió borrosa por un momento, pero no me importó ¿Que mierda importaba ahora? 

Seguí.

Seguí arrancando cada maldito recuerdo de esas paredes hasta que mis piernas amenazaron con fallarme por completo.

La voz de Gustav se escuchó entre la confusión.

— ¡Georg, basta! ¡Déjalo, no vale la pena!

Pero yo no me detuve.

No hasta que mis manos quedaron vacías. No hasta que todo se sintió aún más jodidamente roto de lo que ya estaba. Y entonces, salí de ahí rápido y sin mirar atrás.

— ¡Tom, espera! — la voz de Bill.

Temblorosa y desesperada.

Pero no paré, no podía.

— ¡Por favor, espera!

Las voces seguían.

Bill.

Georg.

Gustav.

Todos llamándome, todos diciéndome que me detuviera, que los escuchara, pero yo no quería escuchar una mierda. Aceleré el paso. Tenía que largarme de ahí.

Tenía que respirar.

Pero su voz…

— ¡Tom, por favor! — Bill otra vez, jodidamente cerca — ¡Solo escúchame!

No.

No iba a escucharlo, porque si lo hacía… Si lo hacía, entonces iba a verlo. Y no quería hacer nada de lo que después iba a arrepentirme. 

— ¡Tom, basta! — ahora era Georg, casi corriendo detrás de mí — ¡Tienes que escucharnos!

— ¡No puedes irte así! — Gustav.

Sí que podía.

Ignoré todo, ignoré los pasos, sus presencias.

Ignoré las miradas de los demás estudiantes que se habían reunido, todavía murmurando, todavía riéndose de la puta humillación pública que acababa de vivir.

Ignoré la forma en que mi pecho se sentía cada vez más apretado, como si en cualquier momento fuera a colapsar.

Y entonces, la salida.

El sol me golpeó la cara.

El aire frío tampoco me ayudó a respirar mejor, pero al menos estaba afuera. Vi un taxi acercarse y sin pensarlo, levanté la mano y se detuvo, abrí la puerta y me metí sin esperar.

Y ahí estaba yo, hundiéndome en el asiento, con la vista perdida en la ventana mientras todo pasaba a mi alrededor en un puto borrón.

Las manos me temblaban peor que antes, los labios también. Y los ojos… Joder, los ojos.

No iba a llorar.

No iba a llorar…

Apreté los puños sobre mis muslos y respiré hondo. Aunque Ethan tenía razón en algo: Era un idiota. Un idiota por pensar que esta vez… Esta vez no iba a terminar jodido.

Un idiota por tener la verdad frente a mi y no darme cuenta, un idiota por pensar que no había nada malo después de sospechar. Un idiota.

Un idiota.

Un idiota total. 

Un jodido idiota.

Un maldito idiota. 

Cuando el taxi se detuvo frente a casa, me di cuenta de algo: me fui sin mis cosas. Mi mochila. Mi dinero. Todo seguía en la puta universidad.

No me importó.

Metí la mano en mis bolsillos y saqué lo suficiente para pagar. Apenas lo conté. Solo quería entrar.

Necesitaba… Necesitaba buscar algo.

Entré hecho una jodida tormenta.

Las puertas crujieron cuando las abrí de golpe. Mis pasos retumbaron en el piso.

— ¿Tom? — la voz de mi madre sonó preocupada desde la cocina — ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en la universidad?

No respondí, ni siquiera la miré, no me detuve.

Seguí caminando, con el corazón a punto de reventarme en el pecho, con las manos todavía temblorosas, con la cabeza llena de imágenes que no podía borrar.

Mi habitación.

Entré y cerré la puerta tras de mí con llave.

Apoyé la espalda contra la madera por un segundo, tratando de calmar mi respiración, pero era imposible. Mis ojos recorrieron el cuarto hasta detenerse en la esquina donde estaba la caja.

La caja que encontré en la habitación de mi madre hace tiempo. La caja que ahora iba a abrir a la fuerza, ya que antes, no lo había hecho, y si lo hubiera hecho…

Mis pies se movieron solos hasta el escritorio, y busqué desespera dame cualquier cosa que me ayudara a forfar la cerradura. Y ahí, justo en uno de los cajones más escondidos vi un martillo algo oxidado por el tiempo.

— ¡Tom! — mi madre golpeó la puerta desde afuera — ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

No, no estaba bien Nunca había estado tan mal como ahora.

Con una furia ciega, levanté el martillo y lo dejé caer con toda mi fuerza sobre el candado.

¡Clank!

Nada.

¡Clank!

Otra vez.

— ¡Tom, háblame!

¡Clank!

El metal se dobló apenas.

¡Clank!

El candado cayó al suelo con un sonido hueco.

Lo hice.

Mis manos trabajaron solas y abrí la caja… ahí estaban; las fotos.

Pero no solo de Bill y yo.

Había fotos con Nataly, fotos con mi mamá, fotos de momentos que no recordaba. Y no solo fotos, había cartas. Notas escritas a mano.

Mis dedos recorrieron las imágenes con desesperación, con un miedo irracional de que fueran a desaparecer frente a mis ojos.

Agarré la primera carta. El papel estaba un poco arrugado, como si lo hubiera leído muchas veces antes. Era mi letra, yo la había escrito, pero no recordaba haberlo hecho.

«Bill, no sé si leerás esto algún día, pero siento que si no lo escribo voy a volverme loco. A veces me pregunto cómo sería todo si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, tal vez no sabríamos uno del otro. Pero a pesar de todo, me alegra haberte encontrado. Te quiero, Bill. Y sé que decirlo en voz alta no es fácil para ninguno de los dos, pero al menos aquí puedo escribirlo sin miedo. A veces tengo la sensación de que algún día todo esto se va a derrumbar y eso me aterra. No quiero perderte.»

No recordaba nada.

Deje caer la carta y tomé otra, esta vez con una caligrafía diferente. La de Bill.

«Eres un idiota. Pero también eres el idiota del que me enamoré. No sé en qué momento pasó, no sé cuándo fue que empezaste a meterte tanto en mi vida. Pero ahora estás ahí. Y aunque me cueste admitirlo, me haces feliz. Solo prométeme que pase lo que pase, no te alejarás.»

Mis ojos se llenaron de lágrimas ahora sin poder detenerlo. El dolor se expandía por mi pecho como un veneno, lento y destructivo. Cada palabra escrita en esas cartas era un golpe, una puñalada.

No podía con esto. No podía…

Tomé otra carta con mi letra y la desdoblé con desesperación, como si encontrar la respuesta en esas palabras pudiera arreglar algo.

«Bill, agradezco al destino por ponerte en mi camino, de verdad, lo hago. Recuerdo la primera vez que te ví en ese maldito festival universitario. Estabas parado allí, con tus ojos fijos en el escenario, mientras yo me burlaba de la forma en que ese tipo tocaba la guitarra eléctrica. Y entonces, de la nada, me diste la razón. Me miraste con esa sonrisa traviesa y me dijiste: ‘Sí, es un desastre’. Y en ese momento, supe que eras alguien especial.

Me acuerdo de cómo reímos juntos, de cómo criticamos la música y de cómo compartimos nuestras pasiones. Y luego, sin saber cómo, nos encontramos hablando durante horas, como si nos conociéramos de toda la vida.

Recuerdo la forma en que me mirabas, con esos ojos que parecían ver dentro de mí. Y la forma en que me sonreías, como si fueras el único que entendía mis chistes internos.

Y ahora, aquí estamos, después de este tiempo. Y puedo decirte que, desde ese momento en el festival, supe que eras el único para mí.»

Mi mandíbula se tensó y sin pensarlo dos veces, rompí la carta. Era como si alguien más la hubiera escrito, como si ese Tom que derramaba sus sentimientos en papel no fuera yo.

Porque yo no recordaba nada de esto. No recordaba haber sentido algo tan fuerte, no recordaba haberle dicho que lo amaba.

Los rompí.

Rompí todo lo demás que había en la caja.

Las cartas, las fotos, los recuerdos que ahora me estaban destruyendo por dentro.

Mis propias palabras escritas en tinta, diciéndole a Bill que lo quería, que tenía miedo de perderlo, que no podía imaginar mi vida sin él. Su letra, respondiéndome, diciéndome que yo era un idiota, pero que me amaba.

Que le hacía feliz.

Que solo le prometiera que nunca me alejaría.

¿Y qué pasó?

¿Qué mierda pasó?

El destino me escupió en la cara. Se burló de mí, me arrancó la vida de las manos y me la devolvió hecha pedazos sin siquiera preguntarme si quería recordar.

No tuve opción.

Y ahora, aquí estaba, sosteniendo los restos de lo que una vez fui, sintiendo que no me reconocía, que todo lo que creía real no era más que una mentira.

— ¡Mierda! — grité, tirando todo al suelo, apartando con furia los restos de esas cartas que ahora parecían burlarse de mí.

Mis rodillas fallaron y caí pesadamente al piso, con las manos en el cabello, con la garganta cerrada y un nudo imposible de desatar.

Lágrimas calientes corrieron por mis mejillas sin control, ahogándome en la realidad.

En la verdad que todos me ocultaron.

— ¿Por qué…? — susurré, con la voz rota, con el alma hecha mierda.

Me levanté del suelo, las lágrimas seguían cayendo, calientes e imparables, nada podía detenerlas.

Escuchaba los golpes en la puerta.

— ¡Tom, ábreme! — la voz de mi madre estaba llena de preocupación, pero en este momento no quería escucharla.

No quería escuchar a nadie.

Mis dedos seguían crispados, como si aún estuviera aferrado a esas putas cartas, a esas fotos que ahora yacían destrozadas a mis pies.

Las mentiras.

Las mentiras estaban en todas partes.

Y cuando finalmente abrí la puerta de golpe, la vi.

Su rostro reflejaba todo lo que yo sentía: miedo, dolor, culpa.

Pero la culpa no era mía. Era de ella.

De todos ellos.

Ella entró a la habitación, y su mirada cayó sobre el desastre en el suelo. Sus labios se entreabrieron tratando de decir algo, pero no encontraba las palabras. Y yo tampoco le iba a dar la oportunidad.

— ¿Por qué? — mi voz salió quebrada, llena de rabia y desesperación.

Mi madre sollozó, llevándose una mano a la boca. 

— Tom, yo…

— ¿Por qué me mentiste? ¡Tú, de todas las personas! — grité, sintiendo cómo la frustración me ahogaba.

La mujer que más amaba en este mundo, la única que pensé que nunca me haría daño.

También me había mentido, también me había traicionado.

Ella intentó acercarse, pero yo di un paso atrás, ya no podía soportarlo, no podía estar ahí ni un segundo más.

Me giré bruscamente, abriendo el cajón cerca de la puerta con las manos temblorosas, sacando todos los billetes que encontré.

No me importaba cuánto fuera solo necesitaba largarme. Salí de la habitación sin mirarla, sin escuchar sus súplicas detrás de mí.

— ¡Tom, por favor, hablemos!

Pero no me detuve.

Corrí escaleras abajo. Abrí la puerta de golpe y salí a la calle, con la única certeza de que no quería volver a esa casa nunca más.

Mis pasos eran rápidos, desesperados, con las lágrimas aún nublándome la vista.

No podía con esto, no quería con esto.

Todo el mundo me había traicionado y lo único que quería ahora era… Olvidar.

Beber hasta perder el sentido, beber hasta que mi cuerpo no aguantara más.

Seguí caminando sin rumbo, sin pensar, sin importar a dónde me llevaban mis pasos. El sol aún brillaba en el cielo, pero para mí todo estaba jodidamente oscuro. Las calles estaban llenas de gente que no tenía ni idea de lo que me pasaba, de lo que estaba sintiendo.

Y mejor así.

No quería que nadie me viera, no quería que nadie me hablara. Me subí la capucha sobre la cabeza, escondiendo mi rostro mientras me perdía entre la multitud.

Todo mi cuerpo estaba tenso, mi mente iba a mil, y mi único pensamiento era encontrar un lugar donde pudiera apagar todo este puto caos en mi cabeza.

A pocos metros divisé un bar pequeño, viejo, con luces tenues que parpadeaban en la entrada así que sin pensarlo dos veces, crucé la puerta y me dirigí directo a la barra.

— Whisky. El más fuerte que tengas.

El bartender me miró por un segundo, pero no dijo nada, solo asintió y comenzó a preparar la copa.

Me dejé caer en el taburete, apoyando los codos sobre la barra, con la mirada clavada en el fondo del vaso vacío.

Porque así me sentía.

Vacío.

Jodidamente vacío.

&

No tenía ni puta idea de cuánto tiempo había pasado. El mundo giraba a mi alrededor, borroso y sin sentido. Mi cuerpo se sentía pesado, pero mi cabeza estaba ligera, como si estuviera flotando.

La botella de whisky estaba casi vacía frente a mí, y aún así, levanté el vaso y le di otro trago, sintiendo el ardor recorrer mi garganta.

No sabía cuántas copas llevaba, y me importaba una mierda.

El dolor en mi pecho seguía ahí, la rabia seguía ardiendo en mi interior, pero al menos el alcohol lo hacía un poco más soportable.

O eso quería creer.

Me levanté tambaleándome, apoyándome en la barra por un segundo para no caerme de culo.

Era hora de irme.

¿A dónde?

No tenía ni puta idea, no quería volver a esa maldita casa, no quería ver su cara, ni su puta mentira disfrazada de preocupación.

Tampoco es que dormir en la calle sonara como el mejor plan, pero qué más daba.

Empujé la puerta del bar y me encontré con la noche de golpe. Me quedé ahí un segundo, sintiendo el aire frío chocar contra mi piel caliente por el alcohol.

Solté una risa.

_ Mierda… Ya es… Hip… de noche — como si me importara. Di unos pasos torpes, sin rumbo, sin pensar, hasta que una voz familiar me sacó de mi jodido trance.

— ¿Tom? — me detuve en seco.

Volteé con la mirada nublada y me encontré con Peyton acercándose rápido. Fruncí el ceño, tratando de enfocar su cara, pero todo seguía medio borroso.

Sonreí como idiota.

— ¡Peyton! — exclamé, con la voz arrastrada. No tenía ni puta idea de por qué estaba feliz de verla, pero ahí estaba, sonriéndole como un idiota.

Ella se detuvo frente a mí, con los ojos llenos de preocupación.

— Dios, Tom, ¿Qué demonios te pasa? Te busqué todo el día.

— ¿Sí? — me reí otra vez, llevándome una mano a la cabeza — Qué lindo de tu parte.

Ella entrecerró los ojos y me agarró del brazo para estabilizarme porque ya estaba que caía. 

— Me enteré de lo que pasó en la universidad…

Ah… Eso.

Mi sonrisa se desvaneció un poco, pero la recuperé enseguida.

— Oh, sí… El gran show — solté una carcajada sin ganas — Espero que todos lo hayan disfrutado.

— Tom, ya basta.

— ¿Basta qué? — levanté los brazos, tambaleándome de nuevo — Estoy perfecto, ¿No lo ves? ¡Mira qué bien la estoy pasando!

— No tienes ni idea de cómo te ves ahora mismo.

Me encogí de hombros.

— No me importa.

— ¡Pues a mí sí, joder! — la miré, sorprendido por su tono, ella nunca levantaba la voz. Nunca me había hablado así — Tom… — suspiró, suavizando su expresión — Solo dime a dónde planeas ir ahora.

Me reí otra vez.

— Ni puta idea, pero definitivamente no a mi casa.

— Bien. Entonces te vienes conmigo — antes de que pudiera protestar, me agarró del brazo y empezó a jalarme con ella.

— Oye… Esto es una mala idea — mi voz sonaba arrastrada, cada palabra me costaba la puta vida.

Ella me ignoró mientras me guiaba a su auto, con una determinación que daba miedo. Me detuve antes de subir, tambaleándome un poco, y negué con la cabeza.

— No quiero ser una carga. Estoy borracho, jodido y… Y apesto a alcohol.

— Con mayor razón, Tom. No te voy a dejar tirado en la calle — intenté reírme, pero se me atoró en la garganta.

— No tienes que hacerlo…

— Sí, sí tengo que hacerlo — y sin esperar más, me empujó con suavidad al asiento del copiloto y cerró la puerta.

Me quedé ahí, mirando el tablero del auto con la vista nublada, sintiendo la presión en mi pecho volverse más insoportable.

No llores.

No llores, joder.

Pero mis labios temblaron, así que sonreí. Forcé una puta sonrisa porque era lo único que podía hacer para no romperme en mil pedazos.

Peyton subió al auto y encendió el motor sin decir nada. Las luces de la ciudad pasaban borrosas mientras conducía, el sonido del tráfico y la música baja en la radio llenaban el silencio.

Yo solo apoyé la cabeza en la ventana, viendo el reflejo de mis propios ojos hinchados y enrojecidos en el cristal.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que el auto se detuvo.

— Vamos — su voz fue suave pero firme. Parpadeé, mareado, y me di cuenta de que estábamos en un edificio de apartamentos, lo reconocí, era su departamento.

Ella salió del auto y lo rodeó hasta mi puerta, abriéndola antes de que pudiera siquiera reaccionar.

— Levanta el culo, Tom.

— Mhm… No quiero.

— No me hagas cargarte.

Me reí con un resoplido y, con un esfuerzo estúpido, logré ponerme de pie.

Ella me sostuvo del brazo mientras caminábamos hacia el ascensor, porque yo era un puto desastre andante.

— ¿Sabes…? — dije, apoyando la frente contra la pared del ascensor cuando se cerraron las puertas — No me gustan los ascensores.

— No me jodas, Tom.

— Es en serio. Siento que… No sé, es como estar atrapado en una caja de metal que puede caerse en cualquier momento.

— Llevas usando ascensores toda tu vida.

Me encogí de hombros. 

— Hoy me siento filosófico — ella rodó los ojos mientras las puertas se abrían y me jalaba fuera antes de que pudiera decir más estupideces.

Llegamos a la puerta de su departamento y sacó las llaves, abriendo de un empujón. Yo entré arrastrando los pies, sintiendo la calidez del lugar envolverme. El aire olía a su perfume y a algo dulce, como vainilla. Pero nada me hacía sentir menos jodido.

Nada hacía que la presión en mi pecho desapareciera.

Me dejé caer en el sofá con un suspiro pesado, cerrando los ojos por un segundo.

— ¿Sabes qué es lo peor, Peyton?

Ella me miró desde la entrada, cruzándose de brazos.

— ¿Qué?

Abrí los ojos y la miré, sonriendo. Pero era una sonrisa triste y rota.

— Que fui un idiota — me pasé una mano por el rostro, sintiendo el ardor en mis ojos, camine hacia uno de los sillones y me derrumbe en este soltando un suspiro. Peyton se sentó a mi lado, con el ceño fruncido.

— Tom… Dime qué pasó, quiero escucharlo de tí — yo me quedé en silencio por un momento, mirando el suelo, tratando de ordenar mis pensamientos. Pero todo era un jodido caos.

— Me mintieron. Todos — mi voz sonó rota, más de lo que me gustaría admitir, ella me miró con atención, sin interrumpirme — Hoy me enteré de la verdad. Ethan me lo dijo. Me dijo que yo y Bill… Tuvimos una relación. Me siento como un idiota, todos sabían menos yo. Me duele saber que me ocultaron algo tan importante pero a la vez siento rabia, mucha y, ahora es algo que cambia todo… No me gustan las mentiras, las detesto, Gustav y Georg lo saben pero les importo poco.

— ¿Y qué hicieron ellos cuando paso eso?

— Georg golpeó a Ethan. Gustav intentó calmarlo. Bill… Bill intentó detenerme cuando salí corriendo — mi voz se quebró y me odié por ello — Pero no podía quedarme ahí. 

Note como apretó los labios, como si estuviera conteniendo algo.

— Siempre sentí que ellos escondían algo — murmuró, con una expresión sombría — Que te estaban manipulando de alguna forma.

Fruncí el ceño y la miré.

— ¿Qué quieres decir?

— Solo… — hizo una pausa, eligiendo sus palabras — Solo siento que todo lo que ha pasado ha sido para controlarte, para asegurarse de que sigas dentro de su círculo, de que nunca dudes de ellos. Pero, Tom… Yo nunca te mentiría — me quedé en silencio escuchándola — Puedes confiar en mí — susurró, acercándose un poco más — Siempre he estado aquí para ti.

Yo tragué saliva, desviando la mirada.

— Gracias por todo, Peyton…

No supe qué más decir. Solo… La miré y ella también me miró.

Fue un instante. Solo un puto instante en el que la tensión en el aire se sintió diferente. Entonces, ella se inclinó un poco, despacio, como si me estuviera dando tiempo de reaccionar.

— Desde que te conocí en el hospital, supe que eras especial, Tom — susurró esas palabras tan cerca que su aliento chocó contra mis labios — Siempre me gustaste — continuó — Pero nunca quise presionarte.

Mi corazón latía rápido.

No sabía qué decir, estaba en blanco, mi cerebro apenas podía procesarlo. Pero cuando estuve a punto de formar una oración, ella me besó de imprevisto. No tuve otra reacción más que apartarla de inmediato.

— No… No puedo.

— No sabes qué sientes, ¿Verdad?

Yo negué con la cabeza.

— No.

Ella acarició mi rostro con suavidad.

— Entonces deja que te ayude a descubrirlo.

Y antes de que pudiera responder, volvió a besarme… Pero esta vez no la detuve. No pensé en nada más. No pensé en Bill, en las cartas ni en todo lo que había descubierto hoy. Solo pensé en lo que sentía en ese instante.

En lo jodidamente solo que me sentía.

En lo fácil que era dejarse llevar cuando alguien te ofrecía algo de calor en medio de todo el frío.

Ella me besó con más intensidad esta vez, aferrándose a mí como si no quisiera soltarme nunca. Y yo… Yo simplemente correspondí.

Necesitaba aquello.

Necesitaba olvidar, aunque fuera por un momento.

Entre besos y caricias, terminamos en su habitación, dejándonos arrastrar, pero ya no quería pensar más. No esta noche

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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